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Aquel chantajista, de salud más bien precaria, se internó en un complejo habitacional de la calle Lianwu. Lu Kongyun lo siguió en silencio. El hombre entró por un portal, subió hasta el cuarto piso y abrió una puerta de hierro de las que se veían en los años noventa. Luego empujó la puerta interior.
Se volvió hacia Lu Kongyun, extendiendo una mano en un gesto invitante.
—Entra. Esta es mi casa.
Lu Kongyun echó un vistazo al interior. Era un lugar estrecho y pobremente amueblado, con una decoración que no había cambiado, probablemente, desde la época del abuelo del propietario. Una mesa y unas sillas de madera desconchada, un sofá barato con la piel pelada, una luz mortecina y casi ningún adorno.
—¿Vives solo? —preguntó.
—¿Y si no? —El chantajista pareció sorprendido por la pregunta. Tras pensarlo un momento, dio un paso hacia él—. Tu pregunta suena un poco ambigua. ¿No lo crees?
Lu Kongyun no respondió. Lo rodeó y entró al apartamento.
El hombre cerró la puerta tras ellos, fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y lo bebió de un trago.
—¿Quieres agua? —preguntó después.
Lu Kongyun no pensaba beber nada en aquella casa. Se acercó al sofá, lo sacudió un poco y se sentó.
—¿Quién eres? ¿Cómo obtuviste ese material? ¿Tienes el original? ¿Hay otras copias en manos de alguien más? ¿Por qué no fuiste directamente a chantajear a mi padre y viniste a mí? ¿Qué es lo que quieres?
La avalancha de preguntas dejó al chantajista algo aturdido. Lo miró y luego sonrió.
—Puedo notar lo mucho que deseas marcharte cuanto antes. Pero no te apures, todavía es temprano. —Dicho esto, encendió el televisor, sacó un disco de un cajón, lo colocó en el reproductor y lo puso a andar.
Aún había gente que usaba reproductores de discos, después, corrió las cortinas.
—¿Qué haces? —preguntó Lu Kongyun.
—Ver una película —respondió con total naturalidad el chantajista, sentándose a su lado—. La vemos juntos y luego hablamos de negocios.
La película comenzó.
La cámara mostraba un sofá sencillo, tan modesto como el que ocupaban ellos. Típico mobiliario de un apartamento de alquiler. La iluminación era mala.
Un Omega se acercaba y se sentaba en el centro de la escena. No le resultaba familiar a Lu Kongyun. El hombre hablaba al objetivo, con gestos serviles, el aire débil. Hablaba en un idioma extranjero, sin subtítulos; parecía un documental. Un momento después, un Alfa se sentó junto a él y empezaron a conversar.
—No entiendo ese idioma —dijo Lu Kongyun—. No puedo seguirlo.
—Shh. Mira. Esta es una película que todo el mundo puede entender —respondió el otro, apoyando el brazo en el respaldo del sofá, casi como si lo rodeara con él.
Lu Kongyun echó una mirada a aquel brazo, sin comentar nada, y volvió la vista al televisor, observando lo que el hombre aseguraba que “todo el mundo podía entender”.
Al cabo de un rato, el Alfa en pantalla colocó la mano sobre el muslo del Omega. Su mano fue ascendiendo lentamente; sus labios rozaron la oreja del otro. Dos desconocidos que hacía un momento parecían educados comenzaron de pronto a congeniar demasiado bien.
Lu Kongyun enmudeció.
Giró la cabeza, miró al depravado que tenía al lado y dijo con frialdad:
—No tengo tiempo para tus juegos. Dame la contraseña para cancelar la subida del vídeo o te arrepentirás.
—Tranquilo —respondió el otro, encogiéndose un poco, disfrutando al parecer de que Lu Kongyun lo mirara desde arriba. Sus ojos, alzados, recordaban a los de un gato astuto—. Si ni siquiera puedes acompañarme a ver una película, ¿de verdad crees que voy a darte algo tan importante?
Lu Kongyun lo observó con expresión imperturbable. Al cabo de unos segundos, soltó una breve y helada carcajada.
—¿Eso te excita?
La mirada del “gato” vaciló por un instante. Su máscara de suficiencia se quebró apenas medio segundo antes de recomponerse. Entonces se llevó una mano a la nuca, presionando un parche inhibidor que ya se despegaba por una esquina.
—Tu feromona huele como una fruta podrida —comentó Lu Kongyun.
El hombre tembló apenas, se levantó y se encaminó hacia el dormitorio. Se oyó el sonido de un cajón al abrirse.
Poco después regresó con una nueva tirita en la mano. Se sirvió otro vaso de agua, bebió, y mientras se inclinaba, Lu Kongyun alcanzó a ver que llevaba un nuevo parche en la nuca, de color rojo oscuro: el tipo con la máxima potencia de supresión.
Como experto en la materia, Lu Kongyun no pudo evitar advertirle:
—Esos parches son dañinos. Cuanto más fuerte es su efecto, mayor es el daño. Deberías tener cuidado. Aunque soy un Alfa, tu feromona no me afecta. No necesitas usarlo conmigo. Además, el olor no me importa. Puedes quitártelo y hablemos del asunto.
—¿Y a ti qué te importa si me afecta o no? —replicó el hombre, bebiendo otro trago antes de señalar el televisor, donde los dos actores “intercambian experiencias” cada vez más de cerca—. Me lo pongo porque la actuación de ese tipo me ha puesto nervioso, ¿vale? ¿No puedo usarlo por mí mismo sin que todo tenga que ver contigo?
Su tono estalló en una blasfemia, lo que hizo que Lu Kongyun se quedara perplejo.
—Los collares y pulseras inhibidoras baratas no sirven —prosiguió el hombre, como si quisiera justificarse—. Se sienten demasiado y fallan todo el tiempo. Si se estropean en un momento crítico, es un problema. Las buenas, las discretas, cuestan decenas de miles. En cambio, un paquete de parches cuesta casi nada. ¿Crees que un Omega no sabe qué le conviene más?
Lu Kongyun lo pensó un instante y le dijo:
—Puedo regalarte una pulsera discreta y eficaz.
El hombre lo miró, dejó el vaso en la mesa y se acercó hasta él. Su silueta bloqueó la imagen del televisor, dejando sombras inquietantes en su rostro.
Lu Kongyun alzó la vista.
—¿Crees que hago esto por unas cuantas monedas? ¿O que ese vídeo vale tan poco como una pulsera?
Como si acabara de oír el chiste más absurdo del mundo, el hombre soltó una carcajada. Se reía de la ingenuidad de Lu Kongyun.
Luego, apoyó la rodilla entre las piernas juntas de Lu Kongyun, avanzando lentamente. Este separó las rodillas de inmediato, evitando el contacto. Pero el chantajista siguió acercándose, invadiendo su espacio hasta rozarle la entrepierna, obligándolo a enderezarse y echarse hacia atrás, con la espalda bien pegada al respaldo.
—Quiero que obedezcas.
El hombre bajó el cuerpo, arrodillándose entre las piernas que Lu Kongyun había separado. Apoyó ambas manos a ambos lados de su cabeza, sobre el sofá.
—Haz lo que te digo y te daré lo que quieres.
El parche inhibidor bloqueaba por completo el aroma de sus feromonas, de modo que Lu Kongyun solo percibió su olor natural: champú y jabón… Había salido de la ducha hacía poco.
De cerca, Lu Kongyun comprobó que la humedad en la piel del cuello y los labios del hombre, visible entre el cuello de su camisa, confirmaba que acababa de ducharse. Sin embargo, se había secado bien el cabello, ocultando cualquier rastro de ello.
Lu Kongyun lo miró directamente a los ojos.
—Será mejor que digas con claridad lo que quieres. Si sigues dando rodeos, perderé la paciencia.
El chantajista volvió a sentarse en el sofá.
Sacó el teléfono, abrió una aplicación, miró la pantalla unos segundos y luego se la mostró.
Era una cuenta regresiva. Recordando lo que el hombre le había dicho antes, Lu Kongyun comprendió que se trataba del temporizador del “envío automático del vídeo a toda la red mundial cada ocho horas”. En la pantalla se leía que quedaban tres minutos y doce segundos.
—Casi es la hora —dijo el chantajista.
Entonces Lu Kongyun entendió la razón de tanto rodeo. El hombre estaba esperando que el reloj llegara a su límite para aprovechar la tensión del momento y obtener ventaja en la negociación. Ahora que le mostraba el tiempo restante, era claro que estaba a punto de dar su condición.
Lu Kongyun aguardó en silencio.
Pasó un minuto. El contador seguía bajando.
—¿Y bien? —preguntó al fin.
El chantajista calló un instante más antes de decir:
—Bésame.
Lu Kongyun lo miró en silencio. Se volvió hacia el televisor: la película alcanzaba su punto más intenso.
—Si realmente publicas ese vídeo —dijo con calma—, mi padre se asegurará de que no llegues a ver el amanecer. Romperías la red y moriría el pez, ¿para qué tanto?
—Qué coincidencia —respondió el otro, sin apartar la vista de la pantalla—. A mí no me importa ver el amanecer.
y añadió, mirando su móvil:
—Quedan treinta segundos.
Lu Kongyun frunció el ceño. No tenía tiempo que perder; debía actuar. Se inclinó con resignación, buscando con sus labios los del hombre, húmedos entre el blanco pálido de su rostro, pero el chantajista giró la cara.
—…En la mejilla —aclaró.
Lu Kongyun rozó su mejilla con un beso fugaz y se apartó enseguida.
En la televisión, el Omega de la película alcanzaba su clímax y lanzaba un grito de placer.
El chantajista no comentó su gesto de desgana. Solo tomó el teléfono, escribió algo de espaldas a él y le mostró la pantalla. El contador había vuelto a ocho horas.
Dejó el teléfono sobre la mesa, cogió un arrugado paquete de cigarrillos y sacó uno. Se le cayó al suelo; lo recogió sin inmutarse. Luego intentó encenderlo: cinco chasquidos antes de que la llama prendiera. Dio una calada profunda y el cigarrillo se consumió por la mitad.
Lu Kongyun lo observó y pensó que su salud debía de estar resentida, probablemente por ese modo salvaje de fumar.
—Responderé una de tus preguntas. Considéralo tu premio —dijo el chantajista, sosteniendo la media colilla entre los dedos y mirándolo de lado—. No hay copias del vídeo. Los idiotas que grabaron la escena no sabían quién era tu padre ni comprendieron el valor del material.
El rostro de Lu Kongyun se ensombreció y el chantajista sonrió.
—Y antes de que nadie más pudiera verlo, ya había destruido el original por completo. Así que sí, solo yo tengo ese vídeo. Pero aunque logres descifrar mi contraseña, no podrás acceder a todas mis copias. Eso es todo por hoy. La próxima vez, depende de tu comportamiento.
La próxima vez.
Exhaló una bocanada de humo burlona.
—Doctor Lu, obedecer es tu única opción.
Lu Kongyun abandonó la calle Lianwu. Lo primero que hizo fue ordenar una investigación sobre aquel hombre. En poco tiempo, con solo su dirección, obtuvo los datos básicos: se llamaba Yu Xiaowen y era agente de policía.
Con razón había podido obtener el vídeo y destruir el original. Todo cuadraba.
Por un lado, aquel sujeto había infringido la ley al extorsionarlo. Pero por otro, había evitado que un vídeo comprometedor de un alto cargo del ejército se filtrara al público.
Aun así, ¿por qué lo había elegido a él?
“Que le gustaba”, había dicho. Imposible. Lu Kongyun había recibido incontables confesiones en su vida, pero ninguna como aquella.
Decirle “obedecer es tu única opción” mientras le echaba el humo del cigarro en la cara…
Y, claro, él también había sido descortés, diciéndole que sus feromonas olían a fruta podrida.
En general, como Alfa de nivel máximo, solía cuidar su tono al tratar con otros géneros y jerarquías. Pero con ese chantajista… lo sentía, no podía.
Pensó que el hombre no buscaba ningún beneficio real; ni siquiera se dignaba a aprovechar la oportunidad de pedir una fortuna. Parecía más interesado en hacerlo sufrir.
Me conoce, pensó. Era muy probable que hubiera tenido algún conflicto con él en el pasado, y que todo esto fuera una venganza personal.
Pero ¿quién era? No lograba recordarlo.
Esa noche, ya acostado, recibió un mensaje del agente Yu Xiaowen, aquel policía que infringía la ley para chantajearlo.
[Tú reclamación ha recibido una respuesta efectiva. A continuación, se te asigna una orden directa].
[A partir de ahora, cada noche antes de dormir deberás decirme: “Buenas noches, dulzura”. Confirma la orden respondiendo: “Recibido, dulzura”].
Lu Kongyun cerró los ojos dos segundos, resistiendo las ganas de lanzar el teléfono contra la pared. Al final escribió:
[¿Qué demonios tienes contra mí?].
Yu Xiaowen respondió con una captura de pantalla: la cuenta regresiva marcaba 31 segundos.
Lu Kongyun suspiro y escribió:
[ Buenas noches, cariño. ]