Volumen IV .- La habitacón del ángel
Editado
Capítulo 25 — Semillas de fuego
Tras ver con claridad el cuerpo semienterrado en el barro del fondo, Leo regresó a la cabaña y llamó de inmediato a la policía local. Era una niña de unos diez años. Tenía las manos atadas a la espalda con una cuerda, y alrededor de la cintura, un cinturón de pesas de los que se usan para correr. Su rostro, hinchado y macerado por el agua hasta volverse de un blanco fantasmal, mostraba unos ojos gris azulados abiertos de par en par, incapaces de cerrarse en la muerte.
Li Biqing seguía sentado en el embarcadero, abrazándose las piernas y escondiendo el rostro en los brazos. Leo sabía lo mucho que aquello lo había golpeado. Era imposible permanecer impasible al ver el cadáver asesinado de una criatura tan pequeña.
Debido a lo apartado del lugar, la patrulla estatal de Nueva Jersey tardó más de una hora en llegar. El oficial al mando, un hombre blanco llamado Eden, revisó la documentación de Leo y lo interrogó con una cortesía casi respetuosa sobre cómo habían descubierto el cuerpo. El registro de la declaración fue rápido. La pequeña fue sacada del lago, metida en una bolsa y cargada en un vehículo policial. Parte del equipo se quedó a inspeccionar la zona; el resto se dispuso a llevar el cadáver al forense.
El rostro de Li Biqing seguía algo pálido, pero parecía haberse serenado. Se acercó a Eden, que en ese momento hablaba en voz baja con Leo.
—Sugiero que la policía registre bien todo el fondo del lago. —Le dijo al agente estatal.
—¿A qué te refieres…? —Eden no terminaba de entender la relación entre aquel chico chino y el FBI, pero claramente no era el momento de indagar en eso.
—Creo que es posible… Aunque, de verdad, no deseo que algo así haya ocurrido… pero aun así les ruego que registren a fondo el fondo del lago —Li Biqing, tras tantas vueltas, acabó por soltarlo de una vez—: Sospecho que podría no ser el único cadáver.
El rostro de Eden cambió de inmediato.
—¿Quieres decir… que esto es un asesinato en serie?
La mayor parte del tiempo, su trabajo consistía en patrullar la autopista. Jamás había presenciado algo así. Si el muchacho no estaba exagerando por miedo… ¡maldita sea! Hacía siete años que en Nueva Jersey no ocurría un caso tan grave. ¿Por qué tenía que aparecer justo ahora, bajo su guardia? Este tipo de casos atrae atención mediática, presiones de arriba y un asesino especialmente astuto y cruel… Para un agente como Eden, acostumbrado a turnos tranquilos, aquello era una auténtica pesadilla.
Quiso replicarle: ¿Qué pruebas tienes? Pero el jefe del equipo de crímenes del FBI, ese hombre tan guapo que parecía salido de una película confiaba sorprendentemente en el criterio del chico. El agente de cabello oscuro frunció el ceño:
—Quizá deberían ampliar la zona acordonada y evacuar a los turistas. Si realmente se trata de un asesinato serial, me haré cargo del caso.
El policía estatal, preocupado y deseando sacarse aquella papa ardiendo cuanto antes, aceptó de inmediato:
—De acuerdo, enviaré más personal para buscar en el fondo del lago. Pero este lago es enorme; no puedo garantizar que no se nos escape algo.
—Hagan lo que puedan —respondió el agente.
Aquello requeriría al menos dos o tres días. La cabaña, por tanto, ya no era habitable. Incluso si ignoraban la cinta policial, ninguno de los dos querría pasar sus vacaciones observados por un batallón de agentes estatales y del condado.
—¿Qué hacemos? —preguntó Li Biqing.
—Volver a Nueva York —dijo Leo—, o buscar algún pueblito cercano para pasar la noche.
El muchacho eligió lo segundo, aunque la ciudad quedaba cerca. Los cabellos de la pequeña alma atrapada en el fondo del lago no solo se habían enredado en su tobillo, sino también en sus pensamientos. Aún sentía un frío que le recorría el pie, como si una mano pequeña, húmeda y helada, siguiera aferrada a él.
Un escalofrío lo sacudió. La brisa nocturna de la montaña era cortante. Leo se quitó la chaqueta y se la echó sobre los hombros.
—Ya oscureció —dijo—. Pasemos la noche en la cabaña. Mañana nos vamos.
Al caer la noche, los policías dejaron allí la cinta amarilla y a un par de agentes de guardia, prometiendo volver con la luz del día.
Li Biqing se sentó en el alféizar, mirando el lago sin pestañear y Leo se acercó.
—Lo siento. Me temo que nuestras vacaciones se han arruinado del todo.
—No es culpa tuya —susurró el chico—. Y además me salvaste la vida. Aún no te he dado las gracias.
—Entre nosotros no hace falta tanta formalidad. Y ya lo dice un proverbio chino: los grandes favores no se agradecen con palabras.
—Cierto —sonrió Li Biqing—. Aunque normalmente también lleva una segunda parte: se ha de pagar entregando el cuerpo.
Leo se quedó mirando unos segundos antes de comprender el significado del dicho. De pronto, le faltó el aire.
—¿…Qué significa eso? —preguntó, intentando alejar esa garrita que acababa de arañar en su corazón.
Li Biqing ladeó la cabeza. La expresión seria y elegante del agente federal, con ese aire impecable de vitrina de joyería, despertaba una tentación casi salvaje de romper el cristal de un martillazo.
Basta, se recordó. Hasta aquí llega la broma. Si sigo, será demasiado.
Pero algo, una fuerza que no pertenecía al reino de lo razonable, empujó la rueda unos grados fuera de su curso. Sus dedos, como si tuvieran conciencia propia, hicieron un gesto suave, invitando al agente a acercarse. Y cuando él dio dos pasos, Li Biqing enganchó el segundo botón de su camisa y bajó poco a poco su torso hacia sí.
Leo se dejó arrastrar por aquel único dedo, convertido de pronto en el dueño de todo su cuerpo. Miles de pensamientos zumbaban en su mente, pero cada palabra se deshacía antes de formarse. Era como si hubiera caído bajo un hechizo.
Dios mío, pensó, aterrorizado y feliz, esto es una prueba demoníaca, diseñada para medir hasta dónde llega la contención de un simple mortal…
Ya estaban demasiado cerca. Lo suficiente para ver su propio reflejo en las pupilas del otro; para sentir el temblor casi imperceptible de los suaves vellos en sus labios… ¿Era una broma? Parecía más que eso. Aquel chico que ni siquiera usaba con comodidad la palabra gay… con ese carácter templado y reservado, era improbable que gastara este tipo de bromas tan excesivas. ¿O acaso era una prueba? ¿Una insinuación deliberada?
Leo no podía pensar. Su mente se desmoronaba, su razonamiento se dispersaba, y solo la tensión del deseo permanecía nítida.
Y justo antes de que la presa se rompiera, el río cambió de cauce.
Los labios del chico pasaron de largo, rozándole la mejilla. Su mano, en cambio, atrapó entre los dedos un insecto pequeño y de patas largas: un zapatero muerto, o algo parecido. Daba igual. La bruma cálida y pesada del instante anterior se disipó en un soplo.
—Tenías un bicho en el pelo —dijo Li Biqing con seriedad, sosteniendo el insecto entre dos dedos, tan inocente que Leo estuvo a punto de escupir sangre.
—…No importa. Déjalo. ¿Qué estabas diciendo?
—¿Eh? Ya lo olvidé. Ah, lo del proverbio. Significa que este cuerpo es tuyo: lo puedes freír, saltear, guisar o cocinar como quieras.
Leo se quedó callado.
—Ese chiste no tiene ni pizca de gracia, chico. Me recuerda un caso que tomé hace tres años: un asesino serial que descuartizaba a sus víctimas y las cocinaba. Cuando lo arresté, estaba echándole pimienta a un caldo de huesos —torció el gesto con una sombra de horror en la mirada.
Li Biqing se tapó la boca con el puño.
—Perdón…
—¿Por una broma? No vale la pena.
—No, es por la cena de esta noche… Justo preparé una olla de caldo de huesos y le eché pimienta.
—Dios… —el agente federal se frotó la sien con los dedos y suspiró—. De verdad que eres un genio, Li Biqing.
—Si quieres, puedo hacer otra olla, de sopa de pescado.
—¿Con los peces de este lago? No, gracias. No quiero imaginar con qué los han engordado.
—Entonces solo quedan los hot dogs del microondas.
—¿Lo que nos sobró en el coche del almuerzo? Está bien, prefiero masticar eso.
Así, la escena que casi se les iba de las manos volvió a su cauce. Recuperaron aquella ligereza y la complicidad de siempre; la pasión impulsiva que los había sacudido antes se apagó como una chispa sofocada bajo las cenizas.
Por suerte aún quedaba margen para retroceder, pensó un hombre, aliviado y a la vez con cierta desazón.
Por suerte no se habían desviado demasiado, pensó el otro, con idéntica mezcla de alivio y pesar.
A la mañana siguiente llegó noticia de la policía estatal: ya habían confirmado la identidad de la fallecida. Renee Dur, nueve años, de un lugar cercano llamado “Water Gorge Town”. Leo y Li Biqing decidieron conducir hasta ese pequeño pueblo. Si hubiera más víctimas, Eden los llamaría cuando terminara de revisar todo el fondo del lago.
Cuando llegaron frente a una vivienda modesta en Water Gorge Town, los agentes del condado ya tenían la escena bajo control y estaban por llevarse a una mujer de mediana edad. Era obesa, de mirada apagada y vacía; su cabello castaño claro, cortado demasiado corto, le daba un aspecto deslucido. Quizá, hacía una década, había sido hermosa, pero la vida le había ordeñado hasta la última gota de gracia, dejándole solo ese cuerpo hinchado.
Después de mostrar su identificación, Leo habló con un policía alto y desgarbado.
—Se llama Belairy. Es la madre de la víctima… en el sentido genético —añadió el policía, lanzándole a la mujer una mirada llena de repugnancia.
—¿A qué se refiere?
—A que no merece llamarse madre. Maltrataba a sus hijos, los golpeaba, los insultaba, no les daba comida ni ropa decente. Y lo peor… —el agente apretó la mandíbula— lo peor es que ahogó a su hijo de seis meses en la bañera de su casa. Fue hace más de dos años.
—¿Y no fue condenada? —preguntó el agente federal, con ira acumulándose en la mirada.
—Varios médicos la diagnosticaron con esquizofrenia. Dijeron que no podía asumir responsabilidad penal y la internaron en un hospital psiquiátrico. En mayo de este año, el hospital informó que su estado había mejorado lo suficiente para llevar una vida normal, así que la soltaron. En cuanto volvió, reclamó en la iglesia del pueblo la custodia de sus dos hijas. Hasta entonces, las pobres estaban al cuidado del padre Paisius. Si él hubiera seguido cuidándolas, la mayor no habría acabado en el fondo del lago. Era una niña preciosa… —el policía suspiró, lleno de tristeza.
—¿Sospechan que Belairy mató a Renee?
—Para ella no habría sido difícil, ¿no cree? Solo cambió la bañera por una un poco más grande —dijo el policía con frialdad—. Y encima tiene un escudo perfecto: “esquizofrenia”. ¡Qué amuleto tan conveniente! Si la mandan a otro hospital tres o cinco años, saldrá y podrá seguir arruinándole la vida a la última niña.
De pie detrás de Leo, Li Biqing no sabía qué expresión poner ante lo que escuchaba. ¿Qué clase de madre debería ser una mujer para ahogar a su propio hijo de seis meses? ¿Tenía el corazón hecho de colmillos de serpiente, aguijones de escorpión y el fuego del infierno? Prefería creer que sufría realmente de esquizofrenia y que ni siquiera era consciente de lo que había hecho.
Belairy avanzaba hacia el coche patrulla con pasos rígidos. A nadie le importaba su destino; ella tampoco parecía preocuparse por nada a su alrededor.
Con el rostro sombrío, Leo se dirigió hacia la casa destartalada. A un lado de los escalones del porche, en la sombra, había un cuerpecito acurrucado: una niña de unos cinco o seis años, vestida con un vestido blanco mugriento. Dos agentes del condado estaban agachados junto a ella, hablándole en voz baja para consolarla. Pero la niña no se movía: abrazaba sus rodillas en silencio absoluto.
Debe ser la hermana menor, pensó Leo con un nudo en la garganta. Pobre criatura: su hermano y su hermana muertos, su madre una asesina… El mundo debía de ser para ella una pesadilla eterna. Se acercó sin pensarlo.
La niña levantó el rostro de pronto, como si percibiera algo, y lo miró fijamente.
Y ese rostro…
Leo dio un salto hacia atrás.
La niña tenía una melena espesa, larga y rubia como algas al sol; estaba enmarañada, pero aún conservaba un rizo fino y adorable. Sus ojos azules eran tan nítidos como un cielo lavado por la lluvia. Era un pequeño ángel.
Un relámpago le atravesó el pecho. El rostro de Leo quedó petrificado en un gesto de incredulidad y terror absoluto. Tropezó dos pasos hacia atrás.
Li Biqing percibió lo extraño, corrió a sujetarlo del brazo.
—¿Leo? —le dijo, viendo cómo el sudor frío le resbalaba por la frente, cómo todo su cuerpo temblaba—. ¿Qué pasa? Leo, estás pálido… —casi parecía que había visto un fantasma; no se atrevió a decirlo.
—…Debbie, ¿quieres salir un momento? No tengas miedo, estamos aquí para protegerte, Debbie… —murmuró la policía que estaba agachada junto a la niña, intentando animarla.
La palidez de Leo se volvió cadavérica, como si la vida se le escapara por cada poro.
—Vamos, volvamos al coche —insistió Li Biqing, desesperado y sin entender nada, tirando de él. Leo se dejó arrastrar, como si su alma hubiese quedado suspendida en otro mundo.
Li Biqing lo empujó al asiento trasero, con la sensación de estar encajando un cadáver ambulante.
—¡Leo! —el miedo le subió a la garganta; de un manotazo le cruzó la cara—. ¡Despierta!
La mitad del rostro de Leo se hinchó al instante, pero el golpe logró devolverle la lucidez; volvió la vida a sus ojos.
En cuanto lo hizo, Li Biqing se arrepintió. Leo acababa de sufrir una operación en el maxilar… ¿Cómo podía haberle pegado en la cara? El pecho, las piernas, el trasero, cualquier parte habría servido, pero no la cara. Se había dejado llevar por el pánico.
—¿Estás bien, Leo? —preguntó con angustia—. ¿Qué te pasó?
—…Nada. Me siento un poco mal —respondió Leo, con una voz tan hueca que parecía espuma de nieve flotando en el aire.
—¿Te enfermaste? ¡Vamos al hospital ahora mismo!
—¡No! Ya estoy mejor. Solo… quiero recostarme un rato…
Li Biqing dudó. El agente de cabello oscuro tenía un aspecto agotado hasta la médula, así que decidió hacerle caso y buscar una posada donde descansar.
Al final de la calle encontraron una pequeña pensión con un letrero de neón que decía “Posada Estación Verde”. Sin fijarse en el entorno, Li Biqing estacionó en el patio, arrastró a Leo hasta el vestíbulo y se plantó frente al mostrador.
—¡Una habitación! —exigió, impaciente.
—¿Una o dos? —preguntó la mujer del mostrador, una señora delgada, maquillada con rímel y delineador excesivo, que los miró de arriba abajo.
—¡Lo que sea! —bufó Li Biqing.
—Pero, ¿una? ¿O dos? —insistió ella, frunciendo los labios pintados de rojo vivo.
—¡Una!
Leo estaba fatal. Tenía que cuidarlo.
—¿Dos camas individuales o una doble? —volvió a preguntar.
Una oleada de furia le subió al pecho. Li Biqing estampó la mano en el mostrador; el soporte de plástico con los folletos de la posada se hizo añicos.
—¿¡Se quiere callar de una vez!? ¡Deme la llave ya!
Asustada, la mujer abrió un cajón, sacó unas llaves a toda prisa y se las dio. Li Biqing las arrancó, sacó un fajo de billetes del bolsillo y lo tiró sobre el mostrador, luego tiró de Leo para subir por las escaleras.
La mujer, sobresaltada, estuvo a punto de llamar a la policía. Pero al coger el teléfono, reparó en el grosor del fajo. Era mucho más de lo que esperaba. Lo contó con calma, satisfecha, y dejó el auricular. Luego empezó a rellenar de forma mecánica las tarjetas de registro:
“Jack… Smith. Tom… Wilson. Dirección…”