Capítulo 76

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A diferencia de los dos que expresaban con firmeza su voluntad, para Ban incluso decir eso resultaba difícil. Al saberlo, a la mirada con la que observaban a Ban se le añadía un matiz de compasión.

Richt, sin darse cuenta, extendió la mano y sostuvo la mejilla de Ban, que dudaba. Los ojos de Ban, que habían estado hundidos y oscuros todo el tiempo, recibieron la luz y brillaron.

Aquella imagen era tan hermosa que no pudo apartar la mirada.

«¿Podría abandonarlo?» De pronto le surgió esa duda.

¿Podría marcharse de aquí dejando atrás a esta persona que parecía no poder arreglárselas sin él? Richt apretó los labios con fuerza. Su mente se volvió confusa por una emoción imposible de definir.

—Ban.

Al llamar su nombre, la expresión de Ban cambió. Solo había pronunciado su nombre, pero ¿qué había de tan feliz en eso? Al ver el rostro que se iluminaba radiante, la expresión de Richt también se suavizó. Justo cuando iba a abrir la boca para decir lo que quería, desde atrás se oyó un llanto estruendoso.

—Ueeeeh.

Teodoro estaba llorando otra vez. La causa, era evidente, debía de ser Abel. Richt suspiró y se dio la vuelta. Al fulminar con la mirada a Abel, este puso una expresión de agravio.

—Puedo imaginar lo que estás pensando, pero no fui yo.

¿Cómo qué no fue tu culpa?

—De verdad que no.

Abel miró con expresión incrédula a Teodoro, que estaba sentado en el sofá. Richt suspiró. Ese chico había crecido demasiado mimado, así que era seguro que había dicho algo que podía herir a otros; sin duda le había dicho algo a Teodoro.

Richt se acercó a Teodoro, se agachó y se puso a su altura.

—[¿Pero por qué está llorando?]

—[Ni idea. Supongo que de repente se puso triste.]

—[¿Y por qué está triste?]

—[Quién sabe.]

Ignorando a los espíritus que susurraban detrás, se dirigió a Teodoro, que seguía sollozando.

—Por favor, deje de llorar.

—Pero, pero…

Teodoro era un niño maduro, pero a veces mostraba comportamientos propios de su edad. Quizá por eso le tenía aún más cariño. Richt le pasó la mano por el cabello, alisándolo. Era una acción que no debía hacerse con el príncipe heredero, pero sabía que Teodoro no lo reprocharía.

—¿Qué debería hacer para que deje de llorar?

Al preguntarle con dulzura, Teodoro dudó un momento antes de hablar.

—Panqueques.

—¿Eh?

—Quiero comer panqueques.

Había dejado escrita la forma de prepararlos. Al mirarlo con expresión extrañada, Teodoro habló como si se estuviera justificando.

—Son más ricos los que hace Richt que los que hacen los panaderos del palacio imperial.

Eso no podía ser. Ellos eran artesanos expertos, seleccionados para trabajar en el palacio. Aun así, no se sintió mal. Al fin y al cabo, significaba que su pan era así de sabroso.

—Entonces, ¿se los preparo? —Ante la pregunta de Richt, Teodoro asintió con la cabeza—. Tomará un poco de tiempo.

—¿Puedo mirar al lado?

—No hay razón para que no.

Después de calmar así a Teodoro, esta vez se entrometió Abel.

—Los míos también.

—¿Y por qué tendría que hacer también los del duque Graham?

—Qué desconsiderado. Hace un momento incluso me llamaste Abel.

«Ya basta». Richt alzó las cejas.

—No lo recuerdo.

—¿Entonces quieres que te lo haga recordar? —Abel sonrió con picardía y miró al suelo.

Parecía dispuesto a recrear en ese mismo instante lo que había ocurrido antes, así que Richt decidió salir de la habitación cuanto antes.

—Entonces cambiemos de lugar.

Quizá pensó que eso era un permiso tácito, porque Abel lo siguió junto con Teodoro. Ban, en cuanto salió de la habitación, se colocó de manera natural al lado de Richt.

—¿Ya han salido?

Fuera de la puerta estaba Ain, esperando. No se sabía cuándo lo habían llamado, pero Ferdi también estaba allí.

—Saludo al príncipe heredero—. Ferdi hizo una elegante reverencia.

—Cuánto tiempo, sir Ferdi.

—Sí, ha pasado tiempo. Creo que es la primera vez desde que Su Alteza emitió la orden de búsqueda.

Había un reproche oculto en esas palabras. Eran tan frías, que costaba creer que estaban siendo dirigidas a un niño.

—Fue algo que surgió de un malentendido.

—¿Un malentendido? —Ferdi levantó la comisura de los labios.

«¿Ese hombre también podía sonreír así?» A Richt le sorprendió aquella faceta inesperada.

—Ya veo. Los malentendidos son peligrosos. Por eso, para evitar que se produzcan más, lo escoltaré al palacio imperial. Ya he dado aviso. El asistente se sorprendió bastante. Creo que será mejor que regrese pronto.

—Aún no he terminado mis asuntos.

—¿Tenía algún asunto que atender?

—Sí.

—No sé de qué se trata, pero ¿qué le parecería dejarlo para después? El señor aún no se ha recuperado por completo de su salud.

Al oír eso, Teodoro miró a Richt con expresión preocupada.

—¿Te duele mucho?

No, eso era una farsa. Pero no podía decir la verdad. Ferdi era vasallo de Devine. Aunque apreciaba a Teodoro, no podía avergonzar a Ferdi delante de él.

—Ya estoy casi recuperado.

—Entonces descansa más. Los panqueques pueden ser para la próxima. —Teodoro respondió con ánimo.

Aunque esa actitud resultaba entrañable, la expresión de Ferdi seguía siendo rígida.

—Así que eso ha decidido. —La mirada de Ferdi se desplazó de Teodoro a Abel—. Entonces será el duque Graham quien escolte a Su Alteza.

Se notaba su intención de deshacerse de esas personas molestas de una sola vez.

—Yo también tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas?

Ante la pregunta de Ferdi, Abel miró a Richt con una expresión pícara.

¿Puedo decirlo?

Parecía preguntarlo con la mirada. Richt le devolvió una sonrisa amable y dijo en voz baja.

—Dilo, si quieres. Pero entonces no habrá una segunda vez.

Al oír la palabra “siguiente”, Abel cambió de actitud.

—Bien, entonces me encargaré de escoltar a Su Alteza.

Ferdi lo miró con sospecha al ver cómo Abel se retiraba de repente, pero ahí terminó todo.

—Prepararé el carruaje—. Ain cerró la conversación con esas palabras.

Antes de partir, Teodoro se despidió con sentimiento antes de partir.

—Dentro de poco será mi cumpleaños. Por favor, ven a la fiesta de cumpleaños. Por favor, por favor.

—Sí, iré, sin falta.

Solo después de obtener la promesa, Teodoro subió al carruaje.

—Entonces, me voy—. Abel subió al caballo preparado, agitando la mano.

—No es necesario que regrese.

Ferdi añadió esas palabras con frialdad, pero Abel no era del tipo que las escuchara. Ignoró a Ferdi y espoleó su caballo siguiendo el carruaje en marcha. Las puertas de Devine se cerraron, y Ferdi dijo de pasada:

—De ahora en adelante, sería mejor que tuviera cuidado al relacionarse con la gente. El duque Graham es una persona caprichosa; no hay nada bueno en tenerlo cerca. Y lo mismo ocurre con el príncipe heredero.

Antes, Richt no soportaba a Ferdi. Lo consideraba alguien que se entrometía y estorbaba en todo.

«Pero la base de todo eso es el afecto».

Mire a los otros vasallos. Aunque el duque anterior se lo había encargado, no se movieron hasta que Richt estuvo realmente en peligro. En cambio, Ferdi rondaba cerca de Richt incluso después de que el peligro hubiera pasado.

¿No sería que antes se había mantenido a distancia porque sabía que a Richt le resultaba molesto, y por eso se apartó primero?

—Poner una orden de búsqueda y luego decir que fue un error… —Ferdi chasqueó la lengua con desagrado.

Al verlo, a Richt se le ocurrió algo que quería decir.

—Gracias por preocuparte.

Ferdi, que estaba desahogando su descontento, se quedó rígido de repente y luego alzó lentamente la vista para encontrarse con la de Richt. Parpadeó varias veces y, despacio, levantó la comisura de los labios. No era la mueca burlona que mostraba a Teodoro y a Abel. En ese momento, estaba sonriendo de verdad.

Entre los dos se creó un ambiente cálido.

—Como vasallo, es natural preocuparse por el señor de la casa —. Ferdi carraspeó y se cubrió la boca con la mano—. Seguiré esforzándome. Entonces, tengo asuntos que atender, me retiraré primero.

Y con pasos ligeros, desapareció.

—Yo también tengo asuntos, me retiraré.

Cuando incluso Ain, que observaba con una mirada satisfecha, se fue, el único que quedó fue Ban.

—¿Entramos nosotros también?

Al preguntar Richt, Ban asintió con la cabeza.

 

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

El carruaje que llevaba a Teodoro corrió velozmente y llegó al palacio imperial.

—¡Su Alteza, príncipe heredero!

El asistente Altain corrió hacia ellos con el rostro tenso.

—¿Sabe cuánto, cuánto me he preocupado? Busqué y busqué y no aparecía por ninguna parte; se me consumía el corazón.

Como no era algo que pudiera hacerse público, debió de ser aún más difícil buscarlo en secreto.

—No sabía qué hacer de la angustia, y entonces vino alguien de la casa Devine diciendo que el señor Teodoro estaba allí. ¿Sabe lo sorprendido que me quedé? De verdad pensé que se me salía el corazón. —Altain empezó a hablar con la voz quebrada

—Pero está a salvo, ¿no es eso una suerte? —Ante la intromisión repentina de Abel, la mirada de Altain se volvió afilada.

—¿Eso le parece algo que decir? No, espere… Entonces, ¿dónde estaba el duque Graham? ¿No me diga que de verdad estaba en la casa Devine, como decían los rumores? ¿Eh?

Abel se encogió de hombros con ligereza.

—Oh, por Dios. ¿Está usted loco?

—Tal vez.

—Cielos. Estar allí en una situación así…

—¿Qué tiene esta situación? —Ante la respuesta seca, Altain se exaltó.

—¿Sabe cuántos enviados se han reunido ahora mismo? Hasta ahora Su Señoría Teodoro los ha atendido como ha podido, pero sabe que con eso no basta, ¿verdad?

—¿Qué pasa, el príncipe heredero es fácil de menospreciar?

—¡Duque Graham! —Altain gritó horrorizado.

No era falso, pero decirlo tan descaradamente delante del propio interesado… De verdad estaba loco.

—Está bien. Yo no me hiero por ese tipo de palabras—. Teodoro le habló con serenidad a Altain.

—Señor Teodoro.

—Altain, estoy bien—. Su asistente parecía a punto de echarse a llorar, pero se contuvo—. Además, no es que no supiéramos que el duque Graham era así. Siempre me ha parecido un poco loco.

Teodoro habló mal, con total naturalidad, del duque Graham, delante de él.

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