Deseo de caza. Cap 10.- La espalda arropada…

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Capítulo 10.- La espalda arropada por un tono lila pálido

En la sala de estar quedó un espacio vacío.

Zhou Ling bajó el viejo sillón individual, y en el suelo permaneció una pequeña mancha de polvo, vestigio de lo que había estado allí.

Song Mingqi se arrancó de un tirón la peluca y pateó los tacones que le estaban destrozando los pies. Solo entonces se dio cuenta de que tenía las palmas empapadas de sudor y el estómago tan tenso que le daba espasmos.

¿Por qué esa persona era tan impermeable a todo?

No parecía haber perdido el control, ni reaccionó con ira a sus provocaciones; incluso se lavó las manos con toda seriedad para atenderlo, igual que cada vez que acudía a hacer reparaciones.

Pero las mujeres de pelo largo eran, sin duda, su tipo ideal. Song Mingqi había visto a Zhou Ling sudar: estaba reprimiendo algo con todas sus fuerzas, de eso no cabía duda.

Anotó con impaciencia los resultados del experimento de aquel día.

Sin embargo, como perfil psicológico personal, aún faltaban demasiadas piezas del rompecabezas: la familia de Zhou Ling, sus gustos, su forma de hablar, sus patrones de conducta… El cursor acabó deteniéndose en el espacio en blanco, parpadeando, a la espera de que algo nuevo lo llenara.

Mientras tanto, Zhou Ling, empapado en sudor, por fin encontró en la mesilla el encendedor que llevaba tiempo perdido. El dibujo estaba tan desgastado que apenas se distinguía; cuando ya pensaba que no funcionaría, una chispa prendió la llama. Bajó la cabeza y encendió el cigarrillo.

Exhaló profundamente. Solo entonces sintió que el corazón recuperaba un ritmo normal.

Se dejó caer contra la cama de hierro; la parte posterior de su cabeza le latía con un dolor sordo. El techo bajo, amarillento, había vuelto a humedecerse en algún momento, y el aire era tan denso y pegajoso que parecía exprimible. La lluvia seguía cayendo sin tregua, y la entrada del sótano estaba abarrotada de sacos de arena para contener las filtraciones.

Pero su mente seguía tibia, iluminada. Aquel dormitorio, las velas, la música… y aquella espalda envuelta en un suave tono lila. Y la sensación de tocarla.

Song Mingqi hoy había sido distinto.

En las dos reparaciones anteriores, quizá por considerarlo sucio, siempre había mantenido una distancia prudente con él. Pero aquella noche se había mostrado inusualmente generoso.

Imaginó que, si de verdad hubiera intentado tocarlo, Song Mingqi lo habría empujado con fuerza, abriendo mucho los ojos, con una expresión de sorpresa o miedo. Le habría insultado a gritos; en ese rostro delicado y ese cuello largo y elegante habría brotado un rubor de vergüenza y enfado.

Pero ese hombre siempre sabía fingir, posar, adoptar una actitud impostada. Mostraba admiración por los criminales; quién sabe si le gustaba que lo trataran con rudeza. Si le agarraba del pelo y le forzaba la cabeza hacia abajo, el cabello largo se deslizaría entre sus dedos; más abajo podría tocar su cuello fino, y la nuez, redondeada, subiría y bajaría con sus gemidos…

Era extraño. Normalmente no se detenía a pensar en ese tipo de cosas. Lentamente, llevó la mano hacia abajo.

El metal de la cama se meció y chirrió levemente. La respiración agitada se mezcló con el sonido de la lluvia, pasando del aguacero al goteo tenue.

Cuando todo terminó, el cigarrillo también se había consumido. Los músculos, tensos durante tanto tiempo, fueron relajándose poco a poco. Exhausto, se quedó mirando el techo, como si este descendiera lentamente, oprimiéndolo, robándole el aire.

Después de vaciarse, llegó el arrepentimiento. El deseo era sucio, repugnante. Se odiaba a sí mismo, porque aquel hombre era Song Mingqi, el mismo que escribía cartas a Wu Guan, y porque estaba haciendo algo inútil y profundamente equivocado.

Todo lo que podía proporcionarle placer le parecía indebido. Porque esas cosas erosionaban su determinación para llevar a cabo aquello que debía hacer.

La única bombilla del techo se apagó.

Otro corte de luz.

Zhou Ling cerró los ojos.

Después de aquello, Song Mingqi pasó dos días sin mirar el sótano frente a su ventana. Incluso cuando regaba las suculentas, se obligaba a no dirigir la vista hacia afuera. Se sentía un poco incómodo. Los tacones y el qipao acabaron enterrados en lo más profundo del armario.

El experimento había sido, sin duda, eficaz. Pero no podía seguir relacionándose con Zhou Ling bajo esa apariencia. No podía salir así a la calle: aún no estaba dispuesto a morir socialmente.

Durante ese tiempo, también intentó contemplar otras posibilidades del caso. Lo que más lo desconcertaba seguía siendo el color de los labios de la víctima.

Por todos los indicios de la escena, el asesino se encontraba de muy buen humor tras cometer el crimen. Caminó de un lado a otro de la habitación, admirando el cadáver, hasta que descubrió una caja completamente nueva de acuarelas. Al rasgar el plástico y enfrentarse a aquella profusión de colores, le surgió de pronto la idea de pintar el cuerpo.

¿Por qué elegir los labios?

La pintura de los labios suele representar, en la mayoría de los casos, una forma de embellecimiento o de expiación. Sin embargo, ante toda aquella gama cromática, el asesino escogió dos colores contrarios a toda lógica: verde y marrón. En el test de la casa-árbol-persona, esos colores ni siquiera se utilizan para representar seres vivos, y están muy lejos de cualquier noción de belleza.

Y más aún: por la naturaleza sádica del asesinato, estaba claro que el asesino no sentía el menor arrepentimiento hacia la víctima; podía decirse que no le importaba en absoluto. Entonces, ¿por qué arriesgarse a permanecer en la escena solo para “embellecerla”?

Song Mingqi no lograba encontrar respuesta a esas preguntas, por más vueltas que les daba.

Al final concluyó que, con toda probabilidad, se trataba de una conducta con una marca personal muy fuerte, imposible de clasificar de manera simple. Solía originarse en la experiencia, las preferencias o el entorno del individuo, pero sin conocer al sospechoso resultaba casi imposible hallar una pista clara.

Necesitaba una nueva fuente de inspiración.

Tal vez al destino le gustara demasiado el drama de los encuentros inevitables, porque cuando Song Mingqi se topó con Zhou Ling en el estacionamiento frente a una tienda de conveniencia, pensó que cuando uno quiere encontrarse con alguien nunca lo logra, y cuando no quiere, la persona aparece justo delante de sus narices.

Bajo el sol abrasador, una camilla naranja para mecánica se deslizó desde debajo de un Range Rover negro, dejando al descubierto el rostro sudoroso y no del todo limpio de Zhou Ling. Sus pupilas, oscuras y frías, se alzaron desde abajo y se encontraron directamente con la mirada de Song Mingqi.

Demasiada coincidencia.

Song Mingqi se quedó sorprendido. No sabía muy bien desde qué tipo de relación debía hablarle ahora. Al fin y al cabo, la última vez que se habían visto, Zhou Ling había visto su espalda desnuda y le había subido la cremallera del vestido.

Su mente aún estaba revuelta, pero sus pies se detuvieron antes de que pudiera reaccionar. No le quedó más remedio que abrir la boca y hacer una pregunta inútil, casi a disgusto:

—¿Reparando el coche? ¿De quién es?

—Del gerente general de la administración del edificio.

Zhou Ling respondió solo eso, tomó la llave inglesa y siguió trabajando.

El entorno quedó en silencio durante un rato. Hasta que el tintineo de la puerta de la tienda volvió a sonar, indicando la entrada y salida de clientes. Zhou Ling vio cómo los zapatos de cuero de Song Mingqi se detenían de nuevo frente a él; luego, el impecable pantalón del traje se arrugó al flexionarse, y Song Mingqi se agachó para tenderle una botella de agua. En el suelo, el reflejo del líquido proyectó un pequeño círculo de luz temblorosa.

Zhou Ling se impulsó con el borde de la camilla y salió completamente de debajo del coche. La camiseta sin mangas también estaba sucia; empapada de sudor, dejaba ver con claridad el contorno de sus músculos. Se quitó los guantes blancos de hilo grueso, manchados de grasa, y sin decir palabra apartó la botella con el codo.

Song Mingqi no se enfadó. Se enderezó y observó el Range Rover, casi nuevo y de aspecto imponente.

—Este coche no parece muy fiable —comentó—. Tan nuevo y ya se estropea… Antes había pensado en comprar uno.

Zhou Ling le lanzó una mirada rápida. El capó era tan grande que casi podría tumbarse encima un Song Mingqi entero; alguien de su complexión no encajaba bien con un todoterreno de ese tamaño.

—Es demasiado grande —dijo.

—¿Qué?

—Digo que este coche es demasiado grande para ti.

Song Mingqi se acercó un poco más al vehículo, como si estuviera comparando tamaños.

—¿De verdad? Yo lo veo… normal.

De pronto, sin motivo aparente, a Zhou Ling le vino a la mente la fantasía de aquella noche. Si presionara a Song Mingqi contra ese coche, entonces sabría que ese vehículo no era, en absoluto, adecuado para él.

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