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LA FRASE «PODRÍA VENIR todos los días» que soltó Sun Wenqu dejó a Fang Chi de muy mal humor. No por nada más, sino porque él mismo no podía volver a casa todos los días. Solo de pensar que Sun Wenqu, un holgazán sin oficio que se pasaba los días enroscado como una serpiente en su nido, podía darse el lujo de decirlo sin problema, mientras que él, que extrañaba tanto a sus abuelos que hasta le zumbaban los oídos de tanto recordarlos, tenía que aguantarse… le parecía totalmente injusto.
Sin embargo, al levantar la vista y ver a sus abuelos sonriendo felices, dejó de lado ese malestar por el momento. Siguió comiendo mientras le tiraba los huesos y sobras a Chico.
Chico pasó la mitad de la comida agazapado detrás de él. Cada pocos bocados, Sun Wenqu tenía que voltear para asegurarse de si debía apartarse si la situación lo requería.
Cuando terminaron de comer, el teléfono de Sun Wenqu sonó. Era Ma Liang.
—¿Ya terminaste de comer e-en casa de tu hijo? —preguntó.
—Ya te enteraste. —Sun Wenqu se rio.
—Vi todo de principio a fi-fin, un anciano so-sospechoso acechando al brotecito de la pa-patria. —Ma Liang se rio un par de veces—. Subiremos pronto a los botes.
—Ajá, ya voy. —Sun Wenqu colgó y miró a Fang Chi—. ¿Vas como guía?
—No, es solo una pequeña cascada —dijo Fang Chi mientras recogía la mesa—. Van y vuelven en una hora, más o menos. Solo necesitan un guía para ingresar a la montaña.
—Estás haciendo dinero fácil, vaya.
—Pues pregúntale a tu líder si se atrevería a llevar a tu grupo a la montaña sin mí —replicó Fang Chi sin prisa.
Cuando Sun Wenqu regresó a la posada rural, el grupo ya estaba listo para abordar los botes.
—¡¿Dónde te metiste?! —En cuanto lo vio, Li Bowen corrió hacia él con cara de preocupación—. ¿Qué es eso de bigu? ¡Te desapareciste un montón de tiempo!
—Bueno, tenía que durar lo suficiente para que ustedes terminaran de comer, ¿no? —Sun Wenqu sonrió y tomó la mochila que Ma Liang le pasó.
Después de meter su ropa de recambio, no tenía ganas ni de cargarla. Estaba llena de cosas que Li Bowen había comprado de antemano: saco de dormir, provisiones… todo. Pero lejos de hacerle sentir cuidado, le fastidiaba.
Li Bowen había sido así desde que eran niños. El tipo era especialmente amable con él, hasta el punto en que todo el mundo pensaba que eran muy cercanos. Al parecer, él era el único que no podía sentir esa amabilidad. Siempre le había parecido que todo era una especie de espectáculo.
—¡Suban al bote! —gritó el líder desde la orilla del río. Tres botes de hierro, manejados por aldeanos, ya estaban atracados en la ribera. Varias chicas se subieron entre risas.
Li Bowen intentó llevarse a Sun Wenqu al de adelante, pero este fingió no verlo y se subió al de atrás con Luo Peng.
Una vez que todos estuvieron sentados, el barquero arrancó el motor diésel y se dirigieron río arriba. El motor rugía fuerte. Sun Wenqu, sentado en la popa, sentía cómo la vibración le adormecía la nuca.
Cuando llegaron a un afluente cerca de la cascada, los tres botes se alinearon para atracar. La gente empezó a saltar a la orilla.
El borde del bote era un poco alto y el agua, profunda. Incluso cerca de la orilla, el bote se balanceaba un poco cada vez que alguien saltaba hacia abajo. El barquero usaba una larga vara de hierro para mantenerlo lo más estable posible.
Cuando casi todos habían bajado, Sun Wenqu se dispuso a saltar tras Ma Liang. Justo cuando tenía un pie en el borde y el otro ya había dejado la cubierta, alguien del bote vecino saltó hacia el suyo. La persona no aterrizó con firmeza y, al intentar estabilizarse, pisó justo en el lado donde estaba Sun Wenqu.
El peso extra inclinó el bote de golpe, y Sun Wenqu sintió cómo su centro de gravedad se desplazaba hacia afuera.
—¡Mierda! —soltó, agachándose de inmediato y aferrándose al borde para no caer de cabeza al agua.
—¡No salten de un lado a otro! —gritó el barquero—. ¡Bajen directo a la orilla, no brinquen entre botes!
—¡Bowen, ¿eres un maldito conejo o qué?! —gritó Luo Peng desde la orilla—. Baja ya, ¿qué haces saltando…?
Sun Wenqu, empapado en sudor frío, se giró y vio a Li Bowen acercándose con cara de disculpa. No pudo evitar soltar:
—¿Tragaste maldito veneno para ratas o qué?
—Es que allá bajaban muy lento… —Li Bowen se rascó la cabeza, luciendo avergonzado—. Así que pensé en bajar por aquí. ¿Estás bien?
—¿Y si no lo estuviera? —resopló Sun Wenqu, y saltó a tierra firme.
—Si te hubieras caído, yo me lanzaba detrás de ti —dijo Li Bowen, bajando tras él.
Sun Wenqu no respondió. Se arregló la ropa en silencio.
—¿En qué estabas pensando? ¡Casi me matas del susto! —Zhao He corrió hasta Li Bowen y se agarró de su brazo—. ¡El barco se mueve un montón y tú vas y saltas! No es verano, si caen al agua van a congelarse, ¿lo sabes?
—Está bien, por suerte no hice caer a Wenqu. Solo quería… —Li Bowen sacó su teléfono y alcanzó a Sun Wenqu—. Mira esta foto que te tomé.
Sun Wenqu echó un vistazo. Era una imagen de él, de perfil, mirando el paisaje desde el bote.
—Oh, ¿tú la tomaste?
—Ajá. —Li Bowen sonrió y palmeó la bolsa de su cámara—. Es realmente artística, ¿verdad?
—Es mejor que tu nivel de antes —admitió Sun Wenqu. Li Bowen siempre había estado metido en la fotografía, aunque nunca se había tomado la molestia de estudiarla en serio. Lo único que hacía era cambiar de cámara cada año, siempre por una más sofisticada.
—Hay más, las pasé a mi teléfono, puedes verlas si quieres. —Li Bowen deslizó las fotos. La mayoría eran de Sun Wenqu, con algunas de Ma Liang, que en efecto estaban bastante bien. Incluso la cara de fastidio de Ma Liang fue capturada de manera genial. Li Bowen pasó un par de fotos más—. Es todo.
—Espera —dijo Sun Wenqu, agarrando el teléfono antes de que Li Bowen pudiera guardarlo—. ¿Qué era esa foto de antes?
—¿Cuál?
—La que sigue de Liang-zi sonándose la nariz. —Sun Wenqu siguió deslizando.
—¿Cuándo me so-soné la nariz? —Ma Liang chasqueó la lengua.
—Es la que se toca la nariz, creo —dijo Li Bowen—. Está más adelante.
Sun Wenqu siguió deslizando hasta encontrar la imagen. Rápidamente pasó a la siguiente y señaló la pantalla.
—¿Qué es eso?
—¿Eh? Es un hongo —Li Bowen miró la imagen. Era una foto en macro de un pequeño hongo de tallo blanco y sombrero rojo, creciendo entre hojas secas—. ¿Qué pasa?
—¿No es ese del que hablaba tu papá? —Sun Wenqu fijó la vista en la imagen—. El de cuando éramos niños… el que decía que si lo encontrábamos, podríamos pedir un deseo.
—Ah, sí… —Li Bowen sonrió—. ¿Cómo es que todavía te acuerdas de eso? Tampoco es seguro que sea este. Mi papá solo nos estaba tomando el pelo. Esto es pura coincidencia.
—¿Así que sí existe…? —Sun Wenqu sostuvo el teléfono frente a Ma Liang—. Mira, este es el hongo rojo del que te hablé.
—Es muy bo-bonito —Ma Liang lo miró y bajó la voz a un susurro—: ¿El que siempre, siem… siempre buscabas de niño? ¿Ese que nunca, nunca, nun… ah, el que no podías olvidar?
—Ajá —asintió Sun Wenqu, le devolvió el teléfono a Li Bowen y, tras pensarlo un momento, preguntó—: Bowen, ¿dónde tomaste esta foto?
—Aquí mismo —respondió él—. La tomé hace un par de meses cuando vine, pero no por el camino que tomamos hoy, sino por la ruta de senderismo de las señoras mayores. En esa ocasión no teníamos guía, así que no pasamos por aquí.
—Oh. —Sun Wenqu no dijo nada más.
Algunos recuerdos de la infancia permanecen en la memoria para siempre. Cuanto más pasa el tiempo, más parecen haber ocurrido «solo ayer».
Para Sun Wenqu, ese pequeño hongo rojo, que hasta ahora solo había existido en su imaginación, estaba profundamente arraigado en su mente. No solo porque el señor Li le había dicho que ese hongo podía cumplir los deseos de las personas, sino porque durante dos o tres años había estado obsesionado con encontrarlo.
En aquel entonces tenía muchos deseos desesperados que pedir: no quería practicar caligrafía, no quería pintar, no quería hacer cerámica y, sobre todo… quería que sus padres dejaran de pelear.
Pero nunca lo encontró.
Así que sus padres todavía seguían discutiendo con frecuencia. Cuando no discutían, tampoco tenían mucho que decirse. A menos que fuera Año Nuevo o alguna otra festividad, su padre ni siquiera volvía a casa.
Y ahora, resultaba que de verdad existía ese pequeño hongo rojo.
Aunque no era exactamente como lo había imaginado.
Una pena que ya no le quedara ningún deseo por pedir. Lo único que le quedaba era la obsesión de haberlo buscado tanto sin encontrarlo.
El salto de agua no estaba lejos de la orilla. Bastó con seguir la corriente del río menos de un kilómetro para llegar. El agua era cristalina y la cascada muy hermosa.
Aunque era un poco pequeña.
Sin embargo, al verla, todos se emocionaron y se metieron al agua entre risas.
Sun Wenqu se sentó en una gran roca y los observó. Luego de un rato, se levantó y caminó de un lado a otro por el borde del bosque cercano.
—¿Buscando hongos? —Ma Liang lo siguió.
—No. —Sun Wenqu volvió a su roca y se sentó de nuevo.
—No engañas… a nadie. —Ma Liang se rio.
Sun Wenqu también se rio un poco.
—Si encontrara uno por aquí, te lo daría. ¿Tienes algún deseo?
—¿Y tú? —replicó Ma Liang—. ¿Qué ta-tal… si mejor co-consigo uno para ti?
—Yo, ah… —Sun Wenqu se quedó mirando la cascada un buen rato, luego bajó de la roca de un salto—. No sé. Tal vez pediría volver a vivir mi vida desde el principio.
Ma Liang le dio una palmada en el hombro sin decir nada.
Después de media hora en la cascada, el guía reunió al grupo para continuar con la parte principal del recorrido.
—Vamos a subir en auto por una carretera vieja y sin pavimentar. Hay muchos baches y desvíos —explicó mientras caminaban—. Sigan al coche de adelante y si necesitan parar, avisen antes.
—Liu-ge, eres muy pesado —comentó una chica desde un lado.
—No tengo opción —respondió el guía—. Si algo les pasa, yo soy el responsable. Por eso mismo les dije: sin un guía local, jamás los llevaría a la montaña.
—Ese guía parece joven. ¿Está calificado? —preguntó alguien.
—No se preocupen. Ese chico hacía escalada desde la primaria y lleva años en actividades al aire libre —respondió el guía con una sonrisa—. Además, creció aquí y conoce cada rincón de esta zona al derecho y al revés.
Cuando salieron del afluente de la cascada y regresaron a la orilla, Sun Wenqu se sorprendió al ver a Fang Chi de pie junto a los botes, charlando con los barqueros.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó el líder en cuanto lo vio.
—Un rato —respondió Fang Chi.
—Ustedes no llevaban mucho tiempo adentro cuando él llegó —comentó un barquero—. Los lugareños no necesitamos tomar un bote para transitar por estos caminos.
—¿Oyeron eso? —El líder sonrió con orgullo y miró al grupo—. Nosotros tardamos tanto navegando en bote, pero él cruzó caminando sin problema.
Sun Wenqu estaba realmente sorprendido. Durante el trayecto en bote, ni siquiera había notado un camino en la orilla. Fang Chi, con eso de correr todo el tiempo en vez de ir en bicicleta, debía de tener algún truco secreto, ¿verdad?
Regresaron al pueblo en bote, tomaron los coches y se dirigieron hacia lo profundo de la montaña.
Fang Chi iba en el asiento trasero, dándole indicaciones a Ma Liang, que conducía. Hasta le indicaba detalles como «cuidado con el bache a la derecha después de la curva» o «pasando esta pendiente, hay una roca grande a la izquierda».
—Te sabes esto de memoria —le dijo Ma Liang—. Ya podrías trabajar de guía de ra-rallies.
—De niño pasaba por aquí todos los días —respondió Fang Chi.
Sun Wenqu iba sentado en el asiento de copiloto sin decir una palabra, solo en ese momento se volvió y le dijo:
—Oye, quiero preguntarte algo.
—¿Sí? —Fang Chi lo miró.
—¿En esta montaña hay hongos?
—Sí, no muchos —respondió Fang Chi—. A estas alturas de la temporada, casi no quedan. ¿Quieres comer champiñones?
—¿Alguna vez viste uno de esos… con sombrerito rojo? —Sun Wenqu hizo un gesto con la mano—. Debí haberme pasado la foto que tomó Bowen.
—No comas cualquier cosa, algunos son venenosos —le advirtió Fang Chi.
—No dije que quisiera comerlos. Solo pregunto si has visto alguno. —Sun Wenqu frunció el ceño.
—No. Los más comunes aquí son los feos, esos grises y deformes —dijo Fang Chi.
Sun Wenqu no volvió a hablar.
El viejo camino hacia la montaña era muy accidentado, con muchos desprendimientos y trechos angostos. Ma Liang condujo un rato, pero luego le pasó el volante a Sun Wenqu.
—Es más seguro co-con él al volante —dijo Ma Liang—. Di-diez años conduciendo sin licencia, diez años… con licencia.
—Soy un verdadero prodigio —asintió Sun Wenqu.
No era para tanto. No había manejado diez años sin licencia, pero sí unos tres o cuatro. Alrededor de los veinte años había estado obsesionado con los autos y pasaba los días recorriendo caminos sin rumbo fijo. Su experiencia era mayor que la de Ma Liang, de todos modos.
Al final, estacionaron junto a una casa de barro en una colina. Parecía un lugar donde los aldeanos descansaban al entrar en la montaña.
—De aquí en adelante hay que seguir a pie. —Fang Chi bajó del auto—. Asegúrense de llevar todo lo necesario y revisen su equipo.
Sun Wenqu no bajó de inmediato. Se quedó revisando su mochila. Cuando la llevó a la cascada, le había parecido demasiado pesada, así que quería ver si podía dejar algo en el auto.
—¿Qué haces? —Fang Chi se acercó.
—Reducir el peso —respondió Sun Wenqu.
Sin decir una palabra, Fang Chi alargó la mano y tomó su mochila, la sostuvo y revisó su contenido. Luego sacó varias botellas de agua y las dejó en el auto.
—¿Hay manantiales? —preguntó Sun Wenqu, sintiendo que la mochila estaba más ligera.
—¿Te atreves a beber de ellos? Hay aldeas río arriba.
—Entonces, ¿por qué sacaste mi agua? —Sun Wenqu lo miró, incrédulo.
—Bebe de la mía. —Fang Chi le dirigió una mirada—. Si una mochila tan liviana te pesa, no hay de otra.
—¿Y tú qué vas a beber? —insistió Sun Wenqu.
—Agua de la montaña —respondió Fang Chi con resignación—. Llevo más de diez años tomándola, estoy acostumbrado.
Sun Wenqu no dijo nada.
Cuando el grupo empezó a caminar, se acercó a Fang Chi y le levantó la mochila. Luego, en voz baja, comentó:
—Mierda, niño de catorce años, ¿qué llevas ahí, explosivos?
—Mira por dónde caminas y habla menos —le respondió Fang Chi—. Llegar al campamento solo caminando toma dos horas. Si se detienen a ver el paisaje y sacar fotos, más de tres… siempre y cuando ninguno de ustedes se meta en problemas.
—Maldita sea. —Sun Wenqu sintió que ya estaba exhausto con solo escucharlo—. ¿Puedo volver al auto y quedarme allí…?
—¿Y se supone que vas al gimnasio dos horas al día? —Fang Chi lo adelantó, con evidente desprecio en su voz—. En realidad, vas solo a tomar café, ¿verdad?
—Error, voy a ver caballeros en cueros —respondió Sun Wenqu con una sonrisa.
Fang Chi giró bruscamente la cabeza para mirarlo, luego la volvió hacia adelante y siguió caminando a grandes zancadas.
Sun Wenqu no lo alcanzó, sino que se quedó charlando con los demás, de buen humor.
Ahora que estaba más fresco, la temperatura en la montaña era bastante agradable, aunque por la noche seguro que haría frío. Por suerte, el saco de dormir que había comprado Li Bowen parecía ser uno de esos muy cálidos.
Sin embargo, aunque la temperatura era una preocupación, el paisaje sí que valía la pena. Apenas entraron a la montaña, después de caminar un rato, el entorno cambió por completo.
Aunque lo llamaban «Cresta del Cuervo», el nombre resultaba modesto. Ante ellos se extendía una sucesión de cumbres, con un lado cubierto de bosque denso y el otro revelando valles abiertos, campos cultivados y casitas dispersas.
—Dios, ¡qué hermoso! —gritó Zhang Lin desde atrás—. El amanecer de mañana seguro será espectacular, ¿no es así, guapo?
—¡Sip! —respondió Luo Peng de inmediato.
—¡Pero qué descarado! —Zhang Lin se rio y lo regañó en broma—. ¡Le estaba preguntando al guía!
—Depende de si logran despertarse —respondió Fang Chi—. Más adelante hay una plataforma bastante amplia con una gran vista. Es buen lugar para fotos, los fotógrafos suelen venir aquí a capturar imágenes.
Sun Wenqu no había traído cámara. Pensó que solo sería un paseo por la montaña y, después de haber pasado tres años en un entorno similar, no esperaba nada especial.
Pero cuando llegaron al mirador que Fang Chi mencionó, se arrepintió un poco. Aquello no tenía nada que ver con la tierra y el polvo que veía a diario.
En el momento en que pisó la plataforma, fue como si un lienzo se desplegara ante sus ojos: la luz del sol de la tarde bañaba el valle, proyectando sombras de nubes blancas aquí y allá. Al girarse un poco, vio un pequeño río que no había notado antes, brillando mientras serpenteaba a través del paisaje.
—Es mu-muy hermoso —comentó Ma Liang a su lado.
—Ajá —asintió Sun Wenqu, y tomó un par de fotos con su teléfono.
Los que habían traído cámaras se turnaron en la batalla de capturar fotos del valle y al terminar, se turnaron en la batalla de pararse en el centro de la plataforma para tomarse fotografías.
Sun Wenqu observó la escena, divertido.
—Me sorprende que nadie haya traído un chal de seda.
—¡Ay, Wenqu, me hiciste acordar! —Zhang Lin abrió su bolso y sacó una bufanda—. No será de seda… ¡pero tengo esto!
—¿No tienes pulseras de plata por ahí? —bromeó Sun Wenqu—. De esas con cascabelitos.
—¡Cállate! —Zhang Lin se envolvió con la bufanda—. ¡Bowen! ¡Tómame una foto bien artística, bien literaria!
—Está bien. —Li Bowen acomodó la cámara.
Sun Wenqu se rio un rato y luego se puso a observar a su alrededor. El grupo se había dispersado explorando: algunos subían a las rocas, otros trepaban los árboles viejos en el linde del bosque. Dejó su mochila en el suelo y también comenzó a deambular por la zona.
Después de dar un par de vueltas y casi tropezar con una piedra, no encontró rastro de Fang Chi.
—Menos mal que me compré botas de montaña. —Sun Wenqu miró hacia atrás y vio que Ma Liang también estaba explorando—. O seguro me caía y moría.
—Sin esos zapatos, ni siquiera habrías llegado… llegado hasta aquí. —Ma Liang chasqueó la lengua, encendió un cigarrillo y se puso en cuclillas.
—Cuida el medio ambiente. —Sun Wenqu señaló los alrededores—. Es un bosque viejo, no es fácil de encontrar.
Ma Liang no respondió, pero sacó una pequeña lata del bolsillo y dejó caer la ceniza dentro.
—¿Y mi hijo? ¿Por qué desapareció? —Sun Wenqu se acuclilló también.
—Se fue por… por allá. —Ma Liang señaló con la cabeza—. Supongo que a explorar el ca-camino.
Sun Wenqu se puso de pie y caminó en esa dirección.
—Voy a ver.
—¿Ver… qué vas a ve-ver? —Ma Liang se rio—. Más bien a fastidiar a ci-cierto brotecito, ¿no?
Debido al suelo irregular bajo sus pies, Sun Wenqu no tenía tiempo de seguir bromeando con Ma Liang. Solo le lanzó un dedo medio por encima del hombro y siguió adelante.
No había avanzado mucho cuando el sendero se adentró en el bosque. El suelo estaba cubierto de piedras resbaladizas y entre las grietas fluía un fino hilo de agua.
Sun Wenqu estaba pensando en dónde podría haberse metido Fang Chi cuando levantó la vista y vio un hilo de humo saliendo de debajo de un árbol más adelante.
¿Se escondió aquí para fumar?
—¿Fang Chi? —llamó Sun Wenqu mientras se acercaba.
—¿Qué quieres? —La voz de Fang Chi llegó desde el frente.
—¿Qué haces escondido aquí? —Sun Wenqu lo vio parado junto a un árbol grande. Cuando Fang Chi giró la cabeza, pudo ver un cigarrillo en su boca.
—Orinar. —Fang Chi frunció el ceño.
—Sí, claro… —Sun Wenqu se rio. Esa postura no parecía la de alguien que estuviera orinando, al menos debería estar de cara al árbol, ¿no? Se acordó de la vez que Fang Chi había estado en su patio, junto a la pared, diciendo lo mismo—. A ver, dime la verdad, ¿cada vez que no sabes qué decir, sales con que estás orinando?
Antes de que Fang Chi tuviera tiempo de responder, Sun Wenqu ya estaba a su lado, quitándole el cigarrillo de la boca.
—¿Qué edad tienes para estar fumando?
Fang Chi lo miró fijamente sin decir nada.
—Tú… —Sun Wenqu notó que su expresión era un poco extraña, así que se inclinó para mirar hacia adelante—. ¿Era cierto…?
Antes de que pudiera terminar la frase, el codo de Fang Chi se disparó bajo su barbilla.