Volumen V.- La isla de la Diosa Luna
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El filo del cuchillo raspó la piedra sílex, y las chispas que saltaron prendieron en una bola de fibra de coco. Una llama pequeña, de un anaranjado tembloroso, se alzó trémula. La acercaron a unas tiras deshilachadas de tronco de palmera y añadieron ramitas con cuidado, hasta que acabó convirtiéndose en una hoguera lo bastante grande para dar calor.
La cueva marina, de noche, era húmeda y fría. No lo suficiente para helarlos, pero sí para que la ropa empapada resultase insoportable. Sha Qing y Leo se quitaron las chaquetas, las atravesaron con unas ramas y las colgaron cerca del fuego para que se secaran.
La luz no era ni mucho menos suficiente para ver con claridad, pero aún así, estar los dos frente a frente, a una distancia mínima, vistiendo únicamente la ropa interior, hacía que Leo se sintiera incómodo… Si fuera un desconocido, todavía. Pero era Sha Qing, el hombre al que había perseguido durante tanto tiempo.
Un agente federal y un asesino serial, medio desnudos, calentándose juntos a una hoguera. Si eso llegaba a oídos de la oficina, probablemente se convertiría en el chiste anual del FBI, pensó el agente de cabello oscuro con resignación.
Sha Qing, por su parte, no mostró la menor incomodidad. Partió un coco de un tajo y se lo lanzó a Leo.
—Solo queda esto. Algunos ostiones y erizos. ¿Te sirven?
—Ningún problema, no soy quisquilloso —respondió Leo.
Bebió de un trago el agua del coco. Luego, con la navaja suiza que siempre llevaba encima, cortó el erizo espinoso, extrajo la pequeña porción amarilla en su interior y se la metió en la boca. De todo el erizo comestible, apenas había eso; el resto, a desechar.
Los ostiones, aunque grandes, eran solo unos pocos. Pero Leo no esperaba un festín digno de un restaurante; con algo para llenar el estómago bastaba.
Cuando terminaron aquella cena improvisada, se pusieron la ropa medio seca y cada uno buscó un rincón relativamente plano, acostándose sobre grandes hojas de plátano extendidas en el suelo. Sus cuerpos estaban exhaustos, pero la mente seguía en tensión. Fuera por no haber tomado su medicación habitual, aunque la dosis ya estaba en reducción o porque a apenas dos metros yacía un asesino serial, Leo descubrió que no tenía nada de sueño.
Cerró los ojos por obligación, mientras sus pensamientos corrían libres, desbocados en la oscuridad de su cráneo.
Él permanecía inmóvil, con los ojos cerrados. El otro hombre, como si percibiera su desvelo, acabó por hablar:
—¿No puedes dormir?
—Ajá.
—¿Por mi culpa? Tranquilo, no voy a apuñalarte mientras duermes.
Leo oyó la ironía en su tono y soltó una risita seca.
—No te creas tan importante. Más bien deberías cuidarte tú… no vaya a ser que te despierte con las esposas puestas.
—Oh, eso no me preocupa para nada. Primero, porque no llevas esposas encima. Y segundo, porque aunque las tuvieras, escaparía igual que la última vez.
Leo carraspeó, como si algo lo hubiese pinchado por dentro.
—Hablando de eso… ¿cómo demonios huiste aquella vez? Las esposas estaban intactas. No me digas que… ¿te rompiste los dedos?
Se giró bruscamente hacia él, escrutando su silueta recortada por el fuego tenue.
—Solo me los saqué de sitio —respondió Sha Qing con total indiferencia.
Leo frunció el ceño, el tono volviéndose gélido:
—¿Has oído ese dicho? “Quien puede ser cruel consigo mismo, puede serlo aún más con los demás”. Con razón eres capaz de abrir en canal a tus víctimas sin parpadear.
Sha Qing guardó silencio unos segundos. Luego, con voz teñida de una frialdad burlona… y un destello de irritación dolida, replicó:
—¿Y qué querías que hiciera entonces? ¿Cortarte la muñeca? Total, para ti soy el clásico psicópata asesino, ¿no? Ni más ni menos que esos que violan, torturan y despedazan por diversión.
—No —lo interrumpió el agente de inmediato—. ¡Nunca te he visto como uno de ellos!
Fue una negación instintiva, nacida de algo que Leo no terminaba de comprender: la sensación de que las palabras de Sha Qing escondían una verdad que le había brotado sin querer. Para alguien tan acostumbrado a enmascararse, era como si una pieza de ámbar extremadamente dura se hubiese resquebrajado por un instante, filtrando una gota mínima de resina tibia, vulnerable. Un destello tan leve que se solidifica en cuanto tocara el aire, volviendo a sellar la grieta… pero Leo había alcanzado a verlo.
¿Había elegido lastimarse a sí mismo para no hacerle daño a él ¿Cuánto le importaba la opinión de un policía… o sería más bien que le importaba la suya en particular?
Aquel pensamiento repentino le desordenó la mente, pero también le arrancó unas palabras que brotaron sin filtro:
—¡Tú no eres como ellos! Aunque insista en detenerte, jamás te he confundido con esa clase de monstruos.
Sha Qing soltó una carcajada, breve y amarga.
—¿No soy igual? ¿Te refieres a los cargos… o a la condena?
—No —Leo negó con firmeza, tocándose el pecho—. Me refiero a esto. Lo que empuja a otros a matar es una miseria egoísta y horrenda. Pero en tu interior… lo que sea que te mueve, lo que sea que ocultas y reprimes… no es eso. Nunca lo he sentido así.
Sha Qing se quedó callado un largo momento. Cuando por fin habló, lo hizo con dificultad, como si cada palabra le costara:
—Hacer… esas cosas producen placer. Y cada vez es más intenso. Aunque al principio no lo creas, aunque te dé asco o te repugne… al final siempre se vuelve adictivo. Igual que las drogas.
Leo respiró hondo.
—Sé lo que es una adicción —respondió en voz baja—. Yo estoy intentando dejarla. Y si tú también tienes el deseo y la determinación…
Esta vez, Sha Qing replicó sin la menor vacilación:
—En este mundo, muchas cosas no se logran solo con deseos y determinación. ¿Acaso eres un idealista ingenuo, agente?
—Pero al menos tienes que intentarlo.
—Yo siempre lo intento, a mi manera… No espero que lo entiendas, ni me importan las opiniones de los demás: que si “un sentido de justicia extremista y distorsionado”, que si “crímenes de alta inteligencia para demostrar su valía”… cháchara de televisión y periódicos. Que debatan lo que quieran; yo solo hago lo que considero necesario. —La voz de Sha Qing se aceleró: quería dar por terminada la conversación. Luego añadió con brusquedad—: ¿Pretendes seguir discutiendo esta estupidez o piensas dormir un rato? En cinco horas subirá la marea y esta cueva quedará inundada.
—Duerme tú. Yo vigilaré la hora. Te despertaré dentro de cuatro horas —dijo Leo. Tampoco quería prolongar un debate estancado.
—¿Y tú no vas a dormir?
—…No puedo.
—¿Por qué? ¿Te falta un beso de buenas noches?
—¿Y tú no duermes?
—No puedo.
—¿Por qué? ¿Te falta un beso de buenas noches?
—…No. Me falta un par de esposas. —Sha Qing soltó una risita—. Está bien, te prometo no atacarte mientras duermes. Pero si eres tú quien decide atacarme, no tendría ninguna queja.
Leo apartó la cara, completamente sin palabras. Ese tipo siempre coqueteaba cuando le hablaba; ¿sería su carácter natural o solo se divertía provocando su reacción? Incluido aquel beso… seguramente una broma de pésimo gusto.
—A las siete y diez te despierto. —dijo con la voz algo más seria.
—De acuerdo —respondió Sha Qing y no volvió a emitir sonido alguno.
Cinco minutos después, Leo escuchó su respiración larga y acompasada: dormía profundamente. Para alguien con insomnio crónico, conciliar el sueño tan rápido era casi una provocación. Leo no pudo evitar un punto de envidia y resentimiento: cómo podría un asesino dormir como un bebé, tan tranquilo… a menos que no sintiera la menor culpa por sus actos, o que su corazón se hubiera vuelto tan frío y adormecido que la muerte ya no lo conmovía.
Una persona así… una persona así, y él seguía guardando una frágil esperanza, sin renunciar del todo a que cambiara de camino… Leo empezó a sospechar que él mismo no estaba muy lejos de perder la cordura.
Perdido entre pensamientos caóticos, cayó en un duermevela, mirando el reloj de vez en cuando, hasta que, cumplidas las cuatro horas, despertó a Sha Qing.
El nivel del mar ya empezaba a subir bajo la roca donde descansaban; debían irse cuanto antes. De regreso por el mismo camino, Leo tuvo la suerte de recuperar la linterna que había perdido durante la pelea. Aún funcionaba mucho mejor que las antorchas improvisadas, lo cual les ahorró parte del tiempo previsto.
Justo cuando vislumbraron la luz del exterior, un ruido confuso llegó desde fuera.
Los dos se arrastraron hasta una grieta y espiaron hacia la playa. Vieron decenas de pantalones de camuflaje moviéndose de un lado a otro; desde ese ángulo se distinguían claramente los cañones de carabinas apuntando hacia abajo y los pastores alemanes sujetos por correas.
—Maldición, han venido a registrar justo esta zona. No sé si podremos encontrar una oportunidad para escabullirnos —murmuró Sha Qing. Escuchó el sonido de las olas y frunció el ceño—. Media hora, como mucho, y este sitio se llenará de agua.
Leo se arriesgó a avanzar unos pasos para observar la ladera detrás de la playa. Su expresión se volvió grave.
—Son muchos. Y ya amaneció del todo. Con dos pistolas empapadas, no tenemos ninguna posibilidad de enfrentarlos. Solo podemos esperar… Espera. Se han sentado. Parece que van a descansar, quizá a desayunar.
Sha Qing reptó hasta él para mirar.
—Están en una posición perfecta. Desde ahí dominan toda la playa; tienen un ciento por ciento de visibilidad. En cuanto asomemos la cabeza, nos convertirán en tiro al blanco. ¡Qué demonios!
Leo examinó varias veces el terreno, calculando posibles rutas de escape. Al final tuvo que admitirlo: no había nada que hacer salvo permanecer dentro de la cueva. Si salían, morirían. Y, de hecho, que aún no hubieran descubierto la cavidad marina ya era una suerte enorme.
—Bueno —dijo Sha Qing—, llegó la hora de elegir cómo morir. ¿Quieres morir a balazos o ahogado por la marea?
Su tono era tan neutro como si preguntara “¿té o café?”. Y eso alivió un poco el humor sombrío de Leo.
—Si hablamos de dolor, supongo que lo primero sería menos terrible. Pero, sinceramente, prefiero servir de alimento a los peces antes que dejar mi cadáver en manos de Aver Jafford.
Sha Qing asintió.
—Dicho así, ya imagino qué clase de perversiones guarda ese mocoso. Está bien, volvamos a la cueva.
Leo alzó una ceja al ver que el otro volvía a tomarle la mano.
—…¿Podrías hacerme el favor de morir tú primero? No quisiera que, si encuentran nuestros cadáveres enredados, nos tomen por amantes trágicos.
—Ah, a mí no me importaría en absoluto —respondió el otro hombre, estrechando su mano mientras avanzaban hacia la cueva, donde el nivel del agua subía con rapidez.
Pronto ya no pudieron mantenerse de pie; tuvieron que nadar contra la corriente que se internaba en el túnel. Leo, aferrado a la pared para no ser arrastrado, preguntó con naturalidad:
—Bien. ¿Cuál es tu plan B?
—¿Tan seguro estás de que existe uno?
—Te he perseguido más de un año. Te he soñado más noches de las que puedo contar. Si de algo estoy seguro es de que: dicen que los conejos tienen tres madrigueras… y tú eres mucho más astuto que un conejo.
—Que un agente piense en mí día y noche y me conozca tan a fondo… es un honor indescriptible. Si lo miras así, morir juntos también cumpliría tu deseo. ¡Mira, por fin me atrapaste! —Sha Qing agitó las manos entrelazadas de ambos mientras sonreía—. Qué lástima: sí existe un plan B, pero no es un plan… más bien, un riesgo. Ayer estuve observando la cueva. El lugar donde descansamos antes es un espacio natural formado por dos grandes rocas encajadas; parece estar un poco más alto que el nivel del mar en marea alta… aunque no estoy seguro de los datos exactos, ni de sí, cuando el agua suba al máximo, quedará sitio para dos personas.
—Pero es nuestra única oportunidad, ¿no? —dijo Leo—. Entonces apostemos por la suerte.
El agua subía más y más, acercándose al techo de la cueva. En algunos tramos ya tenían que bucear, pegando la nariz a la roca para tomar bocanadas de aire en cada hueco disponible.
Más adelante, el paso se estrechaba de forma alarmante. Antes habían trepado por ahí usando manos y pies; ahora, con todo sumergido, era imposible saber si les alcanzaría el aire para cruzarlo de un tirón. Sha Qing vaciló un instante, soltó la mano de Leo y le apretó con firmeza el hombro.
—Sé que nadas mejor que yo. Si no logro llegar al punto de aire, ayúdame un poco. Y si aun así no puedo pasar… suéltame. Cuando haya que soltar, se suelta.
Leo miró su rostro borroso en la oscuridad, sin saber qué responder.
En su silencio, Sha Qing tomó aire y se zambulló.
El túnel parecía aún más largo de lo que recordaban. Leo aguantó hasta que los pulmones le ardieron, y por fin sus dedos encontraron un espacio mínimo entre la superficie del agua y la roca del techo. Levantó la nariz y aspiró con alivio.
—¡Sha Qing, aquí!
No hubo respuesta. Ni una sola perturbación en el agua. El corazón de Leo dio un brinco y se sumergió de inmediato.
La linterna agotada parpadeó y lanzó un último destello antes de morir, pero aquella breve chispa bastó: Leo alcanzó a ver la silueta de Sha Qing, incapaz ya de contener el reflejo de respirar. Con la mano trataba en vano de taparse la boca y la nariz, mientras burbujas desesperadas escapaban entre sus dedos.
Estaba a segundos de ahogarse.
Leo pateó el fondo, se deslizó hacia él, le apartó la mano y le sostuvo la nuca. Luego selló su boca con la suya, insuflándole aire.
El otro se aferró a su cintura como a un salvavidas, sorbiendo el aire de sus labios sin dudar, hasta que al fin pudieron sacar medio rostro del agua, chocando la cabeza contra la roca mientras respiraban.
La maniobra de emergencia se transformó en otra cosa: un beso abrasador, nacido del dolor en los pulmones, del ahogo, del instinto de supervivencia y de un deseo que los desbordaba. Ningún pensamiento racional sobrevivía allí: solo oían la sangre retumbando en los oídos y un ardor salvaje que clamaba dentro de sus cuerpos.
Cuando el agua les cubrió los ojos y el pecho volvió a contraerse exigiendo aire, se separaron, jadeantes, agotados y eufóricos, como si hubieran renacido.