Capítulo 19. Siempre llueve de noche

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Tang Heng no sabía por qué había mentido. Simplemente le pareció que era demasiada coincidencia. El campamento de verano de su escuela había terminado esa tarde, y luego el profesor An lo obligó a quedarse durante más de veinte minutos para conversar. Para cuando Jiang Ya, An Yun y él comieron algo rápido y se apresuraron al Chang Ai, otra banda ya estaba cantando.

Llegaron tarde, así que tuvieron que esperar a que las otras bandas terminaran para poder subir al escenario. Estuvieron de pie todo ese tiempo, con las piernas llenas de picaduras de mosquito, por eso el recuerdo de aquella noche era tan nítido. Habían interpretado Brisa de la noche de verano.

Li Yuechi soltó un «Oh», con aire despreocupado.

—La canción estuvo bastante bien.

¿Se refería a la interpretación o a la melodía? Tang Heng no pudo preguntar más y solo atinó a decir:

—Es de Wu Bai.

Li Yuechi asintió, se dio la vuelta y recogió dos cuencos vacíos de la caja, entrando al baño. Tang Heng lo siguió y lo vio agachado frente al grifo lavando los platos. El lavabo solo le llegaba a la cintura, y el fregadero era increíblemente pequeño. Quizás por su herida en la espalda, aunque estaba agachado, mantenía la columna completamente recta, como si incluso lavar platos requiriera una cierta solemnidad.

Tang Heng lo observó desde la puerta del baño y quedó perdido en sus pensamientos. Aún no podía imaginar cuán mal económicamente estaba el chico.

—Puedes irte. —Li Yuechi terminó de lavar los cuencos y ahora estaba lavando la olla, con la espalda vuelta hacia Tang Heng—. Ya viste, no hay un lugar para que duermas.

En efecto, y Tang Heng no quería dormir allí en absoluto.

—¿Y si tienes fiebre por la noche?

—Tengo medicina para la fiebre.

—¿Y si tienes mucha fiebre?

—No la tendré. —Hizo una pausa—. Si te preocupa, dame tu número. Te llamaré si me da.

—Tú también dame tu número.

—Claro.

Tang Heng pensó por un momento y dijo:

—Mañana te encargaré comida a domicilio. ¿Cuál es tu dirección?

—No hace falta.

—El médico dijo que necesitas…

—No estoy en casa durante el día. Tengo que trabajar.

—¡¿Cómo puedes trabajar así?¡

—Clases de tutoría. No puedo faltar.

—… Entonces, ¿cuándo sales del trabajo?

—No estoy seguro.

—¿No estás seguro?

—Después del trabajo, tengo que repartir volantes.

—Avísame cuando estés en casa —dijo Tang Heng con los dientes apretados—. Te devolveré el dinero.

No lo rechazaría ahora, ¿verdad? Necesitaba tanto el dinero que no podía simplemente negarse y decir «No es necesario que me devuelvas el dinero», ¿verdad?

—No tienes que venir personalmente. —Todavía tenía la espalda vuelta hacia Tang Heng, y su voz era tranquila pero distante—. Dale el dinero a An Yun y ella puede transferírmelo durante la clase.

… ¡Maldición!

¡Debe de haber sido el calor anterior lo que le hizo pensar que esta persona no era tan mala!

¿Qué le sucedía? Si no quería tratar con Tang Heng, ¿por qué se involucró en la pelea? Además, ¿había algo en Tang Heng que debiera evitar a toda costa? Este chico tenía serios problemas, ¿verdad?

—Está bien —forzó Tang Heng desde el fondo de su garganta. Abrió la puerta de un tirón y se fue sin mirar atrás.

Tan pronto como llegó a las escaleras, fue atacado por el olor rancio del montón de basura, lo que hizo que sintiera náuseas.  Atravesó el callejón a toda velocidad, tan rápido que levantó una brisa incluso en el cálido y húmedo aire. Su camiseta húmeda se había secado, y Tang Heng sentía como si tuviera todo tipo de olores extraños en él: el picante de los fideos, el hedor de la basura e incluso el olor a antiséptico de la clínica. Todos los olores se mezclaron, haciéndolo sentir ansioso como si tuviera espinas en la espalda.

Tang Heng no disminuyó la velocidad hasta que llegó a la entrada de Chang Ai y dejó escapar un suspiro de alivio.

Un débil trueno retumbó en el lejano cielo nocturno.

Sonó su teléfono. Era An Yun. Tang Heng se dio cuenta de repente de que no le había dado su número a Li Yuechi. Por supuesto, él tampoco tenía el número de Li Yuechi.

—¿Hola?

—¿Dónde estás?

—Fuera del Chang Ai.

—Estoy con Lao Jiang. Espera allí, iremos a por ti.

An Yun colgó en cuanto terminó. Era evidente que no estaba contenta. Así pues, Tang Heng esperó afuera del Chang Ai, mirando de vez en cuando el llamativo letrero rosa. Se preguntaba: «Li Yuechi no tendrá realmente una fiebre grave, ¿verdad? Pero dado que tiene medicina para la fiebre, no debería ser tan grave… Se puede ver el letrero del Chang’ai desde la casa de Li Yuechi, ¿entonces qué hay de la música? ¿Cuán claramente se puede escuchar?».

Tang Heng estaba un poco irritado, pero también sentía que no debería esforzarse demasiado con un bicho raro; había cumplido con su deber. No era su culpa que el otro no lo aceptara.

Pronto, un taxi se detuvo en la entrada del callejón y la voz de Jiang Ya resonó:

—Hijo mío…

«Tonto», respondió Tang Heng en su mente. Se acercó y se subió al coche.

—Ya estamos todos. Señor, por favor, llévenos al Mercado Nocturno de Primavera de Zhuodao —dijo Jiang Ya. Después, miró de reojo a Tang Heng—. ¿Tú tampoco vas a casa esta noche?

Tang Heng miró el asiento del pasajero. An Yun no dijo nada. Todavía estaba molesta.

—Supongo que no —respondió Tang Heng.

—¡Genial! —exclamó Jiang Ya—. ¡Vamos a jugar a las cartas en mi casa! ¡Compré unas nuevas!

Jiang Ya era de Mongolia Interior. Su familia tenía un negocio bastante grande, así que cuando vino a Wuhan para la universidad, su papá le compró una casa entera. Estaba justo al lado de la estación de metro de Zhuodaoquan. A menudo se reunían en la casa de Jiang Ya para ver películas cuando estaban aburridos o jugar juegos.

El mercado nocturno estaba en su momento más concurrido cuando llegó el taxi. La calle, que ya era estrecha, estaba llena de gente y el olor a yangyu frito y cangrejos de río estaba por todas partes. Los tres se sentaron en el puesto de barbacoa que solían frecuentar. Bajo la luz, Tang Heng finalmente descubrió que el cachete izquierdo de An Yun estaba cubierto con un tónico morado y estaba un poco hinchado.

—¿Fueron al hospital? —preguntó Tang Heng.

—Oye, es solo un rasguñito. Ir al hospital es demasiado molesto. —Jiang Ya le lanzó una mirada a Tang Heng—. Nosotros, eh, fuimos a la casa de An-ge.

—Tu guitarra está en mi casa —dijo An Yun con el ceño fruncido.

—Oh, ¿pelearon de nuevo? —preguntó Tang Heng.

Jiang Ya suspiró.

—La tía nos vio a ambos heridos y se preocupó, ¿sabes?

—¿Se preocupó? —An Yun golpeó la mesa con la mano—. ¡Jiang Ya, mírame a los ojos y dime si estaba preocupada! ¡Nos desprecia, eso es lo que hace!

—Está pasando por la menopausia. Es algo normal —trató de tranquilizarla Jiang Ya—. No te lo tomes tan a pecho.

—«Sales con el grupo equivocado todos los días», «Los estudiantes no se comportan así», «¿Quién creería que eres hija de un profesor universitario?»… ¡Rayos, ya es suficiente! —exclamó An Yun—. ¿Cometí algún crimen atroz? ¿Acaso asesiné a alguien o vendí drogas? ¿Hija de un profesor universitario? ¿Cree que quiero ser eso?

—Tranquila, An-ge, tranquila. La tía solo dice cosas desagradables, pero mira, hasta nos dio tónico…

—Y ese tipo, ese tal Li, me sigue comparando con él. Jiang Ya, la escuchaste, ¿verdad? —An Yun estaba tan enojada que su acento de Wuhan estaba saliendo—. Dijo que él estaba trabajando para el profesor antes de que comenzara la escuela. ¡Trabajador! ¡Alta inteligencia emocional! ¡Yo solo desperdicio el tiempo todo el día! ¿Por qué me compara con él? No entiendo, ¡no soy pobre como él!

—Sí, sí, sí, no hace falta. Todos tienen situaciones diferentes, así que debemos tener en cuenta las circunstancias específicas…

—¿Quién? —habló Tang Heng de repente—. ¿Li Yuechi?

An Yun gruñó en respuesta, enojada.

«¿”Trabajador” y con una “alta inteligencia emocional”?», se preguntó Tang Heng. Sin duda, era trabajador, pero en cuanto a la inteligencia emocional, no se dio cuenta. El chico claramente tenía una cara que decía «déjame en paz».

—¿No escuchaste lo que dijo el profesor Tang? —respondió An Yun—. Ese tipo es súper entusiasta. Ni siquiera los estudiantes de posgrado han empezado y él ya está trabajando en un programa con el profesor Tang.

—¿Qué programa?

—Algo de investigación sobre la demografía de las personas en situación de pobreza en Wuhan. Lo están haciendo él y Tian Xiaoqin. Yo no me involucré.

—¿Por qué no? —interrumpió Jiang Ya—. ¿No son ustedes tres los únicos estudiantes que el profesor Tang aceptó este año?

—¡No quise! —An Yun golpeó la mesa de nuevo—. ¡Ni siquiera ha comenzado la escuela, ¿por qué debería ir?! ¡Además, quería tener más tiempo para nuestra banda!

—¿Es realmente pobre? —Tang Heng continuó preguntando.

—Sí, su familia es de una aldea. Escuché que su puntuación en el examen de ingreso a la universidad fue tan alta que podría elegir cualquier carrera en la Universidad de Hanyang.

—Entonces, ¿por qué…?

—Porque la Normal de Wuhan tiene una carrera gratuita. —An Yun sacó un cigarrillo de su bolsillo y lo encendió—. Matrícula gratuita y una asignación de seiscientos yuanes al mes.

Jiang Ya se quedó atónito.

—¿Solo por eso? Las puntuaciones mínimas para la Universidad de Hanyang y la Normal de Wuhan tienen una diferencia de, como, veinte o treinta puntos.

—Tal vez es así de pobre —respondió An Yun, encogiéndose de hombros—. Escuché que cuando violó el contrato en su tercer año, tuvo que devolver la matrícula y la asignación. Si piensas en eso, imagínate cuántos trabajos tuvo que agarrar. Pero después de violar el contrato, ahora puede ir a la escuela de posgrado. Creo que podría haber ingresado al departamento de matemáticas sin necesidad del examen, pero tuvo mala suerte y las plazas se llenaron con los estudiantes originales de la escuela.

—Entonces ¿por eso lo asignaron al departamento de sociología?

—Sí, el profesor Tang está muy contento con él y lo elogió delante de mí y Xiaoqin. ¡Es un especialista en matemáticas! ¡Sabe cómo procesar datos! A diferencia de mí que ni siquiera puedo entender SPSS.

—Ese hermano no está mal —reflexionó Jiang Ya—. Tampoco es mal chico. Gracias a él esta noche.

—Ah, verdad. —An Yun miró a Tang Heng—. ¿Qué tan herido está?

La primera reacción de Tang Heng fue «mucho», pero antes de poder decirlo, pensó en la expresión fría de Li Yuechi y lo cambió a:

—Está bien. —No sabía por qué cambió sus palabras.

—Esos hijos de puta —maldijo An Yun—. No dejes que me los encuentre de nuevo.

—La verdad, esos hijos de puta arruinaron una noche muy increíble. —Jiang Ya se rio—. Pero sirve. Puedes aprovechar esta oportunidad para consolar a esa meimei. Debe haber estado asustada.

An Yun levantó la pierna y Jiang Ya se corrigió rápidamente:

—Quiero decir, ¡xuejie! ¡A esa xuejie!

—Ya le envié un mensaje. —La expresión de An Yun finalmente se suavizó—. Pasado mañana en la noche, yo invito.

—Invita a Li Yuechi también.

—¿Eh? —An Yun y Jiang Ya lo miraron al mismo tiempo.

—… Para agradecerle por lo de hoy.

—¡Ni hablar! Él nunca vendría.

—¿Por qué no?

—¿No lo escuchaste? Nos dijo que no le dijéramos a nadie que nos ayudó. —An Yun sacudió las cenizas de su cigarrillo. Su voz se volvió más directa mientras continuaba—: ¡Te castigarán si la escuela se entera de que peleaste fuera del campus! Él todavía necesita su beca. De ninguna manera querrá involucrarse en nuestra mierda.

Oh.

Ahora tenía sentido.

Después de una pausa, Tang Heng preguntó:

—¿De cuánto es la beca del máster?

—¿Ocho mil? —dijo An Yun—. Creo que son ocho mil.

Ocho mil yuanes solo eran suficientes para un par de zapatos que Fu-jie le compraría. Tenía al menos diez pares de zapatos en su armario que costaban eso.

Entonces pensó en el ramen de Li Yuechi, su cama de hierro y su habitación sin aire acondicionado. Ocho mil debía ser una fortuna para él, ¿verdad?

Hubo un destello de relámpago y luego se escuchó un trueno no muy lejos. Estaba a punto de llover. En Wuhan, siempre llovía por la noche, lloviznas ligeras que nunca parecían terminar. A Tang Heng no le gustaba la lluvia, pero por alguna razón, de repente sintió que la lluvia no estaba tan mal. Tal vez esas habitaciones sin aire acondicionado se enfriarían un poco debido a la lluvia.

—¡Tang Heng! ¡Hijo mío! —gritó Jiang Ya—. ¿Está sonando tu teléfono?

Tang Heng salió de sus pensamientos y sacó su teléfono. En la pantalla, vio el nombre «Fu-jie».

Frunció el ceño y presionó el botón de contestar.

—Mamá, ¿qué pasa?

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