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El cielo apenas clareaba. Xie Yilu aún yacía acurrucado en su lecho, cuando de pronto a lo lejos, oyó voces en la calle, y el sonido de los plebeyos golpeando el fondo de sus cuencos. De un salto se levantó: ―¡Datian! ¿Qué sucede afuera?
El sirviente, aun con los zapatos en la mano, gritó desde el exterior de la habitación: ―¡No lo sé, iré a ver!
Xie Yilu se frotó el rostro, bajó de la cama y se vistió. Apenas acababa de ajustarse el cinturón cuando el sirviente regresó corriendo, diciendo enojado: ―¡Parece que alguien quiere talar los árboles, todos los que tienen bosques corren hacia las afueras de la ciudad!
―¿Qué árboles?― Xie Yilu ni siquiera se molestó en ponerse el sombrero, apresurándose hacia fuera.
―Perales enanos ―explicó el sirviente llamado Datian mientras lo seguía. ―Es un producto especialmente fragantes, típico de aquí. Incluso hace unos años aún se ofrecían como tributo imperial.
Xie Yilu retiró el cerrojo, empujó la puerta y vio la avenida envuelta en una nube de polvo, mientras plebeyos empuñando garrotes corrían en enjambres en dirección hacia la puerta de la ciudad. Sin pensarlo, cruzó el umbral y los siguió.
El bosque de perales estaba al norte de la ciudad, a menos de medio li1 de la puerta Taiping. Desde lejos ya se divisaba una plataforma con banderas, y en ellas un gran círculo rojo2 que encerraba el carácter “Zhi”. Era la Oficina de Manufactura de Tejidos.
En el camino Xie Yilu preguntó a la gente, pero al ver su uniforme oficial nadie quiso decirle mucho. No fue sino hasta llegar al pie de la plataforma que distinguió a los responsables. Túnicas coloridas y gorros pequeños, todos eunucos sin excepción.
Los plebeyos que llegaron antes ya se habían cercado la plataforma, gritando cosas como “¿Por qué talan nuestros árboles?” y “¡estos son árboles de tributo!”. Pero los eunucos ni siquiera les hacían caso, ocupados repartiendo hachas a los matones3 y mendigos que habían contratado. Xie Yilu observó aquel bosque, los árboles no eran altos, pero los troncos eran gruesos, claramente con muchos años de antigüedad.
Algunos dueños del bosque de posición influyente buscaron contactos para interceder. Tres o cuatro eunucos bajaron de la plataforma a negociar con ellos, pero al final todos sacudieron la cabeza: no hubo acuerdo. Xie Yilu intentó abrirse paso hacia adelante varias veces, pero no logró avanzar. De pronto alzó la mano bruscamente: ―¡Su superior! ¡Que salga su superior a hablar!
Los eunucos lo vieron, señalaron el buzi con una garza bordada en su pecho, y se susurraron entre ellos. Xie Yilu siguió gritando: ―¡Si nadie sale a responder, escribiré un memorial y lo enviaré a Beijing!
Al salir esas palabras, la escena se sumió al instante en silencio. No solo los eunucos, incluso los plebeyos abrieron los ojos fijamente en él. Poco a poco, del grupo de eunucos emergió un hombre de hombros anchos, con una estatura de más de siete chi4, y un par de manos grandes descansando laxas sobre su cintura, que con voz suave y pausada dijo: ―Estos árboles son demasiado fragantes, el aroma molesta el sueño de nuestro Dugong. Talarlos, es lo mejor para ustedes también.
―¡Tonterías!― replicó un plebeyo al instante, ―¡Son árboles con cientos de años, y jamás se oyó que su aroma enfermara a nadie! ¡Estos son árboles que se han ofrecido como tributo a Su Majestad!
Eso era ciertamente una excusa. Xie Yilu aún quería discutir cuando, de pronto, un alboroto estalló tras él. Volvió la mirada hacia el sonido, y vio a unos cien o doscientos pasos de distancia, una multitud que se abría como marea a ambos lados. Un pequeño grupo avanzaba, y a la cabeza vestido con un yesa color púrpura, iba un hombre sin gorro, y sin la malla5 anudada. Su piel era oscura, sus ojos grandes, sin ningún de los rasgo característico de la gente de han.
Este grupo de eunucos portaba sables, y por su forma de caminar parecían soldados curtidos en batalla. Al pasar junto a Xie Yilu, el líder lo embistió deliberadamente con fuerza. Tras el choque no siguió de largo, sino que gritó hacia el gigante hombre en la plataforma: ―¡Yishiha! ¡Para qué perder palabras con un funcionario tan insignificante que, aunque se cayera al suelo y se partiera en dos, nadie notaría!
Xie Yilu se enfureció hasta que su cara se volvió verde, y agarró enojado el cuello del yesa de aquel hombre. El otro observó su mano, lanzó un grito en una lengua desconocida y ¡Zas!, con el silbido del acero, surgió desde su espalda un sable de longitud asombrosa.
La gente que rodeaba a Xie Yilu se dispersó inmediatamente. La hoja, inclinándose levemente hacia la luz fría del amanecer, reflejó a quien empuñaba el sable. Este hombre también tenía la piel oscura, ojos redondos y velludos, de edad similar a la del Zhang Cai que conoció en el templo Lingfu.
―La hoja ya está desenvainada, si no cortamos árboles, cortaremos gente― rugió el de yesa púrpura con una mirada feroz, apartó de un tirón la mano de Xie Yilu de su cuello. Giró sobre sus talones y gritó a la multitud: ―¡¿Hay alguien que no esté conforme?!― Nadie respondió. Volvió a gritar: ―¡¿Hay alguien?!
Xie Yilu miró a toda esa densa multitud apiñada a su alrededor, y sin embargo había un silencio semejante al de un funeral.
―¿Nadie?― asintió el de yesa púrpura, ―Si no hay nadie, formen una cola y vengan a firmar.6
Eso de firmar no era más que anotar nombre, casa familiar y registrar cuántos árboles frutales figuraban a su nombre. El primero en la fila era un pequeño comerciante, que tras firmar señaló tembloroso el registro: —Reporte trescientos árboles, ¿por qué me anotan trescientos cincuenta?
El de yesa púrpura ladeó la cabeza para echar una ojeada, y con desdén dijo: —Si te anotamos trescientos cincuenta, son trescientos cincuenta. Cuando los árboles sean talados, entregarás la madera de trescientos cincuenta árboles.
El comerciante quedó atónito: —Pero… ¿cómo entrego esos cincuenta árboles que no tengo?
—Si no hay árboles— el del yesa púrpura sonrió y miró descaradamente a su alrededor, —se paga en plata. Un árbol, un tael de plata.
Era extorsión, no podía ser más obvio. Xie Yilu no toleraba este tipo de podredumbre, así que apartó a la multitud y avanzó señalando con el dedo la nariz del de yesa púrpura: —¡Atrévete y veamos si no te castigo!
Los eunucos con sables desenvainaron sus armas al unísono, en una fila reluciente como la nieve. El del yesa púrpura avanzó un paso hacia él, con la frente inclinada hacia abajo, haciendo que su nariz se viera más afilada y recta, y sus ojos negros como los de un halcón: —¡No creas que solo por ser un funcionario de sexto rango de algún ministerio voy a dudar en tocarte!
Xie Yilu no creyó en su amenaza: —¡Vamos, inténtalo siquiera una vez!
Los plebeyos tironearon de las mangas de Xie Yilu, acercándose a su oído para aconsejarle: —No te enfrentes a la fuerza con él, ¡este Ruan Dian no es de los que se dejan provocar!
—¡Así es! ¡Ya está acostumbrado a ser feroz y a actuar con crueldad!
—¡Son un grupo de annamitas (4)! ¡Son muy feroces! ¡Ni siquiera otros eunucos se atreven a provocarlos!
Aun entre palabras así, Xie Yilu no cedía terreno. Ruan Dian parecía incluso disfrutar de la disputa. Justo cuando ambos se encontraban en medio del enfrentamiento, con un «crack, crack» desde el sur llegó bamboleándose un palanquín blando cubierto de gasa roja y toldo verde esmeralda. Era el palanquín de una mujer del distrito rojo.
La expresión de Ruan Dian cambió al instante, hizo un gesto con la mano a sus hombres y los sables desaparecieron de inmediato. Pasó de largo a Xie Yilu y avanzó con exquisita solicitud a recibirlo. La joven cortesana que escoltaba el palanquín, tomó un pañuelo y tapándose la boca le susurró algo con urgencia.
—¡Ay, ay, ay!— la gente común era experta en adivinar chismes, —¡Seguro viene por los árboles!
Efectivamente, la joven cortesana señaló con el dedo el bosque tras la plataforma elevada.
¿Acaso en Nanjing hasta las prostitutas poseen bosques? Xie Yilu, sorprendido: —¿Quién llegó?
Los plebeyos hicieron gestos de complicidad con las cejas y ojos: —¡La amante de Ruan Dian, una cortesana de Yangzhou del mercado de Perlas!
Al instante alguien replicó: —¡Una cosa que ni huevos tiene, todavía imita a los hombres visitando prostitutas, ¡que desperdicio de plata!
Xie Yilu frunció el ceño. Es cierto que los eunucos eran despreciables, pero ser insultados así seguía siendo excesivo. Por allá la joven cortesana levantaba la cortina del palanquín y para sorpresa de todos, el interior estaba vacío, su gesto claramente invitaba a Ruan Dian a subir y Ruan Dian realmente lo hizo. Los transportadores del palanquín gritaron un cántico, se giraron y partieron hacia la ciudad.
Xie Yilu, de naturaleza terca, lo siguió sin ceder. Ruan Dian corrió la ventanilla del palanquín para mirar atrás, soltó una risa fría y escupió con fuerza en el suelo.
El mercado de Perlas quedaba al noreste del puente Qiandao. No era un lugar de alto estatus, las que recibían a los cliente eran todas prostitutas clandestinas y los callejones serpenteaban en giros apretados, angostos y sofocantes. El palanquín se detuvo frente a un edificio de madera a medio renovar. Ruan Dian descendió y subió las escaleras lanzándole una mirada fulminante a Xie Yilu antes de girarse.
Xie Yilu permaneció incómodo y torpe bajo el edificio. No había mucha gente en la calle, pero los que iban y venían eran clientes de los burdeles. Una mirada casual revelaba sus indecorosas intenciones. De repente, se escuchó un llanto proveniente de una pequeña ventana en el piso de arriba, y entre sollozos, empezaron a arrojar cosas al suelo.
—¡Rompe, vamos sigue rompiendo, a ver si vuelvo a este lugar!— era la voz de Ruan Dian. Luego llegó el reproche menudo y quejumbroso de una mujer: —¿Acaso son más que unos cuantos árboles? ¿Ni siquiera tú puedes decidir sobre esto?
La ventana se cerró de golpe con un «pum» desde adentro. Xie Yilu de repente sintió que algo andaba mal, todo este asunto no tenía sentido. Liao Jixiang, de la Oficina de Manufactura de Tejidos, llevaba bastantes años en Nanjing, y los perales siempre habían estado ahí. No los taló en todos estos años, pero se le ocurre hacerlo justamente ahora. Si solo se trataba de extorsionar un poco de dinero, ¿le sería tan difícil a Ruan Dian salvar los árboles de su amante?
En las escaleras se escuchó un fuerte «dong, dong, dong» con el sonido de pasos apresurados bajando. Una túnica se agitó en la esquina del pasillo por la que Ruan Dian dobló. La mujer de arriba seguía llorando. Xie Yilu lo miró atónito, pero más que enojo sentía confusión.
Ruan Dian pareció entender lo que reflejaban sus ojos. Perdiendo por completo su anterior actitud feroz y descarada, apartó la mirada para no verlo. Al pasar por su lado, Xie Yilu lo agarró del brazo y preguntó: —¿Es absolutamente necesario talar los árboles?
Ruan Dian levantó la mano para soltarse. No respondió de inmediato, pero justo cuando estaba a punto de subir al palanquín, le contestó severamente: —¡No quedará ni uno solo!
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Qu Feng iba sentado en su mullido palanquín de cortinas azules, balanceándose lentamente por la calle del Ministerio de Hacienda. Abrió la ventana del palanquín y le preguntó al sirviente que lo acompañaba: —¿Qué pasa hoy? Hay alboroto por todas partes.
—He oído que la Oficina de Manufactura de Tejidos quiere talar perales enanos— el sirviente chasqueó la lengua. —La gente común se ha vuelto loca.
—¿Perales?—. Había bebido demasiado la noche anterior, así que Qu Feng cerró los ojos y se frotó las sienes. —Qué disparate.
—De todos modos, nuestra familia no tiene propiedades forestales—, el sirviente se regodeó de la desgracia ajena. —¡Que hagan su alboroto!
Qu Feng no dijo nada, este tipo de asuntos “menores” no le importaban en absoluto. Miró ociosamente fuera del palanquín. Toda la ciudad de Nanjing parecía estar a punto de estallar. Los transeúntes pasaban apresurados y en ambos lados de la calle flotaba una atmósfera de inquietud.
—¿Por qué están talando los árboles?
—No lo sé —respondió el sirviente. —Dicen que los perales enanos son demasiado fragantes y estorban a la Oficina de Manufactura de Tejidos.
¡Qué excusa de mierda! Qu Feng soltó una risa fría, sus ojos en forma de flor de melocotón vagaron indiferentes por la calle. Todo el camino estaba lleno de grupos apiñados dirigiéndose a las puertas de la ciudad, ocasionalmente uno o dos caminaban en dirección contraria, destacando como espinas a la vista. Justamente frente a su palanquín había uno, vestido con un tieli7 de seda crespón color verde guisante, cojeando, como si acabara de caerse.
Aquella vestimenta correspondía a un eunuco de rango inferior, fuera de la escala oficial de nueve grados. Movido puramente por compasión, entrecerró los ojos para observar. Aquel hombre tenía barro tanto en el gorro como en los bajos del pantalón, avanzaba un paso y se detenía otro, claramente había sido un fuerte golpe.
—Bajen el palanquín— golpeó el techo con el mango del abanico, —Detengan al de adelante, el que viste de verde.
El sirviente lo miró con profundo desdén: —Es sucio y vil, ¿para qué detenerlo?
—Ya estamos cerca del Ministerio de Guerra, iré caminando. Tú pregúntale a dónde se dirige y llévalo un tramo.
El sirviente no estaba contento, aquello era una humillación para él, un sirviente de un funcionario nombrado por la corte imperial: —Joven amo ¿Acaso no detestaba a esos sirvientes sin raíces?8
El rostro de Qu Feng se volvió frío: —¿Qué pasa? ¿Acaso no vas a obedecerme?
El sirviente murmuró un “no me atrevería” y corrió apresurado. Qu Feng descendió del palanquín con la cabeza en alto, caminando con pasos elegantes y contoneándose suavemente. Al pasar junto al pobre hombre, ni siquiera quiso detenerse, y solo lanzó una mirada altiva por encima del hombro. Pero esa mirada, lo dejó atónito.
Aquel hombre tenía el rostro alargado, ojos de fénix, un puente nasal muy alto y bajo el ojo derecho un lunar diminuto. Lo reconoció al instante, era el brazo derecho de Liao Jixiang, el Gaoli Jin Tang.
Jin Tang también lo reconoció. Aunque antes no habían tenido trato, se habían cruzado en círculos oficiales. Sosteniendo el faldón delantero de su túnica, giró medio cuerpo pareciendo dispuesto a subir al palanquín, pero al ver que era el de Qu Feng, vaciló.
Ambos se miraron fijamente, ojos grandes contra ojos pequeños. De haber sabido Qu Feng que era él, jamás habría ofrecido el palanquín con tanta benevolencia. Jin Tang también lo percibió, en el instante en que se vieron frente a frente, en los ojos de aquel hombre relampagueó un destello agudo de repugnancia.
Jin Tang fue el primero en saludar con una reverencia, Qu Feng le devolvió el saludo al instante. Ambos guardaron silencio. Tras un largo rato, Qu Feng apretó los dientes y entre la incomodidad, forzó una frase: —Disculpe mi falta de respeto.
En el rostro de Jin Tang no se leía emoción alguna y con calma explicó: —Salí a cumplir un asunto, pero fui embestido por los refugiados expulsados de la ciudad.
¿Qué clase de asunto requiere disfrazarse deliberadamente de un eunuco de bajo rango? Qu Feng no lo reveló y con un leve movimiento de ojos, señaló a regañadientes el palanquín: —Por favor, suba
Estaba en una situación difícil. Un impulso caprichoso para favorecer a un pequeño eunuco era una cosa, pero ceder el palanquín al secuaz de un poderoso eunuco era otra muy diferente. Si esto trascendía, jamás podría explicarse.
Jin Tang comprendió su posición. Sentía cierta gratitud por aquel gesto, pero el desprecio en los ojos de Qu Feng era genuino. No se sabía si secretamente también aborrecía a este hombre, o si actuaba por el escaso orgullo que le quedaba a un eunuco, pero apretó los labios y rechazó: —No es necesario, puedo caminar.
Qu Feng se sorprendió, pero al instante lo comprendió. Aquel desdén que creía oculto en su interior, Jin Tang lo había descubierto. —Suba —dijo. Dado que se leían con claridad, ya no hacía falta fingir cortesías. —No es una buena imagen verle cojeando.
Jin Tang le lanzó una mirada penetrante y luego bajó la cabeza. Su rostro denotaba cierta austeridad, con ese tipo de fragilidad incapaz de resistir los embates del mundo. De haber sido mujer, habría tenido un encanto conmovedor al contemplarla, pero siendo hombre resultaba excesivamente delicado.
Muy lentamente, sacudió la cabeza: —No, gracias.
Qué terco, pensó Qu Feng. Pero en su rostro solo mostró una sonrisa cálida: —Como guste, gonggong9, camine con cuidado.
Como un par de hojas sopladas por el viento, se separaron en direcciones opuestas. Qu Feng subió a su mullido palanquín, las cortinas descendieron, el palanquín se alzó, y los pasos comenzaron. La litera volvió a mecerse con suavidad trémula, rozando a Jin Tang al pasar mientras observaba cómo aquel hombre, arrastrando el pie, se alejaba cojeando. Qu Feng murmuró para sí: —¿A dónde habrá ido?
—Al templo Lingfu—, soltó el sirviente desde afuera, con total desinterés. —A un cojo tan llamativo ya lo he visto antes. Salió por el desvío que viene del templo Lingfu.
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El autor tiene algo que decir:
(4) Annan: es decir, Vietnam.
Personajes
⭑ Yishiha ⭑
⭑ Ruan Dian ⭑
阮钿 (Ruǎn Diàn)
阮 (Ruǎn): Apellido histórico, también se refiere a un instrumento musical (laúd阮).
钿 (Diàn): Ornamento de oro, joya incrustada.
Significado simbólico: “Joya ornamentada” o “laúd enjoyado”. Sugiere alguien que se adorna, que busca brillo superficial. Refleja su naturaleza vanidosa, cínica y su obsesión con el dinero y el estatus.