Volumen 1: Niño Blanco
Editado
En el instante en que salió del agua, Blake sacudió su cuerpo. Las gotas que lo cubrían se congelaron al entrar en contacto con el aire helado, convirtiéndose en perlas de hielo que cayeron sobre la superficie congelada. Antes de que pudiera emitir sonido alguno, ya se habían fusionado con el hielo.
Su suerte no estaba nada mal. Aunque en los días anteriores no había conseguido nada, justo en el último intento de inmersión, se topó con un banco de peces que venía arrastrado por la corriente; una pieza de piel de bestia envolvió todo su botón y, con el corazón deseando regresar, emprendió el vuelo.
Sus compañeros que emergieron del agua junto a él tenían la misma urgencia. Uno tras otro desplegaron sus alas, todos volando en la misma dirección.
Sobre una enorme capa de hielo, se alzaban nidos temporales hechos con ramas y piedras, extendiéndose densamente por toda la superficie. En cada nido había una persona. A pesar de la distancia, Blake identificó el suyo con precisión. Extendió sus alas y, tras un corto vuelo, aterrizó ágilmente en el borde del nido. Al mismo tiempo, le pasó a su pareja la piel de bestia llena de peces que llevaba en brazos.
—¡Come!
No era alguien de muchas palabras, pero por suerte su pareja lo conoce muy bien.
Después de cinco días sin comer, su pareja, Bai, debía de estar hambriento. Sin embargo, esta vez Bai no tocó la comida que Blake le trajo.
—Blake… —La voz de Bai sonaba débil, pero para alguien tan familiar como Blake, no era difícil percibir la energía contenida y el tono de orgullo detrás de ella.
Como era de esperarse, al segundo siguiente, la garra de Bai salió temblorosa desde debajo de la manta hecha de piel de bestia, sujetando con fuerza un redondo…
¿¡Huevo!?
—…¿Lo robaste? —La expresión de Blake cambió al instante, visiblemente nerviosa. Bajó su cuerpo con cautela y, con las alas, cubrió aún más el nido.
—¡No lo robe! —Ante la pregunta de Blake, Bai se mostró aún más satisfecho. Recolocó el gran huevo blanco bajo su trasero y, con voz fuerte y orgullosa, dijo—: ¡¡Yo lo puse!!
¡POM!
Blake juraría que acababa de oír, en su mente, cómo se rompía ese fino hilo llamado “cordura”.
Finalmente, entendía que había algo aún más exasperante que el clásico escenario de “el marido vuelve tras seis meses de viaje y se encuentra con que su esposa está embarazada de tres”… ¡Y es que te ausentes unos días y al volver descubres que tu esposo ha puesto un huevo!
¿Podría haber algo más triste que esto?
ψ
Meng Jiuzhao, adormilado, intentaba abrir los ojos.
Sentía los párpados pesados, el cuerpo extraño, como si no le perteneciera. Parecía haber estado en un lugar helado durante mucho tiempo, completamente entumecido, hasta que hace unos días, el entorno se volvió cálido repentinamente. Fue ese calor el que lo fue despertando poco a poco del largo sueño.
Aún no podía abrir los ojos, pero podía percibir una débil luminosidad traspasando sus párpados.
Qué raro… ¿Por qué le parecía tan inusual sentir luz? En realidad, Meng Jiuzhao estaba en un estado muy peculiar: no sabía quién era. No era exactamente amnesia, sino más bien como si hubiera pasado tanto tiempo sin pensar que simplemente había olvidado cómo hacerlo.
Solo un poco más de calor… Si pudiera sentirse más cálido, quizás su cerebro, aún rígido, volvería a funcionar.
El cielo, como si hubiera escuchado su plegaria, fue respondiendo. Meng Jiuzhao empezó a sentir cómo su cuerpo se calentaba poco a poco, tanto que casi podía oír su sangre comenzando a fluir otra vez.
Qué cálido… Hacía tanto tiempo que no sentía algo así… Extraño… ¿Por qué siento que ha pasado muchísimo tiempo?
Los recuerdos comenzaban a abrirse lentamente. Justo en ese momento, aquello que lo cubría —ese calor protector— fue apartado de golpe. La luz se volvió más intensa, la temperatura cayó bruscamente y, justo cuando Meng Jiuzhao temía congelarse de nuevo, ese algo cálido volvió a cubrirlo, devolviéndole el abrigo.
Escuchó voces apagadas, una grave y otra suave, como si dos personas estuvieran conversando. No entendía lo que decían.
Pero estaba tan cansado, y el calor era tan cómodo, que cerró los ojos y volvió a dormirse.
El tiempo pasó lentamente. El abrigo que lo protegía no desapareció, aunque de vez en cuando lo ventilaban o le cambiaban… ¿La manta? Meng Jiuzhao estaba cada vez más despierto, y sentía más curiosidad por las voces que llegaban a sus oídos. Ahora apenas podía distinguir dos sílabas, que debían de ser los nombres de esas dos personas, aunque lo demás aún le resultaba ininteligible.
Comenzó a poder abrir los ojos, aunque no le sirviera de mucho. Parecía estar en un espacio cerrado y oscuro, donde solo una tenue luz se filtraba desde afuera.
Meng Jiuzhao comenzó a recordar su nombre. Y también, poco a poco, lo que había ocurrido antes de quedarse dormido.