No disponible.
Editado
Distrito S de Manjing, en una vieja calle al anochecer.
Los peatones que salen del trabajo van y vienen; entre ellos, algunos vendedores ambulantes ocupan parte de la acera. Es la hora más bulliciosa del día.
Yu Xiaowen y Xu Jie están dentro del coche, vigilando. Xu Jie acaba de graduarse de la academia de policía, y Yu es quien se encarga de entrenarlo. Xu lo llama “hermano”, a veces “maestro”.
Xu Jie no aparta los ojos de la entrada de un edificio ruinoso.
—Míralo bien —le recuerda Yu.
Luego baja la mirada hacia el móvil y con el pulgar empieza a subir unos comprobantes médicos al sistema de seguros.
Xu echa un vistazo curioso.
—¿Un seguro? ¿Qué pasa, maestro?
—Shiguang Seguros, siempre a su lado —responde Yu con desgano—. Mira tu objetivo, no el mío.
Xu vuelve la vista a la entrada del edificio.
—Hermano Wen, ¿de verdad crees que va a venir? Llevamos días sin rastro. A lo mejor ya se fue de la ciudad. ¿Y si por esperarlo perdemos el tiempo de emitir la orden de captura?
Yu responde con voz tranquila, casi perezosa:
—Pues si se pierde, se perdió. Aunque me cuelguen, no tengo una máquina del tiempo para que te arrepientas más temprano.
Vuelven al silencio. Xu continúa mirando fijamente la puerta; Yu, en cambio, juega con un rompecabezas en el móvil. El resplandor dorado del cielo empieza a apagarse poco a poco: el crepúsculo se aproxima.
—Hermano, no aguanto más, voy al baño.
—Ve.
—Vuelvo enseguida.
Xu se estira, abre la puerta, golpea sin querer el coche y echa a correr hacia un callejón donde cuelga un cartel de “WC”.
Yu guarda el teléfono y observa el edificio, cuya silueta ya se confunde entre sombras.
Saca una cajetilla: solo quedan dos cigarrillos. Con un suspiro la guarda de nuevo, y rebusca entre la pequeña montaña de colillas a su lado hasta encontrar una que todavía conserva algo de tabaco. La prende, abre un poco la ventana, y el humo azul escapa con el aire de la tarde.
Mira al edificio, ensimismado. Y murmura con sorna:
—Tu viejo está casi muerto y aun así tiene que atraparte, ¿eh? ¿Por qué no apareces ya, maldito?
Como si lo invocara, una figura alta y corpulenta surge a poca distancia, al final del callejón. Lleva gorra, pero Yu lo reconoce de inmediato por la complexión. Siente un nudo en la garganta: endereza el cuerpo, cierra la ventana y apaga el cigarro.
El hombre merodea por los puestos cercanos y, al cabo de unos segundos, entra al edificio.
Yu intenta llamar a Xu, pero el sonido del teléfono resuena… en el asiento del copiloto.
“…”
Piensa unos segundos, le deja un mensaje de voz y luego sale del coche con paso rápido hacia la entrada.
El primer piso del edificio está lleno de pequeños comercios. Los pisos superiores los ocupan vecinos que alquilan habitaciones baratas o abren salones de juego: el tipo de sitio donde nadie pregunta nada.
Yu ve al sospechoso subir por las escaleras. Espera un instante y lo sigue.
Si su deducción es correcta, ese hombre irá al tercer piso: una pensión por horas.
Sube medio tramo y, por el hueco de la escalera, alcanza a ver sus pies desaparecer en el tercer piso.
Llega arriba. La luz amarillenta y el ambiente turbio lo reciben. En el mostrador hay una mujer de maquillaje espeso.
—¿Tiene reserva? —pregunta sin apenas levantar la vista.
—Ajá —responde Yu por la nariz. Toma una toalla y artículos de aseo del carrito junto a ella, y se interna por el pasillo.
Al doblar la esquina, observa las puertas. Toca la primera.
—¿Quién es? —responde un joven desde dentro.
—Me equivoqué —contesta Yu, y sigue con la segunda. Golpea varias veces; silencio.
Frente a la tercera puerta nota que la cuarta tiene colgado el cartel de No molestar. Se inclina y golpea esa. Dos golpes más.
—¿Quién? —suena una voz grave desde dentro.
Yu aprieta la toalla y el cepillo entre los dedos.
—Señor, ¿acaba de registrarse? Esta habitación ya está limpia, pero los artículos desechables no se han cambiado. La jefa me pidió que los trajera.
Silencio. Luego, la voz responde:
—No hace falta.
Yu se acerca un poco más a la puerta y baja la voz:
—Hermano, si luego se queja de que las cosas no estaban limpias y coge una infección, ¿a quién cree que van a culpar? Déjeme cambiarlas, no me toma ni un minuto.
Silencio otra vez.
El presentimiento le eriza la nuca. Retrocede un paso y patea la puerta con fuerza.
Tal como sospechaba: la habitación está vacía. La ventana, abierta. Las cortinas, ondeando.
Se asoma: el tipo corre por los tejados con una maleta en la mano.
Yu salta tras él. El fugitivo es ágil; Yu, ya no tanto como antes. Desde que enfermó, su cuerpo no responde igual. Corre con dificultad, cada paso le roba el aire; el sudor frío le empapa la espalda. Persigue, tropieza y jadea, hasta que el otro se mete en un callejón sin salida.
El hombre salta para escalar el muro; eso le da a Yu unos segundos para alcanzarlo.
—¡Quieto! —grita, apuntándole con el arma—. ¡Baja! ¡O disparo!
El sujeto se detiene, mira a Yu y luego al arma. Duda unos segundos, y desciende con una sonrisa torcida.
Es corpulento, de cejas gruesas y labios finos; la mirada fría y turbia. Esa sonrisa, junto a los ojos entreabiertos, le causa náuseas.
El asesino serial del caso 216 de Manjing. Violaciones y homicidios en cadena.
Yu siente alivio más que asco. Por fin lo tiene. Si este caso no se resolvía pronto, temía morir antes de que los jefes dejaran de presionarlo. Exhala un suspiro débil.
—Manos arriba.
El hombre deja caer la maleta y obedece. Yu se acerca, el arma en una mano y las esposas en la otra.
—Ven. Junto al tubo.
El sujeto camina despacio, sonriendo.
—¿De qué te ríes? —gruñe Yu.
—Es la primera vez que veo a un oficial Omega —responde el asesino con una risa lasciva, observando su rostro pálido. Se pasa la lengua por los labios—. Solo corrió un poco y ya está sin aliento. ¿Cómo puede un ser tan delicado hacer este trabajo tan rudo?
—Je. No te preocupes. Para hacerte pedazos me sobra fuerza.
Yu le toma la muñeca, dispuesto a esposarlo al tubo. Pero el hombre le invierte el agarre con un tirón. Yu se sobresalta: en condiciones normales no habría cedido, pero su cuerpo agotado apenas le responde. Es como masa aguada en manos del otro.
De pronto lo empuja contra la pared. El arma cae al suelo. Siente el peso del asesino encima y algo duro presionándole la espalda baja.
El tipo se ríe junto a su oído:
—Dime, oficial… Si te marco ahora, ¿de qué lado estarás después? ¿De la ley o del instinto?
Yu apenas puede respirar; el dolor en el pecho se recrudece, la vista le oscurece. Lucha, pero el aire ya huele saturado de feromonas. Siente los dientes arrancarle el parche inhibidor del cuello y hundirse en su glándula. El veneno le recorre el cuerpo: los músculos se aflojan, la respiración se quiebra.
Cuando las manos del hombre se deslizan hacia adelante para desabrocharle el cinturón, Y reacciona. Aprovecha el movimiento y lanza las esposas: una vuelta en la muñeca ajena, la otra al tubo. Luego se deja caer al suelo, rueda a un lado, toma el arma y apunta.
—¡De rodillas!
El asesino, confundido, apenas alcanza a entender lo que pasa antes de que Yu le dé una patada detrás de las rodillas. Cae. Yu le agarra del pelo y le obliga a levantar la cabeza.
Le encaja el cañón en la boca y, con una rodillazo brutal en la mandíbula, le arranca un alarido que mezcla sangre y dientes. El hombre gime, escupe rojo y blanco. Yu lo mira con desprecio y le suelta una bofetada.
—¿Orgulloso de tus colmillos, eh?
Limpia el arma con la ropa del propio asesino, vuelve a ponerse el parche en el cuello y guarda la pistola.
Los gritos atraen por fin a los refuerzos. Xu Jie aparece con dos agentes al final del callejón.
—¡Hermano Wen!
—¡No se muevan!
Corren hacia él. Al ver al asesino reducido, se relajan. Pero el aire está cargado de un olor denso: feromonas. Xu y el otro Alfa se inquietan.
—Maestro, ¿está bien?
Yu, pese a su glándula defectuosa, aún es sensible a la influencia de un Alfa, sobre todo después de haber recibido una inyección directa de feromonas. Saca una jeringa, se aplica un inhibidor más potente y guarda el frasco.
Xu lo observa, preocupado:
—Hermano, ¿estás bien?
—Nada grave. Me mordió.
El asesino se ríe entre toses, con la voz rota:
—Jajajaja… ¡Su delicado oficial Omega ya es mío! ¡Mío!
Uno de los agentes le da una patada. Escupe sangre. Al mismo tiempo, Xu se golpea el pecho, desesperado.
—¡Todo por mi culpa! ¡Por ir al baño sin el móvil… ni papel!
—…Te juro que… —Yu resopla—. La próxima vez, mejor no vengas.
Mira la maleta tirada en el suelo.
—Esa caja, entréguenla a narcóticos.
—¿Por qué a ellos, capitán Yu? Este caso es nuestro, de homicidios…
—Nosotros resolvemos asesinatos. Déjales las drogas a ellos. Saber moverse en los canales correctos facilita la vida. No lo olvides.
—¿“No lo olvides”? ¿Después? —murmura Xu. Su maestro últimamente habla mucho de “después”. Le parece raro.
El asesino es llevado en otra patrulla. Yu, Xu y los demás suben a su coche. Xu conduce. Nadie habla.
Yu se recuesta en el asiento del copiloto, con el ceño fruncido. No se siente bien. Quizá por tanta medicación y quimioterapia, los inhibidores ya no le hacen efecto: como si el cuerpo se hubiera vuelto inmune.
Han pasado veinte minutos y el calor sigue subiendo. Vacío, febril. El preludio inequívoco del celo.
Se mueve incómodo, intentando controlar la respiración. Pero un suspiro se le escapa, con un tono imposible de disimular.
Xu y los dos compañeros se quedan callados. Silencio absoluto.
Los dos Alfas se tensan. Incluso el Beta parece nervioso.
Nadie había visto jamás algo así: el inspector Yu Xiaowen, siempre controlado, siempre con su parche y su jeringa a mano… y ahora, cayendo en un episodio.
—¿Qué pasa con esas caras? —gruñe Yu—. No voy a montarme encima de ninguno, tranquilos.
Abre la puerta.
—Regresen al cuartel. Yo… vuelvo luego.
Sale tambaleante, caminando hacia el baño donde antes fue Xu. Se escuchan pasos detrás de él, es Xu que lo alcanza y lo agarra del brazo.
—Maestro, no puede ir solo…
El contacto de un Alfa empeora las cosas. Yu siente que las fuerzas lo abandonan.
—¡No me toques! —le grita con la voz ronca, apartándolo.
Xu se queda paralizado, las orejas encendidas, pero Yu sigue caminando.
—Déjame. Puedo… solucionarlo yo solo.
Y se aleja, tambaleante, hacia la oscuridad del pasillo.