Capítulo 079 | Distinguiendo lo Verdadero de lo Falso

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Ming Zhuo rara vez había prestado atención al olor de otras personas.

En el pasado, cuando Ming Han aún vivía, en el palacio divino se quemaba con frecuencia un incienso llamado “Baoluo”. Este incienso Baoluo era una fragancia secreta de la Montaña Xikui; al quemarse, tenía la propiedad de complacer a los dioses. Ming Han lo usaba a menudo para calmar a Huimang cuando este se volvía inestable. A Ming Zhuo no le desagradaba el aroma, porque su madre solía oler así; pero tampoco le gustaba, porque olerlo le traía recuerdos del palacio divino.

El aroma de Luo Xu era muy diferente al del incienso Baoluo. No parecía un perfume; era tenue y fresco, tanto que, si no prestabas atención, era fácil pasarlo por alto. Si Ming Zhuo lo notaba tanto, era porque estaba acostumbrado a dormir apretujado con el Primer Ministro Hua y nunca antes había estado impregnado del olor de otra persona; por lo tanto, era especialmente sensible a él. Ahora, los puños, el cuello y cada centímetro de la ropa que llevaba olían a Luo Xu; se sentía como si su territorio hubiera sido invadido, y aún no terminaba de acostumbrarse.

—Tú eres igual que la ropa —Ming Zhuo se acercó, guiado por ese aroma apenas perceptible, hasta quedar frente a Luo Xu—: ambos huelen un poco mejor que el Primer Ministro Hua.

No era consciente de sí mismo y no le importaba en lo absoluto lo que esa postura pudiera significar. Rozó suavemente la solapa de Luo Xu con la punta de la nariz, olfateándolo de cerca, y pareció estar bastante satisfecho con el resultado.

Luo Xu alargó las palabras: —Vaya, así que solo huelo ‘un poco’ mejor que el Primer Ministro Hua.

—El Primer Ministro Hua se lame ochocientas veces al día —señaló Ming Zhuo—. ¿En serio quieres compararte con él en eso?

Luo Xu recordó el olor a saliva cuando el Primer Ministro Hua le lamió la cara y prefirió no hacer comentarios al respecto. Miró a Ming Zhuo: —Ahora me pides que vayamos a cavar una tumba, pero ni siquiera sé dónde está enterrado Ming Han.

—Es muy fácil de encontrar. —Ming Zhuo se irguió; sus pupilas ambarinas, evitando la luz directa, tenían un tono un poco más oscuro de lo habitual—. En las afueras de Peidu hay tres Pagodas de Supresión de Maleficios; Ming Han está enterrado debajo de ellas.

Había tres Pagodas de Supresión de Maleficios, pero solo un Ming Han. El hecho de que Ming Zhuo no especificara bajo cuál de las tres estaba enterrado apuntaba a una sola posibilidad: estaba debajo de las tres. Lo había enterrado en pedazos.

—Puesto que fue decapitado y desmembrado antes de ser enterrado —dijo Luo Xu con tacto—, según la lógica común, es imposible que haya resucitado.

Las Pagodas de Supresión de Maleficios eran estructuras grabadas con encantamientos supresores; generalmente se construían en los territorios de las sectas para que todos pudieran vigilarlas. La diferencia era que las pagodas de los demás solían suprimir a espíritus malignos vivos, mientras que Ming Zhuo suprimía al cadáver de Ming Han. Esto demostraba que consideraba a Ming Han como una amenaza tan grande que ni siquiera le permitía convertirse en un fantasma.

—Es cierto que los muertos no pueden resucitar —concedió Ming Zhuo—, pero si alguien verdaderamente quiere usar a Ming Han para causar estragos, no necesita resucitarlo; basta con convertirlo en una marioneta.

Al decir esto, chasqueó los dedos suavemente. Una figura de papel salió volando de su manga y, al tocar el suelo, se transformó en el sirviente oficial armado con dos espadas, de mejillas sonrosadas y rostro empolvado.

—Las técnicas de control de marionetas de la Tribu Hugui tienen infinitas variaciones; cuanto mejor es la marioneta, más difícil es distinguirla de una persona real. —Ming Zhuo miró de reojo al sirviente de rostro empolvado—. Míralo, ¿no parece muy real?

El sirviente de rostro empolvado, de pie entre los dos, se cubrió la cara con la manga y se rió con un tintineo. Su mirada fluía con naturalidad, haciéndolo lucir idéntico a una persona de carne y hueso.

—Se parece, sí —Luo Xu examinó al sirviente—, pero si lo miras de cerca, todavía tiene un ligero rastro de energía fantasmal.

Ming Zhuo volvió a chasquear los dedos. El sirviente de rostro empolvado creció instantáneamente, su aura cambió drásticamente, ¡y se transformó en el General Imperial de Tianhai vestido con su armadura plateada! El falso General Imperial y el verdadero tenían una estatura similar, y gracias al casco que ocultaba su rostro, no se notaban diferencias físicas; su imponente presencia había sido imitada con un setenta u ochenta por ciento de precisión.

—Ming Han tenía un libro que registraba las artes secretas de la Tribu Hugui; en él se mencionaba que el nivel más alto de control de marionetas es cuando resulta imposible distinguir lo falso de lo verdadero —Ming Zhuo apoyó una mano en la espalda del falso General Imperial y lo llamó—: Luo Xu.

El corazón de Luo Xu dio un vuelco al ver que el falso General Imperial levantaba una mano de nudillos marcados. Imitaba a Luo Xu a la perfección, incluso llevaba los anillos encadenados con el símbolo ‘卍’. De repente, un anillo de luz plateada brilló en el suelo, ¡y el falso General Imperial invocó un pequeño hechizo de fuego! Sin embargo, este hechizo de fuego se desvaneció casi al instante, desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.

Luo Xu mantuvo su expresión inalterable: —¿El controlador de la marioneta también puede usar los hechizos de la persona que copia?

—La leyenda cuenta que los expertos en control de marionetas de la Tribu Hugui no solo pueden usar los hechizos de otros, sino que incluso pueden sustituir lo real por lo falso. —Ming Zhuo levantó dos dedos, mostrando los anillos de la cadena—: Mi marioneta está hecha de papel, por lo que no puede resistir el poder de tu hechizo de fuego. Si quisiera que la imitación fuera más realista, tendría que gastar mucha más energía espiritual. Lamentablemente, ahora mismo estoy bloqueado y no puedo demostrártelo. Pero solo necesitas saber esto: si cambiáramos esta figura de papel por una persona viva o un cadáver, aplicando la misma cantidad de energía espiritual, la marioneta sería mucho más convincente.

Esa era la importancia de una buena marioneta. Las figuras de papel de Ming Zhuo eran simples objetos que su madre había recortado para entretenerlo cuando era niño; aunque estaban imbuidas con su energía espiritual, su efectividad siempre sería inferior a la de una marioneta real.

Luo Xu entendió de inmediato a qué se refería: —Sospechas que los guerreros Baiwei que asesinaron a la gente esa noche fueron invocados por un experto en control de marionetas, utilizando el cadáver de Ming Han.

—Así es. Para un experto en control de marionetas, esto no sería difícil; solo tendría que desenterrar a Ming Han y sumergirlo en pociones especiales durante unos días —afirmó Ming Zhuo—. De no ser así, no se me ocurre ninguna otra forma de invocar a los guerreros Baiwei.

—Parece que verdaderamente tendremos que cavar esa tumba. —Luo Xu miró al falso General Imperial—: Cuando llamaste a ‘Luo Xu’ hace un momento, ¿lo llamabas a él o a mí?

Ming Zhuo preguntó: —¿Qué diferencia hay?

Un anillo de luz plateada brilló repentinamente en el suelo y el símbolo ‘卍’ apareció al instante. Las cortinas de los aposentos se agitaron y los hechizos de fuego grabados en ellas se encendieron uno tras otro. El falso General Imperial, temeroso del fuego, volvió a convertirse en una pequeña figura de papel con un ¡pop! y flotó en el aire, arrastrado por el viento.

—La diferencia es esta —Luo Xu atrapó la pequeña figura de papel y la sostuvo entre sus dedos—. Si me llamabas a mí, el hechizo de fuego se usa así.

Ming Zhuo lo observó por un largo momento, le arrebató la figura de papel y murmuró por lo bajo: —Qué tacaño.

Luo Xu no lo contradijo, aceptándolo sin más; tacaño o no, el único que podía llamarse Luo Xu era él.

Dos días después, en las afueras de Peidu. Una llovizna fina y persistente caía del cielo. Varios discípulos de sectas, vestidos con ropas sencillas y sosteniendo paraguas, caminaban por el camino principal y se detuvieron en una taberna rústica para refugiarse de la lluvia.

Uno de ellos cerró su paraguas, pidió unos cuantos cuencos de vino y se dirigió a sus compañeros: —Nuestra secta también tiene cierto prestigio, pero miren a lo que hemos quedado reducidos. No solo tenemos que recoger cadáveres, sino también cargar ataúdes. ¿Qué dirán los demás cuando se enteren?

Otro tomó un cuenco de vino: —Hoy en día todas las sectas andan escasas de personal; que nos pidan ayuda es un último recurso. ¿Acaso no viste anoche? Hasta los discípulos de las Cuatro Montañas estaban cargando cadáveres.

El primero se quejó: —¿Te refieres a la Facción Qiankun? ¡Hmph! Si no fuera por esta tragedia, ¡jamás nos habrían dirigido la palabra! La última vez que hubo un desastre de monstruos en nuestro territorio, fuimos a pedirles ayuda y nos despacharon como si fuéramos mendigos. Cada vez que me acuerdo, ¡me hierve la sangre!

El otro intentó calmarlo: —En estos momentos críticos, por favor, no causes problemas. La Facción Qiankun ha sufrido un golpe devastador, no queda nadie capaz de tomar las riendas. Si esto sigue así, me temo que perderán el control de las dos provincias del sur; y si se desata el caos, quién sabe quién terminará pagando los platos rotos.

El primer discípulo le dio un trago al vino, guardó silencio por un momento y luego dijo: —Lo que no entiendo es por qué se pasan los días discutiendo.

—Algunos han salido perdiendo, otros están insatisfechos. Cuando la gente se junta, siempre surgen los mismos problemas. —El otro discípulo sostenía su cuenco de vino—. Todos pensaban que el General Imperial de Tianhai era un hombre sensato y razonable, pero resultó ser un insensato que se alió con Yongze…

Mientras hablaban, dos personas más llegaron a la taberna buscando refugio de la lluvia. El más alto de los dos, con el cabello negro recogido en una coleta y vestido con ropa negra, pareció haber escuchado algo y les dirigió una mirada.

Los discípulos no pudieron identificar a qué secta pertenecía. Vieron que el hombre levantaba ligeramente su paraguas y de debajo de él salió otra persona, también vestida de negro. Este último, que parecía tener unos dieciocho o diecinueve años, con solo mostrar el rostro, hizo que los discípulos se quedaran completamente mudos.

—Un cuenco de vino, él paga. —Ming Zhuo giró la cabeza y les dedicó una ligera sonrisa a los discípulos—. Señores… amigos, ¿por qué se detuvieron? Estaban diciendo que el General Imperial de Tianhai es un insensato, ¿y qué más?

El discípulo que sostenía el cuenco de vino se apresuró a decir: —Solo estábamos diciendo tonterías bajo los efectos del alcohol, por favor, no lo tomen en serio. Como sus rostros no me resultan familiares, ¿me atrevo a preguntar a qué secta pertenecen?

Ming Zhuo fingió dudar: —Yo soy de…

Pensando que no quería revelar el nombre de su secta, el discípulo no insistió y solo preguntó: —¿Y cómo debería dirigirme a usted?

—Me llamo… —Ming Zhuo lo pensó por un segundo y decidió aprovecharse del prestigio de la Secta Posuo—: Jiang Zhuo. El ‘Jiang’ de la Montaña Beilu.

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