Capítulo 69: La Mansión Flaret

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Cuando regresaron a la casa de Gal, antes de entrar escucharon un grito ensordecedor proveniente del interior. A Gal, que de por sí ya estaba medio paralizado, le tembló la mano y dejó caer las llaves.

Antes de que pudiera agacharse, Carlos, ese hombre que siempre actuaba antes de pensar, ya había derribado la puerta de una patada. La bisagra se rompió a medias, dejando la puerta torpemente atascada. Carlos, con una mano ya puesta en la empuñadura de su espada, se quedó congelado en la entrada al ver a Evan sentado en el suelo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó atónito.

Evan, asustado por el fuerte estruendo, se había resbalado del sofá y ahora estaba sentado en el suelo, con las piernas abiertas, la cara cubierta de mocos y lágrimas. En la pantalla del sistema de cine en casa, un zombi que parecía no haberse bañado en ochocientos años estaba posando para un primer plano con su clásica expresión de dientes al descubierto, persiguiendo a los protagonistas, que corrían como si fueran atletas de maratón.

Carlos levantó la vista y miró los miembros amputados y la sangre realista en la pantalla, luego volvió a mirar a Evan y expresó alegremente su maliciosa suposición: 

—Oye amigo, ¿esa cara tuya es el resultado de haber llorado del susto? 

La cara de Evan se puso roja como un tomate podrido.

—Llamaré a alguien para que arregle la puerta. —Gal suspiró.

El señor Leo “Severamente Frustrado” Aldo le dirigió a Evan una mirada fulminante. Luego, sin decir una palabra, recogió un libro antiguo que estaba sobre el sofá y subió las escaleras, pensando: Este montón de idiotas son un estorbo.

Pero cuando iba a mitad de las escaleras, su teléfono celular sonó de repente. En ese instante, las otras tres personas presentes lo miraron con una postura de adoración. Aldo hizo una pausa y, aunque con cierta torpeza, contestó con relativa calma. Habló sin problemas al otro lado de la línea: 

—Hola… sí, soy yo.

Y así, mientras respondía en voz baja, siguió subiendo.

—Un inútil —dijo Gal después de un largo rato. 

—También lo creo —dijo Carlos con envidia y resentimiento—, debió de haber pasado un buen rato jugueteando con esa cajita.

—Hablaba de ti.  —Gal giró la cabeza lentamente. 

Carlos se quedó en silencio.

—Seguro que no terminaste de leer el manual de conocimientos básicos de la vida moderna que te di. —dijo Gal con bastante resentimiento—. No, ¿de verdad llegaste a abrir la primera página?

—¡Ya he leído diez páginas! —Se defendió Carlos.

—Diez páginas en casi medio año. —Gal asintió y señaló sinceramente—: Es usted impresionantemente diligente, señor ancestro… Además, escuché que corrió como loco por la autopista en una motocicleta de reparto de Pizza Hut. Debo decir que es muy creativo. Creo que el hecho de que los estadounidenses no la usaran para llegar a la Luna en su momento demuestra plenamente que son una nación de idiotas musculosos sin cerebro y sin un ápice de creatividad.

—Sí… —El señor Evan “Llorón” Guolado, probablemente para vengarse de la franqueza de Carlos, intervino de forma muy poco amable. 

En ese momento, Aldo pareció tener un asunto urgente; tomó un abrigo cualquiera y bajó apresuradamente las escaleras.

—Tengo que salir un momento.

Y entonces escuchó la segunda mitad de la frase de Evan. Evan pausó la película y dijo, entre mocos y lágrimas: 

—Para conseguir el derecho a conducir esa pobre moto de reparto, besaste a una chica dentuda tonta sin ningún sentido de la decencia.

Las suelas de los zapatos de Aldo rozaron ligeramente el suelo de madera y sus pasos se detuvieron con un chirrido.

—Oh. —Evan miró a Aldo, al parecer dándose cuenta de lo que había hecho con retraso. Su expresión era tan genuina que haría creer a cualquiera que realmente no lo hizo a propósito.

Una leve y despreocupada sonrisa apareció en el rostro de Aldo, pero por alguna razón, transmitía una sensación escalofriante. Ladeó la cabeza y su mirada se posó en Carlos; este pequeño bribón sin límites, quién sabe por qué extraña razón psicológica, en realidad agachó la cabeza. 

¿Acaso esta criatura de origen desconocido realmente sabía lo que significa “vergüenza”? 

¡Qué gran descubrimiento para este siglo!

Evan se estremeció al escuchar al señor Aldo preguntarle “amablemente”: 

—¿Qué acabas de decir? 

—Yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo… lo olvidé… —dijo Evan, el Emperador del temblor.

—Mmm, no pasa nada, piénsalo con calma. —dijo Aldo—. Puedes decírmelo cuando vuelva esta noche. 

Tras decir eso, salió por la puerta con arrogancia. Se puso el abrigo, se guardó las llaves y el celular en el bolsillo, metió la billetera en el bolsillo interior de la gabardina y detuvo un taxi que pasaba justo por la puerta; una serie de movimientos que no se diferenciaban en absoluto de los de cualquier humano nacido y criado en el siglo XXI.

¿Realmente la diferencia de coeficiente intelectual entre las personas es tan grande?

Evan se abalanzó y se aferró al muslo de Carlos:

—¡Me equivoqué! ¡Lo siento! 

Carlos miró los mocos de Evan manchando sus pantalones y lentamente… esbozó una sonrisa macabra.

Ese día, hasta que Aldo regresó tarde en la noche, Evan siguió escondido en su habitación sin atreverse a mostrar la cara. Mientras tanto, Gal practicaba con el saco de arena en el patio. Su hombro ya había sido tratado, pero aún se podía ver un bulto debajo de las vendas. Aunque las noches de primavera todavía eran un poco frías, él solo llevaba puesta una camiseta sin mangas, y aun así sudaba a mares. Aldo notó que Carlos estaba de pie junto a la ventana del segundo piso, observando a Gal en silencio, así que subió sigilosamente. La puerta de la habitación de Carlos no estaba cerrada, por lo que entró y preguntó en voz baja: 

—Ya que te preocupa, ¿por qué no lo detienes?

—Me recuerda a Chuck —dijo Carlos—. Cuando mi padre acababa de fallecer, cada día, después de darnos las buenas noches a mamá y a mí, se iba a su habitación y fingía dormir un rato. Luego, por la noche, se levantaba a escondidas y se iba al estudio a terminar el trabajo que tenía pendiente. Qué lástima que mi madre nunca lo supo.

Después de un largo rato, Aldo preguntó en voz baja:

—Hice que los perdieras, ¿verdad? 

Carlos guardó silencio.

A pesar de saber, que debería negarlo, en ese momento no podía pronunciar ni una sola palabra.

Aldo dejó escapar un suspiro de alivio; al menos, seguía siendo honesto. Carlos siempre había sido una persona muy honesta, incluso con amigos que acababa de conocer; no le gustaba la hipocresía ni las formalidades. Pero eso no significaba que no supiera hacerlo; después de todo, era el joven maestro de la familia Flaret. A las personas con las que no quería tratar, por supuesto que sabía cómo esquivarlas y darles largas.

—Puedo compensarlo. —Aldo dio un pequeño paso adelante; su pecho casi rozaba la espalda de Carlos, pero sin llegar a tocarlo. Se detuvo en una posición muy calculada, que no parecía demasiado asfixiante, pero que a la vez imponía una fuerte presencia. 

—No puedo devolvértelos, pero espero que algún día, yo mismo pueda ocupar su lugar. —dijo.

Carlos, para ganarse la vida, había escrito en el pasado muchas letras cursis para bardos, muchas de ellas alabando amores que no tenían ni pies ni cabeza. Se encogió de hombros y, sin mirar atrás, comentó:

—Un poco falso, olvidaste la letra. 

Aldo se quedó paralizado un instante. Luego, giró suavemente el hombro de Carlos, y de manera sorpresiva, se acercó y le dio un beso fugaz.

Carlos se quedó atónito.

Aldo lo miró fijamente a los ojos con los suyos bien abiertos; apoyando una mano en la ventana, con dos dedos sostuvo suavemente la barbilla de Carlos, y lamió sus labios con ternura. No profundizó, solo fue un leve roce; respiraba de forma muy lenta y contenida, aguantando el aliento con autocontrol. Por último, rozó dulcemente los labios de Carlos casi con devoción, y entonces retrocedió un paso con evidente renuencia.

Carlos nunca imaginó que Aldo se atreviera a ser tan empalagoso; se quedó paralizado en su sitio.

Aldo, manteniendo esa expresión calmada de toda su vida, dijo: 

—Puedo hacerlo. 

Tras decir eso, sin más rodeos, dio media vuelta y se marchó con paso firme.

Carlos se quedó en silencio.

¿Qué demonios fue eso?

El Gran Arzobispo Aldo consideraba que su retirada estratégica había sido excelente, con el efecto perfecto de hacer que el otro reflexionara y se quedara con ganas de más. Sí claro, el sabio y poderoso Gran Arzobispo jamás admitiría que huyó apresuradamente porque su cuerpo estaba experimentando cierto cambio inoportuno.

Carlos se quedó de pie junto a la ventana por un buen rato. De repente, suspiró. Era como si alguien hubiera encendido un fuego en su corazón, y esa chispa que había estado apagada por quién sabe cuánto tiempo, se avivó fácilmente. Esto hizo que Carlos, siempre tan decidido y rápido para actuar, se sintiera inusualmente confundido.

Para solucionar este problema, abrió la ventana de golpe y saltó directamente desde el segundo piso:

—Oye, pequeño Gal, ¿qué sentido tiene pegarle a un saco de arena? ¡Yo te acompañaré a cruzar unos cuantos golpes! 

Gal agujereó el saco de arena de un fuerte golpe.

—¿Quién es… el pequeño… Gal?

Carlos se echó a reír a carcajadas.

—¡Evan! ¡Evan, sal! ¡Deja de practicar tu valentía frente a la televisión! ¿Cómo puede madurar un hombre si no ve un poco de sangre? 

Evan, sintiendo que se le venía el mundo encima, arañaba la pared.

¿Por qué esta calamidad se acordó de mí otra vez?

Gal asumió voluntariamente un entrenamiento especial que duplicaba al de los demás; cada vez solo elegía las misiones más difíciles. Cuando salía por un tiempo, regresaba lleno de heridas. Antes de que los sanadores le dieran el alta, aprovechaba ese tiempo para sumergirse locamente en el entrenamiento de Carlos; durante el día en el Templo, y por la noche continuaba en casa. Cuánto puede cambiar una persona, solo bastaba ver a Gal para entenderlo.

Este joven, antes estable y de apariencia casi frágil, hubo un tiempo en que se volvió tan agresivo y sediento de sangre, que quienes lo veían no podían evitar preocuparse. Louis incluso lo acompañó personalmente en dos misiones. Sin embargo, poco a poco, esa sed de sangre se fue desvaneciendo, y Gal se volvió aún más reservado que antes.

Se estaba volviendo poderoso lentamente.

Quizás a veces, el hecho de que una persona sea poderosa o no, no reside en el poder, la riqueza o cualquier otra cosa… sino en su corazón. Cuando se encuentra con un oponente o un modelo a seguir tan poderoso que ni estirando el cuello puede alcanzarlo, si es capaz de no dudar de sí mismo y no derrumbarse, sino de esforzarse por alcanzarlo a su manera única, y de no rendirse nunca sin importar los golpes que reciba. Entonces, que se convierta en una persona poderosa por dentro y por fuera, es en realidad solo cuestión de tiempo.

Incluso Carlos se dio cuenta de esto. Su actitud hacia Gal pasó de la permisividad y la indulgencia sin principios, a volverse gradualmente estricta. Este hombre, que solía ser tan despreocupado, podía actuar como un verdadero padre: en cada sesión de entrenamiento, señalaba sus debilidades en el acto y sin piedad, supervisaba personalmente cada uno de sus movimientos en combate y, cuando Gal no podía corregirlos, lo golpeaba físicamente. Recordando la famosa frase de su instructor de combate: “Solo cuando duele, se recuerda”.

Tres meses después, el verano en el estado de Sara llegaba a su fin, y el fresco del inicio del otoño disipaba el calor sofocante. El Demonio de las Sombras al que Carlos le había cortado la mitad de un cuerno en el distrito de Jason y que había huido, finalmente dejó un rastro, y Gal inmediatamente llevó a su equipo a perseguirlo.

Esa tarde, Aldo de repente sacó a Carlos del Templo, donde estaba escuchando de oyente en la clase de “técnicas de rastreo y vigilancia”. Tomaron el metro en la bulliciosa ciudad de Sara, dieron quién sabe cuántas vueltas, hasta que Aldo llevó a Carlos a una zona en construcción. Carlos miró confundido el vecindario cercano, el ajetreado cruce de calles, y a los trabajadores que iban y venían. 

—¿Qué es este lugar? —preguntó perplejo.

Aldo sonrió levemente.

—Hace más de cien años, el río Lukesheli fue modificado debido a la planificación urbana; es posible que te cueste un poco reconocerlo… 

Aún no había terminado de hablar cuando los ojos de Carlos se abrieron de par en par de repente.

—Esto es… este lugar…

—Sí, hace mil años, aquí había una mansión que pertenecía a la familia Flaret. —Aldo hizo una pausa—. Es una gran coincidencia que, mil años después, tras muchas idas y venidas, vuelva a pertenecer a otro señor de apellido Flaret. 

—¿Qué? —El cerebro oxidado de Carlos no reaccionaba.

—Quiero decir que compré este terreno. —Aldo decidió ser directo. 

Carlos lo miró asombrado, y luego soltó: 

—¿De dónde sacaste tanto dinero?

—… 

Esta vez, incluso Carlos sintió que no había captado el punto principal.

—Tenía mis propias propiedades. Cómo sabía que algún día despertaría, las convertí en oro para conservarlas. Tranquilo, no necesitarás pedir una hipoteca; está pagado de contado. —dijo Aldo—. Solo que, ya sea para cambiar los activos o comprar este terreno, se requieren muchos trámites. Afortunadamente, Louis me ayudó a encontrar a un asistente especializado en manejar estos asuntos.

Carlos se sintió avergonzado de inmediato; recordó la frase de Gal: “no nos dejaste ni un centavo de herencia”. Pero al segundo siguiente, como un gato al que le pisan la cola, se erizó de repente.

—¡Espera! Acabas de decir…

—Sí. —Aldo lo miró fijamente—. Compré este terreno a tu nombre. Cuando los obreros terminen de construir, podrás volver a casa, y en el futuro nadie volverá a quejarse de que no dejaste herencia.

—¡No, no, no, no, no! —Carlos casi tartamudea—. No puedo… 

—Ese dinero no tiene un mejor uso. —Aldo agarró a Carlos del brazo y lo acercó a él.

—Oh, está bien, está bien, escucha. —Carlos se frotó la frente—. Es cierto, pensar que el lugar donde solía estar la Mansión Flaret ahora lleva el apellido de otro, me hace querer maldecir al “nuevo rico” que lo compró. Por supuesto, no me refiero a ti… Pe-pero no puedo… Lo que quiero decir es que lo compraste con tu dinero personal, esto no está…

—Si lo deseas, podemos vivir juntos. —Aldo interrumpió suavemente sus palabras incoherentes—. Como he soñado toda mi vida, solo tú y yo.

Carlos se quedó sin palabras.

—Si no lo deseas —Aldo sonrió con amargura—, en realidad no importa, porque la tierra o la mansión no tienen ningún significado para mí… Lo único que necesitaría entonces sería volver al palacio subterráneo y volver a acostarme en ese ataúd.

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