Traducción: plutommo
Cinco años pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Era pleno verano en el octavo año de Xiande.
La túnica de cuello redondo del secretario del Ministerio de Ingresos, Wang Xian, estaba empapada de sudor. Se sentaba como si su silla estuviera llena de alfileres y agujas. No era la primera vez que se quitaba el gorro oficial de gasa negra para secarse la frente.
—Señor Xiao —titubeó Wang Xian—, n-no es que el Ministerio de Ingresos no quiera desembolsar los fondos. Pero en este momento, los gastos actuales del tesoro aún no han sido contabilizados. Sin la autorización de Pan-gonggong, realmente no hay manera de liberar la suma.
—Llevar las cuentas toma tiempo, por supuesto. —Xiao Chiye sorbió su té—. Estoy esperando, ¿no? Tómese su tiempo.
La garganta de Wang Xian se movió mientras tragaba saliva. Miró a Xiao Chiye, tan imperturbable como siempre, y luego a los soldados del Ejército Imperial que permanecían inmóviles en la veranda exterior.
—Su excelencia —dijo Wang Xian, casi suplicante—. El día está caluroso, y me siento fatal dejando a los soldados esperando afuera. Permítame invitar a todos a unas bebidas frías. Tenemos hielo…
—El Ejército Imperial no ha hecho nada para merecer su consideración. —Xiao Chiye le mostró una sonrisa apenas perceptible—. Somos hombres resistentes, acostumbrados al trabajo manual; ¿qué son unas pocas horas de pie? No se preocupe por nosotros, Su Excelencia. Concéntrese en sus cuentas.
Aferrando su libro de cuentas, Wang Xian sostuvo el pincel sobre la página durante un largo rato. Aun así, no se atrevía a bajarlo.
El emperador había caído gravemente enfermo a principios de la primavera de ese año. En respuesta, la emperatriz viuda ordenó la construcción de un templo dentro del palacio, donde pudiera recitar escrituras budistas y reunir bendiciones para su majestad. Para la obra, el Ministerio de Obras Públicas necesitaba transportar grandes cantidades de madera desde Duanzhou y, para ahorrar dinero, recurrieron al Ejército Imperial para su traslado.
Poco después, el Anciano Hai del Secretariado se opuso al proyecto. Ante su desaprobación, la emperatriz viuda decidió retirar su orden. Pero para entonces, la madera ya había llegado a la capital.
El vacío dejado por este proyecto abandonado nunca se había cubierto en el presupuesto del Ministerio de Obras Públicas. Así, durante dos meses, habían postergado el asunto, retrasando el pago al Ejército Imperial.
El dinero escaseaba en todas partes. Si el tesoro del Estado estuviera lleno, no habría problema alguno. ¿Quién se atrevería a enfrentarse al Segundo Joven Maestro Xiao por una suma tan insignificante? Pero el Ministerio de Ingresos estaba en la ruina. El año pasado, solo para el cumpleaños de la emperatriz viuda, habían derrochado cerca de un millón de taeles de plata en el banquete y las recompensas monetarias.
Wang Xian dejó a un lado el pincel y decidió arriesgarse.
—Su excelencia, ahora mismo no hay manera de saldar el pago. Seré franco: según las cuentas actuales, los gastos acumulados este año ya superan por mucho el presupuesto asignado. Incluso nuestros propios salarios están sin resolver. Realmente no tenemos dinero para darle. ¡Aunque me apuñale por decirlo, Wang Minshen no puede hacer nada al respecto!
—Ya veo. Las provisiones de los Ocho Grandes Batallones se distribuyen puntualmente, sin demora, pero cuando se trata del Ejército Imperial, resulta que están en la ruina. —Xiao Chiye dejó caer la taza de té sobre la mesa con un golpe seco—. Todos aquí servimos al emperador, pero parece que Xiao Ce’an es el único condenado a guardar esta deuda y esperar a que el tesoro se llene solo.
»Todos los años el Ministerio de Ingresos alega pobreza, ¿pero acaso ese es mi problema? Nosotros hacemos el trabajo, ustedes pagan el dinero. Está escrito en blanco y negro. El trabajo está hecho, así que el pago debe hacerse. Lo demás no me interesa; no es mi responsabilidad. Si todos tienen que perdonar los problemas del Ministerio de Ingresos, ¿para qué sirven ustedes? Lo mejor sería que dejen el puesto y permitan que alguien más se haga cargo.
Wang Xian se puso de pie de un salto, furioso.
—Si todos servimos al emperador, ¿por qué su excelencia insiste en arrinconarme? ¿Cree que no querríamos saldar la cuenta si tuviéramos el dinero? Si el Ejército Imperial es tan capaz, ¿por qué molestarse con trabajos manuales? ¡Hagan lo que hacen los Ocho Grandes Batallones! A ver quién se atreve entonces a retenerles el pago.
Justo cuando la tensión estaba a punto de estallar en violencia, otra voz resonó en la sala.
—No hay necesidad de enojarse, Lord Wang. El segundo joven maestro es simplemente un hombre directo que dice lo que piensa.
El recién llegado se quitó su sombrero de ala ancha y se secó las manos con un pañuelo.
—Este humilde servidor es el secretario en jefe de supervisión de la Oficina de Inspección de Ingresos, Xue Xiuzhuo. Estoy aquí precisamente por esta cuenta.
El secretario en jefe de supervisión de la Oficina de Inspección de Ingresos era un puesto de séptimo rango, técnicamente ni siquiera considerado un funcionario de la corte de Qudu. Sin embargo, era un cargo único; no solo supervisaba los proyectos en curso del Ministerio de Ingresos, sino que también participaba en las revisiones y evaluaciones de funcionarios que se realizaban cada seis años. Además, podía eludir cualquiera de los Seis Ministerios para apelar directamente al emperador.
Wang Xian no podía permitirse ofender a alguien así, por lo que se tragó su orgullo.
—¿Cómo podría estar enojado? El Ejército Imperial ha contribuido enormemente; no quiero que Lord Xiao haya trabajado en vano. Pero Yanqing, solo mira esta cuenta. Simplemente no tenemos los fondos.
Xue Xiuzhuo, cuyo nombre de cortesía era Yanqing, tenía un porte refinado y de erudito. Habló sin siquiera mirar las cuentas.
—Estoy al tanto de las dificultades que enfrenta el Ministerio de Ingresos. ¿Qué le parece esto, Er-gongzi? La ciudad de Quancheng nos envió recientemente un lote de seda. Saldaremos su cuenta con un valor equivalente en seda. ¿Le parecería aceptable?
Parecía que sí. En cuanto Xiao Chiye se marchó, la expresión de Wang Xian se tornó fría.
—No está exigiendo el pago para el Ejército Imperial —le dijo a Xue Xiuzhuo—. Lo más probable es que lo esté despilfarrando él mismo. Desde que este segundo joven maestro tomó las riendas del Ejército Imperial, no ha hecho más que llevar una vida de borracheras y libertinaje. ¡Y aun así nos presiona hasta el límite cada vez, sin mostrar ni un atisbo de empatía!
Xue Xiuzhuo sonrió, pero no dijo nada.
Xiao Chiye salió de la oficina del Ministerio de Ingresos y cabalgó en dirección a la calle Donglong. Ahora era mucho más alto que hace cinco años; el ímpetu y la energía de su juventud se habían atenuado un poco.
El príncipe Chu lo había estado esperando toda la mañana. Tan pronto como lo vio, comenzó a fastidiarlo.
—¿Dónde demonios has estado? ¡Casi muero de aburrimiento!
—Perdiendo el tiempo. —Xiao Chiye se sentó y se bebió de un trago una bebida fría. Al ver la palangana de hielo colocada cerca para refrescar la habitación, suspiró y se dejó caer en el diván.
—Esto es comodísimo. Me está dando vueltas la cabeza con el calor de afuera. Voy a echar una siesta.
—¡No puedes! —Li Jianheng agitó vigorosamente su abanico de bambú, con la parte delantera de su túnica abierta por el calor. Suspiró—. Al menos déjame terminar de hablar antes de que te duermas.
Quién sabía en qué andaría metido Xiao Chiye la noche anterior, pero claramente estaba agotado. Tarareó distraídamente en respuesta.
Li Jianheng tomó un sorbo de vino frío de una copa sostenida por la mano esbelta de una cortesana.
—¿Recuerdas a esa chica de la que te hablé? La que tenía en mi villa hace cinco años. Estaba a punto de hacerla mía, hasta que ese hijo de perra de Xiaofuzi se la llevó y se la ofreció al bastardo castrado de Pan Rugui.
Xiao Chiye murmuró en señal de reconocimiento.
—Pues bien —continuó Li Jianheng, cada vez más entusiasmado—, recientemente salí de la capital para escapar del calor del verano y la vi cerca de la villa. ¡La muchacha se ha mantenido tan suave y delicada, aún más hermosa que hace cinco años! Solo de verla, el corazón me latía a mil. ¡Cómo odio a esos eunucos!
»Ese maldito ladrón apareció de la nada y arruinó un romance floreciente. ¿Cree que ese fue el final? ¡Ni de broma!
Xiao Chiye bostezó.
—¿Somos hermanos o no? —explotó Li Jianheng—. ¡Ayúdame a pensar en una forma de vengarnos de él! Tal vez no podamos tocar a Pan Rugui, ¡pero ese Xiaofuzi necesita una buena paliza!
Xiao Chiye estaba verdaderamente agotado.
—¿Qué quieres hacer? ¿Sacarlo a rastras del palacio?
Li Jianheng apartó a la cortesana que lo atendía y cerró su abanico de un golpe.
—El Festival Duanwu está a la vuelta de la esquina. Su majestad estará en los Jardines del Oeste para ver la carrera de botes dragón; Pan Rugui sin duda estará allí también. A donde vaya él, Xiaofuzi lo seguirá. Podemos atraerlo durante la carrera de caballos y matarlo a golpes.
Xiao Chiye parecía haberse quedado dormido.
—Ce’an, ¿me escuchaste?
—Mala idea matarlo a golpes —dijo Xiao Chiye sin abrir los ojos—. Si te ganas como enemigo a Pan Rugui por esto, te meterás en un buen lío.
—Pero al menos podemos darle una paliza, ¿no? —se quejó Li Jianheng—. Si no desahogo mi enojo, ni siquiera podré comer. ¿Qué te pasa últimamente? Siempre pareces medio dormido. ¿Qué andas haciendo por las noches? Y, por cierto, ¿por qué rechazaste a la virgen que escogí para ti la última vez?
Xiao Chiye respondió con un gesto de la mano. No llevaba ningún anillo en el pulgar, pero la marca de una mordida entre el pulgar y el índice seguía ahí.
Cuando Li Jianheng empezó a divagar sobre otro tema, Xiao Chiye dejó de prestarle atención por completo.
Unos días después, con motivo del Festival Duanwu, el emperador Xiande, ausente por largo tiempo, arrastró sus enfermos huesos hasta los Jardines del Oeste. Las damas imperiales que lo acompañaban vestían túnicas vaporosas de seda translúcida, mientras que Ji Lei y el comandante en jefe de los Ocho Grandes Batallones, Xi Gu’an, escoltaban al emperador. Como el Ejército Imperial no tenía mucho en qué ocuparse, invitaron también a Xiao Chiye.
Xiao Chiye fue el último en llegar. Siguiendo la tradición, el emperador Xiande ya había colgado la rama de sauce para ahuyentar el mal y esperaba el inicio de la carrera de caballos. La Corte de Entretenimientos Imperiales, parte del séquito, servía zongzi y dulces en cada asiento. Desde su lugar en la sección de los príncipes, Li Jianheng agitó la mano para llamar a Xiao Chiye.
Xiao Chiye lanzó su fusta a su hombre de confianza, Chen Yang, quien lo seguía a unos pasos de distancia. Mientras tomaba asiento, se aflojó los protectores de los brazos.
—¿Qué te tomó tanto tiempo? ¡La ansiedad me está matando! —se quejó Li Jianheng, aferrado a su abanico de bambú favorito.
—Estás ansioso todos los días —replicó Xiao Chiye—. ¿Seguro que estás bien?
—¡Solo estoy acostumbrada a decir eso! —respondió Li Jianheng, abanicándose con energía—. Mira, ¿ves eso? Xiaofuzi está sirviendo por allá.
Xiao Chiye siguió su mirada y vio a Xiaofuzi sonreír mientras le susurraba algo al oído a Pan Rugui.
—Espera a más tarde —le dijo—. Buscaremos a alguien que le dé esa paliza.
Una hora después, Xiaofuzi se acercó al borde de la letrina, listo para aliviarse. De repente, su visión se oscureció: alguien le había echado un saco por la cabeza.
—¡Ay! —chilló Xiaofuzi, pero enseguida recibió un golpe en el cuello que lo derribó.
Li Jianheng no perdió el tiempo; se levantó la túnica y empezó a patearlo. Xiaofuzi, amordazado por el saco, gimió de dolor mientras se retorcía en el suelo.
La carrera cercana estaba llegando a su punto medio; nadie oyó nada.
Después de casi una hora de golpiza, Chen Yang detuvo a Li Jianheng, quien aún no estaba satisfecho.
Chen Yang lanzó una mirada a los guardias de la mansión del príncipe que los acompañaban, y estos se apresuraron a llevarse el saco.
—Su alteza —dijo—, si hubiera seguido, habría muerto. Quizá la próxima vez.
Li Jianheng se arregló la túnica y miró de reojo a Chen Yang.
—¿Dónde lo van a dejar?
—El comandante supremo ordenó que lo tiráramos en el bosque junto al lago. Una vez que comience el banquete, los eunucos sirvientes pasarán por allí y lo liberarán.
Li Jianheng escupió en el suelo donde Xiaofuzi había sufrido y, finalmente, regresó a su asiento.
Para cuando empezó el banquete, Li Jianheng ya se había olvidado por completo del eunuco menor. Xiao Chiye, en cambio, seguía atento, lanzando miradas ocasionales a Pan Rugui, pero no vio ni rastro de Xiaofuzi.
—Seguramente se sintió humillado y corrió a cambiarse de ropa —dijo Li Jianheng entre bocados—. Los eunucos que sirven ante el emperador tienen un miedo terrible de mostrarse sucios y ser despreciados por sus amos.
»¿Quieres venir a mi villa en unos días para divertirnos? También podrías ver a la jovencita de la que te hablé.
—Estoy ocupado —respondió Xiao Chiye, sorbiendo su té frío.
Li Jianheng soltó una risita.
—¿Todavía sigues con ese teatro, incluso conmigo? ¿Tú, ocupado? El Ejército Imperial está al borde de la disolución. ¿Qué podría mantenerte tan ocupado en un puesto tan inútil?
Xiao Chiye se rio también.
—Ocupado bebiendo. —Sus ojos seguían fijos en el té de su mano, y su perfil mostraba la curva despreocupada de su boca—. Las evaluaciones internas empiezan en otoño. Si quiero conservar este puesto inútil, tengo que invitar unos cuantos tragos.
—Ser humano… —comentó Li Jianheng, golpeando la mesa con los palillos— es vivir en el lujo y rechazar la productividad. Las peleas constantes, la llamada facción Pan, el clan Hua… ¿no están cansados? ¿Qué placer hay en todo eso?
—Sí. —La sonrisa de Xiao Chiye se volvió pérfida—. ¿No es buscarse problemas a propósito? Divertirse es la mayor satisfacción de la vida.
Li Jianheng le devolvió la mirada con la misma picardía.
—Entonces, ¿cuál es el problema con esa evaluación? ¿Quién se atrevería a negarle su puesto a mi querido hermano? Fuiste nombrado personalmente por su majestad; nosotros holgazaneamos por orden imperial. ¿Qué te parece esto? Antes de otoño, organizaré un banquete para contemplar flores en mi residencia e invitamos a todos.
—No hay prisa. —Xiao Chiye echó un vistazo a los Jardines del Oeste y, entre la cascada de aleros superpuestos, distinguió un techo familiar. Frunció el ceño—. Este lugar está bastante cerca del Templo de la Culpa.
—¿Todavía piensas en eso, eh? Hace siglos que perdiste ese anillo de pulgar.
Xiao Chiye se frotó el pulgar por costumbre.
—Ese remanente del clan Shen lleva cinco años encerrado ahí dentro; en todo este tiempo, no ha habido ni una sola noticia sobre él. Su majestad ni siquiera ha preguntado si el chico murió o enloqueció —dijo Li Jianheng—. Si yo estuviera encerrado ahí, olvídate de cinco años; me habría quebrado en una semana.
A Xiao Chiye le ardió la cicatriz en la mano. No tenía ningún deseo de hablar de esa persona.
El sonido de los tambores se elevó junto al lago. Li Jianheng tiró los palillos y se puso de pie de un salto.
—¡Vamos! La carrera de botes dragón está por comenzar. ¡Seguro que están haciendo apuestas!
Xiao Chiye estaba a punto de levantarse cuando vio a Ji Lei abrirse paso entre la multitud y murmurar algo al oído de Pan Rugui. Este giró la cabeza bruscamente para mirarlo y, un instante después, golpeó la mesa con fuerza.
Xiao Chiye le lanzó una mirada rápida a Chen Yang.
—Mi señor… —comenzó Chen Yang, atónito.
—¡Su majestad! —Ji Lei ya estaba arrodillado ante el emperador, su voz resonando con fuerza—. Me temo que la carrera de botes dragón no podrá llevarse a cabo. ¡Hace un momento, mientras patrullaba los terrenos con la Guardia del Uniforme Bordado, sacamos del agua a Xiaofuzi, un eunuco del palacio imperial!
El emperador Xiande comenzó a toser violentamente; Pan Rugui dio un paso adelante y le dio palmaditas en la espalda. Cuando la tos cedió, el emperador logró preguntar:
—¿Qué hacía en el agua?
Ji Lei alzó la cabeza. No estaba claro si miraba al emperador o a la emperatriz viuda.
—Se ahogó —respondió con gravedad.
Se produjo un alboroto entre las damas del palacio, que ocultaron sus exclamaciones tras pañuelos de seda.
Li Jianheng había derramado el té sobre su mesa. Presa del pánico, recogió la taza y miró a Xiao Chiye.
—Te juro que no era mi intención…

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