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Es una sensación indescriptible. Tang Heng sabe que sus pensamientos están anormalmente claros, pero su cuerpo se ha debilitado, fuera de control. Es como el cadáver de una película, poseído por un espíritu maligno. En el instante en que el espíritu maligno se fue, se quedó sin fuerzas y murió de nuevo.
Sí, murió de nuevo. La primera vez fue hace seis años; ahora es la segunda. Su rótula golpea contra el suelo de cemento. Le duele tanto que no siente dolor. Sabe bien que su cuerpo ha caído hacia delante y, de hecho, siente que se le quita un peso de encima. Si colapsara así, delante de Li Yuechi, sería una especie de redención.
Pero al segundo siguiente, Li Yuechi lo atrapa con firmeza.
Li Yuechi está medio arrodillado ante él. Es fuerte. Tiene un brazo sobre su hombro y una mano estabilizándole la cabeza.
—Tang Heng, despierta —lo llama con ansiedad—. ¿Puedes ponerte de pie?
Tang Heng quiere decir «espera», pero mueve los labios y no sale sonido. Este momento le resulta demasiado familiar, tanto que no puede creer que sea real.
Li Yuechi cambia de postura y deja que la barbilla de Tang Heng se apoye en su hombro. Luego le rodea con ambas manos la cintura, lo levanta y lo coloca rápidamente sobre la cama.
Lo mira.
—¿Te duele algo?
Tang Heng aún no puede hablar, pero abre los ojos con todas sus fuerzas y fija la mirada en él.
Durante unos segundos, ambos se sostienen la mirada. Es Li Yuechi quien la aparta primero, y centra su atención en las carpetas que hay sobre la mesa. Se acerca y vuelve a colocarlas en su sitio sin decir nada. Tang Heng sólo puede mirar su espalda. Sigue con la chaqueta gris que cubre su delgada figura, haciendo que su espalda se parezca más a la de hace seis años, cuando todavía era aquel estudiante que repartía folletos por la calle, o la persona que estaba en el estrecho apartamento alquilado y le cocinaba huevos y fideos. Tang Heng siente que está soñando.
Li Yuechi vuelve a acercarse a él. Le toca la frente, luego se pone en cuclillas y le levanta la pantorrilla.
—Tú… —Hace una pausa—. No te muevas.
Tang Heng no se mueve. Mira al techo; es la misma madera vieja de color hígado con pequeños agujeros en los laterales. ¿Se filtrará el viento durante el invierno? Li Yuechi se da la vuelta y sale. Los ojos de Tang Heng lo siguen hasta que lo pierde de vista. Ahora, por fin siente la punzada de dolor en la planta del pie. Probablemente se ha cortado con el cristal al romper la ventana. Mirando hacia abajo, sus ojos se posan de nuevo en la estantería junto a la cama. Hay cuatro estantes con dos cajones en el centro. Sin pensarlo, Tang Heng levanta el brazo y abre el cajón que tiene más cerca.
No puede ver, así que palpa a tientas y extrae una bolsa de plástico negra. Deshace el nudo y saca de dentro tres pequeñas bolsas transparentes con cierre hermético. Las levanta una por una y las observa sin parpadear. «Son como muñecas rusas —piensa—, una metida dentro de la otra como si fueran algún tipo de tesoro».
Pero no son ningún tesoro. Es la púa de guitarra que usó hace seis años. Una púa de plástico de color verde oscuro. Probablemente la compró por el camino en una tienda de música cuando olvidó su púa para un ensayo. Y esto… Debería ahorrar el dinero en un banco, ¿no? Aquella tarde de hace seis años, le robó 52,8 yuanes de su bolsillo. ¿Cuántos billetes y monedas formaban los 52,8 yuanes? Incluso él mismo ha olvidado que eran un billete de cincuenta yuanes, dos monedas de un yuan y ocho monedas de diez centavos. Están todos allí. Lo último es aún más risible. Son los cigarrillos Zhonghua que le dio hace unos días. Es claro que no se ha fumado ninguno: todavía pesan.
La bolsa que contiene los cigarrillos Zhonghua está lisa y reluciente; las otras dos, en cambio, están arrugadas, como si hubieran sido manoseadas una y otra vez. La bolsa nueva se une a las viejas, igual que un novato apretado entre dos ancianos. Si Tang Heng no las hubiera encontrado, tal vez se habrían quedado allí encerradas para siempre, hasta que la nueva también envejeciera poco a poco. Y él nunca habría sabido cuántas veces Li Yuechi las había contemplado.
Tang Heng cierra los ojos. Dos líneas de lágrimas le brotan y corren hasta el cabello de sus sienes.
Li Yuechi regresa poco después. En cuanto entra en la habitación, se cruza con la mirada de Tang Heng y sus ojos reflejan cierta sorpresa. Entonces ve las cosas en sus manos e instantáneamente su expresión se torna impasible. Se vuelve hacia un lado y le dice al hombre de mediana edad que tiene detrás:
—Se cortó el pie.
—¡Eh! ¿Cómo puede ser? ¿No llevaba zapatos? —El hombre abre el botiquín y saca alcohol y gasas—. Señor, puede que le duela un poco. ¡Aguante!
Tang Heng emite un «mn». Sigue mirando a Li Yuechi, pero este vuelve la cara como si lo evitara a propósito.
Al segundo siguiente, una punzada de dolor se dispara desde su pie hasta el cráneo. Tang Heng suelta un gruñido ahogado y agarra la manta de Li Yuechi.
—La herida se ve bastante profunda. Parece que hay fragmentos de cristal. Señor, no se mueva. —Antes de que el médico termine de hablar, siente otra punzada de dolor. Tang Heng tira de una esquina de la manta y la muerde.
—Oye, Xiao Li, ayúdame a sujetarlo. Tengo miedo de que se mueva.
Li Yuechi se acerca sin hablar y sujeta la rodilla de Tang Heng con ambas manos.
—¡Ay, mira! ¡Tenía razón! —Tang Heng no puede ver la cara del médico. Sólo puede oír al hombre suspirar continuamente—. Le ha entrado barro. Esto es malo, esto es malo. Se infectará si no la limpiamos. Xiao Li, sujétalo fuerte. Necesito usar alcohol.
Li Yuechi no contesta. Unos segundos después, dice:
—Hágalo suavemente.
—Dolerá por muy suave que sea. No se puede evitar.
Pero le duele demasiado. La visión de Tang Heng se oscurece y un sudor frío se agolpa en su frente. Esa noche es como una tribulación del cielo. Su cuerpo se ha convertido en un fino trozo de papel, impregnado de dolor. Incluso su conciencia se está desdibujando.
Después de quién sabe cuánto tiempo, una palma fría se posa sobre su frente. Oye la voz de Li Yuechi:
—Se acabó.
Tang Heng abre los ojos, aturdido, y se da cuenta de que el médico ya se ha ido.
—Suelta —dice Li Yuechi.
Tang Heng relaja su mordida. Li Yuechi aparta la esquina de la manta y dice:
—La mano.
Esta vez, Tang Heng no se mueve. Todavía tiene abrazada esa bolsa negra .
Li Yuechi se inclina y tira de ella, pero no puede arrebatársela. Bajando la voz, dice con tono plano:
—Son todas cosas tuyas. Es lo mismo. Puedes llevártelas.
—Lo sé todo —dice Tang Heng.
—¿Qué sabes?
—Sun Jihao aceptó sobornos. Me dio pastillas para dormir cuando cargó los datos. Me quedé dormido.
—¿No te dije que no bebieras alcohol?
—Fue la leche.
Tras un momento de silencio, Tang Heng continúa en voz baja:
—Tian Xiaoqin fue violada por Tang Guomu, ¿verdad?
—Han pasado seis años. ¿Qué sentido tiene hablar de eso?
—¿Qué sentido tiene guardar estas cosas?
—Entonces, puedes llevártelas.
—Li Yuechi. —Hace una pausa, reuniendo todas sus fuerzas—. Te amo. Siempre, siempre te he amado.
Li Yuechi no responde. Tang Heng se siente como clavado en una cruz, esperando su juicio.
Pero un momento después, él se echa a reír. La luz incandescente brilla en su rostro, iluminando la rígida curva de sus labios y ojos. Es una sonrisa extremadamente tenue, ni fría ni llena de burla. Solo tristeza. Tang Heng nunca había visto esa expresión en su rostro, que es como si fuera a llorar al segundo siguiente. Pero no llora.
Afuera sigue lloviendo a cántaros, como si la lluvia no fuera a cesar nunca. El mundo es tan turbio como el infierno. El vapor de agua se cuela por las grietas y los agujeros, infiltrándose poco a poco.
Li Yuechi lo mira y susurra:
—En realidad, no lo sabes.
—¿No sé qué? —pregunta Tang Heng.
Li Yuechi niega con la cabeza y se queda en silencio. Pensó que este día nunca llegaría en su vida, pero está bien. Estuvo en la cárcel durante cuatro años y siete meses, había mentido acerca de Wang Di siendo su novia, lo había humillado y alejado. Todo lo que había hecho fue para que este día nunca llegara.
«No sabes cuánto te amo».