Volumen II — La Rosa y el Castigo
Editado
Capítulo 10 — La decisión al borde del precipicio
—¿Quieres liberar de inmediato a Clyde Brandy? —En la sala de reuniones del edificio del FBI en Ohio, la agente Tia elevó la voz; en su hermoso rostro se leía una clara desaprobación.
—Si es inocente, no podemos retenerlo por más tiempo —respondió Leo con calma, apoyando los brazos sobre la mesa metálica.
—Pero, tal como dijo Biqing, si lo liberamos, es muy probable que el asesino vuelva a actuar en poco tiempo.
—Entonces protejamos a las posibles víctimas. Podemos reunirlas en un mismo punto; así reforzaremos la seguridad y podremos garantizar su integridad.
—¿Reunirlas? ¿cómo?
—Por ejemplo, puedo insinuarle a Clyde que fue alguien del campus, alguien con quien nunca ha tenido buena relación, quien lo acusó. Ese niño mimado es extremadamente vengativo. Una vez liberado, seguro irá a desquitarse con él, provocando un conflicto muy fuerte. Eso atraerá por completo la atención del asesino hacia una sola persona.
—¡Leo, lo que propones es usar a un ciudadano inocente como cebo para atraer al asesino! —Tia lo miró como si recién lo conociera de verdad—. ¿Has pensado en las consecuencias? ¡Si nuestra red de protección tiene un fallo, aunque sea del tamaño de la punta de una aguja, podríamos poner en peligro su vida!
—Entonces lo protegeremos a fondo. Le colocaremos el transmisor y el dispositivo de escucha más avanzados, vigilancia continua las veinticuatro horas, balas de goma para la detención… En resumen, usaremos todos los recursos posibles —Leo se pasó la mano por el cabello, visiblemente irritado—. Es la oportunidad perfecta. Si la perdemos, ese asesino del campus podría escabullirse bajo nuestras narices y volver a actuar tras un tiempo de inactividad. Para entonces, las víctimas no serán solo una o dos.
—Sé perfectamente que es una buena oportunidad, ¡pero eso no significa que tengamos que aprovecharla! Podemos atraparlo por otros medios sin apostar la vida de un inocente —Tía rugió, indignada, y se giró hacia Rob—. ¿Por qué no usas tu voto? ¡Somos dos contra uno, que se vaya al diablo la propuesta de Leo!
—Eh… bueno —dudó Rob—, en realidad creo que la propuesta de Leo sí tiene bastante viabilidad…
—¡Ustedes dos son tal para cual, una pareja de cómplices descarados! —exclamó Tía, golpeando la mesa con un estruendo seco—. Leo, jamás pensé que fueras así. Te creía tan recto y rígido como un manual de texto, ¡pero resulta que eres un desgraciado capaz de cualquier cosa! ¡Un maldito desgraciado!
Leo la observó con unos ojos azul oscuro tan serenos que parecían fríos.
—Sí, no reparó en métodos, siempre que me conduzcan al único objetivo: que cada criminal pague por sus actos. Si tienes una alternativa más constructiva, y no solo gritos, la tendré en cuenta. Ahora, habla.
Tía pareció atragantarse con un nudo invisible. No emitió sonido alguno y miró al integrante de mayor edad en la sala.
—Doctor…
El anciano de cabellos plateados levantó la vista de los documentos y ajustó las gafas sobre el puente de la nariz.
—Ya lo dije: soy personal técnico. Solo doy opinión desde lo técnico. Las decisiones operativas les competen a ustedes. Si quieren, voten.
—No hace falta —gruñó Tia—. Renuncio a mi objeción, pero me reservo el derecho de denunciar esto a la central en el futuro.
—De acuerdo —dijo Leo sin dudar.
Al salir de la celda del Departamento de Policía de Portland, Leo aún sentía resonar en sus oídos los gritos del hijo malcriado. Caminó directo hacia la camioneta negra Chevrolet y encendió el motor. Rob se removió inquieto en el asiento del copiloto, hasta que no pudo evitar preguntar:
—¿De verdad tiene que ser ese chico…? Quiero decir, la policía local va a oponerse rotundamente.
—Tampoco era mi primera opción —respondió Leo—. Involucrar a un familiar de la policía siempre es problemático. Pero lo viste con tus propios ojos. Con apenas una insinuación, Clyde dirigió toda su furia contra Quentin. Ni siquiera pasó por una fase de duda: saltó directo a la certeza. Es evidente que arrastraban un conflicto profundo desde hace tiempo. Aunque quisiera cambiar el objetivo, ese mocoso impulsivo no lo creería.
Rob dejó escapar un suspiro largo.
—No quiero imaginarme la reacción del jefe Treville cuando se entere. Dicen que adora a ese hijo único, sobre todo después de que su mujer se fue de vacaciones hace unos años y regresó con un acuerdo de divorcio bajo el brazo.
—Entonces asegúrate de que no se entere, ahora que ya no hay vuelta atrás —dijo Leo. Tras las gafas de sol no se adivinaba su expresión—. Ve preparando a la unidad especial. Necesito al menos diez personas: dos en la furgoneta de vigilancia, tres en seguimiento y protección, turnos de veinticuatro horas. Antes de que Clyde Brandy sea liberado mañana, los transmisores GPS y los dispositivos de escucha deben estar instalados. Quiero a Quentin completamente cubierto. Ni un solo error.
—Me encargo enseguida —respondió Rob.
La liberación de Clyde Brandy volvió a desatar una ola de controversia en los medios locales. Los diarios discutían si la policía había incurrido en favoritismo y si el hijo del senador era realmente inocente. En la televisión, todos competían por retransmitir las imágenes del joven Brandy saliendo de la comisaría escoltado por guardaespaldas, bombardeado por una lluvia de preguntas de los periodistas.
—Ya dije que yo no maté a nadie —declaró el mimado heredero, rubio y de ojos azules, resplandeciente al recuperar la libertad—. Pero eso no me impide rendirle un homenaje al Asesino de las Rosas: ¡hey, buen trabajo, amigo! ¡Come on! —Y, sin el menor pudor, hizo con la mano un gesto de disparo hacia la cámara.
En los bares y en las vitrinas de las tiendas, quienes se detenían a mirar la televisión estallaron en una oleada de abucheos indignados.
Al día siguiente de la liberación de Clyde, estalló una nueva pelea en el campus de la universidad estatal. El hijo del jefe de policía y el hijo del senador se trenzaron en una batalla campal, cada uno respaldado por su propio grupo de amigos. Las fuerzas estaban tan igualadas que, de no haber llegado los guardias a tiempo, alguna de las partes habría acabado con la cabeza abierta.
Esta vez la administración universitaria no pudo mirar hacia otro lado. Para evitar que el reciente asesinato agravara la tensión en el campus, los dos cabecillas fueron sancionados con una falta disciplinaria, suspendidos durante tres días y entregados a sus familias para una “reeducación” en casa.
El cuarto día, después de clase, Quentin quedó con unos amigos para distraerse en un bar cercano. Entre ellos estaba Reizhe. Seis o siete estudiantes se emborracharon hasta perder la compostura; uno vomitó desde la sala privada hasta el vestíbulo. Reizhe fue el primero en caer: murmurando incoherencias y tambaleándose hasta chocar contra los ventanales, obligó a sus compañeros a llamar a un taxi y meterlo dentro a empujones, no sin antes darle al conductor la dirección de su casa.
Bajo las luces cambiantes y entre chicas que se contoneaban al ritmo de la música, siguieron desmadrándose más de una hora. Fue entonces cuando Quentin recibió una llamada. A trompicones, se dirigió hacia la salida del local.
—¿Qué pasa, Quentin? —le gritó uno de los pocos que aún mantenían cierta lucidez.
El joven afroamericano levantó la mano en el aire, moviéndola con desgana. Respondió algo, pero la música electrónica del local devoró por completo sus palabras.
—Seguro que salió a vomitar —comentó otro, entre copa y copa—. No pasa nada, sigamos…
—El objetivo salió del bar. Ha subido a un coche. Se dirige hacia la universidad estatal —informó un agente del FBI dentro de una furgoneta, sin apartar la vista del monitor. Llevaba auriculares y hablaba rápido—. Recibió una llamada antes de salir, pero había demasiado ruido. No pudimos escuchar nada.
—Sigan pegados a él —ordenó Leo por el auricular—. Sombra, mantén distancia, pero no lo pierdas. Informen de cada movimiento.
—Sí, señor —respondieron varias voces a la vez.
A medianoche, el taxi se detuvo frente a la entrada del campus. Quentin bajó tambaleándose. El aire fresco de la noche disipó un poco su borrachera. Caminó unos veinte minutos, cruzando un amplio campo de césped hasta entrar en un pabellón deportivo sin iluminación.
—El objetivo ha entrado en la zona C10.
—Sigan. Manténganse alerta y listos para el combate.
—Recibido.
En la sala de descanso de los atletas, Quentin palpó la pared y encontró el interruptor. Las luces no respondieron. Sacó el móvil del bolsillo y usó la linterna diminuta para iluminar la estancia. Desde el fondo del cuarto llegó un sonido leve.
—Hey —dijo alguien en tono casual, indicando que se acercara.
El micrófono oculto transmitió la conversación a la furgoneta exterior:
—Pensé que ya te habías ido. ¿Qué pasó? ¿Por qué tenías tanta prisa por sacarme de allí?
Se oyó un chasquido seco. Luego, la queja irritada de Quentin:
—¡Demonios! Aquí no encienden ni las luces. ¡Y los mosquitos son una plaga!
—Olvídate de los mosquitos. Enseguida dejarán de molestarte. Escucha, tengo un plan mucho más divertido que beber y ligar en la discoteca —dijo una voz masculina, muy joven. A Leo le sonó vagamente familiar, pero no lograba recordar de dónde.
—¿Qué quieres decir?
—Hoy dejé un mensajito para Clyde haciéndome pasar por la capitana de las animadoras. Sí, esa rubia pechugona. Apuesto a que Clyde soñaría con asfixiarse entre un par de bombas de categoría G.
—Siento que viene algo bueno. ¿Y después?
—Que fue al pabellón a la hora acordada, listo para una cita que lo iba a dejar sin aliento. ¿Escuchas esos golpes en la puerta del vestuario? Apuesto a que ya se está impacientando.
—¡Ja! ¿Lo encerraste en el vestuario? ¡Eres un genio, tío! Llevo tiempo queriendo darle una paliza a ese idiota.
—Ha llegado tu oportunidad. No se lo contaste a nadie, ¿verdad?
—Claro que no. Me dijiste por teléfono que era confidencial.
—Perfecto. Vamos, cubramonos la cara. Hay pasamontañas en la mochila, sobre el banco.
Se escucharon pasos. Quentin avanzó hacia el banco junto a la pared y se inclinó para abrir la cremallera de la mochila.
Un destello de alarma atravesó la mente de Leo como un rayo. Todo su cuerpo se tensó. Echó a correr mientras gritaba por el auricular:
—¡Acción! ¡Ahora mismo!
Tres agentes encubiertos, ocultos tras un armario y una puerta, salieron de golpe con armas en alto.
—¡Freeze! ¡Don’t move! ¡FBI! (¡Quieto, no se mueva, FBI!)
Pero justo en ese instante, la figura que estaba detrás de Quentin actuó con una velocidad brutal: le pasó el brazo izquierdo por el cuello, atrapándolo en un candado. En la mano derecha brilló el arma improvisada bajo el haz de la linterna: una rama tallada, tan gruesa como un bate de béisbol, endurecida y con la punta afilada hasta un blanco mortecino.
Las balas de goma silbaron en la oscuridad. Aunque la iluminación era pobre, la cercanía del disparo hizo que cuatro o cinco proyectiles impactaron de lleno en zonas no letales. El agresor sintió como si varias barras de hierro le machacaron las extremidades. El dolor, unido a la pérdida repentina de movilidad, lo derribó al suelo entre gemidos apagados.
Leo le torció ambos brazos por detrás y lo inmovilizó, colocándole las esposas de acero. Así puso fin, en un instante, a aquella operación que llevaba cinco días en preparación.
Bajo la luz blanca de las linternas, los agentes federales vieron por fin su rostro.
—Eres tú… Reizhe? —pronunció Leo, con cada sílaba tan clara como un golpe seco. En sus ojos azul oscuro brilló un destello gélido—. El verdadero autor de los asesinatos en serie del campus.
Aunque su cabello negro y desordenado le caía en rizos sobre la frente, el muchacho latino dejaba entrever aquellos ojos alargados, obstinados incluso bajo el dolor. Se forzó a esbozar una sonrisa desafiante, y respondió sin ceder un ápice:
—Buenas noches, Leo. Llegaron media hora antes de lo que esperaba.
—Qué lástima —replicó Leo con frialdad—. Siempre he sido muy puntual.
Ordenó entonces a sus subordinados—: Léanle la advertencia Miranda y súbanlo al vehículo.
NT.- (Los Principios Miranda son los derechos constitucionales que la policía en EE. UU. debe informar a una persona detenida antes de un interrogatorio, garantizando el derecho a guardar silencio y a tener un abogado, estableciendo que cualquier cosa que diga puede usarse en su contra, y que se le asignará uno si no puede pagarlo, todo para proteger la Quinta Enmienda y asegurar que las declaraciones sean voluntarias)
Al pasar junto al joven afroamericano, que seguía casi petrificado, añadió:
—Llévenlo de vuelta a la comisaría de la ciudad y entréguenselo al oficial Treville. Díganle que el FBI agradece su ayuda.
—¡Sáquenme de aquí! ¡Tengo claustrofobia…! —Un agente abrió la puerta del vestuario interior, donde alguien seguía golpeando y llorando. El chico rubio salió tambaleándose, casi a rastras—. ¡Maldita sea, voy a matar a todos estos cerdos!
Leo lo agarró del pecho y lo levantó.
—Piensa un momento, chico: si el FBI no hubiera montado una emboscada, y Quentin hubiera sido torturado y asesinado en la sala de descanso del gimnasio, cuando los demás abrieran la puerta y encontraran el cadáver hecho pedazos… tú despertarías cubierto de sangre en medio de la escena. ¿No te parece… emocionante?
Clyde tembló de golpe.
Recién entonces comprendió que, minutos antes, había rozado el peligro más grande de su vida; aquel plan mortal era más que suficiente para enviarlo directo al corredor de la muerte.
—Si ni siquiera esto te enseña a ser discreto, la próxima vez dile al senador Brandy que te busque un buen abogado —soltó Leo, dejándolo caer y girándose para salir.
Comisaría de Policía de Portland
—¡Hijo de… maldito! —El rostro del jefe de policía, retorcido por una furia absoluta, se crispó antes de lanzarle un puñetazo a Leo.
Leo reaccionó al instante, atrapando su muñeca. Dos agentes del FBI saltaron de inmediato y redujeron al jefe, que, fuera de sí, ya estaba intentando sacar el arma.
Treville se revolvía con rabia salvaje, rugiendo:
—¡Te atreviste… te atreviste a usar a mi hijo como cebo! ¡Lo dejaste bajo el cuchillo de un asesino enfermo! ¡Hijo de perra, voy a despedazarte!
Leo bajó ligeramente la mirada hacia las botas de cuero policial, cuyo brillo devolvía la luz pálida del fluorescente de arriba, como un fragmento roto de una pesadilla. Su expresión, severa y hermosa, no se alteró en absoluto.
—Lamento no haberte avisado antes —dijo con calma—. Pero era la mejor oportunidad para atrapar al asesino. No podía dejarla pasar. Como agente de la ley, pensé que tú podrías entenderlo. Además, tomé medidas de protección para garantizar la seguridad de tu hijo. Solo está asustado. Con un poco de descanso estará bien.
—¡A la mierda tus medidas de protección! —Treville rechinó los dientes—. ¡Es mi hijo! ¡Jamás permitiré que corra ni el más mínimo riesgo! ¡Dime, si fuera tu familia, la pondrías al borde del abismo?
—Si hacerlo significaba salvar la vida de muchos inocentes… sí —respondió Leo sin vacilar.
—¡Hijo de puta! —El aullido del policía rasgó la sala. Intentó abalanzarse de nuevo, pero varios compañeros lo arrastraron fuera.
Rob observó aquella espalda alejándose. Su habitual despreocupación parecía ahora teñida de preocupación.
—Creo que, si fueras un poco más… diplomático, quizá su reacción no habría sido tan violenta —murmuró a su compañero—. Todos sabemos que no tenías alternativa. Teníamos que liberar a Clyde Brandy; hoy o dentro de unos días, daba igual. Él y Quentin habrían chocado tarde o temprano. Quentin tenía grandes probabilidades de ser la próxima víctima del asesino, y tú solo aprovechaste ese hecho para atraparlo… haciendo todo lo posible para proteger al chico. Desde un punto de vista racional, objetivo… no hiciste nada malo.
Rob se guardó la siguiente frase en el corazón:
Cuando encuentres algo, o alguien que de verdad te importe, y vuelvas a enfrentar una decisión como esta… no responderás tan rápido y con tanta seguridad.
Le dio una palmada reconfortante en el hombro.
Leo lo miró. Un destello de confusión cruzó por sus profundos ojos azul oscuro, hundiéndose enseguida.
—Voy a la sala de interrogatorios a abrir la boca de ese tipo. ¿Vienes? —preguntó, por costumbre.
—Y yo que pensaba que podríamos abrir una botella de champán, celebrar y dormir una noche entera… —se lamentó Rob—. Para premiarnos por atrapar a otro asesino serial.
—¿Sabes cuántos asesinos seriales activos calcula la sede central que hay ahora mismo en Estados Unidos?
—¿Cuántos?
—Aproximadamente trescientos —respondió Leo—. ¿Y cuántas víctimas, crees, están pidiendo ayuda desesperadamente mientras nosotros descansamos?
—Vale, vale… no descansemos. Cambiemos la batería y sigamos —respondió Rob, levantando las manos en señal de derrota, una vez más vencido por el aura de rectitud de su compañero.