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Al ver que el niño pequeño estiraba la mano, Mei Chuanqi pensó que quería tocarle la cabeza, así que sonrió y se inclinó hacia delante, bajando adrede un poco su estatura para que el niño pudiera alcanzarlo.
Quién iba a pensar que el niño le lanzaría un manotazo a la cara, riendo a carcajadas mientras le arrancaba las gafas de sol.
Mei Chuanqi se quedó un instante atónito y enseguida le arrebató las gafas de la mano al niño para volvérselas a poner.
Al ver que el ‘juguete’ que acababa de conseguir le era arrebatado, el niño frunció el labio inferior y, con un “¡waaa!”, se echó a llorar a gritos, desconsolado.
Mei Chuanqi, “…”
Feng Jingteng, “…”
La madre del pequeño se apresuró a consolar al niño para que no llorara.
La multitud que la rodeaba se quedó en silencio por un momento. Entonces, alguien susurró: —Me parece que el hombre que lleva gafas de sol se parece al soldado desertor de hace un año.
—Yo también lo creo —dijo otro: —Pero ¿no lo habían condenado a tres años de prisión? Solo ha pasado un año, ¿no sería imposible que fuera él?
Alguien replicó: —¿Y qué importa que lo condenaran a tres años? ¿Acaso no pueden reducirle la pena y salir antes? Además, lleva la cabeza rapada; claramente parece alguien que acaba de salir de la cárcel.
Tras oír eso, todos comenzaron a convencerse cada vez más de que el hombre con gafas de sol era el desertor de hace un año.
—Miren, ni siquiera se atreve a refutar lo que decimos ni a quitarse las gafas para demostrar que no es esa persona. Apuesto a que es el desertor de hace un año, el joven mayor de la familia Mei, Mei Chuanqi.
La mirada escrutadora en los ojos de la multitud se transformó poco a poco en desprecio, como si estuvieran observando a alguien imperdonable, y muchos mostraron miradas feroces.
Ya que había sido reconocido, Mei Chuanqi no pensaba seguir comportándose como una tortuga escondiendo la cabeza. En silencio, se quitó las gafas de sol.
De inmediato, estalló una oleada de insultos.
—¡Pah! Realmente es esa basura inútil.
—Maldita sea, es ese cobarde.
—¿Por qué lo dejaron salir tan pronto?
—Lo liberaron con demasiada facilidad. Si yo fuera juez, ya habría sido condenado a cien años de prisión.
—¡Cómo es que este cobarde no murió en la Prisión Negra!
—Creo que la razón por la que pudo salir de la Prisión Negra fue porque tuvo que vender su trasero y ser follado por los criminales. Sólo así pudo vivir bien.
Los comentarios se volvieron cada vez más duros.
Mei Chuanqi miró todos los rostros furiosos y desdeñosos, y frunció el ceño.
Frente a las miradas despectivas de la multitud y los insultos, no se puede decir que Mei Chuanqi no sintiera nada en su interior. Sería imposible que no le afectara. Sin embargo, su racionalidad le decía que, sin importar cuán enojado estuviera, no debía culpar a esas personas que no conocían la verdad.
En ese momento, una mano fuerte y firme se posó sobre su hombro.
Mei Chuanqi giró la cabeza y vio a Feng Jingteng, cuya expresión era tan fría como una escultura de hielo, con los labios apretados en una línea recta y los ojos llenos de furia. Sus ojos brillaban con un fuego ardiente, y sus miradas penetraban a la multitud como flechas, mirando a todos con desdén.
Mei Chuanqi se quedó atónito por un momento y, por un segundo, pensó que si Feng Jingteng no fuera un militar, seguramente se lanzaría a golpear a todos los que lo rodeaban.
Feng Jingteng lo abrazó con fuerza, protegiéndolo con un brazo mientras empujaba el carrito con el otro, avanzando unos pasos hacia adelante.
En ese instante, alguien gritó: —No podemos dejar que ese cobarde se escape tan fácilmente.
Inmediatamente, otro se unió: —Sí, no podemos dejarlo ir así.
La multitud los rodeó, y en seguida, alguien lanzó hacia Mei Chuanqi un objeto desconocido con fuerza.
Feng Jingteng reaccionó al instante, levantando el brazo y bloqueando el objeto con su cuerpo. Con un fuerte ¡bang!, el objeto cayó al suelo. Al mirar hacia abajo, vio que era una señal que había estado sobre un contenedor.
Feng Jingteng alzó la mirada y fijó su feroz y aterradora mirada hacia el lugar de donde había venido el objeto. La intensidad de su mirada hizo que las personas frente a él retrocedieran, mostrando signos de miedo.
El hombre que lanzó el cartel tragó saliva y gritó: —Tod…Todos, no tengan miedo. Siendo tantos, ¿no podremos con ellos dos?
Dicho esto, el hombre levantó otro objeto cercano y lo lanzó hacia Mei Chuanqi y Feng Jingteng.
La multitud, siguiendo su ejemplo, empezó a lanzar todo tipo de objetos hacia ellos. La escena se volvió un caos total.
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