Shh, no hables. Cap 38

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Capítulo 38. Lo que sea

Lu Kongyun aparcó en el garaje y subió a casa en ascensor. En su mente seguía flotando la figura reflejada en el retrovisor. Era como si hubiera pasado algo que no había sabido advertir, algo difícil de atrapar. Pensando en ello, recogió distraídamente la ropa que había traído del entrenamiento y que necesitaba lavarse, y la dejó en el cesto.

A un lado había una pequeña estantería. Vio que aún había dos objetos encima: cosas que había sacado de los bolsillos cuando llevó el traje a la tintorería.

Una era una llave. La había cogido la última vez que fue a casa de Yu Xiaowen a interrogarlo, debajo de la alfombrilla de la entrada. Que un Omega dejará una llave de su casa a un Alfa, y que además, como policía, no tuviera la menor noción de seguridad… Por eso no permitió que la llave siguiera en aquel lugar tan poco seguro.

El otro objeto era un contrato que Yu Xiaowen le había escrito.

Para el doctor

Cumplir el último deseo pondrá fin a la relación de chantaje.

—El agente

…Deseo.

Repitió esa palabra en silencio.

La tomó entre los dedos y la observó con detenimiento.

Seguro que era un error al escribirla.

Tras mirarla un rato, guardó ambos objetos en el cajón de los trastos del salón.

Al día siguiente de regresar del entrenamiento intensivo, el doctor Lu volvió con rapidez a su vida laboral habitual. Ahora solo tenía que recordar que quedaba un último mandato por cumplir. Aparte de eso, todo parecía haber vuelto por completo a la normalidad. Incluso daba la impresión de que su vida avanzaba, poco a poco, hacia el antiguo carril del pasado.

Salvo porque, en el historial de búsquedas del móvil y del ordenador, habían aparecido algunos términos más: País C, Jiangcheng, Puente Wangjiang…

Salvo porque, al ver anuncios de hoteles, prestaba más atención a su categoría, a las valoraciones, a los comentarios.

O porque, cuando en el laboratorio oía a dos investigadoras en prácticas charlar en voz baja sobre su viaje turístico a Jiangcheng, se distraía del trabajo para escuchar un poco.

—En esta época del año hace un frío brutal, te lo digo yo —decía una de ellas con tono exagerado—. La última vez casi me muero congelada lejos de casa. Como persona del País S, si vas sin hacer un mínimo de planificación, ese sitio te da una buena lección, te lo aseguro.

No era la primera vez que Lu Kongyun iba a Jiangcheng, pero antes siempre había contado con un asistente que se ocupaba de todo. Él no tenía que preocuparse por nada. Esta vez, evidentemente, no habría ningún asistente.

De pronto comprendió algo: que buscara esos términos turísticos, que se fijara en los hoteles, tenía una razón. Su subconsciente le estaba advirtiendo de que no podía dejar este asunto en manos de una máquina de resolver casos que sobrevivía con un parche inhibidor barato y fideos instantáneos.

Al volver a su despacho, abrió una nota de recordatorio y anotó tres hoteles como opciones.

Abrió una segunda nota, titulada: «Precauciones de viaje y enlaces de guía turística».

Abrió una tercera, con el título: «Pendiente de comprar».

Entró en una tienda en línea y buscó “abrigo de plumas”. Compró uno de la talla de Yu Xiaowen, además de botas acolchadas, guantes, gorro y bufanda. Él ya tenía todo eso.

Una organización transnacional ilegal de productos biológicos, con raíces profundas y una red criminal extendida por varios países del continente. El nuevo lote que transportaban procedía en su mayor parte del País M, potencia en biotecnología y farmacéutica. Los delincuentes habían obtenido una gran cantidad de medicamentos por medios ilícitos, entre los que no solo había sustancias prohibidas en nuestro país, sino también muchas que ni siquiera habían superado aún los ensayos clínicos ni la aprobación de las autoridades sanitarias del propio País M. 

El peligro era extremo y la naturaleza del caso, sumamente grave.

Si les permitían huir con éxito, esos fármacos peligrosos entrarían rápidamente en circulación y supondrían una amenaza enorme para la población y la seguridad pública. Por eso, pasara lo que pasara, había que cerrar la red y capturar a esas serpientes. En ese momento, gracias a los esfuerzos conjuntos de todas las partes, la policía ya había obtenido la información de identidad de los principales objetivos a través de múltiples fuentes.

Tras el sacrificio del agente antidroga en la operación anterior, los criminales no podían seguir permaneciendo dentro de la red del País S. No les quedaba más remedio que asumir riesgos y elegir nuevos socios para la transacción, así como una nueva vía de salida del país.

A principios de ese mes, la policía interceptó información fiable: las fuerzas de la organización en el extranjero ya estaban preparando una operación de recepción a mediados de mes.

El incidente anterior demostró que los delincuentes muy probablemente habían llegado a conocer parte de la situación interna de la brigada antidroga. En esas circunstancias, enviar de forma precipitada a otros agentes de esa unidad para continuar la misión implicaba un riesgo altísimo de fracaso.

Sin embargo, los criminales se veían obligados a arriesgarse con un nuevo contacto, y por ello no tenían claro quién sería exactamente la persona enviada a recibirlos. Si desde la brigada de investigación criminal se podía encontrar a un agente con experiencia similar para sustituir al receptor, interceptar de antemano al objetivo y tomar su lugar, era probable que los delincuentes no pudieran verificar su identidad ni descubrir el engaño.

En el tercer subequipo del Grupo de Delitos Graves de la jefatura municipal había un agente soltero de más de cuarenta años, el veterano Wang. Tenía una amplia experiencia profesional y, además, su pueblo natal se encontraba en la zona montañosa del sur del País S, un área que coincidía en gran medida con la posible ruta de salida elegida por los criminales. Conocía el terreno mejor que nadie. Así que fue él quien recibió esa gloriosa misión.

De todo este asunto, aparte de los altos mandos, en todo el subequipo solo el jefe de equipo, Yu Xiaowen, estaba al tanto.

Por eso, durante esos días, los compañeros que no conocían la verdad no entendían nada: veían a ese viejo solterón, a punto de entrar en el matrimonio y con una gran alegría vital a la vuelta de la esquina, pasar los días con una expresión gris y abatida.

El propio Wang acabó yendo a hablar a escondidas con Yu Xiaowen. Estaba alterado, muy afectado. El capitán Yu le dio unas palmadas en el hombro y habló con él en voz baja. Wang tenía la cara llena de agravio y estuvo a punto de echarse a llorar.

Xu Jie lo vio desde una esquina, apretó los dientes con rabia y pensó:
Este viejo cabrón, todavía no ha renunciado a mi maestro. ¡Y eso que ya se va a casar!… Qué desvergonzado.

Durante el descanso del mediodía de ese día, Yu Xiaowen estaba sentado en su puesto, absorto, sin pensar en nada.

Los otros dos compañeros miraban en el móvil una miniserie policíaca y charlaban en voz baja. El primero, con los ojos fijos en la pantalla, dijo:

—Se acabó, se acabó… el marrón va a caerle a él.

—Estamos jodidos —respondió el segundo—. Está muerto. En cuanto en una serie un policía dice que se va a casar, que se va a jubilar o que va a ser padre, en la siguiente misión seguro que pasa algo.

—Estas series de mierda no paran de escribir lo mismo —gruñó el primero—. Menuda mala influencia, parece que nosotros traemos mala suerte. Si no encontramos pareja, también es culpa suya. Mira al viejo Wang: ¿cuántos años tiene ya y solo ahora ha encontrado a alguien que lo “reciba”? ¿Eso aún funciona?

—Habla de Wang sin decir su nombre… ¿da mala suerte? Pero ¿no es verdad? —replicó el otro—. Este “curro” no es humano, todo lo tenemos que aguantar nosotros. El otro día el antidroga infiltrado quedó al descubierto y murió de una forma espantosa, no me digas que no lo viste. Y hace dos años, cuando hubo aquel enfrentamiento armado en plena calle, los soldados iban con equipo militar, ¿y nosotros qué? ¿Quiénes murieron? ¡Los policías! Al capitán Yu le faltó un centímetro para que le atravesaran el corazón. Que siga vivo es porque el cielo tuvo piedad.

—Ya basta —cortó el primero—. ¿Quién no se muere? En el campo de batalla vuelan brazos y piernas y eso tampoco lo miras, ¿eh?

—Además, se acerca una operación grande. Ten un poco de fe.

En el móvil, la miniserie pasó al avance del siguiente episodio, con música de fondo grandilocuente:

—¡Wang, abre los ojos y mírame, Wang! ¡Dijiste que cuidarías de mí toda la vida, cómo has podido irte antes, Wang!… ¡Si habíamos quedado mañana para hacernos las fotos de boda, Wang!…

Yu Xiaowen se tapó la cara con fastidio.

—¿No os cansa trabajar? —dijo—. Bastante raro es tener un descanso como para ponerse a ver documentales del trabajo. Qué ruido. Apaguen eso.

Los compañeros se miraron y cerraron el vídeo.

Esa noche, al volver a casa del trabajo, Yu Xiaowen se tumbó en la cama. Sentía la vista oscurecerse y un dolor tumultuoso, como un mar revuelto, en el pecho. No tomó medicación. Había notado que estaba desarrollando cierta tolerancia a los analgésicos, así que, salvo por exigencias del trabajo o cuando ya no podía soportarlo, evitaba tomarlos para no tener que aumentar la dosis.

Pensó que, si hubiera sido el de antes, ni se lo habría planteado: habría sustituido a Wang en esa misión encubierta. Wang era un subordinado; él, el jefe. Wang estaba a punto de casarse; él estaba solo, sin ataduras.

Pero cuando la muerte se acercaba, uno se volvía cobarde. Tenía egoísmo, un egoísmo enorme. Aún quería ir de viaje con su objeto de chantaje. Frente al sacrificio de los compañeros y a la causa mayor, aquello resultaba casi indecible.

En realidad, Yu Xiaowen ya se había preparado mentalmente. Pensaba que, con su vida llegando al final, era el más adecuado para asumir misiones peligrosas: incluso si ocurría algo, sería apostar poco para ganar mucho. Lo tenía todo decidido. Pero el egoísmo seguía siendo egoísmo: siempre aparecía en el momento crucial para darte una excusa.

Quería pasar un poco más de tiempo con la persona a la que amaba en secreto. Quería llevarse consigo, antes de morir, un poco más de felicidad empaquetada.

Aún me queda una última orden sin usar.

Y ya que no veía futuro alguno, deseaba con más fuerza ir a conocer Jiangcheng…

En ese momento, la enfermedad de Yu Xiaowen se agravó, y su sistema nervioso fabricó una especie de analgésico mental: una mezcla de rumores oídos al pasar y de su propia imaginación. En el Puente Wangjiang, la nieve, blanca e inmaculada; bajo el puente, el río ondulando con destellos de luz. Barcos turísticos iluminados con neones rosas y azules atravesaban los arcos del puente, y la nieve que parpadeaba al ritmo de esos colores. En el cielo, los fuegos artificiales estallaban. A orillas del río había un jardín llamado Wangchunyuan, donde florecía una planta llamada flor de primavera. No era tan ardiente ni exuberante como las bayas rojas, pero cuando todos tenían que encogerse dentro de sus abrigos acolchados, ella florecía entre la nieve que caía sin cesar.

Era un paisaje irreal, casi onírico.

Copos de nieve hexagonales, uno tras otro, giraban como en un caleidoscopio antes de posarse sobre él.

Aturdido, empezó a sentir frío en todo el cuerpo. El frío estaba bien. Haría de cuenta que ya estaba en Jiangcheng.

En Jiangcheng. Y a su lado, ese rostro siempre un poco gruñón.

Se dejó hundir, complacido, en aquella temperatura helada.

El móvil vibró. 

El mundo de fantasía, al otro lado del océano, se desvaneció. Forzó los párpados hinchados y doloridos para abrirlos y, bajo la luz tenue de la mesilla, vio la pantalla encenderse. Era su víctima, cumpliendo con la “tarea diaria”.

Deslizó el dedo por la pantalla y volvió a encogerse bajo las mantas.

—[¿Hola?] —dijo el otro.

—Ajá —respondió él. Aunque se habían visto el día anterior, añadió—: Cuánto tiempo sin verte, doctor Lu.

El otro se detuvo un instante.

—[¿Eso es que quieres verme?]

—…¿Eh? —Yu Xiaowen se arrebujó un poco más—. No quiero decir nada en especial. ¿No te lo dije ya? Solo queda… la última orden. Nada más.

Pasó un momento antes de que el otro volviera a hablar.

—[¿Estás durmiendo?]

—No… casi. Ya casi me duermo.

—[Entonces buenas noches, cariño].

Y con eso, cumplió el ritual diario.

Los labios de Yu Xiaowen empezaron a temblar. De pronto, de manera patética, sintió cómo se le calentaba la cabeza.

Repitió:

—Entonces…

—[¿Qué?] —preguntó el otro.

—Has dicho… una palabra de más.

Durante unos segundos, no hubo respuesta.

—[¿Y qué?] —dijo al fin—. [¿No cuenta? ¿Quieres que lo repita?].

Yu Xiaowen no pudo evitar soltar una risa baja. Se llevó una mano al pecho para contener la respiración dolorida y, poco a poco, la mente volvió a enfriársele. Mirando al techo, parpadeó.

—Oye… ¿tú has estado en Jiangcheng? ¿Podrías contármelo un poco?

El otro pensó un momento.

—[La arquitectura de C es más solemne, no tan luminosa como la de Manjing. El hotel donde me alojé estaba cerca del río; el río es muy ancho, por la mañana pasan ferris y hay niebla. Y además… hace mucho frío. Para alguien de S, ir sin prepararse es buscar que le den una lección].

Luego añadió:

—[Yu Xiaowen, ¿tú te has preparado? No me digas que piensas depender de mí para todo].

—…Yo —Yu Xiaowen preguntó de pronto—: Oye, doctor Lu. Si te dijera que ya no hace falta ir… ¿estarías muy contento, verdad?

Al otro lado se hizo el silencio.

—¿Hola? —dijo Yu Xiaowen.

—[Da igual] —la voz del otro volvió a enfriarse—. [Entonces, ¿cuál es tu última orden? ¿Renuncias?]

Yu Xiaowen se quedó mirando el techo, ausente. La nieve, el puente Wangjiang, los barcos turísticos, y el doctor Lu, siempre de mala gana, volvieron a aparecer en su mente.

—Sigo queriendo ir —dijo.

El otro no respondió.

Tras otro rato de silencio, Yu Xiaowen continuó:

—Pero quiero ir ya, estos días. Justo ahora tengo tiempo. Ir pronto y volver pronto. No será mucho, tres o cuatro días. Para un jefe como tú, pedir unos días de permiso no debería ser difícil, ¿no?

—Estos días no puedo irme —respondió el otro con voz grave—. Tengo trabajo que organizar. Como te dije, lo más pronto es a final de mes.

Pero yo…

Yu Xiaowen se sorbió la nariz, cambió a un tono más propio de una orden y soltó una risita:

—Pero si te estoy chantajeando, entonces tienes que ejecutar mis órdenes según mi calendario. Claro que vamos cuando a mí me dé la gana. ¿No recuerdas lo que dije? “Yo soy tu reunión más importante”. Así que será estos días. ¿Me oyes? Si no… pues… no hace falta ir… ejem, ejem.

Al terminar, le dio un ataque de tos y carraspeó, disimulándolo con un par de resoplidos nasales.

Al otro lado, el hombre soltó un largo suspiro.

—[Yu Xiaowen, en tu trabajo habitual no debes ser tan caprichoso, ¿verdad?]

—¿Ah, sí? —respondió Yu Xiaowen.

—[¿Solo conmigo eres así? Porqué manejarme ¿te resulta demasiado fácil? ¿Por qué verme hecho un desastre no te parece todavía suficiente? En toda mi vida, eres el primero que consigue ponerme en este estado, y te aseguro que también serás el último. Ya has jugado más que de sobra].

Yu Xiaowen se quedó en silencio.

La voz del otro, poco habitual, empezó a fluctuar:

—[Si después de revolverlo todo te vas a marchar, si dices que no volveremos a vernos nunca más, ¿no puedes dejar de complicarme aún más las cosas? ¿Dejar de alterar mi vida y mis planes? Ahora mismo ya estoy bastante jodido…]

Se calló de golpe, como si hubiera dicho algo de más. Luego continuó:

—[Si no quieres que acabemos bien, entonces lo dejamos aquí mismo. Si quieres mandar vídeos, secretos explosivos, lo que sea, hazlo. Me da igual].

Esperó un momento, pero Yu Xiaowen no supo qué decir.

Así que el otro colgó.

Yu Xiaowen se quedó aturdido un rato.

Luego lo pensó mejor. Metió el móvil bajo las mantas y, con la respiración temblorosa, escribió con esfuerzo:

 [ ¿Por qué te enfadas ahora? ¿Te ha pasado algo en el trabajo? ]

No hubo respuesta.

Cao: [ Ya que de verdad estás ocupado últimamente, este superior tampoco es completamente irracional. Podemos hacer la última orden más fácil. ¿Qué te parece? ]

[ Última orden: mañana por la noche nos vemos, damos una vuelta local por la playa de Guayaba y nos despedimos con educación ].

[ La oportunidad no vuelve, oferta limitada, para aceptar el mandato pulse 1 ].

Pero el otro no volvió a responder nunca más.

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