Capítulo 153 | Cuentas de Cuatro Colores (Parte II) | Extra 2

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Luo Xu sostuvo a Jiang Zhuo con una mano y se acercó aún más, decidido a llegar al fondo del asunto: —Cuando dices ‘tú’, ¿a cuál de todos los ‘yos’ te refieres?

Todavía no se había quitado el casco, el emblema distintivo del General del Mar Celestial. En esta época, Luo Xu era un canalla; cada vez que besaba a Jiang Zhuo, lo hacía con ferocidad y rudeza.

—Desde el principio hasta el final, siempre ha habido solo un tú. —Jiang Zhuo levantó ambas manos, empujando el casco hacia arriba. La punta de su nariz rozó desde la oreja de Luo Xu hasta recorrer el puente de su nariz y sus finos labios que quedaban al descubierto. Diciendo lo contrario de lo que verdaderamente quería decir, comentó—: Siento un ligero olor a celos.

Luo Xu presionó con el pulgar, agarrando la barbilla de Jiang Zhuo. La punta de sus narices se rozaron, casi pegándose: —Ya que lo hueles, ¿por qué no me besas todavía?

Bajo la venda de seda blanca, Jiang Zhuo cerró ligeramente los ojos. Aunque sus labios ya habían tocado los de Luo Xu mientras hablaba, aun así dijo: —Ya que me vendaste los ojos, no puedo ver nada. Besarte es muy difícil, ¿es aquí?

Levantó la barbilla levemente y sus labios tocaron la punta de la nariz de Luo Xu. La lluvia no paraba, y su respiración, ahora más lenta, se volvió un poco húmeda. El casco no había sido retirado por completo, por lo que Luo Xu solo dejaba ver la mitad inferior de su rostro. Como ninguno de los dos podía verse, en sus oídos solo resonaba el incesante sonido de la lluvia y la respiración íntima del otro.

—Ahí no. —Luo Xu apretó un poco más su agarre—. Zhiyin, ten cuidado, sería terrible si besas a la persona equivocada.

—¿Qué tan terrible? —Jiang Zhuo bajó ligeramente la barbilla, deslizándose desde la punta de la nariz de Luo Xu de vuelta a sus labios—. ¿Como lo de anoche?

Luo Xu acarició con el pulgar, repasando la textura de su piel bajo su dedo: —¿Acaso me estás elogiando?

Las gotas de lluvia resbalaban desde la barbilla de Jiang Zhuo hasta el pecho del General. La armadura plateada era dura y helada, y al contacto con la mitad de su cuerpo desnudo, se creaba un contraste extremo entre el frío y el calor. Jiang Zhuo no respondió de inmediato a la pregunta; en su lugar, trazó un camino desde el dedo índice de Luo Xu hasta llegar a la curva entre el pulgar y el índice, y lo mordió allí.

Los anillos y la fina cadena de plata se quedaron atrapados entre sus dientes, y Jiang Zhuo saboreó el agua de lluvia. Guiándose por el recuerdo de lo que había visto antes, marcó su huella entre los dedos de Luo Xu. Su suave lengua presionó contra aquellas quemaduras posteriores, y junto a sus labios y dientes, ejerció presión, como si se estuviera vengando por la ofensa que Luo Xu cometió la noche anterior.

Luo Xu ralentizó su respiración gradualmente. Si pudiera mostrar sus ojos, sin duda le haría sentir a Jiang Zhuo una ofensa aún mayor. Esa mordida era efectivamente un castigo… porque tenía que controlarse. Tal vez en el siguiente instante se transformaría de nuevo en Taiqing, y en su forma del Dios de la Calamidad, las cosas se saldrían completamente de control. Fuera de este sueño, el mundo real seguía siendo la Montaña Beilu, y no quería despertar para encontrar todo reducido a cenizas.

Acercó la mano, aplicó fuerza con dos dedos para abrir los dientes de Jiang Zhuo y luego introdujo sus dedos índice y medio, bloqueando la lengua inquieta de Zhiyin.

Jiang Zhuo se lastimó con las púas plateadas de los anillos. Como un gato golpeando una naranja, le dio un manotazo al casco de Luo Xu para tirarlo, buscando expresar su descontento. Sin embargo, el resultado de quitarle el casco fue casi como romper un sello; Luo Xu retiró los dedos de inmediato, se inclinó hacia adelante y lo besó.

Mientras sus lenguas y dientes chocaban, Jiang Zhuo enredaba sus dedos torpemente en el cabello plateado, intentando tirar del cuello de la ropa de Luo Xu. Sin embargo, su cuerpo se rindió primero; fue levantado, girado media vuelta y presionado fuertemente contra las mantas.

La lluvia y los pabellones desaparecieron por completo. El cabello plateado se deslizó por los hombros de Luo Xu como un presagio. El escenario cambió de inmediato: cortinas cayendo capa tras capa hasta el suelo, rodeándolos en círculos.

La cinta de seda blanca que vendaba los ojos de Jiang Zhuo se soltó. Sostuvo el rostro de Luo Xu con ambas manos, levantando la vista entre las almohadas y sábanas revueltas: —Me acabo de levan…

Luo Xu le besó la muñeca; su respiración estaba hirviendo. Esa temperatura hizo que Jiang Zhuo entrara en pánico. Lo que más temía era a Luo Xu en su forma del Dios de la Calamidad, porque su calor era abrumador; el Fuego Li de la Luna Nueva obedecería a su amo y se comportaría como luciérnagas enloquecidas entre las mantas.

Si solo se tratara del Fuego Li de la Luna Nueva, Zhiyin aún podría simplemente reírse de la situación; pero lo que verdaderamente no soportaba era a Taiqing. Los besos de Luo Xu eran ardientes, al igual que sus embates. Desde que se convirtieron en los amantes del cielo y la tierra, que Jiang Zhuo terminara llorando entre las sábanas se volvió algo habitual. A veces, mordiendo un trozo de hielo, terminaba tragando saliva a toda prisa a mitad de camino, y para cuando su espalda baja estaba completamente entumecida, ya no podía distinguir si su rostro estaba cubierto de sudor o de lágrimas.

Luo Xu lamió la esquina de sus ojos, tal y como lamía las heridas del propio Luo Xu. La marca plateada de la medialuna en la frente de Jiang Zhuo seguía allí, pero al apartar la cinta de seda blanca, los tres puntos rojos en las esquinas de sus ojos ya estaban completamente maduros y enrojecidos.

—Perdiste —Jiang Zhuo levantó la mano, intentando detener a Luo Xu con la cinta de seda, y jadeó levemente en medio de sus besos erráticos—. Incluso en tus sueños no puedes controlar este fuego.

—Te lo dije —susurró Luo Xu al oído, como si ya lo hubiera previsto—, sería terrible si besas a la persona equivocada, Zhiyin.

Zhiyin.

Zhi—

Jiang Zhuo estaba en la cresta de la ola, solo que lo que lo hacía temblar era una ola de fuego.

A veces le respondía, llamándolo Taiqing, y otras veces Luo Xu, con una mezcla intermitente de odio y amor.

La cadena de perlas y jade en su cintura se había roto hace mucho tiempo. El odio de Jiang Zhuo era silencioso; a veces tiraba del cabello plateado de Luo Xu, ordenándole que fuera más rápido o más lento.

El ritmo del Dios de la Calamidad era guiado principalmente por Jiang Zhiyin. Solo que cuando Zhiyin quería que él perdiera el control, él siempre lograba mantener el orden, pero en el momento en que el propio Jiang Zhuo perdía el control, entonces Luo Xu se volvía aún más intenso. Después de un par de veces, Jiang Zhuo aprendió que esas eran las malas intenciones de Luo Xu: estaba decidido a que Jiang Zhuo también perdiera el control, para que pudieran ser un par de dioses malignos entregados a la perdición del placer.

Que Jiang Zhuo fingiera dolor era inútil; Luo Xu sabía demasiado bien si le dolía o no. Sus corazones eran un solo corazón, y cada vez que llegaban al final, Jiang Zhuo empezaba a balbucear cosas sin sentido como “Perrito blanco” o “Te odio tanto”. Luo Xu no quería escuchar odio, pero le encantaba escuchar a Jiang Zhuo decirlo para luego agarrarlo de la barbilla y corregirlo: “Quiero amor”. El amor surgía en el momento más caótico; y en esos momentos, Zhiyin solía olvidar todo lo demás y ya no podía mantener su fachada de dureza.

“Amo tanto”, Jiang Zhuo ordenaba, suplicaba piedad, perdía la cordura e incluso apretaba los dedos de Luo Xu, jadeando, llorando, temblando, hasta confesar la pura verdad: “Te amo tanto”.

Había tomado el corazón de Luo Xu, y no había nada en el mundo que le doliera más que eso. Jiang Zhiyin, Jiang Zhiyin… aquel Jiang Zhiyin que ya no era un monarca, aún no había aprendido a ser completamente sincero. Su cuerpo encajaba tan perfectamente con Luo Xu que cada vez que el placer descendía sobre él, Jiang Zhuo olvidaba por qué derramaba lágrimas.

Mírame. Luo Xu acariciaba el rostro de Jiang Zhuo. Sus jadeos eran tan hermosos, y esas lágrimas eran el mayor elogio para él. La Promesa de Almas, la Maldición de los Grilletes de Sangre, compartir la vida y la muerte, todo eso estaba muy bien, pero lo que verdaderamente lo ataba era esto: los murmullos de amor de Jiang Zhuo, su dolor apenas disimulado y su mirada fijamente posada en él, desde el principio hasta el final.

El destino fue aquella primera vez que se encontraron en Peidu. A pesar de los repentinos giros del destino, o de las calamidades de la vida y la muerte, los hilos de sus destinos entrelazados nunca se habían soltado, ni por un solo momento. La vida son dos personas viviendo, la muerte son dos personas muriendo; ya sea como monarca o como seres comunes, somos los únicos bajo el cielo.

A Jiang Zhuo solo le quedaba una pizca de lucidez. Miró a Luo Xu y entrelazó sus dedos con los de él; decían que los diez dedos estaban conectados al corazón, y él sostenía fuertemente los corazones de ambos. Fue empujado hacia el noveno cielo en medio de las olas salvajes azotadas por el Fuego Li de la Luna Nueva. El momento de perder la cordura fue largo; tan largo que fue besado y, en medio de la feroz embestida, casi asfixiado, hasta finalmente perder toda su fuerza y caer inconsciente.

Cuando despertó, el cielo ya estaba completamente oscuro. Jiang Zhuo estaba acostado boca abajo entre las sábanas, con la garganta adolorida. Aún aturdido, no podía distinguir si todavía estaba en el sueño o si ya había regresado a la realidad.

—Luo Taiqing… —Murmuró con la cabeza hundida, hablándole a Luo Xu, que dormía boca abajo apoyado en su cuello—, se… se acabó.

Luo Xu agarró su muñeca que golpeaba la almohada y, en un raro momento de estar medio dormido y medio despierto, preguntó: —¿Qué se acabó?

—Tu fuego… —respondió Jiang Zhuo—, tu fuego.

Las cortinas de sedas protectoras dispuestas alrededor de la habitación ya se habían reducido a cenizas. De no ser por la Madera Divina y las inscripciones doradas de la Lámpara de los Preceptos que sostenían la base de la cama, ambos ya estarían durmiendo sobre un montón de cenizas.

Originalmente, esta casa era el viejo hogar de Jiang Zhuo en la Montaña Beilu. Debido a que Luo Xu había venido a vivir aquí, la Secta Posuo la había ampliado un poco. Además, para prevenir que el Fuego Kármico del Dios de la Calamidad se saliera de control, Shiyi Jun y varios ancianos de la Secta Shaman habían establecido docenas de sellos y conjuros protectores tanto en el interior como en el exterior.

Normalmente, Luo Xu se movía por ahí con su apariencia de cabello negro, lo cual no causaba problemas. Pero por casualidad, hace medio mes, Li Xiangling había recuperado la cuenta de cuatro colores de Da’e e intentó sellarla junto con Shiyi Jun. Inesperadamente, los métodos para pedir prestada energía espiritual de las Cien Sectas de Madre Jiao eran diferentes, por lo que los conjuros y talismanes del linaje de Madre Jiao no podían sellar la cuenta. Por ende, la habían devuelto a la Montaña Beilu para que fuera consagrada en el mismo lugar que el Pez de Fuego de Oro Rojo.

Desde ese momento, el tiempo y el espacio de todos se habían vuelto un caos. Un día, a la hora de comer, Annu salió como un esqueleto completo y regresó convertido en solo dos huesos de pierna. Otro día, Tian Nanxing se convirtió de nuevo en una niña de tres años, y después de dormir una siesta, incluso Shiyi Jun se despertó como una anciana de cabello completamente blanco. La Montaña Beilu se convirtió en un desastre caótico que no dejaba en paz ni a los perros ni a las gallinas, hasta que finalmente, Shiyi Jun dio un golpe en la mesa, sacó la cuenta de cuatro colores del santuario y se la entregó a Jiang Zhuo y a Luo Xu para que la cuidaran.

Con la cuenta en manos de ellos dos, la Montaña Beilu volvió a la normalidad, pero ellos dos se convirtieron en trozos de cristal dentro de un caleidoscopio: sus tamaños y sus identidades cambiaban al azar. Afortunadamente, la familia Ming poseía técnicas secretas y lograron usar el poder del Pez de Fuego de Oro Rojo para sellar temporalmente la cuenta de cuatro colores dentro de sus sueños. De esta manera, durante el día podían mantener su estado normal, y solo al entrar en el sueño comenzaban a transformarse incesantemente.

A Jiang Zhuo no le importaba en lo más mínimo; el problema era que Luo Xu, en su forma del Dios de la Calamidad, requería ser apaciguado. Un mínimo descuido podía hacer que el fuego escapara del sueño hacia la realidad. Los primeros días, a Jiang Zhuo le pareció novedoso, pero ahora sentía un dolor punzante en la cintura y no tenía energías en todo el cuerpo. ¡Quién en este mundo cae inconsciente antes de dormir y se despierta habiendo estado inconsciente!

—Tira rápido esas cuatro cuentas de regreso a la tumba de Da’e —Jiang Zhuo habló con una voz débil y carente de fuerza. Con la cabeza aún enterrada en las sábanas y sin estar completamente despierto, dejó que Luo Xu le sostuviera la muñeca y murmuró para sí mismo—: O si no, simplemente busca a cualquier descendiente del linaje de Da’e y diles que la guarden ellos mismos…

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