Capítulo 18. Mi casa está sucia

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La sangre seca ya se había adherido firmemente a la camiseta, pegándola a su espalda. El médico repitió: «Aguanta un poco». Pero él permanecía en silencio, sentado de espaldas a Tang Heng.

El médico levantó el bisturí y comenzó a cortar desde el dobladillo de la camiseta hasta separar por completo el trozo de tela de su espalda.

—Tu color de cabello es bonito. —El médico miró de repente a Tang Heng—. ¿Dónde te lo hiciste? Quiero algo igual.

—En un salón cerca de aquí. Se llama…

¿Pero que ese hombre no era calvo?

—¿Cómo se llama?

—Sedoso…

Antes de que Tang Heng pudiera terminar, vio cómo el médico, de un movimiento brusco, arrancaba el trozo de tela.

Él chico seguía sin decir nada, pero su cuerpo tembló por un instante.

Su espalda quedó expuesta, ensangrentada, con múltiples heridas largas y delgadas que seguían sangrando, desde los omóplatos salientes hasta la línea de la cintura tensa. El médico soltó un suspiro.

—Vaya paliza te han dado con una botella de vidrio, esto va a ser complicado.

Tang Heng preguntó enseguida:

—¿Por qué complicado?

—Primero hay que desinfectar, luego sacar los fragmentos, después vendarlo, y no termina ahí, ya verás que esta noche seguro que tiene fiebre —dijo el médico mientras sujetaba una bola de algodón con unas pinzas y la mojaba en alcohol—. Si te duele, dímelo, voy a ser bastante brusco.

—¡Entonces hazlo más suave! —exclamó Tang Heng.

El médico puso los ojos en blanco.

—¿Te crees que estoy bordando? ¡Si lo hago suave no desinfecto bien!

El algodón empapado en alcohol fue presionado contra la herida. En ese instante, Tang Heng lo vio inclinar la cabeza y arquear la espalda, como si quisiera escapar del dolor. Pero eso fue solo un instante. Dejó de moverse. Incluso cuando apretó el puño y las venas se hincharon en su brazo, no volvió a moverse.

Pronto, esa bola de algodón adquirió un tenue color rojo. El médico la tiró y agarró una nueva. Para cuando la herida estuvo limpia, la papelera a sus pies estaba llena de bolas de algodón rojas.

Y esas heridas aparecieron claramente ante los ojos de Tang Heng. Su espalda debía ser atractiva: de color trigo, con hombros anchos y rectos, y líneas musculares fluidas que se estrechaban en la cintura. Pero en ese momento, las cortadas rojas parecían las marcas de alguna cruel tortura.

—No te quedes mirando —le dijo el médico a Tang Heng—. Habla con él y distráelo. Venga.

—De acuerdo… —vaciló Tang Heng. Luego se acercó y se puso en cuclillas—. ¿Te duele?

—No, ¿cómo crees? —La cabeza del médico asomó por detrás—. ¡Duele como el infierno!

Tang Heng se quedó sin habla.

Pero entonces, ¿por qué no lo dice?

Pasaron unos segundos más. Finalmente, el chico habló, pero su voz seguía siendo tranquila:

—No hay problema.

No era «está bien», no era «no duele», sino «no hay problema». Es decir, probablemente le dolía mucho.

Tang Heng sintió como si alguien le apretara el corazón. Era una sensación desconocida. Pensando por un momento, extendió su mano.

—Agárrate a mí. —Tal vez esto ayudaría a compartir el dolor. Pero el chico no se movió, limitándose a mirar hacia abajo. Las miradas no tenían temperatura ni sensación al tacto, pero Tang Heng sintió calor en su mano.

Un momento después, Tang Heng se dio cuenta de repente de la postura en la que se encontraba, frente a ese chico.

En cuclillas, mirando hacia arriba, con la mano extendida. Como si estuviera suplicando: un mortal suplicando piadosamente ante la estatua de un dios. Tang Heng se levantó de golpe y dio un paso atrás.

—¿Tienes sed? —preguntó, incómodo—. Iré a comprar agua.

—No hace falta.

—Entonces, ¿tienes hambre? —Tang Heng sacó su teléfono—. Pediré comida a domicilio. Puedes comer después de que hayas terminado.

—No tengo hambre.

—Entonces, ¿qué quieres? —Tang Heng de repente se sintió molesto—. Te conseguiré lo que quieras.

Su tono ya era bastante brusco, pero el otro aún sonaba tranquilo.

—Estoy bien. Puedes irte a casa

—¿Llamas a esto estar bien?

—Mn.

—Tú…

—¡Oigan! —los interrumpió el médico—. ¡Escúchenme!

Los dos intercambiaron una mirada y dejaron de hablar.

—Tú, herido, vas a tener fiebre esta noche y necesitas que alguien te cuide. —Luego se dirigió a Tang Heng—: ¡Y tú, tráele algo de comida nutritiva! ¡No le des hamburguesas y papas fritas todo el tiempo! ¿Puedes conseguir sopa de loto y costillas?

—Sí.

—¡Eso es, que coma más proteínas! ¡Y que coma algo para ayudar con la pérdida de sangre!

Veinte minutos después, el médico ató el último vendaje y dijo:

—No mojes la herida y enciende el aire acondicionado cuando llegues a casa, hace demasiado calor. Es fácil que se infecte.

El chico se levantó con firmeza.

—Gracias. ¿Cuánto es?

—Te cobraré setenta. Por suerte no necesitaste puntos de sutura. Ah, regresa luego para cambiar la pomada.

Tang Heng se acercó al médico.

—Yo pagaré. —Metió la mano en su bolsillo y se quedó inmóvil. Su billetera estaba en su estuche de guitarra, que le había entregado a Jiang Ya.

—¿No tienes cambio? —le preguntó el médico—. ¡Cien está bien también! ¡Puedo darte cambio!

Tang Heng se quedó quieto.

—Yo pago. —El chico le entregó un gran montón de monedas y billetes de diversas cantidades. El médico contó por un momento antes de decir—: ¡Perfecto! Serán quince para el cambio de la pomada mañana.

Cuando los dos salieron de la clínica, el chico todavía llevaba los restos de la camiseta azul de antes. Su espalda estaba cubierta de vendajes blancos, lo que lo hacía parecer triste y risible a la vez. Fue en ese momento cuando Tang Heng se dio cuenta de que la parte delantera de su camiseta tenía una serie de pequeñas palabras: «Clases particulares de posgrado juvenil».

—Te daré el dinero mañana —dijo Tang Heng.

El chico gruñó en respuesta, sin rechazarlo. Se limitó a decir:

—No hay prisa

—Entonces…

—Adiós.

—¿Eh?

—Es bastante tarde —dijo el chico—. Deberías irte.

Tang Heng no pudo evitar maldecir para sus adentros.

—¿Crees que quiero seguirte a todas partes? —dijo rápidamente—. ¡Joder, solo tengo miedo de que te de fiebre y te quedes tonto! ¡¿No crees que sería una lástima si el mejor de la clase del departamento de matemáticas se vuelve estúpido por culpa de la fiebre?!

Tan pronto como terminó de hablar, el médico levantó la cortina y colocó su basura fuera de la puerta.

—Toda una lástima —respondió el médico despreocupadamente.

Tang Heng fulminó con la mirada al chico, sin entender lo que le pasaba por la cabeza: desde la perspectiva de una persona normal, el chico se había hecho daño por culpa de Tang Heng, así que era lógico que lo cuidara, ¿no?

—Quizás está esperando a que su novia lo cuide —dijo el médico con conocimiento de causa, asomando de nuevo la cabeza—. No hagas mal tercio.

Tang Heng guardó silencio. ¿Era eso?

Los dos se quedaron en un punto muerto en el pequeño callejón. El calor de la noche de verano los rodeaba. En apenas medio minuto, la frente de Tang Heng estaba húmeda. No sabía si las heridas del chico tendrían sudor y cuánto le dolerían.

Un rato después, el chico se dio la vuelta.

—Mi casa está muy sucia. —Sonaba un poco impotente.

—Vamos —dijo Tang Heng con firmeza.

Siguió al chico, serpenteando de nuevo por el callejón. Los edificios bajos y en ruinas se apiñaban en esta zona. A medida que se adentraban en las profundidades del callejón, incluso las farolas desaparecían. Tang Heng utilizó la pantalla de su teléfono para iluminar el camino, evitando numerosos charcos de agua sucia y basura amontonada a un lado del camino.

Había estado preguntándose qué significaba «mi casa está muy sucia». Podía imaginar el desorden, pero ¿cuán sucia estaba? Ahora, tenía más sentido. Tal vez el edificio en sí estaba muy sucio. Estas casas estaban a punto de ser demolidas para la gentrificación, por lo que ciertamente estaban sucias y deterioradas.

La persona que lideraba finalmente se detuvo. Frente a él se encontraba un edificio de dos pisos. Tang Heng arrugó la nariz.

Un montón de basura estaba frente a la entrada. Ni siquiera había un contenedor de basura: simplemente estaba apilada bajo el cielo y podía escuchar claramente el revoloteo de las moscas. Había algunos agujeros en la pared y unos ladrillos rotos estaban esparcidos por los alrededores. El chico dio un rodeo hacia un lado y subió al segundo piso usando la escalera, que hacía ruido. La escalera de metal no parecía muy firme. Cada paso hacía que Tang Heng sospechara que se derrumbaría.

Afortunadamente, la escalera no se derrumbó. El chico sacó la llave y abrió la puerta. La puerta de madera estaba manchada por la edad, pero en realidad no chirrió al abrirse.

—No hace falta que te cambies de zapatos —dijo—. Siéntate donde quieras.

La habitación era tan pequeña que podía ver la cama desde la puerta: un estrecho catre de acero. Al entrar, vio dos cajas de almacenamiento apiladas junto a la cama. En una de las cajas había una tabla de plástico con un libro abierto encima. Al otro lado de la cama, en el suelo, había una estufa eléctrica y una silla.

Tang Heng no se sentó.

—¿Este es tu piso de alquiler? —preguntó tentativamente.

—Mn. —El chico giró el interruptor de la pared—. La escuela no ha comenzado todavía. No puedo vivir en el dormitorio.

Se oyó un crujido metálico desde arriba. Tang Heng levantó la vista y descubrió con estupor que se trataba de un ventilador. El ventilador comenzó a girar lentamente; el viento que producía era caliente.

—No te asustes —dijo—. No se caerá.

—Yo… —Tang Heng no sabía qué decir—. Pediré comida a domicilio.

—Pensé que no tenías dinero.

—Pagas tú y te lo devuelvo mañana. —Cuando Tang Heng terminó de hablar, el chico volvió a quedarse en silencio.

—… ¿Qué pasa? —¿Pensaba que no le pagaría?

—Yo… —Su rostro estaba inexpresivo—. No tengo tanto dinero en efectivo.

—Con doscientos será suficiente —dijo Tang Heng con incredulidad.

—Tenía cien, pero acabo de gastar setenta.

Tang Heng no supo que decir. Comprendió de repente por qué no quería que viniera.

¿Venir para qué? ¿A pedir comida a domicilio? No hay dinero. ¿Cuidar de él? No parecía necesario. Ni siquiera podía encender el aire acondicionado al llegar a casa. ¡Esta habitación de mierda ni siquiera tenía aire acondicionado!

—Échame una mano —dijo de repente—. Ayúdame a quitarme la camiseta… No puedo levantar el brazo.

—Oh. Sí.

Tang Heng se acercó a él, un poco aturdido, y agarró el borde de su camiseta, alzándola lentamente. Su clavícula brillaba de sudor; la mitad de sus abdominales, que no eran demasiado visibles, quedó al descubierto, mientras que la otra mitad estaba cubierta por sus jeans.

Tang Heng apartó la mirada, fingiendo observar la estructura del catre de acero, esperando a que se vistiera. Pero él no parecía tener intenciones de hacerlo.

—Voy a preparar algo de comida. ¿Quieres? —le preguntó a Tang Heng.

Tang Heng estuvo a punto de rechazarlo por instinto, pero se tragó las palabras.

—Gracias. Deja que te ayude.

—Usa esa olla para sacar agua del baño y hiervela en la estufa, ¿sabes cómo? —Él era bastante bueno dando órdenes a la gente.

—Sí. —En realidad, era la primera vez que Tang Heng hacía este tipo de cosas. Rara vez comía en casa. Además, tenía una niñera que cocinaba por él. Nunca había tenido que hacerlo él mismo.

El baño olía a moho. Tang Heng tomó un poco de agua y la puso en la estufa eléctrica. Luego, el chico le dijo:

—Abre la caja de arriba. Hay comida adentro.

—Oh. —Tang Heng levantó la tabla de plástico y abrió la tapa de la caja. Efectivamente había comida adentro.

Una bolsa de ramen de carne con chucrut de Laotan y una bolsa de ramen de carne picante. También un huevo.

Tang Heng guardó silencio durante dos segundos.

—¿Eso es todo?

—No tengo refrigerador. Sólo puedo almacenar algunos fideos instantáneos.

—Este huevo… No se ha echado a perder, ¿verdad?

—No creo.

—…

Tang Heng se sentó en la silla junto a la estufa eléctrica. Sostenía las dos bolsas de ramen con la mano izquierda y el huevo con la derecha, con precaución para no romperlo con su agarre. Mientras tanto, el chico estaba acostado en la cama, sin camisa, con una expresión tan tranquila que parecía distante.

El agua todavía no había llegado a hervir, así que no tenían mucho que hacer. Ambos permanecieron en silencio por un rato.

—¿Cuánto cuesta el alquiler al mes? —preguntó Tang Heng para mantener una conversación casual.

—Doscientos.

—Eso es… bastante barato.

Él simplemente asintió y no respondió.

Otra vez era así. Tang Heng tenía dificultades para describir la sensación, pero sabía que esta persona estaba en guardia contra él. Aunque lo había seguido hasta su casa, estaban sentados juntos en esta habitación húmeda y calurosa, esperando a que el agua hirviera, y luego comerían ramen juntos más tarde…  él seguía en guardia. Tang Heng podía sentirlo. ¿Por qué? ¿Porque él causó que lo hirieran? Y esa era la verdad.

—Gracias por lo de hoy —dijo Tang Heng con un hilo de voz.

—De nada.

—Lo digo en serio. Si no hubieras estado allí… seguro que habrían destrozado mi guitarra.

—Mn. Ten cuidado la próxima vez.

—¿No vas a preguntar por qué?

—¿Por qué qué?

—Por qué necesito proteger mi guitarra.

—Debe ser cara.

—No lo es.

—Ah.

—Es de mi papá. —Por alguna razón, Tang Heng sintió la necesidad de explicarle—. Mi papá falleció hace once años.

El otro guardó silencio. Un momento después, tomó la iniciativa de hacer una pregunta:

—¿Por qué esa gente estaba peleando con ustedes?

—Les quitamos su lugar. Ese bar, esta noche. El Chang’ai.

—¿Les quitaron su lugar?

—Solían tocar allí con su banda, pero ahora somos nosotros.

—¿Así que necesitan pelear?

—De hecho, ya peleamos una vez. —Tang Heng se sintió culpable por alguna razón—. Le rompí el brazo al tipo gordo.

—Mn, el agua está lista.

Tang Heng se giró y vio que el agua estaba hirviendo en la olla. El aire caliente era dispersado por el ventilador por toda la habitación. Abrió las dos bolsas de ramen y metió dentro los fideos secos. Volviéndose, preguntó:

—¿Pongo las salsas juntas? —¿No se mezclarán los sabores?

—Ponlas —dijo el otro.

Después, Tang Heng rompió el huevo. La clara y la yema fluían hacia la estufa. Afortunadamente, había visto a su niñera cascar huevos en casa y sabía que debía hacerlo desde el centro.

Los fideos secos no se habían separado del todo, así que Tang Heng los revolvió con los palillos.

—¿Qué estás haciendo?

—Separando los fideos —repuso Tang Heng—, para que se calienten uniformemente.

El chico se acercó, le echó un vistazo a la olla y volvió a sentarse.

—Has roto el huevo.

—… Ah.

—Remuévelo un poco más —dijo el chico—. Conviértelo en sopa de huevo.

Unos minutos más tarde, cada uno sostenía un tazón de ramen de sopa de huevo con chucrut de Laotan y carne picante y comían con ruidosos sorbos. La habitación carecía de ventilación y aire acondicionado. Sumado al aire caliente de los fideos, la frente de Tang Heng se cubrió de sudor. Su camiseta blanca también estaba empapada. Pero después de la montaña rusa de esta noche, en realidad ya no le importaba. Solo sentía que el tazón de ramen ante él, en ese momento, era una delicia sin precedentes: era una locura.

Después de comer los fideos y beber la sopa, Tang Heng se quedó con la mirada perdida en el tazón desportillado. Nunca había pensado que, un día, se sentaría en este tipo de habitación y comería ramen con alguien cuyo nombre ni siquiera conocía.

Oh, cierto.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Tang Heng—. Soy Tang Heng. Tang como en la dinastía Tang. Heng escrito como el carácter para equilibrio, con un radical de hierba.

—Li Yuechi.

—¿Cómo se escribe?

—«Yue» como en luna, «Chi» como en galopar.

Li Yuechi. Así que su nombre era Li Yuechi. En su interior, Tang Heng pensó que era un nombre bonito y adecuado para el chico que tenía delante.

Li Yuechi se levantó y se acercó a la ventana. La ventana de la habitación también era pequeña y estrecha: tenía un marco de madera y estaba cubierta de suciedad acumulada con el tiempo.

—Ese es el Chang’ai, ¿verdad? —preguntó él de repente.

—¿Eh? —Tang Heng se acercó y asomó la cabeza por la ventana. En esta área, todas las casas eran de nivel bajo, por lo que la vista era bastante buena. Mirando a lo lejos, pudo ver vagamente puntos de luz en la oscuridad, como las luces intermitentes de los barcos pesqueros en un mar sereno.

En algún lugar a la derecha, logró distinguir un poco de rosa. Era sin duda un rincón del letrero del Chang’ai. Jiang Ya se quejaba a menudo de la estética del dueño, diciendo que el letrero rosa desprendía una sensación de distrito rojo.

—Es el Chang’ai —respondió Tang Heng—. ¿Puedes verlo desde aquí?

—También puedo oírlo. Una noche cantaron fuera.

Tang Heng se volvió hacia él.

—¿Cuándo?

—Hace más o menos medio mes.

—Yo estaba allí ese día.

—¿En serio? —Li Yuechi se rio. Una cálida brisa nocturna revoloteó los mechones de cabello en su frente. Su rostro estaba muy cerca de Tang Heng. Esta era la primera vez que algo parecido a la gentileza aparecía en su rostro desde que se habían conocido.

—Tenía trabajo de tutoría ese día y estaba muy, muy cansado cuando volví. Me quedé aquí parado y de repente escuché a alguien cantar… —dijo, y tarareó suavemente—: La brisa de la noche de verano te mecía en mis brazos. —Luego volvió a reír, como si estuviera avergonzado.

Las mejillas de Tang Heng ardieron y se quedó inmóvil.

—¿Sabes cómo se llama esta canción? —preguntó Li Yuechi.

—… Brisa de la noche de verano[1].

—¿Tú la cantaste esa noche?

Tang Heng se dio la vuelta y negó:

—¡No!


[1] Se llama «夏夜晚风». Tiene su versión de estudio, pero a mí me gusta más esta 🦭.

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