Dentro del avión.
La luz de la mañana se filtraba por las ventanillas. Los auxiliares de vuelo recorrían la cabina de primera clase, sirviendo exquisitos platillos y vino tinto a los distinguidos pasajeros de gran fortuna.
Al llegar a la sección central, un sobrecargo, muy perspicaz, se apresuró a atender al apuesto ejecutivo de porte frío que destacaba entre todos.
Aquel hombre poseía una fortuna de miles de millones, un invitado tan importante que rara vez se veía en los vuelos comerciales. El sobrecargo se mostraba sumamente cuidadoso, temiendo cometer el más mínimo error, hasta que escuchó una breve risa desdeñosa del presidente.
Por un instante, el corazón del sobrecargo dio un vuelco: pensó que su carrera había llegado a su fin.
Sin embargo, al mirar de reojo notó que el hombre solo jugueteaba distraídamente con su teléfono, como si el mal humor proviniera de un asunto personal y no de su servicio. Solo entonces pudo respirar con alivio.
En ese momento…
Chu Xuyu estaba recostado contra el asiento, apoyando el codo en el reposabrazos y el puño contra la mejilla. Su rostro, de líneas frías y elegantes, mostraba un leve cansancio tras unas pocas horas de descanso.
Y todo se debía a aquel súper macho (chāo měngnán) que le había enviado un mensaje absurdo, lo cual lo había dejado completamente despierto. No podía evitar preguntarse: ¿Acaso ese tipo lo veía como un gay desesperado por sexo?
Pero si no seguía el juego, sonaría como si se rindiera, y eso no iba con él. Así que sus respuestas llevaban un matiz algo agresivo.
Té de la tarde: Eres tan feroz.
Té de la tarde: ¿No deberías probarlo primero?
KIRA: ¿Ah?
Té de la tarde: Antes de quedar, hay un proceso que seguir.
Té de la tarde: ¿No lo sabes?
Con el rostro impasible, Chu Xuyu acarició el borde del teléfono con la yema de los dedos. El otro no respondió enseguida. Pasó medio minuto antes de que llegara una respuesta inesperada.
KIRA: No entiendo muy bien a qué te refieres.
KIRA: Es la primera vez que quedo con alguien.
Té de la tarde: ¿Ah, sí?
Té de la tarde: ¿Entonces eres virgen?
En el aula, Jiang Tian quedó mudo: “…………”.
El susto fue tal que el teléfono se le resbaló de las manos. Se agachó enseguida a recogerlo; por suerte, la funda y el vidrio templado habían hecho bien su trabajo: la pantalla no sufrió daños.
Y justo en ese momento, el mensaje del maldito volvió a llegar, aún más atrevido que el anterior.
Té de la tarde: Sabes qué tipo de foto quiero que me mandes.
Té de la tarde: Tómala y envíamela.
KIRA: ……
KIRA: Ya te envié una.
Té de la tarde: ¿Tengo que decírtelo tan directamente?
Jiang Tian tosió con fuerza, se apresuró a destapar una botella de agua mineral y bebió a grandes tragos, intentando calmar la sensación de ardor que le subía por el cuello.
Como adolescente en plena pubertad, no necesitaba que se lo explicaran: entendía perfectamente la insinuación.
El tipo claramente quería que le mandara fotos provocativas.
Jiang Tian respiró hondo varias veces. Era un estudiante ejemplar a nivel provincial, y ya no podía soportar semejante comportamiento repulsivo. Decidido, arrojó el teléfono dentro de la mochila, sacó su libro de Análisis funcional de la universidad y se concentró en estudiar.
Cuando estudiar se convierte en una forma de evasión, Jiang Tian descubrió que, aunque vergonzoso, resultaba útil. Poco a poco su mente se calmó, volviendo a ser el mismo alumno concentrado que todos conocían.
La Tercera Preparatoria de Ningcheng era una escuela de élite a nivel provincial, llena de genios. En el aula 11 de tercer año se reunían los mejores: o tenían pase directo a las cinco mejores universidades del país o ya contaban con ofertas de las Ivy League.
No necesitaban hacer el examen de ingreso; su presencia en la escuela era casi simbólica. Jiang Tian, por ejemplo, iba solo por pasar el tiempo. Le resultaba más entretenido ir por las tardes a jugar fútbol que quedarse aburrido en casa.
El ambiente en clase era relajado. Durante las horas de autoestudio, los estudiantes charlaban y debatían libremente. Incluso si sacaban sus dispositivos electrónicos, los profesores de guardia daban por hecho que estaban leyendo noticias, no coqueteando.
Así que, cuando Jiang Tian volvió a sacar el teléfono, no era exagerado decir que estaba flirteando a plena luz del día.
Té de la tarde: Ha pasado media hora.
Té de la tarde: ¿Aún no terminas de tomar la foto?
KIRA: No puedo…
KIRA: Te dije que mejor nos viéramos en persona.
Té de la tarde: Primero tienes que probar que lo vales.
Té de la tarde: Solo entonces aceptaré verte.
“……”
Jiang Tian bajó la cabeza; sus orejas se habían puesto rojas. Se masajeó la nuca, y bajo el uniforme holgado se tensaron sus músculos jóvenes, llenos de energía adolescente.
Suspiró.
¿No se supone que estos tipos van por ahí ligando con cualquiera? ¿Por qué este es tan difícil?
Seguro quería que le mandara una foto provocativa. ¿Será que todos los del ambiente gay son así de degenerados?
Eso superaba completamente su límite. La foto que había enviado antes ya había sido una excepción, y ahora no pensaba ceder otra vez.
KIRA: No puedes ser tan exagerado.
KIRA: Yo nunca te pedí fotos. No es justo.
Al leer eso, Chu Xuyu, con el teléfono en una mano y las largas piernas cruzadas, dejó entrever una sonrisa casi imperceptible en los labios —la expresión de un depredador que huele a su presa.
Té de la tarde: ¿Quién fue el que quiso quedar primero, tú o yo?
Té de la tarde: Puedes mandar otra cosa.
Té de la tarde: Mándame algo todos los días, a la misma hora.
Té de la tarde: Piénsalo bien.
Después de enviar esos mensajes, el joven hombre sintió algo de sueño. Se recostó, se colocó el antifaz y decidió dormir un poco.
Mientras tanto, Jiang Tian tampoco respondió. Guardó el teléfono, pero su mente seguía agitada. No podía dejar de pensar en ello, así que decidió contárselo a Lu Qiao, esperando hasta la hora del almuerzo en la cafetería para mencionarlo.
El comedor estaba lleno.
Sentados en un rincón, Lu Qiao, que solía ser el más relajado navegando en internet, estaba tan nervioso que ni el pollo frito le sabía bien.
—Esto es demasiado enfermo —murmuró con una mueca.
Jiang Tian asintió con total seriedad:
—Le dije que no quería mandar nada, y entonces cambió de idea. Dijo que bastaba con enviarle algo diferente cada día.
—¿Todos los días? —preguntó Lu Qiao.
—Sí.
“……”
—¿Y piensas hacerlo?
Jiang Tian lo miró, inseguro.
Lu Qiao se frotó la barbilla y dijo con solemnidad:
—Tal vez los gays sean así. Se fijan menos en la apariencia y más en… la experiencia. De todos modos, ya estás metido en esto; por la hermana Jing, podrías aguantar un poco más.
Jiang Tian apenas podía soportar escucharlo. Aun así, se obligó a mantener la calma. Sus orejas, escondidas bajo el flequillo, se habían puesto al rojo vivo.
Lu Qiao también estaba incómodo, golpeando el suelo con la punta del zapato.
—Dios, soy hetero, y hablar de esto me da una vergüenza horrible.
“……”
Jiang Tian confirmó una vez más, con tono serio:
—Para mantenerlo tranquilo, ¿debería hacer lo que dice?
Lu Qiao asintió.
—No queda de otra.
—Ay… —suspiró.
—Dicen que entre los gays hay quienes “hacen todo por amor”. ¿Y nosotros, heteros, por qué tenemos que sufrir así?
Jiang Tian: “…………”
Al parecer, el único herido aquí era él.
Después de eso, ya no pudieron seguir hablando. Comieron en silencio, sin apetito, y su energía se desvaneció por completo.
Por la tarde jugaron fútbol, por la noche estudiaron. Al volver a casa, se duchó, se acostó y el día terminó.
Jiang Tian nunca había huido de un problema, pero esta vez su mente estaba hecha un lío.
Por más que intentaba no pensar, la preocupación lo consumía.
No soportaba la idea de que su hermana sufriera por su culpa, ni tampoco el hecho de sentirse impotente.
¿Realmente tendría que enviarle fotos todos los días para mantener al desgraciado tranquilo?
Mientras tanto, Chu Xuyu, tras más de diez horas de vuelo, llegó a Nueva York.
El socio local fue a recibirlo personalmente, acompañado de su secretaria, con quien se alojó en el hotel.
En Midtown Manhattan, el ascensor de cristal subía con rapidez. El joven presidente se mantenía erguido, sin mostrar el menor rastro de cansancio.
El presidente regional lo saludó con una sonrisa entusiasta y conversó con él con gran cordialidad.
De pronto, el teléfono de la secretaria vibró. Ella, algo apenada, apartó un mechón de cabello y se disculpó.
—No pasa nada —respondió Chu Xuyu amablemente en inglés—. Tómate un descanso luego, avísales a tu familia que llegamos bien.
Jiang Jing —la secretaria— se sintió conmovida, agradeció a su jefe y también al anfitrión.
El presidente regional negó con la cabeza sonriendo. Dijo que no había problema y que esperaba que ambos descansaran, e incluso los invitó a quedarse unos días más en Nueva York si podían.
Era una posibilidad, dependiendo del itinerario de Chu Xuyu. Por ahora, sin embargo, lo mejor era descansar.
Tomó un baño, se puso su propia bata y, mientras se secaba el cabello oscuro, llegó el servicio de habitación con un almuerzo abundante.
El teléfono vibró sobre la base de carga inalámbrica. Chu Xuyu lo tomó, se sentó frente a la mesa y revisó primero los correos no leídos, luego devolvió las llamadas perdidas.
—¿Ya llegaste a Nueva York? —preguntó una voz familiar: Shen Yan.
—Sí —respondió Chu Xuyu con calma.
—¿Sigues chateando con ese misterioso “amigo”?
—¿Y qué pasa con eso? —dijo, llevando la copa de champaña a los labios.
—Tenía curiosidad —rió Shen Yan—. Por cierto, tengo buenas noticias: me salió un viaje de trabajo… también a Nueva York.
Chu Xuyu arqueó una ceja.
—¿Tan repentino?
—Ya ves —presumió Shen Yan—, el actor del año siempre está ocupado. Hay muchos que quieren verme y ni tiempo tengo.
Chu Xuyu escuchó con indiferencia mientras su amigo explicaba que planeaba traer a un programador de confianza, hacerlo firmar un acuerdo de confidencialidad y restaurar el software a su versión anterior para rastrear el origen real del “pequeño estafador” que lo había agregado.
—Está bien —aceptó Chu Xuyu—. Nos vemos allá, te invito a comer.
—Prepárate —rió Shen Yan—, el actor te va a dejar sin aliento.
Chu Xuyu soltó una ligera risa y colgó. Su mirada se oscureció. Pensó un momento y luego abrió el chat.
Té de la tarde: súper macho (chāo měngnán)
Té de la tarde: ¿Todavía no lo has pensado bien?
Por un instante, quiso escribir algo amenazante, como “si no mandas la foto te bloqueo”, pero prefirió no hacerlo. No quería asustarlo ni hacerlo huir.
Después de todo…
ese pequeño estafador realmente había despertado su interés.