Deseo de caza. Cap 7.- Eres un poco pervertido

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Capítulo 7.- Eres un poco pervertido

Song Mingqi giró la cabeza con dificultad.

Quien lo había atacado era un hombre calvo, con una gruesa cadena de oro al cuello y un tubo de acero en la mano. Tenía las aletas de la nariz anchas, el rostro tosco: encajaba a la perfección con todos los estereotipos que la gente asocia al hampa. Detrás de él había otros dos tipos, claramente sus matones.

—¿Qué quieren? —Song Mingqi se pegó a la pared y respiró hondo una y otra vez, obligándose a recuperar la calma—. Mi cartera está en el coche. Si es dinero lo que buscan, pueden llevárselo.

Los tres estallaron en carcajadas. El calvo lanzó el tubo de acero a uno de sus hombres y lo examinó de arriba abajo con sorna.

—¿Así que tienes dinero? ¿Y si tienes dinero por qué no apuestas?

De pronto, Song Mingqi lo entendió: allí era una cara desconocida, y eso los hacía sospechar.

—…Solo pasaba por aquí. Quería ver el combate.

—¿Ver el combate…? —El calvo le agarró el cuello de la camisa y tiró hacia arriba, dejando impresas unas huellas de dedos sucias—. ¿Te crees el director general o qué? ¿Vestido así vienes a ver boxeo clandestino? ¡Maldito per-ver-ti-do!

Hablaba con un marcado acento local de Guangnan. El aliento le apestaba. Song Mingqi contuvo la respiración con todas sus fuerzas, pero no quiso ceder.

—No quiero problemas. Será mejor que tú tampoco los busques.

El calvo volvió a reír, aún más fuerte.

—¿Problemas? Aquí no hay cámaras. Puedo hacer lo que me dé la gana.

La risa se cortó de golpe.

La entrada del callejón se oscureció de repente: una figura alta bloqueó toda la luz. Las botas de trabajo resonaron con firmeza contra el suelo. La sombra avanzó y, poco a poco, el rostro quedó iluminado por una farola dañada y mortecina.

Zhou Ling.

Llevaba unos pantalones de trabajo holgados y una camiseta de tirantes. Sus músculos, cubiertos de moratones, sobresalían de forma llamativa por los bordes de la tela. Estaba allí de pie, con las manos en los bolsillos y una bandolera deportiva negra a la espalda, imponiéndose como si cubriera el cielo entero.

La situación era absurda. Song Mingqi se dio cuenta de que su salvavidas era, precisamente, la persona a la que había estado siguiendo.

—¡Zhou Ling!

Pero el otro apenas le dedicó una mirada fugaz. Ni siquiera enfocó los ojos, como si solo estuviera de paso y no tuviera la menor intención de entrometerse.

Desesperado, Song Mingqi forcejeó y dio un traspié hacia delante, plantándose frente a él. El callejón no era ancho; Zhou Ling no tuvo más remedio que detenerse.

—¿Os conocéis? —el calvo apretó los dedos y volvió a empujarlo contra la pared. Song Mingqi soltó un gemido de dolor.

—No exactamente. Es un propietario de nuestro complejo —respondió Zhou Ling con un tono plano, frío, sin emoción. Aun así, era evidente que él y el calvo se conocían desde hacía tiempo.

Song Mingqi era consciente de la realidad: apenas se habían cruzado unas cuantas veces. No hacía falta pensar mucho para saber a quién favorecería Zhou Ling. Una oleada de desesperación le recorrió el pecho.

—Je. ¿Un propietario? —escupió el calvo—. ¿Un ricachón? ¿Y qué hace alguien como tú en un sitio como este? No será que eres un perro de la poli.

Song Mingqi apenas alcanzó a decir un “yo” cuando el calvo le hundió un puñetazo brutal en el estómago.

—¡Cierra la puta boca! ¿Quién te ha preguntado?

El rostro de Song Mingqi se deformó al instante; parecía que incluso se había mordido la lengua.

La mano de Zhou Ling se movió dentro del amplio bolsillo de su pantalón de trabajo.

—No sé qué hace aquí —dijo.

El calvo volvió a estrellar a Song Mingqi contra la pared con violencia.

—Entonces perfecto. A golpes seguro que lo averiguamos.

—Hermano Yuan —Zhou Ling alzó la mirada de pronto—. Déjalo ir.

El calvo lo miró como si hubiera oído una locura y, acto seguido, soltó una risa de desprecio.

—¿Me estás diciendo a mí lo que tengo que hacer?

—No —respondió Zhou Ling.

El otro le dio unos golpecitos en el hombro con el dedo, uno tras otro.

—Tú, que te dedicas a desatascar alcantarillas… si no fuera porque el jefe Feng te dio una oportunidad, ¿crees que podrías pisar este sitio?

—No me atrevería, hermano Yuan.

Aunque Zhou Ling no dejaba de disculparse, su mirada descendente era fría, casi desdeñosa, y no parecía sincera en absoluto.

—Solo que si os ponéis a pelear aquí, bloqueáis el paso. Tengo que ir a recoger el coche, por allí.

—…

El tal hermano Yuan lo observó durante unos segundos con expresión de “este tío está loco”, luego dio un paso atrás y dejó libre un pequeño espacio frente a él.

—¡Lárgate!

Zhou Ling no se enfadó. Al pasar de lado, los dedos de Song Mingqi rozaron su muñeca en un gesto suplicante. Él no reaccionó; siguió caminando.

Una ráfaga violenta se abalanzó hacia su rostro.

Song Mingqi cerró los ojos con desesperación. No sabía por qué, pero volvió a gritar su nombre…

—¡Zhou Ling!

Alguien chasqueó la lengua con fastidio.

El puño no cayó.

Cuando abrió los ojos poco a poco, vio al calvo con los ojos desorbitados, como si hubiera visto un fantasma.

El antebrazo de Zhou Ling le rodeaba el cuello desde atrás con fuerza, y en su mano izquierda brillaba una daga, apuntando directamente a la carótida que latía bajo la piel.

—Suéltalo.

Era la segunda vez que decía esas palabras esa noche, pero el tono no tenía nada que ver con el de antes: era opresivo, peligroso.

El calvo estalló en insultos, completamente desconcertado:

—¿Estás loco? ¿Por qué te metes donde no te llaman? ¡Si ni siquiera lo conoces!

—Hace demasiado ruido —Zhou Ling era bastante más alto que él; inmovilizarlo le resultaba tan fácil como sujetar a un pollo—. Si luego le pasa algo, dirán que fui yo. No quiero problemas.

Los ojos del calvo se desviaron hacia un lado, clavados en la punta del cuchillo. Ni siquiera se atrevía a tragar saliva.

—E-entonces guarda el cuchillo… todo se puede hablar, todo se puede hablar…

—No es tan fácil hablar —Zhou Ling curvó apenas los labios—. Me han estado golpeando toda la noche. Me duele la boca.

—Vale, vale, vale… —el calvo entendió que con un loco no se podía negociar y agitó las manos en señal de rendición—. ¡Joder, me voy! ¿Te parece bien?

No se supo cómo, la daga dio un giro elegante en la mano de Zhou Ling. Con el lomo del cuchillo golpeó el lateral del cuello del calvo y, como si arrojara basura, lo empujó lejos de sí.

El contacto helado desapareció en un instante.

El calvo, aterrorizado hasta los huesos, se llevó las manos al cuello y comprobó una y otra vez las palmas. Al ver que no había sangre, huyó a toda prisa junto con los suyos, sin mirar atrás.

El sonido de los pasos se desvaneció pronto al fondo del callejón. Zhou Ling enfundó el cuchillo con un movimiento limpio, se lo guardó en el bolsillo y, acto seguido, lanzó algo describiendo una parábola en el aire.

Song Mingqi alzó la mano por reflejo y lo atrapó. Era la llave de su coche, la misma que había desaparecido sin que se diera cuenta. Estaba húmeda, quizá manchada de barro; frunció el ceño con disgusto y pasó a sujetarla con sumo cuidado, pellizcando apenas el borde del aro con la yema de los dedos.

—Gra…

Zhou Ling no tuvo paciencia para escucharlo. Ya se había puesto en marcha, avanzando a grandes zancadas sin mirarlo siquiera.

Era un desdén evidente, pero a Song Mingqi solo le importaba la verdad; el orgullo le daba igual. Echó a correr tras él de inmediato, incluso el olor sanguinolento y nauseabundo que emanaba de su cuerpo le resultó, en ese momento, perfectamente soportable.

Aceleró un poco más hasta ponerse a su lado.

—Gracias.

Había en ese agradecimiento un matiz de condescendencia involuntaria, lo que sorprendió a Zhou Ling. Por primera vez esa noche, lo miró de verdad.

Una de las patillas de las gafas estaba torcida, la camisa blanca cubierta de manchas, la parte baja se había salido y enganchado por fuera del cinturón; los zapatos de cuero, ni hablar, embarrados y miserables. No quedaba rastro alguno de la pulcritud elegante, distante, de siempre.

De algún modo, el ánimo de Zhou Ling mejoró un poco. Su expresión se relajó.

—¿Qué haces aquí?

Song Mingqi guardó silencio unos segundos, evaluando rápidamente si decir que había pasado por casualidad sonaría creíble.

No lo sería.

—Te seguí —admitió sin rodeos.

Zhou Ling frunció el ceño, esperando una explicación.

—Bueno… —dijo él con ambigüedad—. Me interesas.

En cierto modo, no dejaba de ser verdad.

Zhou Ling esbozó una sonrisa burlona, pero enseguida dejó de hacerlo, como si el gesto le hubiera tirado de una herida en la cara.

—¿Qué clase de interés?

Song Mingqi no lo había pensado. Optó por devolverle la pregunta.

—¿Tú qué crees?

Aquel ratón de biblioteca parecía no ser consciente de lo vulnerable que se veía en ese estado; sus palabras, por eso mismo, sonaron frívolas.

Esta vez Zhou Ling lo miró con detenimiento. En su mente volvió a aparecer aquella carta, y pensó que ese cuerpo frágil, casi quebradizo, parecía tener una inclinación peligrosa por perseguir cosas que no le correspondían: peligrosas, poderosas.

Si lo aplastara bajo sus pies, ¿también lo aceptaría con gusto?

—Antes, el hermano Yuan dijo algo bastante acertado.

—¿El qué?

Zhou Ling lo miró y pronunció cada palabra despacio:

—Que pareces un poco pervertido.

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