Capítulo 11 | Pétalos carmesíes vuelan sobre el columpio

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En la mesa del comedor, Lie Chengchi comía con la boca llena de granos de arroz y volvió a hacer aquella pregunta: 

—Padre adoptivo, ¿dónde está mi madre?

—Si ni siquiera tienes un padre, ¿de dónde vas a sacar una madre?

—¿De dónde salí yo, entonces?

—Te recogí a un lado del camino.

—Me estás mintiendo de nuevo…

—Pequeño ingrato con corazón de lobo y pulmones de perro, ¿tanto deseas tener a tus padres?

Lie Chengchi levantó la cabeza, se quedó atónito por un momento y, de forma instintiva, se corrigió:

—No, no los quiero…

—Quién sabe, tal vez tus padres eran tan pobres que ni siquiera podían pagar un pollo con castañas, por eso te abandonaron —dijo Fu Yan, pinchando el plato con los palillos e inventando tonterías.

Lie Chengchi se lo creyó de verdad y bajó la cabeza para poner una pata de pollo en su tazón.

En los primeros años, Lie Chengchi había estado bajo el cuidado de la nodriza. Si tenía frío o hambre, era asunto de ella, y no tenía la menor relación con Fu Yan.

Cuando Lie Chengchi cumplió tres años, Fu Yan lo dejó a cargo de la familia de la señora Zhang. Esa señora no tenía hijos y siempre había deseado criar a un niño regordete, por lo que ambas partes quedaron satisfechas con el acuerdo.

Fu Yan, aliviado por fin de aquella carga, regresó de inmediato al reino demoníaco para disfrutar de una vida de excesos con vino y mujeres. Perdió por completo el rumbo buscando placeres, y no fue hasta medio año después que se dignó a hacer un tiempo para volver y echar un vistazo. Para su sorpresa, en el momento en que Lie Chengchi lo vio, se echó a llorar de forma desgarradora, atrayendo a todos los vecinos del barrio a ver el espectáculo, haciéndolo quedar como un padre adoptivo cruel, de naturaleza demoníaca y con un corazón de piedra.

La señora Zhang también temía ser el blanco de los chismes maliciosos, por lo que ya no se atrevió a criarlo. Ante los llantos incesantes de Lie Chengchi, Fu Yan tuvo que aceptarlo. Veinte años eran veinte años; un par de décadas no bastaban para atarlo de por vida.

Sin embargo, desde aquel incidente cuando el niño tenía tres años, los vecinos empezaron a rumorear que era un bastardo recogido de la calle, que nadie lo quería ni lo cuidaba, y que un hombre rico lo criaba como sirviente, con la libertad de tirarlo a la basura cuando no le complaciera.

Tiempo después, cuando Fu Yan fue a buscarla a su puerta, Leng Yuehuan estaba en el pabellón de la cítara lanzándole miradas coquetas a un joven y apuesto caballero adinerado. Antes de que siquiera pudieran tomarse de las manos, Fu Yan golpeó los puntos de acupuntura del hombre desde atrás con dos dedos, y este cayó inconsciente al suelo con las extremidades abiertas.

—Zorro muerto, ¿por qué arruinas mis buenas obras? —Leng Yuehuan acarició con nostalgia el rostro del hombre, luego se dio la vuelta y miró a su viejo conocido con el ceño fruncido y frialdad.

—Belleza, tengo un favor que pedirte.

—Qué extraño, ¿tú suplicándole a alguien?

—Criar a un cachorro es un camino sin retorno, ¿cómo no voy a inclinar la cabeza?

—¿Hmm? ¿Tiene algo que ver con ese pequeño cabecita calva? —Leng Yuehuan arqueó sus cejas de sauce, de repente interesada.

—Él tiene cabello.

—Igual lo perderá en el futuro.

Leng Yuehuan había visto a Lie Chengchi en una ocasión. Por supuesto, el niño no estaba al tanto, pero la primera vez que ella lo miró, soltó con su boca de cuervo: «Este niño definitivamente se convertirá en monje en el futuro». Fu Yan se había sentido muy disgustado al escucharla, diciendo que solo estaba hablando disparates. Leng Yuehuan, sin embargo, se entusiasmó aún más, sonriendo y afirmando que ella tenía un excelente ojo para juzgar a las personas. ¡Qué interesante, qué interesante! Un demonio criando a un pequeño monje.

—Señorita Leng, he notado que en el mundo humano prestan mucha atención al cuidado y la devoción hacia los padres, no son tan salvajes como nosotros los zorros. Lo que quiero decir es… Lie Chengchi es un cachorro del reino humano. Anhela tener un padre y una madre; no deja de murmurarlo, no tiene fin. —Fu Yan aún recordaba el propósito de su viaje. Sus palabras dieron tres vueltas en su boca, sintiendo por primera vez en su vida la dificultad de hablar.

—No me digas que quieres que esta señorita…

—Si realmente tuviera padre y madre, ¿no sería todo un poco más perfecto?

—¿Incluso si su madre resulta ser la cortesana estrella que toda la ciudad conoce?

Al burlarte de otros. terminas burlándote de ti mismo. ¿Acaso esta situación iba a terminar con dos demonios criando a un pequeño monje?

—Un joven talentoso y una mujer hermosa; hacemos la pareja perfecta —dijo Fu Yan, tratando de engañarla sin rendirse.

—Lárgate. No bloquees mis flores de durazno1 —respondió Leng Yuehuan, rechazándolo de inmediato sin dejarse persuadir.

Fu Yan era alguien que desde pequeño obtenía todo lo que deseaba. Era la primera vez que dejaba de lado su orgullo y visitaba el Salón de los Tres Tesoros para pedirle un favor a una compatriota, solo para sufrir un rechazo rotundo. Naturalmente, no tenía intenciones de volver a sacar el tema.

Sin embargo, ese día, con el sol brillando en lo alto, Fu Yan estaba en la habitación durmiendo profundamente.

De repente, una piedra se estrelló contra el marco de la ventana. Al levantar la vista, vio que la ventana tenía un agujero y que una piedra cubierta de tierra había caído dentro de la habitación. Un grupo de mocosos malolientes estaba armando un alboroto afuera.

—¡Tú no tienes madre que te quiera! ¡Llama a tu madre para que la veamos! —Dos niños gordos, que parecían ser los líderes, gritaban arrogantemente desde afuera, sopesando otra piedra en sus manos.

—¡Romperé la ventana, ¿y qué?! ¡Quiero ver si hay alguien en tu casa, pequeño mentiroso!

—¡Lárgate! No tienes permitido entrar al patio de mi casa. —Lie Chengchi tenía el rostro rojo como un tomate. 

Lleno de ira, se enzarzó en una pelea con los dos niños gordos en el patio, aplastando las flores de amaranto globo2. Rodaron por el suelo una y otra vez, cubriéndose de polvo y tierra.

Fu Yan entrecerró los ojos desde el interior de la habitación, sintiendo dolor en el corazón por la ropa nueva que le acababa de comprar.

Lie Chengchi siempre se comía toda la carne buena y, aun así, estaba tan delgado como una vara de bambú. Después de rodar unas cuantas veces, no pudo ganar la pelea y recibió varias patadas. Lo único útil que tenía eran sus buenos dientes; sabía que si mordía el brazo de uno de los niños regordetes y no lo soltaba, haría aullar al otro como un fantasma y llorar como un lobo.

Más tarde, los dos niños gordos salieron corriendo, dejando a Lie Chengchi solo, de pie en el patio, con el rostro cubierto de polvo. Se escondió bajo las raíces del árbol y no se movió.

Fu Yan esperó en la habitación durante mucho tiempo, pero al ver que el niño no entraba, permanecieron en ese punto muerto durante casi un shichen. Finalmente, Fu Yan salió para arrastrarlo de vuelta. A la luz de la lámpara de la habitación, vio que el rostro del mocoso estaba empapado en lágrimas, parecido a un gato sucio. Tuvo que evitar las áreas donde la piel estaba raspada para poder limpiarlo.

Esa misma noche, mientras las cigarras de otoño cantaban tristemente, Fu Yan se sentó frente a la mesa iluminado por la luz de las velas, escribiendo a toda prisa con su pincel. Cada palabra en la carta era sincera, cada línea rebosaba de tristeza. Describía cómo un niño de cinco años había sido golpeado brutalmente por los de su edad hasta dejarle la piel magullada; cómo había tragado sus lágrimas en soledad bajo el árbol sin atreverse a regresar a casa, todo porque no había una madre amorosa que lo consolara y animara. Lo hacía sentir como si viviera bajo el techo de un extraño, desamparado y solitario.

La carta estaba escrita de un tirón; era tan conmovedora que podía hacer derramar lágrimas a cualquiera y arrancar lamentos de quien la leyera.

Al final, temiendo que Leng Yuehuan perdiera la paciencia al leer, Fu Yan añadió un breve resumen en letras grandes.

«El niño necesita madre. Ven rápido. El señor te bendecirá con flores de durazno».

Tras terminar de escribir, Fu Yan se desvistió para dormir, sin el menor rastro de emoción. Su cabeza estaba tan pesada que estaba a punto de entrar en el mundo de los sueños, cuando de pronto sintió que el mocoso se aferraba a su cintura con todas sus fuerzas.

Con impaciencia, apartó esas pequeñas manos, pero entonces escuchó una voz que sollozaba, sin aliento, gritando a todo pulmón mientras lo abrazaba: 

—¡Papá! ¡Papá… buaaa… no puedo vivir sin ti… papá…!

Ese llanto de medianoche, en términos de desolación, era tres veces más trágico que lo que él había descrito en su carta.

—Todavía no me he muerto.

—Cualquier día de estos vas a tirarme, ¡ni siquiera te importo, buaaaa…! ¡Hic! —Lie Chengchi lloraba y gritaba con su voz de leche, y al final soltó un hipo que sonó más fuerte que sus propios llantos.

—Sí me importas.

—¡Hic!… Papá, y encima te estás riendo de mí.

—…No me estoy riendo.

—…Tu estómago tembló, lo sentí, ¡hic…!

—No es verdad.

—…Buaaa hic, claro que sí.

—Déjame contarte algo. Esta noche, un gran inmortal pasó por la puerta de nuestra casa —dijo Fu Yan sacando al mocoso de entre las mantas. Le dio un toque en la frente con el dedo, empujando la cabeza un poco hacia atrás—. Ese gran inmortal dijo que dos niños gordos se atrevieron a decir estupideces en nuestra puerta y que realmente necesitan una lección. Me pidió que te preguntara, ¿cómo deberíamos darles una lección?

—…No se me ocurre nada. —Lie Chengchi contuvo sus lágrimas y bajó la cabeza para pensar un rato. Se lo estaba tomando muy en serio.

—¿Qué tal si dejamos que les tiren piedras también?

—Eso duele mucho, papá.

—¿No es eso exactamente lo que merecen?

—El maestro dijo que devolver odio por odio es tener corazón de villano.

—Tener corazón de Bodhisattva es asunto de un Bodhisattva3. ¿Acaso tú eres uno?

—¿Qué es un Bodhisattva?

—Olvídalo, no pienso hablarte de Bodhisattvas.

Al pensar en las afirmaciones de Leng Yuehuan sobre el “pequeño cabecita calva”, Fu Yan detuvo su discurso de inmediato y no pronunció una palabra más.

Notas del Traductor

  1. En el feng shui y la astrología china, las “flores de durazno” simbolizan el romance, el amor, el encanto y la suerte en las relaciones de pareja.
  2. Flores que, en el simbolismo chino, representan el amor inmutable y la lealtad eterna.
  3. En el budismo, un ser que ha alcanzado la iluminación pero retrasa su entrada al nirvana impulsado por la compasión infinita de ayudar a todos los seres sintientes a liberarse del sufrimiento.
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