El Elegido Cap. 1

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Capítulo 1: El funeral

El mes de mayo en la ciudad portuaria no tenía nada de amable. A caballo entre la primavera y el verano, los aguaceros caían sin tregua y el cielo gris cubría los rostros de todos con una ligera bruma.

La lluvia arreciaba, se desbordaba sobre el asfalto y corría cuesta abajo. Con semejante aguacero, solo los empleados de limpieza y los periodistas se atrevían a ser los primeros en salir al frente. Con los zapatos y tacones empapados, envueltos en capas de plástico transparente a modo de impermeable, cargaban sus cámaras como si fueran armas, y avanzaban a zancadas frente al crematorio.

Ese día se celebraba el funeral de Cheng Hongyu, presidente del grupo Guangxin International y uno de los empresarios más influyentes de la ciudad; aunque cayera granizo, ningún medio habría faltado a la cita.

El acto estaba por comenzar. Los periodistas, temerosos de que los paraguas interfirieran con la luz de las cámaras, se refugiaban bajo sus impermeables, murmurando entre ellos.

Una reportera apartó el flequillo de su frente y se quejó:
—Mis zapatos están arruinados.

Su compañera se rio:
—Te lo dije, debiste venir con zapatillas.

—¿Y entrevistar al joven maestro Cheng con zapatillas? —replicó ella, indignada.

La ciudad rebosaba de gente adinerada, pero millonarios de verdad había pocos y familias de linaje, aún menos; bastaban los dedos de una mano para contarlas. Entre ellas, ningún heredero despertaba tanto interés como el joven Cheng.

A los siete años apareció por primera vez en una gala benéfica, vestido con un pequeño lazo de terciopelo, al lado de su padre y de su abuelo. Con sus ojos negros como uvas maduras; la piel tan clara y los labios rosados como pétalos de rosa, parecía un querubín.

Cuando su foto se publicó, medio país se derritió. Una revista financiera de poca monta llegó a proponer que la familia Cheng incursionara en la industria de productos para bebés; bastaría con imprimir ese rostro en una lata para que las ventas de leche en polvo se dispararan.

Por eso, todas las reporteras presentes estaban vestidas con esmero. Sin embargo, tras un cuarto de hora bajo la lluvia, los bajos de sus faldas estaban empapados y empezaban a pegarse a la piel. El encanto se les desvanecía, y no era de extrañar que se sintieran decepcionadas.

Su compañera trató de animarla:
—Su padre acaba de morir. Tal vez se sienta solo. Si suavizas tus preguntas, podrías aprovechar el momento para acercarte.

—¿Crees que un hijo de millonario se conquista así? —bufó la reportera—. No te hagas ilusiones con mi rendimiento. De todos modos, pienso preguntarle por la caída de las acciones.

En esa ciudad, las mujeres no hablaban de amor, sino de dinero. Su compañera se encogió de hombros, sin sorprenderse.
—El presidente apenas tenía cincuenta y cuatro años y murió de repente. Que las acciones caigan es normal. ¿Recuerdas el escándalo de aquella familia con la tercera esposa y la  quinta amante peleándose por la herencia? También se desplomaron sus títulos.

La otra suspiró.
—Comparadas con esas familias, los Cheng al menos parecen tranquilos. Su padre solo tuvo una esposa.

—¿Y el hijo ilegítimo? —preguntó la compañera.

La reportera frunció los labios con desdén.
—Quién sabe. Nunca lo hemos visto aparecer.

Ningún magnate se libra de rumores escabrosos y los Cheng no eran la excepción. Se decía que Cheng Hongyu había engañado a su esposa con la niñera y de aquella relación nació un hijo ilegítimo. Sin embargo, el único heredero reconocido era Cheng Shiying, y aunque su padre nunca volvió a casarse, aquel supuesto hijo permaneció oculto, perdido en algún rincón del mundo.

Fue un escándalo memorable. La esposa legítima de Cheng era hija de un célebre abogado, nieta de un alto funcionario del gobierno portugués, y ella misma era un cuarto portuguesa: bellísima, culta, brillante. Tener una mujer así y no obstante, caer en brazos de una empleada doméstica era una humillación imperdonable. La señora pidió el divorcio de inmediato, dejando atrás a sus dos hijos,  para irse a viajar sola por la costa sur de Italia… Fue en una carretera costera donde sufrió un accidente y falleció.

El coche destrozado fue hallado dos días después. El cuerpo, milagrosamente entero, fue repatriado a Portugal y enterrado en la hermosa hacienda familiar, con su padre y su hermano presentes. Desde entonces, los Cheng y su familia política rompieron toda relación, lo que le supuso grandes pérdidas. Tal vez por remordimiento o como compensación, Cheng Hongyu jamás reconoció públicamente al hijo nacido de la niñera.

—Seguro le daba vergüenza reconocerlo —dictaminó la reportera, con el desprecio que reservaba para los bastardos.

Su compañera sonrió, sin discutir. Pero en su interior sintió cierta lástima por aquel supuesto hijo: al lado de Cheng Shiying, ¿quién podría lucir bien?

De pronto, un murmullo recorrió al grupo.
—¡El coche! ¡Está llegando el coche!

Una limusina negra, un Rolls-Royce impecable, avanzó lentamente hasta detenerse frente a ellos. El chófer abrió la puerta, y de ella descendió un joven alto, vestido de negro riguroso: traje, camisa blanca, cabello oscuro.

Los flashes estallaron y los los obturadores no cesaron. El joven alzó la mirada, recorriendo con calma la multitud de cámaras, y, en vez de avanzar, se giró hacia el coche. Apoyó la mano en el marco de la puerta y ayudó a bajar a una muchacha vestida también de negro.

Eran, sin duda, los hijos del difunto: Cheng Shiying y su hermana menor, Cheng Ziyu.

La joven, sin embargo, llevaba gafas de sol y mascarilla. Su hermano la cubrió con el cuerpo, protegiéndola hasta que los guardaespaldas la escoltaron adentro. Nadie alcanzó a ver su rostro.

Pero los reporteros no se desanimaron: aún les quedaba el heredero. Cheng Shiying avanzó unos pasos. Su voz, grave y elegante, se impuso entre la lluvia:
—Gracias a todos por acompañar a mi padre en su último viaje, pese al mal tiempo.

Los flashes volvieron a centellear. Los micrófonos se extendieron hacia él como lanzas, pero su tono cortés y sereno desarmó incluso a los periodistas más mordaces.

—Joven Cheng, nuestras condolencias —dijo uno.

Cheng Shiying asintió con solemnidad:
—Gracias.

Las cámaras no dejaron de disparar.
—¿Siente mucha presión al asumir tan repentinamente el cargo de director ejecutivo? —preguntó otro.

—La responsabilidad es grande —respondió sin titubear—. Pero confío en el trabajo conjunto de nuestro equipo.

Entonces la reportera del principio se adelantó, con los zapatos chorreando agua:
—Señor Cheng, las acciones del grupo han caído drásticamente estos días. ¿Qué mensaje tiene para los accionistas?

Él la miró con unos ojos tan oscuros que casi parecían líquidos y contestó con serenidad:
—El próximo mes celebraremos la junta trimestral. En ese momento se harán los anuncios oficiales.

No había grieta en sus palabras. Cheng Shiying no era un novato. Educado en una prestigiosa universidad de la Ivy League, acostumbrado desde niño a acompañar a su padre y a su abuelo en los actos públicos, sabía cómo manejar a la prensa.

La reportera quiso insistir, pero él bajó ligeramente la mirada.
—Perdonen, debo atender otros asuntos.

Y cuando se dispuso a marcharse, una voz atrevida gritó desde atrás:
—¿Es cierto que el ataúd está hecho de madera de nanmu dorado?

Cheng Shiying se volvió. Su mirada se posó en el reportero, y, lejos de molestarse, esbozó una leve sonrisa antes de continuar su camino hacia el salón funerario, escoltado por un resplandor de cámaras.

—Con estas fotos —murmuró un camarógrafo— ningún actor de televisión se atreverá a salir en la portada junto a él.

La reportera, frustrada, dio un pisotón en el suelo mojado:
—¿Para qué tanta belleza en un hombre? A las mujeres nos deja sin respiración. Me pregunto con qué clase de esposa terminará.

—Jamás se le ha visto con ninguna —respondió el compañero con indiferencia. Quizá las mujeres simplemente lo evitan.

Ella tomó la cámara, amplió el encuadre y lo examinó con atención: 

—Esa foto es perfecta. Dile al editor que le dé la portada completa.

En tiempos en que la televisión local agonizaba y los periódicos sobrevivían a duras penas, un rostro así podía ser la salvación.

Tras su debut en la infancia, Cheng Shiying desapareció durante un tiempo para asistir a un internado, y reapareció un verano, después de su graduación; las imágenes robadas mostraban a un joven de diecisiete años en un yate.

En la fotografía, solo llevaba un bañador. Quizás su octava parte de ascendencia europea influyó en que su piel se bronceara con un delicioso tono miel, sus hombros y pecho estaban enrojecidos mientras reía a carcajadas, sosteniendo un pez.

El término «chico de oro» parecía hecho a medida para describirlo.

La imagen dominó los titulares de los principales sitios web, los clics se duplicaron y la noticia se extendió al extranjero, lo que le valió a Cheng Shiying el título de joven más guapo de Hong Kong.

Las fotos de hoy no desmerecían. El joven maestro Cheng, que evidentemente había tenido pocas oportunidades de navegar últimamente, tenía la tez ligeramente más pálida, pero esto solo acentuaba los exquisitos rasgos que había heredado de su madre: cejas largas y espesas y pestañas que resultaban llamativas incluso en blanco y negro.

En ese momento, aparecieron dos guardaespaldas que repartieron bolsas de papel marrón a los periodistas. Dentro había botellas de agua mineral y sándwiches de jamón y huevo. Poco después, sacaron un toldo y lo desplegaron sobre la multitud para protegerla de la lluvia torrencial. La reportera y su colega observaron boquiabiertos cómo varios miembros del personal instalaron una pequeña mesa en la esquina de la calle con café recién hecho para que se sirvieran ellos mismos.

La reportera observó la escena en silencio. El joven Cheng no había olvidado ni siquiera a la prensa; su cortesía era tan impecable que desarmaba cualquier juicio previo.

Suspiró más tranquila, y pensó que quizá esta vez escribiría una nota benévola.

Mientras se amontonaban para tomar café, ninguno notó la furgoneta que se detuvo en el callejón lateral. Dos personas vestidas de negro bajaron del vehículo y se dirigieron rápidamente al interior del edificio. La mujer, cubierta con un velo, lanzó una mirada fugaz hacia los reporteros antes de ser protegida de las miradas y escoltada a través de una entrada lateral hasta la funeraria. La prensa, distraída por la llegada de otro automóvil de lujo, no se percató de nada.

Entre tanto, Cheng Shiying entraba al salón funerario. Levantó la vista y la luz fría de la habitación se reflejó en sus ojos. Todo estaba dispuesto según la tradición: alfombras verdes y azules, sillitas con manteles blancos a ambos lados, una gran cantidad de flores frescas rodeando el ataúd, y las coronas enviadas por diversas personas que también habían sido colocadas con antelación, las dos más grandes en la parte delantera, con cintas blancas colgando de las flores rojas, estaban firmadas respectivamente por Cheng Shiying y Cheng Ziyu.

Su hermana menor estaba de pie en primera fila, sin mascarilla ni gafas, y con las manos entrelazadas. Su hermano se acercó y le susurró:
—¿Estás bien?

La joven alzó la vista, con los ojos aún hinchados:
—Hermano…

Había llorado toda la noche. El maquillaje apenas ocultaba las huellas. El cabello, recogido por la criada, caía en suaves ondas para disimular el cansancio.

Cheng Shiying le puso una mano, firme y protectora, en el hombro.
—No tengas miedo.

—¿Qué dirá la prensa? —preguntó ella con voz temblorosa.

A ojos del mundo, el funeral era un despliegue de lujo; pero ella, poseedora del 20% de las acciones, sabía bien que el imperio Cheng se tambaleaba. Solo quedaba la fachada.

—No dirán nada indebido —aseguró él—. Yo me encargaré de todo. —Levantó la mano y le dio una palmadita en la espalda—. No te preocupes. Yo me encargaré de los asuntos de la empresa.

Cheng Ziyu confiaba en él. Sabía muy bien que, desde la infancia hasta la edad adulta, su hermano mayor siempre había sido el único pilar fiable de esta familia.

Levantó los ojos para mirarlo. La fría luz proyectaba un pálido resplandor sobre la piel de Cheng Shiying. Sin nadie que lo ayudara con los preparativos del funeral, debía de haber pasado innumerables noches en vela; unas tenues ojeras rodeaban sus ojos. Sin embargo, esto no había disminuido en lo más mínimo su aspecto. Su hermano seguía siendo un hombre sorprendentemente guapo.

—Hermano, has trabajado muy duro estos últimos días. —Volvió a sorber por la nariz—. No puedo ayudar en nada…

Al oír sus palabras, la expresión de Cheng Shiying se suavizó. Extendió la mano y le revolvió el pelo a su hermana pequeña. 

—El simple hecho de portarte bien ha ayudado enormemente. —Miró sus ojos hinchados—. Aunque sería aún mejor si pudieras llorar un poco menos.

Cheng Ziyu apretó los labios. 

—Hoy es el funeral de papá. No puedes decirme que no llore.

—No te estoy diciendo que no lo hagas. —Cheng Shiying retiró la mano, se colocó a su lado y miró hacia arriba—. Solo ten cuidado de que la prensa no te haga fotos, tienes los ojos y la nariz hinchados.

Cheng Ziyu finalmente logró esbozar una sonrisa entre lágrimas, entrecerrando sus ojos almendrados e hinchados, sentenció: 

—No dejarás que me hagan fotos.

Al ver a su hermana pequeña así, Cheng Shiying levantó la mano para apartarle un mechón de la frente con ternura. Aquella niña, diez años menor que él, que una vez había visto dormir en brazos de su madre, ya era una mujer.

Tras la prematura muerte de su madre, se habían visto obligados a valerse por sí mismos. Aunque su padre, Cheng Hongyu, quizá no supiera a qué colegios asistía Cheng Ziyu, quiénes eran sus amigos o los secretos de su corazón adolescente, Cheng Shiying siempre había estado ahí. Su firma adornaba todas las notas de su hermana, lo que le valió el título de “hermano tan bueno como un padre”.

Y mientras en el exterior la lluvia seguía cayendo, dentro del salón el silencio pesaba, solemne, como el último adiós de una dinastía que empezaba a resquebrajarse.

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