No disponible.
Editado
No supo cuánto tiempo había dormido. De pronto, esa cosa cálida y acogedora que había estado en su pecho se movió, y con mucha violencia. Inmediatamente después, un grito de alarma llegó a sus oídos: —¡Tío, despierta! ¡Despierta rápido!
Shan Ming abrió los ojos de golpe, alerta, y miró a su alrededor con cautela. Ante él se extendía un amplio espacio despejado. Una llama vigorosa danzaba lentamente, iluminando brillantemente la zona circundante. Echó un vistazo pero no había nada.
Shen Changze en cambio, lo abrazaba con fuerza, gritando aterrado: —Hay algo, tío. Hay algo en el bosque.
Shan Ming dudó de sí mismo, preguntándose si se habría atontado durmiendo. Sino cómo era posible que si había algo en el bosque que incluso este niño podía ver, él no lo viera. Cargando al niño, se puso de pie. Con su brazo herido, recogió un palo encendido, dio unos pasos hacia adelante e iluminó con la llama el bosque no muy lejano. Pero aun así, no vio nada.
Su vista, olfato y oído habían sido entrenados. Si realmente hubiera algo cerca, era imposible que no lo viera. Dijo con frialdad: —¿A qué vienen estos sustos de repente? No hay nada.
—¡Sí lo hay! ¡Sí lo hay! Tío, yo lo siento, hay algo, ¡de verdad que lo hay!— El niño se encogió en sus brazos aterrado, su cuerpo temblaba incontroladamente.
Shan Ming, con el ceño fruncido, miró el remolino de cabello en lo alto de su cabeza. Con escepticismo, levantó el palo ardiente y se acercó al bosque. Incluso al llegar al borde mismo del bosque, seguía sin ver nada. Con un tono algo irritado, dijo: —¿Una mierda? ¿Dónde? No ha pasado ni una hora y ya me despertaste.
El niño con la voz entrecortada por el llanto, dijo: —De verdad lo hay, tío, yo lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Qué quieres decir con que lo sientes?— Al terminar de decir esto, Shan Ming sintió de repente un sobresalto en su corazón, un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Había percibido con agudeza una intensa aura asesina.
Shan Ming se volvió bruscamente. Entonces vio que, sobre la roca de diez metros de altura en la que antes se había apoyado, centelleaban varios pares de ojos de un verde fosforescente.
¡Eran lobos!
Aunque permanecían ocultos en la oscuridad y no se distinguían bien sus formas completas, Shan Ming, basándose en las escasas características visibles, determinó que era una manada de lobos, y no una manada precisamente pequeña. Había seis lobos.
Shen Changze también vio aquellos pares de ojos siniestros que los observaban. Ya no se atrevió a llorar ni gritar en voz alta, y en su lugar comenzó a sollozar en silencio.
Shan Ming no se atrevía a moverse.
Los lobos son animales extremadamente inteligentes y estratégicos. Son expertos en la caza; la astucia que emplean al hacerlo no es en nada inferior a la que los humanos usan en la guerra. Esos lobos lo estaban observando a él, mientras él observaba el terreno. Esos lobos podían descender por la pendiente lateral, y si su velocidad era alta, en solo unos segundos podrían estar frente a él.
Si lograba regresar corriendo al fuego y recuperar su arma antes de que aquellos lobos lo alcanzaran, dado que esas bestias temían las llamas y él estaría armado, sin duda podría hacerlas retroceder.
Pero él ya había llegado al borde del bosque, y también estaba a más de diez metros de distancia del fuego. En definitiva, ¿sería más rápido él corriendo hacia allá? ¿O serían más rápidos los lobos bajando de la roca?
En la frente de Shan Ming brotó un sudor frío. Analizó rápidamente su propia situación. No tenía un arma en la mano, solo una daga. Su brazo izquierdo estaba herido, y en sus brazos cargaba a un niño. Esta circunstancia, de cualquier forma que se viera, le era desfavorable.
No se atrevía a moverse. Sabía que si él era el primero en perder la calma, sería despedazado y devorado por estos seis lobos.
Ahora, la única acción sensata era arrojar a este niño. Esos lobos se ocuparían primero de la presa más accesible, y él tendría tiempo suficiente para huir.
El cuerpo suave y diminuto aún sollozaba y temblaba en sus brazos, gimiendo en voz baja: —Tío, tengo mucho miedo, sálvame, tengo miedo.
Las pupilas negras como la tinta de Shan Ming estaban clavadas fijamente en las bestias cuyos ojos brillaban con un brillo verde. Dijo con voz grave: —¿Quieres seguir con vida?
El niño quedó un momento paralizado, como si presintiera algo. Apretó a Shan Ming con más fuerza aún, enterrando su cabeza desesperadamente contra su pecho, como si ansiara meterse dentro de su cuerpo.
—Si quieres seguir con vida, entonces bájate, ponte aquí y sirve de cebo.
El niño gritó llorando: —¡No! ¡No!— se aferró a Shan Ming con desesperación: —¡No!
Shan Ming separó a la fuerza el brazo que le rodeaba el cuello. Sus ojos helados penetraron en la mirada del niño: —Escúchame bien. No tengo ninguna obligación de salvarte. Solo tú mismo puedes salvarte. Te doy una oportunidad. Te quedas aquí de cebo mientras yo voy a buscar mi arma. No puedo correr contigo en brazos, así que no te llevaré. Si yo logro sobrevivir, entonces te daré a ti la oportunidad de sobrevivir. Si no quieres esta oportunidad, entonces te mataré ahora mismo y te echaré a los lobos, para que no me estorbes.
Shen Changze miró fijamente a Shan Ming, estupefacto. Olvidó llorar, olvidó gritar, olvidó incluso suplicar. Miró los ojos de este hombre, fríos y despiadados.
En su pequeño corazón, de repente surgió una oleada de furia y odio. No creía en las palabras de este hombre. Este hombre definitivamente lo abandonaría y huiría solo. Este hombre no tenía sentimientos, era un demonio. No volvería a salvarlo, definitivamente lo dejaría atrás para salvar su propia vida.
Shan Ming sintió que el cuerpo del niño se relajaba, que ya no se aferraba a él con desesperación. Puso al niño en el suelo.
Shen Changze alzó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de resentimiento. Dijo en un susurro: —No vas a salvarme.
Shan Ming le levantó la barbilla con los dedos; dijo con frialdad: —Incluso si no te salvo, ese sería tu destino—. Empujó el palo encendido en la mano del niño. —Quédate aquí quieto. Si los lobos se acercan, agita el palo con todas tus fuerzas.
Shan Ming se puso de pie. Desde sus pies surgió una fuerza, esa fuerza que estalla en una situación desesperada. Sabía que la velocidad con la que corriera decidiría si este niño tenía o no posibilidad de sobrevivir.
Lanzó un grito furioso para atraer la atención de la manada. Luego, con su cuerpo ágil, se impulsó y salió disparado en una carrera desenfrenada en dirección a su equipaje.
Justo al mismo tiempo, la manada de lobos se lanzó frenéticamente pendiente abajo desde la ladera, a una velocidad asombrosa.
Shan Ming al acercarse al fuego rodó sobre el suelo, agarró de un tirón la metralleta y la pistola, y luego saltó desde el suelo y corrió de regreso.
Apenas se dio la vuelta, se quedó pasmado. El palo encendido había sido arrojado al suelo, y Shen Changze ya no estaba a la vista.
Uno tras otro lo lobo se adentraban persiguiendo en el bosque.
Shan Ming maldijo en voz alta: —¡Mierda!
Este niño no confiaba en él.
Sin embargo, ese niño tampoco tenía realmente motivos para confiar en él. Solo que había hecho una estupidez: había corrido más allá del alcance en el que Shan Ming podía salvarlo.
Shan Ming vaciló por un instante sobre ir o no a salvarlo. En esa breve pausa, el lobo líder ya se había adentrado en el bosque.
La acción de Shen Changze había desbaratado todo su plan. Originalmente había pensado en matar al lobo alfa de un disparo. Después de la muerte del alfa, estos lobos retrocederían por la confusión. Esta era la única oportunidad en que ambos podrían sobrevivir que él podía pensar.
Tan solo fantasear con que un niño de cinco años pudiera cooperar, era en efecto una ilusión. Shan Ming dejó de darle más vueltas. Alzó el arma y disparó dos ráfagas cortas. Una impactó en el cuerpo de un lobo que iba último, la otra bala erró su objetivo.
Shan Ming, empuñando la metralleta, se lanzó en su persecución hacia el interior del bosque.
Alejado ya del fuego, el bosque era completamente oscuro, y la visibilidad extremadamente baja. Shan Ming solo podía ver sombras que se movían velozmente a la luz de la luna, pero ya era completamente incapaz de apuntar. Mientras corría, disparó al azar varias veces hacia adelante. No esperaba acertar a los lobos, con asustarlos era suficiente.
Muy pronto, vio las sombras negras dispersarse hacia los lados. Sabía que esos lobos estaban a punto de comenzar a rodear. Con las dos piernas cortas de ese niño, era absolutamente imposible que hubiera corrido muy lejos antes de que los lobos lo alcanzaran. Debía estar más adelante, no muy lejos.
Después de atravesar el bosque, ante sus ojos apareció un tenue reflejo de luz. Shan Ming reconoció que era un pequeño río. El niño tenía sumergida en el agua más de la mitad de su cuerpo, apenas asomaban su nariz y sus ojos. Esos cinco lobos habían rodeado el pequeño río por delante y por detrás, como si tuvieran recelo del agua, y no se atrevieran a actuar de manera imprudente.
Shan Ming tampoco sabía si este niño había tenido suerte, o era lo suficiente listo como para saltar al río.
Los lobos son animales muy cautelosos. Su cautela le dio tiempo a Shan Ming.
Solo que esos lobos descubrieron muy pronto a Shan Ming. El lobo alfa volvió la cabeza y lo miró, luego se escabulló rápidamente. Los otros cuatro lobos también se escurrieron hacia el interior del bosque.
Shan Ming alzó el arma e intentó disparar, pero falló por completo. No se atrevió a quedarse en el bosque y corrió apresuradamente hacia la dirección de Shen Changze.
Apenas había corrido unos pasos cuando sintió una ráfaga de viento en su espalda. Sin pensarlo, se giró y disparó. Pero falló. Vio que esos cinco lobos se abalanzaban hacia él, tres por delante y dos por detrás, y además ni siquiera corrían en línea recta.
¡Estas bestias! Shan Ming los maldijo en su interior. Alzó la mano y disparó otra vez, logrando finalmente derribar al que estaba justo en el medio. En ese momento, el lobo alfa que estaba a solo dos o tres metros de distancia, saltó y se abalanzó sobre él.
Shan Ming blandió la culata y la estampó con fuerza en su cara. La metralleta salió volando. Shan Ming se agachó, esquivando el ataque de otro lobo. Luego sacó la daga de su bota, se tiró bruscamente al suelo, levantó la mano y la agitó violentamente. El vientre del lobo que estaba sobre su cabeza fue rajado por un corte sangriento, que al instante hizo que el animal, aullara y cayera al suelo incapaz de moverse.
Shan Ming rodó hacia atrás sobre el suelo. Un lobo le mordió la bota militar, sus colmillos afilados se clavaron al instante en la carne. Shan Ming gritó, sacó la Browning de su cintura y le disparó dos tiros en la cabeza al lobo.
Los dos últimos lobos finalmente se abalanzaron sobre él y comenzaron a desgarrar y morderlo frenéticamente.
Shan Ming usó su brazo para bloquear su cuello con desesperación, blandiendo la afilada daga de un lado a otro. La Browning escupía balas al azar. Después de que los 9 proyectiles se hubieran agotado, Shan Ming golpeó con fuerza el ojo de un lobo con la empuñadura del arma, luego, de un solo movimiento, alzó el cuchillo cortándole el cuello.
El otro lobo, tras arrancarle un pedazo de carne del muslo, aunque había olido suficiente el tentador aroma a sangre, ya no atacó. En cambio, llamado por el lobo alfa, huyó despavorido.
Todo el proceso no había durado más de un minuto. En el suelo yacían tres cadáveres de lobos, y un hombre cubierto de sangre.
Shan Ming jadeaba con fuerza, con los ojos muy abiertos mirando el cielo nocturno de un azul oscuro, inmóvil.
El niño pequeño salió del río, corrió hasta su lado y llorando, lo llamaba: —Tío…
Shan Ming lo miró, levantó la mano y le dio una fuerte bofetada, haciéndole perder el equilibrio al niño y caer al suelo. Con voz ronca, dijo: —Te dije que te quedaras ahí.
El niño se abalanzó sobre él: —Tío, lo siento, estás sangrando muchísimo, ¿qué hacemos?, ¿qué hacemos?
Shan Ming soportando el dolor se incorporó desde el suelo: —No moriré.
Revisó sus heridas. El muslo, el brazo y el pie habían sido mordidos por los lobos. Pero, exceptuando el brazo, las otras heridas no eran muy graves. Afortunadamente, no habían alcanzado puntos vitales.
Estas heridas, en circunstancias normales, no le costarían la vida a Shan Ming. Pero en este maldito bosque donde gritas al cielo y el cielo no responde, gritas a la tierra y la tierra no da señales, él también comenzó a preocuparse de no poder salir con vida.
Miró el pequeño rostro lloroso de Shen Changze y su corazón se llenó de desprecio.
Un ser débil, que en todo momento necesita la protección de otros, que no hace ninguna contribución a este mundo y que además es una carga para los demás. Un ser así es el alimento más adecuado para los fuertes. En la concepción de Shan Ming, simplemente no tenía ningún valor seguir con vida.
Y sin embargo, él mismo había salvado a tal desecho.
Shan Ming no estaba dispuesto a pensar en por qué lo había salvado. Él actuaba solo según sus preferencias. Si lo salvo, lo salvo. Pensar en el porqué no servía para una mierda.
Ordenó: —Recoge mis armas.
El niño se secó las lágrimas del rostro y fue corriendo a recoger las queridas posesiones de Shan Ming, la MP5 y la Browning.
Shan Ming, apoyándose en la MP5, se puso de pie. Cojeando, se acercó hasta donde yacía un lobo muerto. Resopló: —Ahora hay carne de lobo de sobra, y además se puede comer fresca—. Volvió la vista hacia Shen Changze y le tendió el cuchillo ensangrentado: —Tú hazlo.
El niño apretó los labios, y tomó el cuchillo con una mano temblorosa. Miró al lobo que acababa de exhalar su último aliento, sujetó el cuchillo con fuerza con ambas manos, apretó los dientes y lo clavó con violencia en la carne. La sangre aún no coagulada le salpicó la cara.