Shh, no hables. Cap. 36

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Capítulo 36. Intentarlo de nuevo

Lu Kongyun yacía en la cama. Pensando.

Conocía bien a Gao Yuting; aquel médico, desde luego, no podía ser cómplice del espía del país M. Así que, si ese espía había logrado escapar de la clínica de Gao Yuting, y además hacerlo bajo el férreo dispositivo de seguridad montado por Lu Qifeng, significaba que en Manjing debía de haber alguien ayudándolo. Y no cualquiera. ¿Quién podría ser?

Eso era asunto de Lu Qifeng. No tenía nada que ver con él.

Así que volvió a pensar en lo suyo. Desde que había escuchado a Lu Qifeng mencionar aquello de las cartas de amor del instituto y de que alguien lo había querido, parecía que a Lu Kongyun se le habían desbloqueado ciertos engranajes: ideas extrañas surgían de la nada.

El chantajista también había sido su compañero de instituto.

Se movió un poco sobre la cama y luego se incorporó despacio. Encendió la lámpara de noche, tomó el móvil y marcó un número.

El teléfono sonó varias veces, hasta que la otra parte respondió.

—[Conexión establecida. Se ha conectado con la sede central de la Estrella de la Suerte.] —dijo una voz áspera, como un eje de coche al que le faltara lubricante—. [¿Qué deseo tiene, mi señor?]

Lu Kongyun se quedó en silencio.

—No tengo ningún deseo —dijo—. Tengo una tercera respuesta que quiero preguntarte.

—[¿Oh?]

Se oyó un leve murmullo al otro lado y, después, el tono volvió a la normalidad.

—[Con razón. Me preguntaba por qué me llamabas otra vez nada más separarnos. Llegué a pensar que tu instructor, con malas intenciones, había cogido tu teléfono para investigar a dónde fuiste hoy después de abandonar la formación ].

—…No hace falta tener tanta paranoia conmigo —replicó Lu Kongyun—. No hay nadie a mi alrededor más difícil de tratar que tú.

El chantajista volvió a reírse.

—[Qué impaciente. ¿Se te ha ocurrido ahora mismo? ¿Estás en el dormitorio? ¿Puedes hablar por teléfono?]

—Ahora sí —respondió él.

—[Perfecto. Entonces habla. El dado del castigo lo lanzamos la próxima vez que nos veamos].

Parecía completamente seguro de que se equivocaría y Lu Kongyun volvió a guardar silencio durante un rato.

Como una mosca que había que espantar sí o sí, el motivo del chantaje: ya había planteado dos posibilidades… y las había descartado.

Entonces, ¿esta?

¿Es que alguna vez te gusté y, al no recibir respuesta, te quedaste resentido? ¿Por eso te empeñas en hacerme algo imposible de olvidar, para luego desaparecer y que te recuerde para siempre?

…Si el chantajista escuchara esa conjetura, probablemente se llevaría una sorpresa mayúscula, se revolcaría de risa hasta llorar: “¿yo? ¿Haberte querido a ti?” Y luego desplegaría todo su talento verbal para humillarlo sin piedad, hasta el día en que la relación quedara completamente rota. Seguro que lo haría.

Al final, Lu Kongyun dijo:

—Lo pensaré un poco más. Cortamos por hoy. —Pasó un rato, pero la otra parte no colgó— ¿Hola?

El chantajista susurró:

—[Haz la tarea diaria].

—¿No era mandarlo en un mensaje de voz? —preguntó Lu Kongyun.

—[Je, je. ¿Y quién fijó las reglas, si puede saberse?]

—Buenas noches. Cariño —dijo Lu Kongyun.

Al otro lado del micrófono se escuchó una respiración suave durante unos segundos.

—[¿Eh? No se oye].

Él repitió, despacio:

—Buenas noches. Cariño.

El chantajista dejó escapar un suspiro. Inexplicablemente.

—[Muy bien. Doctor Lu. La sensación en tiempo real parece tener un poco más de emoción que un audio] —añadió el chantajista—. [ Da la impresión de que no lo dices obligado].

Lu Kongyun apretó el móvil entre los dedos.

—Voy a dormir.

Entre los oficiales del entrenamiento circulaban rumores de quienes conocían algo de lo ocurrido: el siempre taciturno segundo joven maestro de la familia Lu había enviado al hospital al nieto mayor de la familia Ding. Y la chispa que lo había desencadenado todo había sido, nada menos, que otro nieto de los Ding, Ding Qi, quien en la Casa S había competido con Lu Kongyun por una atención ajena, siendo humillado en público con una bofetada.

Ding Kai lo había provocado con la intención de vengar en secreto la bofetada sufrida por su hermano. No esperaba que Lu Kongyun, siempre callado y discreto, encontrara la oportunidad para asestar un golpe brutal y fulminante, devolviendo el ataque de un solo movimiento.

Un oficial, pariente cercano de alguien que estuvo presente aquella noche en la Casa S, contó que esa misma noche él mismo se encontraba sentado no muy lejos del segundo Lu, y que oyó con sus propios oídos a Lu Kongyun pedirle a Chen Jian que le trajera los medicamentos más fuertes que tuvieran allí. Después, el segundo Lu, bebió alcohol mientras tomaba las pastillas y, acto seguido, perdió el control: empezó a golpear a la gente, liberó feromonas a gran escala y maltrató a todos los presentes en el reservado privado.

Otro oficial aportó un testimonio que lo corroboraba. Antes de abofetear a Ding Qi, Lu Kongyun había lanzado una advertencia en voz alta para intimidar a todos los presentes:

—Todo lo elijo yo primero. Nadie toca nada antes que yo.

Y, tras terminar de liberar las feromonas y ejercer la supresión, añadió con calma:

—El amo es solo uno. Quien haya llamado a otro de esa forma, no puede llamarme así.

En contraste con el modelo original de vida social de las manadas de lobos, la forma primitiva del sistema ABO, ese tipo de conciencia territorial propia del lobo alfa resultaba clásica hasta decir basta, una exhibición perfecta y sin reservas de los atributos animales de la sociedad ABO.

Lu Kongyun era, sin duda, una bestia entre las bestias, un animal entre los animales.

Cuando regresó al cuartel para reincorporarse al entrenamiento intensivo, las miradas que todos le dirigían se volvieron sutilmente distintas. Con Dai Lanshan y su cabeza aún vendada, y Lu Renjia, con el rostro amoratado, reincorporándose también a la formación, el dormitorio 208 empezó a ser tratado como una casa embrujada: nadie se acercaba sin rodeos.

Esa noche, la misión de Yu Xiaowen y Xu Jie seguía siendo la misma: vigilar el muelle Baixiang, en el casco antiguo de Manjing.

Desde que un compañero de la brigada antidroga había caído en acto de servicio, el objetivo de la captura había desaparecido de repente, y las pistas para cerrar la red prácticamente se habían cortado. Aunque parecía que tenían mucha información en la mano, siempre faltaba ese último paso. A veces todos se preguntaban si, al alertar sin querer al enemigo, el objetivo ya habría huido del país; si habría encontrado otra vía y la mercancía ya habría sido trasladada o dispersada en secreto. ¿Debían esperar o buscar una nueva dirección? ¿Estarían perdiendo el momento clave? Esa incertidumbre sumía a todos en una sensación de desconcierto, sin saber cómo continuar.

Mientras los compañeros del equipo antidroga revisaban la mercancía dentro de los almacenes de transporte, Yu Xiaowen se quedó en el coche, organizando en el móvil los formularios de reembolso del seguro, lanzando de vez en cuando una mirada hacia la vieja y desvencijada puerta del almacén del muelle. La iluminación allí era escasa y el vigilante del puesto de guardia cabeceaba, luchando contra el sueño.

Un agente de otro grupo, que colaboraba en la inspección, regresó desde el punto de transferencia, abrió la puerta del coche y se sentó en el asiento trasero. Por su expresión, no parecía sorprendido: seguían sin resultados. Nada más subir, bostezó y les confirmó un rumor que había escuchado durante la revisión de su equipo.

—Oye, ¿es verdad que el solterón de vuestro grupo ya tiene pareja? ¿Que se casa?

Yu Xiaowen miró por el retrovisor. En cambio, Xu Jie, en el asiento del copiloto, se mostró de inmediato muy interesado en el tema; giró medio cuerpo hacia atrás.

—¡Sí! Es verdad, de verdad. Fue súper repentino. Dicen que se conocieron en una cita a ciegas y llevan más de medio año juntos, pero lo tenía bien escondido. Yo digo que lo tuyo ya es demasiado, demasiado… ¡Si siempre andabas rondando detrás de nuestro hermano Xiaowen!

—Cierra la boca —lo interrumpió Yu Xiaowen—. Todo el día inventando rumores sobre mí. ¿Qué pasa, te gusto o qué?

—… —Xu Jie se puso rojo hasta las orejas—. ¿Ah? Maestro, yo no…

—En este oficio no es fácil encontrar una felicidad tranquila —dijo Yu Xiaowen—. Me alegro mucho por él. De verdad que me alegro muchísimo.

El móvil de Yu Xiaowen vibró. Era una llamada de Lu Kongyun. Se quedó atónito un par de segundos.

—Voy a contestar.

Abrió la puerta, bajó del coche y se apartó unos pasos antes de atender.

—¿Hola?

Al oír su voz, la otra parte hizo una breve pausa.

—[ Llamo para hacer la rutina diaria].

La brisa marina agitó suavemente la camisa de Yu Xiaowen. De inmediato se llevó el teléfono más cerca del oído y lo cubrió con la mano para amortiguar el sonido del viento.

Entonces lo oyó decir:

—[ Buenas noches, cariño].

Yu Xiaowen suavizó la respiración y fijó la vista en la vieja puerta del almacén, no muy lejos.

—Mm. Buenas noches. ¿Cómo es que hoy me has llamado en lugar de mandar el mensaje?

Al cabo de un rato, la víctima dijo:

—[¿No estás en casa?]

Era muy perspicaz.

—No —respondió Yu Xiaowen—. Estoy en una misión. Pero de momento no pasa nada. ¿Por qué?

Pasaron unos segundos más antes de que la víctima hablara de nuevo.

—[Quería ver si habías apagado el teléfono].

Los policías no podían apagar el móvil.

De pronto, una sensación extraña le subió por el cuerpo a Yu Xiaowen: el pecho se le tensó, los antebrazos comenzaron a arderle. Pero antes de que pudiera detenerse a pensar de dónde venía aquello, la otra parte añadió:

—[Y hay otra cosa. El brazalete que te di… ¿podrías devolvérmelo?]

—…

El frío regresó a sus brazos. Yu Xiaowen soltó un par de risas secas, chasqueando la lengua.

—No. Esto no te lo pedí yo; fuiste tú quien me lo puso en la muñeca. Me lo diste, así que es mío. Si lo quieres, cómprate otro.

La víctima guardó silencio unos instantes.

—[Lo necesito].

—No —se negó Yu Xiaowen sin titubear—. Yo también lo necesito.

—[Puedo comprarte uno nuevo].

Yu Xiaowen no cedió.

—Quiero este. Me gusta este. Ya le he cogido cariño.

—[¿Qué cariño se le puede tener a un brazalete viejo?]

Yu Xiaowen no respondió. Apretó con fuerza el brazalete.

La otra parte exhaló lentamente.

—[En realidad, este modelo no solo sirve para suprimir feromonas. También permite que un médico especializado, mediante la monitorización, determine el riesgo de que el cuerpo entre en celo o pierda el control por la susceptibilidad. Ahora mismo está conectado a mi teléfono y al de mi médico, y los permisos de monitoreo los tengo yo en mi móvil. Si quieres que, cada vez que entres en celo o tengas intimidad, yo vea tu ritmo cardíaco, tu temperatura, tu presión arterial, los cambios de sensibilidad y los índices de feromonas… entonces sigue usándolo. El doctor Lu incluso puede saber cuántos segundos duró el momento en que estuviste más cómodo, y con cuánta intensidad.

Yu Xiaowen se quedó en silencio.

La víctima le habló con ese tono frío y razonado de médico, explicándole las cosas con calma.

Pasó bastante tiempo sin recibir respuesta, así que la víctima insistió, como quien confirma un diagnóstico:

—[ ¿No me crees? Puedes buscar el manual en internet. Por ejemplo, ahora mismo puedo activarlo y ver que tu frecuencia cardíaca es…]  —Pareció quedarse en blanco un instante y luego añadió—: [Muy rápida… demasiado rápida… ¿por qué?]

Yu Xiaowen se quedó en silencio.

Un momento después, la víctima carraspeó al otro lado de la línea, como si de pronto lo entendiera. Su voz bajó un poco, ya no era exactamente la de un médico haciendo un diagnóstico.

—[¿Cómo puede ser tan fácil de…?]

—¡Maestro! —llamó Xu Jie, acercándose con expresión dubitativa—. Maestro, lo de antes fue culpa mía. ¿Te has enfadado? Perdón…

Yu Xiaowen colgó de inmediato la llamada de la víctima y, levantando la pierna, empujó a Xu Jie para apartarlo.

—¡Joder! Ya te dije que iba a hacer una llamada. ¡Encima me aparté a propósito! ¿Puedes dejar de aparecer de repente?

Solo, de pie en la oscuridad frente al edificio del dormitorio, Lu Kongyun sostenía el móvil en la mano.

El cuartel, de noche, estaba en silencio. Solo se oía el murmullo apagado de los insectos.

En la entrada del dormitorio había una luz blanca.

El aire estaba húmedo. Una ráfaga suave agitó la hierba y los árboles a su espalda, provocando en los nervios agudos del alfa una especie de estremecimiento abstracto. Como una fluctuación súbita del estado fisiológico, una alerta instintiva instantánea, parecida a la intención de matar.

Lu Kongyun regresó al dormitorio.

Dentro, los otros dos estaban en silencio. A Lu Renjia su familia le había confiscado el móvil; ahora solo podía tumbarse en la cama, con el rostro rígido, mirando al techo. Dai Lanshan tenía el teléfono en la mano, pero, por una vez, no estaba viendo fotos de la esposa de su hermano: igual que Lu Renjia, miraba al techo con expresión pétrea.

Como dos cadáveres en una casa embrujada.

Lu Kongyun se subió a su cama y se convirtió en el tercero.

Al cabo de un rato, fue inesperadamente Dai Lanshan, el hermano menor famoso por repartir dulzura quien habló:

—Esta vez, cuando salí por la pelea, aproveché para volver a casa. Descubrí que mi hermano había hackeado mis cámaras de vigilancia. Antes, cuando lo llamaba y le hablaba directamente, me estaba engañando. En realidad, ni siquiera estaba en casa.

Un rato después, Lu Renjia giró la cabeza y miró a Dai Lanshan con curiosidad.

—Esperé a que volviera, fingiendo que no había pasado nada —Dai Lanshan se cubrió la cara—. Pero sé que salió a verse con otra persona.

Al cabo de un rato, incluso el dorso de sus manos estaba empapado de sudor.

Pasado un momento, Lu Renjia se acercó, se sentó frente a Dai Lanshan en un taburete y, con la mano que no llevaba vendada, se rascó la cabeza.

—Ya está. Están casados. Tú lo marcaste, es tuyo. Aunque no le gustes, ¿qué más da?

No fue un comentario afortunado. Dai Lanshan bajó la mano y lo miró con los ojos enrojecidos, lleno de rabia. Esta vez, sin embargo, no dijo nada. Sin la mano bloqueándolas, las lágrimas fluyeron con mayor libertad, deslizándose por su rostro como una pequeña cascada.

Al ver llorar así a aquel alfa de rango S, famoso por su brutalidad, a Lu Renjia se le erizó la piel. Se levantó de nuevo y regresó a su cama.

—No puedo con esto… Joven maestro Lu, ¿por qué no lo consuelas tú?

La tercera víctima habló con voz fría:

—Encuentra a ese tipo y mátalo.

—Tiene sentido. Robarle la pareja a un alfa es tan grave como profanar la tumba de sus ancestros. Yo apoyo. —dijo Lu Renjia.

—No es lo mismo. ¿Qué importa una tumba ancestral? —dijo Dai Lanshan—. No es que no lo haya pensado. El problema es cómo hacerlo sin que mi hermano sospeche que he sido yo.

—…Con lo que eres tú, ¿no es obvio que todo el mundo sabría que fuiste tú? —dijo Lu Renjia.

Lu Kongyun escribió: 

[ ¿Estás ocupado? ]

[ Con ese té con leche. ]

El móvil de Lu Kongyun vibró enseguida. Unos segundos después, lo tomó para leer.

Cao: 

[ En nuestra unidad hay un solterón que se va a casar, y el idiota de Xu Jie estuvo soltando rumores sobre nosotros dos delante de gente de otro grupo【🙂】].

 [ Salí a contestar una llamada y pensó que estaba enfadado, así que apareció de repente y me dio un susto. Por eso colgué ].

 [ En fin, tú ya estás bien, ¿no? ¿Me llamaste solo para pedir el brazalete, verdad? Vale. Es una tontería. Total, tampoco me sirve tanto. Te lo devuelvo ].

Lu Kongyun leyó el mensaje durante un rato y respondió:

[ ¿Chen Zihan se va a casar? ]

Cao:

[ …¡Cabrón! ]

[ Me he reído en voz alta delante de mis compañeros ].

[ Está bien. Cuando te liberen y nos veamos, puedo devolverte el brazalete ].

[ No hace falta que compres uno nuevo ].

Lu Kongyun leyó los mensajes y contestó:

 [ ¿Verte cuando te liberen? ¿Ya estás preparado para dar la última orden? ].

Cao: [ Aún no. Quedar es para devolverte el brazalete ].

Cao: [ ¿Qué pasa, quieres que te lo envíe por mensajería? ¿Qué tiene de malo vernos? ].

Lu Kongyun dejó el móvil. 

Del lado de Dai Lanshan volvió a oírse su voz:

—Si mi hermano se entera de que fui yo, ¿y deja de quererme?

—Entonces habrá que hablarlo con calma —dijo Lu Kongyun.

Levantó la mano y respondió al mensaje:

[ De acuerdo. Cuando termine el entrenamiento, te busco ].

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