Capítulo 1: Sin regreso del oeste

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Antes de bajar del avión, Tang Yuhui nunca imaginó que vomitaría tanto.

Había decidido viajar a Garzê apenas la semana pasada. Antes de abordar, no tenía ni idea de lo que le esperaba. La única chaqueta abrigadora que llevaba se la había prestado Ke Ning la noche anterior, advirtiéndole que, incluso en primavera, el frío en el oeste de Sichuan era intenso. También le insistió en que tuviera cuidado para no resfriarse ni enfermarse.

Pero aquella chaqueta no abrigaba lo suficiente. En el puente de abordaje, Tang Yuhui empezó a sentir frío. Recordó la mirada silenciosa de Ke Ning esa mañana, mientras lo llevaba al aeropuerto, y luego su sugerencia:

—¿Por qué no pasas por la tienda y compras una chamarra de plumas?

Tang Yuhui negó con la cabeza. Comprar algo tan esencial en el aeropuerto le parecía embarazoso; dejaría en evidencia su falta de previsión, de atención y de preparación, además de sus heridas emocionales.

Una simple prenda de vestir no debería ser motivo de preocupación, pero todas sus ropas de invierno seguían en casa desde las vacaciones. Si pudiera volver a ese lugar, no habría tenido que viajar al oeste de Sichuan.

No había hecho planes, ni siquiera pensó en organizar un itinerario. No estaba allí para divertirse. De hecho, ni siquiera recordaba cómo había comprado el boleto de avión ni por qué había decidido venir.

Tal vez fue por aquel recuerdo difuso de unas vacaciones largas, encerrado en el laboratorio recopilando datos. Su única distracción era ir a la cafetería para la cena y ver la televisión en la gran pantalla. Siempre sintonizaban CCTV9, y Tang Yuhui solía quedarse viendo documentales. Hubo uno en particular que destacaba por su hermosa filmación de los paisajes de Sichuan: montañas imponentes rodeando lagos serenos, creando una vista impresionante.

A Tang Yuhui apenas le entraba la comida; tenía que comer muy despacio. Desde la televisión, la narración resonaba:

—La provincia de Sichuan tiene un clima húmedo durante todas las estaciones y es especialmente hermosa en el oeste, con aguas cristalinas, montañas lejanas y nubes altas y densas.

Fue entonces cuando, tras decidir alejarse por un tiempo, eligió su destino de manera impulsiva. Lo primero que le vino a la mente fue este lugar.

Nunca había salido de su hogar ni de la escuela. En el mapa, solo reconocía una pequeña parte del este y el norte de China. Mientras esperaba en el aeropuerto, echó un vistazo y se dio cuenta de que Garzê, su destino, limitaba con el Tíbet. Sabía que Kangding tenía una altitud considerable y que Daocheng superaba los cinco mil metros sobre el nivel del mar.

Pero Tang Yuhui había nacido y crecido en una región próspera y fértil, sin ninguna noción de las altiplanicies. Por eso, fue demasiado indulgente con su propia confianza temeraria.

Aunque el vuelo no fue demasiado largo, Tang Yuhui ya estaba agotado. Últimamente, sentía que nunca lograba descansar lo suficiente; cada vez que dormía, era como si fuera a quedarse dormido para siempre.

No fue hasta que el avión entró en una región desconocida de Sichuan y dio un sacudón que su cabeza golpeó bruscamente contra la ventana y se despertó de golpe.

Miró hacia abajo y vio cómo el avión se deslizaba suavemente sobre un mar de nubes. Bajo las alas, se podían distinguir las montañas nevadas rodeadas por las corrientes de nubes. Y él se encontraba atravesando los bancos de niebla azul y blanca junto con esa imponente máquina voladora plateada. Por un instante, creyó haber llegado al Polo Sur del cielo.

Permaneció absorto por un momento, contemplando las nubes blancas en la troposfera durante casi una hora, hasta que la intensidad de la luz le lastimó los ojos.

Cuando el avión aterrizó, salió tambaleándose con su única pertenencia: una pequeña maleta de mano de 20 pulgadas. Apenas había caminado unos pasos fuera del aeropuerto cuando, con movimientos cada vez más torpes, se detuvo y volvió sobre sus pasos. Entró lentamente al baño y comenzó a vomitar violentamente, sintiéndose mareado y completamente desorientado.

Tang Yuhui tenía un dolor de cabeza insoportable. A través de la ventana del baño, vio un cielo despejado y azul cerúleo, con nubes fluyendo en oleadas.

A pesar de encontrarse en medio de un paisaje deslumbrante, la falta de oxígeno le dificultaba la respiración. El dolor de cabeza se intensificaba, un zumbido persistente le llenaba los oídos y su visión comenzaba a nublarse. Por un momento, creyó que se desmayaría.

Era la primera vez que dejaba las llanuras, y la extraña sensación de malestar físico lo desconcertaba. Al preguntar a un miembro del personal del aeropuerto, una encantadora joven tibetana le explicó con una sonrisa que se trataba del mal de altura. Con un ligero tono burlón, le aseguró que era algo común y que dependía de la constitución de cada persona. Con el tiempo, los recién llegados solían adaptarse, pero si el malestar era demasiado intenso, siempre podía comprar medicamentos o acudir al hospital para recibir oxígeno.

Tang Yuhui tenía el rostro pálido por el malestar, pero al notar que los presentes, testigos de su desafortunada situación, lo miraban con una especie de burla amistosa, su tensión disminuyó un poco. Se sentó un momento en la entrada del aeropuerto.

Sin embargo, el malestar no disminuyó ni siquiera después de varios minutos de espera. Al final, se vio obligado a cambiar sus planes originales, o mejor dicho, su falta de planificación.

Su intención era adaptarse a cualquier circunstancia tras aterrizar, salir del aeropuerto sin un rumbo definido y luego improvisar el medio de transporte para llegar a la casa de huéspedes donde se quedaría durante el próximo mes.

Tang Yuhui suspiró para sí mismo, dándose cuenta de que el oeste de Sichuan era aún más remoto de lo que había imaginado, como si no dejara mucho margen para que los forasteros se aventuraran por su cuenta.

El aeropuerto, apenas más grande que un campo de fútbol escolar, estaba construido en plena ladera de una montaña alta. Al salir, se encontró con una carretera llana, ancha y serpenteante, pero casi desierta. En diez minutos, solo había pasado un puñado de autos. El transporte público, prácticamente inexistente.

Tang Yuhui sacó su teléfono y buscó en línea, descubriendo que la ciudad más cercana estaba a cuarenta y nueve kilómetros del aeropuerto, y su destino, a cuarenta y ocho.

Suspiró, sintiéndose aún más privado de oxígeno.

En la entrada del aeropuerto, varios conductores de taxis ilegales intentaban atraer pasajeros, pero su mandarín le resultaba ininteligible y no se atrevía a subir a ninguno.

Era el único turista foráneo en este vuelo. Los demás pasajeros se habían dispersado apenas bajaron del avión, y ahora, afuera del aeropuerto, no quedaba nadie más.

El sol del mediodía lo mareaba.

De repente, se preguntó a sí mismo: ¿por qué estaba aquí?

Antes de lanzarse sin dudar, pero sin ningún plan, a este lugar desconocido a más de dos mil kilómetros de distancia, Tang Yuhui había escuchado incontables regaños y quejas de Ke Ning. Sin embargo, sus palabras le entraban por un oído y le salían por el otro. En su interior, solo se sentía confundido, sin rumbo y, sin ninguna justificación,  absolutamente intrépido.

Ahora, respirando el aire frío y enrarecido del altiplano, de pie bajo los intensos rayos ultravioletas que no lograban calentar ni una esquina de las colinas, Tang Yuhui finalmente comenzó a sentir un poco de miedo.

Permaneció allí, aturdido y confundido por un momento. El conductor del taxi ilegal, al ver que no se movía ni respondía, le dirigió una sonrisa tosca y luego se alejó un poco. Se unió a otro conductor tibetano que había estacionado su camioneta al lado y comenzó a conversar en un idioma que Tang Yuhui no entendía. De vez en cuando, soltaban carcajadas, cuyo tono –amistoso o burlón– le resultaba imposible de discernir.

Aunque se sentía incómodo y fuera de lugar, permaneció inmóvil para no llamar la atención. Sin embargo, inexplicablemente, tenía la sensación de que los conductores no estaban hablando mal de él.

A pesar del malestar físico que no podía ignorar, Tang Yuhui se enamoró de este lugar en cuanto bajó del avión. Una sensación de soledad y libertad lo envolvió de inmediato, incluso antes que la estimulación de la luz, haciendo que un leve temblor recorriera su cuerpo.

Las montañas se alzaban imponentes, el cielo era de un azul intenso y el sol lo obligaba a entrecerrar los ojos. Se sintió extrañamente tranquilo.

Sacó lentamente su teléfono y, tras buscar un rato, finalmente encontró la página de su reserva.

Entonces se dio cuenta de que había gastado más de seis mil yuanes en una estancia de más de un mes en una casa de huéspedes llamada «Feng Kai Si Ji».

Tang Yuhui suspiró para sus adentros. El lugar le pareció caro y un poco pasado de moda. ¿Quién lo había elegido? ¿Ke Ning o él mismo? ¿Por qué no tenía ningún recuerdo al respecto? Probablemente Ke Ning le había ayudado a buscarlo, pero seguro él mismo había pagado… porque tuvo que ingresar su contraseña. Entonces, ¿por qué no lo recordaba?

Después de quedarse un momento mirando fijamente la pantalla de su teléfono, llegó al final de la página, donde aparecía el número de la casa de huéspedes. Con lentitud, marcó el número.

El teléfono sonó varias veces. Tang Yuhui respiró hondo, sintiendo que incluso el tono constante de bip, bip sonaba más lento en aquel lugar.

—¿Bueno? ¿Hola?

Se quedó momentáneamente sorprendido.

Al otro lado de la línea, una voz masculina, algo profunda, contestó. No era la voz amigable de una recepcionista que Tang Yuhui esperaba escuchar. Instintivamente, inclinó la cabeza y, tras unos segundos de paciencia por parte del otro, respondió con voz pausada:

—Hola, soy un cliente que reservó en su casa de huéspedes… Sí, el que hizo la reserva por un mes. Acabo de bajar del avión y no me siento muy bien. Me preguntaba si podrían venir a recogerme.

La voz al otro lado de la línea sonó un poco más cálida, pero Tang Yuhui tuvo la impresión de que no era por auténtico entusiasmo, sino más bien el cambio de alguien que pasa de estar acostado a sentarse perezosamente.

Escuchó al hombre responder con calma y sencillez:

—Es temporada baja, y si no llamaste con anticipación, los conductores no querrán ir al aeropuerto sin previo aviso. Si no te importa esperar, puedo ir a buscarte, pero tardaré un poco; el aeropuerto está a más de cuarenta kilómetros del pueblo.

—A más de cuarenta kilómetros… —Aunque Tang Yuhui ya lo sabía, repitió la frase sin razón. Escuchando la extensa explicación en ese tono bajo, se sintió un poco desanimado, acercó el oído al auricular y preguntó en voz queda—: ¿Cuánto sería?

—Trescientos.

Tang Yuhui se quedó en silencio por un momento. En realidad, no tenía idea de si ese precio era alto o bajo, pero aun así respondió instintivamente:

—Vaya, eso es caro.

Sin embargo, parecía que no había margen para regatear.

—Mn. También podrías tomar un taxi negro afuera del aeropuerto. Los conductores tibetanos se conocen entre sí y no te dejarán en apuros.

Tang Yuhui guardó silencio de nuevo. Primero dejó escapar un «oh» sin mucho sentido y luego no dijo nada más. Sostuvo el teléfono en la mano y se quedó mirando hacia el sol.

Observó cómo una inmensa nube se desplazaba desde una lejana ladera, mientras la punta de sus dedos, en tan solo un instante, ya se había enrojecido por el sol. Las colinas, con sus formas diversas, parecían moverse como olas bajo las sombras intermitentes de las nubes.

Tang Yuhui vaciló por un instante antes de decir por fin:

—Mn… sería genial si pudieras venir a recogerme.


Nota de la autora:

La historia tiene lugar en Kangding, en la región de Garzê, y posiblemente también abarca otras áreas del oeste de Sichuan y el Tíbet. El protagonista es de ascendencia tibetana. La autora no es profesional y tiene habilidades limitadas; su mayor preocupación es que este texto sea considerado como una fuente confiable. Espero que los lectores que tengan la suerte de encontrarlo no tomen demasiado en serio la información, ya sea ficticia o modificada. Si hay discrepancias con los hechos reales sobre la cultura y las costumbres, es culpa mía, y estaré dispuesta a escuchar y corregir cualquier comentario hecho con amabilidad. Sin embargo, mi principal motivación es escribir por diversión, así que espero que puedan ser comprensivos si no todo es perfecto. Me encanta la región del oeste de Sichuan y admiro profundamente la cultura tibetana, pero mis fuentes de información provienen principalmente de búsquedas aleatorias en Baidu y rumores. Desafortunadamente, no he tenido la oportunidad de sumergirme de verdad en esta cultura, pero espero poder transmitir esta historia de manera sincera y natural. Ah, por último, no acepto ningún cuestionamiento sobre los sentimientos de amor entre los personajes principales (pueden cuestionarlos, pero no necesitan decírmelo). Para mí, esto es amor, y considero que ya es lo suficientemente romántico e idealista. Perdónenme si no cumple con los estándares de un cuento de hadas.

PD: Me siento tan seria que me estoy asfixiando. ¡Feliz día de los enamorados a todos!

Traducido por plutommo
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