*
“He oído decir que la sirvienta de Montespan se halla entregada a simulacros nocturnos de empaquetar y desempaquetar sus pertenencias1”.
El gran duque comenzó a hablar. Mientras seguía hablando, le sirvió a Jean un vaso de licor en lugar de té.
“Tras el funeral real, mi amado sobrino ceñirá la corona… mi amado sobrino, quien ni siquiera posee un ejército bajo su mando”.
Se hallaban en el despacho del Gran Duque, y en una de las paredes colgaba el obsequio de Jean para el duque: el espadín de corte. Jean se sentía orgulloso de la espada, pues esta había cumplido su deber sumamente bien. Llevó su copa a los labios, aguardando a que el miembro de la realeza continuase hablando.
“Mi preocupación es el reino”.
El comandante, cuyos años de juventud habían quedado ya muy atrás, habló en un tono sereno. Descendió su copa.
“En el presente, no hay alimento para sostener a nuestros soldados, y sin provisiones, no habría ninguno custodiando las fronteras. Nuestras naciones vecinas de seguro se aprovecharán de esta debilidad, especialmente con un joven príncipe heredero sobre el trono, indocto en las artes de la guerra”.
“…”
“No busco sino preservar el noble linaje de nuestra casa real, el cual ha resistido las tribulaciones de los siglos”..
Preservar el noble linaje de la casa real. Esas palabras hicieron que Jean recordara a Maximillian observando a través de la ventanilla del carruaje. Jean preguntó qué era lo que estaba viendo. ‘Mi Joachim’, había respondido el príncipe.
¿Era el Joachim del príncipe el mismo que el de este hombre? Se preguntó Jean para sus adentros, mientras se bebía de un trago su vaso de licor. El gran duque le ofreció un puro.
“No es de gran desafío alimentar y atender las necesidades de los soldados en el presente, Vuestra Excelencia”.
La fragancia característica de las hojas de tabaco impregnaba el aire con un aroma intenso. Jean cortó con cuidado la punta y le prendió fuego. Poco a poco, el extremo comenzó a arder. Se llevó la boquilla a los labios y reanudó la conversación.
“No obstante, si lograseis tal notable hazaña, ¿quién entre el pueblo se encargaría de buscar la verdad detrás de ella y apreciar debidamente vuestra prudencia, Vuestra Alteza? En verdad, lanzarían acusaciones de fratricidio contra vos, os acusarían de estar atrapado por el encanto de la codicia y embriagado por la lujuria del poder. Posteriormente, emplearían tales acusaciones como premisa para levantar sus propias fuerzas. Los países vecinos al nuestro y aquellos con quienes hemos formado alianzas serían los primeros en asaltarnos. Digo que tal circunstancia sería cuando la casa real se halle verdaderamente en peligro”.
Cada vez que abría la boca, salían humo y aroma. El gran duque, sentado frente a Jean, no dijo nada. Jean continuó:
“Ningún hombre embarcaría su tesoro en un navío que se hunde, Vuestra Excelencia”.
Reinó el silencio durante unos instantes. Jean frunció los labios con el puro en la mano. Sus ojos se cruzaron con los del duque, que se limitó a exhalar el humo.
“Mis soldados se verían ante el desafío de sobrevivir a este invierno. No tienen nada con qué alimentarse. Como bien sabéis, no hay fondos disponibles en todo el imperio. Salvo por aquellos lo suficientemente afortunados como para poseer riquezas en tierras lejanas, como vos mismo, mi joven señor, todos se hallan en una nefasta lucha por la supervivencia”.
El gran duque habló tras un largo silencio. Jean se esforzó por morderse la lengua. De lo contrario, quizá le habría respondido al duque que, a pesar de las penurias que atravesaba el imperio, ahí estaba el gran duque, fumando un puro, tomando té y deleitándose con foie gras. Era bastante natural que Jean recordara la larga cola de gente que había fuera de la iglesia.
“Y de igual modo se halla mi hermano. Dudo que viva para presenciar la venidera primavera”.
El gran duque, ajeno a los pensamientos de Jean, tomó la palabra. Mi hermano. Se refería al actual rey. Jean no apartó la mirada del duque. Vio la punta del puro consumido, convertida en cenizas. El gran duque ya no dudó más.
“No creo que sea un gran pecado guiar un final fatídico para que acontezca más pronto…..”
“…”
“Mas si el Príncipe Heredero cometiese el pecado de patricidio en su ansiedad por asumir el trono, ¿cómo podría yo, como vasallo fiel a Su Majestad y a su linaje, permanecer de brazos cruzados, fingiendo ignorancia?”
Por desgracia, el duque reveló sus verdaderas intenciones. Habló con evasivas, pero Jean entendió sus palabras de todos modos. El gran duque tramaba un regicidio. Iba a asesinar a su hermano, el emperador, que, al igual que él, ya era prácticamente un hombre muerto. El duque estaba tramando echarle la culpa a Maximillian, movilizando a las fuerzas armadas tras los hechos. No difería mucho de lo que Jean había previsto, lo que resultó ser una circunstancia de lo más afortunada. Jean soltó una breve carcajada.
“Una conspiración tan común a lo largo del curso de la historia”, dijo Jean deliberadamente, con tono despectivo.
“¿Podría sugeriros, Vuestra Excelencia, que consideremos un enfoque más seguro?”, continuó Jean, expulsando humo.
El pez mordió el anzuelo. El duque dejó el puro y juntó las manos. Jean seguía fumando cuando el duque le preguntó.
“Os ruego me digáis, ¿qué queréis decir?”
La nube de humo le ocultó el rostro por un instante antes de volver a revelarlo. Jean esbozó una leve sonrisa y también dejó el puro.
“La estratagema que habéis ideado, Vuestra Excelencia, es en verdad una ya probada y verdadera. No obstante, existe peligro en su potencial expansión hacia una conspiración. El Príncipe Heredero se halla solitario mientras vos tenéis un ejército a vuestra disposición. Tal curso de acción, Vuestra Alteza, podría no iluminar favorablemente vuestra posición”.
“¿Y?”
“Colocad algunos agentes junto al Príncipe Heredero. Y una vez que ellos inciten un golpe de Estado, avanzad con presteza y suprimidlo”.
Sería la opción más segura, Jean terminó rápidamente su discurso.
El Gran Duque tenía una expresión sutil en el rostro. Jean se puso de pie. Sería imprudente dar la impresión de coacción. Si se descubría que este era el momento que Jean había esperado con ansias, todos sus esfuerzos serían en vano.
“Notificadme vuestro veredicto, Vuestra Alteza, y provéedme el recuento de vuestras tropas a ser abastecidas. Yo dispondré el sustento necesario de conformidad, todo en nombre de Vuestra Excelencia, mi Señor Duque”.
Jean añadió, poniéndose el abrigo. El Gran Duque se puso de pie. Jean se abrochó la levita. Estaba a punto de ponerse el sombrero cuando se fijó en los caballetes de la esquina. Echó un vistazo, y un lobo y una serpiente moribundos le devolvieron la mirada. Jean observó el cuadro de la derecha, el que representaba la muerte de la serpiente, y buscó en la esquina inferior derecha. Desde donde estaba, no pudo distinguir la firma.
“Como evidencia de nuestro discurso de hoy…”
Sus palabras brotaron sin pensarlo, impulsadas no por su voluntad, sino por la acción.
“He de llevar aquel lienzo conmigo”.
Solo después de haber hablado se dio cuenta Jean de su descaro. Había anunciado su decisión, en lugar de pedir permiso para llevarla a cabo. Afortunadamente, el gran duque accedió sin dudarlo. Un sirviente se acercó para envolver el cuadro.
“He de remitirle una misiva muy pronto”.
El Gran Duque le habló a Jean mientras subía al carruaje. El anciano parecía absorto en sus pensamientos, con las manos entrelazadas a la espalda. Jean asintió una sola vez. Podía leer la reflexión del duque con tanta claridad que casi la sentía. No importaba, pues el duque tomaría una decisión cuando ya no pudiera mantener a su ejército.
Jean dejó el retrato en el asiento de enfrente. El carruaje pronto comenzó a moverse. Al cabo de un rato, Jean miró por la ventana. La residencia del Gran Duque se había vuelto pequeña, como una casa de un cuadro. Respiró hondo. Sentía el pecho oprimido. Quizás por haber contenido la respiración o tal vez por sus propios pensamientos ansiosos. Sin embargo, la tensión en su pecho disminuyó, permitiéndole respirar hondo por fin.
Todo marchaba de maravilla. Jean lo sabía, tanto por la razón como por su instinto. Al Gran Duque le resultaría difícil rechazar tal oferta. La primera tarea que le quedaba a Jean era informar a sus hermanos sobre este intercambio confidencial. Acordarían el día en que el Gran Duque asesinaría al emperador. Entonces, la única tarea de Jean sería la preparación para el inminente e importante acontecimiento.
Se tocó la barbilla. Tendrían que discutir la fecha. Jean pretendía manipular al duque para que enviara a su ejército a la frontera del imperio, y el estado del río era crucial para prolongar la ausencia de los soldados de la capital tras la muerte del emperador. El deshielo del río lo volvería intransitable durante semanas, ofreciendo la oportunidad perfecta.
Se acerca la primavera, pensó Jean, golpeando la ventana. Ya era avanzado el invierno. El frío estaba en sus últimos coletazos antes de ser desterrado. El frío del día seguía siendo intenso, pero el comienzo de la primavera bastaba para que el río se deshiciera y se convirtiera en un río caudaloso, demasiado peligroso para que los caballos lo cruzaran. Eso era todo lo que Jean deseaba.
El plan fraguado por Jean y sus camaradas era más bien sencillo. Su objetivo era desbaratar la estrategia del Gran Duque dándole la vuelta por completo. Manipularían al duque para que enviara a sus hombres fuera del imperio. No habría soldados para sofocar a los revolucionarios, quienes habrían tomado la capital para cuando el ejército regresara. Su justificación para tomar el control de la capital sería frustrar al Gran Duque, quien había asesinado al emperador y al Príncipe Heredero, el principal adversario del duque, e instigado un coup d’état2. Los soldados del Gran Duque se encontrarían retenidos a la orilla del río. Antes de que pudieran regresar, los espías revolucionarios infiltrados en las fuerzas ducales asesinarían al duque. Y el Imperio Joaquín habría perdido su linaje real. Los revolucionarios se congregarían en la plaza de Joaquín y clamarían por la transformación del imperio en una república.
Se avecinaba una masacre. Era inevitable, se decía Jean. Algunos aristócratas apoyaban a los revolucionarios, pero en su mayoría eran hijos segundos de nobles de baja alcurnia. Nadie que pudiera movilizar a su pueblo ni costear un ejército privado se sumaría fácilmente a su causa, y los revolucionarios estaban decididos a aniquilarlos junto con el Gran Duque. Sin embargo, sabían que sería una tarea ardua. Les esperaba un trabajo largo y duro.
“Mi lord, ya hemos llegado.”
Jean se sobresaltó al oír la voz que lo llamaba. Estaba sumido en sus pensamientos. No se había dado cuenta, pero la carruaje se había detenido. Parecía que habían vuelto a la mansión de los Erhardt..
“Mis disculpas, me he hallado sumido en mis reflexiones…”
Jean bajó del carruaje. Se fijó en el enrojecimiento de las manos del cochero; el hombre debía de llevar mucho tiempo de pie en el frío, llamando a Jean. Estaba a punto de coger el cuadro, pero Jean lo detuvo y lo despidió, diciéndole que se untara las manos con un poco de manteca de cerdo.El cochero desapareció rápidamente, soplando aire caliente sobre sus manos heladas. Jean se dirigió hacia las puertas de la mansión. El mayordomo lo esperaba con expresión inquieta.
“Tenéis un invitado, mi lord.”
El mayordomo habló apresuradamente cuando Jean se detuvo frente a las puertas. Parecía bastante desconcertado. Jean supuso que debía haber una razón por la que el mayordomo no anunció el nombre del visitante, sino que simplemente se refirió a él como “invitado”. Jean asintió mientras entraba. El mayordomo lo guió y subió al segundo piso. Al igual que el Gran Duque antes, el mayordomo pareció dar la bienvenida al invitado, pero no al salón.
“Él partirá prontamente tras reunirse con vos, mi señor, pues no desea que se propague el rumor de vuestra visita.”
El mayordomo ofreció una excusa como si hubiera leído los pensamientos de Jean. Jean simplemente asintió solemnemente. Se detuvo frente a la puerta de su habitación. Llamó, pero nadie respondió. Jean miró al mayordomo, quien asintió cuando sus miradas se cruzaron. El hombre le aseguraba a Jean que, en efecto, había alguien esperándolo dentro. Sin embargo, quienquiera que fuera, había demostrado una grave falta de cortesía al presentarse en la mansión de un duque sin cita previa y permanecer en silencio después de ocupar la habitación de otro. Jean se preguntó brevemente si podría tratarse de Wickham o Cornell. Pero sus hermanos no eran ni tan imprudentes ni carecían de cortesía. Jean abrió la puerta. La habitación estaba oscura. No debía de haber ninguna lámpara encendida.
“…Sería lo mejor encender el fuego en la chimenea. La araña de luces también, por favor.”
Jean murmuró al entrar. La luz de la luna permitía distinguir, entre las sombras del resto, a la persona que estaba sentada junto a la ventana. Jean supo de inmediato quién era.
“No, Preferiría quedarme en la oscuridad por un momento,” dijo esa persona.
Su voz era ronca. Jean se sentía extraño. Cerró las puertas primero. Tenía los labios resecos por la inesperada situación. Colocó el cuadro que había obtenido del Gran Duque sobre una mesa y se volvió para mirar a su visitante. Maximillian Joachim. El único hombre que Jean no esperaba ver allí.
Desde el alféizar de la ventana donde estaba sentado, se podía ver todo el camino que conducía a la mansión. El príncipe sabría que Jean acababa de regresar. ¿Qué debía responder Jean cuando el príncipe le preguntara dónde había estado, qué había hecho? Jean ya le había dicho al príncipe que había estado en la residencia del Gran Duque. Pero ¿no parecería una visita frecuente? Jean estaba ansioso mientras se acercaba a la ventana cuando Maximillian, sentado de lado, se giró para mirarlo. Debió de haber oído sus pasos. La tenue luz lo iluminaba.
“Vuestra Gracia, ¿puedo inquirir en cuanto al propósito de vuestra visita a esta hora, si os place?…”
Jean acababa de empezar a hablar, eligiendo cuidadosamente sus palabras, cuando Maximillian extendió los brazos y rodeó a Jean con ellos. Jean notó un ligero temblor. El príncipe jadeaba ligeramente. Era una sensación surrealista, que hizo que las palabras que Jean había preparado en su cabeza se desvanecieran. Jean se encontró correspondiendo al abrazo. Podía sentir las manos del hombre, agarrándose con fuerza a su ropa.
“¿Ha acontecido algo, Vuestra Gracia?”
Y a continuación se oyó una voz que parecía la suya y, al mismo tiempo, no lo era. Jean habló en un tono que parecía mostrar preocupación por si el príncipe había resultado herido o había sufrido algún daño. Sonaba débil y frágil.
“Ah,” Maximillian habló en voz baja tras un breve instante, “No es nada.”
El príncipe continuó. Su tono era bastante animado, pero estrictamente teatral.
“Simplemente os extrañaba. ¿Parecía que habíais salido?”
El príncipe habló como solía hacerlo, pero sonaba bastante torpe. Jean era consciente de que era una descortesía, pero aun así le tomó el rostro entre las manos y se lo inclinó ligeramente hacia arriba. La penumbra era leve, lo que permitía a Jean verle la cara entera.
“Maximillian.”
El nombre que llevaba tanto tiempo en la punta de la lengua de Jean salió por fin. Le resultó extraño. Sintió una opresión en el pecho tan intensa que le sorprendió.
“¿Qué os pasa?, Su Gracia?”
Jean fue súbitamente recordado de lo que el Gran Duque había dicho antes. Él dijo que la sirvienta de Montespan estaba practicando el empaquetar y desempaquetar diariamente. ¿Significaba eso que el emperador no se hallaba bien? El príncipe lucía pacífico, pero Jean podía sentir los dedos temblando levemente contra su espalda.
“Nada.”
El príncipe respondió. A continuación, retiró lentamente la mano. Jean se limitó a mirar a Maximillian, como si estuviera instándole a que diera una respuesta.
“¿Habéis realizado la adquisición de un retrato?”
Pero Maximillian mantuvo una actitud despreocupada. Jean echó un vistazo al cuadro que había dejado sobre la mesa. Y Maximillian se acercó. Parecía que iba a desenvolverlo. Y si lo hacía, Jean no podría ocultar que había estado con el Gran Duque. Jean, absorto en sus sentimentalismos, reaccionó rápidamente. Encendió la lámpara del escritorio. La habitación se iluminó un poco más. Y Maximillian estaba ahora de pie justo delante del cuadro.
“Es la pintura que habéis presentado como obsequio… al Gran Duque, Vuestra Gracia.”
Jean habló despacio a propósito, fingiendo vacilar. Maximillian se volvió para mirarlo. Jean bajó ligeramente la mirada, frotándose el pliegue entre las cejas.
“Ah, habéis estado con el Gran Duque.”
Maximillian asintió y habló en un tono indiferente. Jean tragó aire.
“Deseaba poseerla en demasía…”
“¿Habéis hecho de ello un nuevo pasatiempo vuestro el coleccionar mis pinturas? Deseando incluso aquella que yo había obsequiado a mi tío.”
“…¿Os causa desagrado, Vuestra Gracia?”
La intención era política, pero no cambiaba el hecho de que era el obsequio del príncipe para el duque. No podía complacerle saber que su obsequio había sido un objeto de comercio. Tal vez habría dado al príncipe una mayor satisfacción si el duque la hubiese rasgado en pedazos. Sin embargo, el Maximillian que Jean conocía no era del tipo que se alborotaba por tales cosas. Y él estaba en lo correcto; el Príncipe Heredero sacudió la cabeza.
“Los pintores de las calles lo hacen mejor que yo. Simplemente encuentro divertido que hayáis gastado dinero en adquirirla.”
“No necesitáis ser humilde por vuestro arte, Vuestra Gracia.”
“¿Es así? Cierto es que presté a esta una particular atención.”
Maximillian murmuró mientras quitaba el envoltorio. Jean percibió una nota de burla en aquellas palabras. Al poco rato, la serpiente moribunda se dejó ver, y Maximillian tarareó una melodía. Sostuvo el cuadro por el borde. Pasó ligeramente los dedos por el cuadro. Estaba en la esquina superior derecha.
Jean entrecerró los ojos. Ahora podía ver lo que se le había escapado, al haber quedado cautivado por la impactante imagen de la serpiente. Allí estaba la huella de una bestia. A pesar del resplandor de la lámpara, todo seguía estando en penumbra a su alrededor. La propia obra de arte no brillaba en su sombra. Era difícil discernir qué era exactamente lo que había tocado el príncipe. La mano de Maximillian también ocultaba la mitad de la superficie. Jean solo pudo vislumbrar el color y la forma. Sin embargo, estaba seguro de que la pata pertenecía a una bestia de cuatro patas. Supuso que se trataba de un lobo. Al fin y al cabo, era el símbolo de la casa real y el animal que simbolizaba al propio Maximillian.
El lobo que mató a la serpiente… Tal como Jean había sospechado en su primera observación, la intención del cuadro era bastante clara. Jean concluyó sus pensamientos y apartó la vista del marco. Sin embargo, algo lo inquietaba. La imagen de la pata parecía extraña para pertenecer a un lobo. Jean decidió volver a mirar cuando Maximillian murmuró.
“Es una Cobra Escupidora3. Una serpiente que escupe veneno, cegando a su adversario.”
La mirada de Jean se dirigió al instante hacia el centro del cuadro. Los ojos de Maximillian, que contemplaban el retrato desde arriba, parecían fríos y vacíos a la vez. Jean siguió la mirada del príncipe y, de repente, preguntó, como si se tratara de algo sin importancia.
“¿Inscribisteis esto con vuestra propia mano, Vuestra Gracia?”
Pero su corazón latía más rápido que nunca. Tenía la sensación de que se le iba a estallar en cualquier momento. Maximillian mantuvo la mirada fija en la obra de arte mientras respondía con tono indiferente.
“¿Qué artista, os ruego me digáis, permitiría a otro inscribir su nombre sobre su creación?”
Jean sintió un breve momento de éxtasis, del que no sabía explicar la causa, y que le provocó un miedo repentino y misterioso, lo que le llevó a mirar al príncipe. A diferencia de él, que parecía haber perdido la compostura, el príncipe parecía tranquilo.
“Yo regresaré. Vos me escoltaréis de vuelta, presumo”.
¿Acaso la pasión que Jean había reunido para fingir sinceridad ante el príncipe lo había traicionado?
“..Yo dispondré el coche, Vuestra Gracia”.
Dentro de la lámpara, la llama bailaba. Jean observaba cómo se curvaban los labios de Maximillian, que parecía encantado y embelesado. De repente, recordó cómo el príncipe había temblado levemente en la oscuridad. Maximillian sonreía como si fuera un hombre que nunca hubiera vivido una experiencia semejante. Sin embargo, Jean no podía olvidar aquel temblor del príncipe y sintió la necesidad de abrazarlo con ternura.
*
“Yo descabalgaré aquí4”.
Cuando Maximillian dijo eso, se oían las campanas de la iglesia a lo lejos. La carroza se encontraba en pleno centro de la capital.
A través de la ventana se veían las calles sumidas en la oscuridad. Aparte de unos cuantos grupos de vagabundos y prostitutas, el callejón parecía desierto. La luna brillaba y las farolas de gas estaban encendidas, pero no bastaban. Seguía sin ser un lugar adecuado para que un noble, y mucho menos un príncipe heredero destinado a suceder al trono, caminara solo. Jean frunció el ceño.
“Permitidme escoltaros de vuelta al palacio, mi Señor Príncipe”.
“No. Esto bastará”.
“No tenéis a vuestras guardias con vos, Vuestra Excelencia. Es sobremanera peligroso”.
“No pretendía marcharme solo”.
Maximillian habló con indiferencia mientras miraba a Jean. Estaba claro lo que quería decir. Para aclararlo una vez más, Maximillian preguntó:
“¿No portáis un arma con vos?”
Jean se quedó sin palabras. Reflexionó un momento antes de volver a hablar.
“Es muy entrada la noche, Vuestra Gracia. Si hubiésemos de encontrar a un forajido—”
Ante las palabras de Jean, Maximillian estalló en risas. Semejaba haber encontrado las palabras divertidas.
“No importa cuán fuera de la ley sea el forajido que este callejón pueda albergar, ninguno sería tan fuera de la ley como un arma”.
Era cierto, y Jean no tenía nada más que añadir. Maximillian era testarudo. Jean sabía mejor que nadie que la obstinación del príncipe era implacable.
Al bajar del carruaje, la noche era implacable con su frío. Ambos llevaban abrigos y guantes caros, pero el viento helado y cortante les calaba hasta los huesos. Jean no pudo evitar preguntarse cómo la gente se las arreglaba para ir por ahí, ajena al frío. Como de costumbre, Maximillian iba delante, y Jean lo seguía.
De vez en cuando, Jean sentía alguna mirada sobre ellos. Sin embargo, ninguna era amenazante.
“Hay luna llena”.
Maximillian murmuró algo mientras daba un tranquilo paseo. Jean caminaba justo detrás de él. Cada vez que el príncipe hablaba, la niebla blanca de su aliento aparecía y desaparecía una y otra vez.
“¿Acaso el gélido frío no atribula a Vuestra Gracia?”, Jean preguntó con rigidez.
El príncipe lo negó. Luego, guardó silencio un rato. Jean, caminando detrás, observó y no pasó por alto lo que hacía Maximillian. El príncipe contempló el cielo, los alrededores, las calles y a Jean.
Solo después de una larga caminata, Jean sintió una extraña sensación. El entorno ya no le resultaba familiar. No se veía a nadie más. No había farolas encendidas. Solo se extendía un simple callejón. No era el camino al Palacio Real. Era un sendero de piedra que ni siquiera Jean, de origen humilde, conocía. Jean se detuvo.
“Vuestra Gracia”.
Maximillian se dio la vuelta. Su rostro no se diferenciaba en nada del de siempre.
“No es sino un desolado camino secundario hacia el palacio”.
El príncipe debió de haber leído los pensamientos de Jean mientras se explicaba. Su mirada parecía extrañamente distante. Hizo un gesto a Jean, y este dio un paso adelante para acercarse al príncipe.
“Acompañádme”, susurró Maximillian.
“Os ruego me digáis, Vuestra Excelencia, ¿por qué no entráis a través de las puertas principales?”
Jean preguntó, un poco desconcertado por la decisión del príncipe. Al poco rato, llegó una respuesta en tono indiferente.
“Partí discretamente por medio de la salida trasera, pues no deseaba que nadie notase mi ausencia. Ellos no sabrán que he dejado el palacio”.
Era muy propio de Maximillian hacer algo así. Jean caminaba al mismo paso que el príncipe. Sin darse cuenta, sonrió. Percibió la mirada que le dirigían, pero no le molestó.
El sendero conducía a una pequeña colina detrás del Palacio Real. A cada paso, las hojas crujían bajo sus pies. El camino, sin ninguna luz, estaba oscuro. Sin embargo, a medida que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, el poco brillo era suficiente para que no se perdieran.
“Es un sendero más bien tosco, Vuestra Excelencia. Su servicio es precario como para ser procurado a menudo”.
Jean habló mientras observaba cómo Maximillian se llevaba las manos a la cara y se las acercaba a la boca. Debía de tener las manos frías, heladas. Maximillian asintió con la cabeza en respuesta a Jean.
“Está construido para que los miembros de la realeza huyan en tiempos de necesidad. Por supuesto que el camino es áspero”.
Era un pasadizo secreto, entonces. Jean parpadeó. Maximillian avanzaba sin dudarlo. Jean lo siguió, pero su corazón latía tan rápido que jadeaba. ¿Era consciente este hombre del peso de lo que acababa de decir? pensó Jean mientras intentaba respirar. Entonces, se detuvo. Maximillian, que había estado abriendo el camino, se había detenido. En medio de la colina, había un denso grupo de árboles. Entre ellos, había uno con una cuerda roja atada a su alrededor, y debajo, una tabla de madera.
“Podéis partiros”.
Maximillian habló, dándose la vuelta. Él empujó el tablero, revelando una pequeña puerta.
“…Permitidme escoltaros todo el camino hasta el palacio, Vuestra Gracia”.
Jean habló, esforzándose por apartar la mirada de la puerta. Temía que los latidos de su corazón sonaran demasiado fuertes. Temía que se oyeran. No había previsto descubrir de esta manera la vía de escape secreta de la familia real. Eso le ayudaría enormemente a llevar a cabo su gran hazaña. Era un giro inesperado de la suerte. Esos pensamientos le sirvieron de excusa.
“No es un sendero apto para vuestro paso, Lord Erhardt”. Maximillian habló en tono burlón.
No había rastro de sospecha en su voz. En lugar de responder, Jean dio el primer paso hacia adentro. Estaba oscuro. Extendió la mano y sintió una mano fría sobre la suya. Jean apretó la mano y, poco después, oyó el golpe de la puerta al cerrarse.
Un largo sendero de piedra se extendía ante ellos. Había farolas a ambos lados, pero ninguna estaba encendida. A diferencia del mundo exterior, aquí, en la más absoluta oscuridad, no se veía nada. Su visión era tan oscura que casi se sentía asfixiado.
“Su Gracia… ¿Habeís recorrido este camino?”
¿Sería así la muerte?, se preguntó Jean para si mismo.
Tenía la sensación de haber entrado directamente en las fauces de la Oscuridad. Si no hubiera sido por la mano fría que lo tocaba, Jean también habría perdido el sentido de la vida. Podía oír una risa suave a su lado. Sin embargo, no podía ver el rostro que se reía.
“Como he dicho, no es un sendero apto para vuestro paso, mi pequeño Lord”.
“Mas Vuestra Gracia semeja—”
“He frecuentado este lugar desde que era un niño. Debido a ello, podría encontrar mi camino aquí dentro con mis ojos cerrados”.
“A vuestro regreso, decid a los sirvientes que mantengan el sendero iluminado, Vuestra Excelencia. Temo que podáis sufrir algún daño”.
“Estoy familiarizado con la oscuridad”.
Jean sintió la mano que lo guiaba. A pesar de haber sido él quien se ofreció a acompañar al príncipe de regreso al palacio, era Jean quien iba acompañado mientras Maximillian abría el camino. El príncipe sintió la mano de Jean, cuyo agarre subía hasta la muñeca. Jean no se resistió, pues no podía escapar del camino sin el príncipe.
Ambos caminaban despacio, y las piedras les dificultaban el paso de vez en cuando. Jean intentó seguir el camino con los ojos abiertos, pero su esfuerzo fue inútil. Solo se sentía desorientado. Maximillian le informó que era mejor caminar con los ojos cerrados, que el camino no era muy largo. La mano que rodeaba la muñeca de Jean era firme. Poco a poco, disipó el miedo que sentía. Jean siguió al príncipe como un niño bien educado.
Al principio intentó entablar conversación. Pronto, incluso las escasas palabras se desvanecieron. La circunstancia de mirar pero no ver parecía haber agudizado otras facultades corporales. La mano de Maximillian estaba más fría de lo normal, y su respiración era más agitada. El aroma a menta que parecía rodear siempre al príncipe también se intensificó. Era como si el aroma del abrigo que le habían regalado aquella fría mañana hubiera sido extraído y entregado rápidamente a Jean.
Apenas había logrado calmar su corazón. Sin embargo, ahora lo consumía de nuevo el calor. Jean levantó ligeramente la mano, como si quisiera liberarla del agarre de Maximillian. El príncipe no forzó el agarre. Al retirar la mano, esta quedó atrapada entre el pulgar y el índice del príncipe. Esta vez, Jean apretó con fuerza y atrapó el pulgar del príncipe. Sintió su vacilación.
Los cuatro dedos restantes de Maximillian se posaron lentamente sobre el dorso de la mano de Jean. Jean no aflojó el agarre y oyó al príncipe reír. Maximillian correspondió al agarre sujetando también la mano de Jean. De alguna manera, aquello lo reconfortó. Los dos continuaron su paseo. Jean oyó los pasos de Maximillian. Eran regulares, y su sutil volumen delataba la elegancia del príncipe.
“Jean. Abrid los ojos”.
No sabía cuánto tiempo llevaban caminando cuando Maximillian habló. Se habían detenido. Fue entonces cuando Jean parpadeó y abrió los ojos. El entorno se veía un poco más luminoso. La puerta debía de estar frente a ellos, pues distinguió una tenue luz que se perfilaba en forma de cuadrado. Jean oyó un ruido de arrastre. Al mismo tiempo que la luz inundaba la estancia, Jean vio el rostro de Maximillian. Y el príncipe habló.
“Os ofrezco mi presente; la luz. Que la halléis de vuestro agrado”. Su voz parecía burlona.
También parecía provocar a Jean, quien se había comportado como un niño asustado y travieso durante todo el paseo. Más allá de la puerta completamente abierta, Jean pudo ver el espacio familiar. Una llama danzaba en la chimenea, y faroles y velas llenaban el lugar de luz. Era la habitación del Príncipe Heredero, bañada en un resplandor. El brillo era tal que deslumbraba. Y, sin embargo, Jean no podía cerrar los ojos, pues lo atormentaba la semejanza entre las palabras de Maximillian y las de alguien más.
‘Os ofrezco mi presente; vuestra libertad. Que la halléis de vuestro agrado’.
“¿Jean?”
La persona que tenía delante parecía una gran fuente de luz. Si Jean se quedara ciego, estaba seguro de que la causa sería aquel hombre, y no la luz del exterior. Jean no podía decir nada. El miedo que sentía en la oscuridad y la breve euforia que le producía la luminosidad. Las emociones abrumadoras y la confusión lo sacudieron hasta lo más profundo de su ser. Mientras tanto, Jean no se atrevía a parpadear, mientras alcanzaba la certeza que tanto tiempo llevaba buscando.
Era una imposibilidad para él no ser la Perla.
Era Maximillian.
La Petite Perle. La más preciada y hermosa redención de Jean.
Maximillian Joachim.
*
El baile de máscaras era una antigua tradición en el Imperio de Joachim, que se celebraba a finales de cada año en el Palacio Real. Se trataba de un ritual en el que se reunían aristócratas tanto de la capital como de fuera de ella para celebrar el fin de otro año y dar la bienvenida al nuevo. Aunque la ocasión pudiera haberse alejado de su intención inicial, ese era, al menos, su objetivo.
“¿Visitáis al sastre en el día de hoy?”
“Sí, Su Gracia”.
“¿Habéis dispuesto ya mi justacorps?”, preguntó Maximillian, sentado ante el caballete.
Antes había afirmado que hoy tenía que pintar. Esa afirmación hizo que Jean se sintiera como un libertino mientras se tumbaba en la cama.Si hubiera oído un anuncio así en la primera etapa de su relación, habría sentido que se le hacía una injusticia por la acusación implícita. Sin embargo, en ese momento, era él quien buscaba el placer con el príncipe con mayor entusiasmo. Por eso, no había nada que pudiera decir para defenderse.
“En blanco, mi señor príncipe. Les he ordenado adornarla con bordados de oro y perlas por broches”.
Cuando Jean respondió de tal suerte, el rostro de Maximillian asomó tras el caballete antes de desvanecerse de nuevo. Había una sonrisa en su semblante. El corazón de Jean dio un vuelco, y este se apresuró a desviar la mirada cual doncel en su primer amor.
“¿Habéis decidido ya vuestra máscara, Vuestra Gracia?”.
¿Sería porque Jean estaba desconcertado? Antes de darse cuenta, se encontró haciendo una pregunta innecesaria. Solo se dio cuenta de lo que había hecho después de haberlo hecho. Las máscaras que podían utilizar los miembros de la realeza en los bailes de máscaras estaban predeterminadas.
“Nada hay para mí que decidir, por cuanto la sangre real dicta únicamente la apariencia de un lobo”.
Afortunadamente, en lugar de reprender a Jean por su pregunta innecesaria, Maximillian se limitó a encogerse de hombros. Jean intentó disimular que se le había sonrojado la cara.
“Entonces debo guardar las distancias con vos, Vuestra Gracia, por cuanto la proximidad revelaría mi identidad”.
“¿Acaso hay alguien a quien deseéis cortejar a expensas de vuestra identidad?”
El tono de Maximillian estaba lleno de picardía juguetona. Jean no respondió. No podía, no a una pregunta de ese tipo, que ponía en duda su deseo de ir tras alguien. Miró a Maximillian. El caballete ocultaba la figura del príncipe. La luz se derramaba con intensidad sobre él, ya que se encontraba justo delante de la ventana. Jean se dio cuenta de que se había movido un poco. Quería comprobar con sus propios ojos que, detrás del caballete, Maximillian estaba realmente allí.
“Esto nos plantea un problema, por cuanto yo os reconocería, no importa cuán oculto estéis bajo vuestro disfraz”.
Jean oyó a Maximillian murmurar entrecortadamente.
Su voz no se diferenciaba en nada de la de siempre; claro, pero delicado.
Fue entonces cuando Jean tomó conciencia de sí mismo, de que estaba casi sentado. Se dio cuenta de ello en el mismo instante en que sintió que el corazón se le había caído a los pies. Maximillian aún no debía de haberse percatado del cambio de postura. No le había restringido el movimiento de forma especial a Jean.
“Esto nos plantea un problema, por cuanto yo os reconocería, no importa cuán oculto estéis bajo vuestro disfraz”.
El príncipe preguntó con tono alegre, pero Jean solo pudo confirmar que las patas estaban debajo del caballete. Tenía la boca seca. Jean se puso en pie.Era consciente de que se trataba de un acto impulsivo. Sin embargo, deseaba tanto ver a Maximillian que se sintió abrumado por la urgencia. Dio un paso adelante. Fue entonces cuando Maximillian asomó la cabeza desde detrás del caballete. Jean pudo ver cómo el príncipe parpadeaba. Su reacción se retrasó un segundo.
“¿Jean?”
Maximillian exclamó, con una expresión de aturdimiento en el rostro. Era una mirada que Jean nunca antes había visto en el príncipe. Jean se encontró de pie justo delante del caballete. Maximillian frunció el ceño. Levantó ligeramente las cejas. Parecían la luna menguante, una media luna sobre sus ojos. El príncipe se puso de pie.
“¿Por qué os habéis movido?”
Entonces, dio un paso hacia Jean. Jean no se apartó. Los dos permanecieron de pie bajo el pálido sol invernal. Jean sintió la mirada de Maximillian, que parecía escudriñarlo y leerlo por dentro. El dedo del príncipe le dio un golpecito en la barbilla a Jean. La sensación fue muy intensa.
“..Acaso sería lo mejor mudar el color de la nueva vestidura, mi señor príncipe”.
Jean habló antes incluso de poder pensar. Fue un impulso irrefrenable. Jean corrió las cortinas antes de que Maximillian pudiera responder y, a continuación, siguió hablando.
“He de tenerla en un matiz más oscuro, Vuestra Gracia. Azul, o negro, tal vez”.
“¿Qué es—?”
Maximillian tenía una expresión de desconcierto. Sin embargo, Jean no le prestó atención. Abrazó al príncipe y le susurró al oído.
“¿O preferiríais una levita, Vuestra Gracia? Me atrevo a decir que el llamativo color de la vestidura os sentaría bien” .
Por alguna extraña razón, a Jean le latía con fuerza el corazón. ¿Sería porque le perseguía la imagen del cachorro de lobo del cuadro del gran duque? También podría ser porque Maximillian parecía que iba a desaparecer bajo la cegadora luz del sol en cualquier momento.
No te pasará nada, Jean tragó las palabras que casi había pronunciado.
“Ninguna necesidad tengo de una levita. Más bien, ¿os sentís enfermo? Estáis actuando de manera extraña en el día de hoy”.
Mientras seas mi Petite Perle—
“…Nada, Su Gracia”.
—No dejaré que perezcas como el joven lobo.
Jean también se tragó esas palabras. Se mordió el labio, y el príncipe levantó la vista hacia él. Sin darse cuenta de lo que hacía, Jean bajó la cabeza. Sus labios se rozaron antes de separarse. El príncipe volvió a preguntar, como si le susurrara; Jean, ¿qué os sucede?.
“…En verdad, nada, mi Príncipe”.
Jean respondió así, pero no era la verdad. Tenía muchas preguntas que hacerle, muchas cosas de las que hablar. Quería sentarse con el príncipe de inmediato y preguntarle; ¿Eres de verdad Ma petite perle? ¿Cómo has podido seguir con el patrocinio y, al mismo tiempo, dejar de escribirme, a pesar de haberme prometido que me esperarías? ¿Cómo es posible que no me hayas dicho nada, a pesar de que sabías quién era yo? Me vinieron tantas palabras a la mente, pero luego se me quedaron dentro.
“El atuendo me complace en demasía. Habrá de complementar el armiño5 que me habéis otorgado previamente”.
Jean rozó los labios con la frente del príncipe. Solo le faltaba un paso para confirmar su certeza; todo lo demás se resolvería después. Jean se esforzó por creerlo. Sin embargo, no podía evitar que su corazón latiera con fuerza, más allá de la razón. Seguía sin poder controlarlo, a pesar de ser consciente de la irracionalidad de sus acciones y su juicio. Se sentía como si hubiera entrado en la boca de una bestia llamada devoción.
Aquel día, al regresar al palacio tras abrirse paso entre la oscuridad absoluta, Jean le entregó su arma a Maximillian. Había llegado a la conclusión de que un príncipe heredero, aficionado a vagar por las calles sin guardias ni armas, la necesitaría. Maximillian hizo un gesto de rechazo, pero al final la aceptó. O bien cambió de opinión en un instante, o concluyó que Jean era demasiado terco para dejarse convencer. Fuera lo que fuese, a Jean le daba igual, con tal de que el príncipe tomara el arma. Jean observó a Maximillian. Tocó la pistola por la empuñadura, donde estaba grabado el apellido de Jean. El rostro estaba iluminado por la tenue luz de las velas. Jean pudo ver que esbozaba una sonrisa. Ya habían pasado algunos días desde entonces.
“Pronto podré pintarlo”.
Maximillian dijo eso mientras abrazaba a Jean. La tela de la ropa del príncipe se notaba suave contra la piel desnuda de Jean. Maximillian lo apartó ligeramente, y Jean dio unos cuantos pasos lentos hacia atrás.
“¿Cuándo habré de tener el honor de contemplarlo?”
“¿Desearíais hacerlo?”
La cama que Jean acababa de dejar estaba ahora de nuevo pegada a su espalda. Le tocó la cara a Maximillian, que se había subido encima de él. Estaba oscuro en la habitación y, tal vez por eso, una sombra se cernía sobre el rostro del príncipe.
“Sí, Su Gracia”; respondió Jean con sinceridad.
Él escuchó una pequeña risilla.
“Habéis adquirido no pocos trucos bajo vuestras mangas en los últimos días”.
Jean notaba cómo aquella caricia le rozaba la barbilla. Mordió ligeramente el pulgar que le separaba los labios. Como le ocurre a cualquier pintor, la punta de los dedos del príncipe estaba ennegrecida por las manchas de lápiz, pero Jean no le prestó atención. Incluso el sabor salado de la piel humana le resultaba dulce al paladar.
“Oh, cielos. De hecho, puede que me engañes.”
Jean se sintió embelesado. Besó el dorso de la mano del príncipe.
“Mi Montespan”, Maximillian susurró.
Su voz era como un cosquilleo juguetón. Jean no pudo evitar sonreír. No podía creer que hubiera habido un tiempo en que la relación entre ambos hubiera sido hostil. Parecía un pasado lejano. No podía creer que hubiera hablado de un élixir d’amour estando frente al hombre que yacía ante él. Besó a Maximillian en la mejilla, el cuello y el hombro. Su piel era tan suave que parecía seda. Jean quedó rápidamente cautivado, como si lo absorbieran hacia lo desconocido, y la pasión impaciente se apoderó de su razón.
Mi Maximillian.
Las palabras que tenía en la boca le parecían como un trozo de fruta madura y dulce que estallaría al más mínimo esfuerzo.
Ma petite perle.
Jean repitió para sus adentros mientras succionaba la lengua del príncipe de una manera codiciosa. Parecía como si le hubiese sido concedido permiso para contemplar cada aspecto del príncipe con afecto.
*
Buscad la máscara del pico de ave, y reanudemos nuestro jovial discurso’.
La carta llegó la mañana del baile de máscaras. Llevaba el sello del Gran Duque.
Debe de ser sumamente precavido para haberla enviado justo antes del baile, pensó Jean, mientras observaba cómo la llama lamía y devoraba la carta. Junto a la del duque, Jean quemaba otra carta. En ella estaba escrita una sola palabra.
Bauta.
Jean dio la espalda para encontrarse ante un gran espejo que le hacía frente. Se vio a sí mismo ataviado con un sombrero negro de ala ancha y una capa negra. Mirando el reflejo, Jean estudió de cerca su rostro. Buscaba asegurarse de que no hubiera mácula alguna en su semblante, de que su piel no estuviese oscura ni manchada. Estaba dispuesto a tomar prestados los polvos de una dama si fuera menester.
“¿Acaso viene alguien especial al baile, mi lord?”, preguntó el mayordomo mientras le servía té a Jean.
Jean se sobresaltó y se volvió para mirarlo. El mayordomo tenía una amplia sonrisa en el rostro.
“No soléis prestar atención a vuestra apariencia de ordinario y, sin embargo, en el día de hoy, parecéis consultar el azogue del espejo con frecuencia. Tanto la máscara como el atuendo lucen sumamente bien. No habéis de preocuparos, mi lord”.
Dijo el mayordomo mientras dejaba la taza de té sobre la mesa. Jean no supo qué responder. Se limitó a carraspear, incapaz de reaccionar ante aquel comentario.
“Eso… no es cierto”, Jean habló un rato después.
No obstante, su tono era tan tímido que le habría valido más no haber hablado en absoluto. Jean ocultó su rostro entero con la máscara que había preparado. Era blanca. La mitad superior estaba curvada con rasgos faciales cual estatua de yeso, mientras que la mitad inferior caía en una línea ancha, permitiendo al portador alimentarse por sí mismo. A esta máscara se le denominaba ‘Bauta6.’ Y Jean conjeturó que esto era tal vez lo que el escritor de la correspondencia quería decir. Se obligó a sí mismo a pensar en otros asuntos, asiendo el asa de su taza de té cuando el mayordomo habló una vez más antes de marcharse.
“Vuestras orejas se han enrojecido, mi Lord. Tal vez desearíais tomaros un momento para apaciguaros antes de partir”.
Entonces, Jean oyó que se cerraba la puerta. Se quedó inmóvil. Pudo ver claramente el enrojecimiento de sus orejas en el espejo. Dejó escapar un leve gemido y se quitó la máscara. Vio el reflejo de un joven con el rostro enrojecido. La sinceridad de sus emociones lo hacía parecer más un niño que un hombre.
Jean se pasó la mano por los ojos. Había vivido toda su vida convencido de que podía controlar sus sentimientos. Sin embargo, en los últimos días, se había mostrado más incapaz de hacerlo que un niño pequeño. Volvió a mirarse el rostro. Su encuentro con Maximillian era ineludible y seguro. Por eso, no querría mostrar un aspecto desagradable al quitarse la máscara. Jean sabía muy bien qué era lo que más apreciaba su príncipe heredero, a qué le daba especial importancia.
El sastre había enviado un mensaje anunciando que una prenda muy elegante estaba terminada. Jean había insistido en que el sastre no escatimara en perlas y que incrustara perlas grandes y pequeñas por igual, como correspondía al Príncipe Heredero del imperio. Sin embargo, Jean no se sentía tranquilo. No le preocupaba si la prenda le sentaría bien al príncipe o no. Sabía mejor que nadie que el príncipe se vería tan glorioso como el sol vestido de blanco. Quizás tan glorioso que ascendería al cielo como un rayo de luz.
Jean era consciente de que era un pensamiento absurdo, pero no podía evitar que se le encogiera el corazón cada vez que lo invadía esa sensación. Después de todo, ¿acaso la Perla Pequeña no se desvaneció también en el aire de la misma manera, siendo esa única correspondencia el último intercambio entre ellos?
Jean se sintió afortunado de que el baile de máscaras comenzara después de que se hubiera puesto el sol. La oscuridad que acechaba en cada rincón mantendría a Maximillian en su sitio. No importaban las razones que tuviera ni los pensamientos que le rondaran por la cabeza, pues Jean no estaba dispuesto a dejar que desapareciera esta vez.
“De haberme visto Wickham, me habría tildado de demente”.
Jean murmuró para sí mismo frente al espejo. Jean creía que Maximillian era su Petite Perle, aunque no había buscado una confirmación exhaustiva. En circunstancias normales, nunca habría actuado de forma tan precipitada, y se habría reído de cualquiera que lo creyera así. Sin embargo, esta vez Jean estaba seguro. Había llegado a esa convicción al ver el rostro de Maximillian al final del túnel oscuro, cuando el príncipe habló.
Jean no había dicho nada a sus camaradas7. No importa cuán sólida fuese su confianza, Jean era consciente de que para convencer a los demás, requería evidencia. Las perlas que Maximillian había otorgado a Jean tiempo atrás serían la prueba misma, asumiendo que el gemólogo de quien Chantelle le había informado a Jean hubiera cumplido su deber fielmente.
El problema estaba en otra parte. Aunque su presencia no era tan notable como la de Robert Joachim, el archienemigo de los revolucionarios, Maximillian Joachim. Era un objetivo a eliminar tanto como el gran duque. Era de la sangre y la carne de la casa real y el siguiente en la línea de sucesión al trono. Su sola existencia representaba una amenaza para la revolución. Todos lo consideraban un hombre vanidoso y ocioso, lo que lo salvaba de ser identificado como objetivo de vigilancia, pero eso solo significaba que no representaba ningún desafío para quien quisiera matarlo. Cuando se pusiera en marcha el plan, los hermanos de Jean intentarían eliminar al príncipe. No era una conclusión difícil de alcanzar.
Entonces—
Hay asuntos que la historia no puede evadir. Hacia el nuevo mundo.
¿Podría la correspondencia de Maximillian servir como vía hacia la salvación? ¿O es que realmente no había forma de que Jean se llevara consigo el nuevo mundo? ¿No sería más fácil conseguir apoyos para una república que el propio rey defendía? Jean se imaginaba una y otra vez cómo se desarrollaría la conversación con sus hermanos. Estaba armado con palabras persuasivas. Pero no podía estar seguro de si serían suficientes para convencerlos.
Mientras bajaba las escaleras con la máscara en la mano, reflexionaba una y otra vez. Si no lograba llegar a un acuerdo con sus camaradas, era evidente que se enfrentaría a complicaciones. No podía ignorar la necesidad de empacar sus tesoros. Era para estar preparado en caso de tener que huir con el príncipe. Jean poseía sus fábricas y minas, y no supondría ningún problema si huían a tierras extranjeras. Sin embargo, durante su fuga, necesitarían dinero en efectivo. En su mente, Jean ya había decidido en qué posadas y albergues se alojaría Maximillian en cada provincia y lugar. Ya había encontrado una forma segura de cruzar la frontera.
Pero, por ahora—
“Al Palacio Real”.
Su misión consistía en dirigirse al Palacio Real con una bauta, tal y como se le había ordenado.
El carruaje pronto se puso en marcha. Vio el sol descender lentamente en el cielo. Jean se quedó mirando por la ventana un buen rato. Recordó el rostro del Príncipe Heredero, que murmuró ‘Mi Joachim’, contemplando el reino de Joaquín como si viera algo que amaba profundamente.
Jean se sorprendió sonriendo. Intentó contener la sonrisa, pero, por desgracia, no lo consiguió. Hizo un esfuerzo por calmar su rostro, pero el recuerdo del rostro de Maximillian aparecía y hacía que su esfuerzo fuera inútil. Jean lo intentó varias veces más antes de rendirse y ponerse la máscara para ocultar su sonrisa. El rostro de un desconocido se reflejaba en la ventana, apareciendo y desapareciendo.
*
“Por la gloria de Joachim”.
Maximillian llevaba una máscara que le cubría la mitad del rostro hasta la punta de la nariz. Era de yeso, con forma de lobo. El borde estaba adornado con elaboradas cuentas de cristal. Las orejas eran puntiagudas. Esto hacía que el príncipe pareciera un descendiente de los lobos. Jean observó cada detalle. No pasó por alto la piel clara bajo los labios rojos, el justacorps dorado, ni el chaleco que se unía a los pantalones cortos. El salón no estaba oscuro, pero tampoco era lo bastante brillante como para recordar a la luz del sol. Jean se sintió seguro.
Jean dio un sorbo a su champán. Cuando Maximillian terminó su discurso de bienvenida, la gente comenzó a reunirse a su alrededor. Jean lo había previsto. Lamentaba no poder estar con el príncipe, pero también tenía sus propios asuntos que atender. Miró lentamente a su alrededor. El hombre del pico de ave estaba detrás de una columna en la terraza. El bastón que portaba sobresalía de la estructura.
Jean dejó su vaso vacío y comenzó a caminar lentamente. Cuando se encontraba con una dama en su camino, bailaba brevemente con galantería. Sintió la mirada del hombre que lo observaba desde atrás. El hombre estaba oculto entre la sombra de la columna o de la gente. No llamaba la atención. Jean, naturalmente, también se apoyó en el poste.
“Menudo bailarín, ¿no os parece?”
El hombre murmuró algo mientras se marchaba. La voz era la del gran duque. Jean se quedó atrás y esperó un momento antes de seguir los pasos del duque hacia la terraza. Cuando Jean abrió la puerta que daba al exterior, sintió que alguien le bloqueaba el paso con un movimiento fluido.
“Hace frío. El invierno se torna cada vez más y más crudo”.
El gran Duque murmuró sin quitarse la máscara. Jean tampoco se quitó la bauta.
“Es lo bastante como para congelar el río, mi lord”.
“¿Cuántos habré de asignar, cuántos habré de conservar y cuántos habré de enviar?”
“Asignad cerca de dos, conservad cerca de cuatro y enviad el resto”.
“¿Y la excusa para enviar a los soldados a las afueras?”
“Es una época de privaciones. Nadie habría de levantar sospechas si alegarais que fue para proteger la frontera de los invasores extranjeros”.
“¿A cuántos podríais alimentar, y a partir de cuándo?”
“A tantos como deseéis, tan pronto como deseéis”.
“¿Y qué deseáis vos a cambio?”
La amplitud de la mitad inferior de la máscara de Jean permitía que el frío viento invernal le helara el rostro. Sin embargo, no lo suficiente como para impedirle soltar una risita.
“Permitidme informaros en un momento posterior, mi Lord. Si os hablara de mi deseo aquí y ahora, vos lo honraríais, pero yo nada más ganaría que eso”.
El bastón del gran duque golpeó la barandilla de la terraza. Se volvió hacia Jean, pero, debido a la máscara, Jean solo podía verle los ojos.
“Una vez consumado el hecho, ¿estaríais acaso inclinado a trabajar para mí?”
Jean vio los labios sonriendo bajo la máscara. El duque continuó.
“Inútil es decirlo, tenéis mi palabra de que el trabajo no habrá de requerir que os encaméis8”.
ean bajó la barbilla y esbozó una sonrisa ambigua. Le dijo al duque que le enviaría un mensaje más tarde a través de su mensajero clandestino. Al oír a Jean, el duque se adelantó. Poco después, uno de los que estaban afuera se acercó a Jean y le entregó un pequeño papel. Jean vio escrito lo que parecía ser el número de soldados y provisiones necesarias. Lo dobló y se lo guardó en la manga.
Cuando Jean regresó al salón, el Gran Duque no estaba por ninguna parte. El baile ocupaba treinta y cinco de los salones disponibles para banquetes y eventos. El duque debía de haberse trasladado a uno más alejado. Y fue una suerte para Jean. Empezó a caminar despacio. El sonido de la música se hacía más fuerte y más débil con la distancia.
Se desplazó de un salón a otro, encontrándose con otras personas que llevaban bauta. Jean chocó su nueva copa de champán con las de ellos. Bajaba el tono de voz y hacía algún comentario, “Veo que os habéis puesto una bauta,” y todo el mundo le devolvía su actitud amistosa. Fue cuando había dado unos pasos más cuando se topó con la persona a la que buscaba. Al chocar las copas, aquella persona saludó a Jean como si le susurrara al oído.
“Es una hermosa bauta”.
Jean no tenía forma de saber quién era la persona que hablaba, ya que la voz se había graveado. Jean solo podía distinguir que la voz pertenecía a una mujer.
“¿Y a quién pertenece la bauta?”, la mujer siguió preguntando, con un aire sigiloso.
Era una pregunta que Jean llevaba tiempo esperando. Se agachó un poco para ponerse a su altura. Ella era más bajita que Jean y llevaba un sombrero de forma triangular. Jean respondió.
“La bauta siempre ha pertenecido al pueblo. ¿Cómo os ha ido, Chantelle?”
En lugar de responder, Chantelle se bebió lo que le quedaba en la copa. Empezaron a caminar, mezclándose entre la multitud, hablando en voz baja.
“Nathan busca las últimas nuevas. Y saber si habéis adquirido el número aproximado”.
“Soy yo quien busca las últimas nuevas sobre los negocios de Nathan”.
Jean respondió mientras le entregaba a Chantelle su copa, que aún contenía champán. No olvidó incluir también una pequeña nota, escondida entre las manos. Chantelle tomó la copa y caminó con paso lento. Terminó el champán que quedaba, dejó la copa y escondió la nota en la manga. Le contó a Jean lo que había sucedido.
“Nathan ha hecho un nuevo amigo”, Chantelle continuó.
Tenemos un nuevo miembro en nuestra causa.
“Él sugiere que salgamos todos en un pícnic cuando el clima se torne más benévolo. Sin embargo, no pudimos decidir el momento oportuno”, continuó ella.
Y aún no hemos fijado la fecha.
Jean escuchó y, a continuación, respondió con una sonrisa en los labios.
“He de ser yo quien determine cuándo el día sea oportuno. Vos solo habéis de preparar el atuendo correcto”.
Chantelle se detuvo ante las palabras de Jean. Las dos máscaras se hicieron frente. Se hallaron a sí mismos habiendo caminado hacia un lugar escasamente ocupado. Era lo último del salón descubierto para el baile. Chantelle susurró rápidamente.
“Se me ha informado de vuestra sugerencia para financiar la iglesia”, habló ella.
Jean retorció sus cejas ante el súbito cambio de asunto. Solo que estas no eran visibles tras su máscara.
“Las opiniones difieren. Nathan parecía colérico, pero… yo estoy a favor de ello. Hacedme saber si hubieseis de requerir ayuda alguna”, añadió Chantelle.
“A vuestro caballero no le agradaría.”
Chantelle se rio. Fue una risa estrepitosa.
“¿De cierto no creéis que yo habría de prestar atención a sus quejas?”
La dama replicó, y Jean no ofreció respuesta alguna, sino que simplemente tocó su mentón. Chantelle Francis poseía numerosas opiniones divergentes de las de su amante, y ella no era de las que alteran su mente meramente para complacer a otro. Ella echó una mirada alrededor de su aldededor antes de encogerse de hombros.
“Nathan es un caballero dotado, pero ha hallado no pocos obstáculos derivados de su condición de nacimiento. Es probable que sea por ello que sueña con un mundo donde la capacidad y el arduo trabajo sean estimados con alta consideración. Sin embargo, es también alguien que cree que aquellos que carecen de capacidad merecen las circunstancias en las que se hallan, atribuyendo gran parte al individuo. Esta creencia es asimismo la razón por la que ve esto como un oro injustificado desperdiciado en otros”.
“Vuestra lengua es brutal”.
“Oi9, soy su amante, no una seguidora. Le amo, pero ello no significa que deba convenir siempre con él”, añadió Chantelle brevemente.
Jean podía ver cómo sus ojos se movían de un lado a otro a través de las aberturas para los ojos de su mascarilla. Parecía dudar si decir o no algo que tenía en mente.
“….Pero me tomó por sorpresa que fueseis vos quien hubiese hecho la sugerencia”, habló Chantelle en un tono suave. “Juzgué que era una propuesta que vos, en vuestro ser habitual, no haríais”.
Jean tuvo que detenerse ante ese comentario. Sus pensamientos estaban absortos en el rostro de Maximillian, que miraba por la ventana. En aquel entonces, Jean se había engañado a sí mismo creyendo que Maximillian no era el origen de sus intenciones. Sin embargo, al reflexionar, se dio cuenta de que incluso entonces había estado prestando atención a las palabras del príncipe, como si sus propios instintos hubieran intuido la verdad.
Jean recordó que Maximillian se burlaba de él por ser un perro. Jean esbozó una sonrisa burlona, pues si el príncipe tenía razón, entonces Jean era, efectivamente, un perro que olía bien el aroma de su dueño. No era ningún defecto. Jean escudriñó los alrededores en busca de otras personas. Parecía que nadie prestaba atención a aquella dirección. Jean soltó sus palabras rápidamente.
“Deseo hablar con nuestros amigos. Es de suma importancia”.
La bauta de Chantelle se giró hacia arriba para mirarlo. La máscara, desprovista de toda emoción, parecía sumida en sus pensamientos. Al poco rato, respondió.
“A una semana de hoy, la taberna habrá de estar vacante”.
Entonces, ella pasó de largo ante Jean como si fuese una transeúnte en un breve intercambio con él. El día en que la taberna estaba vacante significaba que era el día cuando los miembros clave de los revolucionarios se congregaban en la taberna de Cornell. Una semana… Jean miró hacia el exterior. Halló la luna gris suspendida contra la joven noche. Había dado cumplimiento a la tarea de agasajar a las dos personas que le habían enviado misivas más temprano en el día. Era, finalmente, tiempo para que Jean disfrutase del baile por sí mismo.
*
Maximillian no aparecía por ningún lado. Jean distinguía unas orejas puntiagudas entre la multitud. Se acercaba a ellas, pero la mayoría eran máscaras de gato. Como la persona más estimada de la reunión, dondequiera que estuviera, estaría rodeado de gente. Sin embargo, incluso entre la multitud, el príncipe estaba ausente. A Jean lo habían retenido para bailar varias veces. La repetición del movimiento circular le estaba provocando náuseas.
Jean se apoyó en una columna. La gente con máscaras mostraba un semblante jovial, participando en una animada celebración. También vio a algunos que, con la emoción, habían abandonado la cortesía. Se servía champán sin cesar, las flores se reemplazaban inmediatamente al menor signo de marchitamiento y la comida rodaba por el suelo. Cuando un vestido de espléndido color adornado con piedras centelleantes barría el suelo del Palacio Real, alguien venía y limpiaba tras la estela. Ellos eran quienes miraban con deseo la comida caída, aquellos que habían sofocado la protesta de su hambre con un solo pedazo de pan.
El aire estaba fresco por momentos. Sin embargo, las estufas dispersas, las chimeneas en cada sala y el calor acumulado de la multitud contribuían a calentar el lugar. Los únicos que temblaban de frío eran los sirvientes, apostados al borde de cada sala, protegiéndose del frío con sus propias manos. En sus rostros se reflejaba un agotamiento que no podían ocultar a pesar de sus sonrisas forzadas. Jean le entregó su abrigo al que estaba más cerca de la entrada del Palacio Real. Quiso decirle al sirviente que se protegiera del frío con el abrigo, pero Jean sabía que tal acción resultaría demasiado extraña.
“Os ruego, ¿tenéis conocimiento del paradero del Príncipe Heredero?”
En lugar de mostrar amabilidad, Jean le hizo una pregunta al sirviente. Este negó con la cabeza. Simplemente dijo que el príncipe había desaparecido solo después de conversar con los asistentes al baile. Desapareció solo. Era muy propio de él. A Jean le asaltó la idea de que el príncipe estaría en su habitación pintando, en lugar de disfrutar de un baile.
Fue cuando se dirigía hacia el palacio del príncipe que se descubrió mirando a un punto concreto. Vio a una persona de pie en diagonal junto a una columna desde donde él estaba. La persona llevaba una máscara de larva10 que cubría únicamente los ojos. También tenía una mano sobre la boca, lo que hacía casi imposible distinguir su rostro. El cabello estaba oculto bajo un sombrero. Sin embargo, extrañamente, la persona no dejaba de atraer la atención de Jean.
Llevaba la cabeza erguida, al igual que la mirada, con la que observaba el salón de banquetes. Tenía la barbilla ligeramente inclinada hacia abajo, pero sus ojos se perdían en la lejanía. Parecía absorto en sus pensamientos, sumido en una profunda reflexión. Lo que sí parecía no hacerle interés eran las festividades del baile ni el disfrute de la música. No debía de ser una persona famosa, pues no había nadie a su alrededor.
Jean lo observó detenidamente. Mientras lo hacía, pensó para sí mismo que aquel hombre era tan alto como Maximillian. Su postura firme también se asemejaba a la del príncipe. Sus movimientos eran suaves, pero con cada uno de ellos, su capa ondeaba, haciendo que la tela se envolviera y desenrollara alrededor de sus piernas. El desconocido miró hacia donde estaba Jean. Luego desvió la mirada, como si evitara la suya. Al mismo tiempo, Jean percibió un aroma familiar que disipó sus preocupaciones al instante. Jean no pudo evitar reírse. El desconocido se alejaba lentamente, como una broma traviesa. Jean se acercó. Una vez bastó para no reconocerlo. Jean no cometería el mismo error dos veces.
Quizás el desconocido pretendía fingir ignorancia, ya que no se giró para mirar a Jean. Mantuvo la mirada fija al frente y a lo lejos, sin dedicarle una sola mirada al joven lord. Jean se aclaró la garganta deliberadamente. Fue entonces cuando el desconocido giró levemente el cuerpo. Jean no dejó pasar la oportunidad: rodeó al hombre con sus brazos. El desconocido se tensó ante el contacto.
¿Le molestaban las miradas de los demás? Jean tiró de la tela de su capa para ocultarse a sí mismo y al desconocido entre sus brazos.
“Maximin.”
Jean reflexionó sobre cómo dirigirse al desconocido. Era la primera vez que pronunciaba ese nombre. Por desgracia, su príncipe heredero parecía esforzarse por ocultar su identidad. Jean soltó una risita.
“¿De cierto creísteis que no os habría de reconocer?”
No hubo respuesta. Jean vio los labios, ligeramente entreabiertos. Parpadeó. Se acordó de su propia bauta, de la que se había olvidado por completo. También recordó que no le había dicho a Maximillian qué tipo de disfraz iba a llevar él mismo. Jean habló apresuradamente.
“Vuestra Gracia, soy yo, Jean—”
“Soy consciente de ello.”
Cuando Jean estaba a punto de decir Erhardt, Maximillian le interrumpió. Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.
“Mi catamita”.
El príncipe susurró, rozando con sus labios la punta de la nariz de Jean. Jean miró hacia atrás. No percibió ninguna mirada persistente, pero aun así, el lugar estaba abarrotado. Tomó la mano de Maximillian con cautela. Maximillian no se resistió.
Los dos cruzaron rápidamente el salón de banquetes. Maximillian no preguntó cuál era su destino, y Jean tampoco sabía hacia dónde se dirigían. Él simplemente deseaba ver el rostro de Maximillian, oculto tras el disfraz de larva. La música del baile seguía sonando. Ambos caminaban y corrían al compás del ritmo, dejando atrás todos los salones y cámaras abiertas al público. Sus pasos eran tan ligeros como plumas.
En cierto momento, la música dejó de oírse. Alguien los detuvo, advirtiéndoles que el lugar al que querían ir no estaba permitido para los invitados. Pero Maximillian tomó la delantera y, en poco tiempo, reanudaron su marcha. Pasillos desiertos y filas interminables de puertas se sucedían. Jean abrió una de ellas y entró. La habitación estaba a oscuras por falta de luz.
Fue entonces cuando las manos de Maximillian subieron. Extendió sus brazos hacia Jean, pareciendo rodear los hombros del hombre. Pero lo que hizo fue desatar la bauta. Naturalmente, sus cuerpos quedaron muy cerca el uno del otro. Tan cerca que el pulso se podía sentir con total nitidez. El objeto que había estado ocultando el rostro de Jean durante todo el día fue retirado con gran facilidad ante aquel tierno toque. Jean tomó la bauta de manos de Maximillian y la dejó caer al suelo. Y el príncipe habló cuando Jean tocó la máscara de larva que cubría su rostro
“A lo largo de todo el día, lo único que me he preguntado ha sido cuándo me hallaríais”, comenzó Maximillian súbitamente, para luego murmurar: “Estaba tan enteramente consumido por el pensamiento que resultaba lamentable.”
Sin embargo, contrariamente a sus palabras, su tono no denotaba ni autocrítica ni reproche. Más bien, su forma de hablar parecía algo aturdida. Daba la impresión de ser alguien que se había dado cuenta tarde. No obstante, para Jean, aquellas palabras parecían sutilmente una confesión, una declaración de amor. Su corazón latía con fuerza. Le quitó el sombrero al príncipe, dejando al descubierto sus mechones rojos. Besó el cabello y luego posó los dedos sobre la cinta que sujetaba la máscara. Al desatarse, el disfraz que ocultaba el rostro que Jean tanto apreciaba se desvaneció con facilidad.
Los ojos del príncipe estaban cerrados. Sus pestañas temblaron antes de elevarse lentamente para revelar su mirada. Jean contempló la escena, deleitándose en una sensación cercana a la reverencia. Pronto, los ojos de un gris ceniza reminiscentes de la luna se curvaron en una media luna, en una sonrisa. Jean quería estudiar más a fondo aquel color. Sin embargo, la oscuridad se lo impidió.
“Decid mi nombre tal como lo hicisteis antes”. Maximillian susurró.
Maximin. Jean pronunció el nombre en voz baja. El príncipe cerró los ojos como si escuchara una hermosa pieza musical. Los labios de Jean descendieron y besaron al príncipe. A diferencia de sus manos, que lo sujetaban, los labios de Maximillian eran suaves y cálidos. Sus lenguas se entrelazaron sin esfuerzo.
Cruzaron la puerta entre las cámaras, girando sobre sí mismos como si bailaran. La melodía de los instrumentos de cuerda ya no se oía. Fue reemplazada por la respiración agitada y el sonido de sus labios rozándose, música para sus oídos. Al oír pasos, se aferraban a las cortinas más cercanas y se escondían tras ellas. Y se besaron, se besaron una y otra vez y aún se besaron más.
“Esto es…”
Jean separó sus labios y comenzó a hablar cuando ambos llegaron a una cámara. El espacio parecía haber absorbido pintura en abundancia y durante mucho tiempo, ya que el aroma a pintura estaba profundamente impregnado en las paredes.
“¿Acaso no anticipasteis que os traería aquí?”
El caballete estaba junto a la ventana, cubierto con una tela. Jean rió al sentir la mano que lo había derribado de la cama. Abrazó a Maximillian. El edredón estaba frío, pues había estado en una habitación vacía. Jean pensó que era mejor cubrir al príncipe con su cuerpo. Oyó a Maximillian reírse entre dientes bajo él. Jean le mordió la oreja juguetonamente. Y de la misma manera, besó al príncipe en la frente, en la nariz, en las mejillas y en los labios.
“Maximin”.
Entonces, Jean repitió el nombre, como si buscara confirmación. Tenían las caras muy cerca y sus narices se rozaron.
“Maximin…”
Jean se imaginaba al príncipe arrugando la nariz. Frotó su mejilla contra la del príncipe. Notó cómo la mano de Maximillian se deslizaba bajo su camisa. Cuando se estremeció por el frío de aquel contacto, el príncipe le besó por toda la cara, tal y como Jean había hecho antes, y dio una orden.
“Aproximad vuestra persona a la mía”, dijo Maximillian mientras rodeaba a Jean con los brazos y lo atraía hacia sí.
Ya estaban muy cerca, pero Jean cumplió la orden de todos modos y se acercó aún más a él. Maximillian susurró:
“Habré de estrecharos en mis brazos.”
Y cuando el príncipe le robó un beso con esas palabras, Jean se vio invadido por una extraña sensación. Los asuntos relacionados con sus camaradas y el Gran Duque Robert se desvanecieron momentáneamente de su mente. Sus labios seguían entumecidos y se sentía mareado, como si hubiera tomado algún embriagador. A pesar de la fría cama, desprovista de calor alguno, no sentía frío. Ni en lo más mínimo. Jean estaba absolutamente convencido de que el cuerpo que tenía ante sí era distinto del suyo. Sin embargo, la presencia del príncipe rozaba cada pulgada del cuerpo de Jean, como si fuera una brasa de calor destinada exclusivamente a él.
“Jean Erhardt”.
Maximillian lo llamó. Jean podía sentir la suave piel, el aroma gélido, la dulce voz y el contacto sin obstáculos. Eran sensaciones tan vívidas que le asustaban. Como una presa atrapada en una telaraña, Jean se vio envuelto y enredado en todas esas sensaciones. Antes de que Jean volviera a besarle en los labios, el príncipe pronunció su nombre una vez más, como si susurrara palabras secretas.
“…Jean”
Y cuando Jean lo oyó, sintió que todo su ser era devorado por un deseo incontrolable. La razón y la racionalidad se vieron superadas por un afecto ciego. Al mismo tiempo, le invadió una pasión que nunca antes había experimentado en su vida. Era una euforia tan grande que le sacudió hasta lo más profundo de su ser.
2. En el Carnaval de Venecia (La máscara Volto o Larva)
Históricamente, en Venecia se llamaba larva (del latín mask o ghost, que significa «fantasma») a la clásica máscara blanca veneciana que cubría todo el rostro, combinada normalmente con un sombrero de tres picos y una capa negra.
Su función era permitir el anonimato absoluto de los ciudadanos de cualquier clase social durante las festividades.
—En el fragmento original en inglés dice: «The person had a larval mask that covered only the eyes».
Hay una pequeña contradicción técnica en el texto original del autor: por definición teatral o histórica, una máscara larvaria suele cubrir toda la cara. Sin embargo, el autor especifica que esta «solo cubría los ojos» (covered only the eyes), funcionando más bien como un antifaz rudimentario, orgánico o abstracto.
Como se ha deseado que suene más natural y evocar exactamente esa imagen en español, se opto por «máscara de larva» o pero también podría cambiarlo por opciones literarias como:
«un antifaz larvario»
«una máscara larvaria»
Pero eso le quitaría la traducción fundamental al texto.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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