Capítulo IX

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Capítulo IX

Zeng Yusen dejó a Xu Anlin sobre la cama. Apenas iba a tomar la manta para cubrirlo cuando lo oyó removerse, retorciéndose entre sueños, murmurar con obstinación:

—¡Te odio!

Zeng Yusen sonrió y negó con la cabeza. Le levantó los pies con cuidado, le quitó los zapatos y después los calcetines. Sus dedos recorrieron distraídamente los delicados huesos de sus pies y, sin saber muy bien por qué, volvió a asaltarlo aquel impulso travieso: con el índice le rozó la planta.

Xu Anlin se estremeció incómodo y, de pronto, alzó el otro pie y le propinó una patada en pleno rostro.

Zeng Yusen se llevó la mano a la cara, entre dolorido y divertido. Estaba a punto de levantarse para salir cuando lo oyó murmurar:

—¡Me mentiste!

Zeng Yusen suspiró con suavidad.

—Anlin… ¿en qué te he mentido ahora?

—Dijiste que te gusto. ¡Me mentiste!

—Me gustas, Anlin.

Incluso medio dormido, Xu Anlin pareció avergonzarse; el rubor del alcohol se le encendió más en las mejillas. Tras un momento de silencio, añadió con inquietud:

—Pero yo no soy tan capaz como Yuzhen…

—Yo tampoco lo soy —respondió Zeng Yusen, incapaz de evitar una risa baja al verlo competir en sueños—. ¿Quién puede compararse con el joven Ye?

Xu Anlin, con los ojos cerrados, movió los labios bien dibujados en sonidos ininteligibles. De pronto, pronunció con claridad:

—Tengo mal carácter.

Aquello sí sorprendió a Zeng Yusen, que abrió ligeramente la boca.

—Y tampoco soy tan guapo como Yuzhen… —murmuró después, abatido.

Zeng Yusen suspiró y se sentó a su lado.

—Me gustas. Solo me gustas tú, Anlin.

—¿Por qué?

Zeng Yusen inclinó el rostro y respondió con ternura:

—Porque quererte… ya es mi costumbre.

Se inclinó y besó sus labios. En sueños, Xu Anlin era cien veces más apasionado que despierto: lo sujetó por la mano y lo atrajo hacia sí, buscando su calor con un deseo torpe y ardiente.

El aliento entrecortado junto a su oído encendió de golpe la sangre de Zeng Yusen. Enredados entre sábanas y susurros, rodaron sobre la cama, fundiéndose en la noche.

Andrew estaba medio montado sobre Ye Yuzhen. Observaba aquel rostro apuesto, ligeramente contraído por una vaga incomodidad, y soltó un largo suspiro. Se rascó la ceja y se dio la vuelta, con intención de bajarse de la cama.

Entonces oyó que Ye Yuzhen murmuraba, entre sueños, el nombre de Zeng Yusen.

Andrew volvió a sentarse sobre él y lo miró con frialdad.

Ye Yuzhen repitió el nombre, apenas un susurro. Andrew sonrió.

—¿Llamas a Zeng Yusen porque quieres que regrese?

—Mm… —respondió él, confuso.

—Quieres que se blanquee, que se convierta en alguien limpio.

Esta vez el asentimiento fue claro.

Andrew guardó silencio largo rato antes de preguntar:

—Ye Yuzhen, ¿ese es el verdadero motivo por el que te hiciste policía?

No hubo respuesta. Solo un leve suspiro escapó de los labios dormidos.

Andrew sonrió; sus ojos, sin embargo, eran puro hielo.

—¿Y cómo piensas blanquearlo? ¿Cooperando contigo, por ejemplo?

—Mm.

—¿Entregando los cuatro mil millones en diamantes negros?

—Mm.

—¿Y luego arrestando a Andrew y llevándolo ante un tribunal?

—Mm.

La risa de Andrew se hizo más intensa, casi deformándole el rostro. Se inclinó y hundió los diez dedos en el cabello negro de Ye Yuzhen, alzándole ligeramente la cabeza. Miró sus labios entreabiertos y, de pronto, descendió para besarlo con brusquedad.

Ye Yuzhen pareció inquietarse; su cuerpo se agitó apenas, como si quisiera abrir los ojos y no pudiera. Entre la confusión, volvió a murmurar:

—Zeng Yusen…

Andrew, jadeante, respondió:

—Soy yo.

El cuerpo bajo él pareció aquietarse. Andrew soltó una risa seca mientras se despojaba de la ropa. Su cuerpo, fuerte y bien definido, solía provocar la fascinación de sus amantes, que recorrían con los dedos la firmeza de sus músculos, alimentando su orgullo. Pero aquella noche, la persona bajo él estaba casi privada de conciencia.

Ese hombre no solo era policía; si abría los ojos, sería un tigre dispuesto a devorar. Y aun así, Andrew actuaba como si no le importaran las consecuencias.

—De verdad vuelves loco a cualquiera, Ye Yuzhen —dijo Andrew con voz ronca.

Con manos impacientes le quitó la camisa y los pantalones. Al verlo reducido a la última prenda, se detuvo un instante y preguntó en voz baja:

—¿Quieres acostarte conmigo, Yuzhen?

Los labios de Ye Yuzhen temblaron apenas.

—Mm…

Andrew respiraba con dificultad; en sus ojos ardía una llama casi feroz. De un tirón le arrancó la ropa interior, como si con ella desgarrara también el último resto de contención.

***

Xu Anlin se desperezó. Le sorprendió sentir el cuerpo dolorido, como si no hubiera descansado en toda la noche. Bajó la vista hacia la mano apoyada sobre su cintura y, al girar la cabeza, vio a Zeng Yusen abrazándolo como si fuera un cojín, profundamente dormido.

Al palparse bajo la manta y descubrirse desnudo, la ira le subió de golpe a la cabeza. Sin dudarlo, alzó la pierna y de una patada mandó a Zeng Yusen al suelo.

Este, todavía aturdido, se incorporó con dificultad. Al ver a Xu Anlin sentado en la cama, furioso, soltó un suspiro resignado, se envolvió en la manta y volvió a tumbarse en el suelo para seguir durmiendo.

Andrew, en cambio, apenas había pegado ojo en toda la noche. La euforia inicial, el placer que le calaba hasta los huesos, lo había hecho arder por dentro. Casi temía que aquella felicidad feroz se desvaneciera con el amanecer, y por eso, cambiando de ritmo y de postura, prolongó la noche todo lo que pudo, escuchando la hermosa voz de Ye Yuzhen quebrarse en gemidos o en súplicas.

Nunca había imaginado que Ye Yuzhen pudiera gemir. O suplicar.

Pero hasta la noche más larga termina.

Contempló el cuerpo dócil tendido a su lado; una sombra cruzó sus ojos y una leve sonrisa curvó sus labios. Sacó el celular, apartó la manta y, enfocando desde distintos ángulos, tomó varias fotografías de aquel cuerpo marcado por los excesos de la noche.

Para Ye Yuzhen, el instante de abrir los ojos fue casi cruel.

Miró incrédulo su propio cuerpo desnudo, recostado en los brazos de Andrew. Su primer movimiento fue buscar el arma y apuntarle a la cabeza.

Andrew abrió los ojos y lo miró con indolencia.

—Agente Ye, tener sexo después de beber no es delito, ¿verdad?

Ye Yuzhen temblaba de ira; la mano que sostenía el arma vibraba sin control. En todas las reglas que habían guiado su vida, nunca había existido una que le enseñara qué hacer si un detenido lo violentaba.

Andrew bostezó.

—Agente Ye, esto no fue forzado. Sabes que lo aceptaste. Por muy borracho que estuvieras, con tu nivel, no habrías perdido la conciencia por completo…

Abrió del todo los ojos y lo miró con frialdad cortante.

—No despertaste porque no quisiste. Sabías que, si estabas consciente, nada de esto habría ocurrido.

Sus palabras cayeron como cuchillas. El rostro de Ye Yuzhen palideció de inmediato.

Andrew, al verlo así, no pudo evitar extender la mano para sujetarle la muñeca.

—Yuzhen…

Ye Yuzhen se zafó con violencia de la mano de Andrew. Se envolvió el cuerpo torpemente con la manta y entró en el baño. Abrió la ducha y dejó que el agua helada le golpeara el rostro.

No supo cuánto tiempo pasó.

De pronto lanzó un grito y arrancó la alcachofa de la ducha para estrellarla contra el espejo. El cristal se hizo añicos. En cada fragmento veía un reflejo distinto de sí mismo. Sin fuerzas, se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentado en el suelo.

Andrew oyó el estrépito desde la habitación. Por un instante tuvo ganas de reír, pero la risa no llegó a salir.

***

El desayuno de los cuatro fue incómodo, tenso.

Xu Anlin, con la cintura dolorida hasta el punto de no poder disimularlo, miraba con irritación a Zeng Yusen, que se mostraba imperturbable frente a él. Bajo la mesa, le propinó varias patadas seguidas. Zeng Yusen tuvo que soportar el dolor fingiendo naturalidad, demasiado ocupado en eso como para reparar en la extraña actitud de la otra pareja.

—He pedido a un restaurante chino que te enviaran un poco de congee —dijo Andrew, colocando un cuenco de gachas frente a Ye Yuzhen—. Come algo, ¿sí?

Ye Yuzhen no respondió. Continuó con su desayuno inglés, impasible. Pero, si se observaba con atención, se notaba que la mano con la que cortaba el beicon temblaba ligeramente.

—¿Adónde iremos después? —preguntó Andrew a Zeng Yusen.

—Primero desayunemos —respondió este con una sonrisa—. Después de comer, nos vamos. ¿Te parece?

Andrew resopló apenas y volvió la vista hacia Ye Yuzhen, quien cortaba la comida en trozos cada vez más pequeños, mecánicamente, sin parar. Andrew intentó detenerle la mano, pero Ye Yuzhen giró la muñeca con suavidad y la hoja le abrió un corte limpio en la palma.

Fue entonces cuando Zeng Yusen advirtió que algo no iba bien. Miró a Andrew y sonrió con frialdad.

—Si quieres vivir un poco más, no provoques al joven Ye.

Andrew retiró la mano y se llevó la sangre a los labios, lamiéndola.

—¿Ah, sí?

Xu Anlin también sonrió con frialdad.

—Será mejor que no pongas a prueba nuestra paciencia. Si no, empezaremos por arrestarte a ti, ladrón.

Andrew sonrió y no volvió a decir nada.

Al salir del local, se toparon con un grupo de árabes que venían a vengar a Fide.

Se desató un tiroteo.

Zeng Yusen y Ye Yuzhen terminaron en el tejado de un edificio, donde abatieron a los dos últimos hombres.

Zeng Yusen sonrió.

—No es común tener la oportunidad de colaborar con el joven Ye. No esperaba que fuera tan satisfactorio.

Ye Yuzhen le devolvió una leve sonrisa.

—Desde el principio hasta el final, disparé yo. ¿Dónde estuvo la colaboración?

Zeng Yusen hizo girar el arma en la mano y sonrió.

—Tú disparas legalmente. El que es capaz, que trabaje más.

Se apoyó con una sola mano y saltó por encima de un muro antes de dirigirse hacia las escaleras.

De pronto, Ye Yuzhen le preguntó a su espalda:

—Si yo no fuera policía… ¿podríamos haber sido amigos?

Zeng Yusen se volvió y sonrió.

—Eres policía, y aun así podemos ser amigos.

Ye Yuzhen lo miró un momento antes de responder, con voz ronca:

—Gracias… pero, por desgracia, no es posible.

Zeng Yusen alzó una ceja y se dispuso a marcharse. Entonces, a su espalda, comenzó a sonar una melodía: el tango «Por una cabeza».

Se detuvo, ligeramente sorprendido. Ye Yuzhen sostenía el celular y sonreía.

—Por nuestra amistad, que está a punto de empezar y que jamás podrá empezar… bailemos un tango. Esta canción se titula «A un paso»… Es demasiado apropiada.

Zeng Yusen lo miró y respondió con una leve sonrisa.

—Yuzhen, tú deberías bailar un vals. El tango no es lo tuyo.

Dicho eso, descendió por la escalera, dejando atrás a Ye Yuzhen y aquella música cargada de pasión.

Sin embargo, no había bajado muchos peldaños cuando volvió a asomar la cabeza.

—Joven Ye, cuidado con Andrew.

El rostro de Ye Yuzhen parecía un poco pálido, pero sonrió con frialdad.

—¿Qué pasa? ¿Todavía no han conseguido los diamantes y ya van a morderse entre ustedes?

Zeng Yusen soltó una risa y negó con la cabeza.

—Casi olvido que eres el joven Ye. En todo caso, deberían tener cuidado contigo.

Esta vez sí se marchó de verdad.

***

Xu Anlin fruncía el ceño, mirando hacia la calle.

—Creo que acabo de ver a Pavadi —dijo, contemplando el lugar por donde había pasado una sombra fugaz.

—¿Ah, sí? —respondió Zeng Yusen con una sonrisa.

En ese momento, un camarero de un bar cercano se acercó con una rosa de papel azul en la mano.

—Disculpen… ¿quién es Zeng Yusen?

—Yo —respondió él, levantando la mano.

—Una señorita se la envía.

Le entregó la rosa azul y regresó corriendo al bar.

Andrew, y luego Ye Yuzhen —que acababa de llegar—, adoptaron de inmediato una expresión grave. Xu Anlin apretó los labios y fulminó a Zeng Yusen con la mirada.

Zeng Yusen, en cambio, alzó la rosa hacia el sol naciente. En el aire aún flotaba el olor metálico de la sangre. La flor azul se mecía suavemente con la brisa.

Con los ojos entrecerrados, la observó temblar, como si la encontrara digna de admiración.

—¡Qué falsedad! —espetó Xu Anlin con indignación.

Al ver que Zeng Yusen se volvía para mirarlo, alzó el mentón con altivez.

—En este mundo no existen las rosas azules. Una rosa azul de papel no es más que una mentira.

Dicho esto, se dio media vuelta y se marchó con paso firme, sin volver la cabeza.

Zeng Yusen observó su espalda con una leve sonrisa. Xu Anlin no había avanzado muchos pasos cuando llegaron los patrulleros marroquíes.

Andrew no esperaba que movilizaran a cuarenta o cincuenta agentes. Chasqueó la lengua con fingida admiración.

—La policía marroquí sí que tiene recursos… Te los dejo a ti, agente Ye…

Pero se interrumpió al ver que el oficial rubio al frente del grupo lo miraba con una sonrisa conocida. Andrew se quedó helado: era el joven aristócrata del salón de té.

—Soy Ye Yuzhen, de la Interpol. Tengo permiso especial de su departamento de policía para esta operación.

Ye Yuzhen avanzó y mostró su credencial.

El oficial rubio la examinó con sorpresa. Frunció ligeramente el ceño, lo recorrió con la mirada de arriba abajo —como si incluso lo apreciara— y luego dejó que sus ojos pasaran por los rostros de Zeng Yusen y Xu Anlin. Finalmente, señaló a los cuatro y, con un gesto de la mano, dio la orden.

Los agentes se abalanzaron sobre ellos como lobos, los ataron con rapidez y les cubrieron la cabeza con bolsas negras.

Ye Yuzhen estalló en furia, exigiendo explicaciones una y otra vez. Por respuesta recibió varios puñetazos. Pero cuanto más dura era la presión, más se obstinaba él en resistir, y así recibió todavía más golpes, hasta que un sabor metálico le subió a la garganta.

En ese momento, Andrew empezó a gritar sobre derechos humanos, justicia y ley. También él recibió algunos golpes, lo que alivió la presión sobre Ye Yuzhen. Entonces dejó de gritar y soltó un bufido frío.

Atados como fardos, los metieron en un vehículo. Apenas arrancó, estallaron disparos. Los hombres de Andrew y de Ye Yuzhen, que hasta entonces habían quedado paralizados por la sorpresa, reaccionaron por fin, pero no eran rivales para la fuerza desplegada por la policía marroquí.

A Ye Yuzhen le sellaron también la boca con cinta negra. Sus extremidades estaban inmovilizadas con técnica profesional; no podía moverse en absoluto. Solo percibía que el vehículo seguía avanzando. El aire, que antes tenía la humedad del litoral, se volvió cada vez más seco y abrasador.

Al caer la noche, por fin lo bajaron del coche.

Cuando le retiraron la venda, quedó sobrecogido: policías armados rodeaban el lugar; sobre los altos muros se erguían alambradas electrificadas que chisporroteaban en la oscuridad. Más allá de la enorme verja de hierro, solo se extendía un desierto interminable.

Zeng Yusen sonrió.

—Bienvenidos a la mayor prisión privada del mundo.

Ye Yuzhen y Andrew exclamaron al unísono:

—¿Qué has dicho?

—Oficialmente pertenece a Marruecos, pero en realidad está en territorio del Sáhara Occidental, un país sin reconocimiento pleno. La prisión, en cambio, es privada. Propiedad del príncipe de Marruecos… Tom William.

—No tiene autoridad para detenerme —declaró Ye Yuzhen con frialdad.

Zeng Yusen lo miró y sonrió.

—Ya te lo dije, joven Ye… A veces el hampa tiene más principios que la ley.

—¡Nada de cuchicheos! —gruñó el patrullero árabe que caminaba detrás de ellos.

Los empujaron hacia una sala de duchas. Dentro, un policía corpulento gritó:

—¡Desnúdense!

Los agentes que venían detrás los empujaron con brusquedad. Zeng Yusen, Andrew y Xu Anlin se quitaron la ropa uno tras otro; tras una ducha de agua fría, les entregaron uniformes de prisión a rayas azules y blancas.

Ye Yuzhen, en cambio, apretó los dientes y se negó a desvestirse, por más golpes que recibiera.

El policía gordo comentó en árabe al que lo escoltaba:

—Otro difícil. Bastante guapo… esta noche tendremos un «aperitivo».

El rostro de Zeng Yusen cambió. Se volvió hacia Ye Yuzhen.

—Joven Ye, nosotros nos daremos la vuelta. ¿De acuerdo?

El rostro de Ye Yuzhen alternaba entre el rojo y el blanco. Asintió apenas. Xu Anlin, Andrew y Zeng Yusen se pusieron de cara a la pared de inmediato.

Solo entonces, con las manos temblorosas, Ye Yuzhen comenzó a quitarse la ropa. Cuando el policía vio los moretones que cubrían su cuerpo, torció el gesto con desprecio.

Shit.

Andrew entrelazó los dedos con tensión. Al ver a Ye Yuzhen quedarse de pie a un lado, inexpresivo, murmuró:

—¿Te duele?

Ye Yuzhen lo miró de pronto. Aquella mirada parecía capaz de devorarlo vivo: en sus ojos enrojecidos ardía un odio desnudo.

Andrew se quedó un instante inmóvil y luego, apretando los dientes, dijo en voz baja:

—Reza para no caer nunca en mis manos, Ye Yuzhen.

Ye Yuzhen rio, pero era una risa helada.

—Lo mismo digo.

Mientras conducían a Zeng Yusen y Xu Anlin por el pasillo, oyeron detrás una voz que exigía:

—¿Qué están haciendo?

Andrew, con aire despreocupado, hablaba con el policía gordo, que negaba con la cabeza una y otra vez. Finalmente, se oyó la voz de Andrew, un poco más alta:

—¿Un millón de dólares? ¿Qué tal?

El policía pareció sorprendido. Dudó… y acabó asintiendo.

Andrew regresó con expresión relajada. Al encontrarse con la mirada desconfiada y hostil de Ye Yuzhen, sonrió.

—Agente Ye, si supieras lo que acabo de comprar, estarías dispuesto a pagar toda tu fortuna por lo mismo.

Ye Yuzhen soltó una risa fría y apartó la vista.

Los cuatro avanzaron en fila por el corredor hasta una zona de celdas individuales. Empujaron a Ye Yuzhen, Xu Anlin y Zeng Yusen dentro de una misma habitación. A Andrew, sin embargo, intentaron llevárselo por otro lado.

Su rostro cambió.

—¿Por qué no me alojan con ellos?

El guardia árabe permaneció impasible.

Zeng Yusen, apoyado en los barrotes, le guiñó un ojo con una sonrisa burlona.

—Tú tienes un mejor sitio. Nos vemos en la cena.

Andrew lo fulminó con la mirada. De pronto, su expresión se iluminó en una sonrisa; alzó el índice y señaló a Zeng Yusen.

—Otra de tus jugadas.

Retiró la mano y, recuperando la compostura, siguió a los guardias con paso tranquilo.

A la hora de la cena, Andrew no se sentó con ellos. Ocupaba una mesa aparte, donde disfrutaba en solitario de un filete a la francesa.

Zeng Yusen arrancaba con los dedos la corteza dura del pan, observando con diversión la expresión casi incendiaria de Andrew. Incluso a treinta o cuarenta asientos de distancia, se oía con claridad el sonido de su cuchillo y tenedor serrando la carne.

De pronto, Andrew dejó caer los cubiertos.

—Voy al baño.

Al mismo tiempo, Zeng Yusen soltó la corteza de pan. Ye Yuzhen apenas se movió cuando él sonrió y dijo:

—Joven Ye, te garantizo que Andrew no podrá hacerse con los cuatro mil millones en diamantes negros. No nos sigas.

Ye Yuzhen dudó un instante y volvió a sentarse.

Zeng Yusen entró en el baño. Vio que, fuera, dos guardias conversaban animadamente. Apenas empujó la puerta cuando alguien lo estampó contra la pared.

Andrew sonreía con crueldad.

—Zeng Yusen, no soy tan paciente como para dejar que jueguen conmigo.

Zeng Yusen entrecerró los ojos por el dolor, pero aún sonrió.

—No te acerques tanto. Ya te lo dije: demasiados músculos no son lo mío.

Andrew soltó una risa fría.

—Yo no soy tan exigente. Además, con ese uniforme de preso te ves bastante… atractivo.

Y lo presionó con más fuerza contra la pared.

Zeng Yusen alzó ambas manos en señal de rendición.

—Está bien, está bien… Taylor está aquí.

—¿Qué?

—Taylor está aquí —repitió, marcando cada palabra.

Andrew aflojó la presión y frunció el ceño.

—¿Él también? ¿Ya sabe que hemos venido y por eso…?

—No es él. Es Tom William…

—¿Y por qué nos ha hecho detener?

Zeng Yusen carraspeó levemente.

—Tom William tiene… ciertos gustos particulares.

—¿Gustos?

Zeng Yusen sonrió con ironía.

—Hombres hermosos. Esta prisión privada no solo encierra a personas que no pueden ver la luz pública… también alberga la «colección» de bellezas masculinas de Tom William.

Andrew soltó una carcajada.

——Vaya que no te cuesta ceder. Si hablamos de atractivo, de los cuatro, Xu Anlin se lleva el primer puesto, ¿no?

—Bueno… —Zeng Yusen se rascó la ceja y sonrió al alzar la vista—. La verdad es que ninguno de nosotros tres es el tipo que más le gusta a Tom, y menos alguien como Anlin… A él lo que realmente le gusta es…

Miró cómo el rostro de Andrew cambiaba de expresión y remató:

—los tipos musculosos.

—¡Maldito seas! —Andrew volvió a estampar a Zeng Yusen contra la pared, dejándolo sin aliento.

En ese momento entró un agente de patrulla y gritó una reprimenda. Andrew no tuvo más remedio que soltarlo. Justo entonces, Zeng Yusen se inclinó hacia su oído y susurró:

—Hay un arma debajo de la almohada.

Cuando cayó la noche, Xu Anlin le dio de pronto una patada a Zeng Yusen, que estaba apoyado en la reja de hierro mirando hacia afuera.

Zeng Yusen se volvió y sonrió.

—¿Qué pasa?

—Eres un mentiroso. Anda, cuéntame otra de tus mentiras —resopló Xu Anlin con frialdad.

Zeng Yusen sonrió. Cuando Xu Anlin era pequeño y no entendía inglés, él le leía cuentos. Pero casi siempre cambiaba los finales de los cuentos de hadas. Decía, por ejemplo, que la sirenita acababa casándose con el príncipe y que tenía dos hijos: un tiburón y una ballena.

Xu Anlin abría mucho la boca, asombrado, y preguntaba:

—Pero… ¿por qué una sirena tendría un tiburón y una ballena?

Zeng Yusen miraba su carita confundida y respondía con orgullo:

—Porque así pueden proteger a su mamá y que nadie la maltrate.

Tanto fue así que, incluso cuando Xu Anlin creció, seguía creyendo que la sirenita se había casado con el príncipe y que habían tenido un tiburón y una ballena. La primera vez que descubrió que el final verdadero no era así —que la sirenita desaparecía en el mar convertida en burbujas y que el príncipe apenas preguntaba con curiosidad adónde había ido— lloró mientras, lleno de rabia, llamaba mentiroso a Zeng Yusen por contar siempre historias falsas.

Zeng Yusen lo miró, agraviado, mientras contemplaba su espalda enfadada alejarse, y murmuró mirando sus dedos pálidos:

—Pero si no se miente un poco, ya no es un cuento de hadas…

Desde entonces, cada vez que quería que Zeng Yusen le contara una historia, siempre decía lo mismo:

—Mentiroso, ven y cuéntame otra mentira.

Zeng Yusen caminó hasta el lado opuesto de Xu Anlin y se sentó con las piernas cruzadas en la cama.

—De acuerdo. Hoy contaré la historia de una rosa azul. Hace muchos, muchos años…

Ye Yuzhen, sentado a un lado, soltó una risa baja. Zeng Yusen también sonrió.

—Es que las historias siempre empiezan hace muchos años.

—Hace muchos años, en un castillo de fantasía vivía una princesa. Era una princesa muy desdichada: su propia familia la vendió para que se convirtiera en la esposa de un Rey Oscuro. Pero ella anhelaba el amor, anhelaba la libertad, así que no tenía más remedio que permanecer cada día en el castillo, esperando a que un caballero viniera a rescatarla…

Ye Yuzhen sonrió levemente.

—¿Es la Bella Durmiente?

—Yuzhen, no interrumpas. —Xu Anlin le dio una palmada en el pie.

Zeng Yusen sonrió levemente.

—La princesa de fantasía y el Rey Oscuro tuvieron pronto un hijo. Aquel niño, antes de cumplir tres meses, ya sabía gatear; a los siete meses, hablaba. Era travieso hasta el extremo. La princesa lo llamaba su pequeño mono, e imaginaba que vivía en el bosque, libre y sin ataduras…

Al oír eso, Xu Anlin se incorporó de golpe. Sus labios se movieron con inquietud, pero no dijo nada.

—Un día, el Rey Oscuro recibió a un joven invitado —continuó Zeng Yusen—. Tenía el cabello negro, un cuerpo fuerte y atlético, pero además era elocuente y elegante, como todos los príncipes de los cuentos. Sentía una gran compasión por la princesa de fantasía. Cada día le llevaba una rosa azul de papel.

»La princesa quedó completamente cautivada. Imaginó que era un caballero capaz de darle amor y libertad. Hasta que, finalmente, decidió escapar del castillo y huir con él. Cargó a su hijo a la espalda y atravesó sola el bosque, esperando con ansia en el lugar acordado… pero no fue el caballero quien acudió. Fue el Rey Oscuro.

Zeng Yusen dejó escapar una risa baja. Por costumbre, pareció buscar un cigarrillo, pero recordó que vestía uniforme de preso. Prosiguió:

—El Rey Oscuro encadenó a la princesa en una habitación oscura. Solo podía arrastrarse o permanecer tendida. Frente a ella colocó un espejo, para que viera qué era en realidad.

»Pero la princesa seguía siendo una princesa de fantasía. Seguía imaginando que el caballero vendría algún día a salvarla. Solo podía arrodillarse para lamer el agua o la comida… y le decía a su pequeño mono que ahora estaban en el bosque, que en los arroyos uno debía agachar la cabeza para beber.

»Al final, la princesa se cansó. Ya no quiso salir de su castillo de fantasía. Allí se quedó dormida, convertida en una Bella Durmiente. Esperó y esperó a su caballero… aún sosteniendo su rosa azul.

Los ojos de Xu Anlin se llenaron de lágrimas.

—Yusen… —murmuró.

Zeng Yusen sonrió.

—La princesa de fantasía fue feliz. No conocía el mundo fuera de los cuentos. No supo que, tras su muerte, el caballero de cabello negro volvió. Y fue a seducir a otra mujer del Rey Oscuro.

»La llamaban la Dama Patata, porque siempre estaba en la cocina pelando patatas, rápida y diestra. Pero ninguna cocinera que pelara patatas era tan hermosa como ella. Aunque estuviera cubierta de suciedad, parecía noble. Por eso el pequeño mono la llamaba la Dama Patata…

Xu Anlin se puso en pie de un salto, temblando de pies a cabeza.

Zeng Yusen continuó, con una sonrisa suave:

—El caballero de cabello negro fue a burlarse de la Dama Patata. Borracho, le dijo: «Hace tiempo hubo aquí otra mujer que quiso irse conmigo. Solo estaba jugando con ella. En realidad, no me interesaba en absoluto. No era ni de lejos tan hermosa como tú…».

»Cuando la Dama Patata forcejeaba con él, entró el Rey Oscuro. El caballero de cabello negro aseguró de inmediato que había sido ella quien lo había seducido. El Rey Oscuro no le permitió decir ni una palabra… y le disparó allí mismo.

Xu Anlin rompió a llorar. Temblaba tanto que apenas podía articular las palabras.

—Yusen… La princesa de fantasía era tu madre… y la Dama Patata era la mía, ¿verdad?

Sacudía con desesperación los hombros de Zeng Yusen. Este alzó la mano y lo estrechó contra su pecho, escuchando sus sollozos entrecortados. Sonrió con suavidad.

—Perdona… Este mentiroso te ha hecho llorar otra vez…

Ye Yuzhen dejó escapar un largo suspiro.

En ese momento, se oyó de pronto la voz de Andrew desde fuera:

—¡Fue el príncipe William quien me pidió que volviera a esta celda! ¡Si no me crees, puedes ir a preguntarle ahora mismo!

El guardia murmuró algo al otro lado de la puerta y, tras unos instantes, la abrió para dejar entrar a Andrew.

Zeng Yusen observó su rostro y sonrió.

—¿Qué tal? ¿Ha ido bien?

Andrew soltó un bufido.

—Antes del amanecer no se despertará.

—Vaya, quién lo diría. Así que eras tú quien iba a disfrutar, y no al revés… Si lo hubiera sabido, antes no te habrías puesto tan nervioso, ¿eh? —rio Zeng Yusen.

Andrew lanzó una mirada oblicua, casi imperceptible, hacia Ye Yuzhen y respondió con frialdad:

—No estoy dispuesto a acostarme con cualquiera.

—Deja las tonterías. ¿Y la pistola?

Con parsimonia, Andrew sacó de entre la ropa una delicada pistola israelí.

—Buen escondite. A partir de hoy, me temo que en esta prisión solo Tom se atreverá a tocarte ahí… —bromeó Zeng Yusen mientras examinaba el arma y soltaba el aire despacio—. Es una KJ-180 israelí. Pequeña, pero de gran alcance—. Sonrió levemente—. Dásela al joven Ye.

Ye Yuzhen y Andrew se quedaron atónitos al mismo tiempo.

Andrew apretó los dientes.

—¿Por qué?

—Porque es el mejor tirador de todos nosotros —respondió Zeng Yusen con una sonrisa tranquila.

Andrew dudó una y otra vez, pero al final se acercó y entregó el arma a Ye Yuzhen.

—Joven Ye… —Zeng Yusen se apoyó en los barrotes, aprovechando la luz del reflector para mirar al frente—. ¿Ves esa fila de cuadros eléctricos en la sala de control?

Ye Yuzhen lanzó una mirada fría a Andrew, tomó la pistola y se acercó a Zeng Yusen. Observó la sala de control, ahora vacía por la ronda de vigilancia.

—¿Te refieres a los botones rojos debajo de los paneles verdes?

Zeng Yusen asintió y sonrió levemente.

—Joven Ye, ese botón es la alarma contra incendios. Es el único que, al presionarlo, abre todas las puertas de las celdas…

Hizo una breve pausa antes de continuar:

—También se abrirá la puerta que conduce al patio central de la prisión… El agua en el desierto es muy cara, así que aquí no se apagan los incendios con agua. Quince minutos después de activarse la alarma, este lugar se convertirá en un espacio herméticamente cerrado, cortando el suministro de oxígeno para sofocar el fuego.

Andrew se acercó también, frunciendo el ceño.

—Aunque el inspector Ye consiga acertar al botón, apenas lograremos salir al patio.

Zeng Yusen sonrió ligeramente.

—Tom William es, en realidad, el mayor contrabandista del norte de África. El cliente número uno de todas las organizaciones de blanqueo de dinero del mundo. Un hombre así siempre deja una vía de escape. En esta prisión tiene que haber un pasadizo secreto.

»Cuando se diseñó esta prisión había cuatro arquitectos. Dos murieron de enfermedad repentina. Uno falleció en un accidente de coche. Y el cuarto… desapareció sin dejar rastro.

Andrew aspiró hondo.

—Encontrar ahora a ese diseñador no será tarea fácil.

Zeng Yusen sonrió.

—No es tan difícil. Hace ya unos años encontré a ese diseñador…

Andrew lo miró, sorprendido.

—Entonces… ¿ya conoces el pasadizo secreto?

—No exactamente. Cuando lo encontré, apenas le quedaba un hilo de vida. No podía explicarme un plano tan complejo, y además nunca me han gustado los planos. Solo necesitaba que me dijera a quién le había entregado el mapa.

Andrew esbozó una sonrisa.

—Encargar el trabajo a otros siempre ha sido tu especialidad.

Zeng Yusen rio con suavidad.

—Lástima que solo ayer encontrara pruebas de la connivencia entre esa persona y el diseñador… Una copia de un cheque bancario suizo con el que se le pagó.

»Ese hombre es despiadado, del tipo que cruza el río y destruye el puente. Eliminó a todos los intermediarios y borró casi todas las pruebas. Pero ignoraba que el banco suizo D.J. tiene una norma: todo cheque emitido por ellos conserva una copia fotostática del anverso… una copia adicional que otros bancos no guardan.

Los ojos gris plateado de Andrew permanecieron fijos en Zeng Yusen mientras éste continuaba, sonriente:

—Está en el archivo subterráneo. En realidad, no fue tan difícil de encontrar…

Andrew soltó un leve bufido.

—Parece que te has tomado muchas molestias.

—Si no quieres que Tom William se entere de que lo has traicionado por la espalda, que logremos salir de aquí dependerá de ti, señor Andrew—. Zeng Yusen se rascó la ceja con una sonrisa—. Sé que has aguantado hasta ahora solo para ver qué cartas tenía en la mano. Lo siento… mi carta ganadora eres tú.

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