XX. ¿ME ODIAS… O ME TIENES MIEDO?

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FANG CHI OBSERVÓ A SUN Wenqu por un buen rato antes de darse la vuelta y subir al primer piso para bajar el erhu de la habitación de sus abuelos.

A su abuelo siempre le habían gustado esos instrumentos. Tenía varios: erhu, jinghu[1] y otros más. Ya casi no los usaba, pero los limpiaba y cuidaba a diario, así que seguían en buen estado.

Cuando bajó con el erhu, vio que Sun Wenqu ya se había hundido en el sofá, recostado sobre su espalda y con las piernas estiradas. Esa era su postura habitual, la misma que Fang Chi veía cada vez que iba a su casa.

A primera vista, parecía que esta persona era tan perezosa que podría ponerse a hibernar en cualquier momento con solo cubrirse con una manta encima.

Pero hoy era un poco diferente. Probablemente debido al alcohol, estaba más animado que de costumbre y se veía… mucho más agradable a la vista.

—Oye, ¿de verdad sabes tocar? —Fang Chi le pasó el erhu, sin estar del todo convencido.

—Déjame decirte algo, cuando se trata de cosas tan pretenciosas —dijo Sun Wenqu y tomó el erhu, lo apoyó de manera despreocupada sobre su pierna y tocó dos notas—: lo sé todo.

Fang Chi no dijo nada más. A simple vista, la postura de Sun Wenqu parecía bastante profesional, al menos para los ojos incultos de la plebe.

—Abuelo, ¿cuánto tiempo lleva sin tocarse este erhu? —Sun Wenqu sacó su teléfono—. Necesito afinarlo primero.

—Más de medio año, casi un año ya. —El abuelo lo miró con una sonrisa.

—El instrumento está en buen estado. —Sun Wenqu movió ligeramente el puente antes de presionar algunas teclas en su teléfono—. Pero si sigue guardado, el cuero terminará cediendo…

Sun Wenqu incluso tenía una aplicación de sintonización instalada en su teléfono. Una vez más, su conocimiento sobre él se actualizaba.

Cuando terminó de afinarlo, se sentó derecho y tocó una breve melodía con naturalidad. Fang Chi se apoyó contra la pared con los brazos cruzados, observando a Sun Wenqu, que ya no parecía una serpiente enrollada en el sofá.

—Abuela, ¿qué le gustaría escuchar? —Sun Wenqu fue y se sentó en un banquito de madera.

Aunque llevaba un tiempo conociendo a Sun Wenqu, esta era la primera vez que Fang Chi le veía hacer algo con seriedad, con propiedad, a la manera de una persona normal.

—¡Ay, qué voy a saber! Siempre escucho al viejo tocar cualquier cosa —respondió la abuela con una sonrisa.

—Toca lo que quieras —dijo el abuelo, enderezándose en el sofá.

—Entonces… —Sun Wenqu se volteó para mirar a Fang Chi—. ¿Hay algo que quieras escuchar?

Los conocimientos de Fang Chi sobre el erhu se limitaban a «mi abuelo tiene un erhu» y «mi abuelo a veces toca el erhu». Así que no supo qué decir cuando le preguntaron tan de repente.

—Yo tampoco sé de esas cosas… —Tras un largo esfuerzo, al final se le ocurrió algo—: ¿Horse Racing? [2]

—¡Vaya! —Sun Wenqu sonrió—. ¿Así que conoces Horse Racing? Entonces, al menos sabes un poco. Si de verdad no tuvieras idea, habrías dicho Erquan Ying Yue.[3]

—En serio no sé nada. —Fang Chi se rio.

—Yo también llevo casi un año sin tocar esto… —Sun Wenqu chasqueó la lengua.

—Entonces toca algo sencillo —sugirió Fang Chi.

Sun Wenqu no respondió. Bajó la cabeza, probó algunas notas y, como si tomara una decisión, dijo:

—Está bien, Horse Racing entonces.

Aparte del abuelo, se podría decir que Fang Chi no había escuchado a otros tocar el erhu. Y siendo honesto, su abuelo tocaba de manera… aceptable. Probablemente solo a su abuela le gustaba; a él nunca le había parecido algo especial.

Siempre había pensado que el erhu era un instrumento aburrido, pero cuando Sun Wenqu, tras unos segundos de silencio, movió el arco y tocó las primeras notas, Fang Chi levantó la cabeza de golpe.

Horse Racing fue algo que mencionó al azar. Ni siquiera recordaba de dónde lo había oído, pero al escuchar la melodía, resultó inconfundible. La había oído en muchos lugares.

Sin embargo, esa era la primera vez que veía de cerca cómo las notas saltaban una por una de las cuerdas bajo los dedos de alguien, y además, esos dedos pertenecían a Sun Wenqu, quien siempre parecía tan indiferente del mundo.

La sensación no podía describirse como simple sorpresa. Solo podía mirar a Sun Wenqu en silencio, escuchando esa melodía familiar, pero que ahora le provocaba una sensación completamente nueva.

Los dedos de Sun Wenqu eran largos. Su mano izquierda danzaba sobre las cuerdas como si ejecutara una coreografía hipnótica. A mitad de la pieza, dejó el arco y comenzó a pulsar las cuerdas con el dedo índice de su mano derecha. Entonces, el sonido ágil y vibrante de los cascos de los caballos brotó, y los ojos de Fang Chi siguieron involuntariamente el movimiento de sus dedos.

Esa era la primera vez que Fang Chi escuchaba con tanta atención una pieza de erhu. A veces poderosa y desenfrenada, otras veces alegre; se podía sentir la intensidad y suavidad en cada nota.

Cuando la pieza terminó, con un sonido semejante al relincho de un caballo, Fang Chi todavía estaba absorto. Solo al escuchar al abuelo aplaudir y elogiar la interpretación, se apresuró a unirse, aplaudiendo también.

—¡Vaya! No me lo esperaba. —El abuelo le dio a Sun Wenqu un pulgar hacia arriba—. Muchacho, eres todo un talento.

—¡Qué bonito! —comentó la abuela con una sonrisa—. El abuelo seguro que ya no vuelve a tocar el erhu. Ni siquiera es tan bueno como el compañerito de este pequeño revoltoso.

—Que no es mi compañero —suspiró Fang Chi.

—Qué intenso, me hizo sudar y todo. —Sun Wenqu se rio y se ajustó la ropa—. Hace años que no me sentaba tan derecho. Me va a dar un calambre en la espalda.

—Toca otra —dijo Fang Chi.

—¿Eh? —Sun Wenqu se volteó para mirarlo.

—Es que… suena bien. —Fang Chi de pronto sintió algo de vergüenza y se frotó la nariz.

Sun Wenqu sonrió, bajó la cabeza y miró el instrumento, como si estuviera pensando qué otra pieza tocar. Justo cuando Fang Chi pensaba que Sun Wenqu podría haberse quedado dormido, de repente dejó el instrumento a un lado.

—Yo… —La voz de Sun Wenqu sonó algo apagada—. Me siento un poco mal.

—¿Te duele el estómago? —Fang Chi se alarmó.

—¿Es por el vino de fresa? —El abuelo también se preocupó.

—No, no, para nada —Sun Wenqu agitó las manos rápidamente—. Creo que es solo un resfriado… Les tocaré más la próxima vez que tenga oportunidad.

—Ve a descansar temprano —le dijo la abuela—. Estos niños de la ciudad son muy delicados. ¡Debes haberte resfriado anoche!

Sun Wenqu charló un rato más con los abuelos, luego tomó un cambió de ropa y se fue a duchar.

Fang Chi subió a su habitación y preparó las mantas y almohadas.

Conociendo a «su compañero de clase, Sun Shuiqu», Fang Chi estaba seguro de que no tenía ningún resfriado. Ni siquiera estaba enfermo. Seguramente solo se le había cruzado un cable y estaba teniendo uno de sus episodios.

 Fang Chi recogió su propio juego de mantas, lo sostuvo en los brazos y se dispuso a bajar a la sala de estar en la planta baja, justo cuando Sun Wenqu entró en la habitación.

—Tus abuelos se acuestan temprano, ¿verdad? Ya están en su cuarto —dijo Sun Wenqu.

—Sí, se levantan antes de las cuatro de la mañana. —Fang Chi sonrió—. Si no se duermen temprano, ¿cómo van a aguantar?

—A las cuatro yo apenas me estoy acostando. —Sun Wenqu bostezó—. ¿A dónde vas?

—A la sala —respondió Fang Chi.

—¿Vas a dormir en el sofá? —Sun Wenqu lo miró—. Tu sofá es muy angosto. Si te duermes ahí, seguro que terminas cayéndote en mitad de la noche.

—Duermo tranquilo, no me muevo mucho. —Fang Chi también lo miró.

—¿En serio? —Sun Wenqu entrecerró los ojos con una sonrisa.

—Mira si las mantas son suficientes. Si no, te traigo más. —Fang Chi no siguió la conversación y bajó con sus cosas.

Justo cuando acababa de colocar las mantas en el sofá, Sun Wenqu asomó la cabeza desde las escaleras

—Oye, Fang Xiao-Chi.

—¿Mmm? —Fang Chi se giró a verlo.

—¿Fuera de tu habitación hay una terraza?

—Sí, solo abre la puerta y sal. Hay sillas y una mesa.

—El contrato de venta necesita ajustes según las circunstancias —dijo Sun Wenqu sin dejar de asomar la cabeza—. ¿Estás de acuerdo?

Fang Chi lo miró sin decir nada.

Sun Wenqu se rio.

—Está bien: el contrato de servicio necesita ajustes según las circunstancias, ¿estás de acuerdo?

—Dime —respondió Fang Chi.

—Ven a hablar conmigo un rato —susurró Sun Wenqu—. Irme a dormir ahora sería una tortura.

—¿No estabas resfriado? —Fang Chi lo miró con los ojos entrecerrados—. Necesitas descansar, ¿sabes?

—¿Y la dignidad del amo? —Sun Wenqu se palmeó los pantalones y dio un par de vueltas arriba de las escaleras—. ¿Podría buscar, joven, a ver si se ha caído por allí?

Fang Chi suspiró, tomó su termo y caminó hacia la escalera.

—Vamos.

En el segundo piso había una terraza a la que se podía acceder desde la habitación de Fang Chi y el patio trasero. Normalmente se usaba para tender la ropa y secar alimentos según la temporada: judías verdes, repollo, melón amargo…

Fang Chi había colocado una mesa y sillas de hierro allí, pero rara vez se usaban debido al insoportable calor en verano y al mortal frío en invierno.

Hoy, con Sun Wenqu sentado allí, era la primera vez que realmente le daban un uso formal.

—Qué desperdicio de patio trasero. —Sun Wenqu se apoyó en la barandilla y miró hacia abajo—. Es enorme, y solo lo usan para guardar cacharros.

—¿Para qué más lo usarían unos ancianos en el campo? —Fang Chi bebió un sorbo de té caliente—. Siempre ha sido así.

—Si fuera mi patio… —Sun Wenqu señaló abajo—. Primero arreglaría el suelo, plantaría césped alrededor, pondría un columpio allí y una pérgola para plantas trepadoras.

Fang Chi no dijo nada.

—Y allá podría ir un jardín de flores —continuó Sun Wenqu—. Nada de macetas, es aburrido. Se pueden usar llantas viejas llenas de tierra. Tampoco tienen que ser flores caras, solo flores silvestres, que florezcan en grandes manchones.

—¿No tienes un patio en tu casa? —preguntó Fang Chi—. Puedes hacerlo ahí.

Sun Wenqu chasqueó la lengua.

—Mi patio es muy pequeño. Además, hacerlo yo mismo es demasiado trabajo. Si algún día tengo tiempo y encuentro un patio tan grande, contrataré a alguien para que lo haga por mí.

—Pero ahora no estás muy ocupado que digamos.

Sun Wenqu se quedó apoyado en la barandilla, observándolo.

—Si estoy diciendo algo incorrecto, avísame y ya. —Fang Chi apoyó las piernas en el suelo y se deslizó hacia atrás con la silla—. No te pongas raro de repente.

Sun Wenqu se rio y se sentó a su lado.

—No dijiste nada malo. Es cierto que soy alguien con muchísimo tiempo libre.

—Pero si pintar, escribir, tocar el erhu… Aprender todo eso debe tomar mucho tiempo —dijo Fang Chi, y pensándolo bien, agregó—: La verdad, es impresionante.

—¿Impresionante? —Sun Wenqu dejó escapar un pequeño suspiro.

—Sí. Para llegar a un buen nivel en cualquiera de esas cosas hay que dedicarle mucho tiempo —Fang Chi hablaba con sinceridad—. No pensé que supieras hacer tanto.

—¿Y qué más da? —​​Sun Wenqu sonrió, reclinándose en la silla con los brazos detrás de la cabeza.

—¿Cómo que qué más da? —Fang Chi lo miró de reojo.

—Niño… —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. No lo entenderías.

Fang Chi guardó silencio.

De hecho, no entendía lo que pasaba por la mente de Sun Wenqu. Tal vez debido a sus diferentes entornos de vida, le era imposible comprender por qué alguien que parecía tenerlo todo y no necesitaba preocuparse por nada podía sentirse tan deprimido.

Pero… quizá por eso mismo encontraba la vida aburrida, sin una dirección en la que enfocar su energía.

—¿De verdad nunca has trabajado? —Fang Chi no pudo evitar preguntar de nuevo.

Sun Wenqu se rio largo y tendido.

—Ay… digamos que no. ¿Cuentan los años en el sitio de excavación al que mi padre me arrojó?

—¿Te pagaban? —preguntó Fang Chi—. No, ¿trabajaste?

—No había nada que yo pudiera hacer allí.

—Entonces realmente no has trabajado. Treinta años jugando, impresionante.

—¿Envidia? —Sun Wenqu tomó su taza y bebió un sorbo de té—. Podríamos intercambiar.

—¿Tienes… sed? —Fang Chi lo miró, sorprendido, luego se levantó de un salto—. Te traeré una taza.

—No hace falta. —Sun Wenqu le sujetó el pantalón con la mano—. Solo quería un sorbo.

—Oye, no jales. —Fang Chi se ajustó rápidamente el pantalón y, después de dudar un momento, se sentó.

—Eres un joven grande, pero te asustas por todo. ¿Acaso no tienes ni una pizca de valentía? —dijo Sun Wenqu con pereza, entonces tomó su taza y bebió otro sorbo.

—Pero… ¿no dijiste que solo querías beber un sorbo? —Fang Chi se quedó mirándolo.

—¿Qué pasa? Solo dije un par de palabras al azar, ¿fueron dos? Chico me ladró un par de veces, ¿fueron solo dos? Solo quería un sorbo, ¿tiene que ser solo uno? —dijo Sun Wenqu con calma, luego bebió otro sorbo—. Tu acreedor bebe un poco de tu té y ya te duele el corazón. Ni siquiera es un buen té en primer lugar. Ve a buscarme mañana y llévate un par de cajas de té de calidad como compensación: té verde, té negro. El que quieras.

—No es eso —murmuró Fang Chi.

—Entonces, ¿qué es? —Sun Wenqu lo miró de soslayo—. ¿Tienes miedo de que te contagie algo? No tengo ninguna enfermedad.

—No estás enfermo, estás loco —dijo Fang Chi, resignado.

—La locura no es contagiosa —replicó Sun Wenqu con total confianza, y bebió otro sorbo.

Fang Chi saltó de nuevo.

—¡Mierda! ¡Voy a traerte una taza!

—No, no beberé más. —Sun Wenqu no podía dejar de reír.

—Te la traeré. —Fang Chi caminó hacia las escaleras.

Solo había dado dos pasos cuando Sun Wenqu lo agarró del brazo. Justo cuando Fang Chi iba a zafarse, él lo jaló hacia atrás con fuerza.

Fang Chi tropezó un par de pasos, sorprendido de que Sun Wenqu, quien siempre parecía tan perezoso como para hibernar, tuviera tanta fuerza

Sin embargo, antes de que pudiera asimilarlo, el brazo de Sun Wenqu se enroscó alrededor de su cuello, acercándolo a él.

Fang Chi sintió al instante que todos los pelos de su cuerpo se erizaban.

—Tú, en el fondo —dijo Sun Wenqu, justo al lado de su oído—, ¿me odias… o me tienes miedo?

Su voz era muy baja, como un murmullo que acariciaba su cuello. Fang Chi incluso sintió su aliento barriendo detrás de su oreja. Y, por un momento, su mente se llenó de imágenes de toros corriendo, con sus pezuñas pisoteando todo a su paso.

—Este joven es todo un enigma —susurró Sun Wenqu, con una risa contenida en su voz—. Dime, ¿por qué será?

Cuando Fang Chi reaccionó y trató de apartarlo, Sun Wenqu lo soltó de repente y volvió a sentarse en su silla.

—Ve a buscar esa taza. O mejor aún, ¿me traes una taza de chocolate caliente?

Fang Chi no respondió ni se giró. Se quedó quieto unos segundos antes de bajar las escaleras.

Sun Wenqu entró en la habitación, sacó una pequeña manta y se deslizó en su asiento hasta quedar recostado. Puso las piernas sobre otra silla, se cubrió con la manta y cerró los ojos.

La brisa nocturna en las montañas era fresca, pero acababa de bañarse y estaba envuelto en una manta, así que sentir el viento así resultaba bastante agradable.

Las montañas allí eran diferentes a las del sitio de excavación donde había estado antes. En ese lugar todo eran montes de tierra, feos y polvorientos por las excavaciones. Por las noches, al tumbarse en la cama, solo se oían los obreros bebiendo, jugando a las cartas y charlando, un ruido que le resultaba insoportable.

Ahora bien, después de dos días de cansancio, esa sensación de relajación sí que era un verdadero placer.

Fang Chi no volvió con una taza, y mucho menos con chocolate caliente. Sun Wenqu supuso que probablemente no subiría en toda la noche, e incluso que a la mañana siguiente tendría que tomar el autobús por su cuenta…

Se rio un poco, tomó la taza de Fang Chi y bebió otro sorbo de té antes de ponerse de pie para irse a la cama.

Justo al levantarse, notó un ligero rastro de humo flotando desde el patio.

Se acercó a la barandilla y miró hacia abajo. Fang Chi estaba sentado en los escalones del patio trasero, fumando.

Sun Wenqu no se movió. Apoyó los brazos en la barandilla y lo observó  desde arriba.

Desde ese ángulo, Fang Chi, con el cigarrillo en la boca, parecía diferente a lo habitual. Por lo general, sin importar si estaba contento o molesto, él siempre irradiaba una energía simple, típica de un chiquillo despreocupado de su edad.

Pero ahora parecía agobiado.

Sun Wenqu suspiró en su corazón. Tampoco era para tanto, ¿no? ¿De verdad tenía que verse tan miserable?

Era difícil no pensar demasiado en ello.

Después de que Fang Chi terminó de fumar su cigarrillo, se levantó y entró en la casa. Sun Wenqu bostezó y también regresó a la habitación.

El cuarto estaba limpio y ordenado, pero tenía un mobiliario simple: un pequeño armario, un viejo escritorio y una cama de madera.

Esa debía ser la habitación de Fang Chi desde que era niño. Sun Wenqu se acercó al escritorio. La superficie estaba llena de garabatos hechos con cuchillos y bolígrafos, líneas profundas y superficiales entremezcladas, todas torpes y desprolijas, seguramente dibujos hechos al azar mientras hacía la tarea.

Sacó una pluma estilográfica de su mochila, se sentó ante el escritorio y buscó un espacio vacío. Sin prisa, comenzó a dibujar un perro.

Mientras pensaba si dibujar también a los abuelos o a Fang Chi, la puerta de la habitación se abrió y Fang Chi entró con un pequeño cazo en la mano.

—Podrías tocar la puerta —dijo Sun Wenqu—. ¿Y si estuviera desnudo?

Fang Chi no respondió. Se acercó, dejó el cazo en el escritorio y echó un vistazo al perro que había dibujado.

El cazo contenía chocolate caliente humeante, con una capa de maní triturado esparcida por encima.

—Dios mío, gracias, muchísimas gracias Persona del Año.[4] —Sun Wenqu se inclinó y aspiró con fuerza, casi metiendo la cara en el cazo—. Pensé que ya estabas dormido.

Fang Chi siguió sin decir nada, se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta tras de sí.

—Oye, ¿voy a beberlo así? —le preguntó Sun Wenqu a la puerta.

Miró el cazo, suspiró y se levantó. Abrió la puerta y bajó corriendo las escaleras. Justo cuando estaba por entrar a la cocina en busca de una cuchara, vio a Fang Chi regresar desde afuera con una cuchara pequeña en la mano.

—Fang Chi. —Sun Wenqu tomó la cuchara y lo miró. Fang Chi ya estaba de espaldas, ocupado ordenando las mantas del sofá—. Sobre… lo de antes…

Los movimientos de Fang Chi se detuvieron.

—Lo siento. —Sun Wenqu se aclaró la garganta—. Yo solo…

—Lo sé —respondió Fang Chi en voz baja—. Duerme ya. Mañana hay que levantarse temprano, o no llegaré ni a la tercera clase.

—Buenas noches, entonces —dijo Sun Wenqu.

—Buenas noches —respondió Fang Chi.

Sun Wenqu volvió a subir las escaleras y disfrutó cada sorbo de chocolate caliente. Luego bajó a asearse al patio y, al pasar por el sofá, vio a Fang Chi acostado. Tenía una pierna apoyada en el suelo y el brazo sobre los ojos, como si estuviera dormido.

 El sofá era, en efecto, un poco pequeño; con la estatura de Fang Chi, no había manera de que pudiera estirarse bien.

Brazos y piernas largos.

Sun Wenqu salió al patio. Chico estaba durmiendo al lado de la pila de leña y movió la cola al verlo acercarse.

Brazos y piernas largos.

La noche en el pueblo era muy tranquila. No había luces de neón ni farolas, pero todavía era muy luminosa; la luz de la luna y las estrellas salpicaban los techos y caminos con su pálido resplandor.

La cama de Fang Chi era de tablas de madera, bastante dura. Sun Wenqu se retorció de un lado a otro hasta que, pasada la medianoche, por fin consiguió dormirse.

En sus sueños, sentía dolores por todo el cuerpo, pero no estaba seguro si era por los golpes de la reciente caída o porque la cama era demasiado dura. Aunque no podía ser por la cama, un hombre grande no podía ser tan delicado. Pero, ¿por qué los dedos…?

¡Duele!

¡Duele!

¡Duele, duele, duele!

Cuando Sun Wenqu bajó corriendo las escaleras a toda prisa —tropezando y arrastrándose incluso—, Fang Chi, que estaba medio adormilado y pensando en ir al baño, se asustó por el alboroto repentino y se levantó de un salto.

—¡Mierda! —Sun Wenqu se abalanzó sobre él con cara de espanto, gritando en susurros—. ¡Hay ratas en tu casa!

—Ah… —Fang Chi todavía no estaba completamente despierto—. ¿Sí?

—¿Y muerden? —Sun Wenqu lo miró con los ojos bien abiertos.

—¿No? —Fang Chi le devolvió la mirada—. No me han mordido…

—¡Despierta, ¿quieres?! —Sun Wenqu le apretó la barbilla—. ¡Una rata loca me mordió!

 

 

 


Notas:

[1] El jinghu es un instrumento chino de una cuerda (a diferencia del erhu, con dos cuerdas) de la familia huqin (instrumentos de cuerda con arco utilizado en la música china), utilizado principalmente en la ópera de Beijing. Es el instrumento más pequeño y de tono más alto de la familia huqin.

[2] 赛马 (Sàimǎ) es una pieza famosa para erhu llamada Carrera de caballos (Horse Racing en inglés). Es una obra vibrante y enérgica que imita el sonido de caballos galopando. Muy difícil de tocar.

[3] Erquan Ying Yue (二泉映月) Es una de las piezas más famosas para erhu, compuesta por Hua Yanjun (A Bing). Su tono melancólico y profundo refleja la difícil vida del compositor, quien era ciego y vivía en la pobreza.

[4] La Persona del Año es una actividad de selección con el tema «top personalidades chinas que más inspiran» lanzada por el Centro de Noticias de la Radio y Televisión Central de China.

Traducido por alekmma
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