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Tang Heng dijo «a dar una vuelta» y Li Yuechi realmente lo lleva a dar una vuelta. Caminan bordeando las naves industriales hasta llegar al muro que rodea la fábrica de alimentos, donde siguen paseando lentamente junto a la pared.
Li Yuechi va delante, manteniendo siempre medio paso de distancia entre ellos. Justo cuando Tang Heng está por decir algo, cualquier cosa para romper el silencio, él se le adelanta.
—¿Cuánto tiempo se quedarán aquí? —pregunta.
—Unos diez días —responde Tang Heng.
Li Yuechi asiente sin añadir nada más. Sigue caminando de espaldas a Tang Heng, su actitud distante dejando clara su negativa a conversar.
Tang Heng intenta buscar otro tema de conversación, cualquier cosa, aunque sea sobre el rendimiento de la fábrica de alimentos…, pero de repente siente lo absurdo de su intento. Su reencuentro con Li Yuechi ha sido una casualidad, y seguramente este se siente obligado a socializar con él por órdenes de sus superiores. En el fondo, solo está causándole molestias.
—Dejémoslo —murmura Tang Heng—, mejor volvamos, seguro que ya casi terminaron de comer.
—Mn.
Por fin Li Yuechi se da la vuelta, aunque mantiene los labios apretados y el rostro inexpresivo. Cuando llegan a la entrada del comedor, ya se escuchan las voces de Lao Huang y Sun Jihao tratándose como hermanos. Tang Heng no puede evitar detenerse y preguntarle:
—¿Cuánto costaron los parches para el mareo?
Li Yuechi le dirige una mirada impasible.
—Catorce yuanes con cincuenta. Y la botella de agua mineral que bebiste anoche, un yuan.
—… ¿Dónde compraste los parches?
—En la farmacia.
—¿En cuál?
—Profesor Tang —dice Li Yuechi con fastidio—, ¿por qué hace tantas preguntas?
Tang Heng se queda desconcertado.
—Necesito comprar más en unos días.
—No hará falta —suelta Li Yuechi ese comentario enigmático, y entra primero al comedor.
La agenda de la tarde es más apretada que la de la mañana. Visitan tres fábricas de alimentos mientras Lao Huang y varios supervisores los acompañan en todo momento, mostrando un entusiasmo aún mayor que el de por la mañana. Tang Heng, rodeado por ellos, tiene que dividir su atención entre observar las condiciones de las fábricas y lidiar con sus adulaciones. El tiempo pasa volando.
Cuando salen de la última fábrica, el crepúsculo ya tiñe el cielo. Las nubes de gran altitud, delgadas como el humo, flotan suavemente en el horizonte anaranjado.
Los llevan a un restaurante de dos pisos. Mientras los estudiantes comen en el bufé de la planta baja, Sun Jihao y Tang Heng son invitados a un reservado en el segundo piso. Quizás por lo sucedido al mediodía, esta vez Lao Huang es más astuto.
—¡Eh, Liu Jing! Ve a buscar a Xiao Li —ordena.
—Lo acabo de ver en la puerta. Espere un segundo, voy por él.
Lao Huang entrega dos menús, uno a Sun Jihao y otro a Tang Heng.
—¿Qué les gustaría comer, profesores? Este restaurante se especializa en platos locales: cordero estofado, fideos de cordero… Todo es delicioso, pidan lo que les apetezca.
Los menús son nuevos, con cubiertas satinadas que reflejan un tenue brillo blanco. Al abrir la primera página, Tang Heng nota que ningún plato tiene precio. De pronto, recuerda la advertencia del director Xu antes del viaje: al comer con la gente del lugar, deben evitar los ingredientes costosos, o de lo contrario, si la otra parte inventaba después una suma exorbitante, eso podría considerarse un soborno.
Sun Jihao se aclara la garganta y deja el menú sobre la mesa.
—No hay prisa, todavía no han llegado todos.
—Xiao Li vendrá enseguida, podemos ir pidiendo —insiste Lao Huang con excesiva amabilidad.
Tang Heng también deja el menú, con demasiada fuerza, provocando un sonoro ruido. Se levanta y dice con frialdad:
—Voy a ver cómo están los estudiantes.
—Eh, profesor Tang… —lo llama Lao Huang con apuro.
Tang Heng lo ignora y sale directamente por la puerta.
Los estudiantes están comiendo del bufé del primer piso. Tang Heng se pasea por allí y se tranquiliza un poco al ver que, aunque hay bastante variedad, son platos comunes de varios tipos de carnes. Al entrar, ha notado una pequeña tienda junto al restaurante y, justo cuando piensa ir a comprar cigarrillos, ve una figura alta y delgada empujando la puerta de cristal para entrar.
Li Yuechi también ve a Tang Heng y se detiene.
—Voy a comprar cigarrillos. —Tang Heng no sabe por qué se está explicando—. ¿Te llamó el director Huang? —Nada más decirlo, se siente ridículamente hipócrita; es obvio que ha hecho esa pregunta solo para insinuar que no fue él quien lo ha llamado, sino el director Huang. Aunque en el fondo, si el director Huang lo llamó, es por él.
Li Yuechi asiente y dice:
—Vamos entonces.
—¿Eh?
—¿No ibas a comprar cigarrillos?
—… Ah, sí.
Entran a la tienda de al lado. Junto a la caja registradora hay una vitrina de cristal llena de cigarrillos, cuyas cajetillas están colocadas una al lado de la otra, formando un mosaico colorido y llamativo.
Tang Heng baja la mirada para elegir: Huanghelou, Diamond, Baisha… Hace mucho que no ve tantas marcas nacionales. En Macao, la tienda junto a la residencia de profesores solo vende marcas extranjeras, y él siempre compraba cualquiera y fumaba sin pensar demasiado.
Li Yuechi permanece de pie a su lado, en silencio. La mirada de Tang Heng vaga un momento entre los Huangguoshu y los Hongtashan, hasta que finalmente dice:
—Deme una cajetilla de Zhonghua, por favor.
—Claro, sesenta y cinco.
En realidad, no tiene preferencia por ninguna marca, pero de pronto recuerda una noche, después de una actuación, cuando acompañó a Li Yuechi a comprar cigarrillos.
—Compra unos caros —le había dicho con soltura—. Xuezhang[1], yo invito… ¿Qué tal unos Zhonghua?
Y entonces Li Yuechi se había girado, le había sonreído y le había dicho, con cierta incomodidad involuntaria:
—Esos son demasiado caros. Los Hongtashan están bien.
Tang Heng acepta los cigarrillos y el cambio, mientras calcula mentalmente cómo abordar la conversación; si Li Yuechi aún fuma, espera que pueda fumar un Zhonghua.
Es como si se lo debiera.
—¿Has probado esta marca? Yo todavía no…
Sin embargo, las palabras que ha preparado durante varios segundos son interrumpidas por una risa femenina. Una voz que habla en dialecto local llega desde detrás de los estantes.
—¡Ay! ¿No te mandó Lao Huang a buscar a Xiao Li?
—¿Cuál es la prisa? Cuando llegue ya me llamará, ¿o crees que se atrevería a entrar sin avisar?
—¡Ay, por favor! ¡Estás subestimando demasiado a ese graduado de élite! ¿No dicen que conoce a ese oficial?
—¿Y te lo crees? —Las voces se acercan cada vez más—. El oficial solo fue amable y lo saludó; ¿qué tiene eso de especial? ¡En una escuela hay tantísima gente, simplemente es una cara conocida y ya!
Tang Heng se queda aturdido al escuchar aquello. Siente un dolor en la muñeca y solo entonces se da cuenta de que Li Yuechi lo ha agarrado. Todo sucede tan rápido que antes de poder pensarlo, Li Yuechi ya lo ha arrastrado fuera del local.
Resulta que las dos mujeres hablando se han acercado a pagar. A través de la cortina de plástico de la tienda, Tang Heng alcanza a ver unos zapatos negros de tacón con punta redonda; recuerda que pertenecen a la empleada a quien Lao Huang mandó a buscar a Li Yuechi. ¿Se llama Liu Jing? Antes de que pueda pensar más en ello, Li Yuechi lo arrastra a grandes zancadas. Apenas alcanza a escuchar las últimas frases.
—Creo que Lao Huang ya está senil y no piensa con claridad… Por mucho que quiera congraciarse con los oficiales, ¡no puede usar a alguien que ha estado en prisión!
—Mejor no sigas hablando, no sea que llegue a sus oídos y te apuñale a ti también…
No es hasta que empuja la puerta del restaurante que Li Yuechi por fin suelta su mano.
Su fuerza ha sido tal que le ha dejado un círculo enrojecido en la muñeca. Tang Heng baja la mirada y se queda observando la marca, con la vista perdida. Pensó que, tras ser liberado, Li Yuechi había regresado a su pueblo natal, encontrado una novia, se había hecho cargo de una pequeña tienda y llevaba una vida tranquila. Anoche, cuando no podía conciliar el sueño, incluso había pensado que eso no estaba mal, al menos en esa pequeña ciudad remota, Li Yuechi era uno de los pocos graduados universitarios.
—¿Te lastimé? —Li Yuechi ya no parece tan frío como antes. Tiene la mirada baja y su tono se ha vuelto más cauteloso—. Si no nos hubiéramos ido en ese momento, nos habrían visto.
—¿Siempre hablan así de ti? —pregunta Tang Heng, levantando el rostro.
Li Yuechi sonríe con indiferencia.
—Al menos no delante de mí.
Tang Heng guarda silencio unos segundos, luego le extiende la cajetilla roja de Zhonghua, algo deformada por su agarre.
—¿Quieres fumar?
Li Yuechi la toma, sin decir nada.
Los dos suben y entran al reservado. Tang Heng y Sun Jihao ocupan los asientos principales, frente a la puerta, mientras que Li Yuechi, al haber llegado tarde, naturalmente debe sentarse en un lugar inferior, junto a la entrada. Los menús sobre la mesa ya han sido cambiados por unos con precios, y aunque Sun Jihao no muestra abiertamente su disgusto, su expresión ya no es tan amable como antes. Por su parte, Lao Huang y los otros mandos menores mantienen sonrisas nerviosas en sus rostros.
Lao Huang lo recibe con entusiasmo.
—¡Ah, Xiao Li, has llegado! Justo había mandado a Liu Jing a buscarte abajo.
Li Yuechi asiente.
—Gracias por la molestia.
—¿Ah, sí? —De repente, desde el otro lado de la mesa redonda, Tang Heng habla con un tono más alto de lo habitual, sonando particularmente claro—. No vi a esa… ¿Liu Jing? Fui yo quien trajo a mi xuezhang.
Con estas palabras, todos quedan en silencio. El grupo encabezado por Lao Huang lo mira con los ojos muy abiertos, incluso Sun Jihao gira la cabeza, con una mirada desconcertada, como preguntando: «¿Xuezhang?».
Tang Heng se levanta y, en medio del atónito silencio de la sala, se toma la molestia de rodear gran parte de la mesa redonda hasta llegar frente a Li Yuechi.
—Xuezhang —empieza a hablar; su tono se ha vuelto más bajo, tan bajo que suena cauteloso y sinuoso, como si temiera ser rechazado—, ya que por fin nos volvemos a ver…, ¿nos agregamos en Wechat?
Cuando Li Yuechi hace amago de levantarse, Tang Heng lo detiene con una mano en el hombro, empujándolo suavemente de vuelta a su asiento.
—Quédate sentado, no hace falta. —Luego se inclina, extendiendo su teléfono frente a él.
Li Yuechi gira el rostro para lanzarle una mirada de reojo, con una expresión indescifrable. Durante un segundo, quizás dos, permanece inmóvil.
Al instante siguiente, justo cuando Tang Heng está por hablar de nuevo, Li Yuechi sonríe y, sacando su teléfono del bolsillo, responde sin dudar:
—Claro, xuedi[2].
Entonces escanea el código QR de Tang Heng. Con un sonido nítido, aparece la solicitud de amistad; su foto de perfil es un azul oscuro borroso, imposible de distinguir qué es exactamente, y su nombre en WeChat es simplemente «Li Yuechi». Tang Heng acepta la solicitud de amistad y ve aparecer el avatar azul oscuro en la página de mensajes, con un punto rojo en la esquina superior derecha. Al tocarlo, la ventana de chat muestra: «Has añadido a Li Yuechi, ahora pueden empezar a chatear».
Tang Heng regresa a su asiento algo aturdido. Lao Huang, que por fin ha procesado la situación, mira a Li Yuechi con una sonrisa.
—Xiao Li, ¿así que eres el… xuezhang del profesor Tang? —Aunque sonríe, su expresión no puede ocultar su asombro.
Li Yuechi responde con un «mn», como si no quisiera dar más explicaciones.
—Sí, es mi xuezhang —confirma Tang Heng.
No su compañero de escuela, ni un viejo amigo, ni su shixiong. Aquel año, cuando lo vio en la oficina de su tío, comprendió de inmediato que Li Yuechi era su estudiante de posgrado. En ese entonces, él acababa de terminar sus exámenes finales de tercer año. Li Yuechi lo había saludado, llamándolo «shidi».
Tang Heng llevaba el cabello largo, recogido en una coleta baja con unos llamativos mechones rojos anaranjados. Estaba de mal humor y había respondido con aspereza:
«—No me llames shidi. No somos íntimos, ¿verdad?».
Después de eso, nunca llamó a Li Yuechi «shixiong», pero lo llamó muchas veces, incontables veces «xuezhang».
En veinte años de estudios, desde la primaria hasta el doctorado, solo a él lo había llamado xuezhang.
[1] Compañero de colegio mayor o sénior.
[2] Compañero de clase más joven o junior.