No disponible.
Editado
El dolor que trae la enfermedad llega por oleadas, así que el ánimo también sube y baja con ellas. Pero desde que Yu Xiaowen se convirtió en un chantajista, su humor parecía inquebrantablemente bueno, sin importar el malestar físico.
Al parecer, bajar la línea moral realmente despeja el espíritu.
Ese día, por una vez, podía quedarse en la oficina disfrutando del aire acondicionado, sin tener que salir a cumplir misiones. Con una manzana en la mano, se dedicaba a acosar a su víctima.
[ ¿Qué haces? ], tecleó.
Pasaron más de diez minutos antes de recibir una respuesta:
[ Trabajando. ]
[ ¿Muy ocupado? ]
La víctima respondió con frialdad:
[ Ajá. ]
[ Tú te dedicas a la investigación médica, ¿no? Entonces, ¿haces operaciones? ¿O pasas el día haciendo experimentos y mirando vasos de precipitados? ]
[ A veces. ]
Respondió el otro con la misma desgana y Yu Xiaowen insistió:
[ ¿A veces qué? ¿A veces haces operaciones, o a veces miras vasos? ¿O a veces te dedicas a la investigación médica? No me digas que tu ocupación principal es experimentar con la posibilidad de la regresión del sistema lingüístico humano. ]
Su insistencia obligó a la víctima a extender un poco sus respuestas:
[ La investigación incluye de todo: operaciones, experimentos, análisis de datos. Depende de lo que necesite el equipo. ]
Yu Xiaowen no entendía una palabra, pero su intención no era esa. Solo quería molestarlo.
[ Te echo de menos. ]
[ Pienso en ti todos los días, no puedo concentrarme en el trabajo. ]
【Cerdito】
La víctima, al borde de la paciencia, dejó de responderle.
Sin embargo, esa misma noche, obedeciendo las “órdenes” que solía recibir, le mandó un mensaje pasadas las once:
[ Buenas noches, cariño. ]
Unos días después, en una tarde lluviosa, el aire se había enfriado un poco.
Lu Kongyun, sin embargo, ni siquiera sabía que había llovido. Llevaba horas procesando informes y no había mirado ni por la ventana ni el teléfono.
Cuando el cielo se oscureció tanto que sintió la necesidad de encender la luz, tomó el móvil casi por costumbre y vio el nuevo “mandato” de su chantajista:
[ A las seis y media en el restaurante Liyu, mariscos, zona S. ]
Como no había respondido en un rato, el otro le envió una foto de la fachada del local, junto con la ubicación.
Lu Kongyun miró el reloj de pared: casi las seis. Para llegar a la zona S debía cruzar dos distritos. Echó un vistazo al informe que aún tenía a medio procesar y respondió:
[ Acabo de verlo. No me da tiempo a llegar. ¿Podemos hacerlo más tarde? ]
La respuesta llegó enseguida:
[ Desde tu oficina hasta el restaurante Liyu, en coche son treinta minutos. ]
[ Te doy unos minutos más para aparcar. ]
【Imagen】Cuenta regresiva: cuarenta minutos.
Lu Kongyun frunció el ceño.
[ Tú cuenta regresiva está mal. El próximo límite debería ser alrededor de las diez y media. ]
[ Idiota. Si yo la puse, puedo cambiarla cuando quiera. ]
… ¡Maldita sea!
No lo dijo en voz alta, pero la maldición resonó con claridad en su cabeza. El roce hace el cariño, pensó con ironía.
Con el rostro sombrío, golpeó suavemente el escritorio con los dedos y escribió:
[ Hay atasco. No puedo ir. ]
[ Ja. Entonces prepárate para ver los titulares de mañana. ]
La irritación le recorrió el cuerpo, pero no contestó. Aun así, guardó el informe, cerró el sistema y apagó la computadora. Se levantó, apagó la luz, salió, cerró con llave. Bajó por el ascensor.
Subió al coche. Puso el GPS y pisó el acelerador.
No le quedaba más remedio que obedecer las absurdas amenazas de aquel chantajista.
Para empezar, no era alguien cuerdo; no podía predecirse su comportamiento desde la lógica. Pero, sobre todo, Lu Kongyun tenía la firme sensación de que esa persona realmente no temía morir. Era un presentimiento tan claro, tan visceral, que le impedía arriesgarse a ponerlo a prueba.
El restaurante Liyu quedaba en el viejo distrito central de Manjing, donde el trazado urbano era un completo caos. La gente aparcaba donde se le antojaba. Cerca del local no quedaba ni un hueco libre, así que tuvo que conducir un buen tramo más hasta encontrar uno. Luego regresó a toda prisa y, al llegar al bullicioso restaurante, se detuvo en la entrada, escudriñando entre la multitud en busca de su chantajista.
Cada mesa estaba llena de gente; todos hablaban alto, reían, brindaban. El bullicio general desprendía una alegría cálida y caótica. Por eso, en una mesita del rincón, el rostro pálido y solitario del chantajista destaca de inmediato.
Lu Kongyun avanzó un par de pasos en su dirección, justo cuando el otro levantó la cabeza. Al verlo, una chispa de sorpresa le cruzó la mirada, y por un instante su semblante perdió ese tono enfermizo.
Pero enseguida recuperó la compostura: entornó los ojos y, con una sonrisa socarrona, le hizo un gesto con el dedo para que se acercara.
Cuando Lu Kongyun tomó asiento, el chantajista lo observó con atención. Sus mejillas, algo enrojecidas por la prisa, delataban que había corrido.
—Corres demasiado —comentó el chantajista, al tiempo que le tendía una servilleta con una sonrisa.
—Por la cuenta regresiva —replicó él, con frialdad.
El otro bajó la mano, dejó la servilleta y sacó el móvil. Tras manipularlo un momento, se lo mostró:
—Tranquilo, mientras seas obediente, no te pondré las cosas difíciles.
—Aquí hay demasiado ruido —dijo Lu Kongyun—. Y huele a gases de escape.
—No seas tan quisquilloso, joven señor —replicó el chantajista, con tono burlón—. Come lo mismo que yo.
Tomó el menú de plástico y llamó con un gesto al camarero. Pidió algunos mariscos y parrilladas comunes; luego, del bolsillo del pantalón, sacó una botellita de vino tinto.
… Comer parrilladas y mariscos de agua dulce, acompañados con vino tinto.
El chantajista destapó la botella.
—Bebe un poco —dijo.
Lu Kongyun negó sin dudar:
—No bebo.
—Mañana es fin de semana, no pasa nada si tomas una copa.
—Detesto el olor del alcohol. Trabaje o no, no bebo —respondió él, y añadió con énfasis—: Nunca bebo.
El chantajista lo miró, apoyando la mejilla en una mano.
—¿Nunca bebes? —repitió, y su mirada se tornó ambigua, con un brillo juguetón—. Entonces con más razón quiero ser el primero.
Con una mano sostuvo la cara, con la otra vierte media copa y la acercó a los labios.
Lu Kongyun bajó la mirada hacia el líquido rojizo y después alzó los ojos hacia él.
—Bebe —ordenó el chantajista, con esa voz perezosa, arrastrada, pero acompañada de una mirada de triunfo, convencido de que él no podría negarse.
Hacía mucho que no experimentaba algo así. Tal vez por su posición familiar, por su estatus, o simplemente porque el trabajo lo había vuelto insensible; el caso era que hacía mucho que no sentía esa presión interna que exigía dominio.
—¿Por qué me elegiste a mí? —preguntó de nuevo.
El chantajista sonrió, se inclinó un poco hacia él y bajó la voz:
—Bebe, y te lo diré.
Lu Kongyun alzó la mano para tomar la copa, pero el otro la sostuvo con fuerza.
—Así, sin manos —dijo, con una sonrisa provocadora.
—…
Lo observó un instante, luego bufó por lo bajo. Finalmente, se inclinó hacia adelante y obedeció, acercando los labios al borde del vaso.
El chantajista se detuvo un momento, echó un vistazo alrededor y encogió ligeramente el cuerpo. Luego inclinó el vaso, dejando que el vino oscuro se deslizara hasta el borde, donde rozó los labios de Lu Kongyun.
A él le desagrada el sabor del alcohol, pero, al fin y al cabo, no era más que vino. Abrió un poco más la boca; el amargor denso y ardiente se deslizó por su lengua, invadiéndole la boca con una sensación punzante. De manera instintiva, tragó.
El chantajista detuvo el movimiento, y durante un instante no hubo más de aquella amarga corriente.
Lu Kongyun quiso terminar el vino cuanto antes, así que alzó un poco la barbilla y bebió directamente del borde de la copa. Pero el otro pareció no entender la intención: no se movió. Entonces él levantó la vista.
Sus miradas se cruzaron.
El vaso tembló ligeramente, y el chantajista retiró la copa. En su lugar, tomó un cangrejo del plato y, con un gesto brusco, arrancó de cuajo cuatro de sus patas.
—Bebe despacio tú solo —dijo mientras partía las otras cuatro—. Pero te lo terminas, no me dejes nada.
—Me lo termino —repitió Lu Kongyun, tomando una servilleta para limpiarse los labios.
Sabía que el propósito de aquel hombre no era hacerlo beber por simple gusto. No. Su objetivo era incomodarlo, hacerlo pasar un mal rato. La vez anterior lo había obligado a ver aquel video, luego a besarlo. ¿Y ahora? ¿Qué pretendía? ¿Verlo emborracharse y hacer el ridículo en público?
—Ya he bebido. Ahora deberías responder a mi pregunta.
—¿Qué pregunta…? Ah, sí —el chantajista se metió una pata de cangrejo en la boca; la grasa le humedeció los labios, dándole algo de color a su rostro normalmente pálido—. ¿Por qué tú y no tu padre?
—Sí.
—Porque me gustas —respondió el otro con voz ligera, como si comentará el tiempo.
—…Basta —Lu Kongyun exhaló con fastidio—. Quiero una respuesta real. ¿Qué clase de resentimiento tienes conmigo?
—¿Resentimiento? —el chantajista rompía el caparazón con los dientes, haciendo crujir el silencio entre ambos—. Desde que te conocí, cada día es San Valentín.
—San Valentín… —repitió Lu Kongyun, recordando lo que había leído en el informe—. San Valentín es tu cumpleaños. —Lo miró con atención—. ¿Tiene que ver con eso? ¿Con tu historia? ¿Con lo que te ocurrió?
El chantajista se quedó un instante inmóvil, luego soltó una carcajada absurda, casi infantil. Lu Kongyun lo miró serio, como se observa a un loco.
Cuando por fin dejó de reír, el otro tenía los ojos y la punta de la nariz enrojecidos.
—Así que, ¿me investigaste tan a fondo? Muy bien. Me alegra que recuerdes mi cumpleaños. —Sonrió, pero su voz tenía un temblor extraño—. De verdad me alegra.
Una hora después, Lu Kongyun yacía con la cabeza apoyada en la mesa. Sintió que alguien le tiraba de la camisa.
—Eh, ¿estás bien? Apenas fue una botellita. Ni para marinar un camarón. ¡Eres peor que un camarón borracho! —rezongó el chantajista, y volvió a sacudirlo—. ¡Oye! ¡Levántate! ¡Está lloviendo otra vez!
—Carajo… —murmuró el otro, volviendo a soltar un taco.
Lu Kongyun sintió las gotas frías resbalarle por la mejilla y abrió los ojos. Se incorporó apoyándose en la mesa, pero notó que frente a él ya no estaba el chantajista.
Intentó comprender la situación. Claro… el tipo se había marchado antes, dejando que el “borracho” pagara la cuenta, solo para humillarlo.
Sacó el móvil, tambaleándose, y escaneó el código del pago.
El dueño y los camareros corrían a colocar toldos de plástico sobre las mesas grandes. Las pequeñas, junto a la acera, aún estaban descubiertas. Entonces Lu Kongyun lo vio: el chantajista regresaba corriendo bajo la lluvia, con un paraguas transparente de esos baratos que se venden en las esquinas. En un momento ya estaba frente a él, y el golpeteo rítmico de la lluvia sobre el plástico reemplazó el sonido de las gotas en su rostro.
—¿Dónde está tu coche? —preguntó el chantajista, jadeando.
Lu Kongyun señaló hacia adelante, a lo largo de la calle iluminada por los letreros de los puestos.
El otro miró la mesa, escaneó el código también, apretó los labios sin decir palabra y le tomó del brazo.
—Vamos.
Lu Kongyun detestaba que lo sujetaran. Mientras pudiera mantenerse en pie, no necesitaba que nadie lo sostuviera. Caminó con esfuerzo, pero de vez en cuando su cuerpo se ladeaba, y el chantajista lo ayudaba a enderezarse.
—Puedo caminar solo —dijo, empujando su mano.
El otro asintió y lo dejó ir por su cuenta.
Lu Kongyun fijó la vista en el camino húmedo que brillaba con los reflejos de los neones, avanzando con pasos torpes hacia su coche. La lluvia arreció. Escuchaba el repiqueteo sobre el paraguas y el sonido acompasado de los pasos del chantajista junto a él.
Por fin llegaron. Abrió el coche y se dejó caer en el asiento trasero. Sacó el teléfono para pedir un conductor sustituto, pero antes de hacerlo oyó cómo se abría la puerta delantera. El chantajista se sentó al volante.
—¿Dónde vives? Te llevo.
Lu Kongyun guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Chengyuan. Garaje A208.
El efecto del alcohol lo venció y se quedó dormido. No supo cuánto tiempo pasó. Lo despertó el vaivén de un reductor de velocidad. Abrió los ojos, desorientado, y solo después de mirar a su alrededor reconoció el garaje subterráneo de su edificio.
Soltó el cinturón y quiso bajar, pero la puerta trasera se abrió y el chantajista entró también, sentándose a su lado.
Lu Kongyun se detuvo, mirándolo. Tenía el cabello empapado, pegado a la cara, lo que hacía que su piel pareciera aún más blanca. Sonreía.
—¿Dormiste bien, joven señor? —dijo, en tono burlón.
—Tú… —iba a preguntar si otra vez se había duchado, si es que lo hacía cada vez que lo veía. Pero no lo dijo.
Sentía la lengua pesada y la mente torpe. La frase ni siquiera tenía sentido lógico; era solo una reacción, una descarga nerviosa. Aquella confusión le resultaba ajena y peligrosa.
Se irguió un poco, se frotó los ojos con fuerza. Le ardían; tenía los párpados hinchados.
Debí beber demasiado, pensó.
Aflojó el primer botón de la camisa y tiró del cuello hacia abajo.
—He bebido demasiado —murmuró.
El chantajista descansaba el brazo sobre el respaldo, los nudillos rozando sus labios. Seguía mirándolo, sonriendo.
—Ajá.
A Lu Kongyun no le gustaba esa mirada: turbia, pegajosa, como si el otro creyera que, con tener entre las manos una historia sucia, ya lo dominaba por completo.
¿Otra vez quieres que te bese?
Esa frase no la pronunció. No era un pensamiento razonado, solo un eco involuntario. Pero, según la experiencia, probablemente no se equivocaba.