Especial: Agente especial externo
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Especial: Agente especial externo
Al día 46 desde que Sha Qing despertó.
Rob recibió una llamada de Leo, quien le dijo que estaba en el vestíbulo de la planta baja. Rob salió disparado de la oficina, rebosante de alegría, y, ante todas las miradas, le dio un abrazo fervoroso a su antiguo compañero.
—¡Hey, por fin das la cara! Ya pensaba que te convertirías en amo de casa para toda la vida —dijo el agente de ojos verdes con un entusiasmo chispeante—. ¿Y cómo está ese tipo?
—Se recupera bastante bien. Lleva un tiempo haciendo rehabilitación física; me preocupa que vaya demasiado rápido. El médico quiere que guarde reposo en cama durante tres meses, pero nunca sigue las indicaciones —respondió Leo con un matiz de impotencia.
Rob rió tal como él esperaba.
—Vamos, si ni siquiera escucha los fallos del Tribunal Supremo, ¿cómo iba a obedecer un tratamiento médico? —Se rascó el cabello, recordando algo importante, y su expresión se volvió seria—. Te traigo malas noticias: Gaudi sabe que ya despertó. Estos días los de arriba han estado reunidos, discutiendo qué hacer con él. Parece que Gaudi se inclina por mandarlo de vuelta a la prisión de Rikers Island. Así, su mano derecha —o sea tú, querido señor adicto al trabajo— podría volver al puesto sin ninguna preocupación y seguir rompiéndose el lomo con tranquilidad.
Leo asintió con calma, indicando que ya estaba al tanto.
—Por eso he estado dándole vueltas estos días. Quiero encontrar una solución que funcione para todos.
—¿La encontraste?
—Aún no.
Rob se encogió de hombros con aire resignado. En realidad, lo que sentía por Sha Qing era una mezcla de preocupación y dolor de cabeza. Si en aquel enfrentamiento del parque de atracciones abandonado hubiera estado él en lugar de Leo, probablemente habría sido incapaz de apretar el gatillo; pero si le tocara encariñarse con Sha Qing y terminar revolcándose con él en una cama, solo de pensarlo se le erizaba la piel. Aunque fuera gay, ni loco.
En resumen, consideraba a ese chico como una especie de flor venenosa al borde del abismo, un ángel caído en la oscuridad. Quizá solo un fanático de la ley y el orden con las habilidades disciplinarias al máximo, como Leo, podía contenerlo. En cuanto a él… mejor mantener cierta distancia y limitarse a vigilar de lejos.
—¿Vas a la oficina un rato? De paso podrías hablar con Gaudi —sugirió Rob.
Leo tenía la misma idea y se dirigió junto a él hacia el ascensor.
Cuando las puertas se abrieron, salió un agente del FBI con traje gris. Se topó de frente con Leo y le dedicó una sonrisa.
—Hey, Leo Lawrence, cuánto tiempo sin verte.
—Sean Boswell. Recuerdo que la última vez me dijiste que ibas a una misión encubierta —Leo le estrechó la mano—. Felicidades por haberla completado.
El joven agente, rubio, de ojos azules y rasgos impecables, esbozó una sonrisa amarga.
—Digamos que la completé… pero también la arruiné un poco. ¿Conoces mi objetivo? Ronald Tuckman, el famoso “maníaco de las fugas”.
Rob intervino:
—¡Ese sí que es un personaje! En quince años logró escapar veintiocho veces. Obligó al Gobierno federal a admitir públicamente que el sistema penitenciario tenía fallas enormes. Menuda vergüenza pasaron.
—Cuando la oficina puso en marcha el “Programa Antifugas”, la Oficina de Seguridad Penitenciaria propuso un “sistema de consultores con antecedentes”, e intentó reclutar a Ronald. Me tocó convivir con él más de dos semanas como su compañero de celda. En realidad, no es tan loco como dicen; es más bien muy inteligente. Esta vez logramos hacer caer al alcaide de Island City: lo acusaron de instigar un asesinato y de corrupción.
—Parece que se coordinaban a las mil maravillas —se burló Rob, echándole una mirada insinuante a Leo—. ¿Tu compañero criminal también era guapo?
Sean no supo interpretar del todo el tono bromista y ambiguo de su colega. Tardó un instante en reaccionar.
—No, pero era bastante agradable a la vista. Es una pena que no pueda beneficiarse del programa… Ayer, cuando lo llevaba de la prisión a la oficina para reportarse, ¡se escapó de mi coche! ¿Te lo imaginas? Entre ser “consultor del FBI” y “prófugo”, eligió lo segundo. Me dejó una nota: “La libertad no es mi objetivo final. Amo ese instante en que escapo de la cárcel una y otra vez. Esa fracción de segundo de euforia y logro… Esa es la verdadera razón de mi vida”. ¡Ese lunático! —Sean tenía una expresión entre frustrada, perpleja y exasperada.
Rob no pudo contener la carcajada.
—Dios santo, eso suena como Sha Qing, especializado en fugas.
El corazón de Leo dio un vuelco y una chispa se encendió en su mirada.
—¿Estás libre al mediodía? ¿Podemos comer juntos? Quiero hablar contigo a solas —le dijo a Sean.
Dos agentes mujeres que pasaban escucharon justo esa frase y se quedaron mirándolos, boquiabiertas.
¿Eso… había sonado la invitación a una cita?
—Yo ya lo había oído: él es gay. Ahora está confirmado —murmuró la agente pelirroja con un suspiro—. ¡En estos días, de cada diez tíos buenos, siete son gays!
—Aún te quedan tres —la consoló su compañera.
—Los otros tres son bisexuales —respondió la pelirroja con desesperación—. Desde que el Tribunal Supremo legalizó el matrimonio igualitario la semana pasada, mi novio me confesó que es bi y que ama más a los hombres que a las mujeres. ¿Sabes cómo me sentí? Como si estuviera compartiendo un vibrador con un montón de desconocidos… ¡y encima de mala calidad!
—Oh, cariño —la agente castaña la rodeó con un brazo—. Olvídate de ese imbécil… podrías considerarme a mí. Yo solo amo a las mujeres, ni a un hombre. Soy mucho más fiable que él.
Volvamos ahora a la escena frente al ascensor. Sean también se sorprendió por la invitación de Leo, aunque ocultó bien la duda que le despertó.
—Claro, no hay problema. Te llamo después del trabajo —respondió con cortesía antes de marcharse.
Rob, de forma excepcionalmente aguda, le dijo a Leo:
—¿Quieres blanquear la identidad de Sha Qing?
Entraron juntos al ascensor. Leo observó cómo los números rojos del panel ascendían uno tras otro.
—¿Conoces alguna forma mejor de evitar que vuelva a prisión? —replicó.
—Pero… ese chico es indómito, completamente ajeno a la ley. ¿De verdad aceptaría unirse al FBI, su antiguo enemigo, como consultor con antecedentes? —preguntó Rob, visiblemente inseguro.
Leo soltó un suspiro profundo.
—Ese se ha vuelto mi mayor problema ahora mismo. En cualquier caso, voy a ver a Gaudi para discutir si es viable. Quizá podamos montar un “Programa Antihomicidios Seriales”. Al fin y al cabo, ya existe un precedente y podemos apoyarnos en el caso anterior.
—Pero aquel precedente acabó fracasando… —Rob murmuró.
—Por eso mismo, yo no puedo fracasar —dijo Leo con gravedad—. Ni por Sha Qing ni por mí.
Día 49 tras el despertar de Sha Qing.
Después de tres días fuera, Leo regresó al apartamento con el rostro cansado, aunque en su cansancio brillaba una emoción difícil de contener.
Sha Qing estaba cómodamente acurrucado en el sofá, con un cuaderno grueso entre los brazos, continuando la escritura de la segunda mitad de su nueva novela, “Ajedrez de vida o muerte”. Aunque las editoriales, bajo la presión del Bureau of Investigation, aún dudaban si publicarla, la parte serializada en internet ya había alcanzado una cifra de lecturas completamente desquiciada; si los posts de “actualización pendiente” se materializaran en papel, probablemente podrían empapelar toda la Estatua de la Libertad.
Por preferencia personal, no le gustaba escribir a ordenador: cuando la mano derecha se cansaba, cambiaba a la izquierda. La caligrafía de ambas manos era totalmente distinta, pero igualmente hermosa.
Leo se inclinó desde atrás y lo rodeó por los hombros, dándole un beso en el cabello:
—Descansa un poco, autor —dijo—. No hagas caso a esos posts de “Quiero un nuevo capítulo” o “Actualiza ya”.
Sha Qing alzó el rostro y le dio un beso largo y suave.
—¿Sabes lo aterrador que puede ser el resentimiento de los lectores cuando desapareces dos meses?
Leo correspondió al beso con total concentración y, sólo entonces, recordó el tema que quería plantear; buscó un punto de entrada que fuera lo más fácil posible para que el otro lo aceptara:
—Según las estadísticas preliminares del Bureau, ahora mismo hay más de trescientos asesinos seriales activos en todo Estados Unidos. Si pudiéramos atraparlos, tendrías material para decenas de novelas en el futuro.
—¿Nosotros?— Sha Qing levantó la mano y la sacudió un poco; las dos luces verdes del brazalete metálico parpadeaban de manera rítmica—. Yo no estoy incluido. ¿Qué sentido tiene hablar de eso, agente? A fin de cuentas, soy un prisionero del FBI. Y hablando de eso… que ahora no esté en prisión es mérito tuyo, ¿no?
Leo no lo negó y continuó:
—Si tuvieras la oportunidad de librarte del estatus de prisionero y criminal… ¿te gustaría intentarlo?
Sha Qing se echó a reír, con una sonrisa levemente teñida de burla.
—Espera… déjame adivinar. ¿Están intentando… “reclutarme”?
Cerró el cuaderno y se levantó, caminando hacia la cocina abierta. Tras lavarse las manos, sacó del fregadero un enorme pedazo de vísceras en remojo y lo dejó sobre la tabla de cortar.
Leo lo siguió. Echó un vistazo a aquel órgano de un rojo oscuro y brillante, y enseguida dedujo que era el hígado de algún animal. De forma involuntaria, le vinieron a la mente los cadáveres de las víctimas abiertas en canal. Dios… jamás habría imaginado que algo así pudiera aparecer en un plato para la cena.
Sha Qing tomó el cuchillo de carnicero, lo hizo girar entre los dedos con un pequeño despliegue de habilidad y lo cortó en láminas finas y perfectamente uniformes, que fue disponiendo en un plato. Parecían una especie de obra de arte suave y perversa. Leo se pasó la mano por la cara, frustrado, y se colocó a su lado.
—Cariño… sé que no quieres, pero…
—Pero si no acepto, me mandan de vuelta a prisión —interrumpió Sha Qing—. Así que tengo que elegir entre dos opciones: perro de presa del gobierno federal, aunque sea extraoficial o delincuente federal y ese sí es un puesto oficial. Vaya mierda de pregunta de opción múltiple, ¿no te parece?
Leo no encontró palabras. Conocía a Sha Qing, lo admiraba, lo respetaba, le dolía, y sin duda lo amaba. Pero ahora tenía que volver a meterlo dentro del marco legal y moral que él más despreciaba, obligarlo a tomar una decisión contra su voluntad… todo por el simple deseo, desesperado y genuino, de poder estar con él a plena luz del día.
Quizá Sha Qing nunca llegue a comprender su buena voluntad; quizá vuelva a blindarse con rechazo y hostilidad. Leo ya se había preparado para eso.
…¡Maldita sea! ¡A la mierda la preparación psicológica! Ni siquiera podía imaginar a Sha Qing dedicándole otra vez una sonrisa helada. No podía aceptar que, después de haber obtenido un tesoro invaluable, tuviera que perderlo de nuevo, sangrando hasta los huesos.
Sí, deseaba con todas sus fuerzas estar con él. Pero ¿con qué derecho podía obligar a una persona íntegra a renunciar a sus convicciones y a su voluntad… aunque fuera en nombre del amor?
Leo luchaba por dentro con un dolor abrasador, pero hacia afuera no mostró más que un silencio imperturbable.
Sha Qing, por su parte, se movía con absoluta calma. Marinó, salteó, condimentó, espesó; y unos minutos después, un plato de hígado frito, de un castaño rojizo brillante, salió de la sartén, exhalando un aroma denso y particular.
Tomó una lámina con los palillos, la sopló suavemente y la acercó a los labios de Leo.
—¿Quieres? Está muy tierno.
A pesar de la náusea instintiva, Leo abrió la boca sin dudar, masticó lo justo y tragó.
—¿A qué sabe? —preguntó Sha Qing.
—…No lo distinguí —respondió el agente de cabello oscuro, con una seriedad implacable.
Sha Qing ladeó la cabeza para observarlo y la comisura de sus labios empezó a curvarse, primero en un amago de burla, luego en una sonrisa que fue creciendo hasta estallar en una carcajada desenfrenada, victoriosa, cargada de un humor malicioso.
Lo abrazó con fuerza.
—Querido agente, adivina hasta qué punto estaría dispuesto a sacrificar mi voluntad por ti.
Sin poder ver su rostro, Leo respondió inmóvil:
—¿Un… cuarenta por ciento? No… ¿treinta?
—¿Así de poco te valoras en mi vida? —rió Sha Qing—. La respuesta correcta es: no existe sacrificio alguno. Antes, mi voluntad era devolver golpe por golpe y degollar a esos bastardos —sobre todo a Enjoyer—. Actuar solo, a mi manera, sin necesitar aprobación ni apoyo de nadie. Y ahora mi voluntad sigue siendo matar a esos bastardos… ¿pero contigo? Oh, eso sí que suena a una gran idea, cariño. Por eso puedo tolerar un poco la forma de trabajar y procurar métodos menos sangrientos.
Leo abrió los ojos de par en par, incrédulo, incapaz incluso de devolver el abrazo.
—¿Quieres decir… quieres decir que…?
Esa respuesta sobrepasaba por mucho todo lo que había esperado; lo dejó tan sorprendido que apenas pudo articular palabra.
—Sí —dijo Sha Qing—. La bestia dentro de mí está dispuesta a dejarse sujetar por tus rosas con espinas, a que seas la cadena que la contiene. Pero hay un punto innegociable: ellos tienen que morir. Da igual si es en la camilla de inyección letal o pudriéndose en prisión. Una vez capturados, jamás deben volver a ver la luz del día. De lo contrario, volveré a mis viejas costumbres y, a mi manera, me encargaré de arrancar estos abscesos podridos por los que ni el FBI ni el gobierno federal son capaces de responder.
Cuando la conmoción inicial se disipó, una inmensa alegría inundó a Leo. Abrazó con todas sus fuerzas a su amante incomparable, y a su futuro compañero en quien podría confiarle la vida y dejó escapar un suspiro entrecortado:
—Roy…
Permanecieron fundidos en ese abrazo hasta que aquel pobre plato exquisito se volvió frío e incomible.
—De momento, dejemos que yo alimente primero nuestros estómagos, y después discutimos a fondo el procedimiento, ¿de acuerdo? —propuso Sha Qing.
El brazo de Leo resbaló desde su espalda hasta ceñir su cintura; enterró el rostro en el hueco de su cuello y murmuró con voz amortiguada:
—Entre esas dos cosas te olvidaste de la más importante… Lo que necesita ser saciado no es solo el estómago, ¿no lo crees?
Nota: quienes estén interesados en la historia del experto en fugas Tuckman y el agente infiltrado Sean Boswell, pueden leer mi relato corto “Expert in Prison Break”, publicado en la revista Most Reasoning (Zuì Tuīlǐ 2014, nº5).