Fue cuando la esposa de un campesino irrumpió en el banquete y lo arruinó. Johnny Erhardt la violó y ordenó a los sirvientes que la enterraran viva. La gente empezó a moverse con lentitud. Sus rostros reflejaban tristeza, ¿y cómo no iban a hacerlo? Todos sabían que la mujer, tras ser violada por Johnny, regresó llorando al pueblo, donde su marido la golpeó y la desterró de la casa. Lo único que le pidió a Johnny fue la escasa cantidad de monedas que le había prometido o un poco de pan. Johnny podía darle lo que quería y mandarla lejos. Todos lo sabían. Absolutamente todos.
“Mi Lord”.
Jean era el único que podía hablar, ya que era el catamita de la duquesa. Por mucho que Johnny causara estragos por su descontento, era la duquesa quien tenía el control sobre la vida de Jean, y este sabía, gracias a sus años de experiencia, cómo apaciguar y calmar a su señora. Esa era la única razón por la que había alzado la voz. Porque era el único que podía hacerlo sin arriesgar la vida. Lo único que Jean tenía que soportar eran unos cuantos azotes y las mejillas hinchadas, y la pobre mujer podría regresar sana y salva, con vida.
“La cosecha de los plebeyos es vuestro pan, y sus manos y pies son vuestra morada. Otorgadles la luz de vuestra gracia, mi Lord”.
Las palabras fueron suaves, nada del otro mundo. Sin embargo, Johnny se enfadó, ya que aquel día en concreto estaba de mal humor. Un simple catamita que calentaba la cama de su madre se atrevió a llevarle la contraria. Un mero catamita se atrevió a hablar de impuestos. Es más, un simple catamita se atrevió a darle consejos en presencia de otros aristócratas. Todo era un problema. Ese día echaron a Jean del castillo, con ambas mejillas abofeteadas e hinchadas. Era invierno, y todos los ríos y lagos estaban helados. Tenía las mejillas ardientes por las bofetadas. Rápidamente se enfriaron y también empezaron a helarse.
Mis mejillas se tornarán azules de nuevo muy pronto, pensó el entonces joven de dieciocho años Jean, retorciendo los dedos de sus pies, permaneciendo tan inmóvil como un árbol. Incluso si la Duquesca de Erhardt se enterara de esto, Jean no sería capaz de evitar el castigo. Aun así, su vida sería perdonada. Jean echó la cabeza hacia atrás y miró hacia arriba. Vio el gris cielo invernal. Las aves volaban por encima, ocupándose en la tarea de partir el cielo a la mitad y volverlo a unir. Eran aves estacionales, mudándose hacia el cálido sur alrededor de esta época del año.
Jean observó a la bandada de aves reunirse en una «cabalgata»1 a medida que abrían sus alas en camino hacia adelante. Era la cabalgata que iba hacia el sur en el invierno y volaba de regreso al norte cuando el otoño llegaba. Envidaba su seguridad y su rutina. Tenía dieciocho años y, antes de darse cuenta, se encontró con que ya era un poco mayor para vivir como un catamita. Estaba creciendo en altura y sus hombros se ensanchaban. El vello púbico abundante y el miembro completamente desarrollado no eran rasgos propios de un catamita.
¿Qué pasaría el año que venía? Jean suspiró. No sabía cómo iba a vivir una vez que lo liberaran de la casa del duque. Le alegraba no tener que volver a meterse en la cama de la duquesa. Sin embargo, ya no podría colarse en el estudio para robar el conocimiento que ofrecían sus libros, y eso le entristecía mucho. Él recordó los libros de historias y filosofías «protegidos con seda»2. Libros como Machiavelli’s The Prince3 era uno de ellos.
Jean recordó la academia a la que había asistido junto al heredero del duque. Aún conservaba el recuerdo de la sorpresa que sintió al ver aquella biblioteca redonda y colosal. Johnny solía estar absorto en una partida de ajedrez. Jean aprovechaba ese momento para leer libros en la biblioteca. La luz del sol que se colaba por las ventanas era cálida, y el título de aquel libro que nunca había visto antes resultaba mágico.『Igualdad』. Era una palabra con la que Jean jamás se había topado en la casa del duque.
“Si sois un súbdito del Imperio Joachim…”
Alguien habló con Jean en la biblioteca. Se quedó tan sorprendido ante la posibilidad de que alguien hubiera descubierto que era un catamita. La conmoción había grabado aquel recuerdo de forma muy vívida en la mente de Jean. Repasaba el recuerdo mientras se frotaba las manos para entrar en calor. Sin embargo, no conseguía recordar el rostro de quien había hablado. Jean rebuscó en su memoria, pero lo único que conseguía recordar era el tono bastante frío de la voz.
“… ese libro se halla proscrito.”
Y ahí terminó todo. Proscrito, sí, pero ¿qué problema podría causarle a un simple catamita leerlo? Así que Jean terminó el libro. Cuando recobró la consciencia, ya casi era la hora de la cena. La biblioteca estaba a punto de cerrar. Jean se apresuró a salir. Johnny, por supuesto, lo golpeó ese día hasta que se le reventaron las venas de las mejillas. Fue el castigo por haberse escapado. En ese momento, el título del libro le vino a la mente a Jean.
Así que esta es la razón por la que el libro está proscrito, recordó Jean haber pensado.
“Oh”.
Jean estaba absorto en sus propios recuerdos. Algo frío se posó en su mejilla, devolviéndole al aquí y ahora. Era nieve. Jean inspiró lentamente. El aire frío parecía helarle el interior de las fosas nasales. Tenía la sensación de que al día siguiente se pondría enfermo. Sufriría de congelación. Le vendría bien pedir aceite de cerdo de camino a casa. Por supuesto, si Johnny se lo prohibía, no sería posible.
En la tienda se almacenaban todo tipo de aceites y ungüentos, incluyendo aceite de cerdo. Johnny no los necesitaba. Lo único que hacía era usarlos para jugar con fuego cuando se aburría. Sin embargo, era codicioso y rara vez compartía. Y no era solo Johnny. Todos los nobles actuaban así. No trabajaban, ni siquiera una hora. Sin embargo, toda la fruta que ofrecía les pertenecía. Todo el trigo, el vino, las telas y el aceite eran suyos, y no los compartían fácilmente con los demás. No, para ser precisos, no compartían nada de ello con los de menor cuna, bueno, no tenían razón para compartir.
“¡Fritz!”
¿Por qué iban a compartir algo con aquellos a quienes consideraban inferiores?
Fritz. Así lo llamaban en la casa del duque. Jean se giró para mirar. El mozo de cuadra que cuidaba los carruajes lo estaba llamando. El hombre sostenía algo cortésmente en sus manos. Jean vio que el objeto se movía. Se dio cuenta de que era una prenda.
Jean parpadeó y se acercó. El jinete llevaba lo que parecía ser un abrigo extravagante. No estaba decorado con gran ostentación, pero una sola mirada bastó para que Jean supiera lo caro que era. No había muchos hombres con la riqueza suficiente como para gastar tanto cuero en un abrigo.
“Un presente para ti”.
Los brazos del jinete temblaron levemente mientras le entregaba el abrigo a Jean. Jean intentó tomarlo. Sin embargo, su cuerpo entero, incluyendo sus manos, estaba congelado por el frío. El jinete colocó la prenda alrededor de Jean por él. El abrigo tenía un poco de nieve encima, y olía a menta helada.
“L-llevad esto de regreso al castillo. Hace frío”.
Y el hombre le presentó a Jean una servilleta enrollada y atada en forma de bola. ¿Una servilleta? Los ojos de Jean se agrandaron. Cuando él no la tomó, el jinete tomó la mano de Jean y puso el objeto en ella por sí mismo.
“Jamás debéis perder esto. Entrad. Rápido”.
Aquel hombre nunca se había portado bien con Jean. Sin embargo, hoy su tono parecía más suave. Había en él un matiz inexplicable de inquietud. Jean no se movió.
“¡He dicho que entréis!”
El hombre instó a Jean. Jean echó un vistazo a su alrededor. Fue entonces cuando divisó la parte trasera de un carruaje junto al muro de la residencia.
“…Lord Johnny no lo permitiría, señor”.
Jean respondió, desplazando lentamente la mirada. Podía ver la fina pero nítida capa de nieve que cubría el carruaje. Alguien lo había estado observando desde allí sin moverse.
“Sois lento, muchacho. Eso—esto, ya ha sido solucionado. ¡Así que dejad de holgazanear y entrad!”
Ya está resuelto. Jean había escuchado esas palabras en diversas ocasiones.
Cuando el dueño de la taberna lo vendió al traficante de esclavos, cuando fue vendido a la Casa de Erhardt, cuando fue empujado a la cámara de un noble de quien no conocía ni el nombre ni el rostro, vistiendo únicamente una bata de dormir. La frase usualmente significaba que él había sido vendido a otro.
¿Se trata de una nueva ama?, Jean dejó que el jinete lo empujara mientras robaba miradas hacia el carruaje estacionado. Por encima del carruaje, la nieve revoloteaba cayendo desde el cielo. El jinete lo empujó de nuevo. Jean finalmente entró al castillo mientras vislumbraba la pared.
Un nuevo dueño en cuatro años, pensó Jean con frialdad. Cuánto valdría él, se preguntó Jean. Él era, después de todo, demasiado viejo para ser un catamita. Sentía más curiosidad por estas cosas que por la identidad de su nueva ama.
¿Habían cambiado las circunstancias tal y como él había previsto? Vaya, incluso el ambiente en la casa del duque había cambiado desde que lo desterraron. Jean trasladó sus posesiones desde el sótano en el que había estado residiendo durante mucho tiempo hacia la cámara de invitados. Le habían preparado un baño caliente. Era una hospitalidad generosa. Pero, al pensar que se debía al pago de su nuevo amo, no le pareció un trato tan extravagante. Incluso había rodajas de limón flotando en el agua.
Ella debía tener riquezas para derrochar. Jean esbozó una sonrisa, tomando una rodaja de limón. Cuando el agua tibia tocó su cuerpo, que había estado demasiado tiempo al frío, sintió un cosquilleo en la piel. Un dolor punzante recorrió las mejillas de Jean, que se estaban descongelando. Lentamente, sumergió su cuerpo en la bañera. El agua fluyó sobre él. Sus ojos se cerraron solos. Dejó que su cuerpo se sumergiera bajo el agua un rato.
Cuando Jean terminó con su baño, el crepúsculo ya había oscurecido el cielo. La luna estaba llena, y proyectaba su luz en la cámara de invitados. Era suficiente claridad para ahuyentar la oscuridad de la ausencia de una lámpara. Jean arrastró sus pies hacia el lecho. Su cuerpo se sentía como un trapo húmedo. Estaba cansado. Verdaderamente, aquello era todo lo que podía sentir. Jean se desplomó sobre el lecho. Gimió, pues algo estaba presionando su estómago.
“¿Qué es esto?…”
Jean se movió para echar un vistazo. Era el objeto que le habían entregado antes, una servilleta atada en forma de bola redonda. Jean frunció el ceño y la apartó a un lado. Antes había estado demasiado distraído para darse cuenta de lo que era. Estaba ocupado observando el carruaje. Jean echó un vistazo a la servilleta. La luz de la luna adoptaba la forma de la ventana y proyectaba un resplandor a su alrededor.
Algo para el nuevo catamita. ¿Existía tal costumbre? Jean se recostó de lado y miró fijamente la servilleta. El nudo superior estaba hecho torpemente. Parecía que la nueva amante estaba absorta en sus propias fantasías románticas y debió haberlo atado ella misma. Jean jugueteó con el borde. Tiró de él varias veces. El nudo superior se deshizo fácilmente. Y el siguiente nudo se deshizo solo, siguiendo al primero con fluidez. La escena le pareció extrañamente lenta a los ojos de Jean.
Había luz que provenía del interior. Y era sorprendentemente brillante.
Jean parpadeó. Se apoyó en los brazos. Muy despacio y con mucho cuidado, Jean se puso de pie. No podía ver bien, pues había estado recostado de lado. Ahora, podía ver. Jean volvió a parpadear.
Perlas, como semillas de una granada en estallido. Lo que salió de la servilleta eran, sin duda, perlas. Eran un puñado de joyas, centelleantes y resplandecientes bajo la luz de la luna.
¿Por qué?
Ese fue el primer pensamiento de Jean. Entonces, sintió miedo. ¿Y si era una trampa? Jean temía que lo confundieran con un ladrón. Le temblaban ligeramente las manos. Si eso era lo que iba a suceder, entonces el trato señorial parecía tener sentido. Que lo eximieran de unirse a la duquesa en su cama esa noche le parecía el último resquicio de gracia en la vida antes de que esta se sumiera en una miseria perpetua.
Él tocó las perlas con sus manos temblorosas. Los orbes redondos rodaron sobre el lecho, dispersándose alrededor. El movimiento fue tan tierno, tan natural. Y allí donde las joyas habían estado, algo negro era visible. Parecía ser… una caligrafía. Jean apartó cuidadosamente las perlas un poco más. Él pudo ver las letras.
Comenzaba con estas palabras.
Tenéis la semblanza de un tigre que acuna una perla entre sus fauces.
Y terminaba con estas.
Afiladlo y pulidlo.
La caligrafía era elegante. Las palabras parecían haber sido escritas sin titubeos. La servilleta no portaba una sola mancha de tinta de las que quedaban cuando la punta de la pluma se detenía por demasiado tiempo. La caligrafía era tan sofisticada que parecía un fino bordado. A Jean se le cortó la respiración. Jean volvió a leer el mensaje, una y otra vez, como si estuviera soñando o, tal vez, meditando sobre aquellas palabras. Más tarde, llegó a pensar que alguien le estaba gastando bromas de mal gusto y maliciosas.
*
Hacía tiempo que Jean no soñaba con aquel día. Jean Erhardt se levantó de la cama y estiró el cuello. El Jean de entonces contenía la respiración y no se movía ni un ápice. Se limitaba a contemplar las perlas. Y, como si el Jean de ahora lo estuviera imitando, sintió el cuerpo entumecido. Ya habían pasado diez años. Jean contó los años mientras abría la ventana. Necesitó todos los dedos de ambas manos para sumarlos.
“Enviad a un hombre al Palacio Real, por favor. Bastaría con enviar a un sastre astuto, pues se le encomendará la tarea de registrar las medidas del Príncipe Heredero”.
Jean tardó un rato en sacudirse el sueño, y solo entonces mandó llamar a alguien. A diferencia de su cuerpo entumecido, su mente estaba más lúcida que cuando se había ido a dormir. La dignidad que Maximillian había pisoteado parecía haberse recuperado a la luz de la luna. Jean garabateó todo lo que el príncipe heredero le había pedido y se lo entregó a un sirviente.
Un justacorps confeccionado con tela de rosa pálida, bordados de flores doradas y botones de ópalo. La prenda no le costó nada a Jean. Jean incluso tomó esto como una oportunidad y le dijo a su sirviente que hiciera el bordado muy fino, muy sofisticado, cubriendo la totalidad de la tela. ¿Acaso la realeza no buscaba dignidad a partir de estos asuntos triviales? Maximillian Joachim, el mismísimo Príncipe Heredero, presentó esta oportunidad a Jean.
Y Jean conspiró para vestir al hombre con la prenda de vestir más fastuosa y extravagante disponible para los varones, pues aquello, a su vez, haría que Jean brillara.
“Lord Jean”.
El problema surgió dos horas más tarde. Jean estaba a punto de almorzar cuando alguien le llamó. Era el sirviente al que había encargado que enviara a un sastre al Palacio Real. El sirviente estaba de pie, con las manos juntas.
“¿De qué se trata?”, preguntó Jean.
El sirviente se inclinó aún más bajo mientras le comunicaba el problema.
“Vuestra Gracia, el Príncipe Heredero, ha desterrado al sastre del palacio.”
Jean notó al mirar más de cerca que el sirviente estaba jadeando. Este continuó hablando, con su voz temblando levemente.
“Vuestra Gracia advirtió que… si el sastre osaba ponerle un dedo encima a su persona, él le cortaría la muñeca al sastre.”
El tono de miedo era evidente en su voz. Ah. Jean dejó entrever por un instante su exasperación.
El desvarío del loco está brotando de nuevo. Ese fue el pensamiento sincero de Jean. Ese fue su único pensamiento.
“Iré yo mismo. Por favor, traed al sastre aquí. ¿Robert?”
Jean cogió el sombrero en lugar del tenedor. Su mayordomo no tardó en adivinar lo que pensaba. El hombre le trajo a Jean la levita al instante.
“¿Debería preparar el carruaje, mi Lord?”, preguntó el mayordomo, Robert. Jean sacudió la cabeza.
“Cabalgaré yo mismo”.
El palacio no estaba lejos, y Jean no vio la necesidad de coger un carruaje. Montó en su caballo.
¿Qué habrá impulsado a ese hombre a manifestarse con tal demencia el día de hoy?, pensó Jean para sí mismo, tirando de las riendas. El caballo avanzó sin demora.
*
“Ah, ya habéis llegado”.
Jean tuvo que saltarse la comida y correr al Palacio Real. Sin embargo, él mismo parecía tan despreocupado e imperturbable como siempre. El príncipe se mostraba con su actitud habitual, ropa desaliñada, pelo revuelto y ojos somnolientos. Y, como de costumbre, el lugar bañado por la luz del sol estaba cedido al caballete, mientras que él se reservaba solo el calor que sobraba. Había un sirviente junto al príncipe, y Jean no sabía muy bien si era una suerte o una desgracia que hubiera alguien con ellos. Suspiró.
“…Se me informó que encontrasteis a mi sastre insatisfactorio, Su Gracia..”
“Oh, mi Dios. ¿Acaso dije yo eso?”
Él fingió inocencia. Jean no tuvo más remedio que inclinarse.
“¿Ha causado algo vuestro malestar, Vuestra Gracia?”
“Acercaos, entonces hablaremos”.
Su habilidad para ignorar a la gente era sin duda refinada. Jean se acercó a Maximillian. Intentó no hacerlo, pero Jean no pudo evitar recordar lo sucedido el día anterior. Jean se estremecía constantemente. No volvería a tocarse, ¿verdad? Jean se mantuvo alerta mientras permanecía junto a Maximillian. Entonces, Maximillian extendió la mano. Le agarró la mandíbula.
¿Otra vez?, Jean maldijo para sus adentros mientras bajaba el cuerpo sin quejarse.
“¿Acaso tuvisteis un buen sueño?”
Maximillian preguntó, acercando el rostro de Jean al suyo. Jean se sobresaltó, parpadeando. Le echó un vistazo al sirviente que estaba junto a la puerta. No actuaría como ayer, no con alguien observándolo, ¿verdad?, se preguntó Jean. Le dolía la cabeza solo de pensar en cómo tendría que lidiar con los rumores. Se obligó a devolverle la mirada. Sus ojos se encontraron pronto. Maximillian sonrió con sorna.
“Vuestro rostro está radiante”.
“Ah…”
“O, acaso, encontrasteis la miel que os suministré ayer bastante de vuestro agrado”.
Jean cerró la boca de golpe. Maximillian susurró como si las palabras fueran solo para los oídos de Jean. Sin embargo, Jean ahora sabía que el príncipe era perfectamente capaz de expresar sus pensamientos en voz alta. Y antes de que el príncipe lo hiciera, Jean se adelantó, susurrando con la misma suavidad.
“Hay… ojos vigilando, Vuestra Gracia”.
“Oh, cielos”.
Maximillian chasqueó la lengua, como si estuvieran hablando de otra persona y no de ellos mismos. Jean estuvo a punto de morderse el labio. Maximillian, al ver esa expresión, preguntó de inmediato. Echó un rápido vistazo al criado que estaba de pie en un rincón, a lo lejos.
“¿Qué habré de hacer al respecto? ¿Acaso debería arrancarle los globos oculares?”.
Esta vez, Jean no pudo evitar morderse el labio. Jean apartó la mirada. Y Maximillian le acarició la mejilla. El príncipe volvió a preguntarle, bajando la voz y adoptando un tono más íntimo.
“¿Pretendíais vos que yo lo asesinara?”.
Su tono era tan sereno que a Jean se le erizaron los pelos y miró al príncipe. Se dejó de morderse el labio y respondió.
“…No, Vuestra Gracia”.
Sus miradas se cruzaron de nuevo. Las pupilas de Maximillian eran líneas delgadas, semejantes a las de una serpiente. Él sonrió, con sus ojos formando arcos.
“Así es. Mirad fijamente a mis ojos”. Maximillian susurró.
Jean no evitó la mirada, pero fue Maximillian quien apartó la vista esta vez.
“Déjadnos”, le dijo al sirviente. Se notaba claramente la satisfacción en su voz.
En cuanto la puerta de la habitación se cerró con un golpe sordo, el príncipe soltó la cara de Jean. Jean notaba la mandíbula entumecida. Maximillian guardó silencio durante unos instantes. Jean se enderezó.
“El sastre—,” Jean empezó.
“La cinta métrica se halla sobre el lecho. Le he ordenado a ese hombre previamente que dejara sus herramientas atrás”.
Maximillian no le otorgó a Jean el tiempo para concluir su frase. Gestualizó hacia el lecho con su mentón. Acto seguido, el príncipe se levantó. Extendió sus brazos hacia los costados. Jean quedó desconcertado momentáneamente. Fracasó en moverse de inmediato, lo cual causó que los ojos del príncipe se entrecerraran.
“Considero que no soy del todo diestro para tal labor—”
“Incluso un simplón posee el ingenio para tomar medidas, Lord Jean Erhardt”.
Dijo Maximillian, manteniendo los brazos extendidos. Jean se dio la vuelta y se acercó a la cama, mordiéndose el labio. Efectivamente, allí estaban las herramientas que había dejado el sastre. Jean cogió la cinta métrica y volvió junto a Maximillian. El príncipe tenía una expresión descarada, de total indiferencia. Jean se tragó un suspiro y comenzó a tomar las medidas del brazo izquierdo del príncipe. Maximillian no dijo nada más.
“Dadme un momento, Vuestra Gracia”.
Fue cuando Jean estaba midiendo los hombros del príncipe. Jean tiró con cuidado del hombre. Los números de la cinta métrica estaban desgastados y descoloridos. La habitación también estaba en penumbra. Además, se encontraban en un lugar sombreado. A Jean le costaba ver los números. Tiró del príncipe hacia el caballete. Maximillian arqueó las cejas, pero no dijo nada mientras seguía el tirón de Jean. La luz del sol incidía sobre la nuca del príncipe. El cuello era delgado, frágil.
Se rompería con un simple giro, pensó Jean, chasqueando la lengua para sus adentros.
Lamentó que el hombre no ejercitara su cuerpo, un deber propio del príncipe heredero. Jean recordó los relatos que decían que el príncipe era un hombre indigno de cautela. Y así parecía, pensó Jean. El cuello era tan delgado y pálido que carecía de vitalidad. Más bien, lo que destacaba era la sombra de la familia real que se acercaba a su fin.
“¿Jean?”
A simple vista, parecía que el príncipe heredero acunaba el reino en decadencia de Joachim en ese frágil recipiente suyo.
“Sí, mi señor príncipe”, respondió Jean con un instante de retraso. Una semilla de súbita e inmerecida compasión se hallaba al borde de echar raíces en Jean.
“Vuestra mano se ha detenido. ¿Acaso vuestra mente se halla ocupada?”
“…Perdonadme, Vuestra Gracia, pero os pido un momento”.
¿Fue la confusión en el tono de Jean? Maximillian soltó una risa despreocupada. Parecía que tosía. Jean recobró la compostura. Midió la espalda, los hombros y los brazos del hombre. Luego, la cintura.
Jean se detuvo un instante. Después, rodeó al hombre con los brazos como si lo estuviera abrazando. Jean se esforzó por evitar el contacto físico con el príncipe. Pero al tirar de la cinta métrica, Maximillian se dejó llevar, retrocediendo ligeramente. En ese momento, Jean pareció atraer al príncipe hacía un abrazo. Debió de ser el perfume del príncipe, pues pronto, un aroma fresco le llegó a la nariz. Era menta.
Y debió de ser el conocimiento de ese aroma lo que provocó que su corazón se agitara de una manera extraña, como la superficie de un lago tras arrojar una piedra. Fue una sensación peculiar. Antes de darse cuenta, Jean solo pudo morderse el labio. Fue entonces cuando sucedió.
“Lord Jean”. Maximillian lo llamó y murmuró algo: “acompañadme a almorzar.”
No era una oferta. Era una orden. Jean repitió mentalmente las cifras que acababa de ver en la cinta métrica. Estaba a punto de anotarlas en un papel cuando Maximillian se giró para mirarlo. Jean solo pudo parpadear en ese instante.
Los rayos del sol se curvaron al entrar por la ventana. Y al hacerlo, brillaron como partículas de diamante flotando en el éter. Bajo el resplandor, los mechones carmesí se oscurecieron y se iluminaron alternativamente. Las pestañas luchaban contra la luz del sol, velando los ojos. La nariz dibujaba una suave línea.
Tonos rosados adornaban las mejillas, coloreados por el frío que había penetrado y se había instalado en la habitación. Parecía un lienzo pintado por la mismísima mano del Creador. Y una leve sonrisa se dibujó en aquel rostro bendecido por el sol.
“Ordenad al sirviente que disponga la mesa aquí”.
Era tan hermoso que resultaba repulsivo.
*
Su belleza fue forjada con la sangre y el sudor de personas de nacimientos inferiores—Jean se lo recordó a sí mismo en tono severo. Frente a él, Maximillian estaba cortando carne. Sus manos se movían con elegancia, y su pequeña boca se articulaba con la mayor gracia posible. Allí donde tocaba el cuchillo, la esencia de la carne brotaba como si fuera sangre. Jean sintió repulsión. Se humedeció los labios con el champán de su copa.
“Jean”.
Jean no podía cenar en un ambiente así.
Comeré cuando llegue a casa, pensó Jean para sus adentros. Maximillian miró a Jean. El príncipe comenzó a hablar, limpiándose los labios con una servilleta.
“Lo estáis haciendo de nuevo”.
Chasqueó la lengua. Tenía la mirada fija en el plato de Jean. Jean bajó la vista sin pensarlo mucho. No había tocado la comida. Seguía intacta en su plato. Jean volvió a levantar la vista. Maximillian fruncía el ceño. Sus miradas se cruzaron. El príncipe dejó el tenedor y el cuchillo sobre la mesa. A continuación, entrelazó los dedos y apoyó la barbilla sobre ellos.
“He de decir que es todo un talento. No muchos varones poseen el don de mostrar su desagrado tan bien como vos lo hacéis… Efectivamente, es un don”, dijo el príncipe.
Jean reaccionó rápidamente ante esas palabras. Se estremeció. Maximillian ladeó la cabeza y chasqueó la lengua. Jean parpadeó varias veces.
“Es un malentendido, Vuestra Gracia”, respondió él. Maximillian se mofó.
“Os pedí que cenarais conmigo, mas no lo hacéis. Os pedí una prenda, y simplemente enviasteis a un sastre. ¿Desearíais que continúe? Os pedí que subierais al lecho, y ni siquiera lo hicisteis—”
“Vuestra Gracia”.
Jean tenía que detenerlo. Intervino rápidamente ante el arrebato del hombre. Era un almuerzo modesto para un príncipe heredero, pero aún había sirvientes por allí.
“…Bromeáis demasiado, Su Gracia”.
“¿Bromear?”.
“¿Cómo podría haber desagrado en serviros, mi señor príncipe? Yo simplemente—”
“¿Simplemente?”
“—tengo poco apetito el día de hoy. Eso es todo”.
Jean interrumpió rápidamente su respuesta. Lo que había dicho era cierto. Ese breve sentimiento de asombro que había sentido antes, al mirar fijamente a Maximillian. Esa sensación fugaz seguía atormentándole.
Maximillian ladeó la cabeza con aire interrogativo y preguntó con malicia.
“¿Acaso teníais también una virilidad exigua, entonces?”.
Jean no supo qué responder al comentario. Maximillian lo miró fijamente con la mirada inmóvil. Jean sonrió con incomodidad. Sintió como si volviera a percibir el amargo aroma de la semilla. Jean tomó el champán. El aroma lo reconfortó.
Maximillian continuó clavando su mirada en él. Jean fingió no darse cuenta de lo que sucedía. Se obligó a comer. Sentía como si estuviera masticando un trozo de cuero seco. Tras tragar un bocado, Jean se limpió la boca con calma con la servilleta.
“Escuchar una broma ha convocado mi apetito de regreso, Vuestra Gracia”.
Cuando Jean dejó la tela, Maximillian recorría sus propios labios con el dedo índice. Jean permaneció imperturbable. Masticó su segundo trozo de carne. Aún sentía como si masticara cuero. Maximillian sonrió con suficiencia frente a Jean.
“Es un asunto triste. Mi catamita nunca se ganará la vida como actor”.
El príncipe murmuró su evaluación antes de continuar.
“No obstante, dejad de eludirme. Os tengo bastante afecto. De hecho, tanto afecto que cuanto más me rehuís, más deseo perseguiros”.
Aquello fue lo último que la voz del príncipe dejó escuchar a Jean en el almuerzo, pues el Príncipe Heredero del imperio se retiró a su cámara sin una palabra, tras mantener su lugar en la mesa con una expresión de tedio.
Tal vez resulte conveniente, colocar el asteriscos para hacer la transición de la escena en esta parte.
“He escuchado los rumores, señor. ¿Acaso habéis acudido de verdad a la sastrería más estimada de la capital para encargar un justacorps forjado con los materiales más finos disponibles, haciendo incluso que bordan la prenda entera?”.
Cornell le preguntó a Jean cuando este visitó el bar aquella noche. Jean se quitó el abrigo con un suspiro. Jean era consciente de que no era aconsejable relacionarse con frecuencia con sus compañeros. Sin embargo, hoy su corazón y su alma estaban demasiado agitados. Jean tomó asiento. Como siempre, en el bar solo había miembros de su causa. Jean podía sentir las miradas fijas en él.
“En menos de tres días lo requerís, y todos los sastres eminentes de la ciudad se han congregado para emprender la tarea, o al menos eso dicen los rumores”.
Cornell le entregó a Jean una pinta de cerveza. Jean asintió con la cabeza y Cornell se apoyó en la barra. Cornell susurró discretamente, pero lo suficiente para que la audiencia lo escuchara.
“El brebaje que os di debe haber sido efectivo”.
Jean no necesitaba decir que aún no había podido usarlo, pues las palabras de Cornell bastaron para que todo el pub estallara en carcajadas. Se oyeron todo tipo de burlas e insultos, desde ¿A qué sabe la carne real? hasta La yegua de la corona en celo. Incluso empezaron a cantar una melodía que solo tenía las palabras ‘Maximillian, la ramera de Joachim’. Jean se rió. Pero eso no lo hizo sentir mejor.
“Si los hombres de aquí ya lo saben, entonces, con certeza, el Gran Duque Robert debe de saberlo también”.
Jean intentó cambiar de tema. Cornell asintió.
“Sí, y se me informó que el Gran Duque ha emitido una orden para realizar una investigación sobre el heredero del Duque de Erhardt. Tal vez recibáis un mensaje para cuando el justacorps encuentre a su dueño”.
“Podremos vernos entonces en el banquete del Marqués de Rubin”.
“Sí, es lo más probable”.
Todo iba según lo planeado. Hubo algunos contratiempos, pero el cebo había sido bien lanzado.
Quizás valía la pena recibir la polla de un hombre en la boca por primera vez en la vida, pensó Jean.
En ese momento, recordó el rostro de Maximillian, con la ceja del príncipe ligeramente fruncida. Jean se bebió la cerveza de un trago.
“¿Acaso hay algo que os perturbe?”. Cornell preguntó mientras limpiaba la superficie de la barra.
Jean negó con la cabeza. Jean tampoco sabía cómo definir esa sensación de flotar y hundirse. Tampoco tenía palabras para explicárselo a los demás. Sobre todo tratándose de un sentimiento tan trivial, de un color tan turbio, que era más bien un extraño murmullo del corazón.
“¡Hey, Jean!”
Fue entonces cuando alguien arrastró una silla hasta junto a él y se sentó. A Jean no le sonaba esa voz. Además, el hombre llevaba un sombrero. Jean entrecerró los ojos.
“¿Quién es este?”, preguntó Jean, tomando lentamente su bastón a su lado.
Dirigió su pregunta no al extraño, sino a Cornell. Jean era bien consciente de que Cornell no dejaba entrar a extraños a la taberna a esta hora de la noche. Aun así, la vigilancia constante contra hombres desconocidos era una segunda naturaleza para aquellos que soñaban con una revolución.
“Whoa, whoa. Calmaos. Soy yo”.
La desconocida hizo un gesto con las manos, se quitó el sombrero y dejó al descubierto un pelo corto y castaño. Era una mujer con unas cejas inusualmente marcadas. Su rostro claro estaba salpicado de pecas, que partían de la nariz. Jean frunció el ceño y murmuró algo:
“¿Chantelle Francis?”
La desconocida aplaudió. Era un gesto de afirmación. Jean suspiró.
“¿Acaso Nathan os trajo aquí?”
“¿Traerme? ¿Acaso él osaría? Simplemente regresé a la ciudad, pues he concluido mis estudios. Y tan pronto como bajé del carruaje, escuché el rumor del pueblo acerca de Lord Jean Erhardt. Cornell, una pinta de cerveza para mí también, por favor”.
Nathan Wickham y Chantelle Francis. Eran inseparables, pero ella seguía fingiendo negación. Jean miró fijamente a Chantelle, que inclinaba su pinta de cerveza. Chantelle era la segunda hija mayor del conde de Francis— siendo hija de una amante. Había pertenecido a la hermandad desde su época en la academia. Siempre la habían ignorado en los salones, incapaz de integrarse con facilidad en el ambiente social.
Esta circunstancia la llevó a fascinarse y a dominar el arte de la esgrima. Ella y Wickham, un caballero, formaban una buena pareja.
“Así que, Lord Jean Erhardt, la caja de caudales del descarriado Príncipe Heredero… ¿Cómo se encuentra el príncipe? ¿Acaso es tan vil como se rumorea?”.
Chantelle preguntó con entusiasmo mientras se bebía su cerveza. Jean se limitó a soltar una risita y respondió lacónicamente: Nay4.
“Mucho peor, he de decir”.
Chantelle se echó a reír. A continuación, se intercambiaron anécdotas e historias. La mayoría versaban sobre asuntos dentro y fuera del reino, mezclados con rumores de cierta importancia. Chantelle y Jean no estaban muy al día con los cotilleos de los aristócratas. Cornell intervenía de vez en cuando para corregir datos erróneos o añadir otros más veraces.
“Ah”, dijo Chantelle mientras se tomaba su segunda pinta de cerveza.
“Tengo noticias que os deleitarán. He conocido a un gemólogo no hace mucho tiempo. Él sabe todo lo que hay que saber en lo que respecta a gemas y piedras preciosas. Cuanto más preciosa es, más sabe él”.
“Hmm”.
“Le envié algunas de las mías como una prueba. Cuándo y dónde fueron forjadas, de dónde provenían… cada fragmento de verdad sobre ellas lo recitó de memoria”.
Chantelle compartió sus noticias con una sonrisa pícara. Su rostro decía que no podía esperar para bromear con Jean. Ella codeó a Jean con su codo.
“¿No creéis que podría ser de ayuda en la búsqueda de vuestra prometida?”.
Chantelle siempre se refería a la Perla Pequeña como la prometida de Jean. Jean era un hombre soso y aburrido. Pero cada vez que hablaba de su Perla Pequeña, sus ojos brillaban de emoción. A Chantelle le resultaba divertido. Jean también contemplaba la posibilidad de casarse con la Perla Pequeña; por lo tanto, no la desmintió. Sin embargo, no pudo evitar que su rostro se enrojeciera y sus labios se resecaran. Lo único que pudo hacer Jean fue humedecerse los labios. Fue entonces cuando sucedió.
“Vaya, esa es efectivamente una gran noticia, Lady Chantelle. Me gustaría muchísimo conocer a ese gemólogo, si fuerais tan amable”. Cornell se unió de repente a la conversación.
Su voz tenía un tono más grave de lo habitual. ¡Ay, Dios mío! Jean se tapó la boca con la mano. Se dio cuenta de que le había encomendado a Cornell la tarea de buscar la Perla Pequeña desde el principio. Si Jean le pedía a Chantelle que le presentara al gemólogo, estaría faltando al respeto a Cornell.
“Mis disculpas, Cornell. Por un momento—”
“Doy la bienvenida a la perspectiva de tener a alguien nuevo que se una a mi búsqueda, Lord Jean. Sin embargo, considero que primero debemos asegurar la validez de sus credenciales”.
Cornell interrumpió a Jean. A continuación, se puso a limpiar las copas y los vasos de la barra. Fue una explicación concisa y sin ningún atisbo de hostilidad. Chantelle se encogió de hombros mientras anotaba la dirección del gemólogo. Ella ladeó la cabeza un par de veces antes de exclamar:
“Jean.”
Él, que acababa de vaciar su pinta miró de reojo a Chantelle en respuesta.
“Tras escuchar sobre vuestras andanzas de boca de Wickham… He venido a dar con una idea peculiar”.
Chantelle empezó a hablar con vacilación, algo poco habitual en ella. Jean esperó a ver qué decía a continuación. Chantelle se lo pensó un rato, rascándose la nariz, antes de continuar.
“¿Podría caber la posibilidad de que Maximillian Joachim sea el individuo a quien andáis buscando?”.
*
La mansión del marqués de Rubin se encontraba algo alejada del centro de la ciudad, a una distancia que requería ir en carruaje. La nobleza a veces se refería a ella como la morada hasta los campos, entre bromas y burlas. Sin embargo, asistían a todos los festines y banquetes que se celebraban en la grandiosa propiedad, digna del título de marqués, sin ningún capricho.
“Hmm”.
Y como en toda reunión de nobles, reinaba la competencia. Era una lucha por ver quién tenía más poder, más riqueza y más joyas.
Jean pensaba que eran todas esas vanidades. Sin embargo, habiendo vivido como un catamita, también sabía lo importante que era este asunto entre los aristócratas. Para ellos, el estatus era tan importante como la vida misma. En una ocasión, la duquesa de Erhardt tuvo que pagar una suma equivalente a una residencia por un vestido excesivamente extravagante. La nobleza desaprobaba rotundamente a quienes repetían prenda. Ella sabía perfectamente que no podría volver a usar el vestido, pero aun así pagó la suma de buena gana.
“Aceptable”.
Una de esas personas, pensó Jean, mientras observaba a Maximillian frente a un espejo. El príncipe se encontraba frente a Jean, permitiéndole ver solo una parte del espejo. El príncipe, de ojos cenicientos y cabello rojo, se probaba su nueva prenda. Las medidas no eran precisas, pero aun así, era sorprendente lo bien que le quedaba. Quizás se debía al color. El tono rosa pálido acentuaba la tez clara del príncipe.
“¿Y el carruaje?”.
Maximillian se volvió hacia Jean al concluir su examen. En su rostro dibujaba una leve sonrisa, reflejo de su satisfacción.
“Vuestra Gracia, ya está dispuesto. Le tiran doce caballos, va adornado con líneas de oro y lleva grabado un imponente par de lobos”.
Una de esas personas. Jean se repitió eso para sus adentros, haciendo una reverencia cortés. Se puso en cabeza. Maximillian le siguió, como si estuviera acostumbrado a que le acompañaran. El príncipe incluso silbó.
Hoy está bastante animado, pensó Jean para sus adentros con tono burlón, mientras le abría la puerta del carruaje al miembro de la realeza. A continuación, él también se subió.
“¿Os place que contemplemos el paisaje mientras avanzamos?”.
Maximillian acarició la cortina de terciopelo mientras tarareaba para sí mismo. Levantó ligeramente el extremo de la tela. Los rayos del sol lo bañaron. La luz era suave, lo que indicaba que la puesta de sol era inminente. Jean oyó al cochero espolear a los caballos y, al instante, sintió que el carruaje se ponía en marcha.
“Pronto doblarán las campanas de la iglesia”. Maximillian murmuró.
La iglesia. Era un lugar que Jean no frecuentaba. Y a Maximillian tampoco le agradaba. Jean no respondió directamente, solo asintió. Maximillian tampoco dijo nada más. Un profundo silencio reinaba en el carruaje. Sin embargo, no pareció molestar a los dos hombres. Jean abrió los ojos, que había cerrado brevemente. Vio a Maximillian. Los ojos del príncipe brillaban con fascinación, como si estuviera en una tierra exótica. Sus suaves tarareos se mezclaban con el rítmico repiqueteo de los cascos de los caballos, transformándose en una sinfonía vertiginosa.
‘¿Podría caber la posibilidad de que Maximillian Joachim sea el individuo a quien andáis buscando?’.
Jean recordó lo que había dicho Chantelle. Maximillian miraba por la ventana, hipnotizado. Y, sobre el rostro del príncipe, Jean podía oír la voz de Chantelle. No. Jean hizo un esfuerzo por detener su cadena de pensamientos.
‘Tiene sentido, ¿no os parece? Aquel noble que sabe que fuisteis un catamita, pero que no pertenece a la Casa de Erhardt… Tenía la impresión de que solo vuestra prometida cumplía con tales condiciones’.
Pero al poco rato, la voz de Chantelle volvió a invadir la mente de Jean. Él le había dicho allí mismo que era una idea descabellada. Sin embargo, por extraño que pareciera, sus palabras no dejaban de resonar en su cabeza. Quizá fuera por el sutil aroma a menta que Jean había percibido cuando Maximillian estaba en sus brazos.
Es un aroma común5, se dijo Jean a sí mismo, y volvió la cabeza para mirar al príncipe. El hombre tenía la boca ligeramente entreabierta, contemplando el paisaje. Jean también echó un vistazo, preguntándose si había algo que mereciera su atención. Sin embargo, no había nada digno de mención. Era una escena cotidiana de Joachim. Jean volvió a fijar la mirada en Maximiliano. En los ojos del príncipe aparecía y desaparecía una extraña sombra.
“¿Qué ve, Su Gracia?”.
Al final, Jean tuvo que preguntar. Maximillian apoyó la cabeza en la ventana. Sin apartar la mirada, respondió.
“Mi Joachim”.
Y la respuesta reflejaba toda la arrogancia propia de un príncipe heredero. Sin embargo, su tono era sutilmente serio. No parecía propio del príncipe. Jean lo miró. El sol poniente se colaba por la ventana e inundaba el interior del carruaje.
“Hay centenares de almas en fila, en espera del pan de la iglesia. El año de penurias y el frío invernal deben de haberlas empujado hasta aquí”.
Maximillian murmuró a la sombra de la puesta de sol. Jean se sobresaltó. Pensaba que el hombre se limitaría a contemplar el paisaje. Pero lo que Maximillian estaba viendo era algo completamente diferente. Jean parpadeó lentamente. Solo cuando vio brillar las joyas de la ropa de Maximillian bajo la luz que se colaba por el cristal de la ventana, Jean volvió en sí. Tardó en reaccionar.
“…En una ciudad tan vasta como la capital, es natural que medren muchos mendigos. No merece vuestra preocupación, mi señor príncipe”.
Por supuesto, esto no era cierto. Quienes esperaban el pan de la iglesia no eran mendigos. Eran gente común, que albergaba una profunda enemistad hacia la nobleza, cuyas vidas permanecían alejadas de las penurias y el frío del invierno. Esta enemistad era clandestina, oculta a los ojos de quienes ostentaban el poder. Era precisamente ese sentimiento el que Jean y sus hermanos pretendían explotar.
“¿Ah, sí?”.
Era una escena peculiar para que se hubiera dado cuenta de ella un príncipe aparentemente malhumorado. ¿Era también consciente de que el reino de Joachim atravesaba tiempos difíciles? Jean dirigió la mirada hacia el príncipe y se quedó sorprendido.
“Es cierto”.
En un abrir y cerrar de ojos, Maximillian apartó la mirada del paisaje que tanto le había fascinado.
“Lleváis razón, Lord Jean. No es asunto de mi incumbencia”.
El príncipe dijo, curvando ligeramente los labios hacia arriba. Era tan travieso como siempre. Cuando sus miradas se cruzaron, el príncipe parpadeó. Jean sintió alivio y repulsión ante la burla familiar. La Pequeña Perla jamás hablaría así. Jean no podía estar equivocado. La certeza le tranquilizó. Y la repulsión provenía de la actitud que el supuesto príncipe heredero de este imperio mostraba a sus súbditos.
Pensar que aquel hombre fuera comparado con la Pequeña Perla, aunque fuera por un instante, le repugnaba aún más a Jean. Sin darse cuenta, Jean habló en tono burlón.
“Habrá viandas para saciar vuestro apetito en el banquete, Vuestra Gracia. A diferencia de ellos”.
Esas palabras hicieron que se hiciera el silencio en el coche. Maximillian mantuvo la sonrisa en el rostro, mientras observaba a Jean. Y él no pudo evitar su mirada. Se miraban a los ojos. Al poco rato, Maximillian esbozó una sonrisa burlona.
“Habláis como si conocierais el hambre”.
El príncipe murmuró. Jean frunció las cejas.
“….¿Acaso Vuestra Gracia asume que no la conozco?”.
Las palabras de Jean precedieron a la advertencia que se hizo a sí mismo. Maximillian lo observaba ahora, sentado en una postura descarada.
“¿Es que un catamita en la mansión de un duque llega a conocer el hambre?”.
Maximillian preguntó, aparentemente muy fascinado. A Jean le pareció una pregunta tan ridícula que no pudo evitar reírse.
“El hambre, Vuestra Gracia, no es algo que se aprenda. Es algo que llega”.
“¿He de asumir que habéis aprendido esas refinadas palabras mientras os alimentabais con el foie gras con el que os complacía la duquesa?”.
“…”
La burla manifiesta dejó a Jean sin palabras. Reunió los recuerdos que lo atormentaban del pasado y la rabia del presente, guardándolos en un rincón de su corazón. Una palabra equivocada y sentía que iba a gritar.
Maximilian, ajeno a lo que ocurría en el interior de Jean, lo miraba con indiferencia. El príncipe incluso esbozó una leve sonrisa, una especie de burla. La forma en que arqueaba ligeramente las cejas parecía desafiar a Jean. Este no retrocedió. Le devolvió la mirada con igual audacia. Jean lo vio a todo a la vez; el hombre ataviado con la prenda confeccionada con su oro, la belleza de aquel hombre y la miseria que conllevaba, y la indiferencia de aquel hombre hacia la vida de los demás. Jean dijo entre dientes.
“Nada hay que haya aprendido en la Casa del Duque de Erhardt, Vuestra Gracia”.
Maximillian entrecerró los ojos. Sus zapatos rozaron la espinilla de Jean y se separaron de ella. Jean no dejó que eso le afectara.
“Nada de lo que ahora sé proviene de ninguno de ellos, del mismo modo que la carne de mi propio ser ya no está hecha del pan que un día me suministraron”.
Maximillian no respondió. Se limitó a mirar a Jean con fascinación. Jean tampoco volvió a hablar. Reinó el silencio durante unos instantes. Jean imitó lo que Maximillian había hecho antes; miró por la ventana. Pasaban a su lado gentes con las manos y las orejas envueltas en harapos. Sus rostros carecían de expresión, sumidos apenas en una lúgubre penumbra.
“Entonces, ¿dónde?”.
Fue mientras Jean examinaba cada uno de aquellos semblantes cuando el hombre sentado frente a él formuló tal pregunta. Jean alzó la mirada y descubrió el rostro de Maximillian, en el cual no quedaba ya rastro de sonrisa alguna.
“Entonces, ¿de dónde proviene vuestro ser actual?”.
Quizá fuera porque Jean estaba tan acostumbrado a ver al príncipe siempre sonriente y con una amplia sonrisa que la expresión de Maximillian le pareció tan gélida que le asustó. Jean recordó al Maximillian que le sonreía mientras pisaba las hojas de otoño y caminaba hacia atrás. Le sorprendió enormemente la diferencia de temperatura.
“Tuve la fortuna de hallar un mecenas, Vuestra Gracia”.
Jean respondió lentamente.
“Diez años atrás, mi protector pagó una gran suma a la Casa de Erhardt para conseguir mi libertad. Después, me envió a cursar estudios en una academia en tierras extranjeras”.
Jean intentaba expresarse con desapego, pero le fue imposible ocultar el profundo afecto en su tono. Del mismo modo que le ocurría siempre que hablaba de su Pequeña Perla, la voz de Jean se había tornado tierna sin él advertirlo, por lo que se vio obligado a aclararse la garganta.
“Todo cuanto constituye mi ser actual proviene de aquella persona”.
A continuación, Jean prosiguió:
“Todo mi ser le pertenece a esa persona”.
Fue una confesión solemne. Jean dejó de hablar. La mirada de Maximillian lo incomodó. ¿Sería porque Jean había insinuado la existencia de otro amo ante el Príncipe Heredero? Jean debió haber actuado con mayor prudencia. Su acción fue impulsiva. En retrospectiva, lo que dijo podría considerarse desleal y blasfemo contra el trono. Se apresuró a aclararse la garganta, pero entonces Maximillian resopló.
“Vienen de la misma cesta de pan, entonces. Del mismo modo que la duquesa pagó por teneros en su posesión, vuestro protector entregó dinero para adquiriros”.
El tono del príncipe estaba cargado de sutil burla. Jean levantó la cabeza bruscamente. Se encontró cara a cara con los ojos entrecerrados de Maximillian. Jean frunció el ceño. No ocultó su incomodidad, sino que miró fijamente al príncipe.
Maximillian resopló al recibir la mirada, como si le resultara trivial. Pero Jean no retiró su mirada fulminante.
“No me causa cuidado alguno lo que penséis de mí, ni cómo me tratéis, Vuestra Gracia”.
Jean apenas movía los labios mientras hablaba. Su voz era tan suave como un susurro. Los ojos de Maximillian se movían lentamente. Jean notaba cómo la mirada del príncipe lo escrutaba. Siguió hablando.
“Sin embargo, muy noble príncipe”.
Su ira era innegable. Se palpaba en su voz. Jean no dudaba de que Maximillian también la percibiera. Sabía que bastaría un solo error para que se le escapara la verdad y revelará sus verdaderas intenciones al príncipe. Y, con razón, la situación exigía la misma alarma que había sentido apenas unos instantes antes. Sin embargo, esta vez, ese sentimiento no afloró. En cambio, lo ocultó por completo.
“Os ruego que no habléis mal de mi mecenas”, Jean continuó.
Prefería que lo detuvieran antes que permitir que difamaran a su Pequeña Perla. No le importaba que pudieran castigarlo por blasfemia contra el trono.
“Mi mecenas me otorgó la libertad, me dio opciones—”
Poco a poco, Jean dejó de hablar. Fuera, junto a la ventana, el camino estaba cubierto de hojas de finales de otoño. Jean contempló la escena durante un instante antes de volver a fijar la mirada en el hombre que tenía enfrente.
“—y yo he elegido que mi mecenas sea mi dueño”.
Jean se preguntó qué estaría pensando aquel hombre. Al oír las palabras de Jean, los labios de Maximillian se contrajeron de forma poco atractiva, para luego recuperar su forma habitual repetidamente. Jean observó con atención cómo el hombre lo miraba, cómo sus ojos se encontraron y cómo bajó ligeramente la mirada. Fue un instante fugaz, pero Jean estaba seguro de que Maximillian evitaba su mirada.
Y en ese momento, por razones que Jean desconocía, la voz de Chantelle Francis resonó de nuevo en su cabeza. ‘Maximillian Joachim, Ma Petite Perle…’ Sus palabras y la voz de Maximillian que se burlaba de la Perla Pequeña cruzaron por la mente de Jean. Jean apartó la mirada por completo.
Sí, claro, tengo razón. No puede ser, pensó Jean.
Volvió a mirar por la ventana. El carruaje avanzaba entre los rayos del sol, y donde antes había reinado la contemplación, ahora la reemplazaba el recuerdo. Hace diez años, un día exactamente igual que hoy, Jean abandonó la Casa de Erhardt.
*
Jean pensó que era una broma de muy mal gusto. En cualquier caso, el individuo parecía haber pagado la suma correcta. Jean estaba entrando en la edad adulta, y en la finca del duque se estaban preparando los planes para liberarlo pronto. Justo en el momento oportuno, alguien compró al joven por una suma considerable. Sin demora, comenzaron a recoger las pertenencias de Jean.
“Fritz, ya ha sanado por completo”.
Jean poseía pocas pertenencias que pudiera considerar suyas. Empacar su equipaje apenas le llevó un día. Sin embargo, las mejillas que Johnny Erhardt le había golpeado se hincharon y necesitaban tiempo para sanar. Ese fue el asunto que tardó varios días en resolverse. Una de las criadas atendió las heridas de Jean, cuidándole las mejillas y aplicando ungüento una vez al día y otra vez por la noche. Se llamaba María.
“He oído que os será posible partir esta misma noche. Os enviarán un carruaje”.
Abrió las ventanas con voz alegre. Era la tarde del día en que Jean se marchaba. Las cortinas ondeaban con el viento frío. Jean le lanzó una mirada. María se giró para devolverle la mirada. Cuando sus ojos se encontraron, se sonrojó. Era algo que ocurría con frecuencia. Jean apartó la mirada.
“Un carruaje entero para vos solo… Vuestro nuevo dueño debe de teneros gran aprecio. No se habla de otra cosa en estos días. Además, el duque y la duquesa os han permitido morar en esta cámara de invitados ya por varias jornadas… Dicen los rumores que vuestra nueva señora es inmensamente rica”.
María siguió divagando, tratando de mitigar su inquietud. Jean sonrió. Acababa de terminar de recoger sus pertenencias y preparar su equipaje.
“Poco importa, pues la tarea seguirá siendo la misma.”
María se encogió de hombros ante las palabras de Jean. Poco importa, pues la tarea seguirá siendo la misma, dijo María con vivacidad mientras ataba las cortinas. La fría brisa invernal entró, trayendo consigo el hielo a través de las ventanas. Junto con ella, el relincho de los caballos y la voz del cochero llegaron a la habitación. Jean echó un vistazo por el cristal. Dos caballos empujaban un modesto carruaje hacia la casa del duque.
La despedida de Jean de la Casa de Erhardt fue sencilla. El señor padre e hijo no acudieron a despedirlo. La duquesa simplemente llamó al joven a su habitación y le dirigió unas sencillas palabras de despedida. El mozo de cuadra y algunos sirvientes que le tenían mucho cariño lo acompañaron en su partida. Sin embargo, no pasó de un apretón de manos antes de que subiera al carruaje. El cochero, con gran cortesía, le abrió la puerta, como si se tratara de un noble.
Jean se quedó perplejo. Se sobresaltó. Entonces, agarró con fuerza el asa de su equipaje mientras subía al carruaje. A diferencia del exterior, dentro hacía calor y era acogedor. Sobre el asiento, había un impoluto abrigo de piel blanca.
“Un presente, Sir, del mecenas”.
Cuando Jean no se sentó, sino que se quedó allí vacilando, el cochero tomó la palabra. Su forma de hablar era idéntica a la del mayordomo del duque. El hombre continuó.
“El mecenas ha hecho el encarecido ruego de que os guarezcáis con la prenda, pues el clima es en demasía gélido”.
Las palabras sonaban extrañas. Jean parpadeó, mirando el abrigo. Sí, el frío era suficiente para congelar las mejillas. Sin embargo, Jean ya llevaba puesto el abrigo que había recibido la última vez. Había pensado que ese era el mayor, y quizás el último, lujo que se permitiría. Pero allí estaba otro abrigo frente a él, uno de piel…
Mientras Jean estaba absorto en sus pensamientos, el cochero cerró la puerta. En una postura incómoda, Jean no tuvo más remedio que levantar la piel y sentarse. En el instante en que la prenda se posó sobre su regazo, sintió un calor reconfortante, acompañado del inconfundible peso de la ropa de invierno. Por alguna razón misteriosa, Jean sintió sed.
El carruaje pronto comenzó a moverse. Ninguna cortina adornaba sus ventanas. Tanto el exterior como el interior eran visibles desde ambos lados. El jardín de los Erhardt estaba bajo el cuidado atento de su jardinero. El carruaje tirado por caballos lo dejó atrás rápidamente. Jean pasó junto a los senderos y la gente que le resultaban familiares. Parecían cuadros.
Jean contempló el paisaje. Un recuerdo afloró y se desvaneció en su mente. Era el día en que llegó por primera vez a la residencia del duque. Subió al carruaje de la duquesa de Erhardt, sintiendo el peso de su mirada escrutadora sobre él.
Mientras el carruaje avanzaba, Jean rememoró todos los recuerdos que bullían en su cabeza, desde su primera noche en la casa del duque hasta la noche en que recibió las perlas de su nuevo amo. Jean los repitió mentalmente, saboreando cada fragmento. Y el recuerdo que más afloró fue, por supuesto, el de hacía varias noches en la cama de la habitación de invitados. Jean recordaba vívidamente la letra de su nuevo amo.
‘Tenéis la semblanza de un tigre que acuna una perla entre sus fauces’,
Aunque Jean juzgó aquello como una vil burla, dobló con delicadeza la servilleta y la guardó entre sus pertenencias.
‘Afiladlo y pulidlo’.
Las meras palabras pulidas no son dignas de mis esperanzas. Jean se mofó de sí mismo al tiempo que posaba la palma de la mano contra la ventana. El gélido cristal le arrebataba el calor de la mano cuando el carruaje se detuvo por completo. Acto seguido, se escuchó un golpe.
“Ya hemos llegado”.
Jean abrió la puerta y oyó la voz del cochero. El hombre se llevaba el sombrero a la altura del pecho, como si quisiera mostrar cortesía hacia Jean. Jean sintió la mirada fija del hombre mientras bajaba lentamente del carruaje. Esperaba que lo llevaran a una residencia aristocrática. Sin embargo, lo que tenía ante sus ojos era una posada. Jean parpadeó.
“¿Está el mecenas… aquí?”
La posada no estaba en mal estado. Es más, estaba en excelentes condiciones. De hecho, si Jean hubiera estado solo, no habría podido permitirse alojarse allí. Sin embargo, no parecía un lugar adecuado para un mecenas de tanta riqueza que había obsequiado a Jean con lujosos abrigos de piel, e incluso perlas, antes de que se conocieran—sobre todo teniendo en cuenta que Jean era un catamita.
“No”, respondió el cochero.
¿Acaso al mecenas no le importaba lo que pensaran los demás? se preguntó Jean para sí mismo. Miró al hombre, incapaz de ocultar la confusión que se reflejaba en sus ojos.
“Os ruego que os dignéis a subir las escaleras. Vuestra cámara os aguarda”.
El hombre solo sonrió de forma enigmática. Jean había dejado el abrigo de piel en el carruaje. El hombre lo trajo y se lo echó sobre los hombros. Jean dudó un instante antes de entrar en la posada. Empujó la puerta y sonó el timbre.
Parecía que también funcionaba como restaurante. La planta baja de la posada estaba repleta de mesas y sillas. Cuando Jean entró, todas las miradas se posaron primero en él antes de dispersarse lentamente, volviendo a sus lugares. Jean se explicó a uno de los camareros. El hombre lo acompañó escaleras arriba. No tenía que revelar su nombre falso, Fritz, ni su verdadero nombre, Jean. A Jean solo le bastó con murmurar que le habían dicho que le habían preparado una habitación.
“Os deseo un buen descanso, joven señor. Enviaré a alguien antes del yantar. Por favor, haced saber al sirviente vuestros deseos. Las viandas os serán traídas para vuestra mayor comodidad en la cámara”.
El camarero abrió la puerta de la habitación para Jean. La habitación estaba al final del pasillo del segundo piso. La chimenea debía de estar encendida antes de su llegada. Un cálido y acogedor ambiente inundaba la habitación. Jean dejó su equipaje con cuidado. Una enorme alfombra teñía todo el suelo de rojo. Una cama ocupaba un rincón. Una mesa redonda se alzaba frente a la cama. Sobre la mesa, reposaba una sola flor.
Jean se quitó el abrigo de piel y lo colocó con delicadeza sobre la cama. Había una ventana justo al lado del cabecero. Jean se acercó y miró hacia afuera. Podía ver toda la ciudad y sus callejones. Hojas caídas, marrones y grises, cubrían los callejones, por donde hombres y carruajes transitaban sin cesar. El carruaje que lo había traído también se había marchado, y no había nadie allí.
Jean se giró y miró hacia atrás, recordando una vez más su soledad. La habitación era lo suficientemente amplia para una persona, pero no para dos. La cama también era individual. El patrón, el nuevo dueño de Jean, no se encontraba en el establecimiento, tal como había dicho el cochero. Y parecía no tener intención de venir a ver a Jean.
¿Por qué?
Una curiosidad natural surgió en Jean. Se sentó en la cama y contempló sus abrigos. A Jean le costaba comprender a su nuevo dueño. El patrón le había dado a Jean prendas que otros apenas podrían permitirse tras años de trabajo, y aun así, el nuevo dueño no venía a verlo. Jean esperaba que el patrón estuviera deseoso de tomar su cuerpo, un trueque por las prendas.
Jean acarició su abrigo. Sintió el pelo rozar los huecos entre sus dedos. Recordó que desconocía el nombre del patrón, así como su rostro y su sexo.
¿O tal vez el patrón no buscaba a Jean como catamita?
Jean se recostó en la cama, reflexionando. Se dio cuenta de que no le habían informado de ningún detalle. Quién era el nuevo dueño de Jean, cuánto lo habían comprado, cómo lo habían adquirido, ni qué debía hacer Jean para su nuevo amo. Él no lo sabía, pues nunca había preguntado. Sin embargo, había oído rumores de hombres que realizaban tareas sumamente peligrosas y mortales a cambio de riqueza y lujos… Podría haber sido comprado para prestar tal servicio sin saberlo.
Jean reflexionó para sí mismo, con la mirada perdida en lo alto del techo. Múltiples prodigios flotaban en el aire antes de detenerse por completo. Al poco, con lentitud, una inscripción cobró forma en el cielo de la habitación. Era la misma que rezaba en la servilleta: ‘Tenéis la semblanza…’ Jean interrumpió el trazo de aquellas letras y se incorporó en el lecho. No acertaba a comprender la razón por la cual se permitía quedar tan hondamente conmovido por tales palabras, superficiales y floridas. ‘…de un tigre que acuna una perla entre sus fauces’. Jean desconocía el mensaje preciso, más bien sabía que la metáfora resultaba a todas luces excesiva y en demasía grandiosa para ser empleada en el elogio de un catamita.
A menudo, semejante mensaje se pronunciaba a modo de mofa, como un escarnio. ¿Acaso Johnny Erhardt no se refería a Jean como ‘el más noble aristócrata?’ Johnny articulaba aquellas palabras con tanto ridículo como era capaz de proferir, señalando el absurdo de que un catamita pretendiera personificar a un noble. ¿Afilar qué, y pulir qué? Jean no alcanzaba a comprender qué pretendía decir su nuevo dueño. Y fuera lo que fuese lo que el protector quería dar a entender, «afilar» y «pulir» no eran palabras amables para ser dirigidas a un catamita. Cavilar sobre tales vocablos equivaldría a prestarse a que aquella persona jugara con él. Jean era consciente de ello. Lo sabía perfectamente.
“Sir”.
Jean lo sabía todo, pero ¿por qué se sentía tan inquieto? Intentó tranquilizarse y respondió a la llamada que venía del otro lado de la puerta. Al poco rato, la puerta se abrió.
“Se acerca ya la hora del yantar.6 ¿Os place que os lo traiga a vuestra cámara? Disponemos de pollo asado, sopa con brócoli, pan de centeno tostado y hortalizas frescas. También contamos con cordero asado”.
Una nueva camarera habló rápidamente al abrirse la puerta. Jean quedó aturdido por el discurso. Respondió igual de aturdido. La camarera se marchó en un instante. Pero antes de irse, se acordó de pedirle a Jean que, por favor, despejara la mesa. Jean se frotó la nuca y se quedó de pie frente a los muebles del comedor. Estaba a punto de guardar la flor cuando vio algo debajo. Era un sobre. Jean se sentó en la silla frente a la mesa y lo abrió lentamente. Dentro había dos pergaminos. El primero era una carta, muy breve.
‘Mis parabienes por vuestra partida de la Casa de Erhardt’.
Jean frunció el ceño y pasó la página. Al verla, se quedó atónito. Jean solo pudo parpadear.
“¡Válgame el cielo! Sir, un momento, por favor. El plato está en demasía caliente.”
Los dedos que sujetaban el papel palidecieron por la fuerza excesiva. El camarero, que había regresado con la comida de Jean, pareció decir algo más. Sin embargo, Jean no pudo oír sus palabras. No podía pensar. Su mente se quedó en blanco. Sus ojos recorrieron rápidamente la superficie del papel otra vez. Jean no los obligaba a moverse, sino que se movían solos.
“¡Por todos los santos! ¡Sir! ¡Os habéis quemado la mano! Os había rogado que os hicieseis a un lado… ¿Os encontráis bien? ¡Válgame Dios!, dejadme ver…”
El segundo pliego de papel era un documento. Comprobante de transacción, rezaba en él con elocuencia El papel contenía una breve declaración en la que se afirmaba que quien estuviera en posesión del documento también lo estaba de Jean. Había una línea roja que separaba las palabras de la parte superior de las de la parte inferior.
Jean volvió a leer las palabras que figuraban debajo de la frase.
‘He comprado vuestras cadenas,’
De principio a fin, muy despacio. Y muy de cerca.
‘Os ofrezco mi presente, vuestra libertad. Quiera el cielo que sea de vuestro agrado’.
La esquina inferior izquierda, donde debería estar la firma del nuevo propietario de Jean, se dejó en blanco.
“¡Aquí tenéis, joven señor, una toalla húmeda! Poneos esto… ¡Cielo santo!”
Jean lo volvió a leer.
‘He comprado vuestras cadenas’,
Jean se dio cuenta de lo que había resultado extraño en la forma en que el cochero le había dicho que se pusiera el abrigo de piel. El nuevo dueño no le había dado una orden a Jean. El nuevo dueño le había hecho una petición cariñosa. Nadie le hablaba así al catamita que poseía.
‘Os ofrezco mi presente, vuestra libertad. Quiera el cielo que sea de vuestro agrado’.
Nadie le hablaba así a un ser más cercano a lo material que a lo vivo.
“¿Estás llorando?, ¿sir? ¿Os duele mucho?”
Jean podía sentir el calor, pero no en su mano quemada que tocaba el plato caliente. Lo sentía en los ojos. No pudo responder. Simplemente apretó el papel con fuerza. Lo leyó, luego lo leyó, y lo volvió a leer. Recordó el elegante mensaje garabateado en la servilleta. Sentía que podía oír las palabras pronunciadas. Casi podía oírlas susurradas en su oído.
‘Tenéis la semblanza de un tigre que acuna una perla entre sus fauces’.
Alguien había estado observando su vida pobre y miserable. Alguien había estado observando a Jean, a quien le preocupaba no poder siquiera conservar su miserable vida como catamita.
‘Afiladlo y pulidlo’.
Alguien le había estado vigilando con afecto y benevolencia tan verdaderos como el cielo, cosas que no recibía cuando estaba en la basura, en la taberna, en la casa del duque.
Ese día, Jean hundió el rostro en el documento y lo empapó con sus lágrimas. El camarero, sin saber qué le había sucedido, estaba muy preocupado. Iba de un piso a otro, intentando convencer a Jean de que comiera. Jean leyó la frase una y otra vez, hasta que el camarero se dio por vencido, hasta que la sopa que le había traído se enfrió. Hasta que sintió como si alguien le hubiera grabado la frase a fuego en la lengua, con esa misma caligrafía elegante.
*
“Jean”.
La voz clara disipó la nube de recuerdos. A continuación se oyó un golpe en la ventana. Jean levantó la vista. Maximillian estaba llamando a la ventana helada.
“¿Acaso os habéis quedado ensimismado con los ojos abiertos?”
Jean no se dio cuenta, pero el carruaje se había detenido. Gruñó en voz baja. Afuera, el cochero anunciaba que habían llegado a la mansión del marqués de Rubin.
“Permitid que, con toda humildad, os abra paso, mi señor príncipe”.
Jean se puso de pie. Abrió la puerta del carruaje y bajó. Extendió la mano hacia el príncipe, quien sonrió con sorna. Pronto, la mano del príncipe rozó la de Jean. La mano de Maximillian estaba sorprendentemente fría a pesar de haber permanecido dentro del carruaje todo el tiempo. Jean se estremeció mientras Maximillian soltaba la mano con indiferencia, apoyando los pies en la alfombra que adornaba el camino desde el carruaje hasta el salón de banquetes.
“Un momento, vVuestra Gracia”.
Un sirviente los esperaba con un abrigo de armiño. Jean lo tomó. El color era ceniciento, muy parecido al de los ojos de Maximillian. El príncipe se giró para mirarlo con una leve sonrisa. Jean le puso el abrigo sobre los hombros antes de dar un paso atrás. Los sirvientes se alinearon a ambos lados de la alfombra e hicieron una reverencia al unísono. Maximillian comenzó a caminar. Jean lo siguió mientras el príncipe murmuraba.
“¿No sois acaso un tesoro?”
Jean no respondió. El emperador había sucumbido a la enfermedad, el Gran Duque había ascendido en rango y, con el imperio en decadencia, era de conocimiento general que el Príncipe Heredero no podía esperar una bienvenida tan grandiosa como las de antaño. Por eso Jean había contratado a gente para que esperara al príncipe, junto con un armiño y un carruaje de doce caballos. Junto con el séquito del Príncipe Heredero, estos eran los instrumentos que exhibirían la riqueza de Jean Erhardt.
“No soy sino vuestro humilde servidor, Vuestra Gracia”.
Todo lo que Jean había preparado estaba dedicado a Maximillian Joachim, pero nada de ello era para él. El príncipe se detuvo ante la puerta y Jean se la abrió. Maximillian no se movió de inmediato. Se limitó a mirar fijamente, esperando a que alguien anunciara su llegada.
“¡Se anuncia la ilustre llegada de Su Alteza Real, el Príncipe Heredero Maximillian Joachim!”
Uno de los sirvientes gritó con fuerza y la gente comenzó a murmurar. La luz de la mansión iluminaba el perfil del príncipe. ¿Era una coincidencia? Jean vislumbró una sutil expresión en el rostro real. La mirada del príncipe heredero descendió, sus labios se entreabrieron ligeramente mientras permanecía inmóvil. Los rayos de luz que se habían escapado parecían haberse adherido a su rostro, acentuando sus rasgos con una gracia cada vez más aguda. Y, por suerte, el rostro estaba en penumbra. Un vacío inexplicable apareció en su semblante antes de desvanecerse.
“Procedamos, pues”.
Maximillian susurró con aire perezoso. Jean se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado mirando al príncipe, hipnotizado y sobrecogido.
Su belleza es repulsiva, se recordó Jean de nuevo.
De repente sintió náuseas, como si mariposas revolotearan en su estómago. Intentó calmarse, siguiendo a Maximillian. El príncipe ya estaba dentro del salón, recibido y saludado por los nobles presentes. Jean podía oír de vez en cuando susurros sobre la vestimenta del príncipe o sobre cómo se veía su carruaje. Su plan fue todo un éxito.
Jean se mantuvo a una corta distancia mientras seguía a Maximillian. Si alguien se acercaba a saludar al príncipe, Jean lo saludaba con la mirada y asentía cortésmente. Jean podía leer la confusión, la curiosidad y la cautela en los rostros de la gente. Tal como lo había previsto, su intento de llamar la atención parecía haber triunfado. Jean fingió evitar las miradas de la multitud mientras lanzaba una mirada furtiva al Gran Duque Robert. El Gran Duque, por otro lado, parecía no tener intención de ocultar su interés. Cualesquiera que fueran sus intenciones, su mirada hacia Jean era descarada.
Pero, por desgracia, nunca se sabe lo que piensa el otro, así que Jean se mantuvo alerta. Se esperaba que el Gran Duque fuera presa fácil, pero hasta el momento, solo había actuado como tal, sin caer en la trampa. Si descubriera que todo esto era una trampa, jamás volvería a contactar con Jean Erhardt. Jean volvió a fijar la mirada donde la había tenido, sonriendo lentamente mientras se frotaba el armiño que Maximillian le había entregado en el momento en que entraron en el salón.
“Vuestra Gracia”.
Fue entonces cuando alguien irrumpió de repente en su grupo, llamando al príncipe. En lugar de apartarse, Jean se acercó a Maximillian, como si quisiera proteger al príncipe. El intruso pareció fijarse en Jean. Dio un paso atrás. Jean observó al hombre. Era alto y de hombros anchos. Su rostro transmitía un aire de afabilidad que resultaba acogedor.
“Lord Jean, Duke de Erhardt”.
El hombre hizo una reverencia y saludó a Jean, dirigiéndose a él cortésmente por su título. Jean metió la barbilla y le devolvió el saludo. El hombre le tendió la mano.
“Es un honor conoceros, mi Lord. Soy Matt Grisham, conde de Grisham”.
Grisham. Jean conocía ese apellido.
La casa era muy respetada por sus antepasados, quienes, con una suma lo suficientemente cuantiosa como para comprar todas las tierras de la capital, habían adquirido su título nobiliario. Según sabía Jean, el cabeza de familia había fallecido hacía varios años y el heredero era ahora el conde. Jean sonrió.
“Soy Jean Erhardt, heredero del duque de Erhardt. El honor es mío”.
Entonces, Jean le dio la mano al hombre. El apretón de manos fue breve, pero no costó nada percibir la fuerza con la que lo estrechó, lo que transmitía una clara sensación de hostilidad.
Jean volvió a observar al hombre. La mirada de Matt Grisham se mantenía fija en un punto, como si Jean no existiera. Era una mirada tan descarada que casi parecía blasfema. Jean, tras mirar fijamente durante unos instantes a aquel hombre insolente, abrió la boca para hablar con languidez.
“Vuestra Gracia”.
Las palabras de Jean iban dirigidas al príncipe, quien ni siquiera le dedicó una sola mirada al hombre, a pesar de haber percibido su evidente intromisión.
“Matt Grisham, conde de Grisham, os rinde sus más humildes saludos”.
Mientras hablaba, Jean inclinó ligeramente el cuerpo, de modo que Grisham quedara de espaldas a él y Maximillian pudiera verle el pecho. Ese cambio de postura le permitió a Jean ver a Maximillian con claridad. El príncipe parecía estar a gusto. Tenía la cabeza ladeada hacia un lado, dejando al descubierto la línea de su mandíbula y su cuello claro. Agitó ligeramente la copa de champán que sostenía en la mano. El líquido espumoso bailaba en su interior.
“…¿Conque es así?”
Sus miradas se cruzaron durante un instante. Finalmente, Maximillian giró la cabeza para mirar a Grisham. Hmm, reflexionó el príncipe en voz alta. Jean enderezó la postura.
“Vuestra Gracia”.
Matt Grisham, al encontrarse frente al príncipe, volvió a llamarlo. Jean miró al hombre de reojo. El heredero, ya adulto, parecía bastante desesperado. Jean tuvo la sensación de poder ver el deseo de aquel hombre en sus ojos y en sus labios.
“Ha transcurrido ya algún tiempo, conde de Grisham”.
Con cada sílaba que pronunciaba el príncipe, los ojos de Grisham adquirían distintos matices. Parecía hechizado. No parecía importarle las miradas y los gestos de los demás, a pesar de su intensidad, todos dirigidos hacia él. Jean chasqueó la lengua para sus adentros.
“Un momento, os ruego un momento de vuestro tiempo para hablar…”
La voz de Grisham temblaba tanto que no habría sido de extrañar que también le temblaran las manos. Jean miró al príncipe. Maximillian asintió con la cabeza, brevemente, pero con firmeza. Los que rodeaban al príncipe, saludándolo a él y entre ellos, se fueron retirando uno a uno. Jean también se puso en marcha. Era el momento de que conociera al gran duque Robert.
“Duque de Erhardt, acércate, por favor”.
En cuanto Jean se acercó a él, Robert Joachim le dio una cálida bienvenida. Esto ocurrió incluso antes de que los hombres que le atendían le hubieran informado de la llegada de Jean. Jean esbozó una amplia sonrisa.
“Ha transcurrido ya algún tiempo, Su Alteza Real”.
“Ha sido la primera vez desde el último banquete, si mal no recuerdo. Jamás habéis llamado, como tampoco os habéis dejado ver en ninguna otra reunión. Casi me sentía desolado, mi joven señor”.
Las palabras resultaban untuosas, mas Jean bien sabía que el gran duque no había movido un solo dedo en el empeño de buscarlo.
“Es un honor ser objeto de la consideración del gran duque Robert”.
Jean respondió a esas palabras con una réplica cortés y anodina. A continuación, añadió, como si se tratara de un asunto trivial e insignificante.
“Dispensadme, Vuestra Alteza, más me he hallado por completo entregado al honor de servir a alguien”.
Fue un instante fugaz, pero Jean notó que las cejas del Gran Duque se crispaban. Fingió no haberlo visto y sonrió. Entonces, Jean fue bombardeado con preguntas de quienes rodeaban al Gran Duque.
Sus consultas giraban principalmente en torno al justacorps y el carruaje del Príncipe Heredero. Algunos exageraban, pues jamás habían visto un carruaje tirado por doce caballos. Otros preguntaron cómo Jean se había hecho amigo del Príncipe Heredero. Jean no demostró ni lealtad desmedida ni sutil animosidad, manteniéndose hábilmente dentro de los límites, con cuidado de no ofender a nadie. Sintió la mirada del Gran Duque posarse en su rostro, luego apartarse, y luego volver a posarse en él.
Tras responder a algunas preguntas y recibir halagos más, Jean se alejó del grupo de hombres. Pero Maximillian no estaba por ninguna parte. Jean dejó su copa vacía sobre una mesa en medio del salón de banquetes. ¿Acaso el príncipe se habría citado con él? Después de todo, parecían bastante reservados el uno con el otro. Maximillian estaba más frío de lo normal, y Grisham parecía excesivamente acalorado. Estaba hirviendo de rabia, completamente solo.
¿Cuál era la naturaleza de su relación? La pregunta surgió de la mente de Jean. Era una pregunta que se había planteado en el momento en que conoció a Matt Grisham, pero que también había descartado, recordándose a sí mismo que no tenía importancia para él.
“Su Gracia ha ido a dar un paseo por el jardín en compañía del conde de Grisham, mi Lord”.
El sirviente que estaba junto a la puerta respondió a la pregunta de Jean. Tras dudar un momento, Jean salió. Dentro del recinto, el ambiente era cálido y acogedor gracias a las chimeneas del vestíbulo. Sin embargo, fuera de la calidez del lugar, soplaba un viento tempestuoso, probablemente la razón de que el camino al jardín estuviera desierto.
Dar un paseo, en medio de un tiempo tan adverso, solo ellos dos. ¿Acaso interrumpiría una reunión, como ya había hecho antes?, se preguntó Jean, pero la pregunta no lo detuvo.
Lo embargaba una extraña vorágine de emociones. Primero, una curiosidad impulsiva que despertaba en Jean el deseo de ver qué hacía el príncipe, cuando podía simplemente ignorar el asunto. Luego, un fragmento del recuerdo de aquella mirada que Maximillian le dirigió cuando Jean le abrió la puerta. Eso lo impulsaba a acelerar el paso. Desde que Jean había viajado en la diligencia con Maximillian, lo atormentaba el miedo y la ansiedad de sentirse perdido, un miedo que crecía en su interior con cada crujido de las hojas caídas bajo sus pies.
Dos escenas se repetían una y otra vez en la mente de Jean: Maximillian, su sonrisa espontánea y su perfil contemplando el banquete, en silencio y con una expresión de soledad. Sin darse cuenta, Jean caminaba a paso ligero. El jardín estaba bien cuidado, pero su inmensidad y complejidad dificultaban su búsqueda del rostro que anhelaba.
“¡Maximin!”
Jean frunció el ceño ante la espesa oscuridad que había envuelto el jardín, y fue entonces cuando oyó la voz ronca. A continuación se oyeron unos pasos. Alguien corría.
“Respondedme. ¿Acaso le permitisteis entrar en vuestra cámara? ¿Os abristeis de piernas ante ese hombre?”
Era Matt Grisham. Jean adivinó enseguida a quién pertenecía esa voz. La otra persona regresaba al centro del jardín, casi corriendo, de espaldas a Jean.
“Matt.”
A continuación se oyó una voz tranquila. A diferencia de la voz irritada y agitada de Matt, la de Maximillian era tranquila y serena.
“¿Acaso no he adorado vuestra impudencia lo suficiente? Aprended a valorar vuestra propia vida.”
El príncipe se rió en voz baja antes de continuar.
Tenía todo el derecho a decirlo, como miembro de la realeza, y como príncipe heredero. Además, era su forma de advertir al hombre de que no traspasara los límites más de lo que ya lo había hecho. Al menos, así es como lo interpretó Jean. Sin embargo, Matt Grisham no se echó atrás, sino que gruñó.
“Respondedme, Maximin. ¿Acaso os comportasteis como una yegua en celo?”
Llamar yegua en celo al príncipe heredero imperial a la cara, era más que una simple insolencia. Podrían llevarlo a la guillotina por blasfemia, y nadie podría negar ese pecado. Jean se pasó lentamente la lengua por el interior de la boca, observando la escena que se desarrollaba ante él. Maximillian comenzó a hablar.
“Hace ya algún tiempo que este asunto llegó a mi conocimiento, más parecéis vivir bajo la ilusión de que ser llamado yegua en celo constituye un gran ultraje”.
A continuación, el príncipe esbozó una sonrisa burlona y prosiguió:
“¿O acaso pretendíais que me sintiera ultrajado por semejante expresión?”
Jean se quedó inmóvil en su sitio, asaltado por la culpa. Las palabras de Maximillian iban dirigidas claramente a Matt Grisham, pero Jean sintió como si lo estuvieran apuñalando a él.
“Sencillamente, no logro vislumbrar qué hay de tan vergonzoso en ser tratado como una yegua, pero—”
La voz de Maximillian era pausada y soñadora. No se veía arrastrado por el tempestuoso torbellino de emociones que se había llevado por delante a Grisham. El príncipe continuó, levantándole la barbilla a Grisham y mirándole directamente a los ojos.
“— si tanto os avergüenza, no olvidéis que os puedo tratar de esa misma guisa7 siempre que me plazca, conde de Grisham”.
La mano del Príncipe Heredero descendió rápidamente. Había estado sujetando la barbilla, pero ahora, sujetaba el cuello. Entonces, Jean oyó un jadeo. Maximillian había pateado al hombre en la ingle. Matt Grisham se desplomó en el suelo, gimiendo. Se cubrió la zona genital con las manos, retorciéndose y rodando por el suelo. Incluso mientras lo hacía, repetía:
“Maximin, Maximin”. Pronto, el dolor pareció desvanecerse, y Grisham, tambaleándose, logró ponerse de pie.
Maximillian observaba al hombre con ojos fríos. Los ojos de Grisham ardían de tal ira que Jean podía verla desde donde estaba. Sin embargo, al príncipe no parecía importarle.
Jean apartó de un manotazo la espesa vegetación del jardín. Esto produjo un crujido. Encontró a Grisham sobresaltado, estremeciéndose y bajando la mano. Jean lo llamó en voz baja.
“Vuestra Gracia”.
Alzó un poco la voz, como si acabara de encontrar a Maximillian. Fue entonces cuando Maximillian empezó a parpadear tras mirar en dirección a Jean. De repente, Jean recordó lo que el príncipe le había dicho mientras cenaban juntos, y murmuró como si estuviera haciendo un comentario.
‘Es un triste asunto. Mi catamita jamás logrará ganarse la vida con el «arte del histrión»8.’
Puede que ya sepa que lo he visto todo, leyendo mi rostro. Jean fingió sorpresa al dar un paso adelante, y Matt Grisham se tambaleó, retrocediendo. Tenía una media mueca. Parecía seguir sintiendo dolor. Sin embargo, se esforzaba por mantenerse erguido. Jean bajó la cabeza intentando disimular la risa.
“Jean”, lo llamó Maximillian, y luego procedió a preguntar. “¿Qué os ha traído por aquí?”
Jean respondió, manteniendo aún la cabeza inclinada hacia el suelo.
“Fui informado de vuestra partida y he venido para escoltaros de regreso, Vuestra Gracia”.
Ah, Maximillian reaccionó con naturalidad. Sin embargo, su mirada penetrante hacia Jean era tan inconfundible que casi se podía palpar. Parecía que buscaba algo. Fue entonces cuando Jean se dio cuenta de que no había traído el armiño consigo. Lo había dejado al cuidado de un sirviente en el salón de banquetes.
¡Ay, Dios mío!, pensó Jean mientras se quitaba el abrigo.
El frío lo envolvió en cuanto se lo quitó, pero no era lo suficientemente intenso como para asustarlo. Se acercó a Maximillian y le echó el abrigo sobre los hombros. Fue un gesto de amabilidad que Jean no habría tenido de no ser por la presencia de Matt Grisham.
“Habréis de aguardar, pues tengo la intención de continuar con mi paseo”.
Y como si hubiera calado a Jean, Maximillian murmuró con una sutil sonrisa en los labios. A continuación, se dio la vuelta por completo y empezó a caminar.
Nunca era de los que se rendían sin luchar. Jean tuvo que hacer un esfuerzo para no poner cara de disgusto. Y entonces, oyó la voz.
“Me han comunicado que seréis la nueva musa, mi Lord”.
Matt Grisham empezó a murmurar, con voz sombría y los pies firmemente plantados en el suelo. Miraba fijamente la espalda de Maximillian, que ya se encontraba a varios pasos de él. Jean observó al joven conde. Sus miradas se cruzaron.
Su tono parecía normal. Sin embargo, era evidente la animosidad que se escondía tras él.
Una musa. Jean asintió levemente.
Los ojos de Grisham ardían. Jean casi podía oír cómo rechinaba los dientes. No se dejó afectar, sino que siguió mirando el camino que Maximillian había tomado. Aún podía ver la espalda del príncipe.
“Yo también hube de cumplir con tal tarea en una ocasión, mi Lord”.
Grisham dijo las palabras con la mandíbula apretada. El hombre parecía ansioso por hacerle saber a Jean que sabía lo que significaba ser la musa del príncipe y lo que esa tarea conllevaba. Jean se quedó quieto, sonriendo. Entonces, le devolvió el gesto.
“Acaso aún podríais haber sido una musa, si hubieseis sabido cuándo morderte la lengua”.
Matt Grisham apretó el puño al oír las palabras de Jean. La Casa de Grisham había obtenido el insignificante título de conde a cambio de ofrecer riquezas desmesuradas a la familia real. Para alguien de un linaje tan humilde, aquel hombre parecía extrañamente valiente. Jean esbozó una sonrisa burlona y le dio una palmada en el hombro.
“Hasta la próxima”, dijo Jean, y los puños de Grisham temblaron. Aquella imagen le resultó satisfactoria.
“…Vuestra Gracia pinta con manos hábiles.”
Jean estaba a punto de dejar atrás al hombre para seguir al príncipe cuando oyó aquellas palabras. El tono de Grisham parecía el del mismísimo diablo, lleno de desprecio y resentimiento; sin embargo, al mismo tiempo, daba la impresión de que estaba haciendo todo lo posible por contener su ira. ¿Sería por la ambigüedad de las palabras? A Jean le hizo gracia y no pudo evitar echarse a reír. Grisham añadió, rechinando los dientes.
“Me pregunto cuándo estará terminado vuestro… retrato, mi Lord”.
Jean no se volvió ni respondió. Sencillamente siguió caminando hacia el frente, en busca de aquella espalda que se había desvanecido de su vista.
*
Maximillian se encontraba en un lugar no muy lejos de allí. Estaba de cara a Jean, como si lo hubiera estado esperando, con el abrigo de Jean todavía envuelto alrededor de su cuerpo. Con una nube blanca de aliento, el rostro de Maximillian parecía especialmente descolorido, enmascarado por el brillo nacarado de su respiración.
“El hombre era demasiado descarado, Vuestra Gracia”.
Jean habló en un tono suave. Maximillian levantó las cejas. Jean se quedó mirando la forma de las elaboradas cejas que dibujaban un arco.
“¿Escuchaste la conversación?”
“Sí, Vuestra Gracia, aunque no fue mi intención hacerlo”.
¿Estaba molesto? Jean observó a Maximillian fruncir el ceño. La luna estaba excepcionalmente brillante. Maximillian miró hacia la luz, dejando que esta iluminara su rostro en lugar de su espalda. Jean podía verlo claramente.
“¿Acaso tú—”
Aquel rostro despertó en Jean una extraña sed y, antes de que pudiera contenerse, ya había empezado a hablar. Jean se detuvo un instante. Maximillian lo observaba, con el rostro ligeramente inclinado hacia arriba. Se miraron fijamente a los ojos.
“¿Acaso lo pintasteis a él también, Vuestra Gracia?”
Jean apenas preguntó. Tenía la boca reseca, y oyó el resoplido de una sonrisa burlona.
“Pintarlo, no lo hice”.
Con una respuesta ambigua, Maximillian observó a Jean, y allí estaba de nuevo. Esa mirada que parecía atravesarlo y ver a través de él. Era esa mirada. ‘Pintarlo, no lo hice’. Jean se sorprendió repitiendo esas palabras. Él mismo sabía muy bien lo que hacían tras las puertas aquellas a las que llamaban musas, yendo y viniendo de la recámara del príncipe heredero.
“Algunos confunden la tarea de calentar mi lecho con la de un amante”.
Maximillian habló con calma. Las hojas secas crujían bajo sus pies con cada paso que daba.
“Simplones que creen que es un acto de sumisión y afecto cuando yo simplemente me estoy complaciendo, buscando mi propia dicha”.
Jean recordó cómo Matt Grisham casi gritó las palabras ‘yegua en celo’. Al mismo tiempo, recordó cómo él mismo se burló del príncipe en el pub de Cornell con sus compañeros, quienes compusieron una canción entera para satirizarlo. Jean se quedó sin palabras. Como antes, una sensación sensual y contenida lo invadió. Era una sensación que no podía describir, pero que también le resultaba familiar.
“Y esos hombres parecen tener la impresión de que es una gran vergüenza abrir las piernas y recibir su miembro, más yo no concuerdo. Bien pude haber abierto mis piernas, pero eran ellos quienes jadeaban como un perro mientras me montaban. Existe la mera diferencia de roles, pero la naturaleza de la acción sigue siendo la misma, y no soy yo quien considera tal acto vergonzoso”.
Maximillian tarareaba sus palabras como si supiera qué pensamientos rondaban por la mente de Jean. A Jean le pareció escandaloso, y, sin embargo, notó que se le sonrojaba el rostro. No sabía si lo que sentía era vergüenza por haberse burlado del príncipe o ira por la incongruencia de sus palabras. Mientras tanto, Maximillian siguió hablando.
“Y de ninguna manera soy voluble al elegir a quiénes llevar al lecho”.
En pocas palabras, el príncipe estaba diciendo que era un hombre promiscuo, ni más ni menos. Jean tuvo que intentar aplacar la confusión que se le escapaba. Y entonces, lo vio.
“Sin embargo”, Maximillian esbozó una leve sonrisa.
Esos labios curvados eran preciosos.
“Soy bastante meticuloso con respecto a una cosa”.
Sí, el hombre era hermoso. Vuestros ojos centelleaban en la oscuridad, vuestro cabello era rojo y vuestro rostro brillaba como si toda la luz lo adorara, ya fuera la sutil luz de la luna o la del salón de banquetes. Todo en vos era hermoso.
“Soy más bien meticuloso al elegir qué objeto de belleza agraciar con mi lienzo”.
Jean se había maravillado de la belleza principesca del hombre desde el momento en que lo conoció. Sin embargo, le desconcertaba por qué la admiración se había vuelto repentinamente incontrolable en ese instante. Sabía mejor que nadie que la apariencia era solo una cáscara vacía, y aun así, en ese preciso momento, ¿por qué se sentía tan abrumado por una reverencia tan intensa que le hacía llorar? Jean no pudo evitar preguntárselo. Permaneció inmóvil, con los labios apretados. Podía ver el rostro del príncipe, oculto por su sombra. El príncipe le sonreía. En algún lugar, algo desprendía una tenue fragancia a menta.
“Hmm”.
Maximillian estudió a Jean, con el mismo semblante que había mostrado antes en el carruaje mientras miraba por la ventana. La voz de Chantelle en el pub lo acompañaba. Jean no pudo decir nada. Sabía que era imposible, pero se encontró viendo un rostro que jamás había visto, dibujado sobre el de Maximillian con tanta claridad y crueldad.
Fue entonces cuando Jean recordó dónde había sentido esas emociones antes, la misma sensación sofocante y apagada. Emociones parecidas a la vergüenza y la humillación, pero no exactamente iguales.
‘Os ofrezco mi presente, vuestra libertad. Quiera el cielo que sea de vuestro agrado’.
Eran las mismas que Jean había sentido hacía mucho tiempo, cuando se encontraba solo en la habitación de una posada de lujo. Eran precisamente las emociones que le invadieron al ver la primera carta que le envió su nuevo amo, hacia quien Jean se mostraba receloso y escéptico en aquel momento, y a quien, en secreto, detestaba.
“Bien”.
Maximillian dijo de repente. Fue tan inesperado que Jean no logró entender qué quería decir. La brusquedad de sus palabras impidió que Jean respondiera. Maximillian siguió hablando, con aire indiferente.
“Podéis besarme”.
Habló con tanta naturalidad como si Jean hubiera pedido permiso para un beso. Los dos estaban cerca, y el príncipe alzó la barbilla como si no hubiera otra opción.
La boca de Jean se abrió de golpe, y Maximillian se acercó más.
“Tenías una mirada que pedía permiso”, susurró el príncipe, riendo entre dientes.
Su tarareo sonaba como una melodía, y una sensación peculiar se apoderó de Jean. Le pareció como si Maximillian se hubiera convertido en una canción y hubiera volado hacia él en forma de melodía. Desde algún lugar, de la nada, como aquella persona que ya lo había hecho una vez en su vida.
Antes de darse cuenta, Jean se encontró inclinando la cabeza hacia un lado. El aliento del príncipe le hizo cosquillas en la mejilla. Su piel suave y nacarada rozó brevemente el rostro de Jean antes de retirarse. El cabello le hizo cosquillas en la frente, y sus narices se rozaron.
Jean, como embrujado, bajó la cabeza y cerró los ojos. Con un matiz de ternura, una ráfaga de aliento febril le rozó los labios. Todo le parecía tan vívido y nítido, las manos de Maximillian acariciando el rostro de Jean, el aroma a menta flotando en el aire y esos labios increíblemente empalagosos. Era un fenómeno bastante ridículo, pero cuando Jean estaba con Maximillian, no sentía nada de la repulsión que solía experimentar, como si la luna que se cernía sobre el jardín le hubiera hechizado.
*
Estoy fuera de mí. Jean se echó agua fría en la cara con un movimiento que más bien parecía una bofetada. Ya había repetido el gesto varias veces y hacía rato que tenía la cara entumecida por el frío. Se secó la cara bruscamente, pero enseguida se arrepintió, pues cuando la suave toalla le rozó la piel, recordó la ternura de unos labios aún más suaves.
También le vino a la mente la expresión que tenía Maximillian después, con los ojos cerrados y una leve sonrisa. Curiosamente, Jean sintió que se le oprimía el corazón y se le hacía un nudo en la garganta. Tiró la toalla. No había nadie más a quien culpar. Maximillian Joachim simplemente había hecho lo que solía hacer, y había sido Jean quien había caído en la trampa. Él era el tonto.
Se besaron dos veces en el jardín del marqués de Rubin, pues en cuanto Jean entreabrió los labios, Maximillian lo atrajo hacia sí. Cuando aquellos labios suaves se posaron sobre el labio inferior de Jean, este no tuvo fuerzas para negarse a él. Cuando Maximillian se aferró a Jean y succionó su lengua, este no tuvo la fuerza para no sostener al hombre entre sus brazos.
Jean podía sentir el pecho plano y el cuerpo tonificado de un hombre, mas no sintió asco en particular. Al contrario, sintió una sutil excitación. Jean suspiró. Recordaba cómo había devorado con avidez los labios del príncipe.
Maximillian inició el beso, y fue él quien tuvo que apartar a Jean para terminarlo. Jean bajó con cuidado la mano que sostenía el rostro del príncipe. La idea de que alguien pudiera haberlos visto se le ocurrió solo después, pero se sintió sorprendentemente sereno. Y así permaneció, desde la intimidad del jardín hasta su partida en el carruaje.
Fue al subir al carruaje cuando Jean perdió la paz. Maximillian simplemente silbó una melodía y guardó silencio, pero para Jean supuso un reto mirarlo a la cara. Jean estaba asustado. Temía que el príncipe percibiera las emociones descontroladas que albergaba. Se giró hacia la ventana y miró hacia afuera, inmóvil como una gárgola. Si Maximillian no hubiera dormido bajo el armiño que Jean le había conseguido, Jean se habría limitado a contemplar el paisaje que pasaba durante todo el trayecto.
‘Os veré el miércoles’
Habían recorrido una distancia considerable y, al llegar, el sol empezaba a salir lentamente. Maximillian se había negado rotundamente a la petición del marqués de que pasara la noche en la mansión.
‘Permitidme el honor de escoltaros de regreso al palacio, mi señor príncipe.’
Jean recordó las palabras que le había dicho al príncipe aquel amanecer. El príncipe heredero no se había detenido en el Palacio Real, sino en una calle de la capital. Jean también recordó el rostro del príncipe, con una leve sonrisa, moviéndose de un lado a otro.
‘Regresaré después de echar un vistazo alrededor’.
‘Vuestra Gracia…’
A continuación, Jean se preguntó cómo debía terminar su frase.
Requerís guardias, los cuales no tenéis. Decir esas palabras sin duda heriría el orgullo principesco.
Maximillian era el príncipe heredero del Imperio de Joachim. Jean no tenía por qué recordárselo al príncipe, por mucho que este deambulara por las calles sin un solo guardia que lo protegiera. Jean prosiguió con lo que estaba diciendo.
‘Requerís protección, señor príncipe’.
Maximillian dio una respuesta simple pero severa.
‘Jean. Mis guardias ya me protegen. Están simplemente ocultos, no visibles a vuestros ojos’.
Y así terminó todo. Jean ya no podía detener al príncipe, no cuando su voz había sonado tan severa y tajante. Jean, incapaz de detener a Maximillian, solo pudo quedarse mirando cómo su silueta se desvanecía entre la niebla matinal. Volvió al carruaje y acababa de regresar a la mansión Erhardt.
“Guardias…” Jean murmuró para sí mismo.
Había ordenado a sus soldados que registraran la zona en busca de guardias. Cuando Jean les preguntó si habían encontrado alguno, todos negaron con la cabeza. ¿Acaso ese era el último vestigio del orgullo del príncipe? Jean reflexionó, frotándose la mandíbula. Mandó a un hombre a seguir a Maximillian.
El hombre le informó a Jean que el príncipe había dado un paseo tranquilo por las calles antes de regresar al Palacio Real. Ya no había razón para que Jean se preocupara por el asunto, pero se sentía extrañamente inquieto.
Era una sensación perturbadora. Jean se desplomó en la cama y se tapó los ojos. Era consciente de su innecesaria y excesiva vigilancia a Maximillian Joachim. Sí, lo era. Sin embargo, no podía controlarlo, sobre todo después de escuchar las absurdas especulaciones de Chantelle Francis.
Que el príncipe tuviera guardias o no, no era asunto de Jean. ¿Y, de entre todos los asuntos, guardias? Era ridículo que Jean se preocupara por eso. Una vez consumado el acto, Maximillian Joachim encontraría la muerte de todos modos. Ya fuera a manos de los revolucionarios o del codicioso Gran Duque, víctima de falsas promesas.
Quizás sería mejor que un suceso desafortunado fuera la causa de su muerte prematura. Podría ser atacado en la calle, simplemente confundido con un miembro de una familia rica. Podría ser atropellado por un caballo de carga. Fuera lo que fuese, a Jean no le importaba, y él lo sabía.
¿Pero y si…? ¿Y si el príncipe fuera realmente la Petite Perle?
Jean sintió un escalofrío. Se puso de pie. Sacó la servilleta con la escritura de Perle junto con sus otras correspondencias. El modo elegante y sofisticado de hablar y escribir brillaba de forma penetrante. Entre ellas, Jean encontró lo que estaba buscando. Ya sabía cada palabra de memoria, más tenía que verificar en caso de haberse equivocado
‘Existen asuntos que la historia no puede evadir. Hacia el nuevo mundo’.
Hacia el nuevo mundo. La Pequeña Perla escribió claramente estas palabras. Fue cuando Jean estaba considerando unirse a los revolucionarios. Compartía ciertas ideas con sus compañeros, pero en ese momento, nada era más importante para Jean que la voluntad de su Pequeña Perla.
Sabía que la Perla era una aristócrata que vivía en Joachim. También sabía lo que la mayoría de los aristócratas pensaban sobre la revolución, la república y la igualdad.
Y si se descubría que la Perla compartía las opiniones de otros nobles, Jean se juró a sí mismo que abandonaría a los revolucionarios. Buscaría a la Perla y huiría con ella antes de que comenzara la revolución, sirviendo a su dueña el resto de su vida. Esa fue también la razón por la que, en ese momento, no le había contado a nadie relacionado con la causa sobre la existencia de su Pequeña Perla. Sin embargo, su dueña había expresado claramente su apoyo a la revolución por un escrito con elegancia.
Jean solo pudo respirar tranquilo después de confirmarlo con sus propios ojos.
Tengo razón.
Maximillian Joachim simplemente no puede ser la Pequeña Perla. No solo era un Joachim, sino que también pertenecía a la línea real directa. Preferiría sofocar cualquier atisbo de revolución al descubrirlo antes que brindar apoyo a la causa.
Sí, el príncipe conocía el pasado de Jean y quién había sido, pero, como él mismo había dicho, descubrirlo no suponía ningún reto para alguien con buen ojo. Incluso Jean había previsto este percance un par de veces: que algunos jóvenes aristócratas con los que Johnny había entablado amistad pudieran reconocerlo. Por eso se molestó en investigar a los aristócratas, indagando en su crianza en la capital.
También fue la razón por la que Jean empezó a usar su nombre real en lugar del que usaba cuando servía en la mansión de Erhardt. Entre los amigos de Johnny, muy pocos tenían un estatus tan noble como el de un duque, e incluso aquellos que lo tenían, sus finanzas no eran muy diferentes a las de la casa Erhardt. Jean no los consideraba una amenaza. Había pasado una década, tenía otro nombre y un estatus social distinto. Jean preveía que nadie se atrevería a hablar del catamita del pasado.
Maximillian Joachim podía hacerlo porque era el príncipe heredero. Eso fue lo único que Jean y sus hermanos habían pasado por alto. Fue su culpa haber descuidado al descarriado y miserable heredero al trono. Sin duda, ¿quién podría haberlo previsto? Incluso si hubieran sabido que el príncipe tenía tan buen ojo, nadie habría anticipado que el hombre recurriría al ahora heredero de un duque para que le calentara la cama.
Jean ordenó con cuidado sus pertenencias. Había viajado una larga distancia y había hecho algo que no había previsto. Jean estaba fatigado. El sol entraba a raudales por las ventanas, pero Jean se recostó en la cama y corrió las cortinas. Habiendo puesto en orden su mente desordenada, ya no lo atormentaban los pensamientos como antes. Y así, Jean Erhardt se quedó dormido.
En su sueño, Jean estaba en la biblioteca de la academia, y era un niño, sentado en un rincón, leyendo su libro más preciado. Probablemente fue entonces cuando lo oyó. Jean estaba pasando las páginas, haciendo un crujido, cuando alguien dejó una pila de libros a su lado. Jean alzó la vista hacia la sombra que se proyectaba sobre la pila, y sus miradas se cruzaron. La persona sonrió. Sus ojos eran grises como las cenizas.
*
Llegó el fin de semana y Jean recibió una carta de Robert Joachim. Se trataba de una invitación para cenar el miércoles, tal y como Jean había previsto. Jean redactó una respuesta cortés, en la que expresaba su agradecimiento por la invitación y su deseo de asistir al próximo evento. Mientras tanto, no había dejado de advertir al Gran Duque de que quizá no llegaría tan puntual, ya que pasaría la mañana en compañía de un personaje de la más alta nobleza dentro de los recintos del Palacio Real, una estrategia sutil. Jean se sentía optimista respecto al plan. Todo iba bien.
En la capital corrían con fuerza los rumores de que la enfermedad del emperador había empeorado. El anciano, postrado en cama desde hacía algún tiempo, pronto sería llamado por los cielos. Y tal vez este fuera el origen de los rumores de que el gran duque y el príncipe heredero iban y venían de la habitación del emperador, afirmando en silencio el dominio de cada uno sobre el otro. Maximillian Joachim, el único hijo del emperador, y el gran duque Robert, el primero en la línea de sucesión entre los seis hermanos del emperador, las historias tenían algo de verdad.
“¿Cómo podría un enfermizo y tierno muchacho tener oportunidad alguna contra el Gran Duque, el hombre que antaño fue la espada de las fronteras?”
Sin embargo, no muchos se hallaban intrigados por la contienda por el trono, pues el vencedor era por demás evidente.
“Es mejor que no nos reunamos por un tiempo. El Gran Duque debe de estar ávido por observarnos.”
Jean le contó a Wickham, que acababa de reaparecer tras cambiarse de ropa. Se habían encontrado en una sastrería, fingiendo una coincidencia. La excusa de Wickham era conseguir un vestido de Chantelle, y la de Jean, probarse una prenda nueva para su cena con Robert Joachim. El dueño de la tienda también era miembro de la causa, lo que hacía que el encuentro fuera seguro. Aun así, no podían evitar mantenerse alerta, en guardia.
“Ninguno de cuantos le respaldan mostraría interés alguno por esta facción”.
Wickham se burló. No se equivocaba, pero Jean siguió negándolo.
“Recordad siempre, Nathan, que la insurrección de los magnates demanda vigilancia, en tanto que nuestra propia rebelión no es más que atropello y opresión”.
Wickham suspiró levemente al oír las palabras de Jean y asintió con la cabeza. El reflejo del caballero en el espejo era pálido. Ahora que la empresa había comenzado oficialmente, debía de estar nervioso.
“¿Asumo que el reclutamiento marcha con buena fortuna?”
Tras fijarse en el aspecto de su amigo, Jean le preguntó. Wickham asintió con la cabeza mientras se ataba la corbata. Se estaba probando un abrigo nuevo mientras estaba en la sastrería.
“En su mayoría corresponsales y periodistas. Más caballeros del bando del Gran Duque se han unido también”.
Los acontecimientos se desarrollaban sin contratiempos. No había necesidad de involucrar a la gente corriente, que ya tenía bastante con llegar a fin de mes y estaba totalmente ocupada con la tarea. Tenían todo lo necesario, un magnate que financie la mano de obra, periodistas que difundan la información y caballeros que aporten fuerza física real.
“…¿Y qué hay de la iglesia?”
Sin embargo, por razones desconocidas, esa imagen pasó por la mente de Jean. La imagen de la gente formando una larga cola para recibir pan. Wickham frunció el ceño. ¿Le molestaba la pregunta? ¿La iglesia? Wickham repitió lo que había dicho Jean.
“¿Acaso os referís a los miembros del clero, Jean?”
Wickham preguntó más, con su desagrado y duda evidentes en su tono, que fue justamente justificado. Aparte de la familia real, se decía que los eclesiásticos que servían en el clero eran los más ricos. Eran aristócratas, en cierto sentido, ricos y privilegiados como eran. En cuanto a su exclusividad, en efecto, no eran diferentes de los nobles. Sin embargo—
“No precisamos que sus hombres se unan a nosotros”, comenzó Jean mientras pensaba en silencio para sí.
—aquellos que recibían el pan ante la iglesia eran distintos de sus supuestos siervos.
“Simplemente estimé que sería prudente proveer auxilio financiero a una o dos iglesias. Muchos parecían depender de ellas para su sustento, obteniendo allí sus raciones”, Jean siguió hablando con cautela.
Wickham se mofó. Sonáis igual que Chantelle, escarneció. Jean entornó los ojos en tanto Wickham le desdeñaba.
“Jean, obrar de tal suerte no sería más que oscurecer la línea de batalla”.
“Digamos que estamos expandiendo las filas de nuestros cofrades”.
“¿Cofrades? ¿Quiénes? ¿Acaso os referís a aquellos que dependen de la iglesia? ¿A aquellos que habitan en los callejones, queréis decir? Aun si los sumáramos a nuestra causa, ¿qué os podrían ofrecer ellos en retorno, Jean?”
“Nuestra causa es desarraigar el imperio, más muchos acontecimientos imprevistos nos aguardan aún después de nuestra ventura. Casos de conflicto civil habrán de surgir con frecuencia. Bien nos valdría contar siempre con mayor respaldo para nuestra causa”.
¡Válgame el cielo!, la boca de Wickham se abrió de golpe. Sus ojos se dilataron. Clavó la mirada directamente en los ojos de Jean antes de sacudir la cabeza de izquierda a derecha. Al punto, soltó una risa vacía e interrogó a Jean.
“¿Mayor respaldo para nuestra causa? ¿Ellos, quienes en este preciso instante en que hablamos no pueden alimentarse a sí mismos? ¿Verdadera fe tenéis en ello?”.
“…”
“Aun si acudieran en auxilio de nuestra causa, Jean, ninguna necesidad tenemos de dar un paso al frente con presteza. No precisamos iniciar alianza alguna con la iglesia. Una vez que la revolución dé comienzo, las gentes se verán atraídas de forma natural por su ideal. ¿Acaso no sabemos quiénes serán los primeros en congregarse bajo nuestra enseña?”
Aquello resultaba a todas luces descabellado. Wickham poseía la tendencia de sobrevalorar los ideales de libertad e igualdad. Jean supuso que se debía a la estirpe de aquel varón, habiendo crecido en el seno de un opulento mercader y alcanzado la dignidad de caballero, si bien dicho título no era de carácter hereditario.
“Nathan Wickham”.
Sin embargo, a Jean no le apetecía dar una charla al hombre sobre el poder del hambre y la inanición. A Wickham no le iba a convencer tan fácilmente la idea de que tener pan sobre la mesa era mucho más importante que meras palabras abstractas como libertad e igualdad.
“En mi condición de cofrade, simplemente os hago una sugerencia. Y, por cuanto he formulado tal propuesta, espero que la presentéis ante la mesa y la discutáis con los demás. Bástame con tan solo escuchar el veredicto”.
“Pero—”
“No es menester que provenga de la facción. De igual suerte, habré de hacer cuanto esté en mi mano por mi propia cuenta. Así pues, cuando alcancéis un veredicto, no vaciléis en transmitírmelo”.
¿Sería por la severidad de su tono? Wickham seguía mostrando una expresión de descontento en el rostro. No obstante, asintió con la cabeza en señal de confirmación. Jean se puso en pie mientras el sastre traía consigo la tela que se iba a utilizar. Era un cuero de gran calidad en un tono de ceniza oscura. Jean decidió rápidamente el diseño de su nueva levita y eligió las gemas que la adornarían a modo de botones. Tenía que demostrar su riqueza una vez más ante Robert Joachim.
“De entre todos los lugares, habéis de tener afición por la iglesia…”
Wickham murmuró algo antes de salir de la tienda. Su tono parecía desconcertado. Sacudió la cabeza de un lado a otro mientras se marchaba. Jean se quedó sentado en la tienda un rato. No salió del local hasta que consideró que había pasado el tiempo suficiente. Pudo ver que el callejón estaba bañado por la luz del sol. Debía de ser mediodía, ya que aquel mismo callejón se veía de nuevo bendecido por el repique de las campanas de la iglesia.
‘Mi Joachim’.
Jean recordó la dulce voz del Príncipe Heredero.
Había hablado como si contemplara algo precioso ante sus ojos, pero el callejón que se extendía ante Jean parecía tan desolado que palidecía ante el resplandor del sol. Mendigos, espaciados entre las paredes pintadas, permanecían inmóviles como cadáveres. Entre ellos, ratas se arrastraban, alimentándose de clavos rotos y demás. Y en el centro, la gente caminaba encorvada como esas mismas ratas. Era un callejón moribundo, un imperio moribundo.
“…Regresemos”.
Una escasa cantidad de pan no produciría ningún cambio significativo. Jean lo sabía bien. Pero alguien sobreviviría un día más, pensó Jean mientras subía al carruaje. Alguien abriría los ojos y vería el nuevo mundo gracias a la humilde generosidad de Jean.
Por lo tanto, Maximillian Joachim no había motivado esta decisión. Él no era la razón, se dijo Jean mientras limpiaba el hielo de la ventana del carruaje. Su rostro apareció en el cristal y luego desapareció. Una expresión críptica emergía y se desvanecía con la misma frecuencia durante un buen rato.
*
“Llegaís tarde”.
El miércoles, cuando Jean llegó al palacio, Maximillian ya estaba despierto por alguna razón. El príncipe incluso se había puesto el traje de corte con esmero, lo que dejó un poco desconcertado a Jean. Acababa de llegar al palacio con diez minutos de retraso, pensando en que, a esa hora, el príncipe solía estar tumbado en la cama.
“Perdonadme, Vuestra Gracia”.
Jean hizo una leve reverencia y Maximillian se encogió de hombros. Todo estaba listo, el caballete, el lienzo y otras herramientas. Cuando Jean se acercó a la cama, alguien desde fuera cerró la puerta de la habitación. Jean se desató lentamente la corbata, mientras Maximillian no hacía ningún comentario. Simplemente estaba sentado ante el caballete, con las piernas cruzadas. El príncipe no parecía tener intención alguna de ordenarle a Jean que participará en el mismo libertinaje que había impuesto anteriormente, lo que contribuyó a que Jean se sintiera más a gusto.
Cuando finalmente quedó al descubierto, sintió un leve escalofrío. Jean se recostó lentamente en la cama, y los muebles lo acogieron con suavidad. Se tumbó de lado, apoyando parte de su peso en un brazo. El lápiz de Maximillian comenzó a moverse. Pronto, el crujido y el rasgueo del dibujo le cosquillearon los oídos. El sonido era tan sutil que costaba creer que fuera obra de Maximiliano, quien movía la mano con expresión apática. Jean escuchó el sonido mientras observaba a Maximillian. La luz dibujaba líneas en el rostro del príncipe.
“…Por favor, ¿dónde ha estado, Su Gracia?”
A Jean le tomó un prolongado instante antes de formular la interrogante. Extrañamente, se sentía nauseabundo. Maximillian dirigió una mirada hacia Jean. Aquella contemplación difería de cuando le contemplaba con el propósito de plasmar su semblante. Era un tanto más aguda, un tanto más sagaz. Era la mirada de un varón que observa a otro varón.
“He solicitado una audiencia con Su Majestad”.
Maximillian respondió llanamente. Su Majestad. Jean a duras penas contúvose de proferir un gemido. Maximillian rió.
“¿Por qué lo preguntáis? ¿Acaso os pareció peculiar que me hallara despierto?”
Sus dientes blancos como la leche se asomaron un instante antes de volver a ocultarse. El lienzo solo mostraba la mitad del rostro del príncipe, y su sonrisa también se veía a medias. Antes de que se diera cuenta, Jean ya estaba estirando el cuello para ver mejor. El rostro de Maximillian no dejaba de aparecer y desaparecer.
“He oído, mi señor príncipe, que Su Alteza Real ha estado indispuesto”.
“Sí, así ha sido, desde hace ya varios años”.
Una sombra se proyectó sobre su rostro, y Jean contuvo el aliento, observándola. Al punto, los labios de Maximillian se curvaron tal como siempre lo hacían.
“Y por causa de la dolencia, hube de convocar a Montespan. Ella acaba de arribar esta mañana, y requirió algún tiempo el escoltarla hasta la cámara de Su Majestad”.
Montespan era la antigua manceba del enfermizo rey, una cortesana. Tras una prolongada pugna por el poder contra la reina, se le había agraciado con un castillo en el norte y abandonado el palacio. De seguro ella había retornado. Después de todo, habiendo transcurrido ya muchos años desde que la reina falleciera, el palacio debía de precisar de alguien que permaneciera al lado del emperador y velara por él.
Sin embargo, al mismo tiempo no era un asunto sencillo. Sin duda, había sido voluntad del emperador convocar a la cortesana desterrada, y los reyes solían hacer algo así cuando intuían su inminente fallecimiento. Por lo tanto, la llegada de Montespan presagiaba el final de la prolongada enfermedad del emperador. De ahí que significara que—
“¿Por qué me contempláis con tales ojos?”
— el momento estaba a punto de llegar.
“…No es nada, Su Gracia”.
Jean bajó la mirada. Sintió lástima por aquel necio que acababa de declarar su propia perdición sin percibir la menor amenaza. Jean sonrió levemente, aliviado por primera vez de estar en aquella cama. Si estuviera al tanto de lo que ocurría en el palacio, les sería de gran ayuda. Y Maximillian, que ni siquiera soñaba con tal cosa, estaba absorto en su dibujo, frunciendo y relajando el ceño repetidamente. Estaba tan concentrado como si todo su mundo estuviera dentro del lienzo.
Un tonto. Jean pensó para sí mismo, mirando fijamente el rostro.
Eran tiempos de desorden y hambruna. No era momento para que el príncipe heredero del imperio dibujara y pintara. Si Jean se hubiera encontrado en la posición del príncipe, habría estado luchando con el Gran Duque por el trono o completamente absorto en la vigilancia contra adversarios más allá del Gran Duque. Sin embargo, allí estaba el príncipe, ocupado dibujando a un Jean desnudo.
Era un tonto. Eso también significaba que sería igual de fácil manipularlo.
Aquel pensamiento tranquilizó a Jean. Recordó su motivación inicial al acercarse. Jean era prisionero de Maximillian, y mientras lo fuera, fingiría estar enamorado del príncipe para impresionar al Gran Duque. Ese era el motivo de Jean. Tras su visita al príncipe, cenaría en el castillo del Gran Duque Robert. Ya estaba un paso más cerca de su objetivo.
“Parecéis dirigir la mirada hacia mi persona con frecuencia”.
Jean, mientras reflexionaba para sus adentros, lo había contemplado como si el príncipe fuera su presa. Maximillian esbozó una sonrisa burlona y posó su lápiz, apartando su cuerpo del caballete.
“¿Qué pensamiento albergáis?”
Maximillian preguntó, sin levantarse de la silla. Jean fingió dudar, midiendo sus palabras antes de hablar. El príncipe había trastocado los planes de Jean, y este tenía la intención de volver a encauzarlos.
“En vuestra hora final…”
Jean hizo una pausa deliberada entre una palabra y otra. Con un brazo colocado debajo de la cabeza, adoptó la expresión más vacilante que pudo esbozar.
“Me hallaba contemplando si acaso merecería el honor de ser vuestra Montespan en vuestra hora final”.
Vuestra Montespan. Hacía referencia a la manceba de Su Alteza Real. Inquirir si Jean podría ser su Montespan equivalía a preguntar si podría convertirse en la cortesana más amada, aquella que custodia su flanco en el lecho de muerte. Jean dirigió la mirada hacia el príncipe, intentando descifrar su semblante. Maximillian mantenía una de sus cejas alzada, con la sonrisa ladeada.
“¿Mi Montespan?”
Su tono hallábase más cercano a la curiosidad que a la mofa. Jean selló sus labios con presteza para fingir confusión.
“¿Desde cuándo habéis ansiado ser mi Montespan?”
“…Perdonad mi osadía, mi señor príncipe.”
Jean hablaba con prisa, como si realmente fuera un hombre que hubiera cometido el error de expresar sus pensamientos en voz alta. Entonces, bajó ligeramente la barbilla. Vio la moqueta que cubría el suelo y oyó el sonido de unos zapatos de vestir al golpear contra el suelo. Jean podía ver la puntera de los zapatos.
“No”, El príncipe tomó la palabra.
Jean tenía la barbilla levantada. Ya se había acostumbrado a él. Jean parpadeó un par de veces.
“¿Cómo podría yo juzgar como un yerro una palabra de tal adoración?”
Míradme, susurró el príncipe. Jean se mordió los labios con fuerza una vez antes de levantar la mirada, con una expresión conmovedora, como si estuviera contemplando algo que nunca podría poseer.
Maximillian sonrió antes de que sus miradas se cruzaran. No volvió a decir nada más. Jean intentó descifrar su estado de ánimo. Era consciente de que cualquier muestra de afecto demasiado repentina despertaría sospechas. Jean miró a su alrededor y habló.
“Yo… yo he caído en un desatino, Vuestra Gracia. Perdonadme. Yo… simplemente me hallaba un tanto confuso a causa del lance previo…”
Entonces, Jean hizo una pausa. Maximillian esperó a que continuara, con una expresión de tranquilidad grabada en el rostro. Su mirada parecía la de alguien que observa a un pájaro atrapado en una jaula, y era precisamente la misma mirada que Jean había dirigido al príncipe poco antes.
“Un tanto… confuso…”, la voz de Jean se fue apagando.
¿Cómo podía ser que aquellos ojos pertenecieran al mismo varón que había permanecido en el jardín? Jean aún podía rememorar vívidamente el intelectual modo de hablar del príncipe y su tono, su mirada particularmente intensa.
Debí de haber sido engañado, hechizado momentáneamente, pensó Jean, consolándose a sí mismo. Sentía que resultaba del todo insensato de su parte haber creído que su Petite Perle pudiera ser Maximillian.
“¿A causa del lance previo?”
El príncipe ladeó la cabeza con aire interrogativo. Jean se había incorporado y ahora Maximillian lo empujaba hacia atrás, mientras exclamaba ¡Ah! en voz alta, como si hubiera recordado algo.
“¿Acaso os referís al beso en el banquete del Marqués de Rubin?”, preguntó Maximillian, levantando ligeramente una ceja.
Se echó a reír mientras le rascaba debajo de la barbilla a Jean, como si fuera un perro.
“Jean, habida cuenta de vuestra edad y de vuestra propia persona, ello no debería asombraros”, susurró la voz.
“…”
“¿Qué es aquello que conspiráis?, hmm?”
El príncipe hizo una observación muy aguda. Sin embargo, el tono de alegría de su voz delató su mensaje. Jean se dio cuenta y decidió que no hacía falta que se defendiera, pues Maximillian había empezado a susurrar.
“No importa”.
El príncipe inclinó la cabeza hacia un lado antes de continuar:
“No es propio de mi naturaleza declinar aquello que me es ofrecido”.
Entonces, sus labios se rozaron brevemente, tan ligeros y rápidos como el picoteo de un pájaro. Jean entreabrió los labios, correspondiendo al beso, mientras atraía al príncipe hacia sí con la mano. Maximiliano se dejó llevar sobre la cama. Sus lenguas se entrelazaron sin esfuerzo, y Jean percibió el fresco aroma a menta.
Tuvo que apretar los dientes para recordarse una vez más que aquel hombre no era su Perla.
En efecto, no lo era.
Aquel hombre, que acariciaba el rostro de Jean con tanta ternura como si fuera su posesión más preciada, no era la persona que Jean tanto había anhelado. Este hombre, cuyos dedos estaban negros por el lápiz, cuyo cuerpo se subía a la cama, cuya lengua se deslizaba entre sus labios, no era el salvador de Jean.
Él se lo repetía una y otra vez mientras posaba su mano sobre la del príncipe, pues si no recordaba esto, sentía que sería absorbido por un reino desconocido. Su razón sabía que no podía ser, pero no lograba librarse de la idea.
“Su Gracia…”
¿A qué se debía aquello?
“Podéis llamarme por mi nombre, Jean, por cuanto habéis estado del todo deleitable hoy”.
Él lo sabía, más ¿por qué causa era que—
“…Maximillian.”
—¿por qué causa el nombre sabía tan dulce en su lengua?
Jean alzó la vista hacia el hombre que estaba de rodillas, elevándose por encima de él. Los ojos del príncipe eran preciosos, como piedras preciosas engastadas con esmero y maestría. Lo miraba como si fuera algo precioso. Sus besos posaban en la frente de Jean como tiernos pétalos de rosa. Su mano acariciaba el cuello y la oreja de Jean como plumas. Su aliento le hacía cosquillas en el corazón. Jean solo podía quedarse mirando al príncipe, quien sonrió y le preguntó:
“¿Por qué?, ¿acaso requerís el élixir d’amour?”
Sus palabras sonaban a burla, pero no molestaron a Jean. Lo que le molestaba a Jean era, más bien, él mismo, pues ya sabía la respuesta. Jean extendió la mano. Agarró la nuca de Maximillian, que tenía la cabeza gacha. Jean tiró lentamente del hombre hacia sí, tal y como le había hecho el príncipe a él en el jardín.
Entonces, Jean lo negó, diciéndose a sí mismo que todo aquello era para cortarle el cuello al príncipe en el futuro.
(Continúa en el libro 2)
Una breves palabras del autor:
Estimados Lectores:
Es para mí, Cherrymanju, un honor excelso presentaros mi obra a través de la edición en lengua inglesa de Perle. La oportunidad de conectar con lectores de todo el mundo mediante esta crónica constituye verdaderamente un privilegio.
Habría de colmarme de un gozo infinito el saber que el relato de Jean, Maximin y el reino de Joachim ha conmovido vuestros corazones, siquiera en la más modesta de las formas. Ruego a Dios que Perle se convierta en una historia que atesoréis, una que os llame con el aliento de cada invierno.
Deseándoles una ventura imperecedera.
Impresiones sobre el capítulo completo.
Aún no hay comentarios generales.
Conversaciones vinculadas a pasajes específicos.
Aún no hay comentarios vinculados.