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Gangzi notó que Chi Cheng recientemente mostraba una preocupación inusual por su teléfono móvil, no solo lo llevaba consigo todo el tiempo, sino que además lo mantenía encendido las 24 horas. Cada vez que Gangzi le llamaba, éste contestaba inmediatamente, lo que le resultaba un poco incómodo.
En el noveno día del período de ignorarlo, Wu Suowei estaba inclinado sobre el escritorio, cuando el tono de llamada sonó sin previo aviso.
—¿Hola?
El otro extremo permaneció en silencio por un largo rato, pero por la respiración firme y enérgica, sin duda era el tal Chi.
—¿Qué pasa? —preguntó Wu Suowei.
Chi Cheng tardó un largo rato en hablar:
—¿Qué haces?
Wu Suowei pasó las páginas del libro y respondió solemnemente:
—Leer.
Chi Cheng no volvió a hablar, pero tampoco colgó, dejando la llamada en suspenso.
—¿Tú qué estás haciendo? —preguntó Wu Suowei.
Chi Cheng dijo:
—Masturbándome.
¡Mierda! Colgó rápidamente y arrojó el teléfono a la cama.
Después de un rato, Wu Suowei, sin saber en qué estaba pensando, de repente volvió a reír. ¿Masturbarse? Este comportamiento merecía ser analizado. Tenía novia, ¿cómo había llegado a tener que masturbarse? ¿Acaso tendría problemas en su relación?
Al pensar esto, Wu Suowei de pronto se llenó de energía, y su entusiasmo por leer volvió con fuerza.
Media hora después, el teléfono volvió a sonar.
—¿Qué libro estás leyendo? —preguntó Chi Cheng.
Wu Suowei respondió muy serio:
—«Ensayo sobre el Entendimiento Humano».
Entonces, esta vez Chi Cheng colgó el teléfono.
Diez minutos después, el teléfono sonó de nuevo.
Wu Suowei vio que era Chi Cheng otra vez y frunció el ceño, ¿Qué demonios? ¿No podía decir todo de una vez? Pero al contestar, la persona del otro lado volvió a guardar silencio y Wu Suowei se irritó.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Masturbándome.
Wu Suowei estaba indignado:
—¿Cuántas veces piensas jugar a esta mierda?
—Solo esta vez. Todavía no me vengo.
¡Mierda! ¿Acaso se está jactando ante mí?
—Cabeza de hierro — Chi Cheng dijo de repente.
Wu Suowei con el rostro sombrío no dijo nada.
—Dabao —llamó de nuevo.
Esta vez, Wu Suowei apretando los dientes respondió.
Como resultado, Chi Cheng volvió a callarse.
Wu Suowei conteniendo su último resto de paciencia, preguntó:
—¿De verdad tienes algo que decir o no?
—Sí.
—Si tienes algo que decir, ¡dilo rápido!
—Quiero follarte.
Tras decirlo, un gruñido ahogado surgió desde su pecho a través del teléfono, un sonido grave pero poderoso, con la fuerza penetrante de un tigre regresando a las montañas. Solo con escucharlo, podía imaginarse cómo su miembro viril debía estar, tan vigoroso como un dragón y un tigre, cómo sus cejas, fruncidas como si estuviera sufriendo una tortura, se relajaban sensualmente antes de exhalar lentamente el aliento por las comisuras de sus labios…
Wu Suowei estrelló el teléfono contra el escritorio y rugió al cielo.
—¡¡Ahhh!!—
Cualquier hombre, al ser provocado así por otro hombre, se enfurecería hasta que le sangraran todos los órganos internos. Aunque Wu Suowei tuviera sus propias malas intenciones hacia Chi Cheng, seguía siendo un hombre recto, y escuchar de pronto un “quiero follarte” no era algo fácil de digerir.
—La Biblia, rápido, tráeme la Biblia…
Wu Suowei murmuró para sí mismo, abriendo la Biblia como si buscara la salvación, juntó las palmas de sus manos y dijo:
—¡Señor, ayúdame a acabar con este bastardo!—
[====✧×✧====]
Al día siguiente, Chi Cheng llegó a la clínica como si nada hubiera pasado. Con su uniforme puesto, imponente y majestuoso, pasos firmes y sin expresión. Desde la entrada de la clínica hasta la sala interior, todos los presentes —de pie o sentados, jóvenes o ancianos, hombres, mujeres… o cualquiera que respirara— sintieron un escalofrío en el corazón y tensaron sus nervios involuntariamente.
Wu Suowei alzó los párpados y vio un rostro frío de apariencia honorable.
Como si la llamada de ayer no la hubiera hecho él, y esas dos palabras no las hubiera dicho.
—Busquemos un lugar para hablar —dijo Chi Cheng.
Wu Suowei continuó leyendo con la cabeza baja:
—No tengo tiempo.
—El coche patrulla está estacionado frente a la clínica con la sirena sonando. Tú verás qué haces.
¡Bang! Cerró la puerta de golpe.
Wu Suowei masticó hasta pulverizar la colilla del cigarrillo que tenía en la boca, la escupió con rabia, pero aun así se levantó.