꧁ Capítulo 8 ꧂

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Shan Ming durmió de un tirón hasta el atardecer. Últimamente, había comido, dormido y descansado bien. Aunque tenía heridas en el cuerpo, seguía sintiéndose lleno de energía, como si toda su persona hubiera vuelto a la vida.

Después de dormir lo suficiente, sintió un poco de hambre. Se levantó y quiso buscar algo para comer. Pero nada más salir de la tienda, vio a Shen Changze reclinado torpemente junto a una palangana para lavar ropa, roncando profundamente.

Shan Ming se quedó un momento desconcertado, y luego recordó que había sido él quien hizo que viniera a lavar su ropa. Frunció el ceño, miró la ropa que seguía remojada en la palangana con agua, alzó el pie y le dio una patada al niño.

El niño cayó torpemente al suelo y luego, lentamente se levantó arrastrándose, mientras se frotaba los ojos somnolientos, alzó la vista y miró a Shan Ming.

Shan Ming lo miró con el rostro ensombrecido. 

El niño, como si de repente se despertara por completo, miró la ropa dentro de la palangana y con el rostro lleno de aflicción dijo: —No sé lavar ropa.

—Cuando sepas lavar, entonces comerás. Hoy te quedarás con hambre, basura—. Shan Ming ya no le prestó más atención y se fue cojeando hacia la tienda de logística a buscar algo para comer.

Tomó de la cocina media oca asada y un paquete de cervezas, y cojeando nuevamente, regresó a su propia tienda. Luego, se sentó con las piernas cruzadas en la entrada de la tienda, y comenzó a comer delante del niño.

El niño clavó la mirada en la oca asada, dorada, brillante y aceitosa, sus ojos brillaron directamente, tragando saliva sin parar.

Shan Ming arrancó un muslo de oca y comenzó a engullirlo vorazmente. Mientras bebía cerveza, comía grandes bocados de carne. El aroma se esparcía por el aire, volviendo loco de hambre al niño, pero él sabía que esta persona definitivamente no se ablandaría con él por sus halagos o súplicas. Miró con ojos suplicantes un rato y luego, afligido se levantó del suelo, metió su manita dentro de la palangana de lavar ropa, agarró la pesada chaqueta militar y la sacudió de un lado a otro en el agua.

Shan Ming soltó un resoplido frío: —Métete dentro de la palangana y pisa con los pies. Ni siquiera sabes lavar ropa, de verdad no sé para qué te mantengo.

Las largas y finas pestañas del niño parpadeaban ligeramente, esforzándose por ocultar sus emociones. Saltó dentro de la palangana y pisoteó la ropa bajo sus pies, descargando su furia.

Shan Ming mostró una sonrisa maliciosa, y mientras comía chasqueaba los labios. Pronto metió la media oca gorda en su estómago.

El niño pisoteaba mientras clavaba la mirada hacia abajo con los ojos llenos de lágrimas, y en menos de un segundo, gotas de lágrimas cayeron en cadena dentro del agua.

A Shan Ming le irritaba profundamente que llorara por cualquier cosa. Él mismo había pasado por muchas penurias de niño, y nunca había llorado tanto como él. Creer que derramar lágrimas podría ganarle compasión, era esa clase de ingenuidad que realmente hacía enojar a cualquiera.

Shan Ming grito con brusquedad: —Saca la ropa, escúrrela bien y cuélgala en la cuerda de allá.

El niño se secó las lágrimas, y sacó la pesada chaqueta de la palangana, pero simplemente no tenía fuerza para escurrir una prenda tan grande. No solo se mojó todo el cuerpo, sino que, al arrastrar la chaqueta por el suelo, la ensució de nuevo.

Shan Ming, impaciente, le arrebató la ropa, la roció por dentro y por fuera con una manguera, luego la escurrió y la colgó en la cuerda para tender ropa. Después de tenderla, lanzó sus botas frente a Shen Changze: —Límpialas— y luego entró solo en la tienda.

El sol se ocultó rápidamente. Shan Ming encendió el pequeño foco dentro de la tienda, se sentó en la cama y limpió su arma. Al poco rato, oyó llegar desde el exterior un llanto tenue y débil.

Shan Ming no se molestó en prestarle atención, continuó limpiando su amada arma mientras reflexionaba sobre por dónde empezar a entrenarlo. El entrenamiento físico era imprescindible, pero también era importante que aprendiera inglés lo antes posible. De lo contrario, aquí sería como un mudo. Este lugar no tenía internet, y solo podía esperar a que el abastecedor enviado por el empleador viniera la próxima semana para pedirle material de estudio.

Después de terminar de limpiarla, Shan Ming guardó bien el arma, se quitó la ropa, y se metió dentro del mosquitero con la intención de dormir.

Su base temporal estaba asentada en un valle. Después de que el sol se pone, este lugar era simplemente un festín para los mosquitos. Además, el tipo de sangre de Shan Ming atraía especialmente a los mosquitos. Esa cosa, aunque no podía quitarle la vida, la sensación de que lo picaran por todo el cuerpo y le diera comezón era más desagradable que recibir un balazo. Por eso, en las noches siempre que no tuviera nada que hacer, la mayor parte del tiempo se escondía dentro del mosquitero.

Después de acostarse, el llanto del exterior todavía no paró. Aunque ese ruido no era fuerte, era un lloriqueo incesante, especialmente molesto, que perturbaba a Shan Ming hasta el punto de que simplemente no podía dormir.

Se quedó en la cama, dando vueltas durante media hora sin poder dormirse, la rabia hizo que saltara de la cama para ir a ajustar cuentas con el niño.

Nada más salir de la tienda, el niño efectivamente estaba agachado en la entrada, mientras limpiaba los zapatos con un trapo, lloraba. Su pequeño rostro estaba lleno de marcas de lágrimas, la garganta ya estaba ronca de tanto llorar, y parecía especialmente patético.

Shan Ming dijo enfurecido: —¿Ya terminaste de llorar, joder? Solo sabes llorar.

El niño le lanzó una mirada y continuó sollozando.

Shan Ming lo jaló hasta ponerlo de pie, y luego bruscamente, le quitó la ropa que llevaba puesta.

El clima de julio y agosto, incluso al llegar la noche, seguía sin ser frío. Shan Ming planeaba dejarlo desnudo fuera de la tienda para que los mosquitos le picaran la piel descubierta; cuando empezara a aullar de dolor por las picaduras, ya veríamos si se atrevía a seguir llorando.

El niño lloraba hasta tener hipo, no entendía por qué le quitaba su ropa. Había sido mimado y consentido desde pequeño, y tenía un sentimiento instintivo de vergüenza por estar desnudo. Se puso de puntillas e inmediatamente intentó recuperar su propia ropa.

Shan Ming soltó la mano de un tirón, la ropa cayó directamente dentro de la palangana con agua y al instante se empapó por completo. Él resopló fríamente: —Si tienes agallas, sigue llorando. Quédate afuera de pie toda la noche— tras soltar aquello, se envolvió bien en su ropa y corrió dentro de la tienda. En tan solo este breve momento, ya había sintió que le picaron el brazo.

Se metió dentro del mosquitero, se acostó e intentó dormir.

El resultado fue que afuera solo hubo tranquilidad por un momento, y luego el llanto tenue volvió a sonar, como si un mosquito volara sobre su cabeza con un zumbido —¡zumb, zumb, zumb, zumb!— insoportablemente molesto, tan molestó que Shan Ming sintió ganas de darle una palmada para aplastarlo hasta matarlo.

Uno grande y otro pequeño estuvieron confrontándose así otra media hora, finalmente Shan Ming no pudo mantener la calma. Nunca había visto en el mundo una criatura más molesta que un niño.

Se envolvió bien en su chaqueta, se bajó de la cama y planeó tomar algunas otras medidas. Después de salir de la tienda, aprovechando la luz de la fogata en el centro del campamento, echó un vistazo al cuerpo del niño y no pudo evitar sentirse muy sorprendido.

A primera vista, no encontró en el cuerpo del niño ni una sola marca de picadura de mosquito u otro insecto.

Shan Ming se agachó, revisó al niño dándole vueltas de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante, y el resultado fue que realmente no encontró ni una sola marca.

¿Este niño había estado de pie desnudo afuera durante media hora, y ni un solo mosquito lo había picado? Shan Ming recordó que habían estado tantos días en el bosque, y en ese entonces este niño ya estaba harapiento. En ese momento su situación era lamentable, y él directamente no había prestado atención a estas cosas. Ahora, al recordarlo, la piel de este niño estaba completamente intacta, ¿de verdad no había sido picado por ningún insecto en el bosque?

¿Cómo podría existir en el mundo alguien que sea naturalmente repelente a los mosquitos e insectos? ¿De qué está hecha su sangre? Esto es muy poco científico.

Shan Ming, lleno de dudas y sospechas, miró fijamente a Shen Changze. El niño, asustado por su expresión severa, enmudeció y no lloró más.

Levantó al niño en brazos y entró en la tienda. Luego, bajo el pequeño foco de la tienda, lo observó cuidadosamente otra vez, y solo entonces se atrevió a confirmar que este niño realmente era un repelente natural de mosquitos.

Los grandes ojos del niño, claramente contrastados en blanco y negro, miraban nerviosamente a Shan Ming, sin saber qué estaba haciendo.

Shan Ming endureció el corazón, abrió el mosquitero y luego lo arrojó sobre su propia cama.

El niño, una vez en la cama, se encogió hacia el interior de ella, abrazando el edredón para cubrir su propio cuerpo.

Shan Ming lo jaló hacia sí tirando de su pantorrilla: —Quédate quieto—. Se recostó en la cama: —No te muevas, y acuéstate a mi lado.

El niño dudó un momento, se acostó pegado a él y dijo en voz baja: —Tío, tengo mucha hambre.

—¿Cómo me llamaste?

—… Papá.

—Sopórtalo, no completaste la tarea.

—¿La completo mañana, está bien?

—¿Entonces comes mañana, está bien?

—Pero tengo mucha hambre.

—Si no quieres pasar hambre, entonces esfuérzate tú mismo. Ahora cierra la boca y duérmete.

El niño apretó los labios, al final no se atrevió a hablar más. Se acostó quieto un rato, pero no pudo contenerse y se metió en el pecho de Shan Ming. Durante esos días en el bosque, siempre se había acurrucado en el pecho de Shan Ming para dormir. Aunque ahora ya habían escapado del peligro, para un niño de cinco años, su corazón no se había liberado, y por instinto buscaba el lugar donde pudiera sentirse seguro.

El cuerpo del niño, resbaladizo y suave, se pegó firmemente a Shan Ming. Shan Ming sentía que esta sensación al tacto era muy interesante, le daban un poco de ganas de reír. Aunque sentía algo de calor, no apartó al niño. No quería que la segunda mitad de la noche transcurriera acompañada por llantos mientras intentara dormir.

Como Shan Ming había previsto, durmió con sueños placenteros toda la noche hasta el amanecer. Incluso con el mosquitero completamente abierto, no sufrió el acoso de ningún mosquito. Finalmente, creyó que la sangre de este niño era muy especial, era un repelente natural de mosquitos.

Al despertar, el niño seguía durmiendo profundamente. Buscó en su baúl una de sus propias camisetas de manga corta, levantó al niño arrastrándolo de la cama: —Ya no duermas más, ponte la ropa.

El niño, medio dormido, se puso su ropa y fue arrastrado fuera de la cama por él.

Shan Ming lo llevó fuera de la tienda y ordenó: —Ponte los zapatos.

El niño se inclinó y se puso los zapatos.

—Ahora voy a supervisarte corriendo. No me importa cuál sea tu velocidad, pero debes persistir hasta el final, de lo contrario hoy tampoco tendrás comida—. Shan Ming estiró un poco el cuerpo, luego apoyándose en su muleta, se sentó en el banco fuera de la tienda.

El niño lo miró con el rostro lleno de tristeza

Shan Ming dijo: —Corre alrededor de este campamento. Hasta que yo no grite que pares, no tienes permitido detenerte.

El campamento no ocupaba un área pequeña, dar una vuelta corriendo alrededor tenía al menos un kilómetro de camino. Apenas había corrido menos de medio kilómetro, y el niño ya empezaba a jadear. Si no fuera por la experiencia de aquellos días caminando penosamente por el bosque, probablemente no podría correr ni quinientos metros.

Shan Ming exclamó en voz alta: —No tienes permitido detenerte.

Había varios mercenarios madrugadores, parados al lado viendo el espectáculo.

Apretando los dientes, el niño corrió dos kilómetros, pero comenzó a quedarse sin aliento. Shan Ming lo reprendió con voz severa: —¡Corre! Cada día a partir de ahora, tendrás que recibir entrenamiento. La carrera matutina es solo una parte muy pequeña. Solo los fuertes tienen el derecho a sobrevivir y elegir. Los cobardes como tú solo pueden rogar que yo te dé un bocado de comida. Si quieres seguir viviendo, guarda tus lágrimas.

El niño apretó los dientes, se secó las lágrimas, y levantó sus piernas pesadas como el plomo para seguir corriendo.

Shan Ming planeaba que el primer día solo corriera ocho kilómetros, y luego aumentarlos gradualmente en los días siguientes.

Los últimos kilómetros, el niño casi los terminó arrastrándose. Sus lágrimas, grandes y gruesas, caían en la hierba debajo de él, pero aguantaba sin emitir sonido. No es que el niño no aprendiera la lección; sabía perfectamente que las lágrimas no servían de nada con Shan Ming, y por el contrario lo provocarían, así que simplemente dejó de llorar.

Al oír el alboroto Peier salió apresuradamente, y sintió un poco de compasión. Le dijo a Shan Ming: ―Shan, ¿no es esto demasiado? Solo tiene cinco años.

En el rostro de Shan Ming no había rastro de vacilación: ―Cuando pueda decidir sobre la vida y la muerte de otros, me lo agradecerá.

En el momento en que Shan Ming gritó “¡Alto!”, el niño cayó desplomado de cabeza al suelo, permaneciendo inmóvil durante un largo rato. Él fue a la cocina, tomó una hamburguesa, y levantó al niño del suelo: ―Come.

El niño miró fijamente la hamburguesa durante medio segundo, luego la arrebató de un tirón y comenzó a engullirla vorazmente.

Shan Ming tiró un poco de la ropa que llevaba puesta: ―Has ensuciado toda mi ropa… Te doy media hora de descanso. Después, te enseñaré a cómo usar un cuchillo.

Mientras el niño descansaba, Shan Ming busco a Qiao Bo y le encargó una tarea.

Después de escucharlo, una expresión de asco apareció en el rostro de Qiao Bo: ―¿Para qué quieres esas cosas?

Shan Ming alzó una ceja: ―Para entrenar su valor.

Qiao Bo negó con la cabeza: ―Tarde o temprano te irás al infierno.

Shan Ming dijo con un resoplido burlón: ―Sabes que todos ustedes me acompañarán.

Por la tarde, la primera cosa que Shan Ming enseñó al niño fue cómo sujetar firmemente un cuchillo. Hizo que el niño usara una daga para cortar un trozo de madera, e incluso si el brazo se le entumeciera y doliera por las vibraciones, no tenía permitido detenerse. Si el cuchillo se le caía, entonces debía elegir otro trozo de madera y comenzar de nuevo. Después de dos horas, el niño casi no podía sentir sus propios brazos.

Antes de la cena, Shan Ming finalmente lo dejó ir y lo llevó al borde del campamento para mostrarle algo “interesante”.

Después de todo un día de tortura, el niño ya estaba agotado hasta el límite. No quería ver nada, solo quería tirarse y dormir.

Para cuando Shan Ming lo condujo hasta allí, Qiao Bo ya los esperaba. Al verlos asintió indicando que todo estaba listo y luego se marchó. Antes de irse, le lanzó al niño una última mirada de compasión.

Desde lejos el niño ya había visto que en el suelo había un hoyo de un metro de ancho, y en su interior surgió un mal presentimiento.

Shan Ming se inclinó, lo sujetó bajo su axila y caminó directamente hacia ese hoyo.

Cuanto más se acercaban, más miedo sentía el niño. Percibía que dentro del hoyo había algo peligroso, era como un instinto. Como si pudiera sentir aquellas cosas que eran una amenaza para él.

Efectivamente, al acercarse vio que dentro del hoyo se arrastraban de un lado a otro unos veinte insectos negros. Esos insectos tenían caparazones duros y alas atrofiadas, su aspecto era profundamente repugnante y aterrador. El niño solo necesitó una mirada para lanzar un grito de horror.

Shan Ming observó los insectos pensativo y dijo en voz baja: ―Tranquilo, no tienen veneno―. Dicho esto, con un movimiento de su mano, arrojó al niño dentro del hoyo.

El grito del niño rasgó el aire. En cuanto su trasero tocó el suelo, sintió algo ser aplastado bajo su cuerpo con un “puf” húmedo. Sabía perfectamente lo qué eso significaba. Gritaba y lloraba desesperadamente intentando escapar, pero Shan Ming levantó un pie y pisó su hombro.

Shan Ming ni siquiera miraba al niño que lloraba desconsoladamente. Sus ojos estaban fijos en los insectos que, en cuanto entró el niño, se habían dispersados huyendo despavoridos. Si el niño hubiera tenido el valor de mirar atrás, habría sabido que esos insectos salían corriendo del hoyo justo detrás de él, claramente aterrorizados.

Este tipo de insectos normalmente no temen a las personas o mejor dicho, no le temen a nada. Suelen aparecer en enjambres de cientos o miles, capaces de absorber hasta la última gota de sangre y carne de animales grandes. Aunque un grupo de veinte no representaban ninguna amenaza, su instinto al ver carne fresca es lanzarse frenéticamente. No había razón alguna para que temieran a un niño.

Shan Ming finalmente creyó que Shen Changze realmente se atrevía a atrapar cualquier insecto en el bosque para saciar su hambre. Su cuerpo debía tener algo extremadamente especial, algo que hacía que mosquitos e insectos al verlo solo quisieran mantenerse lo más lejos posible de él.

El niño lloraba cada vez más fuerte mientras gritaba: ―¡Papá! ¡Papá! ¡Sácame de aquí! ¡Te lo ruego, sácame de aquí!

Shan Ming fue devuelto a la realidad por la palabra “papá”. Bajo la cabeza y preguntó: ―¿Cómo me llamaste?

El niño extendió las manos hacia él, llorando lastimeramente: ―Papá, sálvame.

Shan Ming sonrió mostrando los dientes, parecía muy satisfecho. Se agachó, levantó al niño en brazos y con una rara muestra de benevolencia, le dio unas palmadas en la espalda: —Deja de llorar. Compórtate como un hombre.

El niño se inclinó sobre su hombro, llorando con todo su cuerpo sacudido por espasmos. Esta vez realmente estaba asustado.

Shan Ming lo cargaba mientras se disponía a regresar, pero de repente sintió un dolor punzante en el hombro. Sin necesidad de mirar, supo que este niño lo estaba mordiendo.

El niño apretaba los dientes mientras lloraba. Sus puñitos golpeaban débilmente la espalda de Shan Ming con todas sus fuerzas, mientras sus dos piernas también pataleaban descontroladas dentro de sus brazos.

Era la primera vez que este mocoso se atrevía a desafiarlo. Shan Ming finalmente sintió que el niño empezaba a entender el camino.

Metió los dedos en la boca del niño y forzó sus dientes para abrirlos. Luego sonrió con malicia: —Te daré una lección. Cuando muerdas a alguien, apunta al cuello, los hombros no sirven. Al morder el cuello de alguien, solo muerde la carne, no muerdas la ropa. De lo contrario, con un simple movimiento te arrancaría los dientes. Una vez que muerdas, debes llevar al otro a la muerte. No importa qué ataques recibas, no sueltes la mordida. Sacude la cabeza frenéticamente para agrandar la herida y aumentar la hemorragia. Si logras sobrevivir hasta el final, habrás ganado. Y aunque mueras, al menos te llevas a otro contigo―. En el rostro de Shan Ming había una sonrisa de satisfacción. —Afila bien esos dientes. Así sí parecerás mi hijo.

El niño escuchaba atentamente, mientras sus ojos claros y limpios estaban envueltos por una furia tumultuosa.

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