Capítulo 001 | El Templo de Minggong

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Volumen 1 | Sin saber lo que se oculta

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En la tercera vigilia, la lluvia caía a cántaros.

La niebla cubría las montañas mientras un grupo de personas avanzaba bajo el aguacero. El que iba a la cabeza se veía exhausto y escuálido; caminaba tambaleándose de un lado a otro, como una figura de papel incapaz de soportar la tormenta. Sostenía una linterna de papel blanco que proyectaba una luz mortecina sobre su rostro, revelando unos ojos y cejas finos y alargados, y mejillas untadas con colorete rojo, vestido con el atuendo de un casamentero.

—Ofrecer a la novia no es amortajar un cadáver, ¿por qué tienen todos esas caras de luto? —se quejó el casamentero, muy insatisfecho—. Esta es una gran ocasión; más vale que se muestren felices.

Las personas detrás de él cargaban un palanquín nupcial, pero todos lucían como si hubieran perdido a sus padres; más que un cortejo nupcial, parecía un cortejo fúnebre. Sin embargo, como el casamentero había hablado, no se atrevieron a desobedecer. El grupo forzó sonrisas bajo la lluvia, creando una escena sumamente grotesca.

El casamentero, de mal humor por la lluvia y al ver lo feas que eran sus sonrisas, se burló: —El demonio de la sequía ha causado estragos en los últimos años, ¿cuántas personas han muerto? Le rogué al cielo y a la tierra por ustedes, me rompí la cabeza haciendo reverencias hasta que por fin logré invocar a Minggong para que resolviera el desastre y enviara este aguacero. Y ahora que solo se les pide ofrecer a una jovencita para Minggong, me ponen malas caras. Qué gran temperamento tienen.

En el cortejo había un anciano que jadeaba apoyado en su bastón. Al escuchar al casamentero, se apresuró a apaciguarlo: —Que el benefactor calme su ira. Si no fuera por usted, no tendríamos esta lluvia salvadora. Nosotros, personas insignificantes, mantendremos esta inmensa bondad y virtud grabadas hasta que se nos caigan los dientes. —Dicho esto, se volvió para reprender al grupo con un par de frases y luego le dedicó una sonrisa conciliadora al casamentero—. Cuando regresemos, le estará esperando una mesa con buen vino y buena comida…

El anciano tenía el cabello desgreñado, los dientes expuestos y estaba en los puros huesos. Con la lluvia cayendo con tanta fuerza, debajo de su ropa corta llevaba un viejo y desgastado par de zapatos de tela verde de suela simple. Los zapatos ya estaban rotos desde el principio, y tras empaparse en el camino, se habían deshecho por completo. No se sabía por qué, a su avanzada edad, el anciano aún tenía que ir detrás del casamentero, tartamudeando para halagarlo.

El casamentero no le concedió ni la más mínima cortesía: —Basta, ¿qué buen vino y buena comida puede haber en esta tierra estéril? En cuanto termine de ofrecer a la novia, mi mérito estará completo y no tengo ningún interés en quedarme aquí.

Como el anciano necesitaba pedirle un favor, solo pudo asentir repetidas veces. Afortunadamente, el camino que quedaba no era largo y, poco después, divisaron una estela de piedra de media altura humana junto al camino. El casamentero dio unos pasos adelante, la iluminó con su linterna y dijo: —Llegamos al Templo de Minggong.

En su juventud, el anciano había sido compañero de estudios y reconocía algunos caracteres, pero al acercarse a la estela, descubrió que todo lo que estaba grabado era el idioma Zhushen1. Este idioma Zhushen, también llamado idioma Siming, era un lenguaje utilizado para convocar y despachar dioses. Solo los jóvenes oficiales del Instituto Tianming podían aprenderlo, y la gente común rara vez tenía la oportunidad de verlo. El anciano lo había visto una vez cuando acompañaba a su amo en sus días de estudio, pero solo sabía que era el idioma Zhushen y desconocía su significado.

El casamentero sacó de su manga un papel con encantamientos dibujados y lo agitó en el aire. El papel se encendió de inmediato sin necesidad de fuego, transformándose en una linterna guía flotante. —Caminen rápido, no retrasen la hora propicia —apremió.

El grupo siguió la linterna guía y, después del tiempo que tarda en consumirse una varilla de incienso, en efecto divisaron un templo. El templo era bastante extraño; se erguía solitario entre las montañas, como si hubiera aparecido de la nada. El casamentero, con expresión seria, dio un paso para entrar y los demás lo siguieron de cerca.

—¡Fiuuu!

Apenas entraron, una ráfaga de viento violento los golpeó de frente, apagando la linterna de papel blanco del casamentero y dejando encendida únicamente la linterna guía. Todos exclamaron alarmados mientras el palanquín nupcial se tambaleaba sobre sus hombros. El anciano se apoyó en su bastón, logrando estabilizarse a duras penas, y gritó: —¡No entren en pánico, estabilicen el palanquín…!

El grupo se tambaleaba de un lado a otro; ¿cómo iban a poder ocuparse del palanquín? Solo se escuchó un fuerte golpe cuando este cayó al suelo, y la novia salió rodando. El casamentero la agarró y, al sentirla rígida como una piedra, estalló en furia: —¡Ah, muy bien! ¡Viejo perro apestoso, te atreviste a engañarme con una falsa!

¡Qué jovencita ni qué nada, era claramente un gran tronco de madera!

El anciano cayó desplomado al suelo y suplicó con dolor: —Benefactor, tras años de grandes desastres, ya ha muerto demasiada gente… Pedirme ahora que traiga a una jovencita para ofrecerla va en contra de los principios humanos y la ley celestial…

El casamentero soltó una risa fría: —¡Que así sea! Sabía desde el principio que no lograrían hacerlo; lo de ofrecer a la novia era solo una fachada. ¡Hmph! Ustedes dieciséis serán perfectos para llenar el estómago de Minggong.

Todos palidecieron del susto. El anciano balbuceó: —¿Q-qué estás diciendo…?

Sin que nadie se diera cuenta, en las comisuras de los labios del casamentero se habían dibujado dos curvas en forma de gancho, dándole un aspecto que no parecía del todo humano. —¿No se los dije? Soy un casamentero que se especializa en arreglar matrimonios para fantasmas y dioses. Minggong tiene dientes afilados y colmillos gigantes, y necesita comerse a una novia todos los días. Para poder hacer caer esta lluvia, ha pasado hambre durante varios días.

Al darse cuenta de que la situación era grave, el anciano les gritó a todos: —¡Salgan, salgan rápido! ¡Hemos caído en una trampa!

El cuerpo del casamentero se retorció como una soga, mientras sus amplias mangas de color granate ondeaban en el aire. Sosteniendo la linterna guía con ambas manos, miró al grupo de reojo. —De este templo solo los muertos pueden salir. ¿Quieren salir? ¡Bien, se los concederé! ¡Minggong, sal a comer!

Las cortinas del templo se movieron sin que hubiera viento, rozando a las personas y haciéndolas gritar al unísono por el terror. Una fuerza colosal los arrastró desde atrás, jalándolos hacia el altar de las tablillas espirituales. Las profundidades del altar estaban sumidas en la oscuridad, como si escondieran a un monstruo gigantesco. Al verlos llorar por sus padres y madres, el casamentero no pudo evitar echar la cabeza hacia atrás y soltar una carcajada. Las campanillas del palanquín volcado a un lado sonaban frenéticamente, más rápido que el repiqueteo de la lluvia afuera.

Al ver que la noche no terminaría bien, el anciano suspiró en su corazón: “¡Ay, ay! Si hubiera sabido esto, habría subido solo a la montaña esta noche para pagar esta lluvia con mi vieja vida. ¡Qué necesidad había de arrastrar a todos a la muerte!”.

Arrepentido de sus decisiones pasadas, gritó hacia el altar: —¡Minggong, escúchame! Las súplicas por la lluvia de estos días fueron obra mía y de nadie más. Si vas a comer personas, ¡cómeme a mí primero!

Después de decir esto, se arrojó frente al altar y cerró los ojos, esperando la muerte. Sin embargo, por extraño que pareciera, el dolor anticipado no llegó, y en su lugar escuchó una risa. Lleno de asombro, el anciano abrió los ojos apresuradamente. Lo primero que vio fue la esquina de una manga con un fondo rojo carmesí y bordes negros, sobre la cual había bordados peces de fuego uno tras otro con hilo de oro puro.

—¡¿Quién anda ahí?! —gritó el casamentero.

—Alguien que no come personas —respondió la voz.

En el templo solo estaba la linterna guía, que en manos del casamentero no lograba iluminar el altar con claridad. El casamentero recitó en silencio algunas frases en idioma Zhushen, intentando invocar a Minggong, pero, por algún error desconocido, Minggong no apareció como se esperaba.

En ese momento, la persona preguntó: —¿Qué linterna es esa que has encendido?

Su voz era clara y suave, teñida con una sonrisa, como la de alguien que no sabía enfadarse.

Sospechando que el fracaso de la invocación era obra suya, el casamentero le lanzó con fuerza la linterna guía que tenía en la mano. —¡Tu lámpara eterna!

La linterna guía giró en el aire y, de la mecha del tamaño de un guisante verde, emergieron de repente varios espíritus malignos que se abalanzaron sobre la persona, mostrando los dientes y las garras. El hombre levantó la mano y detuvo la linterna flotando a la distancia. Al instante, todos los espíritus malignos se desvanecieron como humo. —Además de huir por tu vida, todavía me regalas una linterna. Eres verdaderamente una buena persona.

—¡¿Qué huir por mi vida?! ¡¿Quién está huyendo?! —replicó el casamentero.

—¿No estás huyendo por tu vida? —preguntó el hombre, sorprendido.

Al ver cómo la otra parte había neutralizado la linterna guía mientras charlaba y reía, el casamentero supo que no era alguien común. Sintió el impulso de retirarse, pero su boca dijo: —¡Tonterías! ¿Cuándo he huido yo por mi vida…?

Antes de que pudiera terminar de hablar, el hombre volvió a reír. Al casamentero se le erizó el vello. —¿De qué te ríes?

—Me río de lo tonto que eres, que al verme todavía no huyes por tu vida.

La tenue luz de la linterna guía iluminó la figura del hombre. Estaba sentado en una postura relajada y sumamente desinhibida sobre el altar; con una mano sostenía la linterna y con la otra empuñaba un abanico plegable de ébano. El abanico era completamente negro y carecía de adornos o patrones, creando un marcado contraste de blanco y negro con su mano.

El casamentero se quedó mirando fijamente aquella mano, o quizás aquel abanico. En una fracción de segundo, recordó algo y su expresión cambió drásticamente: —Abanico del inframundo, guía de los espíritus2, irrespetuoso ante fantasmas y dioses… ¡Tú eres Jiang Zhuo!

Las palabras apenas habían caído cuando su figura ya había destellado hacia la puerta del templo. Nunca antes había huido por su vida, pero en ese momento corría más rápido que nadie. La lluvia no amainaba afuera; recitó un hechizo a toda velocidad y ya había asomado medio cuerpo cuando se escuchó un sordo golpe. Su cabeza ya había caído al suelo.

—¡Jiang Zhuo! —La cabeza enarcó sus finas cejas y dijo furiosa—: No tengo resentimientos ni enemistad contigo…

Con un nuevo chasquido, ambos brazos también cayeron. Al ver esta escena, a alguien del grupo se le pusieron los ojos en blanco y se desmayó del susto.

Los pies del casamentero seguían corriendo. En el momento en que pisaron bajo la lluvia, la cabeza empezó a gritar: —¡Quema, quema! ¡Jiang Zhuo, estás haciendo llover fuego fantasmal para quemarme!

La lluvia golpeaba el cuerpo del casamentero y, como papel quemado, se redujo a la nada en un abrir y cerrar de ojos. El aire se llenó de un ligero olor a quemado. La cabeza, que seguía vociferando, fue levantada por una mano. La dueña de la mano era una joven espadachina de unos quince o dieciséis años, quien apartó la cabeza y preguntó sin ninguna expresión: —Cuarto Hermano, ¿qué hacemos con esta cosa?

Jiang Zhuo abrió la mitad de su abanico y lo agitó en dirección a la joven espadachina: —Guárdala tú primero, enseguida voy.

Una ráfaga de viento sopló y se llevó a la joven espadachina junto con la cabeza del casamentero.

El anciano aún no se reponía del susto; su expresión seguía algo aturdida, como si le hubieran robado el sentido. Mientras su mente vagaba, sintió de repente un golpecito en el hombro con el abanico. Como si despertara de un sueño, de inmediato agradeció a la otra persona: —Benefactor…

El anciano levantó la mirada y, al ver el verdadero rostro de su nuevo benefactor, dejó escapar un grito ahogado y se quedó paralizado. No era que el anciano estuviera siendo descortés, sino que este nuevo benefactor era verdaderamente peculiar: tenía un par de pupilas color ámbar que, al sonreír, parecían como las ondas resplandecientes de un estanque de otoño, atrapando a quien lo mirara y haciéndole perder el alma y olvidar lo mundano. Y lo más extraordinario era que detrás del rabillo de su ojo izquierdo tenía tres puntos rojos dispuestos en forma de abanico; eran precisamente estos tres puntos rojos los que hacían imposible distinguir por un momento si era un demonio o un ser celestial.

Notas del Traductor

  1. Se puede interpretar como “Lenguaje de Invocación Divina” o “Lenguaje de los Comandantes del Destino”.
  2. Mingshan Youyin, Literalmente “Abanico del Inframundo, Guía de los Espíritus”
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