Capítulo 1

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Volumen 1: El Camello

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Llorar riendo y vivir con la muerte como compañera. — Yu Hua, Vivir.

Soñó que era muy pequeño, de unos cinco o seis años, sentado en la cabecera de la cama. A un lado tenía un radiador caliente y, al otro, estaba apoyado contra una mujer.

La mujer tenía la barriga abultada; él no se atrevía a apoyarse con todo su peso, así que solo recostaba la cabeza suavemente sobre su brazo, creando una ilusión de intimidad y dependencia.

Esa mujer era realmente hermosa; no tenía nada que envidiarle a las grandes estrellas de la televisión: rostro ovalado, piel blanca y limpia, y facciones perfectas. Sostenía un libro viejo y destartalado en la mano y leía cuidadosamente la historia que contenía.

Parecía que su nivel educativo no era muy alto y su capacidad de lectura era bastante limitada. Leía a trompicones incluso los cuentos de hadas con vocabulario sencillo, haciendo pausas confusas a menudo. Sin embargo, parecía estar disfrutando mucho; con una mano sostenía el libro y con la otra se acariciaba el vientre, con una voz dulce y clara, y una expresión tranquila y hermosa.

—…Los niños caminaron juntos hasta el otro lado de la montaña y encontraron un arroyo. El agua del arroyo corría alegremente de este a oeste y decía con un sonido burbujeante: “Niños estúpidos, aquí hay pasteles fragantes, pollos asados dorados e innumerables dulces colgando de los árboles en tantos colores como las estrellas del cielo, tantos que nunca acabarían de recogerlos. Pero aquí también hay monstruos devorahombres esperando para criarlos hasta que sean corderitos regordetes y tragárselos de un bocado”.

—Al principio, los niños estaban aterrorizados y no se atrevían a dar ni un paso. Vivían a este lado del arroyo, sobreviviendo a base de hongos y fresas silvestres. Los hongos eran insípidos y las fresas agrias y verdes. Finalmente, un día, el niño mayor se dijo a sí mismo: “No puedo soportarlo más, qué bueno sería si pudiera comer los pasteles y el pollo asado de la otra orilla, y todos esos dulces incontables”.

—Fue el primero en saltar el arroyo. Se dio un banquete en el hermoso bosque y, por la noche, saltó de regreso a este lado del agua, diciéndoles a todos que en el bosque no había monstruos devorahombres. Así que, al día siguiente, la niña mayor también se dijo: “Qué bueno sería si pudiera comer los pasteles y el pollo asado de la otra orilla”. Ese día, siguió al primer niño, saltó el arroyo y comió hasta hartarse en el hermoso bosque. Por la noche, ambos regresaron juntos, afirmando que todavía no se habían encontrado con ningún monstruo.

—Los niños y niñas saltaron el arroyo uno tras otro para disfrutar de la deliciosa comida del otro lado. Pasó un día y el monstruo no apareció; pasó un mes y el monstruo seguía sin aparecer. Se burlaron en voz alta del arroyo que fluía incesante y luego se fueron a vivir todos juntos al otro lado, moviéndose libremente por el hermoso bosque todos los días, comiendo manjares exquisitos e innumerables dulces. Solo el niño más pequeño se quedó en su lugar original. Por más que sus compañeros, cada vez más gordos, le gritaban desde la otra orilla, él insistía en no acercarse ni un paso.

—Los niños que habían cruzado el arroyo le gritaban a su pequeño amigo todos los días: “¡Oye, ven aquí! ¡El arroyo miente, aquí no hay monstruos; la vida aquí es como el paraíso!”. Pero el niño más pequeño no se conmovía y seguía viviendo de recoger hongos y fresas silvestres. Recordaba lo que su abuela le había dicho al salir de casa: en este mundo no existen los almuerzos gratis; la comodidad sin causa es la trampa más terrible de la jungla.

—De repente, una noche, el niño más pequeño escuchó un rugido agudo. Se despertó asustado, abrió los ojos y vio que el arroyo había crecido violentamente, partiendo la tierra en dos y convirtiéndose en un vasto océano.

—El océano cantaba a todo pulmón: “Corderitos, corderitos, tan redondos y gorditos, ¡ñam!, de un bocado a la barriga, ¡que no se escape ninguno!”. El niño más pequeño se frotó los ojos y vio que sus compañeros estaban siendo perseguidos por un monstruo tan grande como una montaña. Pero estaban demasiado gordos; no podían correr rápido. Antes de llegar a la orilla del agua, fueron alcanzados y devorados uno por uno. Todos habían caído en la trampa más peligrosa; solo el niño más pequeño escapó del desastre y transmitió esta historia.

Pasó la página amarillenta y el cuento, sin pies ni cabeza, terminó. La mujer suspiró como si hubiera completado una gran obra de ingeniería y, distraídamente, le dijo a Wei Qian, que estaba apoyado en ella:

—Así que ya sabes, la gente no puede vivir demasiado cómoda. Cuando tengas el cerebro lleno de grasa y los intestinos sebosos, y comas hasta reventar todos los días sin hacer nada hasta que oscurezca, no estarás lejos de estirar la pata…

Su voz, agradable pero vulgar, fue interrumpida por un timbre agudo. Wei Qian, como si hubiera recibido un susto mortal, abrió los ojos de golpe y saltó de la cama.

Eran las cinco y media de la mañana; el cielo aún no estaba completamente claro.

Wei Qian todavía estaba inmerso en el sueño de hace un momento; era un sueño hermoso, pero también una pesadilla. Con la presión baja y el mal humor de quien no ha dormido lo suficiente escrito en la frente, se levantó con dificultad como un perro moribundo. Agarró una pantufla y aplastó una cucaracha que se paseaba con arrogancia por la cabecera de su cama. Luego, saltó en un pie hasta el grifo, lavó la suela de la pantufla y, con el sonido de sus pasos haciendo “chap, chap”, se lavó las manos, lavó el arroz y puso a hervir gachas en una pequeña olla deformada.

Después, sacó la cabeza por la ventana y vio que el puesto de desayuno de Mazi1, abajo, ya estaba montado y calentando el aceite. Wei Qian soltó un largo silbido hacia abajo, sin importarle en lo absoluto despertar a los vecinos, y gritó:

—¡Mazi, ponme tres youtiao2 para tu hermano!

Apenas terminó de gritar, la ventana de arriba también se abrió con un chirrido y un gordo con el cepillo de dientes en la boca dijo, balbuceando:

—¡Para este hermano pon seis, escógeme los más grandes y gruesos!

El que gritaba era San Pang3, del piso de arriba. Este sujeto ya estaba gordo como una pelota, pero seguía aferrándose implacablemente al rasgo de ser un “barril sin fondo” como un honor; su nivel de pensamiento era sencillamente trascendental.

Wei Qian sintió que tres youtiao, comparados con seis, carecían bastante de heroísmo, así que levantó la cabeza y le dijo a San Pang:

—Cerdo, ¡qué activo sales del corral!, ¡tienes mucha conciencia ideológica!

San Pang tenía la boca llena de espuma y no podía responderle, así que, en medio de su ajetreada agenda, tuvo que estirar una pezuña de cerdo y sacó tiempo para mostrarle el dedo medio a Wei Qian.

El papá de Mazi había muerto hace mucho tiempo; él era huérfano de padre y vivía con su madre viuda. La madre se ganaba la vida vendiendo desayunos, y Mazi se levantaba todas las mañanas para ayudarla a freír los youtiao. Al escuchar a sus amigos peleando como perros desde temprano, ya estaba muy acostumbrado. Se limpió las manos en el delantal, no dijo nada y sonrió alegremente, saludando a los dos “señores” de arriba para indicar que los había escuchado. Ah, Mazi era tartamudo, así que generalmente no daba discursos en público.

Con el desayuno resuelto, Wei Qian fue al baño a lavarse la cara y cepillarse los dientes como si fuera a la guerra, comenzando su día ocupado y miserable.

Dejó enfriar las gachas que había hervido mientras se arreglaba, bajó corriendo las escaleras con el cambio para recoger los youtiao y volvió a subir para despertar a su hermana pequeña, Xiao Bao4. La vigiló mientras desayunaba, la cargó en brazos hasta el piso de arriba y se la entregó a la madre de San Pang para que la cuidara. Antes de irse, le apartó la mano a Xiao Bao, que intentaba meterse el dedo en la boca otra vez. Después, Wei Qian pedaleó en su vieja bicicleta rumbo a la escuela.

En este día, Wei Qian presentaba el Zhongkao, el examen de ingreso a la preparatoria.

Wei Qian nunca supo quién era su padre, ni sabía cuántas narices u ojos tenía. El único concepto que tenía de esa persona era que el tipo era escoria y un hijo de puta; esto se debía a que la madre de Wei Qian se lo había repetido incesantemente al oído, día tras día, durante diez años. La leyenda decía que ese viejo sinvergüenza todavía estaba en la cárcel, ostentando el glorioso título de “violador”, un título imponente cuya fama se olía a diez kilómetros. Quién sabe en qué año del burro saldría… Por supuesto, Wei Qian tampoco esperaba que saliera; un viejo exconvicto que no sabía hacer nada, al salir solo sería una carga para la sociedad. Wei Qian pensaba que lo mejor sería que aquel viejo trasto muriera a golpes a manos de otros presos antes de cumplir su condena.

Una de las víctimas de ese viejo exconvicto fue la madre de Wei Qian… ah, cierto, y también Wei Qian, que era una víctima indirecta. Cuando su madre era joven, tenía el cerebro hecho puré. En aquel entonces, no iba por buen camino; se juntaba todos los días con una pandilla de matones, se emborrachaba y deambulaba por ahí a altas horas de la noche. Desafortunadamente, el viejo exconvicto le echó el ojo y se convirtió en una víctima aturdida, y más tarde, aún más aturdida, quedó embarazada y dio a luz a Wei Qian.

Por lo tanto, racionalmente hablando, Wei Qian entendía por qué su madre no lo quería desde que era pequeño. Sentía que el hecho de que ella no lo hubiera estrangulado directamente al nacer ya era obra de las hormonas… las hormonas son el verdadero milagro de la vida humana. Ni hablar de que, a duras penas, lo había criado hasta que creció.

Pero, a pesar de eso, Wei Qian la odiaba desde el fondo de su corazón. La odiaba todos los días, un odio puntual, como si marcara tarjeta en el trabajo; deseaba comer su carne y beber su sangre. Sin embargo… también anhelaba, desde el fondo de su corazón que ella le diera un poco de calidez. Las raras veces que ella realmente se la daba, Wei Qian sentía una felicidad inmensa, por lo que también se odiaba a sí mismo. Creía que tenía malos genes, que había nacido con un hueso barato y servil.

La mujer siempre dormía de día y salía de noche. Su trabajo para ganarse la vida era antiguo y tradicional, con miles de años de historia oscura en nuestro país. Era un trabajo que le trajo a Wei Qian innumerables “glorias”: su madre era una “polla”5. En palabras de esa puta desvergonzada, la ventaja de este trabajo era que se follaba gratis a los hombres y, encima, ellos le daban dinero.

El padre violador de Wei Qian puso fin a toda su adolescencia, ennegreciéndola completamente de adentro hacia afuera, volviéndola cada vez más descarada. Y, como un “huevo” puesto por esa “polla”, la infancia de Wei Qian fue una larga tortura.

Su madre salía todas las noches maldiciendo y no volvía hasta la mañana siguiente. Lo despertaba pellizcándole la carne viva con sus largas uñas a través de la manta. Si estaba de buen humor, lo insultaba mentándole a su padre y a todos sus ancestros; si estaba de mal humor, le daba un par de bofetadas y luego, apestando a alcohol, le ordenaba al pequeño Wei Qian, que ni siquiera alcanzaba la altura de la estufa, que le preparara algo de comer.

Hubo varias veces en que Wei Qian compró veneno para ratas, listo para ponerlo en la comida y morir junto con ella. Pero al final nunca lo hizo, porque esa mujer, cuando ocasionalmente intentaba ser madre, lo abrazaba con sus suaves brazos para ver la televisión un rato, y si estaba contenta, le susurraba palabras amables al oído.

Si la noche había sido lucrativa, incluso le compraba a Wei Qian dos juegos de jianbing guozi6 de camino a casa por la mañana.

Aunque estas situaciones eran extremadamente valiosas y raras, siempre lograban que el pequeño Wei Qian se sintiera abrumado por el favor. En esos momentos, ya no quería matar a esa mujer, porque recordaba que ella era su madre biológica.

Su madre biológica era más hermosa que cualquier mujer que hubiera visto en su vida; sin embargo, no le había traído ni una pizca de honor. Pero, al fin y al cabo, en todo el mundo solo existía esa persona que era su madre. Si la mataba, ya no habría más, y no podía resignarse a perderla.

Así fue como vivieron, odiándose mutuamente y dependiendo el uno del otro para sobrevivir.

Cuando Wei Qian tenía cinco años, su madre se volvió a casar. El padrastro era un hombre honesto; no ganaba mucho dinero y no tenía grandes habilidades. No era muy afectuoso con este hijo que le vino “de regalo”, pero tampoco lo maltrató nunca. Más tarde, probablemente porque les estorbaba en casa, justo cuando Wei Qian cumplió seis años, el padrastro se ofreció a enviarlo a la escuela primaria y lo llevó a inscribirse en su gran bicicleta.

Wei Qian lo llamaba “tío”.

Después de que llegó el tío, su madre “soltó el cuchillo de carnicero y se convirtió en Buda” de la noche a la mañana. Ya no salía a callejear; casi instantáneamente, se quitó el maquillaje excesivo, se recogió el pelo largo, no volvió a tocar una gota de alcohol y su temperamento mejoró mucho. Se transformó por completo, convirtiéndose en una mujer normal y una madre normal.

Ese invierno, incluso tejió un suéter para Wei Qian con sus propias manos. Él solo usó ese suéter un invierno; como crecía demasiado rápido, al año siguiente ya no le quedaba, pero Wei Qian lo guardó en el armario como un tesoro, porque fue casi el único regalo que recibió en su infancia.

Dicen que los niños de seis o siete años son insoportables y que hasta los perros los detestan, pero cuando Wei Qian tenía esa edad, era tan dócil como un perro. No decía ni una palabra de más, ni hacía ninguna exigencia. Si los adultos no se lo daban voluntariamente, él nunca abría la boca para pedir dinero. A veces, cuando en la escuela pedían alguna cuota, Wei Qian primero pedía prestado a otros y luego iba a las salas de billar o de videojuegos a hacer mandados y ayudar para ganar unos cuantos billetes y pagar la deuda. En este proceso, conoció a muchos delincuentes juveniles mucho mayores que él. Los dueños de los locales, al verlo tan pequeño corriendo de un lado a otro recogiendo bolas y llevando platos, les parecía gracioso. Además, como era espabilado y sabía leer muy bien las expresiones de la gente, lo dejaban quedarse como una mascota extraña para entretenerse en sus ratos libres.

Wei Qian disfrutaba de esto y no lo sentía como un sufrimiento, porque en la escuela había aprendido que él también era una de las “flores de la patria”, y vivía esa vida con satisfacción. Por eso, siempre tenía miedo de que el tío no estuviera contento, miedo de que el tío se divorciara de su madre y lo hicieran volver a esa vida que era peor que la de un perro.

Cuando Wei Qian tenía siete años y medio, antes de cumplir los ocho, su madre dio a luz a una niña. La niña salió idéntica al tío… o sea, que era muy fea, pero toda la familia la atesoraba inmensamente.

Nació en primavera. A los padres les parecía que los nombres relacionados con la primavera o los sauces eran demasiado rústicos y no merecían a su preciosa hija. Fue difícil para su madre y su tío; la educación de ambos sumada no llegaba a los nueve años, pero se juntaron y lo pensaron durante más de una semana. Al final, se estrujaron los sesos y le pusieron a la niña un nombre que ellos creían poético: “Song Lili”. Llevaba el apellido Song del tío, y el “Lili” venía del poema “La hierba en la llanura crece frondosa”. Su apodo era Xiao Bao.

Sin embargo, Wei Qian casi nunca llamaba a su hermana por ese desafortunado nombre de pila; hasta que ella fue adulta, siempre la llamó “Xiao Bao”.

En lugar de hablar de “reunión”, tenían que hablar de “separación”7. Nunca había oído de nadie que le pusiera a su hijo un nombre con tal significado; era realmente tan “auspicioso” como podía serlo.

Su madre biológica y su padrastro, ese par de analfabetos, solo se preocuparon por la “poesía” y, al ponerle ese nombre a la niña, simplemente estaban tentando a la suerte por pura ignorancia.

Este nombre de mal agüero acompañaría a la niña toda su vida, y parecía presagiar que las separaciones en vida y las despedidas por muerte atravesarían su frágil existencia de principio a fin.

Notas del Traductor

  1. Literalmente significa “marcas de viruela” o alguien con la cara picada.
  2. Son unas barras largas de masa frita, doradas y crujientes, muy típicas del desayuno chino. Se suelen comer acompañadas de leche de soja o gachas de arroz (congee).
  3. Literalmente “El Tercer Gordo”
  4. Significa “Pequeño Tesoro” o “Bebé”.
  5. En chino, “pollo/gallina” (Ji) es una jerga homófona para prostituta.
  6. Jianbing Guozi (煎饼果子) es una popular comida callejera de desayuno china, originaria de Tianjin, que consiste en una crepe salada hecha de masa (a menudo con harina de frijol mungo) que se cocina en una plancha caliente, se le añade huevo, se esparcen cebolletas y cilantro, se unta con salsas sabrosas (como salsa dulce de frijoles y chili) y se envuelve alrededor de un palito de masa frito (youtiao) o una galleta crujiente (baocui), ofreciendo una deliciosa combinación de texturas suaves y crujientes con sabores salados, dulces y picantes.
  7. El poema original (“Li li yuan shang cao”) describe la hierba que crece densa y exuberante. Sin embargo, el carácter Li (离) por sí solo significa “separarse”, “irse” o “divorcio”.
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