Shh, no hables. Cap. 22

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Capítulo 22. Persona clave.

El chantajista observó a Lu Kongyun durante un buen rato antes de entrar despacio en la casa. La habitación estaba impregnada del olor de las feromonas del alfa. Cuando lo vio inclinarse con cuidado para dejar los dos cocos sobre la mesa, Lu Kongyun alzó la mano para palpar la nuca y asegurarse de que su parche inhibidor seguía bien colocado.

Al verlo hacer ese gesto, Lu Kongyun recordó, de pronto, lo seguro que había estado aquella primera vez en casa del chantajista, cuando le dijo: “Delante de mí no necesitas llevar esas cosas”.

El mareo se intensificó. Alzó un brazo para apoyarse en un estante cercano y, por culpa de las esposas, la otra mano se levantó con él.

—¿Estás enfermo? —preguntó el chantajista. 

Se quitó la gorra que usaba para ocultar la cara y se revolvió el cabello aplastado. Sus mejillas pálidas parecían algo sonrojadas, quizá por haber cargado los cocos durante todo el camino.

Lu Kongyun no respondió. Se acercó a la mesa queriendo tomar un vaso de cristal. Nunca en su vida había llevado esposas, y al mover las manos, el vaso se le resbaló de los dedos y cayó en picado.

El chantajista reaccionó de inmediato: alargó la mano y atrapó el vaso antes de que tocara el suelo.

Lu Kongyun volvió a soltar una maldición por dentro.

—Ese contador que pusiste —preguntó.

El chantajista se irguió con el vaso en la mano.

—Ya me respondiste, así que lo reinicié. No te preocupes.

—Ajá —respondió Lu Kongyun con un gruñido nasal.

El chantajista frunció ligeramente el ceño y se inclinó hacia delante en silencio, observándolo con atención. Sus pupilas claras brillaban bajo la sombra de las pestañas.

…Lu Kongyun sentía el cabello húmedo pegado sobre la frente, entorpeciéndole aún más la vista ya de por sí borrosa. 

Parpadeó despacio, con la cabeza pesada, y se inclinó hacia su objeto de sensibilidad.

El chantajista pestañeó dos veces, se enderezó de golpe y ladeó la cabeza:

—¿Re… resaca? ¿Tan grave? ¿No habías usado, ejem, un montón de productos? ¿No funcionaron? Vaya médico eres.

Lu Kongyun se dirigió al sofá y se dejó caer en él. El chantajista se sentó enseguida a su lado y le ofreció el vaso. Lu Kongyun extendió los dedos para sujetarlo y el chantajista esquivó hábilmente su mano, sosteniendo el vaso por la base.

—Bebe —dijo—. Yo lo sostengo.

Lu    Kongyun bajó la mirada hacia las dos manos sujetando el vaso desde ángulos opuestos. Luego alzó los ojos, fijándolos en los labios del chantajista, y deslizó la pajilla entre las rendijas del bozal, bebiendo en silencio.

Permanecieron así un rato, sin decir nada. Cuando terminó, Lu Kongyun apartó la pajilla y habló:

—Voy a convertirme en un perro rabioso.

El chantajista parpadeó, desconcertado.

—¿Qué?

—Por ciertos motivos, mi periodo de susceptibilidad está por estallar.  Y muy fuerte. —Miró los ojos ligeramente abiertos del chantajista, dudó un instante y añadió—: Necesito ayuda.

El chantajista continuó observándolo. Asintió despacio, como si lo invitara a seguir.

La sensación en su interior se intensificaba con la presencia de su objeto de susceptibilidad. Aquel cucharón que removía su pecho se había convertido en un cubo entero. No tenía tiempo para rodeos.

—En resumen —dijo—, el periodo de susceptibilidad de un Alfa es como querer entrar en celo y tener muchos, muchísimos cachorros. Pierde la razón, está desesperado… y necesita usar el cuerpo de un Omega para satisfacer ese instinto animal de reproducción.

El chantajista lo miró en silencio; la mano que tenía sobre la pierna se cerró poco a poco.

—Pero puedo engañar un poco esa necesidad —continuó Lu Kongyun—. Para eso necesito obtener fluidos de un Omega. Lo ideal serían los de mi objeto de susceptibilidad.

La mano del chantajista se aflojó. Luego lo miró con otra expresión, ligeramente recelosa, y se echó hacia atrás.

Parecía pensarlo. Después alzó el mentón y preguntó:

—Entonces ¿por qué vienes conmigo?

Lu Kongyun se quedó un segundo sin reacción. Su boca se tensó y los ojos se estrecharon. El chantajista lo vio y soltó una risita irónica:

—¿Por qué yo produzco mucho? ¿O por qué no quieres pedirle a…? ¡Uh…!

Cuando quiso darse cuenta, Lu Kongyun ya lo tenía sujeto por el cuello, presionándolo contra el sofá. Las esposas tintinearon suavemente. Él volvió en sí de golpe y miró hacia abajo. Los ojos del chantajista estaban ya enrojecidos.

Lu Kongyun aflojó la mano en silencio y dejó escapar un suspiro.

—Lo siento. Me cuesta mucho controlarme ahora. No me provoques.

Le pasó el pulgar por la esquina del ojo, presionó un poco y luego rozó sus colmillos con la lengua.

—No es momento para tus juegos. Hablo en serio. Si quieres ayudarme, bien. Si no, sal de mi casa ahora mismo. —Respiró hondo, temblándole un poco la voz—. Decídete ya. O me ayudas… o te vas.

El chantajista se cubrió los ojos con un brazo. No se sabía en qué pensaba.

Después de un rato, bajó el brazo. Sus ojos seguían rojizos cuando parpadeó.

—¿Cómo te ayudo? —preguntó.

…Lu Kongyun no esperaba que fuera tan fácil. Se quedó callado un segundo y dijo:

—Gracias.

—…¿Gracias qué? —bufó el chantajista—. ¡Pesas un montón, levántate ya!

Movió un poco los labios y subió el tono:

—Si sigues encima de mí, voy a pensar que quieres usarme directamente para parirte tus cachorritos.

Lu Kongyun apretó los dientes y se apartó enseguida, juntando las piernas a un lado. Luego se incorporó, arrastró la caja de utensilios que había preparado y volvió a sentarse.

Tomó un tubo de ensayo aún dentro de su envoltorio y explicó:

—Este es para recoger fluido frontal. Deberías estar familiarizado. —Sacó otros dos, cortos y gruesos como pequeños vasitos—. Estos son para fluidos auxiliares. Dependerá de tu situación.

Después tomó el más largo de todos, fino y profundo.

—Este es para el fluido posterior. Es el más importante.

Alzó la mano y la dejó suspendida sobre el vientre del chantajista mientras explicaba:

—Aquí está la cavidad reproductiva. Cuanto más cerca de ella se obtenga el fluido, mayor será la concentración de feromonas.

Deslizó el dedo hacia abajo, marcando un punto más profundo.

—Así que el tubo debe entrar, al menos, hasta aquí para que funcione. —Miró al chantajista antes de añadir—: Si el conducto de la cavidad es estrecho, con llegar hasta esta zona basta. No quiero que te duela.

Al escuchar eso, el chantajista lo miró sorprendido, como si fuera a responder, pero Lu Kongyun continuó:

—Ya que estás dispuesto a ayudarme, no dejaré que pierdas nada. Si quieres algún tipo de compensación, dímelo antes.

En realidad, aquel desastre era culpa suya. El chantajista era quien lo había llevado a ese extremo; era su responsabilidad compensarlo. Si hubiese querido aprovechar la situación, Lu Kongyun incluso habría considerado devolvérsela, obligarlo un poco, pagarle con la misma moneda.

Pero el chantajista había aceptado sin resistencia, tan natural, tan directo… que su propio orgullo lo empujó a ofrecer aquella cortesía absurda.

El chantajista lo observó dos segundos y soltó un suspiro.

—…Doctor Lu, con ese porte de médico de guardia… ¿de verdad estás a punto de estallar en periodo de susceptibilidad?

Lu Kongyun asintió.

—Sí. Si no lo controlo, voy a perder la cabeza. Por eso vine contigo.

El chantajista lo siguió examinando. Al final, quizá por lo extraño que se veía Lu Kongyun, decidió creerle. Tomó un tubo de ensayo y le dio un golpecito suave en la cabeza.

—¿No sería más efectivo si el doctor Lu lo hiciera directamente conmigo? —preguntó de pronto—. Digo… ¿no sería mejor para ti?

Lu    Kongyun se quedó quieto.

Cachorritos. Cachorritos. Tener muchos cachorritos.

—No —dijo, y las esposas peludas tintinearon al tensarse—. No soy un perro rabioso.

El chantajista parpadeó sorprendido, Luego soltó una pequeña risa… pero había algo triste en sus ojos. O tal vez era un efecto de la mente nublada de Lu Kongyun.

—No esperaba menos del doctor que me gusta —dijo el chantajista, mientras se quitaba el parche inhibidor del cuello y respiraba hondo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lu Kongyun.

—Si no huelo tus feromonas, no voy a producir lo suficiente —respondió él—. Mi dulce corazón.

Las esposas de Lu Kongyun volvieron a sonar. Él alzó la mano y tiró del bozal, tenso.

—Gracias por ayudarme. Pídeme lo que quieras.

—Deja de darme las gracias —bufó el chantajista—. Solo estás usando la basura que produce mi cuerpo para curarte. No es como si te estuviera dando un riñón. ¿Cuántas gracias más vas a decir, joder?

»Soy un extorsionador que tiene tus secretos en la mano —dijo el chantajista mientras levantaba la caja de utensilios, con una voz espesa y cargada de burla—. El doctor Lu tiene que hacer todo lo que yo diga. ¿Qué más podría darme?

Sí. Exacto. Esa era la lógica.

¿Por qué demonios agradecerle a un chantajista?

Fue él quien había convertido su vida y su cuerpo en un caos.

El chantajista salió del salón y entró al baño. Cerró la puerta con llave.

Lu Kongyun también se puso en pie. Caminó hasta la esquina y se quedó mirando la puerta cerrada del baño.

Tic, tac. Tic, tac. El tiempo avanzaba.

…El sonido del reloj de pared se fue volviendo cada vez más nítido, amplificado por la sangre que latía en sus oídos.

Se echó hacia atrás el cabello cada vez más húmedo, sacó del pantalón la camisa empapada de calor y se acercó a la puerta. Dijo:

—Yu Xiaowen.

Pasó mucho rato antes de que, desde dentro, llegara una respuesta débil:

—…Mm.

—… —Lu Kongyun dijo—: No eres tú el que me está “usando” a mí para tener “mis” cachorros. Los tendremos juntos.

Hubo un silencio.

—Tss… Oye, Lu, ¿es que en tu periodo de susceptibilidad no tienes deseo, pero sí pierdes inteligencia? Estoy aquí partiéndome el lomo para llenarte el frasquito y tú ahí afuera dándome un discurso de igualdad, ¿eh? No me jodas mientras trabajo —gruñó la voz desde el baño—. De verdad que eres un idiota…

Las palabras se hicieron más débiles, sustituidas por un largo suspiro. Lu Kongyun permaneció de pie frente a la puerta, sin responder.

Apoyó los dedos, dejando que sus uñas y palma rasparan la madera. Luego bajó la mano.

Volvió al sofá y se dejó caer en él, medio recostado, usando la superficie fresca para aliviarse la cara. Tironeó de las muñecas, deseando con todas sus fuerzas romper la ligera cadena que unía los dos grilletes acolchados.

Tenía pequeñas medias lunas marcadas en la palma, huellas de sus propias uñas. Las presionó contra el cuero del sofá y generó un sonido que le calmaba.

Yu Xiaowen, mientras tanto, intentaba colocar el tubo más largo en la zona donde el fluido resultaría “más eficaz”.

Probó varias posiciones hasta que, al final, terminó arrodillado, apoyado sobre la tapa del inodoro, con el trasero ligeramente alzado. Con la otra mano sostenía su cabeza, mirando la pared de azulejos lisos donde veía su propio reflejo borroso. Ese tipo grisáceo, torcido en una postura absurda, sosteniéndose la “cola” detrás… parecía un monstruo a punto de revelar su forma original.

La información química lo afectaba; notaba cómo también su “cola” delantera iba tomando forma… así que giró la cabeza para no verse.

Mierda. Él, Yu Xiaowen, un policía de élite… ¿cómo había acabado haciendo esto? Menuda maldita mancha en su historial.

Pero no podía rechazar la petición de aquella víctima. No tenía nada que ver con cariño ni enemistad; en realidad, era una forma de lealtad.

Un equilibrio de deudas.

Hace muchos años, en un día cualquiera de secundaria, unos matones lo atraparon otra vez y lo persiguieron por varias calles bajo la lluvia. No sabía cómo, pero terminó dando un rodeo y volvió al colegio, entrando en el almacén de material deportivo. Allí encontró una colchoneta y se dejó caer para descansar.

Aquel lugar tenía un olor cálido y tenue, la fragancia que asociaba a la persona que le gustaba, y que siempre le había hecho sentir comodidad. Después de la lluvia veraniega, ese olor podía afectar a Yu Xiaowen, dejarlo tranquilo, incluso feliz.

Se tumbó un rato, cada vez más extraño, más caliente, empapado. Se durmió sin darse cuenta. Hasta que un sonido de zapatos de cuero resonó detrás de él, luego el arrastre de una silla, y la voz de un joven adulto.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me llamaste?

—Llévalo al hospital. Creo que tiene algo raro en el cuerpo —respondió la voz del adolescente Lu Kongyun.

Con dos pasos que se acercaban, la voz del joven preguntó:

—¿Y este quién es? ¿Lo dejaste así tú?

—…No. No lo conozco —respondió Lu Kongyun—. Un compañero.

El joven soltó una risa.

—Xiaoyun, este olor en la habitación… Mmm, por un momento pensé que te lo habías tirado y me llamaste para limpiar el desastre.

Reinó un silencio. El muchacho habló finalmente, en una voz tan baja que sólo podía oírse a unos centímetros, contenida y tensa:

—Creo que… este olor es muy desagradable. Llévatelo.

El joven inhaló profundamente, como degustando el aire, y luego exhaló con un suspiro largo. Se rió otra vez, más cerca de donde yacía Yu Xiaowen.

—Sí. No te equivocas.

Yu Xiaowen se quedó inmóvil, como si hubiera dejado de respirar.

Lu    Kongyun tampoco dijo nada.

—¿Y no puedes llamar al encargado del colegio? —preguntó el joven—. Tengo mil cosas que hacer.

—No. Ese tiene antecedentes —negó el muchacho de inmediato—. Este Omega está en calor; no puedes entregarlo a cualquiera.

El joven adoptó un tono exageradamente lento:

—Ah… Y tú no vas, ¿pero a mí, un Alfa, sí me puedes mandar? ¿Eso te parece seguro?

—Tu nivel es alto, no te verás afectado —replicó el muchacho, algo impaciente—. A los otros no les tengo confianza. Gracias. Llévatelo ya. Rápido.

—Tsk…

Cuando el joven levantó el cuerpo de Yu Xiaowen, las lágrimas de este brotaron por la sacudida. Pero no podía limpiárselas: estaba fingiendo dormir. Si Lu Kongyun descubría que había oído cómo decía que su olor era “asqueroso”, sería terriblemente incómodo y echaría a perder la buena intención que había puesto en ayudarle.

Así que Yu Xiaowen solo frunció la nariz y escondió la cara.

El joven que lo alzaba vio aquella lágrima, esa vergonzosa gotita de “gato”, que se detuvo un instante y soltó una risita.

—Qué desastre, ¿no crees? —dijo en voz baja.

—¿Qué? —preguntó Lu Kongyun desde atrás, sin entender, y respondió desde cierta distancia a la frase del joven.

Pero el joven no contestó. Se quitó su brazalete inhibidor y se lo puso a Yu Xiaowen.

—Un Omega de baja categoría que ni siquiera puede comprar un brazalete… si intenta acercarse a un Alfa de nivel alto, lo único que obtiene son lágrimas.

El cuerpo de Yu Xiaowen mejoró en cuestión de segundos gracias al brazalete, pero al mismo tiempo algo pesado y helado le cayó encima, como si lo sumergieran en agua glaciar. 

Aquel dolor desgarrador… nunca lo había sentido.

El joven lo sostuvo más alto, lo acercó a su oído y susurró:

—Pobrecito y miserable… No te hagas ilusiones. Él no se va a meter contigo.

“Se va a meter contigo, tú…” ¿Y tú quién carajos eres? Si no estuviera fingiendo dormir… ¡maldito…!

—Lu Qifeng, es menor de edad —advirtió el muchacho, con la voz forzada.

Lu Qifeng. También llevaba el apellido Lu   .

Yu Xiaowen retiró mentalmente las maldiciones que había dirigido a los antepasados de aquel tipo.

—Hace un momento confiabas en mí y ahora ya te derrumbaste —se burló el joven—. Tranquilo, aunque fuera mayor, tampoco le pondría las manos encima. ¿No fue justamente por eso que me llamaste?

Así que eso era.

Él me ayudó una vez. Ahora me toca devolverle el favor. Es simplemente la regla básica de cómo se comporta una persona decente.

Yu Xiaowen había respirado demasiado de la feromona del otro; ya casi no podía controlarse y seguía, sin saber desde cuándo, produciendo líquido sin parar. Sintió entonces que alguien le sujetaba la muñeca, forzándolo a detenerse.

—Ya está, Yu Xiaowen. Suficiente. Con eso basta.

Luego sintió que alguien le colocaba un brazalete en la muñeca.

—Listo. Para. Vuelve en ti.

El brazalete… A Yu Xiaowen se le escapó el nombre que había pasado por su memoria segundos antes:

—Lu    Qi…

Pero enseguida distinguió la  realidad y el recuerdo. Abrió los ojos. 

Sí: en su muñeca había un brazalete nuevo; no era imaginación. Y frente a él, la víctima, Lu Kongyun, seguía llevando las esposas acolchadas con orejas de gato, la cadena entre ambas brillando con cada movimiento.

La luz cálida del baño caía sobre el rostro del otro. Su línea del cabello y sus ojos estaban húmedos; el calor de su cuerpo atravesaba la ropa empapada, emanando un vapor casi febril. Parecía un poco fuera de sí. Y, por lo que Yu Xiaowen alcanzaba a notar, todavía no había usado nada de lo que él le había entregado.

Yu Xiaowen le soltó rápido la muñeca y, con un gesto vago de la mano, lo apartó:

—Estoy bien… Anda, ve y prepara la gran píldora regeneradora con el néctar celestial que te ha otorgado este inmortal.

El otro no se movió.

La mirada que le dirigió hizo que a Yu Xiaowen se le erizara el vello de la nuca. Midió instintivamente la distancia que había hasta la puerta. Entonces, por fin, Lu Kongyun actuó. Alzó las manos esposadas y habló con voz firme:

—Bien. Ábreme las esposas. Yo no puedo.

Yu Xiaowen miró sus muñecas; Lu   ego le sostuvo la mirada.

Al cabo, avanzó y le abrió una de las argollas.

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