Cap. 49.- Un juego dentro del juego

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Volumen V.- La isla de la diosa Luna

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Capítulo 49 — Un juego dentro del juego

 

El teléfono fijo sobre el escritorio no dejaba de sonar. Leo observó el número en la pantalla y, con infinita paciencia, se negó a contestar.

Reconocía ese número: era Oliver.

Tras la cadena de explosiones, el secretario debía de estar al borde del colapso. El hecho de que su señor, el duque, se hubiera encerrado sin salir de la habitación sólo podía aumentar su angustia. A este paso, no tardaría en irrumpir por la fuerza, sin importarle los gritos que había recibido antes, para intentar sacar a su joven amo de la isla.

Leo estaba esperando precisamente ese momento.

Unos diez minutos después, sonaron los golpes en la puerta. Al no escuchar respuesta, el visitante enseguida notó que no estaba cerrada con llave y giró el picaporte.

Apenas un brazo se asomó por la rendija cuando Leo, rápido como un relámpago, lo atrapó, tiró del hombre hacia dentro y lo redujo al suelo, sujetándole los brazos a la espalda.

Pero no era Oliver. Solo un joven disfrazado de guardaespaldas.

—¿Quién eres? ¿A qué has venido? —preguntó el agente federal, voz tensa y autoritaria, aumentando la presión.

El hombre gritó de dolor y confesó sin resistencia:

—¡Allen! ¡Me llamo Allen! Oliver me envió… Dijo que, si hubiera alguien más en la habitación del duque, le transmitiera un mensaje.

—Habla.

—Dijo que, viendo cómo están las cosas, está claro que el Club Luna ha sido completamente destruido. Está dispuesto a entregarse y a testificar, pero teme por su seguridad. Cree que tú eres la persona adecuada para hablar con él, así que te pide reunirse cara a cara.

—Entonces que suba.

—No… dice que no se atreve a acercarse al duque, ni aunque lo maten. Que, si te interesa tenerlo como testigo, salgas del club y vayas a su escondite para hablar.

Leo vaciló un instante. 

Miró al joven, que sudaba a chorros y temblaba de puro miedo, y luego la puerta cerrada del dormitorio de Aver. Tras un breve cálculo mental, respondió:

—No pienso irme mientras no llegue alguien a relevarme. Llámalo ahora mismo. Si de verdad quiere cooperar, que venga solo a verme. Si no, consideraré que no he oído nada. Y dile otra cosa: no podrá escapar. Si cae en manos de otros, no reconoceré su entrega voluntaria.

Allen, temblando, marcó el número y repitió el mensaje. Cuando colgó, estaba a punto de llorar.

—Oliver… no dijo nada. Solo colgó…

—Entonces tendrás que quedarte aquí un rato —dijo Leo.

Con una corbata le ató firmemente las muñecas y los tobillos, le tapó la boca y lo arrastró hasta el amplio vestidor.

—¡Maldita sea, ese policía no cayó en la trampa! —refunfuñó Shanier, aplastando la cabeza de Oliver con la suela del zapato y restregándole la cara contra el suelo para desfogar su rabia.

—Lo dije —respondió Sha Qing con calma—. Ya usamos la estratagema del “tigre lejos de su montaña” hace poco. ¿Cómo iba a caer de nuevo? ¿De verdad crees que su inteligencia está a tu nivel?

—¡Sha Qing! ¿De qué lado estás? ¡Eres un asesino, no un policía voluntario! —protestó el mafioso, indignado.

El asesino serial se limitó a encogerse de hombros, sin contestar.

—¿Y ahora qué hacemos? No podemos entrar a matar al pequeño Aver así como así. Es demasiado complicado… No, ¡es una misión imposible!

Sha Qing guardó silencio, calculando. Tras unos segundos, admitió:

—Sí, es realmente complicado.

Justo cuando Shanier estaba a punto de soltar un “¡Entonces olvídalo!”, escuchó en la distancia el tenue bramido de unas hélices recortando el cielo. Le arrancó a Oliver los prismáticos del cinturón y avanzó hasta un claro para mirar con atención. Al ver lo que se acercaba, soltó una maldición:

—¡Maldición! ¡Viene el grueso del equipo policial! Helicópteros de transporte pesado… parecen Chinook, dos… ¡Joder, ahí caben por lo menos un centenar de agentes! —Se giró hacia Sha Qing—. ¿Lo ves? ¡Ahora sí que no hay manera! ¡Vámonos ya! ¡Si tardamos más, no vamos a poder escapar!

Sha Qing siguió en silencio.

Los ojos verde oscuro de Shanier se movieron con rapidez. De pronto se agachó, sacó el cuchillo de la funda de su muslo y se lo hundió en el cuello a Oliver. Fue tan rápido que ni tiempo tuvo el hombre  que estaba atado de pies y manos de soltar un grito. La herida escupió varias ráfagas de sangre mezclada con espuma, empapándole la cara y el cabello.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Sha Qing arqueó una ceja, fulminándolo con la mirada. Oliver, aunque culpable como uno de los administradores del club, no estaba en su lista. Verlo caer así, de manera súbita, le parecía un acto innecesario, aunque tampoco creyera que valiera la pena impedirlo.

Shanier limpió la hoja en la ropa del cadáver con total indiferencia y la enfundó de nuevo.

—Limpiarte el campo de batalla. Total, igual debía morir.

—¿Quieres cortar la vía de utilizar a Oliver, creyendo que así me obligas a renunciar? —preguntó Sha Qing con voz afilada.

Shanier lo miró con una sonrisa torcida, lo que ya equivalía a admitirlo.

Sha Qing respiró hondo, conteniendo la tentación de encargarse de él de una vez por todas. No detestaba el motivo que lo había impulsado, incluso intuía que, además de protegerse a sí mismo, Shanier tenía la intención de evitar que él corriera peligro. Pero detestaba aquella costumbre de actuar por encima de su voluntad, tomando decisiones por él. De no ser por ese mínimo trasfondo de buena intención, hacía rato lo habría eliminado.

Tal vez percibiendo su ira contenida, el hombre de cabello castaño dorado dio dos pasos atrás.

—Lo hago por tu bien, Sha Qing. Sé que asesinos como tú caminan en la cornisa, sosteniendo una especie de hábito enfermizo. Llámalo principios o creencias, pero en realidad es una obsesión suicida. Escúchame: para cualquier persona, nada es más importante que su propia vida. Yo jamás arriesgaré la mía por tu rango A, ni quiero verte morir por tu terquedad, ¿entiendes? —dijo con seriedad.

Sha Qing lo observó, y en su mirada el brillo se fue asentando, como un líquido que se enfría y se vuelve opaco. Se volvió negra, insondable como la medianoche. Tal vez pensó en sus palabras, pero Shanier sintió que no había duda ni vacilación en él, sino una especie de luto helado y sin pena.

Repasaba su pasado, examinaba su corazón. Shanier tuvo la extraña sensación de que, detrás de la sombra espesa que lo envolvía, una puerta secreta abría apenas un resquicio, dejando escapar una bocanada de aire gélido… para cerrarse de nuevo, aún más pesada.

Sha Qing solo se ausentó unos segundos. Muy pronto, la determinación volvió a encenderse en su mirada.

—Es difícil —admitió—, pero voy a ir. —Su tono era tranquilo—. Y tú, Shanier, puedes marcharte. Te diré cómo salir.

—¿Qué? ¿Por qué? —Shanier se quedó atónito. Creía que aquel asesino loco lo arrastraría consigo hasta el último segundo, incluso si acababan saltando de un avión juntos.

—Porque no quiero volver a ver tu cara astuta y estúpida, ni tus miradas lascivas —replicó Sha Qing con fastidio—. Considéralo el pago por los días que trabajaste conmigo. Pero en cuanto lo aceptes… desaparece de mi vista.

“Estúpido”, “lascivo”… Shanier sintió su orgullo destrozarse. Se indignó y entristeció por la pésima imagen que tenía el otro de él. Tanto, que ni siquiera sintió de inmediato la alegría de verse libre por fin.

—Si yo me voy… ¿y tú? —preguntó sin pensarlo.

—Mis asuntos no son de tu incumbencia —zanjó Sha Qing—. ¿Quieres o no quieres escuchar? Si no, olvídalo.

—¡Quiero! ¡Claro que quiero!

—¿Recuerdas la cueva marina? Ahora es marea baja. Entra por ella y avanza hasta el final. Luego salta. Desciende unos tres metros por la pared del acantilado y encontrarás entre las rocas un bolso impermeable. Dentro hay un teléfono satelital portátil. Marca el primer número de la agenda, da tu ubicación exacta y en media hora vendrá un hidroavión a buscarte.

Shanier memorizó todo y luego preguntó:

—¿Y la contraseña? Con tu carácter, seguro dejaste alguna medida extra, ¿no?

Este tipo no era tan idiota después de todo. Sha Qing lo miró de reojo.

—“El ágil zorro pardo saltó sobre el perro policía.” Eso es lo que debes decirle al piloto.

—Entendido —asintió Shanier.

Se dio la vuelta para marcharse, pero dudó un instante y giró de nuevo.

—¿Puedo… abrazarte? Digo, después de todo, luchamos juntos estos tres días. Un abrazo de despedida es normal… —Al ver el rostro sereno y abismal del otro, rectificó enseguida—. Olvida lo que dije, no importa…

—Ven —ordenó Sha Qing, moviendo un dedo enguantado para llamarlo.

El cerebro de Shanier se quedó totalmente en blanco. Fue hacia él casi flotando, y recibió un abrazo breve y ceremonial. Sha Qing le dio dos palmadas en la espalda. Shanier, trastornado, olvidó por completo la superioridad física del otro, y giró la cara para intentar besarlo.

Sha Qing no se inmutó: le tapó directamente la boca y la nariz con la palma de la mano, y con la otra extrajo de la ropa de Shanier una cadena metálica.

Era una cadena corta de color gris plateado con una placa metálica colgante, algo parecido a la placa de identificación de un soldado, pero distinta. La placa de unos cinco centímetros de lado no tenía ningún nombre grabado; en su contorno se dibujaba un extraño patrón ornamental, y en el centro se hallaba una hendidura circular de un rojo oscuro, como una gota de sangre sobre un espejo, con bordes que se irradiaban como los rayos del sol.

Recordaba ese símbolo. En la mañana del segundo día, después de que ambos se quitaran las chaquetas y durmieran en la pequeña casa del árbol improvisada, lo había visto tatuado en el pecho desnudo y firme de Shanir: una calavera demoníaca envuelta en llamas, y en las profundas cuencas de sus ojos estaba incrustado precisamente ese mismo emblema.

—Esto me lo quedo —dijo Sha Qing—, como recuerdo de habernos conocido.

—No… —Shanir reaccionó de forma instintiva para negarse, pero se quedó a medias.

Aquella frase: “Un recuerdo de nuestro encuentro”, que fue dicha con la habitual frialdad de Sha Qing, surgían como un pequeño brote entre las grietas de una roca, irradiando un afecto sutil, y en el fondo de su corazón se transformó en un hilo de alegría silenciosa.

Sabía que no podía negarse; nunca podía negarse, ya fuera que el asesino actuara con firmeza o con suavidad, y no solo por el poder superior que él ejercía.

—…Quédatelo —dijo Shaneir en voz baja—. Es mejor que un recuerdo así se guarde en un cajón. No quiero que te traiga problemas inesperados.

—Gracias—. 

Sha Qing colgó la cadena en su cuello, guardando la placa dentro de la ropa.

Shanier imaginó el colgante, todavía impregnado del calor de su cuerpo, mezclándose ahora con la temperatura del otro, y sintió un tirón en el pecho y un calor que le recorrió todo el cuerpo. Inspiró hondo y, con voz rígida, dijo:

—Hasta que nos volvamos a ver.

Luego se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Sha Qing también se marchó de forma decidida, sin dedicar ni un segundo a la espalda del otro.

Fue un hallazgo inesperado. Tocó con los dedos, a través de la ropa, el objeto duro recién añadido a su pecho, y pensó en silencio que algún día podría ser útil. Por eso estaba dispuesto a dejarle la vida a Shanier, como precio por aquel recuerdo.

Dos helicópteros CH-47F, cargados con soldados de operaciones especiales, aterrizaron en el aeropuerto de la Isla de la Luna. La operación policial fue veloz y eficiente, como una marea arrolladora: los miembros armados del club, sin líder, casi no ofrecieron resistencia, dejando atrás sus armas y rindiéndose. En media hora, los combates menores habían sido totalmente despejados. En el campamento de la Isla Sur, quedaron veintisiete “humanos-bestia” rescatados, la mayoría con heridas de diversa gravedad. Los guardias del club, los escoltas y trabajadores contratados fueron detenidos y retenidos, para ser transportados a los barcos y revisados uno a uno.

Al ver a los compañeros con rostros conocidos entrando en la sala, Leo bajó lentamente el arma y exhaló con alivio; sus nervios, tensos durante días, finalmente se relajaron.

Rob se acercó de inmediato, abrazándolo con fuerza, palmeando la espalda mientras reía y gritaba:

—¡Qué bien lo hiciste, amigo! ¡Es increíble! En solo unos días, resolviste el Club de la Luna, atrapaste al “hijo del duque” y rescataste a la mayoría de las víctimas. ¡Tienes talento de sobra! Seguro que en la comisaría te premiarán a lo grande.

Leo, conteniendo el dolor que le causaba la presión sobre su brazo izquierdo, sonrió:

—Guardemos esas palabras hasta que la misión esté completamente terminada.

—Pero ya está todo resuelto —replicó Rob con indiferencia—. Controlamos ambas islas, y en cuanto llegue el destructor, transportaremos a los prisioneros de regreso al país. En cuanto al jefe final —señaló con el dedo hacia el fondo de la habitación—, ese pequeño blanco que parece drogado y tirado en la cama… ¿Crees que pueda causar algún problema ahora?

—Que lo suban a un helicóptero en camilla y asignen un equipo especial para vigilarlo —ordenó su compañero meticuloso.

—Sin problema.

Un agente salió del dormitorio de Oliver, con el rostro serio.

—El “hijo del duque” puede tener problemas de salud… Está en coma moderado.

El rostro de Leo se ensombreció:

—Antes sus signos vitales eran normales, estaba en la fase de recuperación del medicamento psicotrópico. ¿Por qué de repente perdió el conocimiento?

El agente, algo incómodo, evitó su mirada penetrante:

—Cuando intentamos controlarlo, sacó un arma de debajo de la almohada y se resistió. Mi compañero, al arrebatarle la pistola, lo golpeó accidentalmente en la cabeza… Es joven, solo tiene dos años de experiencia, aún no actúa con… eh, estabilidad. —Se interrumpió—. ¡Tú mismo explícale al jefe!

Leo se frotó la cara con la mano, controlando la irritación que subía, y miró al joven, visiblemente aterrorizado, antes de preguntar con voz grave:

—¿Hay algún médico militar presente?

—¡S-sí! Están atendiendo a las víctimas, iré a llamarlos de inmediato. —El joven no podía creer que había escapado de un problema mayor.

—No importa, los médicos ya están ocupados con las víctimas. Oliver tiene un equipo médico privado; los conozco, son relativamente fiables. Trae a esos médicos —decidió Leo—. Deja un pequeño equipo aquí para vigilar la situación, ¡no permitas el más mínimo error!

Pocos minutos después, tres médicos con bata blanca y varios enfermeros llegaron rápidamente con carros de medicinas, escoltados por soldados. Tras confirmar la identidad de cada agente, comenzaron a examinar a Jafford. El médico principal, un anciano de cabello blanco, preguntó sobre los componentes del suero de la verdad usado anteriormente. Al notar que faltaban algunos medicamentos necesarios, envió a un enfermero de regreso al dispensario para recogerlos.

No mucho después, el enfermero con mascarilla regresó con una bandeja de medicamentos y, siguiendo las indicaciones, inyectó la mezcla preparada en la vía intravenosa.

Leo se encontraba conversando con Rob en la puerta de la habitación, pero no dejaba de vigilar los movimientos de médicos y enfermeras. De pronto, un extraño sentido de alerta se apoderó de él, como si algo no encajara… Sus ojos recorrieron a los médicos uno por uno y luego se posaron sobre las enfermeras. Aunque previamente habían verificado todas las identidades y cotejado fotos en la base de datos de ciudadanos, Leo no podía quitarse de encima la sensación de que algo se les había escapado.

Finalmente, su mirada se fijó en la espalda de un enfermero masculino, que estaba inclinándose para empujar el líquido de la jeringa hacia la vía intravenosa. Era la única persona que había desaparecido de la vista del resto durante varios minutos; al regresar, llevaba mascarilla quirúrgica. Nadie había sospechado nada, pero Leo se dio cuenta de que, durante esos minutos desconocidos para todos, alguien podría haber intercambiado el contenido de la inyección.

Y quien tenía la motivación y capacidad para hacerlo era… Sha Qing.

En un instante de claridad, Leo sacó su arma y apuntó al enfermero, gritando:

—¡Detenganlo! ¡Rápido, detenganlo!

Los agentes cerca de la cama reaccionaron de inmediato, lanzándose sobre él para arrebatarle la inyección y someterlo.

Pero el medicamento ya había sido administrado. Aún inconsciente, el cuerpo del pequeño duque reaccionó: sus músculos dorsales se contrajeron violentamente, arqueando su espalda en una postura espeluznante, casi como un arco.

—¡Arco invertido! —gritó un médico—. ¡Convulsión tónica, 5% de aldehído, inyección intramuscular!

Mientras el resto del personal buscaba apresuradamente los fármacos, el enfermero masculino derribó a los tres o cuatro agentes que intentaban contenerlo y se dirigió rápidamente hacia la ventana.

—¡Cúbranlo en la ventana! —ordenó Leo, previendo la maniobra—. No compitan en agilidad, rodeen al objetivo. —Luego, girándose hacia los soldados especiales que se acercaban—. ¡Soldados, no disparen balas reales, usen equipo anti-motín!

El sedante anticonvulsivo ya había sido administrado, pero las convulsiones no cesaban. Tras una última sacudida y torsión del cuerpo, Jafford quedó rígido sobre la cama. Un rojo intenso se filtraba a través de su piel pálida, y sus labios parecían teñidos de sangre.

—¡Pulso ausente, respiración detenida, 400 ws de descarga! —ordenó un médico.

Otro médico levantó los labios del paciente y olió, frunciendo el ceño:

—Sabor a almendra amarga…

Se ajustó la mascarilla, recogió la jeringa del suelo con guantes de goma y la colocó en una bolsa sellada, entregándola a la enfermera cercana:

—Verifiquen si es cianuro de potasio. Precaución con residuos, sumergir en abundante agua y lejía durante al menos 24 horas.

Al otro lado de la habitación, rodeado por agentes federales y soldados especiales, el enfermero se volvió hacia la cama donde había provocado la muerte con sus propias manos, con voz despreocupada, como si hablara del clima:

—Es cianuro de potasio. No pierdan energía con descargas, ya está en el infierno.

Leo cerró los ojos con dolor y, entre dientes, expulsó con rabia y frustración:

—¡Sha Qing!

El enfermero se quitó la mascarilla y el gorro quirúrgico. Ese pequeño gesto, después de que su identidad había sido revelada, hizo que los agentes apretaran sus armas con extrema cautela, y reveló un rostro de belleza impactante que llenó a Leo de emociones encontradas.

—¿Él es Sha Qing?! —exclamó Rob, asombrado y emocionado—. ¿Logramos atraparlo aquí…? ¿Por qué estaba en la Isla de la Luna…? ¡Maldita sea, Leo! ¡Siempre sospeché que me ocultabas algo importante! ¿Esto era parte de tu plan para capturarlo?

—No —dijo Leo, con rostro sombrío—. Esto es el resultado de su propia arrogancia y del hecho de que no puede contener su sed de sangre. Si no fuera por eso, no habría caído tan precipitadamente.

—“Precipitadamente”… suena casi como si lamentaras la situación —murmuró Rob—. En fin, atrapamos al asesino de asesinos en serie, y es tan formidable como el “hijo del duque”… o mejor dicho, desde el punto de vista técnico, supera a la mayoría en la lista de buscados. En todo caso, es como derribar al águila y aplastar al zorro. —Se giró hacia Leo, confundido—. ¿Por qué esa cara de haber sido estafado con una tarjeta de crédito?

Leo apretó la mandíbula, ignorando los comentarios de su compañero, y fijó su mirada azul oscuro en la presa:

—¿Van a seguir resistiendo? Saquen cualquier recurso que tengan.

Sha Qing no mostró reacción alguna, como si ninguna emoción pudiera atravesar aquel rostro impecable. Inclinó la cabeza, con una actitud despreocupada y excesivamente confiada, evaluando a los hombres tensos a su alrededor. Lentamente levantó una mano.

Los agentes, tensos por su reputación, contuvieron la respiración, esperando un contraataque final.

—Me rindo —dijo Sha Qing.

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