Volumen V.- La isla de la Diosa Luna
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Leo se vendó el brazo herido, condujo hasta el muelle del noroeste de la Isla Sur y saltó a un pequeño yate exclusivo para los socios del club. Momentos después, ya estaba de vuelta en la sede de la Isla Norte.
No se dirigió a su villa, sino que, con el rostro cubierto por una helada severidad, caminó directamente hacia el castillo situado en lo más profundo del complejo. En la entrada lo detuvieron los guardias, como era de esperar, pero él no perdió el tiempo con esbirros: pidió ver al joven duque Jafford.
El secretario del presidente, Oliver, llegó apresuradamente al enterarse, y al verlo cubierto de sangre dio un respingo, alarmado, preguntando qué había ocurrido.
Lástima que aquel heredero poderoso del negocio armamentístico no tuviera ninguna intención de darle explicaciones. Con la mirada altiva propia de alguien acostumbrado a tener el mundo a su merced, insistió en ver al joven duque. Oliver, resignado, no tuvo más remedio que llamar para pedir autorización y luego acompañarlo en persona.
Jafford lo recibió en la sala de visitas. A diferencia de la vez anterior, llevaba una bata larga de seda blanca con encaje, aire lánguido y gesto somnoliento, como si aún no hubiera despertado del descanso de la tarde, pese a que ya casi anochecía. Al ver a Leo empapado de sangre, se le arqueó la fina ceja en una mezcla de desconcierto y fastidio.
—…¿Qué ha pasado, mi querido García? ¿Cómo te has puesto así?
Leo lo miró con una expresión helada, rebosante de ira contenida.
—Duque… si no recuerdo mal, su secretario nos aseguró que todas las actividades organizadas por el club tenían garantías de seguridad. Supongo que los quinientos mil dólares de cuota que pagamos cada periodo sirven para algo más que simple entretenimiento, ¿no?
—Por supuesto —intentó interponer Oliver—. La seguridad de nuestros socios siempre es la prioridad…
—Cállate —lo cortó Leo sin miramientos—. ¿Quieres que te lleve a ver el cadáver del guardia? Le metieron en la cabeza una bala del 0.45. Si no hubiera corrido lo suficiente, no sería sólo mi brazo el que habría recibido un impacto.
—¡Eso es imposible! —chilló Oliver, perdiendo por completo la compostura. Su mirada, temblorosa de miedo, voló de inmediato hacia Jafford—. Los guardias están entrenados. Ellos guían a los socios, indican las zonas seguras y evitan que se crucen los tiros. ¡Nunca hemos tenido un accidente!
Leo soltó una carcajada fría. Agarró un puñado de su propia sangre y se la restregó en la cara y el cuello al secretario, obligándolo a retroceder a trompicones.
—¿Así que todo esto es mi imaginación? ¿Esto, y esto también? ¿Eh? ¿Eh?
Oliver esquivaba a izquierda y derecha, tan patético que parecía al borde del llanto.
Jafford no soportó ver semejante escena. Por muy irritante que fuera la actitud altanera de Leo, aquello ya era demasiado.
—García, amigo mío, tu herida sigue sangrando. Debes atenderte de inmediato… ¡Oliver! ¿Qué haces ahí parado? ¡Ve a llamar al equipo médico, inútil!
Oliver salió prácticamente rodando, seguido por los sanitarios.
Mientras tanto, Jafford y Leo se quedaron solos. El primero, dividido entre su voluntad de mostrarse cortés y amable, y su repugnancia ante el olor metálico de la sangre; el segundo, aún furioso, dejó caer su peso en un costoso sofá artesanal, manchándolo sin la menor consideración.
Al final, Jafford avanzó un par de pasos y se sentó frente a él, en un sillón mullido.
—Aclaremos qué ha pasado… ¿Quieres decir que algún socio o guardia os disparó?
—Por el atuendo, parecían socios o guardias, pero no reconocí sus caras —respondió Leo, muy serio—. En esta sesión he visto a diez socios en total —sin contar a Edman, que sigue encerrado—. ¿Hay más participantes de los que se nos dijo?
—No —negó Jafford al instante—. Este periodo solo autorizamos doce plazas. No hay más miembros en la Isla de la Luna.
—Entonces es extraño. Si los que me atacaron no eran cazadores, ¿eran “bestias humanas” armadas? —dijo Leo con una risa cortante.
Jafford estaba a punto de replicar indignado, cuando algo pareció golpearle la mente. Su expresión cambió radicalmente.
—Bestias humanas… —frunció los cuidados y poblados arcos de las cejas—. Haré que Oliver verifique los registros y traiga las fotos de todos los sujetos de esta ronda. Tú me dirás si alguno es el agresor.
En ese instante, Oliver entró con el equipo médico. Tras limpiar y desinfectar la herida, el doctor confirmó que la bala solo había rozado la piel y abierto un corte de unos diez centímetros. Tras la anestesia, la cosieron por dentro y por fuera, vendaron el brazo, y aseguraron que no habría mayores complicaciones.
El equipo médico terminó de atender al herido y, tras recetar unos antiinflamatorios, se marchó. Después enviaron a Oliver a buscar los expedientes de los “bestiales”, y la sala de visitas recuperó su silencio. Como lo habían limpiado de arriba abajo, el joven Jafford no tuvo reparos en sentarse en el sillón junto al herido. Mientras charlaba con él de manera intermitente, lo observaba con vivo interés: sus ojos se demoraban sin pudor en el torso desnudo, en el pecho firme y atlético, en los abdominales marcados.
A Leo aquello le produjo la sensación repulsiva de ser lamido una y otra vez por una lengua viscosa y húmeda. Un escalofrío de asco le erizó la piel. Incapaz de soportarlo, cerró los ojos y se recostó en la silla, fingiendo estar exhausto por la pérdida de sangre.
—Pareces algo cansado, deberías descansar —susurró Jafford, inclinándose hacia él. Sus dedos recorrieron el pecho y el abdomen, y sus uñas largas y afiladas juguetearon, apenas rozándolo, cerca del pezón—. Puedes ir a esa habitación del fondo. La cama es grande, muy cómoda…
¡Maldita sea, ¿hasta cuándo tengo que aguantar esto por la misión?! Leo contuvo a duras penas el impulso de saltar y molerlo a golpes. Tragando su náusea, calculó cómo escapar sin tener que romper del todo la fachada.
Pero unas heridas leves no eran suficientes para frenar la determinación de Aver de arrastrar a su nuevo “amigo” a la cama. Excitado, con la bata entreabierta y los pezones tensos y marcados, los frotaba ansioso contra la tela mientras presionaba su rodilla desnuda contra la entrepierna de Leo.
—Mi guerrero… mi tirano… —murmuró, pegado a su oído, contoneándose en un temblor ansioso ante la inminencia de las obscenidades que imaginaba—. ¿Vas a atarme en una postura humillante? ¿A obligarme a lamerte los dedos de los pies? Azótame, atravíesame, devórame… ven, ¡ven ya!
Leo sintió un vuelco en el estómago y estuvo a punto de vomitar.
Justo cuando alcanzaba su límite y se preparaba para mandar a volar a aquel individuo nauseabundo, el teléfono estalló en un timbrazo sobre la mesa.
El estridente sonido arruinó por completo el humor del hijo del duque. Se puso en pie de un salto, agarró el auricular y bramó:
—¡Oliver, estás muerto! Si en tres segundos no me das un motivo más grave que el hundimiento de esta isla, prepárate para que te despedace y te eche al mar para alimentar tiburones.
Algo dijeron al otro lado, y el rostro de Aver cambió de inmediato; soltó un alarido:
—¡Imposible! ¿Desaparecieron cuatro? ¡¿Qué significa que “perdieron contacto”?! ¡No quiero escuchar excusas! ¡Moviliza a todos, encuéntralos ahora mismo, ni uno menos! —Con una mano sujetaba el auricular; con la otra se arrancaba mechones de su melena a la altura de los hombros, crispado, con una voz aguda y desgarrada que recordaba al chillido de un ave nocturna.
—¡Escúchame bien! Sabes quiénes son estos socios del club. Si algo les pasa… ¡haré que tú y todos los tuyos se arrepientan de haber nacido!
Arrojó el auricular con un golpe seco.
—Maldita sea, ¿por qué tenía que ocurrir esto…? ¡Idiotas! ¡Inútiles! ¡Bestias sin cerebro! —gritó, fuera de sí. Volcó todo lo que había sobre la mesa salvo el teléfono y luego empezó a barrer con furia las piezas decorativas de alrededor. Mientras destrozaba cosas para desahogarse, rompió a llorar como un adolescente—. ¡Esto me arruinará la vida!
Su llanto tenía algo feroz y desgarrado, una pena casi sincera que lo pintaba como un inocente agraviado. Leo no pudo evitar encontrarlo irónicamente cómico.
Pero era una oportunidad perfecta. Se levantó, contuvo el impulso de retroceder ante el fuerte perfume de Aver y le puso una mano en el hombro humedecido por las lágrimas. Sabía que lo más adecuado habría sido un abrazo, pero eso simplemente no podía hacerlo.
—Tranquilízate, Lista —dijo—. Puede que aún no sea tan grave… Yo diría que lo mejor es ordenar que vuelvan los socios que quedan y reagrupar a todos los bestiales en el campamento. Averigüemos qué está pasando antes de actuar.
Aver cortó en seco el llanto. Se secó las mejillas y las comisuras de los ojos con un pañuelo, cuidando de no tocarse el delineado negro. Su estallido de ira y llanto desapareció tan rápido como había llegado, como un chaparrón en una tarde de verano. En un instante recuperó su porte de joven aristócrata.
—Voy a cerrar la isla —dijo, rígido—. Excepto por algunos guardaespaldas personales, reuniré a todos los hombres para registrar el sur de la isla. Tenemos que encontrar a los desaparecidos, aunque sean sus cuerpos.
Llamaron a la puerta; un guardaespaldas entró con un fajo de documentos. Aver le indicó que extendiera las fotos sobre la mesa.
—Estos son los bestiales de esta sesión. Cuarenta y cinco en total. Los tachados están confirmados como muertos. Mira a ver si entre ellos está el que te atacó.
En cuanto vio el montón de fotos, Leo detectó de inmediato la de Sha Qing. Tenía el pelo teñido de un rubio pajizo, una camisa chillona y hortera, y una expresión frívola que lo hacía parecer un pájaro de la calle. Y aun así… justamente por eso tenía una belleza contradictoria, como una espada incrustada en una roca, oculta bajo capas falsas que invitaban a romperse para descubrir lo que había bajo ellas.
Los dedos de Leo se deslizaron sobre las fotos hasta quedarse en aquella.
—¿Ese oriental? —preguntó Aver.
Leo asintió. Luego movió el dedo hasta detenerse en el rostro de un hombre blanco, de cabello castaño dorado y ojos verde oscuro.
—Y este. Son cómplices.
Aver tomó las dos fotos y se las lanzó al guardaespaldas.
—Saca más copias y distribúyelas. Quiero que todos los identifiquen. Encuéntralos y tráiganme sus cadáveres.
—¿Cadáveres? —Leo soltó una risita fría—. ¡Qué fácil sería! No: los quiero vivos frente a mí. —Se llevó una mano al vendaje del brazo izquierdo; en su mirada surgió un brillo helado y venenoso—. Quiero que prueben en carne propia el precio de esta bala.
Aver se quedó fascinado contemplando aquella expresión. Esa mezcla de frialdad, crueldad y desafío que desprendía un hombre dominante lo cautivaba sin remedio. Consideraba que ese traficante de armas era mucho más de su gusto que cualquier amante anterior… y lo mejor era que aún no lo había conseguido, lo que lo hacía infinitamente más valioso.
—Haz como dices, cariño —dijo el hijo del duque, con una afectación lánguida—. Está por anochecer, ¿por qué no te quedas a cenar conmigo?
—El quinto—. Shanier empujó el cadáver del cazador hacia la grieta entre las rocas cubiertas de hojas, y se sacudió el polvo de las manos.
A lo lejos llegó un coro de ladridos, seguido del ulular de las aspas de un helicóptero partiendo el aire.
—Tenemos que irnos —dijo Sha Qing.
—Y yo que estaba empezando a divertirme —respondió Shanier, con aire apesadumbrado—. Pero no hay remedio. Parece que planean dar vuelta esta isla como si fuera una arada; aunque nos metamos en un agujero, acabarán cribándonos. Dijiste que tenías un plan. Pues bien, ya es hora de verlo.
Sha Qing asintió.
—Sigueme.
Evitando con cuidado a los equipos de búsqueda, recorrieron los escarpes de la costa hasta llegar al extremo norte de la isla. Desde el acantilado se distinguía con claridad un promontorio afilado que se internaba en el mar, bordeado por arena amarillenta y un amasijo de arrecifes. Más allá, tras una extensión de oleaje turbulento, se veía otra isla, a algo así como una milla y media.
Tal vez, en tiempos remotos, ambas hubieran estado unidas. Un movimiento de la corteza abrió entre ellas un estrecho desigual, cuyos fondos creaban una franja doble de colores: azul pálido a los lados, azul profundo en el centro, como si el mar hubiera pintado una banda tricolor.
—No pensarás… ¿cruzar nadando por ahí? —Shanier se puso lívido. Debajo del acantilado asomaban a intervalos varias aletas—. Este estrecho es un maldito buffet de tiburones. Míralos: nadan en manadas entre los corales. ¡Estás loco!
—Tenemos que cruzar hasta esa isla —repitió Sha Qing.
—¡No! ¡Ni hablar! ¡Son tiburones! Tigre, toro, blanco, me da igual cuál: todos son máquinas de matar. Me dan dos mordiscos y adiós muy buenas. Yo no me meto en esa locura contigo.
Mientras bajaba por la pared rocosa, Sha Qing respondió:
—Haz lo que quieras. Te lo advierto: ahora mismo la marea no ha girado, y este es el mejor momento para la travesía. Si te arrepientes dentro de un rato, vas a tener que pelear contra la corriente ascendente.
Los músculos del rostro de Shanier se contrajeron. Asomó la cabeza por detrás de una roca, oteó la llanura donde ya se intuían sombras humanas; los perros, los helicópteros y los gritos se acercaban cada vez más. Luego miró, aterrado, el desfile de depredadores marinos. Entre el fuego y las fauces, la vida parecía condenada a ofrecerle siempre las opciones más miserables.
Vio que Sha Qing ya estaba en la playa, escogiendo un trozo de madera flotante entre las rocas. Rechinó los dientes, decidido finalmente a confiar en él una vez más. Se deslizó por la pared y escogió una tabla angosta, imitando a su compañero.
—Vamos. No te me separes —dijo Sha Qing, avanzando hacia la orilla. El mar, de un azul clarísimo, proyectaba brillos temblorosos sobre sus piernas.
Shanier le siguió. Anduvieron unos pasos, hasta que él señaló la superficie, asustado:
—Ahí… tiburones…
Sha Qing soltó un suspiro resignado.
—Si te das la vuelta y echas a correr, te verán como un aperitivo tierno. Quédate quieto. Deja que pase. Luego nos alejamos lo más rápido posible—. Sacó de su bolsillo un pequeño frasco de plástico y se lo lanzó—. Toma. Si se acerca demasiado, échate esto por encima.
—¿Qué es?
—La raíz de una enredadera —contestó—. La recogí esta mañana en la playa. Aquellas que tú confundiste con batatas silvestres. Es mǎoyúténg, contiene rotenona. Es un veneno que paraliza peces e insectos.
—Entonces… ¿puede matar tiburones? —preguntó él con cierta esperanza.
—Si llenas una piscina entera con eso, y metes un tiburón dentro… quizá.
Shanier miró con desolación el frasco.
—Pero su olfato es muy fino —añadió Sha Qing—. Si lo huelen, quizá te tomen por alimento tóxico. Eso podría disuadirlos.
—“Quizá”. “Podría”. —Shanier se aferró al pedazo de madera como a un crucifijo—. Dios… esto es lo más estúpido que he hecho en mi vida… ¡Maldito seas, Sha Qing, te juro que te voy a matar!
El otro ya avanzaba a zancadas entre el agua hasta que le cubrió la cintura, y luego se echó a nadar con una agilidad sorprendente.
—La vida siempre exige riesgos, amigo —dijo con un tono sereno, atravesado por una leve excitación—. Dale unas oportunidades más y acabarás enganchado a la adrenalina.
—¡Yo sí me engancho! ¡Pero no a los tiburones! —refunfuñó Shanier, nadando y vigilando con terror cada sombra que se movía.
Una hora después, exhaustos pero ilesos, alcanzaron la otra isla.
La noche se había cerrado sobre el océano. Cruzaron la playa sigilosamente y se refugiaron en una cueva marina húmeda, donde se dedicaron a comer cocos y a dejar que sus músculos y nervios se distendieran.
Para aligerar peso, habían abandonado todas las armas de fuego. Solo llevaban una daga.
Shanier abrió una gran ostra del Pacífico haciendo palanca con la punta del cuchillo; el molusco resbaló hacia su estómago en un instante.
—Le faltaría un poco de limón… —murmuró, aspirando el aroma—. Limón amarillo de Texas, bien fresco. Unas gotitas nada más, para equilibrar el sabor al mar…
Sha Qing chupó el jugo de sus dedos, ignorando el monólogo hedonista.
Como no obtuvo respuesta, Shanier soltó otra pregunta:
—¿Qué isla es esta? Vi luces desde el acantilado. Está al lado de la Isla de la Diosa Luna… ¿Será aquí donde se hospedan los del personal de la compañía? ¿Y los cazadores?
—No es una empresa —corrigió Sha Qing—, sino un club creado exclusivamente para satisfacer las perversiones de esos ricos que viven en la opulencia. La isla Luna es, en realidad, dos islas gemelas: en la que estábamos antes es la del sureste; esta es la isla Norte, y el club Luna tiene aquí su sede.
—¿La sede? —los ojos de Shanier brillaron—. Entonces significa que hay comida, armas… ¿y aviones?
Sha Qing asintió.
—El nivel de construcción de esta isla debe ser mucho más alto que el de la isla desierta donde estuvimos, pero también está mucho más vigilada. A estas alturas el club ya sabe que cinco cazadores han desaparecido. Para garantizar la seguridad, sin duda ordenarán que los demás socios regresen y los enviarán en avión.
—¡Entonces podemos buscar la oportunidad de asaltar uno de esos aviones! —exclamó Shanier, incapaz ya de seguir soportando aquel infierno.
Sha Qing mordió despacio una ostra antes de responder:
—Es factible. Pero antes de eso, voy a eliminar a todos los socios que han participado en las cacerías.
—¿Hay recompensa? ¿Cuánto vale cada cabeza? —preguntó Shanier con total interés.
Sha Qing negó con la cabeza.
—No hay recompensa, y además debe hacerse en secreto. Si sus familias lo descubren, las consecuencias serían interminables.
—Entonces ¿por qué diablos te buscas problemas? —Shanier lo miró como si no pudiera comprenderlo—. ¡Ese tipo de limpieza de escoria es trabajo de la policía! ¿Qué tiene que ver contigo?
Sha Qing guardó silencio. Su rostro quedó sepultado en la sombra de la roca; no se distinguía su expresión.
—Escúchame, amigo —insistió Shanier—, siempre me ha dado pena verte así. Con tus habilidades, si fueras un asesino profesional entrarías directo en la lista de Forbes. ¿Por qué empeñarte en ser un policía del montón? Los llamados “héroes” son solo fantasías de los débiles: como no pueden controlar su destino, sueñan con alguien que los salve. Pero esos débiles… más les valdría morir. No merece la pena gastar ni un segundo de tu energía en ellos. Como decía Darwin: «La selección natural, la supervivencia del más apto».
Hablaba cada vez más convencido, casi con fervor:
—Debes entender que entre ellos y nosotros hay una diferencia esencial. Nosotros no permitimos que ninguna fuerza nos controle. Somos rebeldes en los huesos, nadie puede atarnos, nos jugamos la vida según nuestras propias reglas. Somos los fuertes, los que nacimos para estar arriba.
Atrapó el brazo de Sha Qing. Sus ojos, de un oscuro verde, brillaban como los de un animal salvaje a la luz temblorosa de la hoguera.
—Ven conmigo, Sha Qing. Tú y yo. ¡Tomemos de este mundo todo lo que queramos! Es cierto que ahora he perdido mi riqueza y mi poder, pero basta con un poco de inteligencia y algunos movimientos bien hechos para que todo eso vuelva. De hecho, muy pronto voy a conseguir una buena suma para empezar…
—Tú no entiendes nada —lo interrumpió Sha Qing.
Shanier se quedó clavado, sorprendido y ofendido a la vez.
—…¿Qué has dicho?
—He dicho —repitió el otro, sereno—, que no entiendes nada.
Apartó la cara, rehusando continuar la conversación.
Durante un instante, Shanier sintió una punzada en el corazón: una emoción conocida… demasiado conocida. Era esa malicia nacida del fuego de la ira.
¿Y antes cómo resolvía estas situaciones?, se preguntó con oscuridad. Cuando alguien lo despreciaba, se burlaba de él, lo engañaba o lo traicionaba… Era simple: convertía a esa persona en un cadáver. Los muertos no vuelven a molestar.
Siempre era rápido, y nunca se arrepentía. Daba igual quién fuera. Algunos incluso habían tenido algún tipo de relación sentimental con él, pero jamás más importante que el amor que se profesaba a sí mismo, un amor tan instintivo como el de un animal. Y cuando ese amor se sentía amenazado, soltaba veneno y espinas contra todo lo que no fuera él.
No quiero hacerte esto… pensó mientras observaba a Sha Qing en la oscuridad, silencioso. Nunca he invertido tantos sentimientos en alguien que no sea yo.
Espero que lo valores… y que no dejes que esto llegue demasiado lejos, Sha Qing.