XIX. NO AGUANTAS NI UNA BROMA

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FANG CHI SENTÍA QUE, tan pronto se descuidara, la irracionalidad infantil de Sun Wenqu aparecería de repente. Como cuando intentó robarle a Sir Amarillo, o como cuando arrojó los tazones al piso por no quedarse a comer, o como cuando se autoinvitó con tanta insistencia, o como ahora…

¿Acaso estaba insinuando que se quedaría a pasar la noche?

—¿Qué quieres decir? —Fang Chi tragó el caqui, se limpió la boca y lo miró.

—Que tal vez me quede aquí esta noche. —Sun Wenqu cerró los ojos, estiró la pequeña manta sobre sus piernas y se balanceó con suavidad en la tumbona—. Es muy cómodo. Cuando sea viejo, vendré aquí y alquilaré un lugar…

—¡Abuelo! —gritó Fang Chi de repente.

Sun Wenqu se sobresaltó y abrió los ojos.

—¿Subí una generación?

Fang Chi caminó con mucha prisa hacia la cocina en el patio delantero.

—¡Apresúrate con la comida! No hagas esos dos platos más, ¡será tarde y perderá el autobús…!

—Dios mío. —Sun Wenqu no pudo evitar reír—. ¿Así eres? ¡El siervo emancipado canta! [1]

Los abuelos no parecían nada preocupados por la posibilidad de que Sun Wenqu se quedara a dormir si perdía el autobús. Insistieron en preparar todos los platos que ya tenían planeados.

Igual que ayer, eran platos caseros comunes, pero esta vez habían preparado algunos más.

Sun Wenqu comió con mucho gusto. La comida casera no solía llevar esos condimentos artificiales de pollo, pato, pescado, o lo que sea. No había sabores adicionales, podías disfrutar del sabor natural de los ingredientes mismos.

Probablemente, al ver a su nieto, que incluso había traído un amigo, los abuelos estaban muy contentos. Hablaban sin parar y seguían sirviéndole comida a Sun Wenqu.

Después de la comida, Sun Wenqu sintió que sentarse en la silla era un acto de alto nivel de dificultad, así que prefirió quedarse de pie.

Fang Chi terminó de recoger la mesa y volvió al patio. Lo miró de reojo durante un buen rato sin decir nada.

—¿Perdí el autobús de las tres? —Sun Wenqu se apoyó en un montón de leña, frotándose el estómago y sonriendo ampliamente.

—No pasa nada. —Fang Chi también sonrió—. Hay autobuses a las cuatro y cinco, uno cada hora hasta las siete de la noche.

—¿Cómo puedes ser así? —Sun Wenqu frunció el ceño—. ¿Acaso te vas a quedar calvo si me quedo a dormir aquí?

—No se me va a caer ningún pelo. —Fang Chi también frunció el ceño—. Pero como eres tan difícil de complacer, me preocupa que me atormentes de nuevo.

—¿Qué podría hacerte?

—Mira —dijo Fang Chi, señalando la casa—. Esta es una casa vieja, no hay suficientes habitaciones…

—Puedo dormir en el sofá, o en la tumbona del patio trasero —respondió Sun Wenqu de inmediato.

—Las sábanas son viejas…

—No me importa.

—Bañarse tampoco es fácil, tienes que calentar el agua tú mismo…

—Está bien.

—Por la noche, si sientes cosquillas en la pierna, puede que sea una cucaracha gigante…

—No siento cosquillas cuando duermo.

Fang Chi dejó de hablar.

Sun Wenqu tampoco dijo más, se apoyó en la puerta del patio y miró el exterior. Chico caminó hacia él y se agachó a su lado, pero él no se dio cuenta.

—Si… —Fang Chi suspiró después de estar parado un rato—. Si realmente no quieres regresar…

Sun Wenqu se dio la vuelta de repente, se acercó a él y le susurró al oído:

—Solo estaba bromeando.

—¿Eh? —Fang Chi se quedó atónito.

—¿Podré alcanzar el autobús de las cuatro? —Sun Wenqu se estiró y caminó hacia el patio trasero.

—Ajá. —Fang Chi miró su espalda.

—Vamos, llévame —dijo Sun Wenqu.

Fang Chi se quedó allí, sin moverse. Sun Wenqu no lo miró, fue al patio trasero, agarró su mochila, se despidió de los abuelos y salió por la entrada principal, caminando hacia la entrada del pueblo por su cuenta.

—¡¿Por qué no acompañas a Shiqu?! ¿Acaso él sabe dónde esperar el autobús? —La abuela se acercó y le dio un golpe suave en el brazo a Fang Chi.

—Oh. —Solo entonces Fang Chi recuperó sus sentidos y se apresuró a alcanzarlo.

Sun Wenqu tenía una lesión en la  pierna. Aunque no era grave, su ritmo durante el día había sido bastante lento. Sin embargo, en ese momento caminaba con bastante rapidez, como si estuviera pisando un acelerador. Cuando Fang Chi se acordó de correr tras él, ya se había alejado tanto que casi había llegado al sendero que llevaba fuera del pueblo.

—Espera. —Fang Chi llegó a su lado—. Te pediré prestado un tres ruedas para llevarte.

—¿Está muy lejos? —Sun Wenqu lo miró.

—Todavía hay que caminar un tramo después de salir del pueblo, el camino es malo —respondió Fang Chi—. Te llevaré.

—Oh. —Sin decir nada más, Sun Wenqu dejó caer su mochila al suelo y se sentó en una piedra plana al borde del camino.

—Espérame aquí, ¿sí? —Fang Chi volvió sobre sus pasos. Tenía la intención de pedir prestado un vehículo al señor Zhang, pero conociendo el temperamento impredecible de Sun Wenqu, no estaba seguro cómo reaccionaría en este momento—. No te vayas por tu cuenta, ¿sí? Podrías perderte y eso sería un problema

Sun Wenqu asintió, pero no dijo nada ni lo miró.

Fang Chi caminó unos pasos, luego se detuvo y miró a Sun Wenqu, que seguía sentado, con la mirada clavada en el suelo, perdido en sus pensamientos.

Se dio la vuelta y corrió hacia la casa del señor Zhang.

Para ser sincero, la actitud de Sun Wenqu lo tenía un poco confundido.

En realidad, que Sun Wenqu se quedara a dormir en su casa no era para tanto. Con cualquier otra persona, ni siquiera lo habría pensado dos veces. ¿Qué más daba que se quedara a pasar la noche?

Pero cuando recordó que la única cama disponible en casa era la pequeña cama individual de su habitación, de inmediato sintió que algo andaba mal en todo su cuerpo.

 

 

Sun Wenqu escuchó cómo los pasos de Fang Chi se desvanecían y solo entonces levantó la mirada en la dirección en la que había corrido, apoyándose contra la pared detrás de él

Este lugar estaba cerca de la entrada del pueblo, y por la tarde varios aldeanos solían pasar por allí para sentarse bajo el gran árbol a charlar. Al verlo, lo observaban con curiosidad.

Se sentía un poco sofocado.

Unos minutos después, incluso un grupo de gallinas pasó por allí y también se detuvo a mirarlo.

Chasqueó la lengua, levantó la pierna y las gallinas huyeron, pero antes de que pudiera poner la pierna en su sitio, apareció un perro.

—Mier… —Sun Wenqu estaba completamente exasperado. Justo cuando pensaba en levantarse y alejarse, se dio cuenta de que era el perro de Fang Chi—. ¿Chico?

Después de que lo llamó, Chico se acercó y se sentó frente a él.

—No me digas que… —Sun Wenqu lo miró con incredulidad—. ¿Tu hermano te envió a vigilarme de nuevo?

Chico ladeó la cabeza.

—¿Tu hermano cree que mi capacidad de autocuidado está en números negativos?

Chico giró la cabeza. Sun Wenqu, cansado de hablar, se quedó allí, mirando aturdido la nuca del perro.

Unos minutos después, Fang Chi regresó, pero no traía ningún vehículo.

—¿No hay tres ruedas? —Sun Wenqu lo miró.

—Tú… —Fang Chi se paró frente a él y pareció vacilar—. Tú no…

—¿Qué? —Sun Wenqu sacó su teléfono y miró la hora—. Si no me voy ahora, ¿tendré que tomar el autobús de las cinco?

—No quieres ir a casa, ¿verdad?

—¿Quién dijo eso? Mi corazón se mueve tan rápido como una flecha disparada en el viento por el deseo de volver a casa, está silbando «whoosh».

—Las condiciones de alojamiento en casa de mis abuelos no son muy buenas —Fang Chi se puso en cuclillas—. Si de verdad no quieres volver y no te importa arreglártelas con lo que hay…

—Whoosh… —repitió  Sun Wenqu.

Fang Chi suspiró, se puso de pie y agarró su mochila. Luego le dio una leve patada en el trasero a Chico.

—Vamos.

Sun Wenqu seguía sin moverse.

—Whoo… 

—¡Date prisa! —gritó Fang Chi, dándose vuelta.

Sun Wenqu por fin se levantó y lo siguió sin prisa.

—¿Necesito calentar el agua para bañarme?

—No —dijo Fang Chi—, hay calentador.

—¿Voy a dormir en el sofá?

—Dormirás en mi cama.

—¿Y tú?

—No te preocupes por eso, tengo dónde dormir.

—Oh. —Sun Wenqu soltó un chasquido—. Pensé que nos acurrucaríamos juntos.

Fang Chi se giró de golpe y lo miró con el ceño fruncido.

—¿Quieres tomar el autobús de las cinco?

—No te pongas tan nervioso. No estoy interesado en ti. Y aunque lo estuviera… —Sun Wenqu entrecerró los ojos—. Tampoco sería difícil encontrar a alguien similar.

Fang Chi no respondió. Se dio la vuelta y caminó hacia la entrada del pueblo.

—¡Eh, eh, eh! —Sun Wenqu se apresuró a agarrarlo—. ¿Qué pasa? ¿Ni siquiera puedo bromear?

—¿Sabes cómo bromear? —Fang Chi lo miró.

—Está bien, está bien, ya no digo más —suspiró Sun Wenqu—. No aguantas nada.

—Lo que no aguanto son las bromas tontas. —Fang Chi lo miró de reojo y aceleró el paso.

 

 

Los abuelos recibieron con gran entusiasmo el regreso de Sun Wenqu. Cuando la abuela se enteró de que se quedaría a dormir, se levantó de un saltó y fue a arreglar la habitación de Fang Chi.

—No es común que vengan jóvenes —dijo el abuelo con una gran sonrisa—. Cuando Xiao-Chi vuelve, ya nos alegramos mucho. Ahora con otro más, estamos el doble de contentos. Hoy en la cena les prepararé algo rico.

—¿Por qué no solo comemos olla caliente? —propuso Sun Wenqu. Ver a los dos ancianos ocupándose de tantas comidas le hizo sentir un poco culpable—. Podemos cocinar algunos champiñones y cosas así, son deliciosos.

—¡Buena idea! —asintió el abuelo—. También podemos poner un poco de pescado.

—Y sigues con los hongos… —dijo Fang Chi.

Sun Wenqu lo miró con una sonrisa.

 

 

El abuelo mencionó que había dejado una red en el río para atrapar peces y que debía ir a recogerla. Sun Wenqu se animó de inmediato.

—Voy también.

—Está muy lejos —le dijo Fang Chi a un lado—. Mejor no vayas.

—¿Qué tan lejos puede ser? —replicó el abuelo—. ¿Un muchacho grande no puede caminar ni siquiera media hora?

—Este muchacho grande tiene una lesión en la pierna —explicó Fang Chi—. Ayer rodó a una zanja cuando subimos a la Cresta del Cuervo.

—No es nada grave. Ya ni lo siento. —Sun Wenqu movió la pierna para demostrarlo.

Fang Chi vio que su expresión dejaba claro que no pensaba ceder, así que prefirió no discutir más. Fue a buscar desinfectante y le limpió la herida otra vez. Viéndola bien, la cortada no era tan profunda, y después de una noche ya no se veía tan mal como el día anterior.

—Anda, ve —dijo Fang Chi, y antes de que Sun Wenqu pudiera adelantarse, se giró hacia el abuelo—. Esté pendiente de él, es un niño mimado acostumbrado a que lo cuiden. En otros tiempos, habría sido el joven señorito de una familia terrateniente. No deje que vuelva a caerse.

El señorito terrateniente, de excelente humor, se fue con el abuelo a buscar los peces.

Mientras tanto, Fang Chi se quedó en el patio reparando unas sillas. Varias tenían las patas flojas y se tambaleaban al sentarse. La abuela siempre se quejaba de que las sillas nuevas no eran tan resistentes como las que su padre había hecho.

—Guardé el dinero que trajiste a casa la última vez —le dijo la abuela, sentada a su lado mientras limpiaba verduras—. No hace falta que nos des dinero, tu abuelo y yo no lo necesitamos. Además, ahora tienes que estudiar, ¿no? ¿No se acercan los exámenes?

—Sí. Cuando vuelva, tengo que ponerme a estudiar —asintió Fang Chi.

—Si apruebas o no, da igual. Mira al nieto de la familia Chen. Se fue a la universidad y acabó regresando para trabajar la tierra —dijo la abuela, dándole unas palmaditas en el brazo—. Lo importante es que estés bien de salud.

—Él regresó para emprender un negocio —replicó Fang Chi con una sonrisa—. No es lo mismo.

—Todo es trabajar la tierra, ¿qué diferencia hay? —repuso la abuela—. Mientras tengas salud y no te enfermes, eso es lo que importa.

—Sí —contestó Fang Chi con una sonrisa—. Estoy bien de salud.

Después de reforzar todas las sillas, se quedó un rato más conversando con la abuela. Para entonces, el señorito terrateniente regresó con dos peces en la mano, uno de ellos de al menos dos o tres kilos.

—Estos no son peces del río, ¿verdad? —Fang Chi estaba atónito—. ¿Tan grandes?

—No sé, cuando sacamos la red ya estaban ahí. —Parecía que Sun Wenqu no podría estar más feliz—. Tu abuelo dijo que tal vez se filtró río arriba.  ¡Soy un amuleto de la suerte!

—¿Río arriba? —Fang Chimiró al abuelo, que venía detrás—. ¿No es ahí donde está el estanque del anciano Jiang?

—Seguramente sí. —El abuelo también estaba feliz.

—Espero que no se entere, si no, ustedes dos volverán a pelear. —Fang Chi chasqueó la lengua dos veces.

—¿Pelear? —Sun Wenqu se quedó atónito y miró al abuelo—. ¿Dos ancianos peleando?

—Sí, y pelean de verdad —confirmó Fang Chi.

—Él no puede vencerme. —El abuelo sacó pecho, tomó los peces de la mano de Sun Wenqu y se metió a la cocina.

 

 

La cena de olla caliente fue mucho más sencilla. El abuelo instaló un fogón en la sala, colocó una olla encima y fueron echando los ingredientes poco a poco hasta que todo estuvo listo.

La noche era fresca, así que comer de esa forma resultaba ideal. Se sentaron alrededor del fogón en banquitos, casi como si estuvieran en cuclillas. Fue una experiencia curiosa y divertida.

Sin embargo, a Sun Wenqu le preocupaba algo. Miró el techo y preguntó:

—¿El humo no va a…?

Se detuvo al notar la gran mancha de hollín que ya oscurecía el cielorraso.

—No nos andamos con tantas preocupaciones —dijo la abuela—. Cuando se pone negro, se pinta de blanco y listo.

El abuelo sacó una botella de gaseosa y la puso en el suelo.

—¿Un trago?

—¿Qué licor es? —Sun Wenqu la tomó, la abrió y olió el contenido—. Esto es casero, ¿verdad?

—Vino de fresa —dijo el abuelo, sacando cuatro tazas de té grandes—. Pruébalo, está bueno.

—¡Genial! —Sun Wenqu agarró una taza de inmediato y la acercó al abuelo—. Nunca he probado vino de fresa.

—Aquí no tenemos medicina para el dolor de estómago —comentó Fang Chi enseguida.

—Solo me duele cuando mezclo distintos licores —dijo Sun Wenqu—. Probar una taza no hará daño.

Fang Chi no insistió más.

El abuelo le sirvió media taza a Sun Wenqu.

—A ver si te gusta.

—Seguro que sí. He pasado tres años en las montañas, y he probado mucho licor casero —dijo Sun Wenqu antes de darle un sorbo. Tan pronto como lo tragó, su expresión cambió por completo, arrugando la cara—. Ay, este vino…

—¿Está fuerte? —preguntó Fang Chi.

—¡Fortísimo! —Sun Wenqu se apresuró a agarrar un champiñón del caldo y se lo metió en la boca—. ¡Esto no tiene nada que ver con la fresa!

Los abuelos no podían dejar de reír al ver su reacción y le sirvieron más comida.

De todos los licores que Sun Wenqu había probado, este era sin duda el más sorprendente. Aparte del nombre, no tenía nada que ver con la fresa. Ni el color ni el sabor se parecían en lo más mínimo. Era el típico licor casero que subía directo a tu cabeza después de un solo sorbo.

Cuando terminó la media taza, sintió un calor instantáneo por todo el cuerpo. Incluso dejó de notar el dolor en las partes que se había lastimado antes.

—Este vino es increíble —dijo Sun Wenqu, levantando el pulgar hacia el abuelo.

—¿Quieres más? —El abuelo ya iba a tomar la botella otra vez.

—¡No, no, no, no! —Sun Wenqu se apresuró a hacer un gesto con las manos, dejó la taza a un lado y sacudió la cabeza—. Ya no. Si bebo más, voy a caer antes de siquiera terminar esta comida.

La cena continuó con una charla relajada, sin un tema fijo. Los abuelos no eran de hablar mucho, pero estaba claro que estaban muy contentos. En su mayoría, solo repetían una y otra vez que comieran más.

De repente, Chico empezó a ladrar. Poco después, la puerta del patio se abrió y alguien entró.

—Viejo, el otro día me pediste un frasco, así que te traje uno.

—¡Señor Zhang! —Fang Chi reconoció la voz y se levantó de inmediato—. Estamos cenando dentro, ¿quieres comer algo con nosotros?

—Ya comí. —Un hombre de mediana edad entró por la puerta con un frasco en la mano. Cuando vio a Sun Wenqu, sonrió y preguntó—: ¿Tienen visita?

—Es el compañero de clase de Fang Chi, se llama Sun Shuiqu —dijo la abuela, también con una sonrisa—. Ya no cuenta como invitado, es de confianza.

—Es Wen… —comenzó Sun Wenqu, conteniendo la risa.

—¿Preguntar qué? —La abuela lo miró, confundida.

—Nada en absoluto. —Fang Chi le dio unas palmaditas en el hombro.

El abuelo charló un momento con el señor Zhang y, cuando este se fue, Fang Chi se acercó a la abuela y le susurró:

—Abuela, Sun Shuiqu no es mi compañero de clase.

—Vaya, qué vengativo eres. —Sun Wenqu se rio a un lado.

—¿No son compañeros? —La abuela se sorprendió y se giró hacia Sun Wenqu—. ¿No eres su compañero de clase?

—No —respondió Sun Wenqu con una sonrisa en los labios—. Soy su…

—Cuidado con lo que dices… —lo interrumpió Fang Chi de inmediato, mirándolo fijamente.

—Amigo. —Sun Wenqu se rio—. Abuela, soy su amigo, no su compañero de clase. ¿Acaso parezco de dieciocho años?

—Sí —asintió la abuela—. Y hasta pareces un poco más tonto que él.

 

 

Después de cenar, Fang Chi llevó los platos a la cocina. El abuelo sacó su pipa, la encendió y se recostó en la silla, disfrutando de una bocanada de humo.

—Esta vida es buena.

—Una mente contenta es una fiesta perpetua. —Fang Chi sonrió.

—Ten. —El abuelo le extendió la pipa a Fang Chi.

Sun Wenqu lo miró con cierta sorpresa.

—No fumo. —Fang Chi negó con la cabeza—. Lo estoy dejando. Tú también deberías fumar menos.

—Pero si tú… —Sun Wenqu recordó que Fang Chi había fumado en la montaña, pero antes de terminar la frase, recibió una mirada fulminante. Se limitó a curvar los labios en una sonrisa.

—Yo ya soy un viejo, no me preocupa eso. Estos años me han pasado factura —dijo el abuelo entre bocanadas de humo—. Puede que en un par de años ya no pueda ganarle a ese viejo Jiang cuando peleemos.

—Mejor dejen de pelearse. —Fang Chi frunció el ceño—. Deberían postularse para un récord mundial, la rivalidad más larga de la historia. ¿Cuántos años llevan ya?

—Es que me cae mal. Además, siempre está mirando a tu abuela. —El abuelo  golpeó la mesa con la pipa.

—¡Oye, sin vergüenza! —exclamó la abuela—. ¿Qué clase de cosas dices frente a los niños? Tienes la cara tan dura que se podría doblar en un libro entero. Si ya casi estás ciego, qué vas a ver quién me está mirando.

Sun Wenqu se rio tanto que casi terminó en el suelo. Para él, este tipo de conversación era impensable. En su casa, nunca se daban diálogos así. Rara vez veía a sus abuelos, y sus padres, incluso en los años en que no se peleaban, siempre habían sido muy formales, viviendo en una especie de burbuja alejada de la realidad.

—Mira, hasta hiciste reír al chico —dijo el abuelo.

—¿Y crees que se ríe de mí? —La abuela lo miró con enfado.

El abuelo suspiró.

—Ay, estoy viejo de verdad. Antes, cuando tu abuela se enojaba conmigo, le tocaba una pieza para alegrarla. Ahora, con lo que me tiemblan las manos…

—A mí me gustaba escucharte tocar. Hace mucho que no lo haces. —Fang Chi sonrió—. Pero no es que te tiemblen las manos, solo perdiste la práctica y ahora te da vergüenza.

El abuelo sonrió sin decir nada.

—¿El abuelo toca un instrumento? —preguntó Sun Wenqu—. ¿Qué instrumento?

—El erhu —respondió la abuela—. Pero ustedes los jóvenes ya no escuchan esas cosas. Solo este mocoso, que le hace la pelota a su abuelo diciendo que le gusta.

—¿Oh, el erhu? —Sun Wenqu sonrió—. A mí también me gusta.

—No te unas a la peloteada. —La abuela le dio un golpecito en el brazo.

Fang Chi, sin embargo, no se sorprendió. Con el nivel de caligrafía y pintura de Sun Wenqu, no le extrañaba que apreciara la música tradicional.

—Lo digo en serio —insistió Sun Wenqu con una sonrisa—. Abuelo, su erhu aún sirve, ¿verdad? Ya que los he molestado estos días, déjenme tocar algo para ustedes.

—¿Tú sabes tocar? ¡Eso está muy bien! —El abuelo se entusiasmó de inmediato—. Xiao-Chi, ve a traerme mi erhu.

—Espera… —Fang Chi miró a Sun Wenqu con incredulidad—. Oye, ¿hablas en serio?

—Menos charla —dijo Sun Wenqu—. Aprovechemos que he bebido y tengo la piel gruesa.

 

 

 


Notas:

[1] “翻身农奴把歌唱” Es el título de una famosa canción china que se traduce como “Los siervos emancipados cantan”. Esta canción, compuesta en 1965, celebra la liberación de los siervos en el Tíbet tras las reformas políticas impulsadas por el gobierno chino en la década de 1950. Tiene un fuerte simbolismo político, ya que representa la transformación de la opresión a la libertad.

Traducido por alekmma
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