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No solo el detector de Difu falló, incluso el reloj a prueba de agua de Amy dejó de funcionar. Todos los aparatos que usaban baterías se convirtieron en un montón de chatarra; esos frágiles componentes electrónicos ni siquiera eran lo suficientemente resistentes como para usarlos como ladrillos y arrojarlos a la cara de un Difu. Aldo ordenó a todos que se deshicieran de todo lo que no funcionara, con el fin de reducir el equipaje a la combinación más esencial y efectiva.
Afortunadamente, la mayoría de los acompañantes eran Insignias de Oro, y aunque no tenían esos instrumentos, cada uno tenía sus propios pequeños métodos.
Incluso Evan sacó de su bolsillo un pequeño disco redondo, parecido a un colgante. Estaba hecho con mucha delicadeza, con una carcasa transparente y una larga cadena para colgarlo al cuello. En su interior, tenía incrustada una pequeña aguja indicadora; la parte posterior de la aguja era un trozo de madera que parecía bastante antiguo por su color, y sobre él había tallada una formación mágica. Parecía más bien una pieza de artesanía.
Evan limpió con cuidado la niebla de la carcasa con el dedo y se lo tendió a Gal.
—Creo que le será útil.
—¿Qué es esto? —Gal se sorprendió.
Evan se rascó la cabeza, un poco avergonzado, y dijo:
—Lo hice yo mismo. Lo de adentro es una formación mágica de detección, la copié de los documentos que usted trajo del palacio subterráneo. Puede que no sea muy precisa… pero la he probado y tiene alguna utilidad. La aguja es muy sensible y puede advertirle de la presencia de un Difu en un radio de cinco metros.
—Oh —Gal enarcó una ceja, asombrado—, es impresionante.
Louis le echó un vistazo y, en una rara ocasión, expresó una opinión positiva sobre Evan.
—Este aparato está bastante bien hecho, sería un buen carpintero, señor Guolado.
Evan pareció no captar el sarcasmo de Louis, se frotó las manos y se rió avergonzado.
—Gracias, gracias. De hecho, también soy bueno tallando flores en rábanos y sandías…
Louis puso los ojos en blanco.
Gal examinó cuidadosamente este pequeño detector, casi artesanal, dándole varias vueltas. Luego se lo devolvió a Evan, le dio unas palmaditas en su hombro, fuerte pero poco confiable, y lo elogió:
—Buena creatividad, te lo agradezco. Pero mejor guárdalo tú, yo tengo mis propios métodos.
—Pero.. —Evan vaciló.
Gal se arremangó la camisa, dejando al descubierto un antebrazo vendado. Sus largos y fuertes dedos agarraron la empuñadura de su bayoneta; en un instante, pareció como si unos patrones plateados fluyeran y brillaran por el filo del arma, para luego fundirse en la fina hoja de la espada. Entrecerró los ojos, mirando el camino de montaña cubierto de nieve blanca, y dijo con indiferencia:
—No son más que Difu de nivel tres.
Los días de viaje agotador y el entrenamiento arriesgado habían hecho que sus mejillas se hundieran un poco. Los rasgos afables de Gal se habían teñido de una arrogancia que recordaba a la de Carlos; a simple vista, parecía haber renacido por completo.
Siguieron subiendo hacia la cima de la montaña. La temperatura bajó aún más drásticamente, y enormes y afilados bloques de hielo sobresalían de las rocas de la montaña. De vez en cuando, se podían ver huesos blancos asomando entre la maleza; sin embargo, el entorno ya no era solo una extensión blanca e interminable, comenzaron a aparecer plantas. Brotaban de las grietas entre el hielo, la nieve y las rocas; algunas incluso crecían en racimos, haciéndose más densas a medida que subían, hasta que finalmente formaron arbustos bajos a un lado del camino.
Nadie sabía el nombre de estas plantas extrañas, tan frágiles y a la vez tan peculiares. Quizás, cuando la dureza del entorno llega a su extremo, siempre hay algunas especies aparentemente débiles que logran cruzar la frontera y sobrevivir de forma independiente en otro mundo. Cuanto más peligrosos e inimaginables son los lugares, más probable es que ocurran milagros.
Con Carlos abriendo el camino, la velocidad de los cazadores aumentó inconscientemente. Como si estuvieran en una marcha forzada, cruzaron rápidamente a través de la silenciosa y muerta maleza.
Ese lugar era demasiado silencioso; ni siquiera se veía un solo insecto. Era como una caja inmensa pero hermética. En medio de esa blancura interminable, producía una sensación casi de claustrofobia. De repente, el canto abrupto de un pájaro se escuchó no muy lejos. La atención de todos se vio atraída inevitablemente hacia allí: sobre una gran roca cercana, un martín pescador del tamaño de una palma estaba posado sobre una sola pata.
Sin embargo, en ese breve instante de distracción, una sombra cruzó de repente por el acantilado cercano. Fue tan rápida como una ráfaga de viento, dejando incluso el sonido que producía rezagado, abalanzándose directamente sobre Amy. Se quedó paralizado por un segundo. Más tarde, al recordar esa sensación, diría que fue como si algo hubiera congelado su cuerpo en un instante, impidiéndole moverse.
De repente, alguien lo agarró por la nuca del cuello. Un sable rozó su garganta; Amy olió el metal, y la fría hoja provocó una fina piel de gallina en la piel expuesta de su cuello. Incluso tuvo la ilusión de que esa arma afilada le había cortado la garganta.
Con un sonido metálico seco, el sable de Louis chocó contra algo; la tremenda fuerza del impacto entumeció ligeramente su muñeca. Un chillido que helaba los huesos estalló en un área pequeña. Carlos frunció el ceño y giró la cabeza para acercarse, pero Aldo lo detuvo con un brazo.
—Es solo uno. —Dijo—. No rompas la formación, Louis y los demás pueden manejarlo.
—Pero ese probablemente está mutado. —Señaló Carlos.
—Tú solo te enfrentaste a dos mutados de nivel dos mientras estabas herido. ¿Acaso tanta gente no puede encargarse de un pequeño Elfo Oscuro? —preguntó Aldo en respuesta.
Amy fue apartado de un tirón por Louis. En una fracción de segundo, vieron las características alas negras del Elfo Oscuro pasar como un relámpago en el aire. Quién sabe en qué estaba pensando Evan, pero en un momento en que todos estaban en alerta máxima, miró inconscientemente su pequeño artefacto artesanal hecho de madera. Los patrones de la formación mágica sobre la madera antigua emitieron una luz roja oscura, y la pequeña aguja giró alegremente hasta apuntar directamente a la posición de Gal.
—¡Gal! — gritó aterrorizado.
Pero Gal ya no estaba en su lugar. Nadie supo cómo lo hizo; casi al mismo tiempo que el grito de Evan salía de su boca, Gal esquivó el área de ataque del Elfo Oscuro. Pisó con fuerza una roca de la montaña y, aprovechando el impulso de la reacción, se elevó en el aire. El arco trazado por la fina punta de su bayoneta en el aire casi quemó los ojos de todos los presentes. Parecía estar caminando sobre la escarpada pared de la montaña; los faldones de su ropa ondeaban, produciendo un sonido de fricción como una bandera al viento. Parecía un pájaro alzando el vuelo.
—Nada mal, muy ágil. —Aldo entrecerró los ojos.
—Ese resultado es producto de los golpes que le di —dijo Carlos, lleno de orgullo.
Aldo: —…
Sacó silenciosamente una pequeña flecha del tamaño de una palma del carcaj en su cintura. Su muñeca apenas pareció moverse velozmente. El sonido de unas alas batiendo a sus espaldas resonó, pero se cortó abruptamente: ese extraño y hermoso pájaro yacía en el suelo con la flecha corta clavada en el cuello y el pico de colores abierto.
Al mismo tiempo, Gal finalmente aterrizó, sosteniendo la empuñadura de su bayoneta con ambas manos y arrodillado sobre una pierna. La punta de su arma estaba clavada en un Elfo Oscuro un poco más pequeño que el que habían traído Carlos y los demás; la hoja de la espada había atravesado desde detrás de sus duras alas hasta perforar directamente su pecho.
—Apenas me doy cuenta, eso es la ‘Espina de la Aurora’. Se dice que es una espada famosa cuya punta puede tallar dieciocho rosas en las alas de una mosca. —Aldo soltó un bufido, miró a Carlos de reojo y se quejó en voz baja con un tono algo resentido—: ¿Por qué le diste a él todas las cosas buenas que escondiste en el palacio subterráneo hace años?
—Si te apellidaras Flaret, la próxima vez serían para ti. —Respondió Carlos con el mismo tono susurrante.
Aldo vio a Gal arrojar el cadáver del Elfo Oscuro. Luego, hizo un gesto indicándoles que podían seguir avanzando, y mientras se daba la vuelta para seguir caminando, dijo con un tono lleno de significado:
—Si me cambiara el apellido, lo que tendrías que pagar no sería solo el precio de un par de espadas.
—Puedo entregarme en cuerpo y alma. —Carlos enarcó una ceja.
Aldo le dirigió una mirada profunda, pero la mirada de Carlos se desvió hacia un lado:
—De todas formas, no sería la primera vez.
Considerando que él mismo había cavado este agujero, Aldo no se atrevió a decir nada más; simplemente cambió de tema con indiferencia:
—¿Te has dado cuenta de que la mutación de los Difu sigue un patrón?
—¿Mmm? —Carlos no reaccionó de inmediato.
—El Tamborilero, la Almeja Escondida, el Pez Negro, el Elfo Oscuro; sin embargo, las Ratas Escorpión, que estaban en la misma falda de la montaña, parecían no tener ningún cambio. —Aldo hizo una pausa y continuó—: Los Difu capaces de mutar son en su mayoría de niveles superiores, que tienen aspecto humanoide, capacidad de posesión o un nivel de inteligencia muy alto.
—Entonces…—Carlos seguía sin entender.
—No es nada. Solo pensaba que esto es muy probable que represente alguna tendencia evolutiva. —Mientras Aldo hablaba, un Elfo Oscuro que intentaba emboscarlos chocó violentamente, pero fue aplastado directamente contra una formación mágica invisible en el aire frente a ellos. Su cuerpo se enredó rápidamente en un nudo apretado, con los huesos perforándole la espalda—. Igual que la leyenda de que los humanos evolucionaron de los monos, el grupo más inteligente es el primero en ocupar los recursos ventajosos y, finalmente, se convertirá en una nueva especie que siempre podrá conseguir lo que quiere.
Aldo terminó de decir esto sin inmutarse y les hizo un gesto a los que venían detrás:
—No se pongan nerviosos, los Elfos Oscuros son Difu muy cautelosos e inteligentes; cuando descubren que el enemigo está por encima de sus posibilidades, no volverán a buscar su propia muerte.
Carlos seguía sin entender por qué Aldo había empezado a discutir de repente sobre el coeficiente intelectual de los Difu, y parpadeó confundido.
—No le des importancia, no es nada. —Aldo le sonrió.
Solo te exponía la conclusión de un asunto “futuro”, que “parece requerir debate” y que es “muy importante”, eso es todo.
Y tal como Carlos había predicho, la noche cayó rápidamente. Acampar en medio de la nieve y el hielo no era nada del otro mundo; lo aterrador era acampar en medio de la nieve y el hielo siendo observado desde lejos como el plato principal por una gran horda de Difu.
Cuando Evan terminó de armar la tienda y se enderezó, descubrió que los llanos cercanos y lejanos, las hondonadas y la parte trasera de las rocas estaban cubiertos de pequeños ojos brillantes como estrellas, que miraban ferozmente hacia ellos desde la distancia. De inmediato se le puso la piel de gallina. No pudo evitar darle un empujón a Carlos, que masticaba alegremente carne seca a su lado.
—¿No sientes que algo nos está mirando?
—A simple vista, hay más de treinta Elfos Oscuros, una docena de Peces Negros, y a lo lejos se acercan unos cuantos Chacales del Abismo. —Carlos respondió con la boca llena.
Las piernas le fallaron a Evan y cayó de rodillas ante él.
Aldo salió de la tienda de campaña y le lanzó un fajo de papeles a los brazos de Evan sin mucho cuidado.
—Dibuja formaciones mágicas de alerta alrededor del campamento. Ya que viniste, al menos haz algo útil.
Evan encogió el cuello asustado. Carlos, de paso, le sacó un paquete de carne seca de res del bolsillo, lo sostuvo en la mano, lo miró y luego decidió firmemente quedárselo. De paso, le embutió su propio paquete a Evan.
—No me gusta el picante. Ya que lo intercambiamos, puedo ofrecerte protección y guardia mientras dibujas las formaciones mágicas, ¡querida princesa!
La inusualmente robusta “princesa” se estremeció con fuerza; al escuchar esta frase, sintió que su futuro era oscuro y desolador.
Gal levantó su Espina de la Aurora y se puso de pie. Asintió hacia Aldo y luego levantó a su inútil aprendiz, que aún no había asimilado que le habían dado trato preferencial.
—Vamos, iré justo detrás de ti.
Evan finalmente se sintió tranquilo y se fue a dibujar las formaciones mágicas muy feliz.
Aldo se sentó junto a Carlos; su mirada recorrió a los Difu que los rodeaban: cada vez se reunían más. Sin embargo, Aldo se rió sin darle importancia y preguntó en voz baja:
—Supongo que este lugar es la legendaria ‘Frontera’, ¿verdad? ¿Todo el tiempo que nos hiciste apurar el paso fue para llegar aquí a acampar antes del anochecer?
Carlos, con una tira de carne seca en la boca, lucía engreído.
—Así es, el lugar más peligroso es el lugar más seguro. Esta noche estará muy animada, espero que a estos queridos pequeñines no se les mojen los pantalones del susto.
Aldo de repente le agarró el hombro y, de un mordisco, le arrancó la mitad de la carne seca que Carlos tenía en la boca. Al llevársela, la punta de su lengua lamió los labios de Carlos. Luego se sentó derecho y comentó con total seriedad, como si fuera todo un caballero.
—Efectivamente, así sabe mucho mejor.
Esta escena fue vista por Amy, que acababa de encender una fogata. Se quedó atónito por un momento, luego desvió la mirada y caminó hacia Louis; este último estaba limpiando su sable con concentración y, aparte de asentir levemente a modo de saludo, no reaccionó ante Amy.
—Hoy… Muchas gracias. —dijo Amy en voz baja.
—No fue nada. —Respondió Louis brevemente, bajando la mirada.
—¿Eres el primer turno de guardia esta noche? —preguntó Amy, apretando los labios y buscando tema de conversación.
—Mmm.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó Amy.
Louis lo miró y dijo con calma:
—No creo que sea necesario, sanador Berg.
—Pero…
Louis envainó su sable, se puso de pie y se preparó para ir a supervisar el trabajo de Evan. Su mirada pasó por el rostro de Amy, que en este entorno extremo no llevaba maquillaje. A pesar de no llevarlo, su rostro aún irradiaba esa suavidad femenina innata. Sus ojos marrones finalmente se revelaron debajo de sus densas pestañas postizas; sus párpados eran finos y lucía un poco melancólico. Louis hizo una pausa y dijo con indiferencia:
—Usted es un sanador, señor. Cualquiera lo protegerá.