Capítulo 29. La elegía del conejo.

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Volumen IV .- La habitacón del ángel

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Capítulo 29 — La elegía del conejo

Después del desayuno, Leo y Li Biqing decidieron ir a la iglesia del pueblo.
Según la información proporcionada por la policía del condado, antes del regreso de Belairy, sus dos hijas habían sido acogidas en el orfanato administrado por la iglesia, bajo el cuidado de un sacerdote llamado Padre Paisius. Ahora que Belairy había sido detenida como sospechosa, la hija menor, Debbie, seguía a cargo del sacerdote.
—¿El padre Paisius? —preguntó Leo al agente—. ¿Lo conoce bien?
—Sí, lleva casi veinte años sirviendo en la iglesia del pueblo —respondió el hombre—. Nunca he visto a un religioso más devoto. Vive con sencillez, es amable y considera que todos los niños son ángeles; por eso se entrega con gusto a las tareas del orfanato, por muy pesadas que sean.
—Suena como un santo —murmuró el muchacho chino.
Leo se encogió de hombros.
—No niego que existan santos verdaderos, pero hoy en día, la proporción entre canallas y santos es más o menos como la del lago donde nadaste y esta taza de café.
—No exageres —rió Li Biqing—. En fin, vamos a visitar al padre y, de paso, hablemos con Debbie. ¿Te parece bien, Leo?
El agente de cabello negro asintió con serenidad.
La única iglesia católica del pueblo se alzaba en las afueras, cerca del bosque, antigua y silenciosa.
Encontraron al Padre Paisius arrodillado en el suelo, atento a las palabras entrecortadas de un niño negro de tres o cuatro años que trataba de describirle su dibujo.
—¿Qué es esto… una ballena? Muy bien, aunque está un poco delgada. ¿Quieres darle algo de comer?… ¿Peces pequeños? Sí, se los come… ¿Tú también quieres comer? De acuerdo, le diré a la hermana Emma que esta noche cenaremos pescaditos fritos, ¿te parece?
Leo se acercó.
—Padre…
—Un momento —respondió sin levantar la cabeza.
Siguió hablando en voz baja con el niño hasta que este, satisfecho, se marchó abrazando su cuaderno. Sólo entonces se puso de pie y miró a Leo.
—Disculpen. Si no dejo que los niños terminen lo que quieren decir, se les rompe el corazón… ¿En qué puedo ayudarlos?
El agente y su compañero lo observaron: rostro alargado, frente amplia, ojos gris azulados tan profundos como claros; algo delgado, erguido dentro de su vieja pero pulcra sotana negra, como un junco firme. Parecía un anciano digno de respeto.
Leo mostró su placa.
—Estamos aquí por el caso de Renee. Nos dijeron que su hermana fue acogida por el orfanato de la iglesia.
El padre frunció levemente el ceño.
—Debbie apenas tiene cinco años. Lo dudo mucho, pero no creo que pueda ayudar al FBI en nada.
—¿Cómo saberlo sin intentarlo? —replicó Leo—. ¿Le preocupa la niña? Le aseguro que seremos lo más cuidadosos posible. No la presionaremos.
El sacerdote vaciló unos segundos antes de acceder de mala gana.
—Vengan. Los llevaré a su habitación. Y… ¿puedo quedarme mientras la interrogan? A veces se asusta con los desconocidos.
—No hay problema —dijo Leo.
Cuando vieron a Debbie, la niña estaba sentada sobre la alfombra junto a su camita, manipulando un viejo reproductor de casetes. Era rosa y tenía forma de conejo; las puntas de las orejas estaban despintadas, y una tenía una grieta. Parecía un juguete muy antiguo, quizá un tesoro de su anterior dueña.
En cuanto Leo la vio, Li Biqing notó cómo todo su cuerpo se tensaba. Con naturalidad, posó la mano en su cintura, acariciándolo en un gesto de apoyo.
No importa lo que suceda. Estoy aquí contigo.
Leo entendió el mensaje, y la maraña de nervios y ansiedad empezó a aflojarse. Se detuvo a tres metros de la niña, vaciló un instante y avanzó un paso más. Li Biqing se adelantó, se agachó frente a Debbie y le habló con una voz suave y alegre:
—Hola, Debbie. ¿Qué estás jugando?
La niña alzó la vista, sin mostrar el menor interés en responder, y volvió a pulsar los botones del reproductor.
No emitía ningún sonido.
—Tu conejita es adorable —dijo Li Biqing—, pero creo que tiene hambre. No le quedan fuerzas para cantar.
Debbie detuvo sus manos y lo miró de nuevo.
—Ella —corrigió, marcando la palabra—. No “eso”. ¿Y qué come? ¿Zanahorias?
—No, creo que le gustan las baterías.
Li Biqing le hizo una seña a Leo para que buscara unas. Luego sacó algo del bolsillo: un muñeco de peluche para la mano, un mapache de gran cola esponjosa. Lo había comprado de camino a la iglesia, pensando en ganarse la confianza de la niña.
—Además, creo que tu conejita está muy sola. Necesita un amigo que la acompañe cuando duermas. Mira este mapache… ¿Qué te parece? ¡Es un chico muy simpático!
Debbie tomó el mapache y lo acercó al conejo rosa.
—¿Te gusta, Renee?
Li Biqing parpadeó, sorprendido.
—¿Renee? ¿Ese no era el nombre de tu hermana?
—Dice que sí —murmuró la niña—, pero que no puede jugar con él. Mamá le pegaría.
Las palabras, infantiles pero reveladoras, encendieron una alarma en la mente de Li Biqing. Con sumo cuidado, preguntó:
—¿Mamá pegaba mucho a Renee?
—Sí. Le pegaba con la mano… y a veces con una rama.
—¿Por qué?
—Mamá dice que ella es muy mala, que es una chica mala.
—¿Y tú qué piensas? ¿También crees que Renee es una chica mala?
—No lo sé. —Debbie meditó un momento y añadió—: Renee me grita muy fuerte y me pega en la cabeza con la mano. A veces me compra caramelos y donas. Supongo que es mitad buena y mitad mala.
—¿De dónde saca el dinero para comprar caramelos y donas? ¿Se lo da tu mamá?
—No lo sé. Mamá no nos da dinero.
Debbie pareció perder el interés y, dicho aquello, ya no quiso seguir hablando. Al parecer no quería mencionar a su madre; había que buscar otro punto de entrada, pensó Li Biqing. Señaló las orejas largas de la grabadora con forma de conejo.
—Dices que ella es Renee. ¿Es tu hermana?
Debbie lo miró con extrañeza, como si la pregunta fuera absurda.
—Es un conejo —susurró la niña—, pero Renee canta dentro del conejo.
—¿Renee… canta dentro del conejo? ¿Qué significa? —insistió Li Biqing.
—Le gusta esa canción. Siempre la tararea —respondió Debbie.
Por más que le dio vueltas, Li Biqing no logró descifrar el sentido de aquella frase tan vaga; así que cambió de tema:
—¿Renee tiene algún amigo? Además de ti y tu mamá, ¿con quién suele estar?
Debbie alzó la vista hacia el padre Paisius, que permanecía en un rincón de la habitación.
—Oh, ya entiendo. El padre las ha acogido durante más de dos años. ¿Y aparte de él?
—No lo sé —murmuró la niña, desganada, mientras rascaba con la uña los botones de la grabadora, produciendo un suave crujido.
El padre Paisius, hasta entonces silencioso, dio un paso al frente.
—Lo siento, creo que ya le has preguntado demasiado. Esta pobre niña no sabe nada. Solo recuerda que su madre y su hermana la golpeaban. Confío en que el tiempo borrará los malos recuerdos, pero para eso es necesario que nadie los mencione constantemente.
En ese momento, Leo entró en la habitación con unas baterías. Li Biqing las tomó y se las entregó a Debbie.
—¿Quieres darle de comer al conejo?
La niña asintió.
Él colocó las baterías en la vieja grabadora y presionó el botón de reproducción.
La minicasete empezó a girar, emitiendo un leve siseo, como el quejido herido de un fragmento de tiempo. Luego flotó una música: un acompañamiento de percusión lento y poderoso, con un aire semejante al de un canto eclesiástico. Una voz de mezzosoprano, baja y etérea, cantaba con la devoción de un himno, santa y fantasmal a la vez.
Pero Li Biqing sentía que algo no cuadraba.
Al escuchar más tiempo, lo comprendió de golpe: la melodía estaba impregnada de una tristeza indescriptible. No, no solo tristeza: oscuridad, gravedad, opresión, miedo. Era una herida misteriosa, un lamento fúnebre, un estremecimiento del alma. Como si un fantasma pálido, de cabellos largos, vagara entre lápidas, dejando caer lágrimas heladas mientras entonaba un réquiem que desgarraba el corazón…
You lie, silent there before me – Mientes, silenciosa ante mí
Your tears, they mean nothing to me – Tus lágrimas no significan nada para mí
The wind, howling at the window – El viento aullando en la ventana
The love, you never gave,I give to you,Really don’t deserve it- El amor que nunca me diste, yo te lo doy, aunque realmente no lo mereces
But now, there’s nothing you can do – Pero ahora, ya no puedes hacer nada
So sleep in your only memory – Así que duerme en tu único recuerdo
And weep, my dearest mother – Y llora, mi queridísima madre
Here’s a lullaby to close your eyes,goodbye – Aquí una canción de cuna para cerrar tus ojos, adiós.
It was always you that I despised – Siempre fuiste tú a quien desprecié
I don’t feel enough for you cry,on my – No siento lo suficiente como para llorar por ti
Here’s a lullaby to close your eyes,goodbye,goodbye… – Aquí una canción de cuna para cerrar tus ojos, adiós, adiós…
Fuera como fuese, aquella no era una canción que una niña de nueve años debiera escuchar.
Li Biqing, como si lo hubieran pinchado con una aguja, presionó de golpe el botón de detener.
—…¿A Renee le gustaba esta canción? —le preguntó a Debbie.
La niña asintió.
—Suena… muy siniestra —el padre Paisius frunció el ceño con fuerza—. Sobre todo ese “adiós para siempre”. Parece el murmullo de un fantasma.
Li Biqing abrió la compuerta de la grabadora y sacó la pequeña cinta.
—Quisiera llevarme esta cinta prestada. La devolveré en unos días, ¿está bien?
—Mientras lo permita su dueña —respondió el padre.
Li Biqing volvió la mirada hacia la niña.
—Quiero escuchar a Renee cantar. ¿Puedo llevármela?
Debbie lo miró con sus grandes ojos azul claro, casi de muñeca.
—A Renee no le gusta que la oigan. Si mamá lo supiera, la golpearía.
—La escucharé escondido, en secreto. No se lo diré a nadie, y mamá tampoco llegará a saberlo.
—…¿Lo prometes?
—Sí. —Li Biqing tomó a Leo por el brazo y le mostró a la niña la placa prendida en el interior de su chaqueta—. Lo juro en nombre de la policía.
—Está bien. Hay que confiar en los policías, eso dicen los adultos —murmuró Debbie bajando la cabeza. Luego metió la mano en el interior del muñeco-mapache de peluche y empezó a juguetear con su nuevo tesoro.
—Gracias por recibirnos. Lamento la molestia —dijo Li Biqing, inclinando ligeramente la cabeza hacia el padre Paisius. Ambos hombres se despidieron con cortesía.
Solo cuando salieron de la iglesia sintió Li Biqing cómo el cuerpo tenso del agente de cabello oscuro se iba relajando poco a poco. Le tomó el brazo, preocupado.
—¿Estás bien, Leo?
—Estoy bien. Era más fácil de lo que pensaba —intentó sonreír—. Procuré no mirarle la cara.
Li Biqing lo abrazó y le dio unas palmadas en la espalda.
—Poco a poco mejorará. Hasta que al fin puedas soltarlo todo.
Leo le devolvió un abrazo aún más firme, hundiendo el rostro entre el cabello junto a la oreja del joven chino, aspirando con avidez su olor: su mejor sedante, su más tentadora droga.
Entonces, el tono del móvil en su bolsillo estalló rompiendo el momento.
Leo tardó al menos medio minuto en soltarlo antes de sacar el teléfono y contestar. Terminó la llamada rápidamente y se volvió hacia Li Biqing.
—Era Eden. El equipo de búsqueda mandó noticias. En el fondo del lago solo encontraron cuatro esqueletos antiguos; no hay ningún cadáver reciente. No hallaron nada sospechoso en ellos ni en el lodo alrededor. Creen que murieron ahogados por accidente.
—¿Así que solo hay una víctima como Renee? —murmuró Li Biqing, frunciendo el ceño—. No… no encaja con lo que yo deduzco…
Leo se tomó un momento para elegir palabras que no lo desanimaran.
—Quizá el asesino solo haya matado a Renee hasta ahora. O puede que tenga otras víctimas en mente, pero aún no haya tenido ocasión…
Li Biqing siguió pensando, sin responder.
Mientras tanto, Leo lamentaba no poder expresarlo de una forma más reconfortante. Lo llevó hacia el coche.
—Sea como sea, las pistas están prácticamente cortadas. Aunque creemos que Belairy no mató a su hija, sin pruebas sólidas ningún tribunal lo aceptará. Solo podemos seguir esforzándonos y esperar que aparezca algún rastro del asesino.
—…Quiero escuchar bien esta cinta —dijo Li Biqing tras un largo silencio, ya sentado dentro del coche.
—De acuerdo. Pasamos por una tienda de electrónicos y comprare otra grabadora —respondió el agente.
De vuelta en el hotel, Li Biqing colocó la cinta en la grabadora recién comprada y pulsó para reproducirla. La melodía sombría y perturbadora volvió a llenar la habitación.
Leo buscó en Internet desde su portátil y enseguida encontró información sobre la canción.
—Se llama Room of Angel. Es un tema de un juego de terror. Por la letra, habla de un niño abandonado por su madre. Cuando la enfrenta ya muerta, tiene sentimientos muy complejos: por un lado, la odia porque nunca la quiso y siempre la rechazó; por otro, la ama profundamente, aunque crea que ella jamás lo amó. Le canta una nana para despedirla… pero aun así, no derramará ni una lágrima por ella.
Li Biqing meditó un instante.
—En realidad, la que murió no fue la madre, sino la hija… A Renee le encantaba esta canción, es muy posible que en ella encontrara un eco de sus emociones. Lo lamentable es que ese sentimiento tan complejo, ese amor y odio entrelazados nunca podría ser comprendido por Belairy, una madre con la mente trastornada.
Leo no dijo nada. El tema le pesaba demasiado.
La canción, repetida una y otra vez, estaba llegando al final. Ambos parecían atrapados en la atmósfera sombría que evocaba. Cuando el tema terminó y solo quedó el siseo vacío de la cinta girando, ellos continuaron inmóviles y en silencio.
Pasó un tiempo indeterminado, quizá cinco o seis minutos. Justo cuando Li Biqing se incorporaba para apagar la grabadora, sonaron desde el altavoz unos ruidos débiles y extraños…
Li Biqing se quedó quieto.
—¿Qué es ese sonido?
Leo acercó la oreja, escuchando con atención.
—…Pasos. Muy suaves. Y también… ¿campanas?
Li Biqing asintió.
—No suenan como campanas normales. Son grandes, antiguas… como las de un templo de bronce.
—…Son campanas de una iglesia —dijo Leo—. Me fijé antes: esa iglesia católica tiene una torre muy alta, con un campanario abierto en lo alto. Hay una campana metálica enorme, como de más de un metro. Lo que oímos es el badajo golpeando la campana.
—Entonces, ¿este fragmento del final es una grabación? El lugar es la iglesia. ¿Lo grabó Renee? ¿Y por qué?
—Todavía no lo sabemos. Escuchemos.
Volvió el silencio.
Ambos aguardaron con paciencia, hasta que los pasos volvieron a sonar. Esta vez iban acompañados del chirrido oxidado de unas bisagras, y los pasos empezaron a resonar con eco. Casi podían imaginar la escena: Renee con el vestido negro que daba el orfanato, abrazando su grabadora con forma de conejo rosa, avanzando como un pequeño espectro por el patio central, los pasillos, hasta una puerta que casi nunca se abría. La empujaba y entraba en un lugar estrecho, lleno de reverberaciones… una escalera que bajaba hacia el sótano, quizá. Estaba curiosa, tensa y un poco asustada. Apretaba los dedos alrededor del conejo y, sin querer, había pulsado el botón de grabar…
Después volvió una larga quietud.
De pronto, unos pasos fuertes irrumpieron en la grabación, como si un espejo cubierto de polvo se estrellara contra el suelo: ruidos de carreras, respiraciones agitadas, todo nítido y brutalmente vívido, como si la cinta golpeara directamente el corazón de quienes la escuchaban.
¿Qué había visto Renee? ¿Qué la había aterrado tanto como para salir corriendo así? ¿O será que descubrió algo… algo que debía permanecer oculto?
Los dos escucharon con el alma en vilo. Pero los sonidos se cortaron de golpe. El botón de reproducción saltó. La cinta había terminado.
Leo y Li Biqing se miraron, los dos con los ojos llenos de desconcierto y una determinación férrea.
—Parece que tendremos que volver a la iglesia —dijo uno de ellos.
—Pero si vamos sin más, no conseguiremos nada. Necesitaríamos una orden de registro… y si el sospechoso es la única iglesia católica del pueblo, famosa por su fervor y su conservadurismo, no será fácil conseguirla.
—¿Conoces un dicho chino que significa “cruzar el río por debajo del granero”? —dijo el joven chino con una sonrisa cómplice.
El agente federal sonrió despacio.
—Suena poco reglamentario, chico… pero es muy propio de ti.
Li Biqing le devolvió la sonrisa.
—¿Y tú?
—Yo solo hago lo que creo correcto. Pero tú, te quedas en el hotel.
—¿Quieres dejarme atrás? Ni lo sueñes.
—Siempre puedo esposarte a la barandilla de la cama.
—¡Oh, vamos!, ¡otra vez con eso! —protestó Li Biqing—. Es solo una iglesia, no una guarida de dragones. ¿Qué podría pasar? Tienes que dejarme ir. Si no…
Leo entrecerró los ojos, peligroso.
—¿Si no qué?
—Si no, me voy a aburrir muchísimo. Igual hasta llamo a un grupo de strippers para montar una fiesta en la habitación… Y no creas que no lo haría. Si Molly se entera, le diré que yo quería ir a purificar mi alma a la iglesia, pero su querido hermano insistió en que no, así que me vi obligado a caer en la perdición —soltó el chico, pícaro.
—…Está bien, ganaste. Pero te quedas pegado a mí y sigues todas mis órdenes —cedió Leo, sin remedio.
El vencedor celebró triunfante:
—¡Sí, señor!

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