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Originalmente, el plan de alojamiento que Shan Ming le proporcionó al niño era tan simple como criar a un perro, y solo arrojó una manta al suelo. Pero desde que descubrió que este mocoso tenía una repelencia natural contra mosquitos e insectos, Shang Ming lo colocaba a su lado al dormir todas las noches. Desde entonces ya no sufrió más molestias nocturnas por picaduras.
A diferencia de antes, el niño ya no trepaba activamente sobre él antes de dormir, y solo de vez en cuando estando medio dormido se acurrucaba inconscientemente en sus brazos.
La vida infernal del pequeño Shen Changze solo comenzó oficialmente después de que Shan Ming se recuperara de sus heridas.
El valle en el que estaban se convirtió en un campo de matanza perfecto. Shan Ming comenzó a entrenar a un niño de cinco años con los mismos métodos que usaba con reclutas novatos, sin mostrar la más mínima piedad.
Cada día, además del entrenamiento físico sobrehumano, el niño debía aprender todo tipo de conocimientos como técnicas de combate, manejo de armas de fuego, tipos de municiones, recorrido de los meridianos y distribución ósea del cuerpo humano, nociones básicas sobre flora y fauna, y tácticas militares de todo tipo. En resumen, Shan Ming no escatimaba esfuerzos en enseñarle a cómo matar enemigos.
Además de esto, se le exigía memorizar doscientas palabras en inglés diarias. Si no las completaba, se quedaba sin comer.
Shan Ming descubrió que el cerebro de este niño era extraordinariamente inteligente y en solo dos semanas ya podía mantener una conversación básica en inglés con él. Bajo el régimen implacable de entrenamiento, su vocabulario creció a pasos agigantados y pronto pudo comunicarse con las personas a su alrededor.
Un mes después, Shan Ming repartió la tarea de educarlo entre varias personas. Estos mercenarios, que no tenían absolutamente nada que hacer mientras esperaban las próximas órdenes del empleador, comenzaron a unirse a Shan Ming para adiestrarlo.
Entre estos “maestros”, solo Qiao Bo y Peier eran ligeramente más indulgentes. Aunque Qiao Bo siempre traía montones de insectos repugnantes para dar clases y Peier lo obligaba directamente a presenciar la disección de un cadáver, al menos ninguno de ellos le negaba la comida si no cumplía con las tareas, aunque tras sus lecciones, el niño ya no tenía mucho apetito de todas formas.
De entre todos, solo el jefe y ese hombre llamado Jim evitaban cualquier contacto con Shen Changze. En realidad, Aier era la única persona, aparte de Shan Ming, que sabía hablar chino, pero simplemente no le interesaba el niño. Cada vez que Aier pasaba junto a él, el niño tenía la sensación de que al ser tan pequeño Aier ni siquiera lo veía. En cambio, cada vez que Jim se acercaba al niño, el rostro de Shan Ming se volvía feroz, mostrando una clara intención asesina, como la de una gallina protegiendo a sus polluelos.
El niño lloraba cada vez menos por cansancio o agravio. Cuando comprendió que las lágrimas no servían de nada, prefirió ahorrar la poca agua que le quedaba en el cuerpo, para evitar que Shan Ming, en uno de sus caprichos, lo sometiera a un entrenamiento especial de ayuno.
Cada mañana al despertar, lo esperaban entrenamientos físicos de alta intensidad, una infinidad de conocimientos extraños y variados y órdenes arbitrarias de Shan Ming, que lo trataba como a un sirviente. Cada día luchaba por conseguir comida y un poco más de tiempo para descansar.
Después de pasar más de dos meses en la base temporal, un día Aier reunió repentinamente a todos.
El niño observó cómo todos los adultos entraban en la carpa principal, como si fueran a una reunión y por fin tuvo la oportunidad de respirar un poco. Aprovechó para colarse sigilosamente en la cocina y darse un atracón sin ser visto.
No había adivinado mal. Aier efectivamente los había convocado a una reunión.
Por fin habían recibido noticias del empleador. Tras tres meses manteniéndolos ociosos, este acababa de cerrar un contrato millonario con un cartel mexicano de narcotraficantes. La misión consistía en transportar cien kilos de metanfetaminas hasta la frontera oeste de Myanmar con Bangladesh. Una vez cruzada la frontera, los mexicanos se harían cargo del cargamento, y su misión terminaría allí.
Bangladesh era un país pobre y atrasado, donde las actividades criminales proliferaban sin control. Cada año, enormes cantidades de drogas y mercancías de contrabando salían desde allí por vía marítima hacia todo el mundo.
El transporte en sí no constituía un gran problema, tenían numerosos recursos para evadir a las autoridades gubernamentales. Pero esta operación implicaba una disputa directa entre carteles rivales del Triángulo de Oro, lo que la convertía en extremadamente peligrosa. Su empleador, para absorber a otros grupos, había utilizado métodos particularmente sucios para arrebatarle este gran cliente a otro narcotraficante. Era inevitable que sufrieran represalias.
Meses atrás, durante una operación para este mismo empleador, habían perdido a tres compañeros. Aier, tras finalizar aquella misión, incluso había considerado retirarse. Después de todo perder a tres hombres no era algo menor, especialmente cuando su grupo de mercenarios contaba apenas con poco más de cincuenta integrantes.
Aunque en general el prestigio de un grupo mercenario suele depender de su número, a nivel internacional existen algunas organizaciones que priorizan la calidad sobre la cantidad, gozando de una reputación excepcional, y ellos eran uno de esos casos. Los clientes de un grupo de cientos de hombres no son los mismos que los de un equipo de apenas decenas. Por ejemplo, Aier jamás aceptaría misiones que implicaran enfrentamientos a gran escala contra gobiernos nacionales, mientras que los grandes grupos, precisamente por su tamaño, suelen operar dentro de un ámbito fijo, limitando así su alcance. Por eso, el número de integrantes no siempre equivale a mayor capacidad operativa. Pero para un equipo tan pequeño y selecto como el suyo, perder incluso a unos pocos hombres representaba una pérdida devastadora.
Como resultado, cuando el empleador supo que pensaban irse, inmediatamente aumentó el precio y les envió una gran cantidad de equipo avanzado. Al ver una caja llena de AK-47 y Desert Eagles, Aier cedió.
Durante la reunión, Aier estudió el mapa y discutió el plan de operaciones con los miembros principales del grupo. En el tramo donde había carretera asfaltada, la probabilidad de sufrir un ataque era prácticamente nula. Sin embargo, cerca de la frontera se extendía una cadena montañosa de más de treinta kilómetros, escasamente poblada, donde los vehículos solo podían transitar por caminos de tierra. Como en Myanmar había llovido mucho últimamente, si el día de la misión caía una fuerte tormenta que impidiera el paso de los vehículos, podrían verse obligados a atravesar el bosque a pie. Si el enemigo quería atacarlos, este era el lugar ideal.
Después de terminar el tramo de carretera, su plan consistía en dividirse en tres grupos que avanzarían formando un triángulo equilátero, con cada lado separado por no más de tres kilómetros. Cada grupo transportaría una cantidad igual de metanfetaminas. Si uno de ellos era atacado, los otros dos podrían rodear al enemigo en menos de cinco minutos para lanzar un contraataque y rescatar a sus compañeros.
Una vez entregada la mercancía en la frontera, su misión terminaría y regresarían inmediatamente a su base. Por lo tanto, después de abandonar este lugar, no volverían sobre sus pasos.
Al terminar la reunión, Aier le pidió solo a Shan Ming que se quedara.
Shan Ming, con un cigarrillo colgando de los labios, trazaba líneas sobre el mapa con el dedo. —Sé lo que vas a decir. Llevar al niño es un inconveniente, ¿verdad?
—Por supuesto. Ahora vamos a cumplir una misión, esto no es su entrenamiento de carrera. Nadie tendrá energía para cuidarlo.
—Que se quede con Peier. Quédate tranquilo, en caso necesario yo me encargaré de vigilarlo. No permitiré que sea una carga para el equipo.
Aier negó con la cabeza. —Si logra regresar vivo a la sede central, le otorgaré la identidad de miembro oficial del grupo.
Shan Ming sonrió diciendo. —Entonces será el mercenario más joven de la historia.
Aier también rió. —Sí, superará tu récord de ocho años.
Shan Ming exhaló un anillo de humo, su mirada se volvió difusa, perdida en el recuerdo. —Ocho años… Cuando mi padre me adoptó, tenía casi la misma edad que él. Pero para entonces, yo ya había matado a alguien.
Aier le revolvió el cabello. —Este es tu destino. Pero no necesariamente es algo malo.
Shan Ming se quedó un instante desconcertado y luego soltó una carcajada: —¡Por supuesto que es algo bueno! Me alegra muchísimo haber matado a esa bestia.
Aier lo miró y esbozó una sonrisa amable.
Cuando Shan Ming regresó a su propia tienda, el niño ya dormía profundamente, con su pancita redonda bien abultada hacia arriba.
La reunión de operaciones le había dado al niño prácticamente medio día libre. Si no aprovechaba ahora para comer hasta saciarse, beber bien y dormir plácidamente, ¿cuándo lo haría?
Una de las regordetas pantorrillas del niño colgaba fuera de la cama, mientras su manita seguía acariciando su pancita. Dormía con una paz envidiable.
Shan Ming se acercó, se agachó junto a la cama y lo observó con genuino interés.
Aunque no había visto muchos niños varones en su vida, Shen Changze era sin duda excepcionalmente hermoso. Sus rasgos eran tan delicados como los de una muñeca, sus grandes ojos ocupaban casi la mitad de su rostro, su piel era blanca y suave, y su cabello negro y sedoso. No era de extrañar que cada vez que Jim lo veía pareciera poseído, babeando de deseo.
Al pensar en las intenciones de Jim hacia el niño, a Shan Ming le dieron arcadas. Aunque sabía de las depravaciones de Jim, nunca las había presenciado con sus propios ojos. Además, el grupo mercenario tenía reglas estrictas y por mucho que detestara a Jim, nunca lo había desafiado abiertamente. Pero ahora, al recordar la forma en que Jim miraba a Shen Changze, Shan Ming empezó a considerar seriamente eliminarlo durante esta misión, sin dejar rastro.
Shan Ming no podía soportar que Jim mirara al niño con esos ojos lujuriosos. Si Jim se atrevía siquiera a tocarlo, lo castraría en el acto sin dudarlo.
Al recordar que al día siguiente partirían de este lugar para emprender un viaje plagado de peligros, Shan Ming en un raro gesto de compasión, decidió dejar que el niño durmiera plácidamente.
Levantó la corta piernecita del niño y la colocó sobre la cama, luego se subió él mismo y se tendió a su lado.
A medianoche, Shan Ming sintió una presencia fuera de la tienda y abrió los ojos de golpe.
Al segundo siguiente, la voz deliberadamente susurrante de Peier llegó desde el exterior de la tienda: —Shan, ¿ya estás dormido?
Shan Ming pasó con cuidado sobre el niño, bajó de la cama y respondió en voz baja: —Ya voy.
El niño se movió ligeramente, pero al parecer no despertó.
Shan Ming salió de la tienda y vio a Peier frente a él, vestida únicamente con una fina bata de seda. Sus pechos generosos se dejaban ver ligeramente bajo la tela transparente, insinuándose con cada respiración.
Shan Ming captó la indirecta, le rodeó la cintura y le susurró suavemente: —Cariño, ¿no puedes dormir?
Peier se aferró a sus hombros y dijo con voz suave: —Mañana nos vamos de aquí. Ya han pasado más de dos meses desde tu regreso, y ni siquiera hemos tenido un momento a solas. Todo tu tiempo se lo das a esa otra belleza que tienes en tu cama.
Shan Ming sonrió: —Duermo especialmente bien con él. ¿Sabes? Ahuyenta a los mosquitos.
Peier le besó suavemente la comisura de los labios. —No te creo… —frotó su cuerpo contra el de Shan Ming—. Te extraño mucho.
Shan Ming metió la mano dentro de su bata y acarició la piel suave. —Siempre puedes ir con Aier.
Peier rio entre dientes: —Aier es Aier, tú eres tú. El placer que me dan no es el mismo.
Shan Ming la empujó contra la hierba, su respiración se volvió pesada. —¿En qué no es igual?
—Hazme una demostración y lo sabrás…
El niño despertó por unos ruidos extraños. Al ver que no había nadie a su lado, sintió un leve nerviosismo. Saltó de la cama para comprobar si Shan Ming estaba afuera, pero cuanto más se acercaba a la entrada de la tienda, más claro escuchaba aquel sonido extraño, como si alguien estuviera jadeando con fuerza. Con cuidado levantó una pequeña rendija de la tienda y vio sobre la hierba fuera de la tienda, a Shan Ming encima de Per. Ambos estaban completamente desnudos, besándose apasionadamente, con sus cuerpos estrechamente entrelazados.
El niño abrió mucho los ojos. Aunque no entendía muy bien qué estaban haciendo, aun así experimento una inexplicable sensación de vergüenza.
Sus ojos miraban fijamente las largas piernas de Shan Ming y aquella cintura delgada pero poderosa, que se movía sin cesar.
Era demasiado pequeño, su noción de la belleza aún era muy vaga. Pero, aun así sintió que el cuerpo de Shan Ming era extraordinariamente hermoso. Sus cuatro extremidades, largas y vigorosas, y sus músculos lisos y firmes, irradiaban en cada centímetro una vitalidad desbordante y una belleza indescriptible.
El niño sintió que su corazón latía cada vez más rápido. Sabía que estaba haciendo algo prohibido, sabía que aquello era vergonzoso, pero no podía apartar la mirada del cuerpo de su padre adoptivo. Solo le parecía hermoso, solo sentía curiosidad por saber qué estaban haciendo.
El apuesto perfil de Shan Ming, surcado por gotas de sudor, dejó en el corazón del niño un recuerdo imborrable.