Capítulo 1
—Despertó.
Antes de abrir los ojos por completo, esa fue la primera frase que escuchó. Era la voz de un hombre: suave, tranquila, sin prisas… tanto que lo hizo querer abrir los ojos para ver quién era.
Hizo un esfuerzo y así lo hizo. Lo primero que vio fue el pesado dosel de la cama rodeándolo; frente a él había una persona sentada al borde del lecho mirándolo con total concentración.
Aquel hombre tenía la piel blanca y un rostro hermoso, facciones tan delicadas que parecían un paisaje pintado a tinta. Su largo cabello negro caía como una cascada, extendiéndose suavemente sobre la seda del cobertor.
Sintió también que una de las manos del hombre estaba sobre su muñeca. Fue este quien le preguntó:
—¿Te sientes bien?
Era la misma voz que había escuchado antes.
Abrió la boca queriendo hablar, pero su garganta estaba tan reseca y ronca que no logró emitir ningún sonido.
El hombre entonces retiró la mano y se levantó. Su túnica blanca, amplia y ligera, hacía que su cabello negro resaltara aún más. No se quedó en la habitación: salió sin decir nada más, dejando únicamente a una doncella, que se acercó con expresión preocupada.
Al poco rato entró un anciano para tomarle el pulso. Luego se sentó a la mesa, escribió una receta y se la entregó a la doncella antes de marcharse.
De pronto, su garganta le ardió y le picó horriblemente; empezó a toser con fuerza. Al llevarse la mano a los labios, quedó sorprendido: su mano era blanca, delgada, los dedos finos con uñas redondeadas y pulidas. Ni un solo callo. Al bajarla, sin querer aplastó unos mechones de cabello junto a la almohada. Tomó una hebra y se quedó mirando el largo cabello negro… hasta que finalmente comprendió: ya no era él mismo.
Antes había sido un jugador empedernido. Sin madre desde pequeño, vivió siempre con su padre, que también era un adicto al juego. Abandonó la escuela tras terminar la secundaria y se mezcló con gente de mal vivir, sobreviviendo haciendo trampas en las apuestas.
Aquel día había montado una farsa junto a otros dos para estafar a un hombre de mediana edad. Pero fueron descubiertos. Ese hombre era un cacique local, rico y con poder, que envió gente tras ellos. Su última memoria antes de desmayarse fue el golpe de un ladrillo en la parte posterior de la cabeza. Cuando volvió a despertar… lo hizo en esta cama.
Pensó que había muerto y que había revivido en el cuerpo de otra persona, en algún lugar de la antigüedad. Sin embargo, no sabía en qué época estaba ni quién era el dueño del cuerpo que ocupaba.
Afortunadamente, había una doncella, llamada Qingqing, a su servicio. Fingió amnesia y no recordar ni su nombre, y así supo que ahora se llamaba Huo Fenghua, aunque todos lo llamaban «joven maestro Huo». En realidad, no era ningún joven maestro, sino uno de los concubinos varones del dueño de la residencia.
Aquello era la mansión del Gran General, pero la primera persona a la que había visto al despertar no era el general, sino a su esposa legítima, un hombre llamado Su Zeyang, a quien todos en la residencia llamaban «joven maestro Su».
Un joven maestro Su y un joven maestro Huo… y él no pudo evitar echarse a reír en la cama. No sabía si la próxima vez que lo viera debería llamarlo «hermano» o «hermana».
Ya que ahora era Huo Fenghua, pensó que una de sus pocas virtudes era aceptar lo que venía. Como el general estaba fuera dirigiendo tropas, decidió tomárselo con calma. Pasó dos días recuperándose, comiendo bien y siendo atendido, hasta que pudo levantarse y sentarse junto a la ventana a mirar el paisaje.
En el patio vio a un sirviente joven y delgado que barría. Cuando el muchacho miró hacia la ventana y se encontró con su mirada, enrojeció como un tomate y se volvió con premura.
Fenghua estaba a punto de bromear con él cuando alguien a sus espaldas cerró la ventana y dijo:
—Joven maestro, aún no se ha recuperado. Podría resfriarse.
Fenghua se giró sonriendo.
—No estoy en cuarentena posparto, ¿qué importa un poco de brisa?
Qingqing, la doncella, se encogió de hombros.
—Es orden del joven maestro Su. No me atrevo a desobedecer.
Fenghua apoyó la cara en una mano, pensando en Su Zeyang. Desde el día en que despertó, no lo había vuelto a ver. En su memoria era como un ser casi etéreo, en absoluto débil, y no entendía por qué alguien así aceptaría casarse con un hombre.
En cuanto al general, Feng Tianzong, estaba en campaña militar y no regresaría pronto. Fenghua no lo extrañaba en lo absoluto. Él jamás había pensado en ser concubino de nadie, y antes de que el general volviera, ya tendría fuerzas para escaparse de la mansión.
Por la tarde, al intentar salir del patio, un mozo lo detuvo bruscamente: por órdenes del joven maestro Su, debía quedarse en la habitación a recuperarse.
Luego supo por Qingqing que ese mozo era el sirviente personal de Su Zeyang, llamado Liu Yong.
Fenghua se extrañó.
—Esta «esposa del general» tiene carácter. ¿Aprovecha que el general no está para hacerme la vida difícil?
—El joven maestro Su no es así —respondió Qingqing.
Fenghua reflexionó un momento, miró su propia apariencia delicada en el espejo de cobre y dijo:
—Debe ser que el general solo me quiere a mí y la esposa legítima está celosa.
—¡Tonterías! —bufó Qingqing—. El general y el joven maestro Su se quieren mucho. No invente cosas.
Al ver que incluso una doncella lo trataba así, quedó claro que él no era para nada querido en ese lugar. Y más aún después de que Qingqing le contara que había llegado a ese estado porque había intentado suicidarse arrojándose al lago.
Si ni siquiera el general lo quería, ¿para qué se casó con él?
Pero eso ya no importaba. Si pensaba escapar, no tenía por qué descifrar la vida del antiguo dueño del cuerpo.
Los días en que estuvo encerrado se dedicó a preguntarle a Qingqing sobre su vida pasada, pero ella siempre respondía con vaguedad. A veces le daba la impresión de que sí sabía, pero no se atrevía a decirle. Al final, solo descubrió que él ni siquiera era de ese país.
Estaban en el reino Donglin, era el año Xuanming, una dinastía sin registro histórico, quizá un mundo paralelo. Y él, Huo Fenghua, era del reino Xichou, país que había sido invadido recientemente por Donglin. El general Feng Tianzong había liderado las tropas que tomaron la capital, Cayun, destruyendo Xichou por completo.
Fenghua no entendía por qué, siendo del país enemigo derrotado, aceptó casarse como concubino de su conquistador. Sin embargo, no pensó más en ello. Lo importante era cómo escapar de la mansión del General Feng.
Para el cuarto día ya se sentía bastante recuperado. Qingqing lo despertó temprano: era primero de mes y, según las normas de la familia Feng, debían hacer ofrendas a los antepasados.
Lo ayudó a lavarse el rostro y peinarse el largo cabello en un moño alto.
—¿Puedo cortarme el cabello? —preguntó él.
Qingqing quedó horrorizada.
—¿Cómo puede decir eso? El cuerpo y el cabello son herencia de los padres…
—Ya está, ya está —la atajó—. Lo sé.
En la antigüedad había reglas para todo; si quería sobrevivir, tendría que acostumbrarse.
Cuando salió, Liu Yong ya lo esperaba para llevarlo al templo ancestral.
Aunque parecía respetuoso, era evidente que no le tenía consideración alguna. Fenghua no prestó atención y lo siguió fuera del patio.
Era la primera vez que salía desde que había «ocupado» aquel cuerpo. La mansión exterior era enorme: jardines, estanques, rocas, montañas artificiales… y un cielo despejado que dejaba ver las montañas a lo lejos. Para alguien que siempre había vivido en una gran ciudad, ese paisaje era impresionante.
Sin darse cuenta, disminuyó el paso.
Liu Yong, alarmado, le preguntó:
—¿Qué va a hacer?
Cruzaban un puente de madera sobre el lago. Al mirar su reflejo en el agua, Fenghua recordó lo que le dijeron sobre su intento de suicidio y entendió el miedo del sirviente. Entonces le palmeó la espalda, sonriendo.
—Nada, nada. No te asustes. Después de sobrevivir a una desgracia, siempre llega la buena fortuna. No pienso volver a buscar la muerte.
Liu Yong lo miró sorprendido. Al parecer no estaba acostumbrado a su nuevo temperamento. Tras un momento, continuó guiándolo.
Al llegar al templo ancestral… Fenghua volvió a ver a Su Zeyang.
Hoy Su Zeyang vestía también una túnica blanca. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño, aunque algunos mechones sueltos le caían desde las sienes hasta el pecho. De pie, su postura era recta, y tenía las manos cruzadas delante del cuerpo. Al ver entrar a Huo Fenghua, no le dirigió la palabra; simplemente tomó una varita de incienso, la encendió, se arrodilló para hacer la ofrenda y luego la colocó en el incensario del altar.
Huo Fenghua lo observó desde atrás, pensando para sí que aquella «esposa del general» era, sin duda, un hermoso espectáculo. Él no se consideraba homosexual, pero la belleza no distinguía géneros. Y lo hermoso siempre se apreciaba. Por eso dejó que la mirada se le alargara un poco más de lo necesario.
Su Zeyang terminó y se hizo a un lado. Al notar que Huo Fenghua lo miraba embelesado, le dijo:
—Te toca.
Huo Fenghua volvió en sí, avanzó y tomó el incienso que le entregaba el mayordomo. Repitió los movimientos de Su Zeyang: lo encendió y se arrodilló. A él le daba igual; podía adaptarse a lo que fuera. Arrodillarse ante los antepasados del general no le suponía gran cosa, aunque sinceridad no tenía ninguna. Cuando se incorporó para colocar el incienso en el incensario, no pudo evitar mirar de reojo el perfil de Su Zeyang… y en ese movimiento torpe, su mano golpeó el cuenco del incensario, que cayó al suelo y se hizo pedazos.
La cerámica se quebró con un estruendo, y las cenizas se esparcieron.
Liu Yong, que estaba detrás de Su Zeyang, gritó:
—¡Tú…!
Pero enseguida se dio cuenta de que se había sobrepasado, de modo que cerró la boca de golpe y se limitó a lanzarle una mirada feroz a Huo Fenghua.
Su Zeyang no se alteró. Lo miró con frialdad y le preguntó al mayordomo:
—Tío Lu, según las reglas de la familia, ¿cómo se debe castigar esto?
El mayordomo Lu Xi, ya entrado en los sesenta, acarició su barba entrecana.
—Faltar al respeto a los antepasados… debe ser castigado con arrodillarse en el templo ancestral.
—¿Por cuánto tiempo? —preguntó Su Zeyang.
—Hasta que muestre arrepentimiento sincero —respondió Lu Xi.
Al oírlo, Huo Fenghua se arrodilló de inmediato sobre el cojín y dijo en voz alta:
—¡Me equivoqué!
Pensó que con eso bastaría y que Su Zeyang lo perdonaría.
Pero Su Zeyang solo lo miró y dijo:
—No puedes levantarte sin mi permiso.
Huo Fenghua se quedó perplejo. Quiso protestar, pero el semblante solemne de Su Zeyang le hizo guardar silencio. Se inclinó un poco para fingir respeto.
Entonces Su Zeyang se giró y abandonó el templo.
Detrás de él, Lu Xi y los demás también salieron uno a uno. El último cerró las puertas, dejando a Huo Fenghua solo, arrodillado en la penumbra del amplio templo ancestral.
Huo Fenghua soltó un hondo suspiro. Estaba de muy mal humor. Sobre la mesa del altar, las velas seguían encendidas y su tenue luz oscilante iluminaba las tablillas funerarias de los antepasados Feng, proyectando sombras inquietantes. Él no era realmente Huo Fenghua, jamás había visto a su supuesto esposo, ni tenía ningún sentido de pertenencia con aquella familia. Más bien tenía la sensación de que tantos antepasados mirándolo podían descubrir que era un impostor…
Tras un largo rato, ya no pudo seguir arrodillado. Se levantó del cojín.
Con pasos cuidadosos se acercó a la puerta cerrada del templo ancestral. Probó girar el picaporte y descubrió que no estaba cerrada desde afuera. Abrió un pequeño resquicio; al ver que no había nadie vigilando, empujó la puerta y salió directamente.
Huo Fenghua había tomado una decisión: abandonar la familia Feng.
Para evitar encontrarse con alguien, avanzó por los senderos más apartados que pudo. No conocía bien la mansión del general, pero confiando en su sentido de orientación logró no perderse. Finalmente encontró la puerta trasera de la residencia.
La puerta estaba cerrada desde dentro y no había nadie custodiándola. Sin pensarlo más, la abrió y escapó.
Fuera había un callejón estrecho, flanqueado por altos muros de lo que parecían dos residencias contiguas. Caminó con prisa hasta salir del callejón y no tardó en llegar a una calle con peatones. Miró una vez más los altos muros verdes de la mansión del general, y luego se dirigió hacia la zona más concurrida.
Aunque estaba en un cuerpo de la antigüedad, su alma seguía siendo la de un hombre moderno. Llevaba días en este mundo, pero siempre encerrado en la mansión. Era la primera vez que caminaba por una calle bulliciosa.
No podía evitar mirar a todos lados, curioso por todo. Después, al oler el aroma de unos pastelitos de arroz al vapor, sintió hambre. Se acercó al puesto; el vendedor le dijo que costaban dos monedas de cobre cada uno. Huo Fenghua buscó en su ropa… pero no llevaba nada de dinero.
Lo único que tenía era un colgante de jade colgado en la cintura, que Qingqing le había puesto esa mañana. No sabía de dónde provenía ni cuánto valía, pero seguro que más que dos monedas. Así que le preguntó al vendedor dónde quedaba la casa de empeños más cercana.
El vendedor le indicó el camino, pero cuando iba hacia allí, Huo Fenghua pasó frente a un salón de apuestas. Se detuvo de inmediato, mirando la entrada por largo rato. Luego se dio vuelta, entró en la casa de empeños de al lado y dejó caer el jade sobre el mostrador.
—¡Lo empeño! —dijo.
El encargado levantó la vista, y al ver aquel jade verde brillante, sus ojos se iluminaron. No dijo nada; solo lo tomó y lo examinó con cuidado.
Huo Fenghua, viendo la calidad de la pieza, sabía que valía bastante.
—¿Cuánto me da? —preguntó.
El encargado la revisó durante mucho tiempo antes de decir:
—Puedo darte veinte taeles de plata.
—¿Solo veinte? —Huo Fenghua quedó decepcionado. No conocía los precios actuales del mercado, pero creía que al menos valdría cien o doscientos taeles. Veinte le sonaba a muy poco.
—No puedo darte más —dijo el encargado.
Huo Fenghua suspiró y extendió la mano.
—Démelos.
Con el jade empeñado por veinte taeles y el comprobante guardado, salió de la casa de empeños y miró a ambos lados de la calle. Lo primero que hizo fue comprar un bollo de carne en la esquina. Aún masticando, detuvo a un transeúnte.
—¿Hay algún casino por aquí?
El hombre lo miró de arriba abajo, tal vez impresionado por su porte distinguido, y le indicó el camino.
Huo Fenghua siguió las indicaciones hasta una calle de burdeles. Era temprano, así que estaba tranquila, con todas las puertas cerradas. Solo dos casas de apuestas, una al inicio y otra al final, estaban abiertas, y de ambas salían voces animadas. Él, que había sido jugador toda su vida, sabía que esos lugares jamás cerraban.
Sonrió, palmeó los taeles en su pecho y, con paso firme, se dirigió hacia uno de los casinos.