Shh, no hables. Cap 33. La segunda orden

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Capítulo 33. La segunda orden

 

Era una mañana corriente de miércoles. La competencia deportiva conjunta del distrito se celebraba en el Sexto Instituto de Manjing. Las aulas estaban vacías; en la pista, las voces retumbaban.

La luz brillante de la mañana caía de lado sobre las pistas de carrera. El clamor de la multitud golpeaba los oídos. En cuanto Yu Xiaowen recibió el testigo, echó a correr con todas sus fuerzas.

—¡Vamos! ¡Vamos!

Sentía la sangre correr rápido, dándole ligereza y potencia. Iba en segundo lugar, pero tenía la mirada clavada en la espalda del primero; estaba convencido de que lo alcanzaría, de que recuperaría la distancia. Esa era la misión del último tramo, ¿no?

La confianza le mantenía la respiración estable, el cuerpo bien coordinado. Cada vez estaba más cerca. La línea de meta apareció a la vista.

Se inclinó hacia adelante, exprimiendo hasta la última gota de energía.

Acortó la distancia, se emparejó… y lo adelantó.

—¡Vamos, Sexto Instituto! ¡Seis, seis, seis! ¡Ahhh, Xiaowen, Yu Xiaowen! ¡Corre! ¡Vamos! ¡Dale, dale!

A medida que acelera y supera al rival, los gritos de sus compañeros se volvían tan ensordecedores que acallaron el resto del ruido. La ovación crecía y crecía, escalando hasta un estallido que parecía chocar como olas contra rocas justo cuando cruzó la meta.

Al terminar, fue rodeado de inmediato. Ajustando la respiración, Yu Xiaowen apoyó el testigo en el hombro y alzó la cabeza con una sonrisa radiante, recibiendo elogios mientras avanzaba con ligereza, como quien no acaba de ganar una carrera, sino de dar un paseo.

Pronto devolvió el testigo, tomó su toalla y fingió dirigirse hacia los baños para escapar de la multitud. A medio camino dobló por otro corredor, dejando atrás la pista, y se apresuró hacia el otro patio deportivo de la escuela, donde se disputaba la final del torneo de tenis.

Desde lejos ya escuchaba la ovación, así que aceleró el paso.

Entró en la grada abarrotada, buscando un lugar donde apenas cupiera un pie. Estiró el cuello y vio el marcador cambiar: «Sexto Instituto de Manjing – Instituto Experimental»: 30 : 40.

El rival de Lu Kongyun, lo sabía bien, era un estudiante deportista del Instituto Experimental, dos promociones mayor. Especializado en tenis, ya tenía asegurada una plaza universitaria por su talento. A esa edad, un año de diferencia pesaba mucho; aquel Alfa ya formado hacía que Lu Kongyun pareciera un muchacho demasiado joven, casi frágil, sin completar aún su diferenciación.

Lu Kongyun llevaba el uniforme deportivo con el emblema escolar y unas zapatillas blancas. Con la visera del gorro baja, no se le veía el rostro. Aún llevaba el protector bucal y las muñequeras. Hacía botar la pelota: una, dos, tres veces; la atrapaba con la muñeca suelta, la dejaba caer, repetía.

Estaba por sacar. La grada estalló en vítores.

Yu Xiaowen miró el marcador, tan difícil de remontar, y luego al muchacho atrapado por el protector y las bandas. Una emoción inexplicable le subió por el pecho. Gritó, con la voz todavía agitada por la carrera:

—¡Lu Kongyun! ¡Vamos!

Su voz, cargada de jadeo y de euforia, destacaba incluso entre los gritos.

El muchacho detuvo el bote de la pelota. Alzó la cabeza, despacio, hacia la grada. Por fin la luz iluminó su rostro.

Cuando su mirada serena se dirigió hacia ese punto de las gradas, la boca, oculta tras el protector, pareció curvarse apenas. Tal vez fue solo un espejismo.

La respiración que Yu Xiaowen tenía a medio camino se le atascó en la tráquea. Se quedó sin aire. El corazón empezó a golpearle el pecho, se le encendieron las mejillas. Instintivamente quiso saludar con la mano, pero apenas la levantó a la altura del pecho cuando el muchacho ya se había girado de nuevo, limpiándose el sudor del mentón con el dorso de la mano.

Retrocedió un paso, alzó la mirada y fijó los ojos en el punto exacto donde lanzaría la pelota.

La elevó con fuerza. Cuando la bola alcanzó la altura de su mirada, la línea de su tendón de Aquiles se tensó.

Salto. Arqueo. Golpe.

El movimiento en el aire era tan veloz que ni un parpadeo podía captarlo entero. Yu Xiaowen no se permitió pestañear.

No fue hasta que terminó el partido que sintió lo húmedas que estaban sus palmas, las uñas marcándole medias lunas rojas en la piel.

Qué bien.

Ojalá pudiera verlo un poco más.

Ojalá pudiera verlo siempre.

Lu Kongyun observó un momento la nueva orden del pícaro dado «perverso», luego alzó la vista y se encontró con los ojos del chantajista clavados en él. Se quedó inmóvil dos o tres segundos, y entonces recordó que debía preguntar de vuelta.

—¿Qué estás mirando? —La expresión del chantajista se volvió perezosa tras un parpadeo; apoyó una mano en la cintura—, digo, ¿estás seguro de que sabes leer los caracteres de S Country? Llevas mirándolo una eternidad. ¿Qué pone ahí?

Lu Kongyun giró la pantalla del móvil hacia él y, además, repitió el contenido con sus propias palabras:

—Dice que dos personas deben liberar sus feromonas mutuamente y permanecer juntas quince minutos. Sin inhibidores.

El silencio cayó por un instante y el chantajista se rascó la cara.

Como no daba más instrucciones, Lu Kongyun le agitó la pantalla delante.

El otro apretó los labios un momento, hasta que por fin habló, con voz de fastidio:

—Tú eres un A de élite y yo un O de baja categoría. ¿Y esto se supone que es un castigo para ti? Claramente el castigado aquí soy yo.

En la mente de Lu Kongyun apareció de repente aquella escena en que, durante su estallido de susceptibilidad, el objeto de su dependencia lo había inmovilizado como un águila extendiendo las alas en el baño de su casa.

Respiró hondo para aplacarse. Su fase de susceptibilidad ya había terminado.

El chantajista levantó un dedo, juguetón:

—¿Y si repetimos el mandato anterior? Mucho más práctico.

—Práctico —admitió Lu Kongyun.

El chantajista se recostó en el tronco del árbol. Lu Kongyun miró sus dedos aferrados a la corteza, sus labios que antes estaban pálidos, ahora se mostraban encendidos, y la mancha oscura de jugo floral en su pecho. Luego bajó la mirada hacia su propio bolsillo, embarrado mucho peor.

—Si no puedes apostar, renuncia. Mi coronel. —Treinta segundos después, dijo con absoluta calma.

—¿Cómo crees? —Por una vez, el chantajista pareció incómodo. Pasado un rato, su expresión se relajó y en sus ojos apareció la serenidad de quien ha tomado una decisión—. Aquí no. Busquemos otro sitio. Un A de élite liberando feromonas en público es alterar el orden público. Si nos pillan, seguro llaman a la policía. Y tú sigues llevando uniforme militar.

Lu Kongyun sostuvo su mirada.

El chantajista desvió la vista hacia el árbol cercano. Lo palpó.

Guardó silencio unos segundos.

—Vine en coche —dijo Lu Kongyun.

Los dos abandonaron el pequeño parque. Recorrieron el camino de vuelta hacia la comisaría y, al llegar a la esquina, tomaron la calle opuesta, en dirección al estacionamiento temporal. Ya era hora de la salida, así que la mayoría de plazas estaban vacías. Pero Lu Kongyun había llegado temprano, así que su coche estaba lejos, en un rincón apartado.

El chantajista caminaba tras él y preguntó distraído:

—¿A qué hora llegaste? ¿Cómo es que dejaste el coche tan lejos?

Lu Kongyun no respondió.

Al acercarse, el chantajista abrió los ojos, sorprendido, mirando la camioneta con matrícula militar:
—¿Conduces un vehículo del ejército? ¿A los cadetes se les permite salir del campo de entrenamiento conduciendo un coche militar así nada más? ¿No están un poco… relajados con las normas?

—Mm —respondió Lu Kongyun.

 —Huele a sangre. —añadió el chantajista al abrir la puerta trasera y olfatear.
Lu Kongyun entró desde el otro lado y cerró la puerta.
—Mm.

El chantajista también subió.

El silencio se volvió espeso.

—No olvides cronometrar —dijo él, recostándose en la puerta.

—Mm—. Lu Kongyun lo miró. Luego se dejó caer contra el asiento trasero, abrió las piernas y alzó la muñeca para revisar el reloj—. ¿Empezamos?

El chantajista se cubrió un poco la nariz.
—Dale. Tú suelta.

—…

—Quítate primero la pulsera —dijo Lu Kongyun.

El chantajista cambió de postura, se retiró el brazalete inhibidor y lo sostuvo en la mano.

Lu Kongyun extendió un dedo, enganchó la pulsera desde su palma y la lanzó al asiento delantero. Después lo miró fijamente.

Durante ese intercambio de miradas, el chantajista esbozó una sonrisa ladina.

—¿Qué pasa? ¿Ahora que terminó tu estallido de susceptibilidad, el doctor Lu quiere observar en detalle cómo un Omega de mala clasificación pierde la compostura bajo sus feromonas? ¿No viste suficiente?

—La app de dados pervertidos en tu móvil no la instalé yo —dijo Lu Kongyun con serenidad—. La apuesta tampoco la propuse yo.

Revisó el reloj.

—Siete cincuenta y tres —anunció.

Y comenzó a liberar sus feromonas.

Bastaron unos segundos para percibir las del chantajista. No eran intencionales: era una reacción involuntaria, incitada por el Alfa.

Él también lo notó; parecía sorprendido de que su respuesta de celo brotara tan rápido. Tragó saliva y miró a Lu Kongyun de reojo.

Observó al joven médico unos segundos y luego rió bajo.
—Debe de ser porque no bebes. Para ser sincero, tengo compañeros y amigos que dicen que huelo bastante bien.

Al cabo de un momento, Lu Kongyun retomó la conversación:
—¿Qué dicen exactamente?

El chantajista respondió con total desvergüenza:
—A veces, cuando trabajamos horas extra, el ambiente de la oficina se llena de olores rarísimos, y los Alfas de alto nivel son súper agresivos. Pero si estoy yo, da igual qué tipo de O haya: el aire se siente más fresco. Conmigo las horas extra se pasan mejor. Los Alfas de nivel medio adoran trabajar conmigo. Soy bastante popular, ¿sabes?

Lu Kongyun lo observó en silencio.

—Pero qué… —el chantajista frunció el ceño—. ¿Qué clase de cara es esa? ¿No me crees? Te juro que todos…

Lu Kongyun lo interrumpió:
—Hablemos de otra cosa.

El otro apretó los labios. Se limpió con la mano los ojos, que ya empezaban a brillar por la reacción fisiológica. Luego giró la cara hacia la ventana.

Lu Kongyun se inclinó hacia delante, abrió la guantera y sacó un paquete de pañuelos y media botella de agua.
—Nadie la ha bebido —explicó—. Solo usé un poco para enjuagarme las manos.

Colocó la botella en las piernas del chantajista, sacó un pañuelo y se lo tendió.

El chantajista suspiró, lo tomó y se frotó la cara. En ese mismo movimiento, aprovechó para estirar discretamente la camisa y cubrirse.

—¿Cuánto falta? —preguntó.

Lu Kongyun revisó el reloj.
—Apenas han pasado dos minutos.

 —¿¡Imposible!? —El chantajista abrió los ojos de par en par.
Lu Kongyun elevó la muñeca para enseñarle la hora.

—Mira tú mismo: siete cincuenta y cinco.

El extorsionador le dio una patada en el pie.

—Me haces sentir como un animal salvaje en plena temporada de apareamiento, observado con toda la calma del mundo por un humano. ¿Te parece divertido? Je. Sé lo que estás pensando. No tiene gracia. Lo que quieres es vengarte.

—…Ya te dije que no puedes culparme a mí —Lu Kongyun no retiró el pie—. Fue tu apuesta.

El extorsionador aspiró con fuerza, indignado.
—Lu Kongyun, te has vuelto malo. De niño no eras así. Te advierto, ¿eh? Voy a dejar de caerte bien.

Lu Kongyun se quedó quieto.

—¿En aquel entonces me conocías?

El extorsionador apretó el pañuelo y se secó el cuello sudoroso por el calor. Retiró la mano, pero se quedó sin fuerzas y apoyó la palma en el respaldo delantero para no deslizarse. Respiraba con dificultad, así que, reprimiendo el aliento, contestó:

—No es que nos conociéramos… solo que yo sabía de ti. En el Seis, ¿quién no sabía quién era Lu Kongyun?

Lu Kongyun observó sus dedos inquietos, que se cerraban y se abrían una y otra vez.

—Pero no tengo ninguna impresión de ti.

—Claro que no —respondió el extorsionador—. Yo era solo un compañero más, uno del montón. Uno de esos pasajeros sin sentido que pasan por tu vida sin dejar rastro.

Al oírlo, la mirada de Lu Kongyun volvió a su rostro. Lo observó un momento y dijo:

—A veces no prestó suficiente atención. Pero, si lo hago, me acuerdo.

El extorsionador no respondió, solo dejó escapar una risita ahogada mientras sus ojos brillosos se perdían en el techo. Luego cambió de tema:

—Después… ¿llegaste a ganarle al estudiante prodigio de la escuela experimental?

Lu Kongyun arqueó una ceja.
—¿Quién?

—En tu periodo de diferenciación, cuando competiste en el torneo intercolegial del distrito. ¿No lo recuerdas? En la final… peleaste contra ese tipo tan alto. Ya tenía bastante barba.

Lu Kongyun pareció recordar.

—Ah, ese. Nos volvimos a encontrar en la liga universitaria. Y ahí gané yo.

 —Je… claro, eres tú. —El extorsionador asintió como si fuera lo esperado.

Que alguien lo conociera tan bien, mientras él no guardaba ningún recuerdo del otro, no era una sensación nueva para Lu Kongyun. Por su identidad, jamás había prestado demasiada atención a los demás, pero los demás sí se fijaban en él por ser de la familia Lu, lo quisieran o no. Y no era culpa suya, así que nunca se sentía obligado a corresponder.

Además, en esa época estaba en plena diferenciación, con el olfato confuso por completo. Para un alfa superior, la adolescencia había sido un combate interminable contra sus propios impulsos animales.

La mirada del extorsionador se había perdido lejos. Movió el cuerpo sin pensar, acomodando la botella entre las piernas hasta que quedó sujeta en el ángulo exacto.

Entre sus muslos, la media botella oscilaba tenuemente bajo la penumbra, reflejando destellos húmedos.

…Lu Kongyun se tocó la muñeca. Estaba vacía.

Casi nunca usaba inhibidor, por lo que no tenía el hábito de llevar nada ahí. Observó al extorsionador, cada vez más aturdido. No pasaba nada. Ese delincuente que no había sabido medir sus fuerzas ya había jugado suficiente; su propia vida, arrastrada accidentalmente por la apuesta, estaba a punto de volver a la orilla. Y después no volverían a verse.

De pronto, Lu Kongyun apretó los dientes.
—Yu Xiaowen.

El extorsionador dio un respingo y lo miró, los ojos abiertos de par en par.
—¿Mm?

Lu Kongyun lo miró en silencio.

—Joder. Pensé que de verdad ibas a acertar —dijo el extorsionador, aliviado, con un matiz travieso. De repente apoyó la cabeza en el asiento, el pecho agitándose sin control, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Se tironeó del cuello de la camiseta para respirar, y con ese mismo movimiento se secó la cara, dejando todo lo demás expuesto.

—¿Cuánto… falta? —preguntó con voz rota.

—Diez minutos —Lu Kongyun apartó la mirada, le quitó de la mano el pañuelo hecho una bola que estaba completamente empapado y lo arrojó al asiento delantero. Luego sacó una toallita nueva y la deslizó despacio en su palma.

El extorsionador empezó a temblar sin control.

Lu Kongyun se inclinó hacia él. Le posó los dedos en la nuca: ardía. El otro se estremeció aún más por el contacto frío, con los ojos muy abiertos. 

Lu Kongyun entreabrió los labios, dejando ver un destello blanco y afilado: los colmillos con los que un alfa podía inyectar feromonas directamente en el cuerpo de un omega.

Pero terminó por alejarse. Abrió la ventanilla y sacó la cabeza al aire frío.

—¿Quieres que te dé otro beso? —murmuró el extorsionador detrás de él.

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