*Voy a dividir este acto en dos partes ya que la historia es escencialmente larga.
La mano derecha de Maximillian se deslizó sobre la piel, dejando una estela de frío, como un bloque de hielo recorriendo el cuerpo. Jean alzó la vista hacia el hombre sentado sobre él. Se estaba desvistiendo mientras tocaba el cuerpo de Jean como si fuera un juguete.
Con cada botón desabrochado, se revelaba más y más de su piel de porcelana. Antes de poder detenerse, Jean se maravilló ante su pureza impecable. Pronto, Maximillian se quitó la ropa sin dudarlo. Su pecho plano quedó a la vista al inclinarse hacia adelante.
“Jean.”
La melena pelirroja caía sobre Jean, a punto de derramarse sobre él en cualquier momento. Ocultaba el rostro del príncipe. Jean le apartó el pelo hacia arriba y el príncipe susurró.
“Despojadme de mis pantalones.1”
Su tono era alegre, burlón. Jean no bajó la mirada. Simplemente dirigió la vista hacia abajo. A diferencia de él, que estaba completamente desnudo, Maximillian seguía llevando puestos los pantalones.
Quizás Jean recordó lo que había sucedido antes, pues sintió una sed repentina. Sin otra opción, bajó la mano. Sujetó la tela, desabrochó el botón y la deslizó lentamente, revelando el horrible órgano que había visto antes. Jean apartó el rostro de la visión, y tan pronto como lo hizo, sus labios fueron devorados. El beso fue un castigo leve, pues el príncipe pareció anticipar la reacción de Jean. El príncipe presionó el labio inferior, sin causarle dolor. Se abrió paso con la lengua, tragando la saliva en la boca de Jean. Jean no evitó los labios. Por el contrario, se aferró al príncipe y lo atrajo hacia sí. Lo prefería, pues así se libraba de la tribulación de tener que mirar hacia abajo, y—
“¿Qué capricho vuestro es este?”
—pues el beso no le ofendió.
Maximillian jadeaba levemente. Parecía no haber previsto que Jean correspondería a la exploración oral. Sin responder, Jean apretó sus labios contra los de Maximillian una vez más. Al hacerlo, atrajo al príncipe hacia sí, colocando su cuerpo sobre el del príncipe. Jean dio la vuelta a sus cuerpos y luego miró al príncipe, que esbozó una sonrisa burlona. Maximillian rodeó con las piernas la cintura de Jean.
“Y ahora, ¿qué suponéis que hacéis?”
Estaba bromeando, tratando a Jean como si fuera un niño ajeno a los mecanismos del placer. Jean frunció el ceño. Bajó la mano y sintió el miembro de Maximillian, que estaba medio erecto. Le resultó familiar, similar al suyo. Sin embargo, la sensación no le resultó ofensiva. Mientras tanto, Maximillian siguió bromeando, retorciendo los pezones de Jean. A diferencia de Jean, no había rastro de reserva en la acción del príncipe. Jean presionó ligeramente el miembro de Maximillian con la palma de la mano. A esto le siguió un gemido perezoso.
“¿Conspiráis para asesinarme, por ventura2, con anticipación?”
Su tono era burlón. En lugar de responder, Jean acarició el miembro del príncipe con la mano, frotando la punta con el pulgar. Jean sintió cómo las piernas que lo rodeaban se contraían y se estremecían. Bajó la mirada y se encontró con una piel blanca y tersa. Dudó un instante y luego lamió la piel de la clavícula derecha.
Sintió un ligero sabor salado, como si hubiera probado un pedacito de sal. Pronto desapareció. Jean dejó que su lengua se deslizara. Bajó hasta llegar al pezón. Curiosamente, se le hizo agua la boca. Procedió a abrir la boca y los pezones de Maximillian se acomodaron perfectamente dentro. Trazó un círculo alrededor del pequeño trozo de piel, haciéndole cosquillas. Luego, lo presionó con la lengua. Jean oyó un gemido. Jean lo mordió suavemente mientras Maximillian desenvolvía sus piernas. Su cuerpo parecía haberse debilitado.
“Más…”
Le habló con voz suave. Lamiéndole el pecho, Jean se movió hacia el otro lado. Allí estaba la parte del pecho que aún no había probado. Jean levantó la mano, frotando el pezón derecho húmedo con movimientos circulares mientras succionaba el izquierdo. Podía sentir la mano del príncipe deslizándose por su cuerpo, buscando llegar entre sus piernas.
Jean se estremeció al sentir la mano fría. ¿Era la frialdad de la mano? ¿O era la fugacidad de esa frialdad, que desapareció como la nieve derritiéndose bajo el sol? Jean no podía estar seguro. Lentamente, sintió cómo el calor se extendía y ascendía. Jean separó los labios del pecho de Maximillian . El príncipe lo miraba. Sus miradas se cruzaron. Bésame —dijo Maximillian. Jean presionó sus labios contra los del príncipe, tal como le habían ordenado. Maximillian se aventuró un buen rato dentro de la boca de Jean, como si exhalara la excitación.
“Arrodillaos. Mantened vuestro cuerpo erguido.”
El príncipe dio la orden tras haber saboreado los labios de Jean a su antojo. Jean obedeció dócilmente. Maximillian estaba ahora sentado de espaldas al cabecero. De rodillas, el miembro desnudo de Jean quedaba a la altura de los ojos del príncipe. Podía ver al príncipe lamiéndose los labios. El rostro se veía bien bañado por la luz del sol, que se atenuaba al chocar con las cortinas. Maximillian abrió la boca, y Jean vio los claros labios de rosa pálido moverse. Jean tuvo un presentimiento de lo que el príncipe estaba a punto de hacer, y aquello le confundió. Él guardaba constancia del hecho, uno que por placer jamás había tenido. Estaba a punto de saborearlo.
“¿Por qué me contempláis con tales ojos?”
Un rostro suave rozó el muslo de Jean. El vello le hacía cosquillas. Jean se quedó momentáneamente sin palabras. Los labios de Maximillian se entreabrían y se cerraban mientras hablaba. Parecían lascivos, obscenos. El príncipe debió de leerle el pensamiento a Jean, con la cabeza apoyada en su muslo, pues su mano subió y le agarró el miembro. Los labios de Maximillian parecían a punto de abrirse en cualquier momento.
“Aun las rameras en las calles… no obran de tal suerte, Vuestra Gracia.”
Jean habló con cierto desconcierto. El príncipe esbozó una sonrisa burlona antes de responder, ¿Y bien?.
Luego, acercó el miembro de Jean y lamió la punta. La inesperada sensación se extendió desde ese punto sensible. Los labios de Maximillian se entreabrieron ligeramente y procedieron a engullir la punta del miembro de Jean. Jean sintió el calor acumularse en su órgano. Tal vez debido a la escena sumamente lasciva que se desarrollaba ante él, Jean no sabía dónde colocar las manos. Había vivido como un catamita, pero los actos orales estaban condenados a ser bajos y viles. Jean nunca lo había experimentado. Los catamitas mismos eran demasiado bajos en primer lugar para ser objeto de tales actos, para ser receptores de un acto tan… tan placentero.
“Ah…”
Se siente extraño.
La mano de Maximillian se movió hacia arriba desde los testículos y acarició el miembro con suavidad. . El pulgar se movía como si desprendiera la piel, y la lengua abrazaba la punta. Maximillian tragó lentamente el miembro, que estaba muy rígido. Desde arriba, Jean observaba cómo su propio pene desaparecía en la boca de Maximillian , embelesado y hipnotizado. El príncipe gemía y se quejaba de vez en cuando. Su rostro estaba ligeramente enrojecido, como si tuviera fiebre. Cuando Maximillian tragó su pene con esa mirada, Jean sintió como si toda la humedad de su cabeza se hubiera esfumado, dejándolo aturdido. Sintió un escalofrío recorrerle los muslos y sus músculos se tensaron.
¡Maldita sea!… Al final, Jean bajó las manos y sostuvo con cuidado el rostro de Maximillian. Este le echó un vistazo. Luego, abrió un poco más la boca. Jean pudo ver claramente su propio miembro entrar en la cueva húmeda y oscura. Sin embargo, no pudo discernir si el hilo de líquido que colgaba era suyo o de la boca del príncipe. Jean jadeaba levemente. Retiró un poco las nalgas y luego volvió a penetrarlo con suavidad. La lengua de Maximillian rodeó el miembro y lo succionó. Cada vez que lo hacía, Jean estaba a punto de perder la cabeza de placer. El príncipe heredero, con la boca abierta, tenía una expresión mucho más obscena que cualquiera que Jean hubiera visto.
“¿Acaso os complace, Vuestra Gracia?”
Era Jean quien estaba disfrutando, pero la expresión del príncipe parecía indicar lo contrario. Maximillian asintió sin vergüenza, y esta vez, Jean tiró de la nuca del príncipe, sin que nada lo detuviera. Introdujo su miembro a su antojo en la cavidad bucal. Podía oír un chapoteo. Maximillian no se resistió. Más bien parecía disfrutar, con su propio miembro erecto. Este acto repugnante… Recordando lo que el príncipe le había hecho, Jean se obligó a seguir pensando. De lo contrario, sentía que se aferraría a la boca de aquel hombre, se pondría de rodillas y suplicaría por más de aquella dicha. Tenía que grabar aquellas palabras en su mente. Aquel acto inmundo…
“Ah… Ah, Maldita sea, Maximillian…”
Cuando aquel hombre eyaculó sobre Jean y lo insultó, afirmando que solo su rostro ya resultaba bastante excitante, ¿era ese el mismo placer que él había sentido? Jean notaba su miembro completamente rígido, con la punta hinchada, de la que goteaba un líquido viscoso. Sentía como si su cuerpo fuera a explotar en cualquier momento. Y fue entonces cuando ocurrió. Jean sintió que algo frío le rozaba la mano, que tenía colocada detrás de la cabeza de Maximillian. Y con ese frío, la presión que rodeaba su miembro desapareció como si fuera un espejismo.
“Óleo, Jean,Traedme el óleo perfumado.”
Maximillian, que había abierto la boca como si estuviera saboreando el manjar más maravilloso del mundo, tomó la palabra. ¿Óleo perfumado? Jean se sorprendió frunciendo el ceño—mientras jadeaba al mismo tiempo. Su miembro palpitaba con fuerza, tras haber sido sacado de la boca de Maximillian. Más… Solo un poco más… Jean se sentía invadido por el deseo de agarrar al hombre y ordenarle que volviera a abrir la boca.
“Jean.”
¿Acaso había percibido el deseo en los ojos de Jean? El príncipe sujetó el miembro rojo y palpitante y lo besó a lo largo del tallo, llamando a Jean por su nombre. La voz era dulce, como si llamara a un cachorro, y arrulladora, como si amamantara a un niño.
“Descorred las cortinas, y habréis de hallar el óleo perfumado sobre la mesa. Traedlo.”
Por desgracia, Jean no pudo negar esas palabras. Se sentía engañado. Jean descorrió las cortinas a toda prisa y, para su sorpresa, allí estaba el óleo perfumado sobre la mesa. Se lo llevó a Maximillian, quien le hizo cosquillas en la barbilla, indicándole que Jean se había portado bien. Entonces, el príncipe le tomó la mano a Jean, vertió la mitad del óleo en la palma y se volvió. Jean vio las nalgas regordetas y, un poco más abajo, también pudo ver el miembro erecto del príncipe.
Maximillian vertió la otra mitad del óleo en sus propias nalgas. Jean pronto comprendió la intención del príncipe. Miró fijamente el espacio entre sus glúteos. El príncipe se giró para mirarlo. Date prisa, dijo el príncipe mientras se acariciaba el pene.
Jean no tenía otra opción. No le importaba la diferencia de estatus, pues él mismo estaba en una situación desesperada. Estaba tan lleno de calor, tan lleno de pasión, que incluso sospechó que lo que el príncipe había hecho era deliberado, para despertar en Jean el mismo deseo de hacer lo mismo. Jean introdujo con cuidado su dedo índice en el pequeño orificio que se encontraba entre las nalgas del príncipe. Gracias al óleo resbaladizo en la mano y en la parte posterior, la penetración fue suave. Maximillian tembló bajo él.
Jean introdujo otro dedo y, con el dedo corazón también dentro, hurgó en el orificio mientras giraba los dedos. Las nalgas se estremecieron ligeramente. Jean sintió un extraño deseo de cazar, junto con una gran impaciencia. Su miembro seguía tan turgente que parecía a punto de estallar, y lo único que deseaba en ese momento era penetrar ese orificio. En lugar de sentir repulsión, se le hacía la boca agua al ver las nalgas de Maximillian.
Jean había considerado a aquel hombre vil y ruin, pero allí y en ese momento, no había nada más deseable que el cuerpo del príncipe.
Maximillian se estremecía cada vez que Jean movía el dedo, y cuando Jean empezó a penetrar más profundamente, el príncipe comenzó a gemir. Jean podía ver cómo la mano de Maximillian se movía cada vez más rápido, dándose placer. Parecía estar listo para abrir su cuerpo, su trasero. Jean observó la escena, sacando los dedos lentamente. Maximillian se giró para mirarlo. Tenía los ojos ligeramente enrojecidos y las propias pupilas estaban extrañamente húmedas. Aquél rostro parecía la misma encarnación de cuadros inmorales e indecentes.
Jean bajó su cuerpo sobre la espalda del príncipe. Sostuvo su miembro y apuntó la punta hacia el orificio dilatado. Tuvo que hacer fuerza al introducirlo, pero una vez dentro, todo fluyó con facilidad. El orificio lo engulló con la misma voracidad con la que lo había hecho la boca. Sintió como si lo estuvieran succionando.
Maldita sea.
La razón de Jean le decía que debía ser lento y delicado en la penetración, pero la lujuria se apoderó de él, impulsándolo a introducir su miembro por completo, de una vez. Cuando Maximillian dejó escapar un gemido gutural, incluso eso, avivó aún más el deseo en él. Jean apretó la mandíbula y entró lentamente. La carne interior parecía pegarse a su miembro. Sentía que alcanzaría el clímax en cualquier momento. Antes de poder detenerse, Jean le dio un ligero mordisco en el cuello al príncipe.
“Ah, Jean…”
Jean acercó su mano errante y sujetó los pezones que había tocado y pellizcado antes. Maximillian se revolvió mientras Jean le tocaba el pecho. Su cuerpo debía de ser extremadamente sensible… Jean ensanchó lentamente la abertura, retrocedió un poco y volvió a entrar, repitiendo el movimiento. Un simple instante de retirada bastaba para enloquecerlo.
Jean había llegado al límite.
Él agarró al príncipe justo por debajo de la delgada cintura y comenzó a embestir. Vio las manos de Maximillian aferrándose a las sábanas. Las venas ligeramente saltadas atraían extrañamente su mirada. De forma lenta pero segura, Jean comenzó a ganar velocidad. Todo su cuerpo estaba ardiendo. Jean entraba, y entraba, y entraba cada vez más profundo.Cada vez que el príncipe heredero gemía y lloraba, Jean encontraba su éxtasis. Todo su cuerpo, sus sentidos, gritaban de júbilo. Y el recuerdo de Maximillian, tan frágil como si fuera a romperse bajo el sol, intensificó aún más el éxtasis. Y pensar que ese mismo hombre había ocultado algo tan miserable bajo ese rostro—
“¡Jean…!”
Algo tan miserable que me producía un placer tan enloquecedor—
“Erhardt, ah, despacio… más despacio… ¡Ah…!”
Esa era la razón, pensó Jean.
Esa era la razón por la que su rostro, o su sonrisa, velaban la vista de Jean como si hubieran conquistado todo su mundo. Jean estaba seguro de que su propia naturaleza había descubierto, antes que su razón, que aquel desdichado príncipe ocultaba algo tan siniestro en su interior.
“Bien… Me siento bien, Jean…”
Era un hombre que se sentía tan feliz por tener a un hombre dentro de él que lloraba lágrimas de alegría y las secaba en su almohada. Era un hombre que consideraba natural que su miembro soltara líquido mientras tenía el miembro de otro hombre dentro de él. Jean se convenció más de la bajeza de ese hombre al verlo perder la cabeza de felicidad a medida que Jean empujaba más hacia adentro. Jean estuvo completamente seguro de que había sido cautivado y seducido por este loco lujurioso.
“Esto… Ah… ¿De verdad es tan bueno, Su Gracia?”
Era como una escena en la que un ángel caído y depravado le tendía la mano a Jean, sonriendo. ¿Cómo podía un hombre mantener la cordura ante tal tentación? Sobre todo ahora que había probado un placer tan intenso, tan arrollador.
“Me siento bien, más…… Ah, Jean…!”
Jean no podía pensar más. Su mente se había quedado en blanco. No le importaba si había sido embrujado. Mientras pudiera aferrarse al cuerpo de ese hombre, mientras pudiera liberar su semilla en ese mismo instante, no había nada que no haría. Jean observó a Maximillian, quien se frotaba el miembro contra las sábanas mientras empujaba sus nalgas hacia él. El rostro del príncipe heredero estaba manchado de lujuria, placer, saliva y calor. Jean se aferró al cuerpo y hundió su miembro profundamente. El príncipe tembló, llorando. Y cada vez que lo hacía, la carne interior temblaba, apretando alrededor del miembro. Jean sentía que se estaba volviendo loco. Ahora era una bestia que no conocía otra cosa que volver a entrar en ese agujero una y otra vez. Jean abrazó al hombre con fuerza por detrás. Lo atrapó entre sus brazos para impedir cualquier movimiento y comenzó a moverse con fuerza como un perro en celo, solo se oía el sonido de sus carnes chocando.
Solo un poco más, apenas un poco más…
“Ah…”
Fue en aquél último momento en que sus testículos chocaron con el trasero del príncipe. La vista de Jean se oscureció por completo antes de volver a la luz. Sabía que había liberado su semilla. Jean abrazó al príncipe con más fuerza y lo atrajo hacia sí, inconsciente de su acción. El miembro que había sido congestionado al límite tembló al llenar el interior del príncipe. Tal vez ambos alcanzaron el clímax al mismo tiempo, o el del príncipe un poco antes que el de Jean. Fuera como fuese, había una mancha húmeda en la sábana donde estaba el miembro del príncipe. El instinto de Jean lo hizo mover la cintura. Expulsó la última gota de su fluido dentro del hombre. La fuerte ola de sensaciones tardó en convertirse en una calma, acunando a Jean. Como si hubiera contenido la respiración por mucho tiempo, Jean respiró hondo. Y entonces, lo oyó. Una risita provino de debajo de él. Era alegre.
“.…Dígame, ¿de qué se ríe, Su Gracia?”
Jean preguntó, sosteniendo a Maximillian por los hombros. El príncipe se dio la vuelta, y Jean pudo ver que las suaves líneas del rostro del príncipe brillaban por el sudor. Estaba riendo, y no había ningún rastro de burla o sarcasmo. Simplemente se veía feliz.
“Se me ocurrió que, para ser alguien que buscaba un élixir d’amour, tenías bastante buen apetito”.
Jean se sonrojó ante el comentario. No supo qué responder. Maximillian soltó una risita y, con una mano en la frente, miró a Jean. La sonrisa era muy distinta a la burlona a la que Jean estaba acostumbrado. Los labios del príncipe se curvaron de forma involuntaria; sus ojos se inclinaron hacia abajo; sus pómulos se acentuaron ligeramente. Jean cerró la boca. No pudo pronunciar ni una palabra, como si su garganta se hubiera cerrado, sellada con pegamento.
*
Lo había previsto, pero el Gran Duque Robert no llegó a tiempo. Su mayordomo simplemente le transmitió a Jean que había surgido un asunto inesperado en la familia real y que debía esperar. Esto no le sorprendió a Jean, pues sabía que mantener a la gente en vilo era la estrategia preferida de la aristocracia para obtener sumisión. Simplemente asintió. Mientras tanto, el mayordomo le ofreció a Jean un recorrido por la casa.
El castillo del Gran Duque era, sin duda, espacioso, digno de ser considerado un feudo en la capital, pero no ostentoso. Quizás, por su naturaleza de hombre de guerra, prefería la sencillez y la modestia a la ostentación y la complejidad. Era un hombre que prefería adornar su hogar con espadas en lugar de estatuas, con campos de entrenamiento en lugar de jardines. Así pues, el supuesto recorrido se redujo a observar la colección de armaduras, armas y espadas antiguas del Gran Duque. Sin embargo, aquello fue un alivio para Jean Erhardt. Sería de gran ayuda saber qué poseía el enemigo y cómo estaba estructurada su residencia, en caso de que surgiera una situación en la que hubiera que repelerla con violencia.
Jean avanzó con paso firme, observando atentamente los alrededores. El castillo no tenía muchas ventanas, pero sí una gran cantidad de armas, de las que podrían usarse en caso de urgencia, aunque la mayoría adornaban las paredes en ese momento. Al final del vestíbulo, se divisaba todo el campo de entrenamiento. Era un terreno demasiado extenso para estar destinado a un solo noble, ni siquiera a un gran duque. El establo era igualmente imponente, con capacidad para albergar a más de cien caballos. El Gran Duque parecía un hombre preparado para la guerra.
Al mismo tiempo, la escena le recordó a Jean al hombre que supuestamente luchaba por el poder con el Gran Duque en el Palacio Real. El hombre que empuñaba un pincel en lugar de una espada, el que llamaba a un carruaje en vez de montar a caballo. El que lloró en los brazos de Jean apenas unas horas antes, el hombre cuyo rostro era tan arrogante y depravado.
En su habitación no había pistola, ni espada, ni siquiera un hacha. Su habitación estaba adornada con un caballete tan endeble como su dueño, una cama demasiado grande para él solo, alfombras y cortinas elaboradas, y cuadros. Eso era todo. La disparidad era tan marcada que hablar de una lucha de poder entre ambos parecía ridículo. Jean recordó de repente el cuello delgado que parecía capaz de romper con un solo giro, y al darse la vuelta en el sitio, algo captó su atención.
Al fondo del pasillo, en un rincón apartado de la ventana, había un pequeño cuadro que lo cautivó. Una serpiente abría la boca, mirando a Jean. Parecía gritar por su último aliento. Su lengua estaba pintada con tal viveza que parecía que fuera a cobrar vida en cualquier momento. Sin embargo, la sangre salpicada a su alrededor y sus ojos en blanco, que dejaban ver solo el blanco, indicaban que la pintura parecía representar el momento de su último aliento. Era una pintura al óleo colorida e impactante.
“Un regalo, de Maximillian”.
Era una escena espantosa, pero Jean no conseguía apartar la mirada de ella a pesar de lo desagradable que resultaba. Jean se dio cuenta de que estaba mirando al hombre que había llegado y se había quedado de pie a su lado. El hombre tenía las manos juntas a la espalda y contemplaba la obra.
“El título era… ‘La mordida de la serpiente,’ si no me falla la memoria”.
La mordida de la serpiente… Jean volvió a mirar el cuadro. Los ojos de la serpiente moribunda reflejaban una clara malicia. Era evidente que no era un objeto digno de ser regalado. Es más, la serpiente había sido en su día el símbolo del ducado. El ducado que aún existiría si el imperio no hubiera estado tan empobrecido, el dominio que habría pertenecido al Gran Duque. ¿Qué podía significar enviar la representación de la muerte de una bestia tan simbólica sino una amenaza política?
Jean recordó al hombre que había estado en sus brazos apenas unas horas antes. Eso le hizo soltar una risa entre dientes, al darse cuenta de que, efectivamente, ese mismo hombre tenía sin duda la osadía necesaria para cometer un acto tan imprudente. Se tapó ligeramente los labios sonrientes con la mano antes de bajarla. El gran duque Robert lo miró.
“El pintor parece tener una gran habilidad, Su Gracia”.
Jean murmuró algo mientras echaba otro vistazo a la obra. Buscaba la firma del pintor, que solía aparecer en la esquina inferior derecha del marco. Era tenue, pero se distinguía fácilmente. Joachim M, dijo el señor Jean, y parpadeó brevemente; el duque habló un instante después.
“Él afirma haberlo pintado él mismo. Después de todo, siempre ha tenido el don para las artes”.
Entonces, el hombre soltó una carcajada. Parecía un padre orgulloso de su hijo. Era una oportunidad para que Jean continuara la conversación. Sin embargo, no encontró las palabras para hacerlo. No era porque le hubiera sorprendido que el cuadro lo hubiera pintado el propio Maximillian Joachim, sino porque…
“¿Qué os acontece?”
—de la firma del pintor. La letra recordaba extrañamente a—
“.…Nada, mi Señor Duque. Simplemente me causó asombro la técnica de la obra. Casi semeja haber sido ejecutada por un pintor de la corte”.
—alguien con quien Jean estaba familiarizado.
“En verdad, el Más Noble Príncipe bien se aviene a la gracia del arte”.
¿Dónde lo habré visto? se preguntó Jean a sí mismo. Rastreó su memoria mientras conversaba con el duque. Un nítido recuerdo emergió en su mente. Sin embargo, no lograba convencerle de que fuera real.
No. Jean se mordió el labio.
Mientras tanto, el gran duque se había adelantado, y Jean se limitó a seguir sus pasos, con la mente ausente. Al poco rato, el gran comedor apareció ante sus ojos. Toda la sala estaba preparada para recibir a un único invitado, era una bienvenida demasiado fastuosa para un hombre soltero. Jean se volvió para mirar al gran duque, que le dedicó una sonrisa sin moverse del sitio. Un criado se acercó para apartarle la silla.
“Agradezco que hayáis honrado mi invitación, por más tardía que esta sea. Contemplad cómo el caballero, de tan gallarda estampa que es objeto de cuantiosos cotilleos, se tomó graciosamente el tiempo de atenderme. Hallé del todo justo retornar el favor en igual medida.”
“Hacéis demasiada merced a mi persona, Vuestra Alteza. El privilegio de vuestra sola invitación es un honor”.
“Pudiera ser el capricho de un anciano, más me he hallado ávido por conoceros desde el baile, Señor Jean. Y tras el banquete en la mansión del Marqués de Rubin, todavía en mucha mayor medida”.
Un chorro de vino trazó una elegante curva al verterse en la copa de la derecha. Jean miró al que hablaba, sin dejar de sonreír. El gran duque le devolvió la mirada, con las manos juntas. A continuación, se dirigió a Jean con una pregunta.
“Plegue a Dios, ¿cómo le va a mi joven señor tras su reencuentro con sus distanciados parientes? El Duque de Erhardt raras veces se aventura más allá de los confines de su morada, y de igual suerte aguardo ávido noticias de su bienestar”.
El gran duque intentó interpretar la expresión de Jean mientras este le hablaba de su investigación. Jean respondió con naturalidad y elegancia.
“Mi padre siempre ha guardado constancia de mi nacimiento, extendiendo su gracia para hacerme sentir bien recibido. Solo me causa dolor añorar a mi madre y a mi hermano, cuán bienaventurado habría sido para ellos permanecer con vida… Demasiada desventura ha caído sobre la casa de Erhardt”.
La desventura hacía referencia a la muerte de la Duquesa de Erhardt y de Johnny Erhardt. La Duquesa de Erhardt partió de esta vida a causa de la enfermedad, una sombra proyectada por el deceso de su hijo, cuya muerte fue provocada por una caída de caballo. Se decía que era una enfermedad, sin embargo. El informante de Jean le había dicho que era sífilis. Era una dolencia común entre los aristócratas. Simplemente no se hablaba de ella como algo común, pues todos buscaban ocultarla, un tabú.
“Mi padre se ha entregado a una nueva afición, de lo cual me hallo agradecido, por cuanto ha mejorado sobremanera su salud”.
Para ser precisos, el anciano lucía ahora un color radiante en el rostro, ahora que tenía dinero para derrochar en sus apuestas. Jean sonrió mientras degustaba su ensalada, un entrante para la comida que le esperaba. Era algo absurdo que, independientemente de la miseria real que viviera un noble, cuando se le añadían suficientes adornos, la historia pudiera transformarse en una gran saga de desgracias.
“En verdad. Ningún pesar es más hondo que la muerte del propio hijo, mas, ¡ay!, no debe permitir que la pesadumbre le consuma. Consoladle tanto como esté en vuestra mano, Señor Jean, por cuanto sois el hijo joven que él hubo de adquirir en sus tiempos más aciagos”.
“Sí, Vuestra Alteza. Meramente me causa tristeza el no poseer una condición dulce para haber consolado a mi padre de mejor manera”.
El Gran Duque rió de buena gana ante el comentario. Clavó el tenedor en la berenjena asada que tenía ante sí y la alzó en el aire. Jean cortó también un pequeño trozo de la verdura por el extremo y lo tomó. Él sabía que los ojos del duque se entornarían de forma perspicaz, pero se volverían grandes y redondos, como los de un niño inocente, cada vez que se encontraran con los de Jean. Era una forma de observación bastante explícita. Jean fingió no haber notado nada y procedió a llevarse el trozo de berenjena a la boca.
“Los relatos me aseguran que fue el Duque de Erhardt quien os buscó primero. Gracias a Dios, ¿dónde habéis habitado antes, lord Jean? De seguro se me hubo de informar de ello, más perdonad la memoria de un anciano”.
“He vivido en tierra extranjera, entre hombres de comercio, Vuestra Gracia. Mi madre natural había sido la nodriza del infante de la casa. Fui criado como el compañero del niño, un camarada de juegos. El cabeza de familia me cobró afecto y tuvo a bien enviarme a una academia”.
“Ah, me había preguntado cómo un joven como vos poseía el don del comercio, con vuestras fábricas y minas. Ahora lo comprendo. ¿Acaso aquella casa de mercaderes era vasalla de un aristócrata?”
“El cabeza de familia, en verdad, había sido agraciado con un título y era dueño de este.”
“Ya veo”, murmuró el gran duque Robert.
Jean destacó que, aunque se había criado como un plebeyo, había formado parte de una familia noble, y añadió que su presencia en la academia era la guinda del pastel. Además, aunque era muy probable que fuera una mentira, por sus venas corría la sangre de una familia noble, la casa de Erhardt. Jean sospechaba que, a esas alturas, el gran duque debía de estar pensando en cómo sacarle partido.
“No es de extrañar que vuestros modales y la gracia con la que os conducís parecieran demasiado refinados para ser propios de quien hubiese habitado en la casa de un plebeyo. Mucho debéis a la benevolencia de aquel cabeza de familia, según parece”.
“Sí, Vuestra Gracia, le debo en gran medida. Aspiro a ser capaz de mostrar mi gratitud en los años venideros”.
“En verdad. Decidme entonces, ¿habéis conocido a Maximillian en la academia?”
El gran duque sacó a colación el tema que tanto le intrigaba con un tono de voz muy indiferente. Quizá fuera la pregunta que tanto ansiaba formular. Era comprensible, teniendo en cuenta que la respuesta de Jean determinaría el curso de acción del duque, si el joven señor era digno de ser su vasallo o no.
El hombre lanzó su pregunta más preciada con tanta indiferencia, con tanta naturalidad. Esa actitud daba pie a dos observaciones. En primer lugar, el gran duque sentía tal desconfianza hacia Jean que estaba dispuesto a arriesgarse a ocultarle todas y cada una de sus conspiraciones.
“No, Vuestra Alteza. Mi primer encuentro con él aconteció en el baile precedente, aquel mismísimo día en que hízoseme merced de trabar conocimiento con vuestra persona”.
En segundo lugar, a pesar de su desconfianza generalizada y absoluta, su situación era tan desesperada que se vio obligado a tender la mano en busca de ayuda.
Jean esbozó una sutil sonrisa mientras cortaba la carne del plato que acababan de servir. Su adversario fingía indiferencia, y Jean tenía la intención de imitar su actitud.
“Nuestro segundo encuentro aconteció en el jardín de este mismísimo castillo, Vuestra Alteza. Semejaba hallarse solitario, por lo que me presenté para ser su dispuesto compañero. El Más Noble Príncipe entonces hízome merced al invitarme al Palacio Real”.
“Parecéis haber cautivado a mi joven sobrino. He oído decir que vos y él erais compañeros en extremo cercanos, y tal cosa parece confirmarse”.
“Me honráis con vuestras palabras, Vuestra Gracia. Sin embargo, yo meramente le asisto conforme se requiere, atendiendo a sus llamados una o dos veces por semana”.
En este momento —añadió Jean en tono ligero—. No necesitaba dar la impresión de que su encuentro tuviera alguna importancia para él.
¿Y acaso no era cierto que la relación entre Jean y Maximillian carecía de intimidad?Jean recordó de repente cómo el Príncipe Heredero había jadeado en sus brazos apenas unas horas antes. El príncipe lo atrajo hacia sí y se deleitó con su cuerpo. Entonces, tras la segunda oleada de éxtasis, quedó tendido en la cama, sin fuerzas, agotado. Jean podía evocar aquel rostro, aún fresco en su mente. Las mejillas del príncipe lucían un tono rosado, poco propio de su actitud habitual; su expresión delataba su continua inmersión en las menguantes corrientes de placer; su voz tenía una leve ronquera. Jean recordaba todos y cada uno de los detalles.
Jean dio un sorbo a su vino. Dejó que le recubriera ligeramente el interior de la boca antes de dejarlo deslizarse por la garganta, y el sabor amargo se llevó consigo ese fragmento de recuerdo que Jean tenía en la mente. Ocultó brevemente su expresión tras el cristal, preocupado de que la repentina intromisión del recuerdo pudiera haberle tensado el semblante. Al mismo tiempo, Jean también pretendía que el Gran Duque notara su actitud, que se sentía incómodo en presencia de Maximillian, pero que no deseaba demostrarlo. Jean estaba seguro de que esa sutil señal sería el anzuelo que atraparía al duque.
¿Habría visto el hombre la expresión de Jean? Rápidamente desvió la conversación hacia el tema de la comida. Era evidente que el cambio de tema era intencional, pero Jean no le prestó atención. La conversación continuó con las últimas noticias de la nobleza y los acontecimientos dentro y fuera de los confines del imperio. A Jean no le resultaba difícil participar en tal conversación. Entraba y salía del tema con fluidez, llevando la conversación adelante, anticipando el momento en que el Gran Duque volvería a mencionar a Maximillian.
“Apenas unos años atrás, era un gallardo joven”.
Y fue mientras tomaban el té cuando llegó el momento más aguardado. Jean contempló al Gran Duque, quien sonrió, dibujando sus ajados ojos una jovial curva. Aquel semblante también parecía evocar cierta nostalgia.
“Hablo de Maximillian. Guardaba yo el parecer de que habría de convertirse en un magnífico soberano”.
“Oh…”
Pero no le habrías dado la bienvenida si se hubiera quedado, pensó Jean para sí mismo, tragándose las palabras. Robert Joachim siguió hablando:
“Por un tiempo, fue adicto a las drogas, profundamente encantado por el señuelo de tal sustancia. En cierto punto, se le llamaba el demente del Palacio Real. Tras aquello, mi otrora radiante sobrino sucumbió con presteza en su decadencia”.
“Había oído que solo fue por un breve lapso… que os cuando se entregó al consumo de sustancias tóxicas”.
La pausa, dispuesta con estrategia, confirió a sus palabras un tono de indagación antes que de defensa; fue del todo deliberada. Robert Joachim soltó una amarga risa.
“Un breve lapso, en verdad, por cuanto comenzó a entregarse a otros menesteres”.
“…”
“Me hallo sumamente consternado en mi condición de tío suyo. Espero de vos, Lord Jean, que seáis el amigo y siervo del príncipe, guiándole hacia la senda de la rectitud”.
El hombre pronunció unas palabras en las que no había sinceridad alguna. Jean sonrió con incomodidad y, al ver que no decía nada más, el gran duque le lanzó una mirada furtiva. El hombre bajó la taza de té y Jean se quedó quieto, esperando a que el duque lo observara, esperando a que la curiosidad se impusiera y lo impulsara a hablar primero.
“¿Qué os atribula, Lord Jean?”
Al poco rato, el duque se dirigió a Jean. Jean fingió no haber entendido la pregunta, lo que obligó al duque a explicarse con mayor precisión.
“Una sombra acecha en vuestro semblante”.
Solo al oír aquel comentario, Jean entreabrió los labios y dejó escapar un ¡ah!, dando la impresión de alguien que se despertaba de repente de una profunda reflexión. Bajó ligeramente la mirada y habló, fingiendo vacilación.
“No, nada de ello, Vuestra Gracia. Simplemente reflexionaba por un breve instante… si acaso yo sería estimado idóneo para semejante cometido”.
Era fundamental que Jean dejara traslucir un sutil matiz de amargura en su tono, tan sutil que desconcertara al oyente. Esa sería la soga que estrangularía a Robert Joachim por el cuello.
“Ah, Mi señor Duque”.
Sé lo que necesita ese hombre, pensó Jean para sí mismo mientras iba a ver a Robert Joachim.
“Permitidme ofreceros un modesto presente, hallado de forma fortuita por el más puro azar. Antojóseme que bien pudiera avenirse a vuestro gusto”.
El Gran Duque necesitaba la certeza de que el joven y rico hombre sentado ante sus ojos no era el hombre de Maximillian Joachim. Necesitaba la esperanza de que la riqueza del joven le ayudara a superar al Príncipe Heredero y a colocarse la corona del emperador sobre su propia frente… Un asunto tan fútil, tan vano.
“Un espadín de corte3 de tierras extranjeras”.
Jean le entregó una espada envuelta en seda. No se olvidó de inclinar la cabeza en señal de cortesía. El gran duque dejó escapar una exclamación, y el sonido resonó en los oídos de Jean. Era el sonido del nuevo mundo, el sonido de su primer y trascendental salto hacia adelante.
*
A partir de entonces, todo transcurrió sin contratiempos. Jean empezó a recibir cartas esporádicas del gran duque, que en su mayoría eran invitaciones. A diferencia del príncipe heredero, que siempre convocaba a Jean al Palacio Real, el gran duque mantenía un contacto clandestino con Jean. Prefería saludar o conversar como si se tratara de un encuentro casual en lugares concurridos. Se le hizo costumbre preguntar por las novedades de la zona, y mientras escuchaba las respuestas ambiguas de Jean, parecía sumido en profundas reflexiones, como si estuviera meditando. Esperó pacientemente. Le habían informado de los rumores de que Montespan estaba teniendo dificultades en el Palacio Real. Sin embargo, la precipitación no era un vicio propio de Jean y sus cofrades4.
“Jean”.
Mientras tanto, se había reunido con el príncipe heredero varias veces más. Una vez que compartieron esa felicidad, el príncipe ya no ocultó sus deseos. Sus encuentros de los miércoles se volvieron más frecuentes y, cada vez que Jean visitaba el Palacio Real, tenían intimidad. A veces, se veían fuera del palacio, en un banquete, en una merienda, en una sala de reuniones de la corte y en un comedor. Había otras personas presentes, por lo que ambos mantuvieron una actitud discreta, ocultando cualquier indicio de su intimidad, y mucho menos mostrándola abiertamente. No obstante, Maximillian disfrutaba de la compañía de Jean en tales circunstancias. Parecía tener mucho cariño a su catamita.
Jean correspondía ese cariño comprándole ropa nueva cada vez que Maximillian asistía a una nueva reunión, y no era menos elegante que los justacorps que Jean le había regalado al principio. Esto dio lugar a rumores de que el príncipe heredero tenía una deuda enorme con este joven y acaudalado señor y de que su dependencia económica era bastante grave. Jean no tenía motivos para desmentir esos rumores, así que simplemente se abstuvo de hablar del asunto.
“¿Qué pensamiento albergáis?”
Todo iba según lo previsto, sin ningún contratiempo, y, sin embargo, Jean estaba desconcertado. Se quedó mirando al hombre que lo había acostado en la cama nada más entrar en la habitación. El príncipe tenía en las manos un lápiz y una pizarra sobre la que había una hoja de papel. Y cada vez que movía la mano, el lápiz hacía un crujido. Jean entrecerró los ojos.
“¿Acaso os halláis dibujando de nuevo, Vuestra Gracia?”
“Sí.5”
Últimamente, Maximillian solía sentar a Jean cerca o recostarlo en la cama para esbozarlo brevemente. Curiosamente, el retrato en el que el príncipe había estado trabajando con tanto esmero había quedado en el olvido. Jean alzó la mano y presionó suavemente el lienzo que Maximillian sostenía. Se encontró con su propio rostro reflejado en él. Era un rostro esculpido con innumerables líneas que se entrecruzaban y chocaban entre sí.
“…Hube de hacer una visita a la morada del Gran Duque hace unos días, Vuestra Gracia”.
Jean retiró lentamente la mano del tablero. Hmm. Maximillian asintió con indiferencia. Seguía concentrado en mover la mano, trazando las líneas. Jean seguía mirando fijamente el rostro del príncipe.
“Y vi la pintura con la que habéis agraciado al Gran Duque”.
“Ah”.
A continuación se produjo un silencio que no indicaba ni afirmación ni negación. Maximillian no detuvo su mano. Jean no encontraba las palabras para seguir hablando. Él mismo no estaba seguro de qué intentaba confirmar al hablar de aquel asunto.
“Se me informó de que la habíais ejecutado vos mismo. ¿Acaso es ello cierto, Vuestra Gracia?”
Simplemente le incomodaba la caligrafía de la firma.
El día que Jean visitó al Gran Duque, al regresar a casa, revisó la correspondencia que había recibido de su Petite Perle. La forma de la J era particularmente similar. Jean había repasado las palabras y las letras mil veces, pues no podía dejar de notar el parecido. Intentó acallar la sospecha, diciéndose a sí mismo que se trataba de una letra cursiva común entre la nobleza. Sin embargo, la idea volvía a él cada vez que estaba a punto de desvanecerse de su mente. Y durante todo ese tiempo, había estado experimentando una sensación parecida a la de tener un nudo en la garganta.
“¿Es esto un interrogatorio?”, preguntó Maximillian, riendo.
Jean guardó silencio. A medida que iba disminuyendo su convicción de que los dos no podían ser la misma persona, Jean empezó a ver las máscaras de Maximillian bajo una nueva luz.
Mientras tanto, Maximillian arrojó su lápiz y pizarra debajo de la cama.
“¿Hmm?”, preguntó, con tono sugerente.
Jean acercó el rostro del hombre al suyo en lugar de responder. Sus labios se tocaron y Maximillian sacó la lengua. Jean, como si sirviera al príncipe, succionó el trozo de carne. El príncipe heredero que tenía delante ya estaba desnudo de cintura para abajo, pues media hora antes habían estado en un acto de intimidad cuando al príncipe le dio un capricho repentino, alegando que debía dibujar. Jean levantó su torso mientras acercaba las nalgas del príncipe a las suyas.
“Os halláis en extremo dócil por estos días”, dijo Maximillian, al apartar los labios de los de Jean y agarrarlo por la mandíbula.
Sus miradas se cruzaron, y Jean pudo ver sus propios ojos azules reflejados en los ojos cenicientos de Maximillian. Sin ser consciente de lo que hacía, Jean se encontró atrayendo al príncipe hacia sí. El miembro del hombre le rozaba el estómago, pero eso no le molestaba.
“Su Gracia”.
Más bien, aquel contacto le provocó un deseo tan intenso que empezó a sentir un palpitante dolor en sus partes bajas. No sintió ni la repulsión que Jean había previsto al acostarse con el príncipe, ni el asco hacia sí mismo que esperaba sentir.
“No es nada, Su Gracia”.
Y Jean sabía el motivo. No hacía falta que se lo preguntara.
No era por el placer que sentía al entrar en el cuerpo del príncipe. Si la razón fuera tan simple, se odiaría a sí mismo, pues no sería más que una bestia, y odiaría aún más a ese hombre por albergar en su interior a una persona tan diabólica. Por eso, lo que atormentaba a Jean era la confusión que sentía en su corazón.
“¿Qué es aquello que os atribula?”
Maximillian susurró. Jean no respondió, pero le dio un suave mordisco en el cuello al hombre.
No era algo que pudiera confirmar con certeza. La única prueba que Jean tenía era la firma que figuraba en el cuadro que adornaba la residencia del gran duque, además del hecho de que Maximillian conociera su pasado como catamita. Mientras tanto, Jean tenía motivos de sobra para desmentir que Maximillian fuera la Pequeña Perla.
En primer lugar, tal y como Jean se había repetido una y otra vez, la ‘Petite Perle’ apoyaba la revolución, una idea que no encajaba con la del príncipe heredero Maximillian Joachim. En segundo lugar, Maximillian hablaba de una manera que no podía corresponderle a la Perla. A diferencia de su Perla, cuya profunda sabiduría y vasta erudición se evidenciaban en cada carta de su correspondencia, Maximillian llevaba una vida de depravación, marcada por la indulgencia más vil y las perversiones más infernales.
Por último, si Maximillian fuera realmente la Pequeña Perla, no habría razón para que se comportara como lo hace ahora. Ni siquiera necesitaba recurrir al pasado de Jean para atraerlo al Palacio Real. Bastaba con revelar su identidad, y Jean se apresuraría a su lado, deseoso de ser su fiel sirviente. Ni resentimiento ni repulsión habrían surgido en Jean ante la petición de intimidad del príncipe. Al contrario, se habría desnudado voluntariamente en la cama del príncipe y habría lamido el miembro de su amo. El hombre no tenía por qué ser tan bello; no tenía por qué ser el Príncipe Heredero; simplemente ser su Pequeña Perla habría bastado para seducir a Jean con avidez.
Por lo tanto, Jean sabía que concluir que Maximillian era la Pequeña Perla no era correcto. Lo sabía, pero—
“Vuestra persona se halla con frío, Vuestra Gracia”.
Aquella extraña perplejidad parecía no poder acallarse. Jean susurró, sintiendo el roce en su miembro. Era diferente a antes, cuando era capaz de apagar aquel inquietante fuego que ardía en su interior con solo pensar que no podía ser posible. Bastaba con pensar que aquel hombre miserable no podía ser aquella persona tan piadosa.
“¿Acaso lo estoy?”
Sin embargo, ¿cómo era posible que Jean estuviera tan desorientado? La confusión parecía haberse extendido por todo su ser, como un veneno ingerido sin precaución.
“¿Pudiera ser que también guarde frío en mi fuero interno?”
Maximillian susurró palabras que ni las prostitutas de la calle se atreverían a decir. Jean sintió la punta de su miembro rozar la estrecha abertura enterrada en lo profundo del trasero del hombre. Sostuvo la espalda del príncipe, agarrándola, y mordió suavemente el pecho frente a él. Escuchó un gemido perezoso. El príncipe rodeó la cabeza de Jean con sus brazos, y Jean se deslizó lentamente hacia abajo. Presionó su lengua contra el pecho plano, mordiendo y succionando la carne mientras lo hacía. Pronto, de la punta del miembro del príncipe brotó un líquido transparente.
“¿Qué ha, ah… motivado vuestro reciente y dócil comportamiento?”
Maximillian murmuró mientras engullía a Jean entero con su ano. Jean sonrió con picardía. En lugar de responder, atrajo al príncipe hacia sí y se adentró más. Maximillian dejó escapar un gemido y, poco después, comenzó a moverse por su cuenta. Jean podía oír el sonido húmedo de la piel al contacto. Agarró y apretó las nalgas del príncipe. Maximillian le besó la cara aquí y allá, embriagado por el acto de pasión. Y Jean se lo permitió. No tenía ganas de negarse, ni corazón para negarse. Simplemente se deleitaba con los besos que adornaban su rostro.
“Maximillian”.
No era porque aquel hombre fuera Maximillian Joachim. Más bien, lo que conmovía el corazón de Jean era la tenue pero tenaz duda de que el hombre que tenía ante sus ojos pudiera ser algo más que el llamado príncipe heredero.
La idea de que Maximillian pudiera ser su ‘Petite Perle’ conmovió a Jean. Le ablandó el corazón, como si fuera carne remojada en suavizante. Jean sabía que quizá no fuera así. Incluso sabía que probablemente no fuera así y, sin embargo, ahí estaba, a punto de caer de rodillas. En el mero hecho de esbozar una tenue sombra de posibilidad residía el poder de calmar la furiosa hostilidad de Jean y hacer que su devoción por el bien común se desvaneciera, tal era el alcance de la influencia que su Perla ejercía sobre él.
“Maximillian…”
Jean murmuró como si estuviera intoxicado, sintiendo el calor que emanaba del príncipe.
¿Pudiera ser este vuestro verdadero nombre? , pensó Jean. Así lo deseo, por cuanto tal nombre se aviene de maravilla a vuestra persona. Maximillian, el más excelso de los varones.
“Plegue a Dios, ¿verdaderamente se halla frío en mi fuero interno?”
Jean miró fijamente a los ojos del hombre, cuyo tono inquisitivo estaba teñido de burla. Una luz parecía irradiar de aquellos ojos grises. El calor que emanaba de su cuerpo era tan intenso que Jean creyó poder tocarlo con las manos. El calor interno que devoraba su miembro era tan abrasador que Jean sintió que se derretiría de la sensualidad. Inconscientemente, Jean empujó sus caderas con más fuerza, y Maximillian gimió, moviendo las suyas arriba y abajo. Su semblante parecía lascivo e inmoral, perdido en la lujuria. Al mismo tiempo, esa mirada despertó en Jean una sed insaciable. Jean acompasó sus movimientos con los del príncipe, introduciendo su miembro con fuerza en el hombre. Una intensa ola de placer lo inundó, dificultándole a Jean mantener la cordura. Se giró con el príncipe en brazos.
El rostro del príncipe, visto desde arriba, estaba lleno de calor. Jean agarró las piernas de Maximillian y las separó. Pudo ver la abertura que lo engullía. Estaba particularmente roja, probablemente por los golpes y roces de la carne. Parecía tan obsceno, lascivo. Jean se movía lentamente. Su miembro estaba tan profundamente dentro del príncipe que tocaba sus testículos. Jean se retiraba un poco y observaba su miembro, brillante por la humedad. Su pene estaba tan rígido que las venas se marcaban.
“Está ardiente, Vuestra Gracia… Cual si fuera a derretirme por completo”.
Cuando Jean volvió a penetrar al príncipe, este respondió con retraso. Su voz no parecía la suya. Estaba jadeante, húmeda y pegajosa. En su tono se percibía un fuego de pasión que no podía ocultarse. Jean volvió a moverse lentamente y Maximillian jadeaba debajo de él. Cada vez que se entregaban a ese tipo de intimidad, parecía como si no fueran ni un príncipe heredero ni un señor, sino simplemente dos bestias en celo copulando. Resultaba una sensación del todo dulce.
“Ah, ahhh… Mmm, Jean, ah…”
Jean se aferraba a la carne interna de los muslos y penetraba profundamente, produciendo un fuerte sonido de palmada al hacerlo. Maximillian gemía lleno de placer, perdiendo la razón. Y cada vez que lo hacía, su pecho se teñía de rojo, intensificando el apetito de Jean. Jean se lamió los labios. Sintió como si un rayo de luz penetrara su mente, convirtiéndolo en una bestia con solo la parte inferior de su cuerpo intacta. Podía ver el vello púbico del príncipe, húmedo de fluidos, y al príncipe mismo, acariciando su propio pene para obtener placer. El príncipe heredero Maximillian jadeaba en busca de aire cada vez que Jean entraba en su cuerpo.
“Aahhh, hmmm, ¡ah…!”
Y cuando sus piernas se cerraban por reflejo, Jean las abría a la fuerza y penetraba profundamente. Entonces, llegaba el clímax y se aferraba a las sábanas, de forma muy parecida a este momento.
“…Os estáis apretando en demasía, mi Príncipe”.
Jean le susurró al hombre, cuya boca estaba entreabierta por el éxtasis. Podía oír con claridad la respiración entrecortada del príncipe. La opresión en su interior había sido suficiente para exprimir hasta la última gota de semen de Jean. Pronto, la presión disminuyó poco a poco. El miembro de Jean seguía dentro del príncipe. Lentamente, comenzó a retirarse. Sus ojos se encontraron con los de Maximillian, quien había estado mirando el pene de Jean con avidez. Jean sabía lo que el hombre deseaba.
Jean tomó su propio pene, que se había hinchado al máximo, y comenzó a avanzar de rodillas. El príncipe heredero, que yacía de espaldas, abrió la boca y levantó la barbilla.
“Ah…”
A continuación, se oyó un gemido de satisfacción que salió de la boca de Jean. Era una práctica de sodomía que habría llevado a cualquiera al infierno, o al menos eso creía Jean. Sin embargo, su cuerpo, ya acostumbrado a la perversión, acogió el placer sin ninguna objeción. Jean podía oír el sonido de sorbos y del tragar procedente de abajo. Maximillian le chupaba el miembro como si fuera un auténtico manjar. Jean tensó los muslos. Un poco más de estimulación y alcanzaría el clímax.
“Ah… Maldita sea, Maximillian…”
El príncipe parecía haberse dado cuenta del estado en el que se encontraba Jean. Su lengua, que había estado devorando a Jean como la de un hombre hambriento, acariciando la punta del pene, empezó a ralentizar el ritmo y lamió perezosamente el tallo. Jean se atrevió a mirar fijamente a los ojos del príncipe, que rebosaban de un espíritu lúdico.
Maximillian le chupó la punta del pene y a Jean le temblaban las piernas. Agarró la cara del príncipe. Notó cómo el hombre abría más la boca, y Jean empezó a empujar con fuerza dentro de su cavidad bucal. La boca de Maximillian era tan estrecha y profunda como su ano. Eso hacía que la visión de Jean parpadeara y titilara como estrellas centelleantes cada vez que se introducía en el hombre.
Maldita sea, Jean maldijo para sí mismo. Aunque mañana cayera en las profundidades del infierno, seguiría sin poder contenerse en ese momento. Notaba cómo se le hinchaba el miembro, como el de un semental en celo. Su semen estaba a punto de brotar y sentía como si su pene fuera a estallar en cualquier momento.
“Un momento… Ah, un momento, Su Gracia…”
Jean sacó su miembro de la boca del príncipe con urgencia. De la punta de su miembro brotó un chorro potente de líquido translúcido. Jean intentó detenerlo, pero Maximillian fue más rápido. Abrió los labios y volvió a meterse la polla en la boca. No dudó ni un instante en tragarse el chorro incesante de su esencia. A continuación, empezó a lamer y chupar la punta temblorosa del pene. Jean sintió un placer tan intenso que se le erizó el pelo. Sin saber qué decir, Jean se quedó quieto, con los muslos temblando, antes de volver a introducir su miembro en aquella boca con languidez.
La sensación del clímax que se aferraba a él era cruel e intensa, y todo el semen que le quedaba en el interior se derramó por la garganta de Maximillian. Jean solo pudo retirarse después de haberlo soltado todo. Maximillian esbozó una sonrisa burlona, relamiéndose los labios como si quisiera más, y susurró con voz adormilada.
“¿Acaso os halláis consciente de que vuestro semblante semeja en extremo adorable cuando os encontráis encendido?”
El príncipe heredero preguntó. Tenía la cara salpicada de gotas de un líquido que, evidentemente, era de Jean. En lugar de señalárselo, Jean se lo limpió. El rostro del príncipe presentaba evidentes rastros de un hombre. Su expresión era totalmente lasciva, hasta tal punto que Jean se sintió blasfemo por haber visto a su Pequeña Perla en el príncipe.
Nay, Jean pensó para sí mismo, sacudiendo la cabeza. Esa duda no era ninguna blasfemia, pues si el príncipe resultara ser, de verdad, el salvador de Jean —por muy remota que fuera la posibilidad—, la insolencia que Jean había cometido sería, con mucho, la mayor blasfemia. Jean se tranquilizó a sí mismo mientras recordaba lo improbable que era aquella circunstancia.
Por el momento, no le quedaba más remedio que permanecer junto al príncipe como si estuviera atado con pegamento. Cornell buscaba a su Pequeña Perla, y no tardaría en revelarse la verdad sobre la identidad del príncipe. Y si el príncipe no era la Perla, Jean simplemente llevaría a cabo el plan.
Quizás la confusión era beneficiosa, pues Maximillian Joachim siempre había sido muy perspicaz con Jean. Se había burlado abiertamente de su deseo de ser su Montespan. Y aunque el príncipe se había entregado a Jean al instante siguiente, Jean sospechaba que Maximillian se mantendría alerta desde entonces. Sin embargo, la sospecha errónea de Jean de que el príncipe era la Perla le beneficiaría, pues incluso si Maximillian lo desenmascaraba, solo vería la más sincera devoción de Jean a la Pequeña Perla.
“Vuestra Gracia, os suplico humildemente que me concedáis el honor de poseer este boceto a modo de presente”.
Jean, después de recuperar el aliento, recogió la tabla que Maximillian había arrojado fuera de la cama. Había un boceto sujeto a la tabla, bastante detallado para haber sido dibujado en tan poco tiempo.
“Como quieras”, murmuró Maximillian.
Jean quitó la hoja de papel de la tabla de madera y la enrolló con cuidado. La ató con un cordón y la colocó sobre la mesa. Cuando regresó a la cama, encontró al príncipe heredero acostado boca abajo, con los ojos cerrados. Jean se subió a la cama con cautela y, en ese mismo instante, Maximillian abrió los ojos. Sus miradas se cruzaron y Jean esbozó una sonrisa incómoda.
“Jean”.
Maximillian hizo un gesto con la mano. Sus labios esbozaban una ligera sonrisa.
“Venid aquí”.
Jean se acercó a él y se inclinó hacia él. Bésame, susurró Maximillian con tanta suavidad que su voz sonó tan frágil que asustó a Jean, dejándolo paralizado. Mientras tanto, el príncipe heredero besó a Jean, dejando sin efecto su propia orden.
*z“Un baile de máscaras se celebrará próximamente en el Palacio Real”.
El gran duque Robert habló con una voz grave y risueña. La taza de té que sostenía en la mano era, sin duda, de tamaño normal, pero parecía en miniatura entre sus manos.
“Es un acontecimiento blasfemo, Vuestra Excelencia. Un baile de máscaras en tanto Su Majestad se halla sumido en la enfermedad”.
Alguien respondió rápidamente, y todas las miradas se posaron en esa persona por un instante. Se trataba de un barón que había llegado de una tierra lejana.
Una mente precipitada suele pronunciar palabras vanas, sobre todo cuando se trata de quienes ansían ascender en la escala social. Jean esbozó una leve sonrisa que ocultó tras su taza de té. Se trataba de una merienda organizada por el gran duque, pero eso no significaba que todos los presentes le fueran leales. La lucha por el poder podía hacerse evidente en quiénes contaban con su favor, pero, aun así, hablar de forma explícita no beneficiaba en nada a quien lo hacía.
“Es una reunión que la familia real ha celebrado a cada cierre de año. Sin duda alguna, el Más Honrado Príncipe debió de buscar la prudencia y tomó la determinación de mantener viva tal tradición”.
Tal y como Jean había previsto, alguien respondió con un comentario ingenioso. Jean se limitó a asentir con la cabeza.
“Sí, Maximillian debió de hallarse atribulado de igual suerte. Por lo demás, se me ha informado de que Su Majestad goza de mejor semblante desde el retorno de Montespan. Tal vez una celebración nos aguarde”.
El Gran Duque asintió. Su risa parecía la de una serpiente venenosa que había vivido mil años. Jean bebió su té. Nunca había oído hablar de que la enfermedad del emperador hubiera mejorado con la llegada de Montespan. Concluyó que debía ser una artimaña, un plan para ocultar las verdaderas intenciones del hombre y revelar las de los demás. Algunos de los presentes sonrieron asintiendo, cayendo en la trampa.
Jean sonrió sin decir palabra, grabando sus rostros en su mente uno por uno. Eran aquellos que aún servían al emperador del imperio como amo, aquellos de quienes el Gran Duque se desharía. No volvería a tener contacto con ellos en un futuro próximo.
“No desperdiciáis palabra bajo ninguna circunstancia, según parece, Lord Jean”.
El gran duque se dirigió a Jean cuando la merienda había terminado y los invitados se iban marchando uno a uno. Jean, que se disponía a marcharse, se giró para echar un vistazo a su alrededor. El gran duque estaba allí de pie, con las manos cruzadas a la espalda. Se había levantado para despedir a sus invitados. Jean esbozó una sonrisa.
“Es lamentable, Vuestra Excelencia, que carezca de la alegre condición idónea para las reuniones sociales”.
“No, por cuanto la vuestra es la compostura que conviene a un caballero. Plegue a Dios, ¿gustaríais acompañarme en un paseo? La partida de todos los cortesanos acarrea una desolada soledad a un anciano semejante a mi persona”.
Jean no tenía motivos para rechazar la invitación. El Gran Duque lo había estado observando atentamente en los últimos días, mezclándose discretamente con los demás. No sería extraño decir que había captado las sutiles señales que Jean le enviaba, sobre todo cuando estaba con el Príncipe Heredero Maximillian. Sin duda, había presenciado las señales reveladoras de Jean; su actitud distante en presencia del príncipe, obediente pero no leal.
“Se me ha informado de vuestros frecuentes llamados al palacio en tiempos recientes. Temo estar estorbando a un hombre ocupado en sus apremiantes negocios”.
El gran duque habló de forma ambigua mientras comenzaban a dar un paseo. Jean esbozó una sonrisa discreta.
“No, Vuestra Excelencia. Antes bien, habéis acudido en mi auxilio”.
Jean interrumpió su discurso deliberadamente. El Gran Duque se escabulliría si Jean revelaba sus verdaderas intenciones de forma demasiado evidente. En general, la gente del imperio desconfiaba excesivamente de todos, un fenómeno provocado por la escasez de fondos en todo el reino. Esto era especialmente cierto para quien, en guardia, aspiraba al trono. Sin mencionar que la persona con la que hablaba era un capitalista adinerado. Sin duda, el Gran Duque debía sentirse como caminar sobre cáscaras de huevo, eligiendo cada palabra con sumo cuidado. El duque sonrió antes de continuar hablando.
“También se me ha informado de que sois convocado con tanta frecuencia que carecéis del tiempo para atender los negocios de vuestra propia casa, mi joven lord”.
“…”
“Que seáis arrastrado a la cámara del Príncipe Heredero y permanezcáis allí durante horas y horas.”
Vaya, el Gran Duque parecía haber encontrado un espía excelente, pensó Jean con ironía.
Era evidente que el duque hablaba con pleno conocimiento de los asuntos de Jean. No podía estar seguro, pero sospechaba que incluso debía saber de su intimidad con Maximillian. Al fin y al cabo, Maximillian era famoso por su libertinaje. Jean reflexionó un momento y decidió guardar silencio. Concluyó que le convendría más fingir culpabilidad que contradecir la acusación.
“El Conde de Grisham conducíase de una manera precisamente idéntica a la vuestra, Lord Jean. No abandonaba la cámara de Maximillian una vez que se adentraba en ella. Inquirí con posterioridad, y se me informó de que se había convertido en la musa de Maximillian, en el objeto de su pintura”.
Grisham… Jean rememoró de súbito el rostro de aquel varón mientras escuchaba con solemnidad las palabras del duque. ‘Se me informó de que vos seríais la musa’. Jean podía escuchar la voz de Grisham por encima del discurso del Gran Duque.
“¿Acaso os halláis encomendado a idéntico cometido, Lord Jean?”
Y gracias a ese gesto, Jean comprendió de inmediato lo que quería decir el duque. Jean se detuvo. Contrariamente a su invitación a dar un paseo por el jardín, el gran duque estaba llevando a Jean de vuelta a su residencia. Ante ellos se extendía un largo pasillo.
“…Ser la musa, de tal suerte es…”
Jean respondió con tono solemne antes de continuar.
“El Conde de Grisham habla como si ello fuera un asunto en el cual uno pudiera tener voz y voto, Vuestra Alteza”.
La insinuación era sutil, pero era la verdad que se ocultaba tras sus palabras. Si la situación hubiera sido similar a la actual, en la que Jean albergaba dudas sobre si Maximillian podría ser la Pequeña Perla, quizá habría sido diferente. Sin embargo, en el momento en que el príncipe heredero le ordenó por primera vez que se metiera en su cama, para Jean realmente no era una cuestión de elección.
“No fue cosa mía. Todavía no lo es, Vuestra Excelencia”.
Jean habló con severidad, dando un paso atrás.
“Permítame retirarme, Su Gracia”, dijo Jean con un tono que parecía disimular su ofensa. Vio que los ojos del Gran Duque se entrecerraban. Jean se giró. Con esto, confirmó su relación íntima con Maximillian y, al mismo tiempo, dejó claro que no era su voluntad verse involucrado de esa manera.
Todo está hecho, pensó Jean mientras se alejaba.
Tenía curiosidad por ver cómo el Gran Duque, que desconocía su pasado como ‘catamita’, percibiría la situación. Probablemente intentaría verla desde la perspectiva de Jean. Un hombre con una educación y enseñanzas muy refinadas, un hombre que había descubierto la verdad de ser descendiente de un duque, ahora obligado a acostarse con el Príncipe Heredero. Un hombre que no podía disfrutar de la situación, pero que no podía negarse a la orden. Y que esta humillación fuera conocida por otros bastaría para despertar aversión hacia el propio príncipe. Y así—
“Lord Jean!”
—El gran duque lo volvería a llamar, sin duda.
Jean se dio la vuelta. Estaba a punto de subir a su carruaje. ¿Habría mostrado en su rostro la expresión que pretendía, desprovista de toda emoción? El hombre que le había llamado tenía una mirada inquieta. Era el mayordomo del gran duque.
“¡U-un momento, mi señor! Su Alteza Real solicita vuestra compañía por un instante”, dijo el mayordomo, jadeando.
Jean guardó silencio unos instantes antes de soltar un profundo suspiro. Se quitó los guantes que acababa de llevar puestos, lo que provocó una expresión de alivio en el rostro del mayordomo. Jean asintió con la cabeza.
“Por aquí, mi Lord”.
El mayordomo le fue abriendo paso. Era precisamente el pasillo del que Jean acababa de salir. Caminó siguiendo sus indicaciones y, al poco rato, se encontró ante una majestuosa puerta que daba a una habitación. No era el salón, sino el estudio del gran duque.
“Su Alteza Real, Lord Jean, ha regresado a petición suya”.
El mayordomo anunció su llegada antes de llamar a la puerta, y a continuación se oyó la voz del gran duque desde el otro lado. El mayordomo abrió la puerta de la habitación y Jean entró. Un calor acogedor le envolvió las mejillas.
“Erhardt, sois de un temperamento mucho más corto de lo que yo había aguardado”.
El gran duque se encontraba de pie en la esquina derecha de la sala, frente a una estantería colosal. Era una estantería, pero en ella había más armas que libros. Jean no respondió, y el duque se dio la vuelta. Su mirada no se dirigía a Jean, sino detrás de él, hacia la izquierda de la sala. Jean giró el cuerpo para seguir esa mirada y se encontró parpadeando, aturdido.
“Perdonadme por convocaros de nuevo con tanta premura. Veréis, he guardado la intención de inquirir algo con vuestra persona, Lord Jean”.
Delante de la lámpara de la izquierda había dos caballetes. Ambos tenían un lienzo colocado, y Jean ya conocía bien el de la derecha. Se trataba de La mordida de la serpiente, la pintura que había visto en su anterior visita a la residencia ducal. Y a la izquierda estaba—
“Hallábame decidiendo cuál de ellas colgar en el claustro, mas temo carecer del discernimiento para las cosas de la belleza, como les acontece a la mayoría de los hombres de guerra”.
Jean oyó unos pasos detrás de él. El gran duque se acercaba. Jean volvió a mirar el cuadro de la izquierda. Era evidente lo que aquel hombre intentaba transmitir.
“Por favor, ¿cuál de los dos os parece más adecuado?”
Jean se rió entre dientes. La elección no suponía ningún reto. Se dirigió lentamente hacia los caballetes. Le dio la espalda al caballete de la derecha y cogió el cuadro de la izquierda. Donde antes estaba la firma del príncipe en el retrato de la serpiente, ahora aparecía la firma de un pintor famoso.
“…Percibo que esta es, con creces, más grata a los ojos, Vuestra Gracia”.
Jean respondió, echando una mirada por encima del hombro. El gran duque esbozaba una sonrisa serena, con las manos unidas y entrelazadas a la espalda. Jean volvió a mirar al frente y observó el cuadro que sostenía entre los brazos, como si lo abrazara. Era un cuadro en el que se veía un cachorro de lobo, con los ojos nublados, la boca entreabierta y el cuerpo inerte. Una serpiente se había posado sobre él y le desgarraba la garganta.
¿Por qué el príncipe la usa en la intimidad?
Cuando el príncipe Maximillian responde “Aye” en lugar de un «Yes» moderno, la autora logra dos efectos muy importantes en la historia:
Mantiene su estatus real: Incluso estando desvestido, a solas o en plena intimidad de su taller con Jean, Maximillian no olvida que es el heredero al trono. Habla con la firmeza y la laconidad de un soberano.
Firmeza absoluta: Al ser una sola palabra corta, demuestra que no necesita dar explicaciones ni justificar sus actos. Es un «sí» cortante que da por terminada cualquier duda de Jean.
Esta expresión la usan mucho los mienbros de la nobleza a lo largo de la novela, lamentablemente a la hora de traducirlo se pierde esa riqueza del idioma, pero quería que os tengaís presente que cada «sí» de maximillian es rotundo y contundente ; bueno quizá si alguna esté estudiando inglés enriquezca más su vocabulario.
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