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Song Mingqi quedó hundido entre las almohadas, observando con desgana la expresión perpleja del otro, y esbozó una sonrisa pícara.
—¿Te acuerdas? Lo de encestar en el salón recreativo: si ganabas, te regalaban una.
Sin darle tiempo a responder, tiró de Zhou Ling por el cuello de la camisa y lo atrajo de golpe hasta su rostro, le rodeó el cuello y volvió a besarlo con fuerza.
Esta vez el gesto fue extraordinariamente intenso. La mente de Zhou Ling quedó en blanco al instante; la sangre le hirvió en todo el cuerpo.
Song Mingqi.
Song Mingqi.
Ese nombre lo llenaba todo en su cabeza.
¿Cómo podía existir alguien así, alguien que saltara desde el filo hostil de un arma apuntada hacia él y cayera sobre su cuerpo para convertirse en la totalidad de su deseo y su anhelo?
Poco a poco, Zhou Ling fue aflojándose por completo. Olvidó resistirse, olvidó huir. En cinco años no recordaba haberse sentido nunca tan ligero. Aceptó, se dejó llevar, tomó lo que se le ofrecía y, al mismo tiempo, entregó parte del peso que llevaba dentro.
Al ver que Zhou Ling se había rendido del todo, Song Mingqi le quitó de la mano aquella absurda pistola falsa y la lanzó a un lado, luego desató la corbata que le ataba las muñecas. Los brazos de Zhou Ling lo rodearon con naturalidad; siguiendo la suavidad resbaladiza de la seda, le recorrió la espalda con fuerza, sintiendo en cada centímetro de sus músculos una combinación distinta de flexibilidad y firmeza.
Pero pronto se cansó de aquella ligereza. Lo apretó con más fuerza, como si quisiera incrustar a Song Mingqi dentro de su propio cuerpo, atraparlo entre sus labios. Eran como dos personas arrastradas a una misma contienda sin vencedor que, tras años de enfrentamiento cotidiano, encontraban de pronto un enemigo común y se convertían, así, en los aliados más íntimos.
Se besaron durante un rato. Al enfrentarse otra vez a la forma ardiente y torpe con que Zhou Ling besaba, Song Mingqi recordó de pronto algo; lo empujó un poco para tomar distancia y lo miró fijamente a los ojos, con una seriedad poco habitual.
—La última vez, en el hotel… ¿no sería de verdad tu primer beso?
—…
La respiración de Zhou Ling era profunda. Desvió la mirada un instante, pero enseguida volvió a clavarla en él sin parpadear, como un león que muerde a su presa, recuperando esa expresión cargada de posesividad.
Sin darle ocasión de que asomara una sonrisa, bajó la cabeza y besó los párpados soñolientos y ligeramente enrojecidos de Song Mingqi, el puente de la nariz siempre oprimido por las gafas, y por último volvió a atrapar su boca.
Song Mingqi sintió de inmediato el espíritu competitivo de la juventud. La mano de Zhou Ling le sujetó el cuello con firmeza; el pulgar presionó su barbilla, obligándolo a soportar un beso que le arrebataba hasta el último resto de aire.
Hasta que sintió algo, movido puramente por el instinto, empujar contra su qipao, Song Mingqi volvió a lamentar lo absurdas que habían sido sus dudas anteriores. Ya no pudo contenerse más: presionó la mano contra el pecho de Zhou Ling y se giró para montarse sobre él.
Justo cuando iba a desatar la tira de los tacones, Zhou Ling lo detuvo, jadeando con rudeza:
—Eso… ¿podrías no quitarlos?
Vaya, el crío sabía divertirse.
Song Mingqi lo miró largamente, con una sonrisa que no era del todo sonrisa, y aun así accedió a su deseo.
Zhou Ling alargó la mano para acariciarle el tobillo y, sosteniéndolo, lo ayudó a incorporarse. Desde la barbilla, la nuez y el cuello, fue besando hacia abajo, mientras la otra mano se deslizaba por detrás para bajar la cremallera del qipao. La vez anterior había sido él quien la subió; esta vez, deshacerla le resultó igual de natural.
La tela lila clara cayó dócilmente, acumulándose a la altura de la cintura, más como un abrazo que como un abandono.
Song Mingqi temblaba de pies a cabeza. Apretó con fuerza la cabeza de Zhou Ling y lo hundió contra esa capa fina de músculo, sintiendo cómo su propio cuerpo empezaba a derretirse. No tardó en llegar al límite; respirando con dificultad, fue a desabrocharle los pantalones.
Las respiraciones agitadas de ambos se entrecruzaban. Zhou Ling bajó la cabeza para mirar lo que hacían sus manos; frente con frente, entre tintineos torpes, desataban el cinturón cuando, de pronto, Zhou Ling presionó el dorso de su mano para detenerlo. Habló deprisa, con una cautela insegura.
—Soy yo arriba y tú abajo, ¿verdad?
—¿Y si no? —Song Mingqi se quedó un segundo en blanco, lo recorrió de arriba abajo con la mirada—. …No tengo afición por montar a hombres musculosos.
Zhou Ling frunció el ceño, mirándolo con recelo.
—Entonces, ¿por qué me tienes guardado como “0”?
Para entender qué tan íntima era esa etiqueta de la que hablaba el barman, incluso se había metido en internet a buscar qué significaban cinco rayas en código Morse. El resultado había sido desastroso.
Song Mingqi no reaccionó al principio; cuando lo entendió, se quedó sin palabras.
—Porque escribir “Ling” es un engorro… los números ahorran tiempo…
Zhou Ling no esperó a que terminara. Impaciente, ya había desabrochado lo que quedaba; pero justo cuando la cremallera llegó al final, volvió a detenerse.
—¿Te haré daño…?
—¿Daño de qué? —Song Mingqi fue interrumpido por segunda vez, y su tono se volvió algo impaciente.
Los ojos de Zhou Ling, enrojecidos por la contención extrema, seguían preocupados por sí Song Mingqi podría sufrir.
—Ahí…
Song Mingqi se echó a reír. Le revolvió el pelo áspero con cariño; aquel Zhou Ling tan joven le parecía adorable. Se inclinó para besarlo y, entre palabras confusas y besos, murmuró:
—¿Alcanzas? En el armario hay un bote…
Zhou Ling lo recordó de inmediato. Rodeó la cintura de Song Mingqi, estiró el brazo para abrir el cajón y alcanzar el lubricante. Antes de recibir más instrucciones, ya había sacado el bote metálico y los preservativos.
—¿Tan familiarizado estás con el terreno?
—La última vez, cuando te fui a buscar ropa, lo vi.
—Qué malo eres —los dedos largos de Song Mingqi le daban toquecitos en la punta de la nariz—. ¿No hiciste ninguna otra travesura en mi casa?
Zhou Ling no respondió.
Song Mingqi se rió, aun sabiendo la respuesta.
—Entonces, cuando lo viste, ¿qué estabas pensando?
La respiración de Zhou Ling se volvió cada vez más irregular. No sabía por qué, pero cualquier frase dicha por Song Mingqi sonaba como una provocación despreocupada, un anzuelo irresistible.
—Pensaba… en hacerte sentir bien.
Sin darle tiempo a responder, volvió a besarlo con torpeza, chocando incluso con sus dientes.
La preparación la hizo el propio Song Mingqi. Zhou Ling apoyó la frente contra la suya, bajó la mirada para observar su expresión: cómo mordía el labio inferior, ya congestionado y enrojecido, y cómo dejaba escapar gemidos suaves, cómodos, como los de un gatito.
En teoría, en ese momento todo debería haber sido bastante vergonzoso, pero Song Mingqi descubrió que la mirada con la que Zhou Ling lo observaba estaba llena de fascinación, hasta el punto de incomodarlo. No tuvo más remedio que alzar la mano y cubrirle los ojos, pero las pestañas de Zhou Ling seguían temblando contra su palma: aun así, seguía mirándolo.
Song Mingqi volvió a apartar la mano y, riendo con una suavidad pegajosa en cantonés, dijo:
—*De verdad no sé qué hacer contigo…(真係服咗你啦…)
*Está escrito en cantonés original y traducido por la autora al mandarin directamente.
Extendió el brazo hacia un lado para enganchar de nuevo el preservativo y preguntó:
—¿Sabes ponértelo?
Zhou Ling lo miró fijamente; al cabo de un rato, negó despacio con la cabeza.
Song Mingqi dudó de la veracidad de aquello, pero enseguida pensó qué, bueno, ¿qué más daba ser generoso una vez? Al fin y al cabo, Zhou Ling era un novato que no entendía nada.
Con los movimientos de Song Mingqi, la respiración de Zhou Ling se volvió de inmediato pesada.
Pum, pum, pum…
El corazón parecía a punto de salírsele del pecho; la expresión de su rostro era casi feroz.
…
Muy pronto, Zhou Ling recuperó la iniciativa. Song Mingqi abrió la boca de golpe, como si se hubiera quedado sin voz. Aquella profundidad aterradora y desconocida seguía provocándole un miedo intenso, como si hasta las entrañas se le revolvieran. Song Mingqi sintió que, por primera vez, tenía una perspectiva similar a la de una grapadora: una y otra vez bajando con fuerza, clavándose; al poco rato ya tenía la garganta ronca y las piernas doloridas.
—Song Mingqi… —cada vez que lo llamaba, ejercía más fuerza—. ¿Así está bien? Es mi primera vez… no lo sé…
Todavía le preguntaba por sus sensaciones.
—…Despacio… más despacio… me vas a romper… —Song Mingqi lo empujaba de forma instintiva por los brazos, incapaz de articular una frase completa.
Poco a poco, Zhou Ling empezó a sentir que aquello se parecía bastante a una reparación: conectas la corriente y ves si la luz se enciende, aprietas los tornillos y compruebas si la válvula sigue perdiendo. Hay que mirar, probar, pensar. Tenía que “arreglar” a Song Mingqi, arreglarlo hasta que estuviera cómodo, hasta que se sintiera bien.
—Lo arreglaré bien, profesor Song —Zhou Ling lo miró a los ojos con una expresión inquisitiva; cada vez que ejercía fuerza, sus pómulos se tensaban—. ¿Y ahora? ¿Así se siente un poco mejor?
Estudiaba sus reacciones, sacaba conclusiones, encontraba patrones: por ejemplo, cuando besaba la oreja de Song Mingqi, este temblaba; cuando lo llamaba “profesor Song”, se ponía nervioso y se cerraba con torpeza.
Pero Song Mingqi rechazaba ese tipo de análisis académico fuera de lugar. Cerró los ojos con incomodidad, frunciendo apenas el ceño a modo de protesta.
El primero en no poder aguantar fue Zhou Ling.
Empezó a acelerar sin mirar a quién dejaba vivo o muerto. Song Mingqi incluso tensaba los empeines; sentía que todo su cuerpo estaba a punto de partirse en dos.
—Profesor Song, ¿soy yo mejor?
Respiraba con fuerza; aquella sensación de pérdida de control le resultaba tan extraña como caótica. Song Mingqi lo aceptaba, lo deseaba, y le había dado ese mínimo capital para atreverse a hacer preguntas tan temerarias. De otro modo, quizá no las habría hecho en toda su vida.
—¿Te hago sentir mejor que cualquiera?
«—Profesor Song, no es que me gusten los qipaos… es que solo me gustas tú cuando llevas qipao.
«—¿Solo te gusto yo?»
«—Aunque sea, miénteme… profesor Song…»
Cuanto más hablaba, más le temblaban las cuerdas vocales, como si fuera un murmullo completamente fuera de sí, una súplica a un dios en pleno desprendimiento del alma.
Song Mingqi lo abrazó con más fuerza, acariciándole el cabello corto, duro y empapado de sudor, dejando que esas hebras, como agujas de pino, le rasparan la palma centímetro a centímetro. Zhou Ling hundió la cabeza en el hueco de su cuello; no sabía si era sudor o lágrimas, pero estaba húmedo y caliente.
—Solo te amo a ti, Zhou Ling—. Song Mingqi cerró los ojos con fuerza; su respiración temblaba—. Esta vez no te miento…
Zhou Ling se estremeció levemente entre sus brazos; Song Mingqi supo que había llegado.
Veinte minutos y veinticinco segundos.
Zhou Ling estaba muy insatisfecho con la duración de su primera vez.
Apoyó la cabeza en la palma de la mano, con la barbilla hundida en la colcha, dejando ver solo los ojos, fijos en el techo.
—¿No he sido lo bastante bueno?
Song Mingqi, con apenas media vida todavía en el cuerpo, se dio la vuelta.
—…Para ser la primera vez, ha estado bastante bien…