Shh, no hables. Cap. 18

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Capítulo 18. Quítame el mordedor

Yu Xiaowen.

Qué tipo tan impresionante. Un Omega, jefe del grupo de casos mayores en la brigada criminal, que ha resuelto montones de crímenes y recibido incontables condecoraciones. Incluso si lo comparas con los Alfas de más alto rango, esos con mejor condición física, sus resultados no desmerecen en absoluto. Y ni hablar de su agudeza mental: en labores de investigación, pocos le igualan.

Hablando en serio, salvo los delincuentes, ¿quién no levanta los pulgares cuando me ve? Con un historial como el mío, aunque de verdad hubiera pasado algo entre Lu Kongyun y yo… él no habría salido perdiendo. Pensó Yu Xiaowen que bajó la ventanilla. 

La lluvia había cesado y el aire se sentía fresco. Desde la sombra, contemplaba la imponente puerta de la casa de los S, esperando a que llegaran sus compañeros. Tras calmarse el oleaje de las emociones y de las sustancias químicas en su cuerpo, recuperó la serenidad. Sentía como si una tripa se le hubiera puesto azul dentro del vientre: si la retorciera, seguro podría exprimirle medio litro de bálsamo refrescante.

¡Cobarde! Había jurado que comería carne, y justo cuando la carne se le ofreció sola en la boca, la escupió. ¡Y todavía le dijo a la carne que era vegetariano!

¡Inaudito!

—¿Cuál quieres probar?

…¡Esa frase!

¿Acaso no pedía a gritos que siguiera con “repite todas las posturas que tu padre usó con el barbudo ese”?

Yu Xiaowen se frotó con fuerza las mejillas, como si así pudiera repartir un poco del retorcimiento intestinal hacia la cara.

Pero tras un rato en silencio, se quedó absorto y, sin pensar, se tocó la nuca. En su mente volvió a aparecer la imagen de Lu Kongyun compartiendo paraguas con un Omega guapo y distinguido.

Yo…

Aunque, pensándolo bien, cada persona tiene sus propios puntos fuertes. 

El rango Omega pertenece al reino animal, pero los humanos tenemos alma. Y el alma de Yu Xiaowen brilla con intensidad. Muchos de los que ayudó como víctimas le agradecieron entre lágrimas; en la oficina del tercer equipo cuelgan seis estandartes de reconocimiento, y la mitad los regalaron los propios ciudadanos.

Así que, ¿por qué Lu Kongyun habría de salir perdiendo?

Yu Xiaowen miró de reojo el cenicero a su lado, sucio y lleno de colillas sin limpiar.

Seguro que Lu Kongyun también lo vio hace un momento.

Y recordó que aquel médico, en sus años de secundaria, incluso siendo una estrella en los deportes, siempre llevaba los cordones de los tenis blancos y relucientes.

Sus pensamientos daban vueltas una y otra vez, haciéndole sentir cada vez más idiota.

Soltó un suspiro contra la ventana, expulsando el aire viciado y dejando que entrara uno nuevo, más limpio.

Entonces volvió a pensar en la sensación de haber sido abrazado en la oscuridad.

Un escalofrío recorrió sus brazos. Encogió los dedos, levantó las rodillas y juntó las piernas.

Debía recomponerse antes de la próxima acción. Con esa razón práctica en mente, tomó el teléfono y se mordió el labio. Lo mordió tanto que se le adormeció.

…Al final decidió intentar arreglar las cosas, aunque fuera de forma improvisada.
En este mundo no hay obstáculo que un hombre con un pie en la tumba no pueda superar.

Yu Xiaowen: 

[ Oye, cariño. Tengo algo que decirte. ]
 

Víctima: 

[ Di. ]

 Yu Xiaowen: [ Lo de esta noche no fue un malentendido. ]
Víctima: [ Lo sé. ]

¿Lo sabe? ¡Tonterías! En el teléfono, cuando no hay que mirar a nadie a los ojos, la piel se vuelve mucho más gruesa.

Yu Xiaowen: [ Tú me preguntaste qué tipo quería probar. ]
Víctima: [ Olvídalo. ]

 Yu Xiaowen:
Yu Xiaowen: [ Cuando dijiste “orden”, ¿te referías a que si era una orden, lo obedecerás? ]

 Víctima: [ Lo siento. Aún no me he recuperado del todo del periodo de sensibilidad. No suelo comportarme así. ]

 Yu Xiaowen: 

[ Joder. ]
[ ¿Qué pasa, tocarme fue una pérdida para ti? ]
[ ¿No fuiste tú quien me abrazó? ¿Acaso te lo pedí yo? ]

Miró la pantalla. En la barra del nombre del contacto apareció: El otro está escribiendo… y luego volvió a mostrar solo el nombre.

Yu Xiaowen:

[ Di algo. ]
[ Idiota. ]

De nuevo: El otro está escribiendo…
Y otra vez, solo el nombre.

Yu Xiaowen no pudo contener la risa, pero enseguida sintió un nudo ácido en la nariz. Abrazó el teléfono, acercándolo cada vez más al rostro, y con la punta de su nariz rozó el hocico del perrito del pequeño icono del otro.

De pronto sonó la puerta del copiloto: Chen Zihan se subió a su coche. Al mismo tiempo, otros dos compañeros entraron por las puertas traseras; se oyeron tres golpes sordos al cerrarse las puertas.

El jefe Chen lo miró.
—Vaya, ¿qué pasa? ¿Te volviste miope? ¿Por qué te cuesta tanto leer?
—…Dormí demasiado —respondió Yu Xiaowen, dejando el móvil a un lado—. ¿Y Xu Jie?
—Ya lo hice entrar primero —dijo Chen Zihan, sacando una bolsa—. Toma, tu equipo.

De la bolsa extrajo un uniforme de camarero.

Yu Xiaowen lo sacudió y comentó con cierta decepción:
—¿Cómo que no es una falda? Yo pensaba que tendría que ponerme una.
—¿Una falda? ¡Por favor! Eres un hombre —replicó Chen Zihan.
—Pero no decías que aquí todos son millonarios con gustos raros, que les encanta ver cosas que no se ven afuera —bromeó Yu Xiaowen, mientras hurgaba en la bolsa. Dentro había también una peluca, un estuche de maquillaje… y un collar protector anti mordeduras

Lo levantó para examinarlo.

El rostro y la voz de Chen Zihan se volvieron serios.
—Xiaowen, sabes perfectamente con qué clase de gente estamos tratando. Son privilegiados, acostumbrados a hacer lo que les da la gana. Tú solo vas disfrazado de camarero, no estás ahí para ofrecer servicios especiales como un Omega. No hagas nada que no debas hacer. Y sobre todo, protégete.

—Ya basta. ¿A quién podría servir un tipo rudo como soy? De verdad me sobrestima, jefe —dijo Yu Xiaowen, mientras se colocaba la peluca y se miraba en el retrovisor—. Mierda, ¿quién eligió esta peluca? Es terriblemente cutre.

—Yo —respondió Chen Zihan, con voz aún más grave.

—Gracias, jefe —replicó Yu Xiaowen con toda la seriedad del sarcasmo—. Esta peluca me hace sentir muy seguro.

Chen Zihan dio instrucciones a una agente Beta que iba en el asiento trasero:
—Píntale el maquillaje más fuerte, cúbrele bien la cara. Cuanto menos se le reconozca, mejor podrá trabajar.

La Casa S, en realidad, no era un club exclusivo para los de nivel S. Cualquiera con dinero o poder podía convertirse en miembro. Sin embargo, el nombre reflejaba su posición, o más bien, el reflejo de toda una sociedad: la veneración hacia los niveles más altos de feromonas. También implicaba que, si poseían suficiente riqueza o autoridad, podías trascender la jerarquía biológica que esas feromonas imponían. En cierto modo, “Casa S” era también un premio de consuelo para los clientes que no tenían un rango elevado: un nombre que alimentaba su vanidad.

Por eso, un Omega del nivel de Yu Xiaowen solo podía infiltrarse allí haciéndose pasar por camarero.

Chen Zihan, en cambio, llevaba una tarjeta de socio que el jefe de policía había conseguido gracias a un misterioso contacto, y con ella entró a la Casa S bajo la identidad de un miembro Alfa.
El resto del equipo aguardaba fuera, listos para intervenir.

Lu Kongyun llegó al lugar acompañado por Gao Yuting. Apenas cruzaron la entrada, los condujeron directamente al salón privado del nivel S-VIP.

El espacio tenía las dimensiones de un salón de recepciones mediano. Entre la decoración se alzaban grandes plantas tropicales, cuidadas al detalle, que contrastaba con los adornos de cristal rosado y las zonas de descanso. En las paredes, enormes acuarios de medusas proyectaban una luz tenue que envolvía la habitación en un ambiente ambiguo, a medio camino entre lo submarino y lo extraterrestre, lejos de cualquier rastro del mundo real.

Había comida y bebida de sobra, y junto al sofá una tableta desde la que se podía solicitar cualquier tipo de servicio.

—El señor Chen vendrá en persona a recibirlo dentro de poco, señor Lu. Le rogamos que espere un momento —dijo una Omega de rostro bello y modales suaves, inclinándose noventa grados antes de abandonar la habitación.

El “señor Chen” del que hablaba era Chen Jian, uno de los principales accionistas de la Casa S e hijo menor del director del Departamento de Asuntos Militares. Al parecer, Lu Kongyun incluso había tenido una cita arreglada con su hermana menor.

Aquel club, presentado como un espacio para la élite, estaba lejos de limitarse al entretenimiento. Y Chen Jian, desde luego, tampoco era un hombre sencillo. Apenas los Lu cruzaron la puerta, los había detectado.

Gao Yuting, mientras tanto, encendió la tableta y hojeó sin interés el catálogo de servicios. Luego, mirando a Lu Kongyun, que llevaba de nuevo puesto el mordedor, sonrió y le dijo:

—Aquí no necesitas llevar eso.

Lu Kongyun observó la pantalla de su móvil, donde tenía escrita una frase que no llegó a enviar: “El idiota eres tú”. Terminó por borrarla. Luego dejó el teléfono y contestó:

—Prefiero mantenerlo. Ahora mismo estoy demasiado inestable.

Gao Yuting señaló en la pantalla las imágenes de varios Omega vestidos con ropas mínimas.

—Para garantizar la comodidad y libertad de los clientes, los Omega que no pueden ser mordidos llevan voluntariamente collares protectores. Los que no los llevan indican, por voluntad propia, que pueden ser mordidos. Así que, aquí dentro, nadie se fija en si llevas o no mordedor.

—¿Qué significa “pueden ser mordidos”? —preguntó Lu Kongyun.

—Hay dos tipos —explicó Gao Yuting—. Algunos son servidores a los que se les permite ser marcados temporalmente. Pero si se topan con un cliente sin escrúpulos que decide marcarlos de forma permanente, no les queda otra que resignarse. Los otros son Omega que ya fueron marcados de manera permanente antes. Si un cliente vuelve a intentar marcar a uno de esos, el cuerpo solo reaccionará con un fuerte rechazo de feromonas, sin que el vínculo se repita. Por eso, los clientes pueden morderlos sin preocuparse.

—Eso no es diferente de una violación —dijo Lu Kongyun.

—Hay clientes a los que precisamente les gusta eso —comentó Gao Yuting—, cubrir con sus propias feromonas el olor de otros Alfa. Muerden, pagan y asunto arreglado.

Lu Kongyun soltó una breve risa nasal.
—Interesante.

Gao Yuting lo observó. Aquel hombre decía “interesante”, pero en su rostro no había el menor asomo de interés. Sonriendo, desactivó el candado del mordedor.

—Si te parece tan interesante, puedes probarlo.

—No quiero marcar a nadie. Solo quiero pelearme con alguien —respondió Lu Kongyun, echando una ojeada a su teléfono. 

Se lamió suavemente los colmillos y, con un gesto de molestia, guardó el móvil sin volver a mirarlo.

Gao Yuting pensó que ese día Lu Kongyun estaba mostrando de forma especialmente clara los síntomas de un desajuste en su periodo de sensibilidad. Lo observó con curiosidad, intentando imaginar qué clase de Omega podía haber hecho perder el control a un Alfa con semejante dominio de sí mismo. Se recostó en el sofá, ladeando la cabeza con una sonrisa perezosa.

—Bueno, eso también se puede arreglar. Aquí hay algunos Alfa boxeadores bastante salvajes. ¿Quieres probar? Así veo si tus reflejos siguen a la altura de los tiempos de la academia militar.

—Si quieres verlo, puedes pelear tú conmigo —replicó Lu Kongyun, cerrando de nuevo el candado del mordedor.

—¿Así que vas a pasar la noche en la Casa S con eso puesto? —preguntó Gao Yuting.

Lu Kongyun lo miró, tomó un vaso, y con toda calma introdujo la pajilla por la rendija del mordedor para beber.

—…

El doctor Gao, a veces, pensaba que la verdadera perversión de ese segundo joven maestro de los Lu era precisamente esa: que encontraba un placer extremo en la represión. Que esa sensación de deseo sobrehumano, de hambre contenida a la fuerza, lo excitaba más que cualquier satisfacción física. Una hipótesis razonable. Digna de estudio.

Mientras conversaban, la puerta se abrió. Entró un hombre vestido con elegancia, seguido de varios más, todos con un aire de influencia y riqueza. Eran los acompañantes de Chen Jian, que había venido a recibir personalmente a los invitados de la familia Lu.

—¡Director Lu! —dijo Chen Jian, sonriendo mientras extendía la mano—. ¡Un placer, un placer! Siempre decimos de vernos formalmente y nunca se da la ocasión. Mi padre habla de usted todo el tiempo, lo aprecia muchísimo. Y mi hermana, ni se diga; hasta me ha preguntado si usted viene a encargarse de mis negocios.

Luego se inclinó un poco, en tono de complicidad:

—No se preocupe, no le diré nada. El segundo joven maestro Lu puede disfrutar con total libertad. Ja, ja.

—Un placer —respondió Lu Kongyun, estrechándole la mano.

Chen Jian presentó a los demás invitados, todos de alto rango, y pronto el grupo se acomodó en torno a Lu Kongyun, colocándolo como el centro de atención.

—Tu hermano no ha venido por aquí últimamente —comentó Chen Jian al pasar—. ¿Ha estado muy ocupado?

Era evidente que se refería a Lu Qifeng.

—No lo sé —respondió Lu Kongyun, sin más explicaciones.

Chen Jian no insistió. Continuó hablando con tono distendido, describiéndole los servicios del club. En resumen: lo que el cliente desee, aquí lo hay.

Poco después empezaron a entrar los servidores: tanto Alfas como Omegas, todos de una belleza impresionante.

—Coronel Lu, el señor Chen ha vaciado su tesoro solo para usted —rió uno de los hombres, vestido de civil pero con botas militares—. He venido muchas veces y jamás había visto tantos ejemplares de primera.

Las risas de los demás llenaron el aire, creando un ambiente de camaradería artificial. Chen Jian también miró a Lu Kongyun y sonrió con intención.

En ese momento pasó junto a ellos un Alfa de una belleza casi irreal, ambigua hasta lo inquietante. La mayoría de las miradas se desviaron hacia él, fascinadas. Gao Yuting, sin embargo, se fijó en el enrojecimiento de su nuca: la cicatriz aún reciente de una operación de trasplante de glándulas Omega.

Los Alfa que se sometían a ese tipo de cirugía debían tomar de por vida un carísimo medicamento importado de M, y aun así solían sufrir episodios de intenso dolor provocados por el rechazo entre las dos clases de feromonas que coexistían en su cuerpo. En ocasiones, aquella reacción podría incluso poner en peligro su vida.

Sin embargo, el doble aroma que ellos liberan resultaba irresistiblemente atractivo para ciertos Alfas trastornados, dominados por un enfermizo deseo de conquista.

Gao Yuting pensó que Chen Jian, claramente debido a los gustos peculiares del otro padre e hijo super-S de la familia Lu, había preparado especialmente una solución para Lu Kongyun.

Pero él parecía no saber que, para Lu Kongyun, aquello rozaba el insulto.

Lo que nadie esperaba era que el hombre fijara la vista en la nuca del Alfa de apariencia serena y, tras una breve pausa, preguntara:

—He oído que aquí funciona un sistema de membresías. Los socios de nivel básico sólo pueden acceder a ciertos servicios, ¿no es así? Para otros… más especiales, hace falta un rango superior.

Chen Jian sonrió con educación:

—Así es. Pero con su posición, basta con que diga lo que desea. La familia Chen se lo hará llegar sin reparos.

A su alrededor, las conversaciones se mezclaban con risas y el suave tintineo de las copas; algunos invitados ya empezaban a fijarse en los sirvientes que se movían entre las mesas.

Lyu Kongyun pensó un momento antes de añadir:

—Estoy acostumbrado a los estímulos fuertes. Lo común ya no me sirve. Busco algo más… intenso.

Los ojos de Chen Jian brillaron un instante.

—¿Ah, sí?

Lu Kongyun, con gesto experto, formó un círculo con dos dedos, como si sujetara una pastilla.

—¿Ha salido algo nuevo últimamente?

Un leve “ding” interrumpió la charla. Al fondo, uno de los camareros había tropezado con una botella y el líquido rojo se derramó sobre el mantel. La levantó de inmediato pero ya había atraído la atención de los comensales cercanos.

—¡Mira cómo trabajas, inútil! —gruñó uno de ellos.

Los sirvientes no podían alzarse frente a los clientes; debían servir de rodillas. Aquel joven, con el cabello tapándole medio rostro, respondió en voz baja:

—Lo siento mucho.

—Levanta la cabeza —ordenó el hombre.

Con gesto burlón, le alzó el mentón y observó su rostro pintado. Sonrió de lado.

—¿Qué llevas puesto? Menuda peluca ridícula.

El camarero volvió a bajar la mirada, temblando, y musitó:

—Perdón, señor. Me retiro enseguida.

—Eh, no te vayas —intervino otro invitado, con tono de burla.

Introdujo el cuello estrecho de la botella entre los labios del camarero, pintados como si fueran de gelatina. Puesto que había provocado el disgusto del cliente, lo natural era que fuera castigado.

Le dio un par de empujones, observó cómo los ojos del camarero se enrojecen, y dijo con parsimonia:

—Has tirado una botella, así que nos debes otra. Vamos, bébete esta entera.

El principio del servicio allí era no permitir que los clientes sintieran la menor incomodidad. Si algo les resultaba molesto, la culpa era, naturalmente, del personal. Al presidente Chen no le importaba en absoluto: que los clientes jugarán con quien quisieran no era asunto suyo.

Él solo observaba al segundo joven maestro de la familia Lu. Su tono seguía siendo respetuoso, aunque fingía no entender:

—¿A qué tipo de cosa se refiere exactamente?

Al camarero ya le habían hecho beber más de la mitad. Extendió la mano para sujetar la botella.

—No puedo beber más… amo.

En aquel lugar, a todos los clientes se los llamaba amo. El cliente anterior intervino adrede para suavizar la situación:

—Entonces no bebas.

Sacó la botella de la boca del camarero, todavía unida por un hilo de saliva, y luego señaló hacia debajo de su cinturón.

—Ven. Bebe de esto.

El camarero se quedó inmóvil un instante, pero no tenía derecho a negarse. Se arrodilló frente a él; con una mano apoyó los dedos sobre la rodilla del cliente y con la otra fue hacia la cremallera.

La reacción del cliente fue inmediata. Alguien a su lado empezó a jalear, y el ambiente de la sala se volvió todavía más caldeado. Otros clientes también atrajeron hacia sí a los asistentes que les habían llamado la atención y comenzaron a manosearlos.

—El coronel Lu trabaja en el Instituto de Ciencias de la Vida, así que es lógico que tenga mundo —dijo Chen Jian—. Pero…

Se detuvo a observar el inhibidor de mordidas en la boca de Lu Kongyun y esbozó una sonrisa.

—No parece que esté realmente interesado —comentó con suavidad—. Si solo quiere mirar, no podría decirse que disfrute precisamente de las cosas “intensas”.

Gao Yuting tampoco alcanzaba a comprender qué clase de estímulo buscaba Lyu Kongyun. En su opinión, sin embargo, era todo lo contrario de lo que insinuaba Chen Jian: un Alfa que entraba a la Casa S llevando un bozal de contención ya era, en sí mismo, lo bastante provocador.

Aun así, sentía la misma curiosidad que el anfitrión. Pero Lyu Kongyun no dijo nada. Su mirada se detuvo en los clientes que jugueteaban con el camarero al otro extremo de la mesa. Había en su rostro una leve sorpresa, aunque sin emoción alguna.

Los nudillos de la mano con la que sostenía la copa se habían puesto pálidos, casi azulados bajo la luz cambiante del salón.

—Vaya… —murmuró el camarero, con la cabeza aún gacha—. Parece que la cremallera de su pantalón se ha atascado. No consigo abrirla.

Lyu Kongyun volvió la cabeza, primero hacia Chen Jian, luego hacia Gao Yuting, y dijo con voz tranquila:

—Puedes quitarme el bozal.

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