Volumen II — La Rosa y el Castigo
Editado
Capítulo 8 — El Asesino de la Rosa
El altercado bajo el nogal negro terminó quedando sin resolver: no detuvieron a ninguno de los involucrados. Y, con el campus patas arriba por culpa del caso de homicidio, la universidad estatal no tenía tiempo para ocuparse de una pelea más.
Ahora la atención de los estudiantes ya no estaba puesta en Reizhe, sino en Quentin. El hijo del comisario se había convertido, extraoficialmente, en portavoz oficioso del caso, filtrando a los curiosos detalles de la investigación que su padre comentaba en casa.
—La policía tiene pruebas suficientes para sospechar que este asesinato está muy relacionado con el del Bosque Nacional, el de hace cinco meses. Podría ser el mismo responsable.
—Las rosas encontradas en una de las escenas —continuó— y los pétalos del caso reciente son marcas que el asesino deja a propósito. Ya sabéis que a muchos asesinos seriales les gusta dejar símbolos propios en los cuerpos o en el lugar del crimen. Como el pentagrama invertido del “Acechador Nocturno”, Richard Ramírez.
—¿Serial? Bueno, hasta ahora sólo hay dos víctimas. Según el criterio de la policía, “el Asesino de la Rosa” aún no califica como asesino serial. Pero mientras no lo atrapen, seguro que volverá a actuar. Cuando lleguen a tres víctimas, ascenderá “oficialmente”.
—¿Su perfil? Por las conclusiones de los expertos, sus víctimas hasta ahora son minorías étnicas y hombres homosexuales. El método expresa odio y despecho. Probablemente es un extremista racista y homófobo.
—Hablando de eso… —dijo de pronto un chico entre el público—. Ayer Clyde y Colin volvieron a darse de golpes, ¿no? Uno como asesino, el otro como víctima. Encajan perfecto en los roles. Podrían hacer una película dramática de amor y odio. Como está de moda ahora.
Todos rieron ante la crueldad del comentario.
Sólo Reizhe frunció el ceño y murmuró a Li Biqing:
—En la tradición latina, decir cosas que suenan a presagio trae mala suerte.
—En mi país también existe —susurró Li Biqing—. Yi yu cheng chen. “Una palabra que se vuelve profecía”. —El último término lo dijo en chino, y Reizhe pareció captar el sentido.
Los hechos demostraron que no era sólo un mal augurio. El día catorce después del último asesinato, un nuevo crimen sacudió Portland.
Esta vez, la primera persona que descubrió la escena fue una chica acostumbrada a salir a correr al amanecer. Mientras trotaba por la zona del lago, entre el campus y el Bosque Nacional, vio un cuerpo flotando cerca de la orilla… y cayó desmayada del susto.
La policía acudió y recuperó el cadáver, que había pasado la noche en el agua. Tras identificarlo, confirmaron que se trataba de otro estudiante de la universidad estatal.
En la morgue del Departamento de Policía Municipal, el forense Doug sacó de la cámara frigorífica una bolsa para cadáveres, la colocó sobre la mesa de autopsias y abrió la cremallera. Dentro apareció el cuerpo de un joven pelirrojo. Una pequeña etiqueta fijada a su dedo gordo del pie mostraba, en tinta negra, su nombre y fecha de nacimiento: “Colin Miravich, 1993-5-1”.
—Pobre chico… —murmuró la agente Amanda, con los ojos enrojecidos—. Apenas había celebrado su vigésimo cumpleaños.
En la sala estaban también dos agentes federales con insignias del FBI sobre el pecho. La agente Tía, una mujer de rizos rubios claros y casi perfectos, dijo al comisario Treville, cuyo semblante era más sombrío que de costumbre:
—Tercera víctima. Tenemos razones para creer que, tras el Acosador Nocturno, ha surgido otro asesino serial en Oregón.
Treville parecía agotado, como si hubiese envejecido varios años en apenas dos semanas. Miró el rostro aún juvenil, completamente exangüe, y suspiró.
—Conocía a este chico. Era compañero de clases de mi hijo Quentin. Eran buenos amigos… Doug, cuéntanos lo que encontraste.
El médico forense, un hombre de mediana edad con gafas, asintió.
—Igual que la víctima anterior, murió por hemorragia interna provocada por el estallido de los órganos. Presenta heridas de arma punzante en el pecho, abdomen, zona lumbar, glúteos y muslos. Las heridas son irregulares y fueron causadas en vida. La más profunda está en el recto: una rama afilada, de tres pulgadas de diámetro y 1,2 pies de largo, fue introducida y atravesó el intestino hasta llegar al estómago. A diferencia del caso anterior, esta vez también tenía una rama gruesa incrustada en la garganta, desgarrándole la lengua y el esófago. En la escena se hallaron pétalos de rosa; según las pruebas preliminares, son de la misma especie que los encontrados en el homicidio previo.
—¿Hay algún sospechoso? —preguntó Tía
—Sí. Un estudiante de la universidad estatal, llamado Clyde Brandy. Antes del crimen, varios testigos lo vieron discutiendo violentamente con Colin; incluso lo amenazó en público diciendo que él sería “el próximo en morir”.
—¿Tiene antecedentes?
—Carreras ilegales, conducir ebrio, peleas. Nada registrado oficialmente. Según profesores y estudiantes, suele hacer comentarios extremistas, racistas y homófobos.
—Perfecto. Racista, homófobo y mentiroso compulsivo: tiene todo lo necesario para postularse al Congreso —ironizó Tia—. ¿Por qué no lo han detenido?
El comisario, un hombre afroamericano, vaciló antes de responder:
—Es el hijo mayor de la familia Brandy, primer heredero del conglomerado Brandy. Su padre es senador. Los cargos anteriores fueron borrados gracias a la intervención del senador.
—Así que la policía local se echó para atrás, ¿no? Porque el padre del sospechoso llena la cuenta de impuestos del estado con millones de dólares —replicó Tia, alzando el mentón con desprecio—. Si ustedes no se atreven, lo hará el FBI. —Se giró hacia su asistente—. Arestadlo. Y no olviden leerle sus derechos.
La detención de Clyde Brandy desató un torbellino mediático. Cadenas de televisión y periódicos lo convirtieron en titular de primera plana. La evidente desigualdad entre la víctima —de origen clase media— y el sospechoso —hijo de un multimillonario— inclinó la opinión pública de inmediato. Pronto las voces que exigían castigo ejemplar para los “niños ricos criminales” se hicieron ensordecedoras.
Por más que el joven sospechoso proclamara su inocencia y acusara a la policía de negligencia, su voz se perdía en la marejada mediática. La reputación del senador Brandy también comenzó a tambalearse. Aunque el caso seguía en juicio, los medios ya lo habían condenado: “el asesino serial del campus”, “el carnicero de la rosa”.
En el apartamento que había alquilado, Li Biqing dejó el periódico sobre la mesa. Miró, con cierta duda, al agente federal que estaba bebiendo té negro —ultimamente, Leo parecía haberse vuelto adicto al Lapsang Souchong—.
—¿Qué quieres decirme? —preguntó Leo.
Li Biqing titubeó.
—Creo que… Clyde podría no ser el asesino.
—¿Por qué? ¿Tienes pruebas? —Leo dejó la taza.
—No, pero…
—O sea que es intuición, ¿sí? —Leo sonrió—. Ningún tribunal acepta como evidencia algo que se llama “intuición”, chico.
Desanimado, Li Biqing arrojó el periódico a un lado.
—Voy a encontrar pruebas.
—No te permitiré involucrarte en un caso de homicidio, Li Biqing —lo advirtió Leo.
—¿Y por qué no? No soy menor de edad. Tampoco eres mi tutor. De hecho —el chico de origen chino sonrió con malicia—, siendo yo tu cuñado, diría que soy medio familiar tuyo.
—Porque soy policía —respondió Leo sin inmutarse—. Si te metes en esto, suspendo tus clases y te encierro en el apartamento.
—De acuerdo, ganaste —dijo Li Biqing, levantando las manos en señal de rendición—. Te prometo que no meteré las narices.
—Espero que lo cumplas —dijo Leo—. Si no, se lo digo a Molly. Sabes que ayer volvió a llamar para preguntar si te estás adaptando. Llama cada dos o tres días. Nunca la vi preocuparse tanto por alguien. Si la haces sufrir, te juro que te planto una bala en el corazón. Hablando en serio.
—En serio suena poco viable, pero entiendo la intención —cedió Li Biqing—. Lo juro. Cumpliré.
—Buen chico —dijo el futuro cuñado, con tono de adulto.
Cuando Leo creyó que el asunto había terminado, recibió una llamada de un número demasiado familiar. Estaba cenando con Rob y varios compañeros de la sede del FBI de Oregón, en un restaurante japonés del Jardín Japonés de Portland.
—¿Dónde estás? Necesito hablar contigo en persona —dijo Li Biqing al teléfono.
Leo le dio la dirección.
—¿Qué es tan urgente que tienes que venir a verme?
—Espérame un momento —dijo la voz al otro lado, antes de cortar apresuradamente la llamada.
Veinte minutos después, la silueta del chico chino apareció en el restaurante japonés. Al verlo, Rob agitó la mano con entusiasmo.
—¡Hey, Biqing, aquí! Cuando Leo contestó el móvil en chino, supe que eras tú. Ven, come con nosotros… ¡Camarero, otro asiento!
El chico chino se acomodó en el tatami recién añadido, regulando la respiración tras la carrera. Saludó con educación, presentándose a todos los agentes que no conocía:
—Hola, encantado. Mucho gusto en conocerlos.
—¿Qué sucede? ¿Quieres hablar a solas? —preguntó Leo.
—No, no hace falta evitar a nadie.
Li Biqing sacó de su bolso dos pequeñas bolsas de plástico transparentes y las colocó sobre la mesa. Dentro había flores marchitas y pétalos desgajados.
—¿Qué es esto? —preguntó Leo—. Parece rosa.
—No es rosa. Es qiangwei.
Rob intervino:
—¿Y qué más da? Al final todo es lo mismo.
—No, no es lo mismo —respondió Li Biqing con seriedad, usando el nombre botánico—. Es Rosa multiflora. Pertenece a la misma familia que la rosa, sí, pero es otra especie.
—¿Y bien? —El doctor Claremont, experto en psicología criminal, un hombre de cabello completamente plateado, lo miró con paciencia, invitándolo a continuar.
—Provienen de dos escenas del crimen distintas. Esta —señaló la bolsa con la flor seca— la recogí entre la hierba, en el primer lugar donde encontré el cadáver. Y esta otra —indicó la bolsa de pétalos— la saqué del lago, cerca de donde apareció el cuerpo de Colin.
Hizo una pausa y, antes de que Leo cambiara de expresión, añadió con rapidez:
—No sé si en la escena del Bosque Nacional había flores de esta misma especie, pero puedo asegurar que, en los dos casos más recientes, la evidencia botánica está mal identificada.
—No lo entiendo —Rob frunció el ceño—. ¿Qué importa si el asesino dejó rosas o qiangwei? No afecta a la investigación. Además, el sospechoso ya fue detenido.
—No sé explicarlo bien… mi inglés no es muy bueno —murmuró Li Biqing, eligiendo sus palabras con cuidado—. Es como… en literatura, cuando diferentes imágenes crean atmósferas distintas. Esto refleja proyecciones diferentes del estado mental del asesino. Para decirlo de forma simple —quizá no es la manera más apropiada, pero no encuentro otra—: la rosa representa un yin puro; la qiangwei, un yang con tendencia yin… Si lo comparáramos con personas: la rosa sería una mujer hermosa; la qiangwei, un joven hermoso.
Los profundos ojos del doctor Claremont se entrecerraron tras las gafas, como si algo hubiese rozado un nervio especialmente sensible.
—Uf… eso suena místico, ¿no? No parece muy científico —se rió Rob—. Es curioso, chico. Pero bueno, sigue jugando al detective.
La expresión de Li Biqing se ensombreció. Él también sabía que su razonamiento era demasiado abstracto, más intuitivo que racional, difícil de explicar, y lejos de ser una prueba concluyente de que el asesino actuaba movido por algo más que odio.
—No —dijo el doctor Claremont, murmurando para sí—. Su teoría… me ha dado una idea. ¡Espera, no debo perderla! —Se puso en pie de golpe—. ¡Tengo que volver al laboratorio de pruebas!
—¿Para qué? —le gritó Rob a su espalda, mientras el doctor salía apresurado.
—¡Voy a repetir el análisis espectral del arma homicida! —respondió sin detenerse.
Rob se quedó viendo cómo desaparecía, luego miró a sus compañeros, desconcertado.
—Bueno… da igual. Comamos. Leo…
Su compañero se levantó bruscamente y, sin previo aviso, agarró al chico chino por el brazo.
—Ustedes coman tranquilos. Nosotros tenemos que irnos.
Lo llevó casi a rastras hasta el coche. Con el ceño fruncido y la voz cargada de ira, lo encaró:
—¿Qué estabas pensando? ¡Li Biqing, te advertí…!
—Sí —admitió el chico con sinceridad—. Lo prometí. Y falté a mi palabra. No estuvo bien. Pero no puedo quedarme de brazos cruzados.
Respiró hondo.
—Conocía a Colin. No lo suficiente para llamarlo amigo, pero hablamos. Aún recuerdo su expresión viva, el brillo de sus ojos mientras conversábamos. Y de pronto… se convirtió en un cuerpo frío, destrozado, lleno de heridas. Tenía que hacer algo, Leo. Aunque sé que mis fuerzas son insignificantes, tenía que intentarlo. Leo… ¿entiendes esa sensación? —Sus ojos castaños se abrieron, suplicantes—. Si la entiendes, entonces podrás comprender mis noches de insomnio… este dolor…
Leo se quedó mudo. En esas palabras percibió un desconsuelo que parecía brotar desde un rincón muy profundo del alma. La última frase incluso despertó en él una punzada de sufrimiento compartido.
Aflojando la mano y, con un tono apagado, dijo:
—Con solo mirarte a los ojos, sé que no eres alguien que se rinda fácilmente… Igual que yo.
Li Biqing soltó un suspiro de alivio.
—Sé que te preocupa mi seguridad. Prometo tener cuidado. No me pondré en peligro.
—Tu credibilidad está por los suelos —replicó el agente federal, sin ceder—. Como querías, el doctor Claremont ya volvió a examinar el arma. No sé por qué te tomó tan en serio, ni si encontrará algo nuevo. Pero tu actuación temeraria acaba aquí. No voy a detenerte en una celda… pero si lo vuelves a hacer, te arrestaré por obstrucción a la justicia. Te lo juro.
El tono helado y firme no dejaba un solo resquicio a la duda. No era una amenaza: era una promesa real.
Ante la fuerza implacable de un agente federal, Li Biqing no tuvo más opción que asentir.
—Está bien… ya no volveré a intervenir.